Antes de que el mundo se fuera al infierno, papá solía leer la biblia sentado junto a mamá en el pórtico mientras Maggie estudiaba junto a la ventana.
Antes de que el mundo se fuera al infierno yo solía montar a caballo con Jimmy bajo el ojo vigilante de Shawn, el mayor de mis hermanos.
Antes de que el mundo se fuera al infierno era la niñera de Michael, un gracioso niñito de mejillas rosadas y cabello ensortijado y soñaba con ser maestra de música en un kinder.
Antes de que el mundo se fuera al infierno no conocía a Daryl Dixon.
Antes de que el mundo se fuera al infierno, yo ya estaba en el infierno.
Desde el primer momento Beth se había determinado liderar aquella empresa, aún por encima de Carol, Moon o Merle.
Para Jacob el olor a amoníaco del cuarto era un recuerdo de sus épocas de dealer antes de la caída. A pesar de que tenía una bolsa en su cabeza y sus manos estaban atadas a su espalda no parecía nervioso, por el contrario, murmuraba una vieja canción country que a Beth le resultaba perturbadora.
Moonshine observaba los intentos absurdos de llegar a un acuerdo para ver quién se atrevería a torturar a ese hombre. Merle sabía que Moon no utilizará la tortura. Su método siempre era un poco más simple y hasta ahora había resultado efectivo.
-No hay que torturarlo- resopló la pelirroja desde una rincón de la habitación. -Está cantando como si estuviese listo para morir-.
-¿Qué sugieres?- preguntó Carol, quien era la única que se manejaba muy similar a Moon.
Mientras el grupo volvía a las discusiones para decidir cómo seguir, Moonshine se adelantó. Al entrar a la habitación pudo oír el murmullo proveniente de su nuevo huésped.
La pelirroja tomó una silla que se encontraba en un extremo del cuarto y se sentó a horcajada con sus brazos puestos justo sobre el respaldo. Lo observó en silencio por unos segundos.
-¿Tienes hambre Jacob?- preguntó la pelirroja con un tono conciliador.
-Depende de lo que tengas para mi…- respondió haciendo un desagradable gesto con la lengua.
Moonshine se puso de pie frente al extraño sujeto, tan delgado que fácilmente podría ser confundido con un caminante. Le faltaban algunos dientes y su cabello enmarañado apena dejaba ver sus ojos negros. Como la mayoría de los Lobos tenía en su frente una "W" marcada a cuchillo caliente. Olía a alcohol mezclado con sangre y en la comisura de los labios la saliva seca le dibujaba una pasta blancuzca.
-Soy un Lobo preciosa, no le temo a nada- continuó el sujeto adivinando los pensamientos de Moon. El sujeto hizo con la lengua el mismo movimiento que una serpiente.
Moonshine tomó una bocanada de ese aire viciado mientras luchaba con sus deseos de arrancarle la lengua.
-Tengo una propuesta para ti- respondió ella arremangando su camisa leñadora color roja y negra. -Yo soy La Roja - acotó mientras le quitaba la bolsa de la cabeza y le enseñaba al sujeto su marca de "Alfa". -Unifique dos manada y encantada una tercera te la entregaría pero con una condición...-
Jacob se relamió de forma obscena.
-¿Por qué debería confiar en ti?
-Porque no tienen a nadie más en quién pensar. Además, tienes algo que quiero y estoy dispuesta a hacerte la vida lo más miserable posible con tal de conseguirlo.- respondió la pelirroja mientras abría un frasco de vicodin con dificultad. -¿Gustas?
Beth, del otro lado de la puerta, llamó a silencio al resto del grupo que esperaban impacientes los resultados de aquella conversación. Una hora y media más tarde Moon salió del cuarto.
-Bien, ¿qué tienes para nosotros?- preguntó Beth impaciente.
Moonshine levantó la vista haciendo un gesto resignado.
-Son 30, están ubicados en puntos estratégicos- respondió la pelirroja mientras desplegaba el mapa improvisado de Alexandría y marcaba los lugares. -Las mujeres fueron encerradas en el gimnasio, los hombres son utilizados para diversión…-
-¡Es una maldita sucursal de Gomorra!- interrumpió Merle con su voz rasposa.
Al principio ignoraron el comentario. El relato de Moonshine les convenció de la importancia de un buen plan. Decidieron que era mejor que Carl se quede en el refugio con Judith mientras intentaban recuperar la ciudad tomada. Aunque el joven insistió en que quería ayudar a rescatar a su padre y a los demás, finalmente entendió que era el elegido para cuidar de su hermana. Mountain con solo una mirada de Moon supo que su lugar era cuidando a Carl y a Judith y debía quedarse en la cabaña asegurándose que la zona sea segura por si debían realizar una retirada de emergencia.
Horas después el grupo llegó a las afueras de los muros. Beth se detuvo tiritando y con la mirada fija en una fosa común. Abajo, varios cuerpos yacían amontonados, con los brazos y las piernas entrelazados. Las manchas de sangre se ennegrecían bajo la luz tenue del atardecer. El aire estancado estaba plagado de mosquitos. La luz de la luna atravesó los pinos iluminando la macabra escena.
-No sé… Sí, quizá sí deberíamos- dudó Beth de pie junto a Carol. Comenzó a morderse las uñas como Daryl cuando se ponía nervioso. Unos mechones de pelo rubio que se han soltado de su cola de caballo le caían en la cara. Llevaba las armas enfundadas en la cadera y tenía los codos raspados y llenos de sangre. La parte baja de la espalda le punzaba, tenía las articulaciones doloridas por el cansancio y sentía dagas deslizándose por sus entrañas. Se tragó el dolor y contempló las bajas. Beth conocía a todos esos hombres que ahora yacían amontonados en la zanja, si no de nombre, al menos de vista. Hombres con los que Beth se cruzaba por la calle en Alexandria de vez en cuando. Todos esos hombres no eran ni remotamente perfectos, pero eran decentes, gente sencilla. Mientras los miraba desde arriba sentía un vació que le calaba el alma.
-Johnny… Ronnie, Alex y Jake…- comenzó a balbucear la joven. -Evan y… eh…- no podía recordar el nombre del último joven. Miró a Carol en busca de ayuda.
-Andy- le respondió Carol con los ojos relucientes de tristeza.
-Andy… Tienes razón- asintió Beth. Inclinó la cabeza y trató de no mirar las formas humanas apiladas en un montón espeluznante debajo de las hojas. Como su padre diría: "La vida siempre es una prueba".
Carol se tragó la amarga angustia y dijo con voz suave -¿Cómo podría alguien creer en una deidad en tiempos como éstos?-.
Beth la miró sorprendida. Carol parecía haber perdido la fé por completo. Luego buscó con la mirada a Moonshine, que jugaba con un roca enlodada limpiando su bota. Beth sopesó las palabras de la Roja y por un momento sus miradas se cruzaron. A pesar del recelo, se vieron reflejada la una en la otra.
-Hay cosas de las cuales no puedes volver, se vuelven parte de lo que eres. O vives con ellas o no…- dijo mientras se debilitaba su voz y el peso del cansancio se volvía un lastre.
La voz de Merle en cambio se oyó potente. -¡Dijo la verdad! Las alcantarillas están limpias. Esa será nuestra entrada-.
Abraham, quien traía al rehén, levantó la mirada buscando la aprobación del resto para deshacerse de él. Por extraño que parezca, sólo buscó la mirada de dos integrantes del grupo: primero miró a Beth, aquella joven de campo que se había transformado en una líder potente; y luego miró a la pelirroja que bajó la mirada dispuesta a someterse a lo que dictamine el grupo. La rubia asintió con la mirada esquiva. En cambio Moon tomó una bocanada de aire y se acercó a los dos hombres.
-No tienes que hacerlo- murmuró Merle tomándola de la mano. -Lo haré yo, ¿para qué está el viejo Merle?-
Moonshine liberó una sonrisa solemne.
-Puedo hacerlo- respondió.
Carol se mantenía expectante ante la posible aparición de cualquier extraño. No quería mirar pero casi podía entender lo que Moonshine sentía.
-Suéltalo Abraham. Ha servido bien.- dijo la pelirroja con cierto dejo de cansancio.
Jacob tenía los ojos vendados que no le permitían ver lo que sucedía a su alrededor y sólo escuchaba el sonido del filo de algún tipo de arma blanca rozándole el cuello cerca de la oreja.
Daryl despertó amordazado a una silla en medio de la sala de una de las casas de Alexandría. Sentía la boca seca y por primera vez comprendió lo que es estar desorientado. El el silencio de la habitación Daryl podía oír cómo el flujo de su sangre pulsaba en sus oídos. Con las articulaciones doloridas por la tensión y el estómago revuelto por los nervios observó a su alrededor buscando algo con que liberarse de sus amarras. El aire olía a humo y sangre.
-Piensa, Dixon, piensa- murmuró mientras buscaba una salida. Fuera de la habitación se oían pasos, las voces de los Lobos y la voz de una mujer indefensa. Daryl se desesperó. Vino a su memoria aquella chica de pelo negro abusada por esos enfermos. Respiró profundamente y comenzó a hamacarse en la silla hasta lograr quebrar dos de las cuatro patas con su peso. Pronto se hizo de una improvisada estaca y se preparó para asesinar.
Le sucede un largo momento de silencio, roto sólo por el grito distante y solitario de uno de los Lobos. Uno de ellos lleva un parche en el ojo, un chaleco negro tizón y hace muecas mientras miraba a través del pasillo. Otros dos hombres aguardan a una distancia respetable. Daryl está listo y cuando el sujeto del parche se distrae aquella estaca improvisada traspasa la garganta destrozando piel, músculos y arterias. La sangre fluye en borbotones carmesí. El arquero se hace de las armas del sujeto y furtivo comienza a recorrer en la oscuridad la destruida Alexandria.
Los otros supervivientes, una puñado de hombres y mujeres, están encerrados en lo que era el gimnasio de la escuela que Beth y otras mujeres llevaban adelante. Ahora se ve diferente: hay sangre y muerte por todos lados. Algunas personas atienden a los heridos en un rincón del salón mientras varios hombres con ametralladoras les vigilan. Se ven asustados, jamás imaginaron de lo que eran capaces los humanos fuera de los muros, pero ahora entendían que el peligro era mucho mayor que la de una horda zombie.
El crepúsculo ha dado paso a la noche cerrada y las luces más cercanas están a centenares de metros. Sin embargo, Daryl ve el mundo que lo rodea como en una especie de negativo fotográfico. Su miedo es tan penetrante como el filo de una navaja. Ahora se encuentra solo… más solo de lo que nunca ha estado… Beth es lo único claro en esta oscuridad.
Con la velocidad titilante y onírica de una pesadilla el escenario queda sumido bajo los rayos ásperos de la luz de los disparos que parecen lanzar cuchilladas entre los árboles. Varios miembros de los lobos se han dispersado para ponerse a cubierto, alarmados por el surgimiento de las horda atraídas por el ruido propio del caos. Daryl aprovecha y se camufla entre ellos, necesita un plan. Un caminante se abalanza sobre él pero lo golpea en el vientre con la bota. El adolescente muerto, vestido con cuero negro gastado, se dobla hacia atrás y se tambalea pero no cae. El arquero se las arregla para destrozarle el cráneo. La sombra de un hombre recio lo sorprende pero no es sino hasta que oye su voz que Daryl reacciona.
-¡Hey hermanito, por aquí!- le grita el sujeto que se encuentra a unos seis metros al norte de él y que frenéticamente le indica el edificio a unos diez metros de distancia.
Daryl duda. Si es una alucinación, es completamente inoportuna y si no lo es, está frente a un milagro.
Mira por encima del hombro y ve a un Lobo armado con un rifle Remington en las manos acercándose.
-Daryl, ¡muévete!- lo sorprende la voz de Beth.
-¿Es esto real? ¿Mi hermano esta...- pregunta dudoso casi con temor.
La rubia sonríe, posa sus labios en los del arquero y murmura, -no te va a matar tener un poco de fe-.
El arquero se pone de pie y corre tras Beth. Vuelve a mirar sobre su hombro y alcanza a distinguir a una mujer joven bajo la luz de la luna asentándose varios machetazos al Lobo mientras el dueño de la voz rasposa deja fuera de combate a una caminante disparándole a quemarropa.
-¿Dónde están todos?- pregunta Beth nerviosa.
Daryl agacha la mirada triste y eso basta para que comprenda que todos están separados.
-Al menos Merle y Moon están con nosotros, debemos aprovechar esto- murmura resignado. Beth lo mira sorprendida.
-No estoy alucinando, ¿verdad?
-No, ellos están con nosotros.- Daryl levanta la vista y observa a Moonshine y a Merle analizando su comportamiento. No puede creer lo que ven sus ojos pero tampoco tiene tiempo para asimilarlo.
Un grito surge en la dirección opuesta y Carol se da la vuelta a tiempo para ver cómo un hombre de Alexandria sucumbe ante los dientes ennegrecidos de un enorme caminante. El cadáver se cierne sobre el cuello del hombre recio y le perfora el haz de nervios hemorrágicos que tiene bajo la grasa, mientras otro le ataca por la espalda. El grito muerto, ahogado y acuoso que lanza mientras cae conmueve el corazón de la mujer.
-Son demasiados…- murmura mientras retrocede hacia el espacio cubierto.
Los Lobos ebrios y drogados se divierten disparando ráfagas de sus AK-47 a la horda reunida. Carol es más metódica y para pasar desapercibida utiliza su cuchillo en cada cráneo putrefacto y provocando nubes de materia negra por la parte trasera de cada cabeza. Entonces escucha el psicótico murmullo de Abraham detrás de ella.
-No estamos lejos, pero en la puerta hay hombres armados.- señala el hombre
Carol siente un hormigueo en la base de la espina dorsal y le recorre un extraño tipo de quietud mientras el ruido y el caos se desvanecen en sus oídos hasta formar un leve zumbido.
El frío de la madrugada toma forma en débiles nubes de vapor que surgen de sus bocas. La milicia improvisada integrada por Beth, Merle y ahora el propio Daryl esperan de pie prestando atención delante de ellos entre las sombras de esa noche y aprovechando que la mayoría que de los lobos se encuentran exhaustos por las drogas, el alcohol y los enfrentamientos con algunos integrantes rebeldes de Alexandria.
Carol y Abraham, cargados con bandoleras con municiones y pesadas pistoleras con armas de fuego y balas, se reúnen en el salón que el padre Gabriel utilizaba como su iglesia.
El plan parece perfectamente trazado pero en la cabeza de Beth sólo ronda una cosa. Una persona. Daryl…
