-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada (bajo mi cronología) por Metin Akdülger (Sultan Murad IV), Aslı Tandoğan (Sultana Gevherhan) y Hande Doğandemir (Sultana Turhan Hatice). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 53

Kami había creado el tiempo, el tiempo que movía las montañas de lugar, que cambiaba el curso de las aguas, que alteraba las cosas y a quienes poblaban al mundo, este mismo tiempo les había permitido a todos en el Imperio comenzar a abandonar el tiempo de luto, pero a la fuerza; tres días de luto era algo nunca visto, el comercio había sufrido una paralización total de forma voluntaria y en su lugar solo había dejado sitio para las oraciones. Hombres, mujeres, niños y ancianos lloraban aun a la poderosa Sultana de Sultanas, a su debido tiempo solo que con lentitud es que los comerciantes y trabajadores de todas las clases habían regresado a sus deberes volviendo al Imperio el apogeo comercial del mundo, más nadie ignoraba el pesar en sus corazones, el pesar de la angustia y ahora luego de los tradicionales cuarenta días de luto, nobles Sultanas, Pashas y civiles volvían a usar colores en sus ropajes, no solo porque era lo adecuado sino porque todos sabían bien que la Sultana Sakura no habría deseado que lloraran por ella, querría que en su lugar siguieran siendo felices por todo cuanto ella había dejado destinado para que viviesen en paz sin importar que ella ya no estuviera. En medio del ajetreo por recuperar el tiempo perdido, un carruaje dorado tirado por un par de corceles ébano ocupo su lugar en medio de la calle, fuera del albergue que la Sultana Sakura había oficializado en vida como símbolo del amor que los nobles debían mostrar a quienes los enriquecían y permitían vivir con privilegio, al pueblo que no podía ni merecía ser olvidado. Mientras la Sultana Sakura había vivido, cada semana cada familia había recibido una bolsa con monedas de oro, alientos, materiales y promesas filiales de ayuda y lo más esencial; amor, el amor de quien estaba dispuesta a conocer las razones de su sufrimiento, de su alegría y que se había dedicado a ellos, y ahora que la Sultana Sakura había muerto, la Sultana Sarada estaba dispuesta a hacerse cargo de todo y velar porque la imagen y memoria de su madre no fuera olvidada.

Uno de los guardias jenízaros dispuestos en la entrada se situó junto a la puerta el carruaje apenas y este hubo cruzado el umbral, abriendo la puerta y—con la mirada baja—ofreciéndole su mano a la hermosa Sultana para ayudarla a bajar. Vistiendo unas elegantísimas galas de seda granate brillante, la Sultana Sarada entrelazo cortésmente su mano con la de aquel soldado jenízaro, inclinando de forma casi imperceptible la cabeza a modo de silente saludo mientras bajaba del carruaje; ocultando sus elegantes ajuares portaba una sencilla pero regia capa de raso granate, de cuello alto y cerrado por dos finas correas por sobre la altura de los hombros donde un hermoso bordado cobrizo recreaba flores de cerezo entrelazadas con el emblema de los Uchiha hasta la altura del busto, y con dos aberturas a la altura de los codos para permitirle mantener los brazos a cada lado de su cuerpo sin el menor problema. Su largo cabello azabache caía libremente tras su espalda como una cascada de rizos, adornado por una hermosa corona en forma cónica y que replicaba una estructura con base en forma de enrejado pero que en su cima representaba lilas y orquídeas con diamantes engarzados que brillaban contra la luz sosteniendo un largo velo granate, y a juego con un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima. Tras bajar el carruaje y a su paso, Sarada sonrió difusamente y con satisfacción ante la reverencia de parte de todos los presentes, así como los vítores del pueblo de quienes ahora se ocuparía en lugar de su madre y quienes les dedico la más luminosa sonrisa que pudo esbozar, en momentos así le placía pensar que su madre caminaba a su lado o delante de ella, al hacerlo sentía que podía con todo y cumplir con su deber.

Seguida de la Sultana Sarada, la Sultana Seina bajo del carruaje, teniendo el debido cuidado de sujetar parte de la falda de su vestido con tal de no tropezar, manteniendo la imagen de dignidad y a la vez cercanía, sobre su persona. Ocultando sus sencillas galas, la madre del príncipe Hashirama se encontraba enfundada en un modesto abrigo de tafetán verde oscuro cerrado por seis botones de oro, forrado en piel marrón oscuro en los bordes de las mangas acampanadas, el dobladillo de la falda abierta bajo el vientre y el cuello mimetizado con la hombreras, sus largos rizos castaños caían libremente sobre sus hombros y tras su espalda como una marea de rizos adornados por una bellísima corona de oro que recreaba alas de mariposas y flores de jazmín con detalles en diamantes multicolor y esmeraldas, sosteniendo un largo velo verde grisáceo que caía tras su espalda, y un par de pequeños pendientes de cuna de oro y diamante en forma de lagrima con una esmeralda en el centro. Como indisoluble aliada de la Sultana Sakura, aun tras su muerte, Seina quería cumplir su voto de lealtad y ayudar a la Sultana Sarada a hacer que el imperio continuase siendo tan glorioso como lo había sido hasta la fecha, más seria difícil y eso estaba claro, especialmente teniendo en cuenta que tenían que lidiar con Takara, pero el verdadero fin para acompañar a la Sultana Sarada no era en pro de hacer alarde público de ningún tipo ni tampoco de sobornar el pueblo para ganar aliados, no, en lo absoluto, solo lo hacían como un gesto de buena voluntad y presencia…y para lidiar con los verdaderos liados políticos que se tenían y a quienes no podía ver en el Palacio con Takara y su espías rondando.

Lo único que se oía eran los vítores de la gente que aclamaban a dos de las Sultanas más bondadosas del Imperio, dos mujeres que habían aparecido junto a la Sultana Sakura en innumerables ocasiones y que ahora demostraban que no importaba que sucediera, el pueblo continuaría teniendo voz y voto dentro del Imperio y que no se cometería más injusticias, que al final la voluntad de la Sultana Sakura permaneciera sin importar que ella se hubiese ido físicamente, más no en espíritu. Sosteniendo la faldas y dobladillos de sus capas y abrigos así como con una sonrisa adornado sus rostros, y seguidas por sus respectivas doncellas, las Sultanas Sarada y Seina recorrieron el camino desde la entrada del albergue hasta su interior sin dilucidar la auténtica razón por la que estaban allí, más esto no inquietaba al pueblo que con su sola presencia se sentía de vuelto a la vida. En el interior del albergue ya se repartía pan y comida entre los más pobres para cuando las Sultanas hubieron hecho acto de aparición, haciéndoles a los funcionarios que no por su llegada debían desatender su obligaciones, sino dedicándose a ayudar y alimentar a quienes lo necesitasen, más aunque esta indicación hubiera sido cumplida, la aparición no pasó inadvertida para nadie de quienes se encontraban al interior y que aclamaron los nombres de ambas Sultanas que hubieron contestado con sonrisas amables y fraternales, llenando de dicha y paz sus corazones. Co cuidado y fijándose en no tropezar, las Sultanas hubieron ascendido por la escalinata hacia la planta alta, el único lugar del albergue donde el pueblo no tenía permitido acceder ya que era un área enteramente dedicada a tratar asuntos de esta, la razón fundamental por la que estaban donde estaban. En la planta alta se encontraba un sencillo pero idóneo salón de audiencias al cual las hubo guiado Iwabee Yuino Pasha que finalmente tras años volvía a pisar la capital, acompañado por el capitán del ejército Jenízaro; Kiba Inuzuka.

-Sultanas, estamos a sus pies- declaro el capitán Inuzuka.

Siguiendo con la tradición del recato femenil, una larga pantalla de caoba diseñada cual enrejado dividía la pequeña sala y tras la cual se hubieron situado ambas Sultanas sobre los dos divanes ya dispuestos para ellas, junto a sus doncellas; Frente al enrejado y solicito, Iwabee Yuino Pasha alzo la mirada fuera de la sala cuyas puertas permanecían abiertas, indicándoles a los dos Pashas presentes—Denki Kaminarimon y Omoi Pasha –y a los capitanes del ejercito Jenízaro y Spahi—Kiba Inuzuka y Ao Hyuga –que ingresaran de inmediato, acción tras la cual las puertas se hubieron cerrado tras de sí, apartando a los allí presente de cualquier posible mirada indiscreta o indeseada. Sentada en el diván de mayor tamaño, la hasta entonces sonrisa en el rostro de la Sultana Sarada hubo ido remplazada por una expresión de entera seriedad y coraje, dignidad y valor inquebrantable que contrastaba con la pasiva faz del rostro de la Sultana Seina junto a ella, pero las razones de la Sultana Sarada para mostrare así eran excelsas e infranqueables; ella tenía que defender la memoria de su difunta madre que tras haber muerto seria pasada a llevar y ninguneada como si jamás hubiera existido, muchos dirían que sonaba drástico hablar así, más era la verdad sin importar que doliera admitirlo. Ya era sabido por todos de que el Príncipe Itachi sería el sucesor de Sultan Sasuke y como habían hecho otras Sultanas anteriormente, Takara intentaría eclipsar la memoria de la Sultana Sakura hasta hacerla desaparecer por completo para dejar su propia huella, solo que esto no podía permitirse, no cuando se trataba de una mera aspirante contra el legado de la mujer a quien el Imperio entero había amado y que aun con su partida seguía viviendo el latir de cada corazón joven o viejo, por ello es que Sarada estaba dispuesta a luchar por mantener la paz y la justicia por las que su madre tan incansablemente había luchado hasta su propio descenso y que Kami mediante perduraría a pesar de todo.

-Ya ha pasado el tiempo del luto- recordó Sarada, rompiendo con el breve silencio que se había creado tras su llegada y la de los hombres ahora presentes ante ella, -más a pesar de ello todos aun resentimos la muerte de mi madre, la Sultana Sakura-obvio bajando escasamente la mirada, apretando las manos como personal consuelo al decir esto.

-El mundo no la olvidara, jamás, Sultana- garantizo el capitán jenízaro Inuzuka, recordando la gloria y majestad que había visto surgir y partir a la mujer más grandiosa de la historia.

-No volverá a vivir otra mujer como ella- se atrevió a afirmar el capitán Spahi Hyuga que aun recordaba a la Sultana como la joven concubina que había detenido una rebelión llevando en su vientre al Sultan Baru.

Para los capitanes Jenízaro y Spahi, Kiba Inuzuka y Ao Hyuga, recordar a la Sultana Sakura no era difícil, ambos la habían visto por primera vez—desde la perspectiva de sus respectivos ejércitos y de los cuales entonces solo habían sido simples cadetes—durante la primera rebelión sucedida en el Sultanato del Sultan Sasuke, cuando el Imperio había estado a punto de sucumbir ante el desastre; entonces un joven concubina griega, la hija mujer del Sultan había aparecido para calmar a los rebeldes sin importar que arriesgara su propia vida y la del hijo en su vientre en el proceso, vestida completamente de blanco como si de un ángel se tratara, gravándose en la mente y el inconsciente de todos, desde ese momento y siendo la única esposa legal del Sultan del mundo, todos la habían aclamado como la Sultana de los pobres, el ángel del Imperio, la Sultana más magnifica de todas y quien habían sufrido en silencio sin permitir que su propio dolor la alejara de su deber ni de los pobres a quienes había brindado amor hasta su último aliento. El imperio se había acostumbrado a ver figuras emergentes como lo era ahora la Sultana Takara, más tras la aparición de la Sultana Sakura todos tenían en claro que no necesitaban mujeres conspirativas y ambiciosas a la cabeza del Imperio sino alguien que no temiera demostrar amor al pueblo y cuyo corazón y mente sensatos estuvieran unidos en pro de una sola causa; la paz. El Imperio u la política ya no necesitaban de almas y manos sangrientas que estuvieran dispuestas a ejercer la crueldad o sobornar a todos, lo que necesitaban eran sinceridad y piedad, sentimientos puros y una convicción indisoluble de justicia como solo habían conocido de la Sultana Sakura aunque ahora se encontraran a la deriva por su ausencia, viendo a al Sultan Sarada a través del enrejado y con una expresión de entera dignidad, todos los presentes no pudieron evitar recordar a la Sultana Haseki y es que de no ser por el color de su cabello y ojos, prácticamente hubiera sido ella, la Sultana Sarada era idéntica a la Sultana Sakura.

-Así es Pasha- afirmo Sarada, satisfecha con aquellas palabras, -y es por ello que, en su memoria debemos de hacer su voluntad y lo que ella trazo que siguiéramos.

-¿Qué debemos hacer, Sultana?- inquirió Iwabee Pasha, tomando la palabra en pro del cuestionamiento que reinaba en la mente de todos.

-Usted debe decirlo y lo haremos- prometió Denki Kaminarimon al igual que Omoi Pasha.

Sentada y en silencio, Seina hubo recordado parte de las enseñanzas que l Sultana Sakura le había dejado antes de morir; permanecer callada y aprender, tomando nota de todo cuanto viera hasta ser capaz de luchar por sí sola, la Sultana Sarada noblemente la estaba protegiendo y a su hijo Hashirama más Seina no quería ser una molestia en ningún sentido por lo que sabía que debía aprender a defenderse de Takara cuanto antes para así no involucrar a las Sultanas Mikoto, Shina, Sarada, Izumi o Hanan en alguna clase de problema. Su Hashirama le importaba por encima de cualquier otra cosa al igual que su hija Kaede, más no era tonta en lo absoluto, sabía que Itachi seria Sultan porque Takara haría lo que fuera para llegar al poder…pero Seina estaba dispuesta a ser paciente y esperar a su hijo fuera Sultan, hasta que ese día llegara buscaría un buen partido para su hija y protegería su hija con toda su influencia, lo protegería de Takara y de quien fuera necesario. Una casi imperceptible sonrisa—a causa del enrejado de caoba que imposibilitaba contemplarla por completo—se plasmó en el rotor de la Sultana Sarada ante lo que oía. Las lealtad fácilmente podían comprarse, nada era seguro mientras hubieran otro que pudieran hacerse con el poder por lo cual y dentro de los muros del Palacio Imperial siempre existiría cierto grado de discordia o enemistad, allí tendrían lugar en todo momento, de su madre Sarada había heredado su habilidad para solucionar problemas al igual que su inteligencia, mientras que de su padre había heredado la sangre fría conque ser despiadada con sus enemigos con tal de dar el debido ejemplo con cómo se castigaría la deslealtad de parte de quienes se dejaran vender por sus enemigos al creer que esto los libraría de la justicia y de la sentencia que s merecieran como traidores, pero al saber que sus mayores amigos y aliados continuaban de su lado y de el del Imperio, Sarada se sentía calma y satisfecha, lista para cualquier guerra, en cualquier momento.

-Ya es más que sabido por todos que, cuando mi padre el Sultan Sasuke muera, el Príncipe Itachi será quien gobernara este Imperio, o más bien la Sultana Takara que no solo será Madre Sultana, sino que también regente- aludió Sarada esbozando una sonrisa cansina y de obvio disgusto ante lo que los Pashas y capitanes asintieron para sí como muda respuesta. -Nuestra labor es hacer que el Sultanato del Sultan Itachi sea un infierno, debe perder el trono, él y la Sultana Takara, entonces será la era del Sultan Hashirama II- declaro sabiendo que lo que les exigía pero también lo que eso significaba para el futuro.

Pidiéndoles a sus aliados que la ayudasen a conspirar para deponer al Sultan Itachi del trono, Sarada ya tenía muy en claro que el camino que pretendía transitar era más difícil que cualquier otro a la vista, más observando por el rabillo del ojo a Seina, Sarada vio en ella el apoyo que necesitaba, cumpliría y acatarían con la última voluntad de la Sultana Sakura; el Imperio estaría antes que ellos mismos, el Imperio sobreviviría para ver salir y ocultarse el sol por muchas década y siglos más, el Imperio perduraría.


Si, tal vez pudiera decirse que el tiempo curaba todas las heridas, dolores y males, pero esta ley no se aplicaba a Sasuke que continuaba igual de inconsolable que el primer momento sin entender aun el propósito por el que seguía con vida en ese mundo vacío, yermo e inentendible que era para él todo cuanto conocía y que había perdido coherencia ante la ausencia de quien tanto amaba. No había abandonado sus aposentos por un mes entero y probado alimento alguno hasta hacia dos semanas atrás cuando—preocupada por su salud—Sarada había desafiado su órdenes y lo había obligado no solo a comer sino también a aparecer públicamente y hacerse cargo de los asuntos de esta, recordándole que era el Sultan y que no podía desatender sus obligaciones porque su madre no quería eso. La sola alusión de Sakura y de lo que ella habría querido de continuar viva habían sido el bálsamo suficiente para otorgarle un infinitésimo animo que era lo único que ahora lo mantenía en pie y cumpliendo con su deber, pensando en lo que era mejor para el Imperio en pro de—tal vez—poder aminorar el dolor que lo consumía por al menos unos momentos, pero no importaba el tiempo que pasar, el dolor en su corazón y en su alma no parecía decrecer sino más bien al contrario, más de todas formas intentaba lidiar con él. En vida, Sakura había luchado íntegramente por la estabilidad el Imperio, había dedicado hasta su último aliento por obtener la paz y ahora pese a desear cortarle la cabeza a Takara…Sasuke sabía que era tiempo de ignorar u olvidar cualquier tipo de enemistad y buscar en su lugar el bien común que permitiera al Imperio respirar, sabía que Takara intentaría hacer cualquier cosa para llevar a Itachi al trono, puede que incluso intentar matarlo a él, mas nada de esto le importaba, ya había ratificado en estos primeros días de su regreso a la política, que la ley del fratricidio había sido derogada permanente y contando con la aprobación de los eruditos ya se había establecido que ningún otro Sultan después de él tendría permitido emplearla: uno de los mayores males en la historia del Imperio había desparecido para siempre.

-El pueblo sigue de duelo, o al menos en cierto sentido, Majestad- menciono Kakashi.

Sentado en silencio sobre su trono en la sala del consejo y revisando los informes sobre los últimos acontecimiento dentro de su territorios, Sasuke hubiera mentido si admitía que se sorprendía de la reacción del pueblo, Sakura le había dado tanto amor a la gente que en nada le extrañaba que aun hubieran quienes elegían continuar llorándola…ojala y todos pudieran tener esa opción porque él no la tenía. Enluta como no había dejado de lucir desde la muerte de su esposa, el Sultan usaba una simple túnica de seda color negro, de cuello alto y mangas ceñidas hasta las muñecas; por sobre la túnica un soberbio a la vez que sobrio y apagado Kaftan de cuero gris azulado oscuro de aspecto arcaico y militar, con hombreras de cuero negro decoradas con pequeños botones de metal, marcado cuello alto en V cerrado a la mitad del pecho, asido a su cuerpo por fajín de seda color negro, mangas hasta los codos—exponiendo parte de su túnica—con unas mangas posteriores que oscilaban hacia el frente como largos lienzos en los costados de los brazos, brindándole una imagen imponente pero a la vez distante como su sola presencia. De a la derecha del trono Imperial y en silencio, Itachi y Hashirama asistían a la reunión con el fin de aprender su lugar en el Imperio…de hecho Itachi lo hacía y por intervención de su madre mientras que Hashirama lo hacía por petición de su abuelo que quería hacerlo participe y testigo de las decisiones y deberes que un Sultan día tomar; no quería que Itachi fuera Sultan después de él, sentía que de ser así se perdería mucho, por otro lado quería que Hashirama lo fuera, era un pacifista que podría velar por el bienestar interino del pueblo antes que en la gloria militar con la que ya habían contado por un siglo, pero Sasuke no sabía que podría vivir para intentar cambiar quien habría de sucederlo, no tenía ánimo para ello.

-¿Los comerciantes están cumpliendo con su trabajo?- cuestiono el Uchiha sin demasiado interés.

-Si, Majestad- contesto Konohamaru, aclarando dicha duda.

-En ese caso, por ahora eso es suficiente- decidió Sasuke, tendiéndole los documentos ya revisados a Kakashi que los recibió sin dilación alguna, -les daremos tiempo para recuperarse, así como sucede con nosotros mismos- menciono vagamente en un suspiro. -Si eso es todo por hoy, me retiro- sin más palabrería el Sultan se hubo levantado de su trono, siendo reverenciado de inmediato. -Shikamaru.

-Majestad- el Nara reverencio lealmente al Sultan.

-Lleva a Hashirama a sus clases- índico el Sultan desviando la mirada hacia su nieto.

-Si, Majestad- acato Shikamaru.

Esbozando una casi imperceptible sonrisa, Hashirama reverencio debidamente a su abuelo que apoyo una de su manos en su hombro, dándole su entero consentimiento para partir, así como sus felicitaciones por su lealtad y diligencia. Observando la partida de su nieto, Sasuke quiso creer que tal vez, con algo de tiempo, su corazón sanaría como lo habían hecho los de sus nietos y sus hijas, de sus aliados…más desecho la idea enseguida, nunca podría volver a ser el mismo nunca nada sería igual y esa era prueba suficiente con que negarse a aceptar una vida que ya no tenía sentido para él. Emitiendo un mudo suspiro de pesadez, el Sultan finalmente hubo hecho abandono de la sala bajo la atenta mirada de los presentes que lo hubieron reverenciado con lealtad. Nada ni nadie volvería a ser igual después de la muerte de la Sultana Sakura, todo cambiaría para siempre.


Los aliados en ocasiones se encontraban en los lugares más insospechados y luego de dirigirle una última mirada a Chouchou, quien asintió, Sarada abrió la puerta de la humilde morada ante ella y a la cual hubo ingresado sin duda alguna, gracias a un par de días de investigaciones, Chouchou había conseguido dar con cierta persona que podría ayudarla tanto como en el pasado…otra mujer había ayudado a su madre a salir de un predicamento incalculable. Ante ella, de pie y realizando una devota reverencia, se encontraba una mujer que vestía un sencillo ajuar compuesto por un vestido de raso azul oscuro de escote alto y redondo con mangas ceñidas y falda de una sola capa, por sobre el vestido una chaqueta de lino gris con líneas verticales de color blanco, cerrado a su cuerpo por un delgado cinturón de cuero color almendra a la par con su largo cabello que mantenía recogido tras su nuca, cubierto por un largo velo rosa suave que caía tras su espalda, era una mujer de belleza notable y que en otras circunstancias hubiera formado parte del Harem del Palacio, más cuya belleza parecía como la de los ojos de una serpiente…había algo intrigante tras ellos, pero no malo. Con familiaridad, la mujer se hubo sentado en uno de los sencillos divanes sobre la cama, imitando a las dos nobles Sultanas a hacer igual. Sonriendo ligeramente, Sarada se sujetó la falda antes de dejarse caer sobre el diván, alisando la tela de su vestido a la par de Seina que se mantuvo muy cerca de ella en el diván contiguo. Sarada sabía muy bien con quien estaba tratando; Casandra, la hija de la famosa hechicera Josefa, aquella que en los primeros días del Sultanato de su padre había podido sanarlo a él y a su tío Yosuke de la viruela. Su madre le había icho que involucrarse con la hechicería era algo peligroso, más ante tiempo desesperados, medidas desesperadas.

-Mi madre, la Sultana Sakura…- inicio Sarada con la debida cautela.

-Kami la tenga en su gloria- murmuro Casandra, sabiendo a lo que se atenía por interrumpir a una Sultana, más era necesario.

-Amén- sonrió la Uchiha, feliz por encontrar otra aliada, especialmente en aquellas circunstancias, -ella te tenía mucha estima, tú eres la hija de la hechicera Josefa, la mujer gracias a quien mi padre, el Sultan Sasuke, sobrevivió a la viruela- estas palabras hubieron sido pronunciadas con el debido agradecimiento que en vida no había podido darse a la ya fallecida hechicera.

-Así es, mi Sultana- garantizo Casandra lealmente.

Como miembros de la clase más baja, los no nobles del Imperio debía asociarse a mil y un paradigmas con tal de sobrevivir; algunos elegían formar negocios de joyas, tabernas, restaurantes, cafeterías, bibliotecas o clubes…burdeles, mientras que otros como Casandra elegían practicar las artes oscuras, aquellas que en ocasiones eran más necesarias que cualquier otra cosa porque brindaban soluciones. Mientras había sido tan solo una niña, había conocido a la Sultana Sakura quien luego de la milagrosa supervivencia del Sultan, había visitado cada mes a la hechicera Josefa, su madre para velar por su vida y condición para que no le faltase nada a lo largo de su vida, tal vez la Sultana Sakura hubiera pagado un precio muy grande por la solución que había condenado su vida y salvado al del Sultan, pero ella había escuchado una advertencia más nunca le había importado pagar dicho precio en pro del amor. Instruida por su madre, Casandra había seguido su propio camino, no el de curar mediante la hechicería u otorgar soluciones de ese tipo, había encontrado su propio rol, el d ver el futuro lo que sucedería, no u futuro inestable que podría cambiar, no…un futuro seguro y que pese a los constantes cambios universales permanecería inmutable en su visión. La hechicería no era un juego, se pagaba un alto precio por sus servicios y eso Sarada lo sabía por boca de su madre; siempre debía darse algo para ganar algo, más justo como su madre, Sarada estaba dispuesta a correr el riesgo que hiciera falta y en hacer todo cuanto fuera necesario e incluso más para encontrar una solución ante los problemas que tenía el futuro del Imperio y que involucraba a todos. Takara era un veneno, una enfermedad dentro del Imperio y la dinastía al igual que todos sus aliados y sabía que de una u otra forma Takara conseguiría llegar a ser Madre Sultana y llevar a Itachi al trono, no se podía ser ciego ante la obvia cantidad de aliados que tenía "la ucraniana", tanto en el ejército Spahi como entre los Pashas y eruditos, por lo que Sarada quería saber el resultado que traería su esfuerzo y el de sus hermanas en el futuro.

-Mientras mi madre vivía, nunca recurrió a tu ayuda al conocer la experiencia de lo que la hechicería podía hacer, en el mejor de los sentidos- aclaro Sarada a la vez que una vaga sonrisa se plasmaba en sus labios. Al igual que su madre en su día, estaba más que dispuesta a arder en el fuego de ser preciso y usar la hechicería en pro del Imperio no le parecía nada descabellado, -pero yo si requiero tu ayuda- determino sin el más leve titubeo.

-Sus órdenes son todo para mí, Sultana- se comprometió Casandra, poniendo sus habilidades al servicio de la hija de la poderosa Sultana por quien su madre había hecho tanto.

-He oído que eres vidente- aludió la Uchiha, recordando la información que Chouchou había conseguido sobre ella y ante lo cual Casandra asintió de inmediato, -necesito que veas algo para mí, algo que nos concernirá en el futuro, ya sea que mis hermanas y yo estemos vivas o muertas para entonces- un sutil suspiro abandono su labios al decir esto en específico, necesitando con el alma obtener una respuesta ante sus propios y turbulentos pensamientos. -El trono del Imperio pasara legítimamente al Príncipe Itachi, y la Sultana Takara será Regente del Imperio y Madre Sultana, pero confió en que eso cambiara en algún momento- confeso, apretándose con sutileza las manos que mantenía cruzadas en su regazo. -Deseo saber que pasara- admitió con simpleza.

Escuchando las palabras de la Sultana, Casandra se levantó del diván, realizando una apresurada reverencia, atravesando el cortinaje que dividía la sala del resto de las estancias lo más rápido que le fue posible, desapareciendo de su vista por un escaso lapsus de tiempo. Inquieta y a la vez confundida, Seina permaneció en silencio mientras veía a la mujer regresar tras unos breves segundos de ausencia, dejando sobre la pequeña mesa en el centro de la sala un pequeño cuenco de madera con agua en su interior, y junto al cual deposito un grupo de pequeño frascos que de forma meticulosa vacío al interior del cuenco, dejando que determinadas medidas de sus contenidos se mezclaran con el agua, generado un ligero aroma almizclado a la par que una suave cortina de humo emanaba desde el agua. Sarada pareció reconocer el aroma a jazmín y agua de rosas brotar del hubo que la bella vidente inspiro, cerrando los ojos y posando sus manos un par de centímetros por sobre el cuenco, como si allí viera algo. Un tanto descreída, Seina se sintió sumamente confundida ante lo que veía, temerosa de la hechicería y de sus consecuencias en contrapunto de la Sultana Sakura que inclusive parecía curiosa y nada asustada. Su hijo Hashirama era todo para ella, por él estaba dispuesta a hacer lo que fuera, al igual que por Kaede, más no sabía si recurrir a la hechicería era algo correcto a hacer, especialmente teniendo en cuenta que en su caso, no conocía a esa mujer ni sus intenciones, no sabía si lo que fuera. La desconfianza era algo natural en las personas, especialmente si se trataba de algo que no conocían, más Sarada había tratado con la hechicería antes, no por nada la Sultana Mei había sido apodada como "la bruja" por atreverse a practicar las artes oscuras y justo como su madre, rada no tenia miedo ante lo desconocido, solo a lo que le generaba confianza porque en aquellos entornos "familiares" era donde podían apuñalarla por la espalda.

-Sultana, ¿confía en esta mujer?- murmuro Seina, reprendiéndose por ser desconfiada.

-No tenemos muchas opciones, Seina- obvio Sarada, sin negar ni afirmar nada, más sabía que si su madre había recurrido a al hechicería una vez era por una razón y en nada era esta diferente de lo que había sido la crisis de aquel entonces, -quiero destruir a Takara y me gustaría saber si la providencia está de acuerdo con ello- concluyo en un suspiro. -¿Qué ves?- consulto a Casandra, intentando ocultar su impaciencia.

-Veo una época de constantes luchas, Sultana, batallas y auge, así como declive, una época cargada de emociones impredecibles, y un Sultan…que es depuesto- dilucido Casandra con los ojos cerrados. Sarada sonrío para si al escuchar esto, era precisamente lo que había querido oír, -su madre es poderosa, pero ni siquiera ella podrá evitar la insurrección- predijo, pareciendo ver todo entre nubes.

-Esa es Takara, sin duda- murmuro Seina para sí, apretándose las manos.

-Dime, ¿Qué sucederá?, ¿Quién sucederá a ese Sultan?- inquirió Sarada velozmente, más con saber a Takara vencida y sus ambiciones destruidas ya estaba satisfecha.

-El siguiente Sultan, será un pacificador, mediante él, el Imperio podrá obtener algo de paz, morirá en el trono, legara una época serena- predijo Casandra, abriendo los ojos, mas descendiendo la mirada al vaporoso contenido de aquel cuenco a través de lo que aprecio ver mil y un imágenes. -Ese Sultan será un Príncipe que lleva el nombre del único Sultan del Imperio Uchiha que fue apodado "el Magnífico", el Príncipe a quien la Sultana Sakura considero- con esto hubo concluido su visión, alzando la vista hacia la Sultana Sarada a quien vio plenamente satisfecha por sus palabras.

-Mi Hashirama….- Seina se cubrió los labios para no jadear ante lo que aquello significaba...viviría para ser Madre Sultana y su hijo seria el Sultan del mundo, tal y como la Sultana Sakura había deseado que sucediera.

-Chouchou- llamo Sarada, ante lo que su fiel doncella le hubo tendido a la hechicera una voluminosa pero a su vez pequeña bolsa de terciopelo purpura llena en su totalidad de monedas de oro. -Tendrás esto y más, si nos ayudas- prometió con una radiante sonrisa.

-Estoy a sus órdenes, Sultana- sonrío Casandra, su madre había sido súbdita del Imperio y ahora ella también lo era.

Por lo que Casandra hacia vaticinado en su visión, el camino para llegar al triunfo sería difícil y estaría pavimentado de dolor, más toda guerra era difícil pero el camino se hacía tolerable si se tenía el coraje y la voluntad para lidiar con todo y ella la tenía, el mayor consuelo que le quedaba era que si importar lo que pasaría, triunfarían, Takara sucumbiría al olvido y la ruina, y Hashirama seria Sultan.


La visita hecha por la Sultana Sarada y ella a la vidente Casandra aun parecía repetirse en la confusa mente de Seina que sonrió para sí mientras dedicaba este tiempo a bordar una pieza de encaje en su bastidor, sentada sobre el diván junto a la ventana, acompañada por sus doncellas que o bien leían en silencio junto a ella o igualmente se dedicaban a bordar. Había regresado al Palacio hacia tan solo media hora, más aun le parecía que solo hubieran sido unos segundo, incapaz de olvidar aquella profecía sobre su hijo que aún estaba en clases luego de haber asistido a la reunión del Consejo Real por especial petición del Sultan Sasuke. Sencilla austera como siempre, portaba una femeninas galas de sea aguamarina, de recatado escote corazón, de falda ribeteada en gasa para mayor movilidad y mangas ajustadas hasta los codos que se abrían en lienzos de gasa para exponer los brazos; por sobre el vestido se hallaba una chaqueta de apagado terciopelo esmeralda con ligeros bordados aguamarina, de escote redondo pero conservador que cerraba el corpiño hasta la altura del vientre por cinco de plata, abriendo el resto de la tela como si una falda superior se tratara, con marcadas hombreras y ceñidas mangas hasta los codos. Alrededor de su cuello se encontraba una sencilla gargantilla de plata y cinco diamantes aguamarina en forma de lagrima a juego con los pendientes de esmerada y al corona sobre sus largos rizos castaños que caían sobre sus hombros y tras su espalda. No pensaba volver a involucrarse con al hechicería, de eso estaba segura, pero no podría haber agradecido más saber que su hijo seria Sultan, no ambicionaba el poder, pero si la seguridad y sabia que en cuyo caso solo había un camino el trono. Irrumpiendo con la calma hasta entonces sostenida, las puertas de sus aposentos se abrieron sorpresivamente ante la abrupta aparición de Takara que hizo que todas sus doncellas se irguieran y la reverenciaran como dictaba la costumbre.

-Sultana Takara- reverencio Seina, levantándose del diván donde dejo su bastidor, ocultando perfectamente disgusto que le provocaba su "visita", -bienvenida, ¿en qué puedo ayudarla?- consulto lo más amenamente posible pero sin ver desaparecer la intolerancia del rostro de aquella víbora.

-Todas, salgan, déjennos- ordeno Takara a las doncellas presentes, ignorando el cortes recibimiento de Seina.

No atreviéndose a desafiar las ordenes de la temible Sultanas, todas y cada una de las doncellas de la Sultana Seina hicieron abandono de los aposentos, enalteciendo el orgullo de la Sultana Takara que solo centro su atención en Seina una vez que las puertas se hubieron cerrado, dejándolas a ambas a solas y el silencio como único testigo. Elegante y soberbia en su gloria personal, la Sultana Takara lucía un elegante vestido de seda azul oscuro perfectamente detallado a su figura, de escote corazón cerrado por siete botones de diamante desde el escote hasta la altura del vientre, falda de una sola capa y mangas ceñidas a las muñecas, cerradas por dos botones de diamante al interior de estas; por sobre el vestido una bellísima chaqueta de encaje azul claro ribeteada en diamantes e hilo de plata, formando ondas y olas, sin mangas y escasamente cerrada a la altura del vientre para mezclar ambos colores a la perfección. Sus largos cabellos naranja se encontraban perfectamente recogidos tras su nuca, alrededor de su cuello se encontraba una encantadora guirnalda de plata compuesta con doce pequeños dije en forma del emblema de los Uchiha—interinamente decorados por zafiros y topacios—a juego con un par de pendientes en forma de orquídea con un diamante azul en el centro. Sobre su cabello se encontraba una hermosa corona de plata bañada en esmaltes para representar una estructura de capullos de rosas y espinas decoradas por zafiros y topacios. Como siempre, Hiroshi le había hecho saber que cosas sucedían fuera de su vista, y el que Seina hubiera abandonado el Palacio junto a la Sultana Sarada evidentemente tenía algo más detrás y quería saberlo, Seina no era ninguna tonta ni ignorante, si el saco le quedaba, las ambiciones que tenía por ser Madre Sultana algún día era evidentemente grandes, solo que Takara no planeaba permitir, ni en sueños, que nadie se metiera en su camino o hiciera peligrar la vida de su hijo.

-Escuche que acompañaste a la Sultana Sarada hoy, abandonaste el Palacio con ella- aludió Takara sencillamente, con un tono condescendiente y falsamente pasivo.

-Si, la acompañe a visitar las fundaciones de la Sultana Sakura, ella continua sus buenas obras, ayudando a los pobres y yo solo quise ayudarla- admitió Seina y es que quería ser útil y ver feliz al pueblo era la mejor y más noble tarea que podía ejercer para sentirse mejor, la Sultana Sakura le había enseñado eso, -no tengo mucho que hacer así que me aburro con facilidad- sonrío tranquilamente con total transparencia.

-¿A quién quieres engañar, Seina?- inquirió Takara si creerle ni media palabra más ante lo que Seina hubo permanecido igualmente tranquila. -La Sultana Sakura ya no está aquí para protegerte, así que es obvio que pienses poder cumplir tus ambiciones con ayuda de la Sultana Sarada, pero eso no sucederá, nada de lo que tontamente pienses se hará realidad- estableció con tal determinación que por un breve segundo le pareció ver el brillo en los ojos de Seina, más era difícil saberlo por la habilidad que esta tenia de parecer imperturbable e inocente.

Si algo le había enseñado a Takara vivir en ese Palacio y aprender tanto de la Sultana Sakura es que no podía confiar en nada ni en nadie, que cualquiera podía traicionarla si la ocasión así lo ameritaba y aun cundo contara con aliados como Hiroshi, Hayate y Deidara, Takara no quería que ninguna sombra intentara engatusarla con mentiras de lealtad o neutralidad de ningún tipo, ni que ningún Príncipe competidor alejara a su Itachi del trono que merecía para ser Sultan algún día. No sentía miedo por el futuro pues estaba más que dispuesta a enfrentarse a quien y a lo que fuera con tal de proteger a su hijo, pero tal y como la Sultana Sakura había deseado una vez, ella quería algo de paz durante su Sultanato, quería tener la oportunidad de conciliar el sueño sin temor alguno más quizás nunca pudiera encontrar la paz que aspiraba, después de todo ser Madre Sultana significaba vivir con miedo, la vida de la Sultana Sakura le había enseñado eso. Para no perder costumbre, Takara era tan arrogante e intrigante que no alcanzaba a ver más allá de su propia nariz, no podía pensar que en ocasiones alguien solo hiciera algo porque si o por buena voluntad, sin segundas ni terceras intenciones de por medio, pues pensando como habitualmente lo hacía, Takara se equivocaba. Si, había acompañado a la Sultana Sarada para lidiar con asuntos de estado y a su vez obtener respuestas, no porque ambicionar poder ni autoridad sino porque la Sultana Sakura había deseado—en vida—que su príncipe Hashirama fuera Sultan, solo intentaba cumplir con su voluntad pese a lo embarazoso que fuera para Takara saber que al final de la historia todos sus planes y artimañas se desmoronarían frente a ella uno por uno. Apretando con sutileza las manos que mantenía cruzadas a la altura del vientre, Seina emitió un casi inaudible suspiro, pidiendo paciencia a la providencia, paciencia para lidiar con aquella insufrible víbora ucraniana que por poco y le imposibilitaba vivir en paz, solo que Seina no pretendía dejarse perturbar en vano por alguien que no merecía hacerla perder los estribos.

-Yo no soy tu enemiga, Takara- admitió Seina cual pañuelo blanco en señal de rendición sin importar que fuera una mentira para evitar un enfrentamiento innecesario, -al igual que tu solo velo por la seguridad y supervivencia de mi hijo, no tengo aspiración alguna por el trono, si es lo que piensas- sabía que buscar empatía a través de su rol de madre no tendría caso porque después de todo Takara no tenía corazón.

-Pues entonces mantente al margen- sugirió Takara a modo de orden, viendo a Seina bajar la mirada y emitir un suspiro tras sus palabras, -no me costara trabajo enviarte al Viejo Palacio cuando yo sea Madre Sultana- recordó haciendo alarde de su autoridad.

-Por favor, hazlo, así me darías algo de paz lejos de este torrente de sufrimiento- permitió Seina manteniendo su actitud imperturbable y sin mostrar oposición alguna. -Yo no soy tu enemiga, te lo repito, pero si lo que quieres es una guerra, la tendrás- advirtió ya que luego de las palabras de la vidente, estaba más que dispuesta a usar todos los medios a su alcance y proteger a su hijo y no temía enfrentarse a Takara para lograrlo. -Ahora abandona mis aposentos- ordeno pues si bien Takara ya se creía Madre Sultana, Seina lamentaba tener que hacerla despertar, pero aún no lo era y no podía estar allí sin su permiso.

Una Sultana no era solo quien fuera madre de un Príncipe o gozara de poder, era quien velara por el bienestar del Imperio y usando su autoridad de aquel modo, por primera vez, Seina supo que lo que hacía estaba bien, era el mismo sendero que la Sultana Sakura había trazado a lo largo de su vida y hora ella lo estaba siguiendo. Alzando levemente las cejas a causa de la sorpresa, Takara apretó los labios en una tensa línea antes de acceder y abandonar la habitación, abriendo las puertas por su cuenta. Ya a solas, Seina suspiro para sí, tal vez fuera una victoria de lo más pequeña pero era una victoria al fin y al cabo, por una vez se había resistido a Takara y había ganado, la próxima vez que se enfrentaran quizás no tuviera la misma suerte pero fuera como fuera, protegería su hijo a toda costa, sin importar lo que pudiera sucederle.

La próxima vez no tendría miedo.


-¡Atención!, ¡Su Majestad el Sultan Sasuke!- anuncio Choji.

El Harem del Palacio, luego de los debidos días de luto, volvía a brillar en color, joyas y esplendor, como ahora administradora del Harem, la Sultana Sarada había impedido que el luto y la desdicha se apropiara de las jóvenes que allí residían y a quienes había inducido a sr felices pese al melancólico estado de ánimo que imperaba para el resto de los habitantes del Palacio, es más, incluso había comenzado a buscar matrimonios para algunas de ellas al sugerírselas a ciertos Pashas y Beys jóvenes que estaban en edad de contraer matrimonio con cualquiera de aquellas jóvenes tan bien instruidas y que habían pasado casi toda su vida entre los muros del Palacio, puliéndose cuales joyas de valor incalculable…de hecho la comparación era correcta, después de todo la Sultana Sakura se había encargado de ello en vida. Ante el anuncio del heraldo, cada una de las jóvenes que hasta entonces habían estado leyendo o charlando animosamente entre sí, hubieron concluido con su rutina, irguiéndose y situándose en dos filas paralelas a ambos lados del centro del camino de gravilla, bajando la cabeza y reverenciando al Sultan que acababa de ser anunciado por el encargado del personal de sirvientes, Choji Akimichi. Actualmente la rutina que Sasuke tenía era bastante sencilla; solo abandonaba sus aposentos para asistir a las reuniones del consejo real, así había sido en los primeros días en que había abandonado su enclaustramiento, más al darse cuenta de su apatía, Sarada nuevamente había intervenido sugiriéndole pasear al menos una o dos veces al día por el jardín imperial como su madre había hecho en el pasado y si bien eso no ayudaba a Sasuke a olvidar su melancolía, le hacía más llevadero el dolor con que cargaba. Ahora y de regreso hacia su aposentos, había elegido transitar el atajo que a su vez conducía con el Harem y ante cuyo umbral se detuvo por primer vez, clamando por una mirada suya, por su atención, como si por azares del destino fuera a regresar el tiempo atrás y ver a Sakura allí como había sucedido hacia tanto tiempo…era agradable y doloroso a la vez pensar en que esta ilusa fantasía pudiera hacerse realidad.

-¿Por qué quieres escapar?- extrañamente recordó su propia voz realizando esta pregunta que en el pasado había sido tan importante para él.

-Fui traída aquí contra mi voluntad, para el Sultan, el rey- la voz de Sakura, nostálgica e incomparable como el melodioso canto de una sirena, resonó contra su mente.

Una parte de su mente quiso hacerlo sentir extrañado, puede que incluso desconcertado por estar escuchando en lo más profundo de su subconsciente una conversación tan antigua, pasada y que sin embargo había significado el principio de todo; de la gloria del Imperio, de su propia felicidad, nunca antes un Sultan había podido sentirse realmente feliz ahora veía eso él había tenido la única imposibilidad entre imposibilidades, había encontrado no solo el amor verdadero en medio de tantas intrigas, sino también a su alma gemela, a esa persona conquián desde el primer momento había estado convencido de que estaba destinado a pasar toda su vida…aunque ahora eso no era más que un recuerdo de días felices que no volverían. De pronto creyó estar al filo de la muerte porque aquello que hizo acto de presencia con valor y temperamento no era sino un ángel…un ángel que él conocía muy bien y que se apropió por completo de sus pensamientos con su sola presencia, situándose en medio del camino de gravilla en el centro del Harem y avanzando con lentitud hacia él. Unas inocentes galas de gasa y chiffon blanco superpuestos entre si cubrían su delicada figura, conformando un recatado escote alto en V y enmarcando la esbeltez de su cuerpo, mangas ajustadas hasta los codos y que se abrían como lienzos para exponer los brazos, y falda que se amoldaba a la silueta de su cuerpo pero sin énfasis evidente; sobre el vestido se encontraba una chaqueta de seda mantequilla hasta la altura de los muslos con estampados de encaje gris cobrizo, hilo de plata y detalles diamante, de mangas cortas y ajustadas hasta los codos y escote redondo y alto, cerrada desde el escote al vientre por cinco botones de diamante. Sus largos rizos rosados se encontraban perfectamente peinados para caer sobre sus hombros y tras su espalda, adornados por una diadema de oro de tipo cintillo con pequeños diamantes ámbar y multicolor. Tan hermosa…y sí había continuado siendo e su memoria, en esa inconmensurable cantidad de recuerdos suyos, Sultan de Sultanas, un ángel terreno, una mujer que no había llegado a existir otra, su esposa, Sakura…

-Nadie podrá lastimarte mientras yo esté aquí, Sakura- esta promesa pronunciada en su día ahora parecía increíblemente distante, porque no había conseguido cumplirla.

Aun cuando otros cercanos a él hubieran perecido, aun cuando sus liados hubieran podido traicionarlo…Sakura jamás lo había hecho, pese a todo lo vivido y que casi había conseguido enemistarlos el uno contra el otro, ella nunca le había dado la espalda ni lo había atacado de ninguna forma y nunca había permitido que nadie la lastimara…pero aun cuando hubiera prometido que nada ni nadie la lastimaría mientras él viviera, no había podido cumplir con su promesa. Mito la había agredido en infinidad de ocasiones, luego Mei y Rin, por no hablar de Naoko y Takara, no había podido cumplir con sus promesas al pie de la letra; es decir, si, había tenido la intención de hacerlo pero las circunstancias habían sido demasiado adversas y él muy ciego como para ver que en ocasiones el auténtico motivo de su sufrimiento no era sino él mismo. Absorto, lo único que Sasuke pudo hacer fue observar confundido a mas no poder como aquella visión de un pasado remoto se aproximaba hacia él, la misma Sakura que él había visto por primera vez y que a cada segundo estaba más y más cerca de él. Sus ojos seguían todos y cada uno de sus movimientos; la seguridad de su andar, la pasividad e inocencia en sus rasgos, como sus brazos oscilaban elegantemente a los lados de su cuerpo al caminar y como increíblemente no se encorvaba al caminar, aunque luciera como la misma esclava griega a quien había visto por primera vez, a sus ojos seguía siendo la deslumbrante Sultana que había pasado días y noches enteras a su lado. Muchas Sultanas habían dejado su huella dentro del Imperio de múltiples maneras, pero Sakura era la única que lo había hecho con inocencia y amor, sin trampas ni crueldad, solo con paz y buenas intenciones, la única Sultana que había grabado su nombre en el corazón del pueblo y que con total seguridad seria recordada por siglos y siglos y más que nada en su corazón que solo latía por sus recuerdos y por lo mucho que la extrañaba.

-Por favor, ayúdame…te lo ruego, sálvame.- la inocencia y melancolía en la voz de Sakura aún era palpable para él pese al paso del tiempo, como si estuviera escuchándola por primera vez. -Sácame de aquí- sus suplicas era una melodía única entrañable y que lo hacía añorar incasablemente su presencia.

Finalmente y con un halo de misticismo, toda distancia hubo sido acortada ente él y Sakura que pareció desparecer de pronto, llenando su pecho de una sensación inexplicable, no era angustia, tampoco era alegría, era algo semejante a la nostalgia entremezclada con una especie de inquietud, ahí estaba ese dolor en el centro de su echo haciéndole saber cuan vacío y perdido se sentía sin ella y como añoraba su presencia, como dependía por completo de ella. Suspirando lente para si, Sasuke recorrió con la mirada el Harem, la visión que para él había durado minutos apenas y había cobrado segundos de su tiempo, pues nada allí había cambiado, Sakura no estaba ahí, estaba solo…tal era su dolor que lo llevaba a delirar, a intentar enloquecerlo, eso significaba perder a quien más amaba; sucumbir a la locura. No pensaba negar su propia culpabilidad, no, no podía culpar a Kami de lo que solo recaía en su conciencia y en cómo se había manchado las manos de sangre al cobrar la vida de quienes había considerado sus enemigos; Rai y Shisui, sus dos hijos, ambos habían sido considerados enemigos y conspiradores contra el Sultanato como en su momento su propio padre había tomado la vida de su hermano Itachi. La comparación y lo que debía hacer habían estado a su alcance, más había ignorado todas las señales, había ignorado la verdad ante él, siguiendo su propia ira que—como Sakura había dicho—había acabado por dañar a quienes tanto amaba, alejándose más y más de ellos por culpa de su ceguera y ahora si bien contaba con la presencia de sus hijas para no sentir tan solo como parecía, ya no contaba con Izumi, la había alejado definitivamente y viviría para arrepentirse de ello como de no haber pasado más tiempo junto a Sakura. Ahora y tras tanto tiempo valoraba realmente cuanto significaba Sakura para él y cuanto la extrañaba; echaba en falta su voz, su sonrisa, su aroma, su calidez y su presencia, el modo en que todo cobraba sentido con su presencia.

Pero esos días de alegría no volverían, ahora estaba solo.


El sol cruzo el horizonte el silencio a medida que el azul del cielo a medias recubierto de nubes adquiría matices rosa y anaranjados mientras el sol se ocultaba en el horizonte que adquiría tonalidades purpuras y azuladas, ligeramente más claras que las nubes, dando paso a las primeras estrellas y al vago contorno de la luna menguante en lo alto del cielo, rodeada de densos nubarrones. El silencio y la paz reinaba en los aposentos de la Sultana Sarada, únicamente quebrantados por el silbido de la pluma contra el papel que se llevaba a cabo a la luz de las velas, con el visir Boruto Uzumaki ante su escritorio, preparando la documentación que el Sultan habría de revisar y aprobar en la reunión de mañana, le preocupaba el estado del Sultan que evidentemente era presa absoluta del dolor y la tristeza, distando enormemente del Sultan que Boruto había conocido la primera vez que había pisado el Palacio Imperial, tal vez este mismo Sultan hubiera cobrado la vida de su padre, pero Boruto no podía odiarlo porque era un segundo padre para él, su mentor y a la vez un icono en su vida. La muerte de la Sultana Sakura los había afectado a todo y aun cuando ya hubiera pasado el tiempo del luto, todos lo notaban sin importar que fueran aliados o enemigos, incluso y ahora que a Sultana Sakura ya no estaba irónicamente…había algo de paz, la Sultana Takara ya no tenía una rival que la forzar a intrigar, Hayate y Deidara se habían mantenido en un perfil bajo y tras cierto tiempo el pueblo había vuelto a sentirse dichoso gracias a su esposa que poco a poco estaba ocupando el lugar que la Sultana Sakura había dejado con su partida, más no se debía ser iluso, nadie reemplazaría a la Sultana Sakura, tal vez las Sultana s Mikoto, Shina, Sarada, Izumi y Hanan pudieran hacer que todos la recordaran, pero nadie llenaría ese vacío, nadie podría ocupar su lugar y eso—tras ya transcurridos cuarenta días desde su muerte—se hacía más evidente cuanto más tiempo pasaba.

-Su Majestad esta irreconocible, trata los asuntos de estado por deber, pero es como si ante todos nosotros no estuviera sino una cascara vacía- cesando de escribir por un breve instante, Boruto bajo con pesadez la cabeza, emitiendo un cansino suspiro. -No es sino una triste sombra de lo que fue alguna vez- le dolía ver al hombre que tanto había idolatrado desde niño desmoronarse delante de todos, si ganas de vivir.

Corrían tiempos difíciles a librar, todos intentaban elegir el bando correcto, no solo en pro de beneficiarse mediante ello sino también para evitar un posible—aunque a estas alturas era seguro—y cruento derramamiento de sangre que Kami sabia sucedería de forma inminente. Sentada relajadamente sobre el diván, con una pierna cruzada por sobre la otra, la Sultana Sarada seguía siendo alguien a quien venerar, elogiar y desear con la mirada, —solo que Boruto era el único que tenía el privilegio de tenerla por esposa—lucía un riguroso y elegante vestido de satín granate de escote cuadrado y mangas ajustadas, las muñequeras y el corpiño formaban un triángulo de encaje crema ribeteado en diamantes, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta igualmente de satín granate, sin mangas y de corte en V escasamente cerrada a la altura del vientre, al igual que en el vestido inferior, los bordes del escote, los hombros y el dobladillo de la falda estaban decorados en encaje crema ribeteado en diamantes, formando extremos puntiagudos a juego con el patrón del vestido, y el resto de la chaqueta estaba ligeramente bordada en hilo de plata, formando flores de cerezo. Su largo cabello azabache caía libremente tras su espalda como una cascada de rizos, adornado por una hermosa corona en forma cónica y que replicaba una estructura con base en forma de enrejado pero que en su cima representaba lilas y orquídeas con diamantes engarzados que brillaban contra la luz, a juego con un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima. Observando a Boruto quien apenas levantaba la mirada del papeleo que llevaba a cabo, Sarada tomo la última fresa que quedaba en su plato, degustando este placer culpable ya que, quizás en una o dos noches más, no tuviera la oportunidad de charlar tan calma y amenamente con su esposo, más Kami mediante todo cuanto fuera a suceder seria para mejor.

-Lastimeramente todos debemos tomar decisiones importantes- zanjo la Uchiha con temple diplomático, observando con especial atención a su esposo que apenas y levantaba la mirada de los documentos que estaba redactando, -no importa cómo nos sintamos, nosotros no importamos sino el futuro del Imperio- desde niña había comprendido estas palabras su peso, más ya no era una niña y veía que lo debía hacer para cumplir con su deber como Sultana.

-Cuando hablas así, luces y suenas igual que la Sultana Sakura- Boruto sonrió divertido al ser testigo de esto, más sin levantar aun la vista de su trabajo.

De niña su padre siempre la había preferido por encima de cualquiera de sus otras hermanas, porque era la más parecida a su madre tanto e físico como en conducta y el tiempo le había hecho ver a todos que había tenido la razón; de no ser por sus ojos ónix y sus rizos azabaches, todos habrían de asumir que la Sultana Sakura continuaba entre ellos, igual de hermosa que como la recordaban, igual de valiente y determinada y puede que incluso más porque Sarada contaba con una perspectiva nueva sumada a todo lo que había aprendido gracias a su madre. Desde que tenía memoria había intentado emular a su madre en todo cuanto hacía, de hecho y en una ocasión—cuando había tenido cuatro años—se había colado secretamente en su armario y se había probado las chaquetas de gasa abordadas en diamantes, oro y plata, las elegantísimas coronas de tipo torre y las lujosas guirnaldas, bailando y girando ante el espejo, intentando ser lo más parecida a su madre que le fuera posible…siempre había intentado ser su copia en todo, no era una obligación, solo había deseado poder ser tan digna y hermosa a ojos de todos…más nunca, hasta este punto, había llegado a imaginar que el parecido entre ambas pudiera significar tanto para el pueblo y el Imperio que ahora la veneraban en su lugar. Aun hoy se sentía infinitamente dichosa de que le dijeran lo mucho que se asemejaba a su madre, más una parte de Sarada no se sentía a la altura del reto, temía fallar, pero como Casandra había dicho en su visión, al victoria era segura, Hashirama seria Sultan, por ver cumplido tal ideal, a Sarada no le importaba tener que sacrificar su propia vida, pero con Kami como testigo, todo lo que su madre había hecho en pro del Imperio y la dinastía jamás seria olvidado, todos recordarían su nombre hasta el fin de los tiempos, nadie haría desaparecer a la Sultana de Sultanas, de eso ella se encargaría personalmente.

-Es normal, soy su hija- Sarada sonrió ligeramente para sí al citar esto, dichosa consigo misma al parecerse tanto a su madre, no solo físicamente sino también en el pensamiento. -Takara fue a amedrentar a Seina esta tarde- menciono vagamente, levantándose del diván y alisándose la falda del vestido, -supo que estuve junto a ella y no tardo en ostentar su rango y considerarse invulnerable- lenta y cadenciosamente rodeo el escritorio de su esposo, observando distraídamente el trabajo que llevaba a cabo.

-Considera a todos a su alrededor como una amenaza a su influencia y poder, así como al Príncipe Itachi, la presencia de Hayate y Deidara en el Consejo nos desagrada a Kakashi, Konohamaru, Mitsuki y a mí, -afortunadamente Kakashi es el Gran Visir y han de obedecerlo- se relajó enormemente la sentir las manos de Sarada sobre sus hombros, embelesándolo y haciendo sucumbir a lo que fuera con motivo de su tacto.

-Por ahora- menciono Sarada, provocando que Boruto alzara la mirada hacia ella, arqueando ligeramente una ceja por su réplica, -no te gusta escucharlo, lo sé, pero es una realidad que todos debemos considerar, y Kakashi y Mikoto lo saben- no querían dar la guerra por perdida, más eran conscientes de que no podrían ganar todas las batallas y eso Boruto lo admitió, asintiendo para sí. -Cuando Itachi llegue al trono, y pasara, Takara reemplazara a Kakashi por Hayate Gekko como Gran Visir, más no hará otra cosa que degradar escasamente a Kakashi y a ustedes los mantendrá en el cargo en que están- vaticino sencillamente, sujetando ligeramente del mentón a su esposo que la observo intensamente, -no le conviene cambiar demasiadas cosas o el pueblo se manifestara, contamos con eso- una sonrisa ladina cargada de autosuficiencia adorno el rostro de Sarada al decir esto último, confundiendo y animando a Boruto por su incansable fortaleza.

-El Imperio atravesara por una difícil transición- suspiro Boruto ligeramente apesadumbrado y preocupado por lo que sea que trajera el futuro, más incapaz de apartar sus ojos de aquella mujer tan hermosa que lo embriagaba por completo y que era únicamente suya, su esposa, su Sultana.

-Pero debemos estar listos para sacar lo mejor de ella- animo Sarada, acariciándole la mejilla y haciéndolo sonreír como siempre conseguía hacer por él y viceversa, -mi madre tenía un dicho, algo que todos deberíamos de implementar- el Uzumaki la observo intrigado, deseando escuchar aquel dicho que ella tuviera a bien pronunciar para animarlo. -Nunca he sentido miedo en mi vida, ni jamás lo sentiré- un sonrisa ladina nuevamente se apropió de los labios de Sarada apenas y hubo dicho esto, cual mantra.

La guerra había iniciado y retractarse no era una opción, solo había un camino que seguir; hacia adelante.


Habiendo tenido que cargar con el dolor de sus propios actos, sintiéndose infinitamente miserable, Sasuke solo podía sentirse peor a cada minuto, a cada hora y día, abatido, derrotado y herido como no recordaba haberse sentido jamás, había perdido lo que más amaba en el mundo, a la dueña de su corazón, a la razón de su existencia. Semanas desoladoras, días que lo hacían rememorar un pasado que no volvería a tener lugar, momentos felices contemplando la belleza de su ángel, infinidad de instantes teniéndola en sus brazos, viéndola sonreír, escuchando su melodiosa voz, disfrutando de su piel cálida y satinada, cada hora, minuto y segundo del día sin ella a su lado era un infierno, sentía como su corazón se oprimía por la desesperación, la necesidad de encontrar la muerte y volver a verla, pero no siendo lo bastante osado como para intentar quitarse la vida, aunque ganas no le faltaban. ¿Qué se suponía que hiciera? Casi cuarenta años juntos, incondicionalmente, ¿Cómo podía concebir una existencia sin tenerla a su lado? ¿Cómo podía siquiera pasar una hora, un día, una semana o un mes sin tenerla en su vida, sabiendo que ella estaba muerta y que él estaba más imposibilitado que nunca por alcanzarla? El tiempo estaba pasando para todos, ciertamente, pero no como para él, para él todo a su alrededor era una tortura inaguantable, una vida sin ella no merecía ser vivida. Con regularidad recordaba haber visitado los aposentos de su esposa pero no como lo estaba haciendo ahora. No podía dormir en sus aposentos...era más de media noche, y desde que se encontraba solo es que no podía conciliar el sueño y su mente le gritaba estar en el único lugar en el cual ella había estado por última vez antes de morir.

En cuanto cruzo el umbral de la puerta, en cierto modo, se sintió reconfortado, puede que ella ya no estuviera físicamente en su vida, pero su presencia de alguna forma seguía en esos aposentos, esos aposentos que había ordenado que permanecieran vacíos de cualquier otra presencia en el Palacio, ni Takara podría residir en ellos, solo alguna de sus hijas podría, pero nadie más. Desganado y apesadumbrado por su propio dolor es que subió las escaleras, con su mente ocupada y rememorando infinitos momentos felices que ahora forman permanentemente parte de su pasado, porque esos días felices jamás volverían. Ya que no había sirvientes en el interior y estando a solas con sus pensamientos es que abrió por su cuenta las puertas y hubo ingresado en la habitación, analizando con sus ojos todo cuanto allí se encontrase. Algo llamó su atención mientras recorría la habitación. Sobre la cama perfectamente cubierta por sabanas de seda y materiales mucho más costosos y suaves que formaban el colchón, las mantas y frazadas sobre esta se hallaba una tela de un color diferente al resto de los materiales de la cama. Obviamente porque no pertenecía allí. Camino con lentitud hacia la cama para analizar esa tela que tanto había llamado su atención. Al sentarse con lentitud en el borde del colchón se percató de que "eso" en realidad no era una simple tela...era una bata. Una bata de color verde mar pero levemente grisácea, estampada con motivos otoñales dispersos en la tela, los bordes de las mangas estaban bordados en oro con una fina línea de seda negra en medio adornando y realzando más la riqueza del material. Ahora que la veía recordaba haber visto a Sakura usándola tantas veces después de los nacimientos de los hijos de ambos, y durante algunas tardes libres después de tomar un baño. ¿Por qué la había dejado allí?, ¿Acaso ella había querido dejarle una especie de recuerdo para consolarlo? De ser así se lo agradecía enormemente.

Pese a tener la tela en sus manos sentía el inconfundible aroma a rosas y jazmines impreso en ella...el aroma de su ángel, tan femenino, erótico y cautivador que bañaba no solo la habitación sino aquel fragmento de seda que ella había usado en tantas ocasiones. Sintió el material entre sus manos, cerrando los ojos y logrando imaginarla a ella, tan hermosa y tan perfecta...dándole esperanzas de un recuentro, asegurándole que volverían a verse. Recostó su espalda en uno de los muelles que formaban la cama dejando que su peso se afianzara en el colchón mientras seguía teniendo la tela en sus manos y reconocía como el sueño comenzaba a emerger en su sistema.

Sakura...mi ángel, fue lo último que pensó antes de dejarse caer en un profundo sueño como no lo había hecho en semanas.


Hanan Uchiha era una joven de trece años, hermosa y envidiable de contemplar, cargando con un inequívoco grado de madurez sobre si misma tras haber soportado infinidad de adversidades a lo largo de su vida, la peor de ellas era la muerte de su madre, pero no solo era una chica de trece años, era la hija menor del Sultan del mundo y la Sultana del Corazón del Pueblo, una Sultana de sangre. Como tal, y pese a su juventud, era alguien a quien tener en cuenta si es que ocurría algo y lo que más la preocupaba ahora era su padre a quien no había vuelto a ver desde la muerte de su madre, porque él se había aislado de todo y todos, abandonando sus aposentos únicamente por los asuntos de estado y cuando era estrictamente necesario. Le había prometido a su madre, el día anterior a su muerte, que sería el consuelo que su padre necesitaba, que le daría las fuerzas para aferrarse a la vida y dejar tras de sí un Sultanato poderoso y simplemente envidiable, pese a todos los errores que había cometido, Hanan sabía que en el fondo y tras esa coraza de Sultan invencible, seguía estando su padre cariñoso y de buen corazón a quien siempre recordaría.

Siguiendo la usanza tradicional es que todos en el Palacio ya habían abandonado el luto debidamente, y ella siguiendo estas normas es que se encontraba ataviada en un inocente y sencillo vestido color crema de escote alto V, y mangas holgadas semi transparentes que llegaban a cubrirle las manos, por sobre el vestido se hallaba una chaqueta superior de seda color crema, de escote redondo y mangas hasta los codos, abierta bajo el vientre, y plagada de bordados florales que emulaban flores de cerezo y finas ramas y hojas, muy femenina en su totalidad. Su largo cabello rosado, idéntico al de su madre, se encontraba peinado en una envidiable cascada de rizo que caía tras su espalda, parcialmente oculto por un velo crema rosáceo sostenido por una diadema de tipo broche en forma de flores de cerezo hecha de oro y decoradas co cristales, y ribeteada en diamantes a juego de un par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima, complementados por una cadena de oro alrededor del cuello y de la cual pendía un dije en forma de flor de cerezo, entrelazado con el emblema de los Uchiha, obsequio de su madre cuando había cumplido doce años, una joya que no la abandonaba en ningún momento. Caminaba hacia un punto determinado del Palacio siendo seguida por dos doncellas a su cargo y que la obedecían; Chinami y Haruka.

La noche anterior había tenido un sueño, un sueño muy hermoso...su madre había aparecido, hermosa como siempre, siendo la mujer más hermosa sobre la tierra, con su larga melena de rizos rosados cayendo por su espalda y sin joya alguna, solo Sakura, no la Sultana, sino su madre, su madre hermosa y angelical. El vestido con el que la había visto era blanco y de escote corazón, todo hecho de seda y gasa blanca, con mangas ajustadas hasta los codos a partir de donde eran holgadas y abiertas. Le había preguntado porque no estaba con ella y porque los había abandonado a su padre y a sus hermanas, pero su madre solo le había dicho que todo sucedía por la voluntad de Kami, pero que solo ansiaba reunirse con ella, con sus hermanas y su padre. Recordaba haber sentido un abrazó cálido antes de despertar de aquel sueño y ahora iba rumbó a los aposentos de su madre para contarle a su padre sobre ese sueño. Uno de los guardias jenízaro de los aposentos de su padre le había informado que este había pasado la noche allí. Y ahora que ingresaba se sintió mal por verlo dormir allí, solo y con la espalda recargada en uno de los muelles de la cama. Él, sin duda, se sentía peor que ella y que sus hermanas...pero ella, al menos, intentaría ayudarlo a tranquilizarse y tener ánimo. Camino con suma lentitud hacia la cama observando por primera vez el rostro de su padre mientras dormía, lo cierto es que, y lo admitía, para ella era el hombre más guapo en el mundo, el padre más amable y gentil, y un modelo a seguir por cualquier persona en el mundo. Apoyando sus manos con sutileza, se sentó sobre el colchón meditando por unos dos segundos si debía despertar a su padre o no, ¿debería?, pensó con nerviosismo mientras titubeaba.

-¿Papá?- lo llamó con suavidad logrando despertarlo de su sueño con tan solo una palabra, aunque no sabía si era por eso o porque él hubiera estado a punto de despertarse en cualquier momento tras unos minutos más, puede que fuera más bien la segunda opción.

Sasuke parpadeo sorprendido por haberse quedado dormido con tanta rapidez como no había creído posible después de tantos acontecimientos que indudablemente conseguían agotarlo por completo. De hecho, y ahora que analizaba las cosas, lo más sorprende había sido haber tenido como despertador a la que era su hija menor y a quien contemplaba por primera vez en semanas, percatándose con mayor notoriedad del inequívoco parecido que guardaba con Sakura.

-Hanan- la nombró sonriendo tanto como se lo permitiera su ánimo después de haber despertado y dado cuenta que la hermosa visión de su ángel solo había sido eso, una ilusión. ¿Por qué la realidad debía de ser tan dura?, -cariño...

-Tuve un sueño, padre- inició Hanan teniendo la pequeña esperanza de que eso fuera a alentar a su padre a tener paciencia y apegarse debidamente a la vida como ella misma se había resignado desde hacía tiempo atrás. -Vi a mi madre- esto fue lo que sin duda llamó la atención de Sasuke que la escucho atentamente, -le pregunte porque nos había abandonado, me dijo que nunca nos dejaría- garantizo la Sultana sinceramente, -padre, no puedes seguir así- pidió Hanan indirectamente, rogándole que no se diera por vencido.

Las palabras de Hanan calaron profundamente en él...¿Qué había hecho todo este tiempo?, ¿sentarse a llorar sin pensar en lo que sentían sus hijas? Ni siquiera había intentado enmendar las cosas con Izumi quien no le había dirigido la palabra desde la muerte de Shisui. Sentía asco de sí mismo por ser tan estúpido y tan...humano, porque al fin y al cabo era esto lo que lo hacía actuar así y pensar solo en su sufrimiento. Sakura había sido quien siempre tenía las respuestas, era una madre abnegada, cariñosa, gentil y de mente abierta, comprendía los pensamientos de sus hijos a la perfección, nunca los regañaba o castigaba si no que les enseñaba algo de cada error que ellos cometieran y los impulsaba a seguir adelante. Pero estaba solo esta vez, era su momento de pelear y servirle de consuelo a sus hijas, tenía que darles esperanza a sus hijas al menos, no podía permitir que la reputación del Imperio pasara a la historia, no podía dejarle el camino libre Takara. Apegó a su hija a él en un abrazó que esta la correspondió instantáneamente enterrando su cabeza en el pecho de él. Sasuke le besó la frente meditando todo lo que tendría que hacer de ahora en más.

-Tienes razón Hanan- le aseguró convenciéndose mentalmente para lograr convencer a su hija, -todo va a cambiar- prometió Sasuke.

No podía rendirse, no aun.


PD: hola, mis queridos y muy amados lectores, como les había advertido Sakura ya no es la protagonista sino que lo son Sasuke y sus hijas, pero quedan unos pocos capítulos para el final, que espero sea de su agrado y para el que cada vez falta menos, recordandoles que cuando el fic termine, les daré la opción de si quieren que haga la secuela-siguiendo el rumbo que trace el epilogo-que tengo en mente y que se titula"El Siglo Magnifico: El Sultan y La Sultana" y que esta levemente inspirada en la serie "Medcezir" :3 durante el fin de semana actualizare el fic "Lady Sakura: Flor de Cerezo" y la próxima semana "El Clan Uchiha" y "El Emperador Sasuke":3 les recuerdo que finalice el guion completo-diálogos y detalles menores-de la futura adaptación de la película "Avatar", por lo que les pido a los interesados que comenten cuando quieren que inicie el fic u otro que tengan en mente, esperando contar con su aprobación, por supuesto :3 como siempre la actualización está dedicada a DULCECITO311(que siempre está cerca y a quien dedico y dedicare todas y cada una de mis historias :3) a Asch (a quien por supuesto perdono y cuyo regreso me hace feliz) y a todos aquellos que sigan cualquier otro de mis fics :3 También les recuerdo que además de los fic ya iniciados tengo otros más en mente para iniciar más adelante en el futuro: "El Siglo Magnifico: El Sultan y La Sultana", "Avatar: Guerra de Bandos" (una adaptación de la película "Avatar" de James Cameron cuya secuela comenzó su rodaje, y cuyo guion-de la primera película-ya he terminado), "La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber" (precuela de "La Bella & La Bestia", que prometo actualizar en cuanto tenga tiempo) "Sasuke: El Indomable" (una adaptación de la película "Spirit" como había prometido hacer) "El Siglo Magnifico; Indra & El Imperio Uchiha" (narrando la formación del Imperio a manos de Indra Otsutsuki en una adaptación de la serie "Diriliş Ertuğrul"), por no hablar de las películas del universo de "el Conjuro" y que prometo iniciar durante y a lo largo de este año :3 cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.