52. Ida

Cada hora tenía la misma visión. Cada hora veía a Jacob ahogarse, hundirse en el agua por voluntad propia.

Oh, vamos, tenía que llegar a tiempo.

Cogimos el avión que nos llevaría a Seattle, pero antes de eso, Demetri y Alec tuvieron que alimentarse. Yo no quise comer nada. No iba a morir de hambre, ¿verdad?

Tampoco me insistieron para que comiera, simplemente porque les daba igual que comiera o no. Lo único que querían era volver a casa.

Estábamos sentados, esperando que anunciaran nuestro vuelo. Demetri y Alec se mantenían perfectos hasta sentados en la silla, mientras yo estaba como cualquier humano estaría: escurrida en el asiento, con las piernas abiertas y moviéndolas incansablemente.

La azafata anunció por altavoz nuestro vuelo, y nos levantamos rápidos. Nos pusimos en la cola, pero se nos habían adelantado. Avanzamos poco a poco, cuando de repente, se me nubló la vista.

¡No, Jacob! –gritó Edward, llegando a tiempo para poder detenerlo.

¡Déjame sanguijuela estúpida! –gritó Jacob, enfrentándose a Edward.

No lo hagas, Jacob. Sé dónde puede estar.

A Jacob se le llenaron los ojos de esperanza.

A continuación, todo era borroso, hasta ver nítido de nuevo.

Habéis incumplido una ley. ¡Habéis creado un niño inmortal! –gritó Aro.

¡No! –suplicó Bella. —¡Ella no es un niño inmortal! ¡Debéis…

La interrumpieron cuando Félix le partió el cuello.

A continuación, la guardia Vulturis se lanzó contra Edward, Nessie, Seth y Jacob para matarlos a todos.

—¡Alba! –chilló Alec, para llamar mi atención.

Le miré sorprendida, ya que había interrumpido mis pensamientos.

—Estamos colapsando a los huma… a la gente.

—Sí, lo siento. –me disculpé, avanzando.

Los iban a matar, los iban a matar… Había sido testigo de su muerte, mientras que los demás se consumían en el dolor de su pérdida.

¿Cómo puede haber cambiado la visión? ¿Qué decisión ha cambiado?

Aro.

Ésa palabra cruzó mi mente.

En la visión, él decía que habían incumplido la norma de crear niños inmortales, cuando a mí me había dicho que sabía que Irina mentía.

¿Habrá cambiado de opinión?

Entonces se me encendió la bombilla.

No. Él no había cambiado de parecer en ningún momento. Directamente porque nunca pensó que Irina mintiera. Me engañó a mí. Engañó a Alice. Estaba haciendo ver que no se creía a Irina, para que los Cullen no pudieran estar preparados a la hora de la visita. Para que les fuera más fácil atraparlos. Sin duda habían oído los rumores. Me tenían a mí. Yo era su rehén.

Ahora todo encajaba. Todo formaba parte de un puzle al cuál le faltaban piezas, y yo acabo de encontrarlas, y unirlas. Todo tenía su lógica, ahora.

Su principal intención no había sido otra que matarlos a todos, sabiendo que Alice y Edward no querrían unirse a ellos nunca. Los preferían ver muertos que en manos de otro aquelarre que no fuera el suyo. Y ahora tenía un motivo para hacerlo.

Y sin darme cuenta, el avión despegó. Yo ya estaba sentada en el avión, entre Demetri y Alec. Me tenían bien cogida. Aro quería asegurarse que les decía sus mismas palabras a los Cullen. Y si no obedecía, Alec me dejaría ciega, sorda y muda, y los demás, que habrían escapado, serían perseguidos por Demetri.

Aro lo tenía todo planeado, sin duda alguna. Sabía muy bien lo que debía hacer. De eso había tratado la reunión. Aro había expuesto su perfecto plan a su guardia.

¡Seré estúpida! ¿Cómo no me di cuenta antes?

¡Oh, ya recuerdo! ¡PORQUE MI PROMETIDO SE VA A SUICIDAR POR MI CULPA!

¿Un lobo podía ser más rápido que un vampiro?

Y tanto que sí. Podía serlo. Si no, ¿cómo demonios van a poder atrapar vampiros?

Después necesitaría ropa nueva, pero… eso se arregla rápido. O simplemente podía adelantarlos, quitarme la ropa rápidamente y atármela a la pata, como hace Jake.

Oh, Jake… Te echo de menos, créeme.

—¿Quiere algo para beber, señor? –preguntó un azafato, muy guapo por cierto.

—No. –negó Alec, fríamente.

—¿Y usted, señorita? –preguntó, mirándome ahora a mí.

—Pues…

—Ella no quiere nada. –Alec contestó por mí.

—Pero ella me quería decir algo… —contrarió el azafato.

—¡He dicho que ella no quiere nada! –exclamó, levantándose del asiento y cogiendo al azafato por la camiseta. —¿O acaso no me has oído? –dijo con voz amenazante.

—¡Alec! ¡Déjale en el suelo! ¡Suéltale, ya! –ordené, como si me fuera a hacer caso.

Todo se quedó en silencio. Yo no podía verle la cara a Alec, pero parecía pensárselo, si los Vulturis son capaces de pensar, claro. A continuación, lo dejó en el suelo.

—¿Quieres algo? –preguntó Alec, con una voz que denotaba furia.

Yo tartamudeé, hasta que pude responder.

—Una Coca-Cola no estaría mal.

—Tráele una Coca-Cola, ahora. –ordenó Alec, haciendo que el azafato agredido cogiera un vaso y abriera la lata del refresco que había pedido.

Por descontado, el pobre chico temblaba. Cuando acabó, tendió el vaso y la lata hacia Alec. Éste lo cogió y se sentó.

—Ahora, lárgate. –ordenó.

El chico asintió asustado y se fue.

Alec me colocó la lata y el vaso encima de una mesilla que acababa de desplegar.

Yo tenía la mirada perdida y la boca entreabierta.

¿Alec Vulturis me había hecho caso? ¿Podía ser eso posible? ¿Me había obedecido?

—¿Vas a beber, o no? –preguntó, con la voz de antes, sólo que más controlada y calmada.

—Sí, claro. Estoy bebiendo. –dije, dándole un gran trago al vaso lleno de refresco.

Él se limitó a mirarme a los ojos, intentando transmitir algún sentimiento que su corazón de piedra no le permitía expresar.

Después desvió la mirada hacia Demetri, parecieron charlar sólo con la mirada, y luego Alec cerró los ojos, simulando dormir.

Yo miré a Demetri, quien desvió la mirada hacia la ventana.

Ajá. Vale, aquí ha pasado algo que yo me he perdido. ¿Hablaron de algo más en la reunión?

Podía descubrirlo, y tanto que sí.

Podía leer sus mentes, aunque sólo fuera por un momento.

Primero Alec.

No te metas en mi cabeza, no te metas en mi cabeza, no te metas en mi cabeza…, pensaba Alec, sin parar.

¿Sabría él que…? No, es imposible.

Pues vamos a por Demetri.

No puedo pensar en nada, no puedo pensar en nada, no puedo pensar en nada…, pensaba Demetri, repitiéndolo una y otra vez.

Esto es lo más extraño que me ha pasado nunca.

¿Y el don de Aro?

Intenté tocarles los dedos de las manos sin que ellos se dieran cuenta, pero los que sorprendieron fueron ellos a mí.

Llevaban guantes.

—¿Qué demonios…? —no me di cuenta que lo había dicho en voz alta.

Demetri y Alec se giraron hacia mí.

—¿Pasa algo? –preguntó Demetri.

—No, nada. Absolutamente nada. –contesté, con toda la naturalidad y sarcasmo del mundo.

Y, de nuevo, no se dieron cuenta del sarcasmo utilizado, ya que se giraron cada uno hacia su lado.

Pero, pero, pero… ¿Se puede saber qué está pasando aquí?

No me parece normal. No lo es.

Vale. Dejaré de intentarlo.

Pero repito que no me parece normal, ni lógico.

Bebí otro trago de Coca-Cola, hasta que lo que había en el vaso se acabó. Vacié la lata en el vaso, hasta la última gota.

—Alec, querido, ¿podrías darle esto a la azafata amablemente, por favor? –dije, con el mayor sarcasmo que pude encontrar en mí y tendiéndole la lata vacía.

—Claro, Alba. —¿qué? ¿Cómo que "Claro, Alba"?

Cogió la lata de entre mis dedos y llamó a la azafata.

—¿Puede tirar esto?

—Por favor. –le susurré, para que él lo repitiera en voz alta.

—¿Por favor?

¡Y el tonto lo dice! ¡Alec hace todo lo que yo le ordeno! ¿Será un genio de la lámpara, puede ser? Claro que puede ser. Puede serlo todo menos Alec Vulturis. ¡Él no me haría caso ni en mis mejores sueños!

La azafata cogió la lata y se la llevó.

—¿Bien? –preguntó Alec luego, mirándome.

—Ssí. Supongo. –dije, sin poder articular palabra, casi.

Después él se volvió a girar.

Mi subconsciente tartamudeó, intentando encontrar una razón lógica por la que Alec podría haber hecho eso.

No la encontré.

¿Y Demetri?

Hum…

—Demetri, cielo, ¿podrías dejarme en la ventana? –dije, también con demasiado sarcasmo.

—Desde luego. –aceptó, y amablemente se levantó para ocupar mi puesto.

Yo le miré incrédula.

Tuve que cambiarme de sitio.

¿Por qué ni siquiera había pedido alguna explicación? Y, directamente, ¿por qué demonios me había hecho caso?

Esto se está descontrolando.

Bueno, la verdad es que Aro también se había comportado muy raro conmigo. ¿Qué era eso de protegerme de las garras de Félix? Bueno, eso tenía explicación. Pero… ¿dejarme hablar sin ninguna condición? ¿O consultar mi petición con sus hermanos?

Y Cayo. Cayo sí que me había tratado muy extraño. Me miraba todo el rato, con aire protector. Según Aro, él me quería viva más que cualquier otra persona. ¿Por qué? ¿Acaso podía ser su "tua cantante"? No, eso era imposible. Me hubiera comido ya.

Entonces, si no es por eso, no le veo otro sentido al trato que me daban.

¿Y una habitación? ¿Para mí? ¿Con cama? Según las palabras de Aro, ésa era mi habitación. ¿Acaso me habían esperado todo este tiempo?

Vale, tenía que empezar a pensar con lógica. Porque lo que acababa de pensar no es nada lógico.

Sin darme cuenta, empecé a ver a través de la ventana las torres de Seattle.

—¿Ya hemos llegado? –murmuré para mí misma.

—Sí. Ya han pasado unas cuantas horas. –contestó Demetri.

Yo me giré hacia él.

—Gracias por la información. –agradecí.

Él asintió una sola vez, como si aceptara mis disculpas.

Fruncí el ceño.

Se me volvió a nublar la vista de repente:

Vi a Jacob ahogarse, a los Vulturis aplastarle, al fuego consumirle, a un camión atropellarle, a un avión estrellarse con él dentro, a él desde lo alto de un edificio, cayendo hacia el precipicio… Le vi morir de tantas maneras distintas…

Él no se decidía. Tenía pensado suicidarse si no me encontraban, eso estaba claro, pero aún tenía que pensarse el cómo y el dónde.

Si no necesitaba el cuándo, es que entonces ya lo sabía.

De repente, vi coches aparcados en un parking.

—¿Cuándo hemos salido del aeropuerto? –pregunté, confundida.

—Acabamos de hacerlo. –contestó Alec. –Hora de correr. –y empezó con la carrera.

Yo le seguí, pero pronto le alcancé y le adelanté.

Debía llegar a tiempo.

Dejé atrás a Demetri y Alec con facilidad, y me dirigí al acantilado.

Era el suicidio que tenía más cerca.

Estaba a poca distancia del acantilado, ya. Podía verle correr hacia él, en forma humana. Sin parar de correr, saltó.

—¡No, Jake! –grité, pero él ya se había tirado.