La Batalla de las Cinco Aldeas había terminado.

Sólo media hora de combate bastó para que las Aldeas Escondidas quedaran devastadas.

El ataque de Akatsuki había dejado en evidencia la debilidad de las naciones shinobi. Un sólo golpe había bastado para acabar con el orgullo de los guerreros ninja.

Casi ciento cincuenta mil muertos, siete mil de ellos shinobi, fue el resultado del ataque. Si bien las cuatro quintas partes de los civiles que habitaban en las aldeas se habían salvado, las cifras entre una aldea y otra eran demasiado disímiles y, en dos de ellas, la destrucción llegaba a niveles de hecatombe.

La sangre ya había cesado, y para los ejércitos fuera de casa era la hora de afrontar la horrible realidad.

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"Tal vez Naruto tenía razón… tal vez sí es una derrota"

Eso se dijo Fukasaku al ver los rostros de los refugiados que llenaban el Monte Myoboku, la tierra sagrada de los sapos.

Y es que, con el peligro ausente, un sentimiento sordo pero creciente se había evidenciado entre los supervivientes de las aldeas: resentimiento hacia sus líderes. Mientras agradecían y llenaban de elogios a los sapos y su líder humano, no podían dejar de quejarse (primero de forma tímida, luego con mayor notoriedad) de la incompetencia de sus supuestos defensores.

Dicho sentimiento de rabia era mucho más notorio entre los supervivientes de Kumo e Iwa, quienes se habían llevado la peor parte. Incluso, la rabia entre ellos aumentó al saberse que los más destacados defensores de dichas aldeas habían sido shinobi de la Hoja, enviados por el Pacto para negociar una alianza que de ser aceptada habría permitido el retorno de los ejércitos a casa, cuya sola presencia habría frustrado el ataque de Akatsuki a dichas villas; una alianza cuya resolución había sido demorada por varios días por sus líderes, dejándolos indefensos.

Y el saber la situación de las otras aldeas, principalmente lo ocurrido en Kirigakure, que en comparación era mucho más débil que las aldeas del norte y quienes, con el mismo aviso que ellas, había logrado montar una defensa eficaz y evitar las decenas de miles de muertes que la Roca y la Nube cargaban sobre si, sólo servía para alimentar el descontento.

A, el Raikage, era testigo en primer plano de todo eso.

Cuando la batalla había terminado, los sapos se habían acercado a él para solicitarle que escribiera las órdenes necesarias para desmovilizar a sus ejércitos y convencerlos de regresar a casa a cooperar con las tareas de defensa y reconstrucción. Mientras accedía a lo pedido en silencio, supo de la presencia del cadáver de su compañero Onoki, que era custodiado por los sapos a la espera de que la situación en Iwagakure se estabilizara. Sin saber el porqué lo hacía, se dirigió a ver al caído con sus propios ojos.

Darui, al ver como su líder se dirigía a algún lugar, decidió seguirle de cerca.

Muchas personas estaban allí, en la explanada, contemplando el cuerpo del anciano, el que había sido acomodado sobre un lecho de flores silvestres, mientras una guardia de clones del Maestro Sennin le custodiaba.

El Raikage no entendía el porqué requería esa protección, hasta que al acercarse pudo escuchar lo que murmuraban los presentes. Estaban molestos, molestos de ver allí a uno de los culpables de su desgracia, como si la muerte hubiese salvado al viejo Tsuchikage de responder por sus crímenes contra su aldea. Cerca suyo, un civil de la Nube, quien al reconocer al líder de su aldea lo encaró, diciéndole: "Al menos ese viejo tuvo la decencia de morirse defendiendo a la gente que traicionó, pero usted… usted sólo está aquí, como si mereciera seguir viviendo… mis hermanos murieron devorados por una serpiente, atravesados por esos malditos demonios blancos, y usted todavía sigue aquí, como si nada..."

A apartó la mirada, sin atreverse a responder a quien le encaraba. Él, el orgulloso, el que no dejaba que nadie le tratara en menos, el más fuerte… su culpa era tanta que no podía decir palabra. Fue el Rayo Negro quien lo tomó de un brazo, llevándoselo de allí, mientras le decía: "Deberá aprender a vivir con ésto, Raikage-sama. Como todos nosotros deberemos hacerlo".

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"Miren, es el Sabio Legendario…"; "… allí, el que nos salvó a todos… "; "Naruto-sama…"

Era imposible no oír las voces de esos miles que abarrotaban el santuario sapo. Doscientos mil refugiados llenaban el paraje, que en sus vestidos y sus rostros sucios y cansados evidenciaban lo sufrido durante ese día.

No dejaba de resultar incómoda toda esa atención. Y el que los sapos se inclinaran ante él al pasar cerca de ellos no ayudaba en nada.

Un niña, de poco más de seis años, se separó de su madre y corrió hasta el joven, inclinándose y besando sus manos. Naruto le preguntó el porqué lo hacía; ella le respondió: "Mamá estaba asustada. Una serpiente se llevó a mi hermano mayor, y nosotras… pero usted llegó y la mató, salvándonos. Mi mamá… usted la salvó, señor"; Naruto preguntó: "¿De donde eres, pequeña?", ella bajó la mirada, como apenada, mientras le respondía "de Iwa… mi papá está lejos, mamá dijo que lo habían mandado a pelear contra usted, que usted era un hombre malo, ¿no le hará daño a él ahora que se lo he dicho, verdad? Si nos salvó usted no debe ser un hombre malo".

El rubio veía como esa niña estaba avergonzada de llamarlo así. Se arrodilló frente a ella, abrazándola, mientras le decía: "No te preocupes. Seguramente no podría hacerle nada a tu papá. Ahora él regresará y podrá protegerlas, te lo prometo. No necesitarán que un tonto como yo sea quien las cuide, nunca más. Ahora ve con tu mamá y ámala mucho, que seguramente tu hermano las cuidará desde el cielo".

La niña se separó del joven y regresó a los brazos de su progenitora. Naruto se levantó, secando sus ojos, para luego continuar su camino.

Un anciano cercano, mientras el rubio se alejaba, le dijo a los jóvenes alrededor suyo: "Véanlo bien. En el futuro podrán contarle a todos que sus ojos vieron al heredero de Rikudo Sennin".

Así lo llamaban los sapos, y la gente que los había oído hablar de él. Poco a poco Uzumaki Namikase Naruto se extinguía, mientras el Densetsu no Sennin ocupaba su lugar en la mente y los corazones de todos los hombres y mujeres que habitaban en las naciones elementales.


Las noticias de la batalla y sus resultados llegaron rápidamente a los diversos lugares donde estaban estacionadas las fuerzas tanto de la Alianza como del Pacto, llevadas por los sapos vigía repartidos por todo el continente elemental.

En los restos de Otogakure, Terumi Mei no cabía en si ante lo sucedido. La Mizukage se había hecho una idea de lo que sucedería partiendo de lo ocurrido tanto en los Campos de Arroz como en Kusa (los lugares donde Naruto y los sapos habían batallado contra un enemigo similar), pero ésto superaba por mucho sus peores expectativas. Aunque las noticias que recibió de la situación en su propia aldea eran alentadoras en comparación, no podía dejar se sentirse abrumada por todo lo ocurrido.

Y oír que Iwa había virtualmente desaparecido, perdiendo los dos tercios de su población, era demasiado.

La general del ejército unificado no esperó la resolución de su enemigo. Inmediatamente se dirigió a donde los líderes de las fuerzas de la Alianza se encontraban, a fin de acordar la retirada de sus fuerzas.

Los comandantes de las fuerzas de Konoha, Gai y Tenzo, se habían marchado hace cinco minutos, con varios escuadrones selectos a fin de alcanzar su atacado hogar lo antes posible, mientras el resto de las tropas del País del Fuego se preparaban para marchar apenas la pelirroja los autorizara.

La realidad de la destrucción de Iwa y Kumo golpeó duramente a las tres divisiones de la Alianza estacionadas en Oto. La llegada de la Mizukage con la confirmación de la orden de retirada de las tropas que bloqueaban el paso al norte, hacia el País del Rayo, fue suficiente para que la fuerza de ocupación del País de los Campos de Arroz se disgregara. Los sapos habían llevado la confirmación de las noticias junto a la orden de retirada, estableciéndose de facto una tregua entre las dos fuerzas allí establecidas.

Así, de aquella manera, la Alianza Shinobi dio por finalizada la ocupación del País de los Campos de Arroz.

Eran las dos de la tarde cuando Godaime Mizukage partió con dos mil de los tres mil hombres de su división con rumbo a la costa del País de las Olas, en donde embarcarían para regresar al País del Agua, dejando a Mariko y sus samurai, junto a sus tropas restantes, a cargo de la tarea de proteger Oto. Las tropas de Konoha ya habían partido hace cuarenta minutos con dirección sur, a fin de alcanzar su propia tierra.

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C, que se encontraba preparando la partida del segundo ejercito de Operaciones de la Alianza hacia el norte, a fin de entregar su mando al Tsuchikage y luego marchar con las cuatro divisiones de Kumo bajo su mando a derrocar al Raikage, no daba crédito a las noticias que los sapos habían llevado.

Como si pudiese haber alguna posibilidad de duda, Darui en persona le había escrito a fin de enterarlo de la gravedad de la situación y solicitarle aceptar la ayuda de los sapos para mover una de sus divisiones a la aldea, a fin de cubrir las bajas sufridas durante la batalla y poder acelerar los trabajos de salvataje, a la espera del retorno del ejército estacionado en los Campos de Arroz, el más cercano de sus tres fuerzas militares fuera de sus fronteras.

Media hora tardó en coordinar todo, incluyendo el reunirse con los mandos divisionarios.

La noticia causó conmoción entre la tropa, y casi se produce una rebelión: los soldados de Iwa exigían que los llevaran a ellos antes que a nadie. La mayoría de ellos tenían sus familias en la aldea, y si las noticias eran correctas, probablemente muchos habían perdido a esposos, esposas e hijos. Al final, los informes de que los sapos habían logrado rescatar a varios miles y los tenían a salvo en su tierra apaciguó a la soldadesca. Era sólo una posibilidad, pero todos preferían aferrarse a la esperanza de que entre aquellos rescatados estuviesen sus seres queridos.

Aunque seguramente no fuera así.

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Eran ya más de las seis de la tarde.

La vista de los restos humeantes y las pocas construcciones que permanecían en pie hizo que Akatsuchi cayera de rodillas, tomara terrones del suelo y se los arrojara sobre su cabeza. Sus oficiales, al verlo, sabían que aquello no era nada más que frustración, la misma que ellos sentían. Varios de ellos imitaron el gesto, evidenciando su dolor por la desgracia que se cernía sobre sus cabezas.

El enorme shinobi fue levantado por una joven jounin, mientras un sapo de metro y medio se aproximaba a los recién llegados. Eran dos batallones de Iwa, novecientos shinobi en total, quienes se habían movilizado a primera hora desde el País de los Pájaros, en respuesta a la orden del Tsuchikage de retornar a casa.

El antiguo escolta de la Tercera Sombra de la Tierra, que se encontraba originalmente en Kusa, había partido raudo desde dicho lugar a fin de inquirir de boca del viejo Onoki el motivo de su orden de repliegue (que le fue comunicada por C en persona). Se había encontrado con sus compañeros en la frontera sur de la Tierra, minutos antes de la llegada de los mensajeros sapo que portaban las órdenes de Kurotsuchi, quien actuaba en reemplazo de su abuelo. Desde ese punto había sido una carrera constante bajo el fuerte sol de su tierra, hasta que lograron llegar a casa casi seis horas después.

Cuando el sapo terminó de explicarle todo a grandes rasgos, incluyendo la noticia de la muerte de Onoki-sama y los miles y miles que habían sucumbido ante el enemigo, uno de sus oficiales dijo, con voz nerviosa: "Esta es la justicia de Kami. Siempre lo supe: desde el momento en que arrasamos Otogakure y matamos a todos esos civiles inocentes temí que algo así pasara. Era sólo cuestión de tiempo para que nuestros crímenes nos alcanzaran, porque no mostramos arrepentimiento por lo que hicimos, e incluso nos jactamos de las atrocidades que cometimos. Nuestra maldad nos ha alcanzado, y han sido nuestros ancianos, nuestras mujeres y nuestros niños quienes han pagado por nosotros..."

Akatsuchi vio como, justo en ese momento, las demás tropas habían llegado, oyendo el juicio emitido por aquél jounin, mientras sus ojos veían el paisaje de desolación en que se había convertido su hogar.

Fue imposible detenerlos.

La mayoría de sus shinobi, hombres y mujeres, se desbandaron, buscando por todas partes, deseando saber el destino de los suyos.

Poco menos de cincuenta de esos soldados quedaron junto al general de Iwa: eran aquellos cuyos hogares estaban lejos, en otras aldeas y ciudades. Sin saber qué hacer, el antiguo guardián del Tsuchikage, sin tratar siquiera de reunir a sus tropas dispersas, ordenó a los que todavía le obedecían que lo siguieran.

Debía reunirse con Kurotsuchi lo antes posible.

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La nieta de Onoki observaba todo el paraje desde fuera de la enorme tienda que les habían facilitado los sapos y en donde habían establecido su cuartel general. Dentro de ella, todo lo que quedaba de los mandos de la aldea: tres de veinte consejeros y dos mandos superiores (de los ocho originales, incluyéndola).

Toda su fuerza de trabajo en ese momento estaba formada por poco más de tres mil civiles, cuatrocientos sapos y novecientos samurai. De sus propias fuerzas shinobi no restaban más de doscientos veinte supervivientes (de mil ochocientos que eran originalmente), tan cansados y abatidos que los sapos les habían prohibido asistirlos en las labores de rescate de civiles y recuperación de cuerpos.

Las fuerzas del Densetsu no Sennin habían calculado entre sesenta y setenta mil muertos, y para esa hora ya habían recuperado más de treinta mil cadáveres, lo que eran cuidadosamente marcados por los sapos con alguna pertenencia personal que pareciera característica a fin de facilitar su reconocimiento. De tanto en tanto, algún grito o llanto se escuchaba, cuando alguno de los civiles de los grupos de rescate encontraban a algún conocido o cercano muerto o mutilado

En ese punto de las tareas de rescate sólo recuperaban un herido por cada veinte cuerpos muertos.

La chica estaba a unos pasos de simplemente colapsar. Toda esa muerte, y esos idiotas consejeros tratando de buscar culpables cuando apenas habían pasado unas horas y cientos, sino miles esperaban una mano que los rescatara de debajo de los escombros o de algún cadáver enemigo. Los reclamos de esos idiotas habían llegado a tanto que la kunoichi les había dicho que si querían culpar a su abuelo que se enterraran un kunai y lo buscaran en la otra vida para reclamarle, pero que la dejaran a ella tranquila para organizar todo.

Mientras recibía nuevos informes de un par de pequeños sapos, quienes llegaron del Monte Myoboku con un resumen de los refugiados y heridos cobijados allí, junto con una lista de suministros a fin de que ella especificara lo que podría necesitar para esa jornada y que los sapos pudiesen llevarle, se apareció su antiguo compañero Akatsuchi con su pequeño grupo.

Ignorando todo, el enorme general le preguntó a la joven: "¿Es cierto?"; ella le respondió: "Sí, es cierto. Si quisieras tomar el mando de todo, amigo..."

Akatsuchi nota el cansancio en la chica, y quizás lo mejor sería relevarla en sus tareas. Pero era necesario tener un líder, y el deseo de Onoki era claro para todos. Era una vida sacrificada, por lo que empezar ahora era lo mejor para ella.

La joven se sorprendió al ver como su compañero shinobi se inclinó notoriamente ante ella, gesto imitado por su escolta, mientras le decía respetuosamente: "¿Cuáles son sus órdenes, Kurotsuchi-sama, Yondaime Tsuchikage?" La chica miró a sus espaldas, notando como el gesto de los recién llegados era imitado por el reducido concejo de la aldea, e incluso los sapos se inclinaban, reconociendo su nueva calidad.

Por toda respuesta, la joven se arremangó las mangas de su sucio uniforme, para luego tocar la cabeza de su compañero jounin y decirle: "Arriba, Akatsuchi, que tenemos mucho trabajo que hacer"; el aludido respondió, firme y decidido: "¡Hai, Tsuchikage-sama!".

La joven líder sale a recorrer la aldea, a fin de supervisar las labores de salvataje, mientras les señala a los sapos mensajeros una lista de cosas que requiere y pide unos trescientos ayudantes extras, mientras llegan los batallones estacionados en las Sombras, que ya deben estar a medio camino de la aldea.

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- ¿Te encuentras bien?

- No lo sé, Shikamaru. Siento que todo esto no es bueno para mi.

- ¿Acaso tu cuerpo…?

- No, sólo estoy algo estresada. No es un espectáculo apropiado para una embarazada, supongo.

Era algo que el joven Nara se esperaba. Con lo difíciles que habían resultado los últimos días su salud (lo que ahora sabía que se debía a su estado de preñez) era obvio que la batalla y su desenlace no serían algo bueno para su pareja, por lo que Shikamaru la tomó en brazos y la llevó a una tienda cercana, a fin de que tomara algo y pudiera dormir. En el camino llamó a Matsuri, a fin de que la cuidara mientras él ayuda en la coordinación de las tareas de salvamento en ese sector.

Le sorprendió el que Temari no tratara en ningún momento de resistirse a ser retirada y obligada a descansar. Eso hizo que el joven general se preocupara todavía más: mal que mal, era la salud de su futura esposa y la de su hijo o hija la que estaban en juego, por lo que luego de acomodarla y acariciarla unos momentos, a fin de relajarla, le ordenó quedarse allí en lo que restaba del día, y que si necesitaba algo mandara a buscarlo por medio de Matsuri.

Luego de que Shikamaru salió de la tienda, la general de Suna se arropó en la camilla donde la dejó su novio, mientras pensaba que, aún en esas circunstancias, ese flojo podía ser tierno y considerado para con ella (cuando lo que esperaba era un regaño de su parte).

Si, seguramente ese tonto sería un muy afectuoso esposo y padre, por más que quisiera aparentar lo contrario.


Gaara había despedido al último grupo de sapos a eso de las cinco.

Tenían ya seis mil shinobi allí, gracias a la rápida llegada de parte de las tropas de Baki, quienes utilizando el sistema de evacuación (gracias a la ayuda del equipo de sapos marcadores, quienes se habían movilizado hasta el refugio para poder realizar su tarea con ellos) se habían apersonado en la villa veinte minutos después de que la batalla terminara.

Había recibido el informe de bajas entre sus tropas: cuatrocientos treinta y un muertos, la mayoría de la división que se supone partiría a la frontera y a cuyo lado había peleado esa tarde. No había una cifra total de bajas civiles aún, ya que las operaciones de salvamento todavía no habían terminado. Afortunadamente le restó una parte del chakra del Kyubi proporcionado por su amigo para la batalla, y había podido usarlo para mejorar las capacidades sensoras de un par de decenas de sus shinobi, con lo que había podido liberar a los sapos de dicha tarea.

Para esas horas varias columnas de humo se alzaban en toda Suna: eran las piras en que se quemaban los restos de los miles de enemigos muertos, serpientes y zetsus blancos por igual.

Era necesario dar rápido paso a todo aquello. La aldea debía repararse cuanto antes, a fin de quedar disponibles para lo que restaba de la guerra.

El joven Kazekage tan sólo esperaba que ahora sí todos aceptaran el liderazgo de Naruto. No había sido lo más deseable, pero si aquel desastre no convencía a Onoki y A de someterse al Maestro Sabio, nada lo haría.


Shizune estaba particularmente nerviosa. Es que las seguridades que los sapos le daban respecto al estado de salud de Rokudaime Hokage simplemente no le convencían.

Apenas habían logrado traer setecientos elementos de las Olas, entre shinobi y milicianos, para cooperar con las tareas de salvamento y limpieza. En consideración a los números de atrapados existentes en la Hoja, Naruto había accedido a aumentar el número de sapos de apoyo presentes, y parte del grupo de batalla de Kirigakure había sido movido a Konoha.

Con los sapos de la Niebla había llegado un shinobi: Kiba.

La noticia le fue llevada por los hermanos Dokugama en persona. Naruto sentía que se lo debía, por lo que representaba en su vida y por la trascendencia de la misma: Inuzuka Tsume, líder del Clan Inuzuka y su madre, había muerto en la defensa de la Hoja.

Su cuerpo fue reconocido por uno de los clones del avatar del rubio durante la pelea. Rodeada de otros cinco shinobi, y a sus pies su ninken, Kuromaru. No habían quedado testigos de su caída, más que los restos de tres enormes serpientes y cerca de cuarenta zetsus blancos en las cercanías. El can tenía una marca de mordida en su lomo, pero resultaba imposible saber si había sido alcanzado en un intento de proteger a su ama o si ésta había caído luego de ver a su compañero canino ser mordido, en un intento por salvarlo.

Kiba había recibido la noticia estando sólo, y había retornado a Konoha sin avisarles a sus compañeros. Mientras acompañaba el cuerpo de su madre, esperando la pronta llegada de su hermana, quien venía a toda carrera en el grupo de Maito Gai, se apareció Akamaru, acompañado de un enorme sapo de armadura.

Allí, con su perro blanco por toda compañía, el joven Inuzuka se quedó, sentado junto a su madre, cuyo cuerpo, cubierto por una manta, estaba acomodado en una explanada al lado de otros doscientos muertos, parte de los caídos de ese día.


C nunca esperó ver a Samui a cargo de la Aldea. Pero con A-sama y Darui lejos, y los demás mandos muertos, evacuados o desaparecidos, ella resultaba ser la shinobi de mayor jerarquía presente.

El general de Kumo había llegado junto con el último grupo de refuerzos, y sólo pretendía informarse de lo sucedido para luego retornar con el resto sus tropas en Kusa para traerlas por tierra de regreso a la aldea.

Pero era evidente que no podía simplemente largarse.

Decidió tomar el mando de la villa y coordinar las labores de rescate dentro de la misma. Samui no podía estar más feliz de ser relegada de esas labores, sobre todo considerando el estado de agotamiento en que había quedado luego de la batalla.

En vista de que necesitaban un oficial a cargo, Omoi recibió del líder temporal de la villa su nueva tarea: sería el nuevo general a cargo del Segundo Ejército de Operaciones en Kusa, con la sola responsabilidad de traer las tropas a casa lo antes posible.

Los sapos llevaron al recién designado a su nuevo destino. No era una situación que lo convenciera mayormente a Omoi, sobre todo considerando que cada par de manos contaba para adelantar las labores de ayuda en Kumo, pero comprendía que aquello también era necesario.

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Decenas de ratas de tinta se escabullían entre los restos de un enorme edificio colapsado. Los sapos ya habían informado la presencia de sobrevivientes en los pisos más bajos, y Sai usaba a sus invocaciones para verificar su estado de salud, a fin de saber si podían aguantar un poco o si necesitaban apurarse para sacarlos de allí.

Ino trabajaba en uno de los tres hospitales de campaña, ubicado en el patio central del destruido centro médico shinobi de Kumogakure. De tanto en tanto, pasaba a ver el estado de su amigo Choji, quien a diferencia de otros no había sido evacuado por los sapos al considerar que siendo su condición estable (ya que sólo tenía agotamiento extremo y una herida ya tratada en su palma izquierda) y que el hospital de los sapos estaba ya saturado, le habían dejado en la aldea, al cuidado de una compañera pelirroja, al igual que a una treintena de otros heridos, bajo custodia de un equipo de combate de sapos y un par de clones rubios hasta que la pelea concluyó.

La rubia de Konoha se quedó viendo como Karui se quedaba unos momentos allí, sosteniendo la mano herida de Choji, mientras le hablaba al oído a su desvanecido compañero. No sabía qué cosa le estaba diciendo la kunoichi, pero seguramente sería algo bueno.

Era evidente que algo había entre esos dos. Su conducta durante la mañana era demasiado evidente para ser ignorada, y seguramente del lado del joven Akimichi esos sentimientos eran compartidos.

Era una pena que un escape y una pelea a muerte hubiesen sido necesarios para que ambos se sinceraran consigo mismos.

"El destino tiene formas muy extrañas de actuar", pensó Ino, justo antes de retornar a su ronda médica.

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Gamakoji, quien en ese momento ejercía el mando de las fuerzas de socorro de sapos en Kumo, veía como el sol descendía más allá de los muros occidentales de la destruida aldea.

En su cinto, a su cintura, iba guardada en su funda la hoja partida de su katana sin filo.

El desgaste sufrido por su arma, principalmente por la batalla en Kusa, había hecho mella en su resistencia, y finalmente había cedido mientras combatía a las serpientes allí, en la Nube. Había sido descuidado con sus preparativos, y por su negligencia se encontró desarmado al par de minutos de iniciada la pelea.

Un accidente que le dejó en evidencia su propia debilidad. Una debilidad que le había costado la vida a su abuelo.

Su tío y maestro se había largado temprano, de regreso al Monte Myoboku. Él, en cambio, consciente de que el clon avatar del rubio seguramente se marcharía para informar de todo lo ocurrido a su creador, había escogido quedarse allí, fingiendo asumir un papel que en realidad no era necesario: con el nivel de organización de los sapos, un mando aparte de los de los humanos de la villa no era requerido.

Pero esa lejanía de sus amigos y su maestro le servía para meditar en todo lo ocurrido.

Kenshin ya sabía lo que sucedería en unos días, y era claro que tenía un gran punto débil que debía subsanar. Pero confrontar a su tío Togo, en esas circunstancias, era… complicado…

Afortunadamente el destino le dio una mano al gigantesco sapo, ya que Kenshiro llegó hasta donde su joven discípulo se encontraba, sorprendiéndolo:

- Muchacho, el Maestro Sennin pregunta por ti. Hay una reunión general en casa de Gamabunta-san y todos sus cercanos deben estar allí; hay asuntos demasiado trascendentales que deben ser discutidos.

- Supongo que Naruto quiere hacer planes para la próxima batalla.

- Así es, pero parece ser que la situación es más grave de lo que debería…

- ¿Cómo?

- Uzumaki-dono prepara un plan de contingencia, por si llega a ser vencido.

Eso era algo nuevo. Si algo Kenshin conocía del rubio era ese optimismo inquebrantable, que muchas veces rayaba en lo absurdo, por lo que si contemplaba siquiera la posibilidad de un fracaso quería decir que sus posibilidades de victoria eran, a lo menos, dudosas:

- No sé si deba ir, luego de lo ocurrido.

- Perdiste tu espada, Kenshin. Los sapos que combatían cerca tuyo se percataron de lo que pasaste cuando aquello ocurrió. Eres fuerte, pero mucha de tu fuerza es tu técnica con la katana; en eso eres igual a todos los espadachines, quienes al verse desarmados es como si les cortaran los brazos.

- Si… maestro, me quería disculpar con usted…

- ¿Porqué, muchacho?

- Nunca se lo dije, pero consideraba absurdo que usted pasara tanto tiempo entrenando en combate físico cuando era tan bueno en kenjutsu. Siempre pensé que eso era una pérdida de tiempo, y que seguramente su poder sería mucho mayor si se hubiese concentrado sólo en el arte de la espada, pero hoy he podido comprobar por mi mismo lo equivocado que estaba…

- No importa, chico.

- Pero, si yo… si mi fuerza… tal vez, mi abuelo…

- Papá sabía el riesgo que corría, y si cayó en batalla fue para proteger a otros. Duele, y mucho, y comprendo tus sentimientos: yo mismo no dejo de pensar en que tal vez debí permanecer a su lado y no junto al clon del Maestro Sennin, donde quizás no era realmente necesario. Es como si una parte de mi deseara reemplazar a todos esos enemigos que derroté por esa sola serpiente…

- Me siento igual, tío Togo.

- Debes comprender que en el orden de las cosas una vida no vale más que otras, y no puedes pretender deshacer las cosas para cambiar algo que ha salido mal, sacrificando a muchos en el proceso. Si el gran Fujita-gama hubiese permanecido en casa se abría salvado, pero cientos de humanos y sapos habrían muerto al no contar con su protección, con su fuerza y su liderazgo. Si yo hubiese permanecido junto a mi padre quizás esos revividos hubiesen derrotado al avatar de tu invocador y causado un desastre de proporciones. Si tu espada no se hubiese roto podrías haber muerto al exponerte más de lo necesario, confiado en tu técnica…

- Pero eso habría sido mejor que verme reducido como lo fui. Me sentí un inútil sin mi espada, cuando con ella pensaba que era invencible. No deseo sentirme así de nuevo.

- Todavía no lo aprendes, pero cuando llegas a un nivel de fuerza superior al resto te impones límites, por miedo.

- ¿Miedo?

- Miedo a que tu poder te enceguezca, y termines cometiendo un error. Te vuelves imparable, y dejas de notar a los que están debajo de ti. Mírame a mi: si cometiera un error cuando entreno con mis compañeros maestros y los golpeara con mi técnica asesina, los mataría antes de poder hacer cualquier cosa para evitarlo. Y no sólo yo: cada uno de nosotros, así como aquellos que se nos comparan, tenemos el mismo problema, y nos lanzamos a la pelea creyendo que somos invencibles. Pero no lo somos.

- ¿Lo dice por Ken-san?

- También. Ahora tu amigo invocador tiene una pelea que lo exigirá al máximo, y los requiere a todos ustedes, jóvenes sapos, para que le recuerden que no es invencible, y que con todo su poder y su grandeza siempre necesitará de una mano que lo sostenga. Ese es el deber de ustedes cuatro, sus guardianes.

- Pero me falta mucho, si hoy, sin mi espada, yo…

- Soy tu maestro, Koji, pero sólo lo haré si lo pides directamente.

- Pero… ¿es que acaso hay tiempo?

- Siempre hay tiempo, discípulo. Incluso una hora basta para volverte más fuerte, si lo necesitas y estás dispuesto a hacer el sacrificio.

El gran sapo de armadura entiende lo que su tío le dice: el invencible Kenshiro confía en él, y sólo espera que se decida. Decidido, se inclina al suelo con su gran porte, a fin de suplicarle a su maestro por su ayuda: "Por favor, Kenshiro-sama, mi maestro… necesito me me entrene una vez más. Enséñeme a pelear con mis manos desnudas; comparta conmigo su gran poder para poder ser de ayuda a los míos, para protegerlos a todos, como no pude hacerlo este día. No quiero perder a ninguno de ellos, nunca más".

Togo, que con el gran tamaño de su discípulo apenas alcanza la envergadura de la cabeza de Kenshin, le responde: "Bien, si así lo deseas. Con tu nivel actual tres días serán más que suficientes".

Más animado, Koji se levanta del suelo, sentándose en el suelo, frente a su maestro. Tiene una duda:

- ¿Porqué tres días, maestro?

- Necesitarás los dos siguientes para reponerte de lo molido que vas a quedar. No puedes ir a una batalla tan importante sin estar descansado. Ah, y manda a reparar tu katana.

- Lo haré, sensei.

- Sabes, resulta extraño como ha sucedido todo. En la historia de Kenshin, hubo una ocasión en que el destajador perdió su espada, y debió regresar con su maestro para completar su entrenamiento y volverse más fuerte, impulsado por el mismo sentimiento que hoy tienes. Y como él, tú deberás alzarte victorioso luego de que yo, tu maestro, te lleve al borde de la muerte, para poder enfrentar a un demonio incluso más poderoso y terrible de lo que alguna vez fue Shishio Makoto.

- Y qué piensa de todo esto, maestro.

- ¿Yo?, yo sólo tengo una certeza: ¡ustedes vencerán!


La tarde caía sobre los restos del cuartel de Akatsuki, en el País de los Ríos.

Obito había llegado hace un par de horas a su base, siendo recibido por sus cuatro guardianes revividos, además de Zetsu.

Allí supo lo que realmente había pasado con Yakushi Kabuto, como Naruto los había sorprendido y el feroz ataque que los había alcanzado en su refugio.

Por lo que le oyó decir a su espía y secuas, ese tonto aprendiz de villano había estado jugando con el rubio Maestro Sennin, llevándose por su estúpida confianza un golpe brutal. Era evidente que, por más que lo alegara, nunca había visto a Uzumaki Naruto como una amenaza; a diferencia de él, el discípulo de la serpiente siempre despreció al rubio de Konoha y sus habilidades, creyendo tontamente que su senjutsu era superior al de aquél.

Ese tonto, creyéndose mejor que aquél que había derrotado a Pain, a Sasuke. Mejor que el que derrotó a sus fuerzas en Oto, quien humilló a las leyendas de Oro y Plata de Kumo, aplastó al Rayo Negro, aquel ante quien el Hachibi y su portador habían caído. Aquél que, con sólo un grupo de sapos, aprisionó y aniquiló a uno de sus ejércitos por si mismo. Un sujeto que tenía como subordinados a guerreros tan poderosos como los sapos que él en persona enfrentó en Konoha.

Tan parecido a Zetsu Negro, pretendiendo jugar con los poderosos. Un niño queriendo alcanzar a un dios entre los hombres.

No, Kabuto no era el rival indicado para Naruto. Sólo él, el heredero de Madara, estaba a la altura del hijo de Minato y Kushina.

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Estaba listo a desaparecer de aquél lugar, ocultándose en la dimensión del Kamui durante los días que faltaban para su batalla final con el portador del jinchuriki, cuando Kabuto finalmente apareció.

Apenas una sombra de lo que fue.

Era evidente que el ataque que apenas había logrado evitar el hombre planta a aquél lo había golpeado de lleno. Su cuerpo mostraba señales evidentes de haber estado al borde de la muerte. Sangraba, y apenas podía caminar; era sólo una piltrafa, que parecía querer que lo mataran yendo allí, en ese patético estado.

Kabuto alzó su vista. Estaba de suerte, Obito todavía no había desaparecido.

Una única razón lo había llevado hasta allí: la certeza de que, si el falso Madara llegaba a convencerse de que había perecido, corría el riesgo de que hiciese algo que contrariara sus propios intereses. Debía recordarle que seguía con vida, que el sennin de las serpientes aún seguía a su sombra.

Quizás podría convencerlo de que todavía podía serle útil, a fin de utilizarlo para poder estar nuevamente en pie; conocía los recursos del enmascarado, y en especial lo que podía hacer Zetsu para ayudarlo. Realmente el ataque de Naruto casi lo elimina, y poder sostenerse apenas le había costado la totalidad de sus capacidades regenerativas.

Ahora, con su cuerpo tan dañado, apenas y podía controlar los injertos que se había hecho. El peligro era uno sólo: sentía bullir dentro suyo la esencia de Orochimaru, y no sabía qué podía suceder si ésta lo superaba. Cómo a su maestro, una sola idea lo impulsaba: Kabuto no quería morir.

El enmascarado avanza al encuentro de su aliado herido, en compañía de sus cuatro guardianes inmortales, mientras le ordena a Zetsu permanecer atrás. Se detiene a veinte metros de su visitante, esperando oír lo que tiene que decirle:

- Obito…

- ¿No habíamos quedado en que me llamarías Madara? Si tu memoria falla así debes estar mucho peor de lo que te vez, y eso ya es mucho decir.

- ¡NO VENGAS A REÍRTE DE MI!

- Modera tus palabras, Yakushi Kabuto, que en estos momentos no estás en condiciones de exigir nada.

- Lo siento, es sólo… el dolor…

- ¿Te duele? ¿Mucho?

El Sabio de las Serpientes siente como su ira bulle. Ese estúpido Uchiha sólo se burla de él; eso lo percibe incluso con su rostro oculto tras su máscara de batalla:

- No he venido a que hagas mofa de mi. He venido a exigir tu parte del trato…

- ¿Qué parte?

- Somos aliados, ¿o lo has olvidado, amigo mío?

- Recuerdo haberte dicho que después del ataque a las aldeas ya no requeriría de ti.

- ¡Miserable! Sacrifiqué todos mis recursos para ayudarte a cumplir tus metas, y tú sólo dejaste que ese maldito Uzumaki me hiciera… ésto…

- Ese fue tu fallo, Kabuto. Zetsu me lo contó todo, y es evidente que tu error fue el causante del ataque del muchacho. Un error que casi me cuesta la victoria cuando tus revividos se descontrolaron. A mi parecer no has cumplido con tu parte; ¿porqué tendría yo que deberte algo?

El discípulo de la serpiente respira agitado, sintiendo como sus últimas fuerzas desaparecen. Su cuerpo está tan dañado que no puede llevar a cabo el proceso de recolectar energía natural, y sin ella sus heridas nunca sanarán:

- Estoy muriendo, Madara… necesito que…

- (interrumpiendo) ¿Acaso pretendes que sea yo quien te salve? Veo que no sólo tu cuerpo está destrozado, tu cabeza también.

- No tú, Zetsu…

- Zetsu sólo pondrá sus manos sobre ti para matarte. Pero soy generoso, y reconozco lo que me has dado en estos meses. Te dejaré ir y estaremos a mano… así, cuando nos reencontremos, podré matarte sin sentir culpa por ello.

Kabuto aprieta sus dientes, pensando en como proceder. Es evidente que no conseguirá nada del enmascarado, pero quizás… si lo mata, Zetsu se vuelva a favor suyo; es obvio que lo detesta tanto como él, los verdaderos sentimientos del hombre planta nunca estuvieron ocultos ante su senjutsu.

Mientras Obito espera, mirándolo, el sabio de la Caverna Ryuchi piensa en sus opciones: en su estado actual llamar al Edo Madara sería suicida, ya que es imposible que controle a un ser tan poderoso sin nada de chakra en su cuerpo. Pero le queda su seguro de vida, los cuatro revividos Akatsuki en los que ese tonto ha puesto su confianza.

Debe ser rápido, a fin de terminar con la activación de la orden secreta antes de que el líder de Akatsuki lo detenga.

Sólo un sello, y Nagato, Deidara, Sasori y Kakuzu atacarán al enmascarado sin pensarlo.

Uchiha Obito ve como ese cuerpo destrozado murmura una despedida, para luego ejecutar un sello de liberación con su mano izquierda. Sabe de lo que se trata, y deja que el discípulo de la serpiente termine su técnica, a fin de disfrutar del espectáculo de su desesperación.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco.

Cinco segundos pasan, y nada ha sucedido.

Kabuto no sabe qué ocurre, y decide sacrificar una parte del escaso chakra que le resta para poder examinar a sus cuatro peones. Y lo descubre.

Esos cuatro ya no le son fieles: "¿Cómo lo hiciste, Obito?"

El enmascarado, ignorando su pregunta, sólo le responde: "Te dije que no usaras mi verdadero nombre, insensato. Al menos ya sé que me deseas muerto, y ningún compromiso tengo contigo… Kakuzu, acaba con él..."

El revivido de Takigakure activa su corazón katon, cuya máscara emerge de su pecho desnudo. Ante la mirada incrédula del moribundo Kabuto, Kakuzu realiza los sellos necesarios para su jutsu "Katon: Zukokku". De la máscara de tigre surge una enorme ola de fuego comprimido, que impacta el lugar donde el Sabio de las Serpientes se encuentra, golpeándolo de lleno y estallando llamas furiosas que se expanden alrededor, llegando incluso a golpear con su fuerza a Obito y sus demás revividos.

Su ojo blanco le muestra al enmascarado el resultado del ataque. Resignado, se gira, ordenando a los revividos que vuelvan a su punto de vigilancia en las profundidades de la tierra, en la parte que aún permanece en pie de su cuartel.

Zetsu, luego de que esos cuatro se marchan, le pregunta a su líder:

- ¿Acaso ha muerto?

- No. Ese miserable dejó su piel exterior y escapó en un cuerpo de serpiente, igual que como lo hacía su maestro. Desapareció justo cuando el ataque de Kakuzu estalló, aprovechando la distracción. Pero está débil, y donde sea que haya ido seguramente morirá; incluso, si sobrevive, no se recuperará hasta que sea demasiado tarde.

- Es peligroso dejarlo ir…

- No me interesa. La alianza con ese sujeto ha terminado. Zetsu, ahora tengo algo más importante para ti.

- Dime, Obito.

- Necesito que busques a Uchiha Sasuke. Actualmente se encuentra en Konoha, pero seguramente tratará de intervenir en mi batalla con el jinchuriki del Kyubi.

- ¿Deseas que lo capture? ¿que lo mantenga alejado?

- Mátalo.

- No hablarás ense-…

- (interrumpiendo, repite su orden con firmeza) Mátalo. No me sirve de nada vivo, sólo buscalo y acaba con él.

- Tal vez no sea…

- ¿Acaso eres sordo, Zetsu? Recuerda tu posición; eres mi sirviente y mis órdenes son absolutas. Si no lo haces, te exterminaré con mis propias manos.

El hombre planta está sorprendido, y trata de ganar tiempo, a fin de que la parte de su ser oscuro dentro de Obito intervenga para detenerlo, pero nada pasa. Él sabe que si elimina al muchacho Uchiha, nada impedirá que Naruto lo cace. Peor aún, si Kabuto sobrevive y se recupera antes de que su plan se complete, liberará sobre ellos el poder y la furia incontenible de Uchiha Madara, condenándolos a todos.

El falso Madara hace surgir su Mangekyo Sharingan, a fin de evidenciar su molestia por las dudas que manifiesta su sirviente ante sus órdenes. Allí Zetsu comprende que no tiene forma de negarse a la petición de su amo.

No sabe lo que ha sucedido con su parte oscura dentro del enmascarado, pero si ha sido suprimido de alguna manera no tiene forma de resistirse a los deseos del heredero de Madara. Ya no tiene la opción de confesarle todo (había mantenido la noticia de la existencia del Edo Madara oculta incluso de su otra mitad, a fin de precaver que Obito se enterara por esa vía si es que llegaba a interactuar con aquél), por lo que apostará todo a su destino.

Deberá jugar con esas nuevas reglas y acabar con Uchiha Sasuke. Luego verá como solucionar todo entre él y el líder y último superviviente de Akatsuki.

Obito sonríe tras su máscara, mientras observa como el hombre planta se marcha, resignado a seguir sus órdenes. Con un poco de suerte y tanto él como el mocoso Uchiha morirán antes de que llegue la hora de su batalla final y su ascenso al poder absoluto.

La hora de su triunfo.


Una serpiente plateada, de metro y medio de largo, se apareció en las agrestes tierras de la Caverna Ryuchi, el santuario sagrado de las serpientes controladoras de chakra.

Con las estrellas iluminando pobremente el cielo y la luna oculta detrás de una nube pasajera, el ofidio se movió lentamente por entre las rocas, hasta posarse en una larga piedra aplanada, donde se ensanchó hasta perder totalmente su forma, con una cabeza grotesca que se abrió para expulsar, en medio de jugos salivosos, el cuerpo desnudo de Yakushi Kabuto, para luego simplemente rasgarse en mil pedazos.

Kabuto apenas y se movía.

Tenía frío, sus huesos estaban rotos y sus órganos internos comenzaban a ceder. Sin chakra para sostener su sistema, el discípulo de Orochimaru sólo se quedó allí, esperando la muerte.

Curiosas, varias serpientes de los alrededores del lugar se aproximaron, hasta ser cientos: grandes y pequeñas, de muchas formas y colores, irradiando calor a base de chakra natural para mantenerse en movimiento en el frio de la noche.

En eso se apareció en medio de todas la gran Naga Blanca, Hakujya Sennin, con su colosal porte, su collar y el turbante negro con puntas que usaba habitualmente. Alrededor de la líder de los miles que habitaban la Cueva del Dragón y sus alrededores, la tierra sagrada de las serpientes, cientos de siseos se oyeron, como si fuesen murmullos: "Mátenlo"; "debe morir"; "sólo nos ha traído muerte"; "vergüenza..."

… … … …

"¡SILENCIO!"

La atronadora voz de la víbora mayor silenció todo ruido, todo murmullo.

Con cuidado, la serpiente blanca de franjas amarillas cogió el cuerpo inmóvil de su discípulo, con su boca, inyectando de su veneno en su cuerpo, el que actuó como un poderoso narcótico. Luego lo llevó a la entrada del complejo de cavernas, usando su cola para cavar un agujero que perfectamente podía haber sido la sepultura del humano.

Allí lo depositó con sumo cuidado, para luego ordenar a sus hijos e hijas hacer lo que debía hacerse.

Varias decenas de serpientes, de no más de un metro de largo, cubrieron el cuerpo del moribundo Kabuto, mientras sus hermanas mayores usaban sus colmillos para romper sus cuerpos, dejando que la sangre y las vísceras de las sacrificadas bañaran al humano caído, formando un lecho húmedo y lodoso, putrefacto, en el que terminó sumergido el moribundo.

Cuando la cama estuvo lista, la gran Naga Blanca se arremolinó sobre su discípulo humano, cubriendo su lecho de tierra y sangre, irradiando su poderoso chakra sobre el inerte humano.

Esa sería su cámara de resurrección. Debería permanecer allí un ciclo solar completo, inmóvil y en ayunas, solamente concentrada en esa tarea, a fin de poder regenerar al caído por completo.

Las serpientes más grandes de las que aún subsistían en el paraje se acercaron respetuosamente a su líder, a fin de consultarle el porqué sacrificaba tanto por un humano que había provocado con sus acciones la muerte de cientos de sus mejores combatientes y al enemistad de los sapos del Monte Myoboku y del heredero de Rikudo Sennin, arriesgándose a traer sobre ellos la venganza del ser más poderoso sobre la tierra. Hakujya-sama les respondió a sus hermanos y hermanas: "He visto las estrellas y oído al viento: este humano todavía tiene un papel que cumplir, un destino que no soy capaz de dilucidar. No debe morir todavía, aunque tengamos que morir nosotras en su lugar".

Luego de oír la sentencia de la mayor de ellas a las demás no les quedó más que agachar la cabeza, resignadas.

Mientras las demás serpientes gigantes se alejaban, de regreso a sus lugares de sueño, la serpiente blanca cerró sus ojos.

Día con día, esperaría hasta que su tarea fuera finalmente completada.


La reunión en casa de Gamabunta duró hasta las dos de la madrugada.

Eran demasiadas las cosas que debían ser tratadas por los líderes del Ejército Gama.

El resumen del día era impresionante: sesenta y cinco mil zetsus blancos eliminados en las cinco aldeas, además de trescientas ochenta serpiente gigantes. Las cámaras de contención rebozaban con casi quinientos nuevos revividos, con los cuales los productos del Edo Tensei eliminados o neutralizados en lo que iba de la guerra llegaban a casi setecientos muertos vivientes (incluyendo en la cuenta los capturados en batallas anteriores y los que se habían librado de la técnica por sus propios medios).

Seguramente los recursos por el lado del discípulo de Orochimaru estaban virtualmente agotados, pero quedaba un detalle con los zetsus blancos: según las palabras del mismo Kabuto originalmente eran alrededor de cien mil, con lo que todavía debían existir unos diez mil de ellos, mas o menos. Y eso si es que el falso Madara no hubiese creado más en el intertanto y que los eliminados en Oto, Kusa y en los demás lugares estuviesen comprendido en ese número inicial.

Consultada al respecto, Shima informó al consejo de mando que de los doscientos mil refugiados originales en el monte la mitad ya había sido regresado a sus hogares, siendo los restantes casi todos nativos de Iwa y Kumo, además de los heridos que aún eran cuidados por los sapos en su hospital de campaña. Todos esos pasarían entre uno y dos días más allí, en el Monte, a fin de no estorbar con su presencia las tareas de limpieza de las zonas devastadas durante la batalla.

Al menos los suministros para su cuidado, aumentados con ayudas de parte de Tetsu, Ame y Kiri, estaban asegurados hasta por una semana, de ser necesario.

Fukasaku fue el encargado de dar cuenta de las bajas: ciento once sapos muertos, entre los que se contaban el líder de la familia de Sapos del Bosque, Fujita-gama, y Gamaken, uno de los cinco grandes maestros. Además habían otros trescientos heridos siendo tratados aún a esas horas, y dos mil quinientos sapos de los grupos de batalla estaban todavía en las aldeas de Iwa, Kumo y Konoha apoyando las labores de rescate y recuperación.

Naruto les explicó a los sapos reunidos allí lo que sucedería en los próximos días.

Deberían adoptarse los preparativos para la próxima batalla contra el falso Madara en el País de los Ríos. Tres mil sapos serían movilizados a fin de formar un perímetro de cincuenta kilómetros de radio alrededor del punto cero, los restos del destruido cuartel de Akatsuki.

El plan era que el Sabio de los Sapos enfrentaría la batalla sólo, y en caso de requerirlo llamaría a los miembros de su equipo de sapos a asistirlo. Consultado por Gamatsu, el líder de los escoltas de Gamamaru-ojii, sobre el porqué no llevaba consigo a los maestros sapos restantes y a otras tropas selectas, el rubio tuvo que explicarles que los necesitaba para implementar un plan que sería su último recurso, uno que requería la fuerza y el gran manejo de chakra de los maestros sapos.

Engañarían al enmascarado haciéndolo pensar que los miles de sapos del perímetro de seguridad tenían como finalidad evitar que los extraños se colaran a la pelea, pero esa fuerza tendría también una segunda misión, una que garantizaría la muerte del falso Madara y de quien quiera que lo apoyara en caso de que Naruto cayera derrotado.

Aunque seguramente ese recurso final significaría la muerte de la mayoría de la fuerza de sapos en el proceso. Un precio bajo a pagar para garantizar que el enmascarado no triunfara y trajera el fin de todos los que habitaban en el continente elemental.

Intrigado por lo que podía significar aquello, Naruto le enseño a los sapos un pergamino, del tamaño de una hoja regular. Sólo Fukasaku pudo reconocer lo que ese conjunto de signos escritos significaban, y entendió lo que significaba el último recurso del heredero de Rikudo Sennin. Y se hizo evidente porqué sólo serían tres mil los sapos involucrados en la operación: sólo los guerreros, así como los más fuertes entre los que podían controlar su chakra natural podrían intervenir en ello.

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El sol del amanecer fue el testigo de la ceremonia de despedida de los sapos caídos en la batalla de las aldeas.

La larga procesión intrigó a los humanos que, en calidad de refugiados, pudieron contemplar la marcha de los anfibios, a esas horas tan tempranas. Aunque lejanos, todos ellos pudieron contemplar como varios cuerpos gigantes eran cargados en brazos por sapos de veinte metros de alto.

Lejos de la vista de los extraños y encabezando la procesión iba Naruto, cargando en sus brazos a un pequeño sapo enfermero, de poco más de un metro de alto: se llamaba Gamano, y había muerto aplastado por una muralla mientras intentaba salvar a unos humanos en la aldea de Kumo. El sapo verde agua iba bien envuelto en una manta, ya que su cuerpo había sido destrozado y sólo conservaba sus extremidades más menos completas.

Al igual que ese pequeño, ciento dos cuerpos de los sapos caídos el día anterior (los demás, devorados por serpientes que habían escapado del lugar de la batalla, eran evidentemente irrecuperables) eran llevados al lugar final donde sus cuerpos serían entregados a la tierra, a fin de completar el ciclo perpetuo de muerte y renovación.

Los sapos no tenían sepulturas. Aquella práctica de enterrar a sus muertos, eminentemente humana, carecía de sentido para los anfibios, quienes comprendían que sólo eran parte de un sistema mayor, y que al igual que los insectos que les servían de sustento ellos mismos, en su muerte, debían sustentar a otros. Ese era el pacto universal entre todas las criaturas vivientes, una que quitaba a la muerte su carga fatal, y que hacía que el matar para subsistir no fuese un pecado entre ellas.

En tiempos remotos, cuando vivían lejos de su santuario secreto, los cuerpos de los difuntos quedaban allí donde caían, a merced de carroñeros y oportunistas, quienes al devorarlos cumplían con un deber ancestral. Pero ahora, viviendo en un lugar donde esas bestias asesinas no existían, se hacía necesario llevar a los difuntos a un último viaje, uno que entregaría sus restos mortales a quienes los recibirían en sus cuerpos, regresándolos a la nada y al todo.

Para los sapos del Monte Myoboku, ese lugar estaba más allá de las altas cumbres que eran el hogar de Iwagama y los sapos ermitaños de montaña, en un llano donde depositaban a los suyos para que las aves del cielo y las bestias de la tierra hicieran su parte. El festín final, en que los vivos cumplían su papel en el gran orden de las cosas, ofreciendo la carne y sangre de sus muertos, con la esperanza que su esencia viajara al más allá, libres ya de toda atadura material.

Naruto se sorprendió al llegar al valle funerario. Esperaba ver cientos, miles de esqueletos secos al sol, pero no había nada. Como si todos esos muertos del pasado simplemente no existieran.

Uno a uno los cuerpos de los caídos fueron depositados allí. Gamakoji dejó a su abuelo allí, con sumo cuidado. Las aves carroñeras aparecieron en los cielos, pero ninguna hizo ningún intento de atacar a los recién llegados, ni siquiera a los más pequeños.

Todas ellas sabían que esa era su ofrenda, y que debían esperar.

Al terminar de depositar a los muertos, los sapos se alejaron unos cientos de metros, y esperaron.

Al poco tiempo las bestias de la tierra se comenzaron a reunir, dejándose caer sobre todos esos cuerpos. Llegaron los que vuelan, los que se arrastran, los que caminan. Todos ellos, aceptando la ofrenda de los sapos de Myobokuzan.

Naruto se sentía incómodo con el grotesco espectáculo de ver esos cuerpos ser destrozados y devorados. Dirigió su mirada a los sapos, preocupado por ellos, pero éstos sólo miraban y sonreían. Al ver su incomodidad, Togo se aproximó a su compañero humano a fin de explicarle: "Nuestros hermanos, hijos de nuestra madre "la vida" y nuestro padre "el mundo", han aceptado a nuestros muertos con agrado, porque eran dignos de continuar su camino y volverse uno con el todo. Por eso sonreímos, por que han sido encontrados aptos para seguir adelante, como todos esperamos serlo algún día".

Sin esperar a que terminaran el macabro festín, los sapos se dieron la espalda para regresar a su hogar. Eran ya los diez de la mañana, y les tomaría casi dos horas el regresar a casa.

Naruto, por su parte, se preparó para partir para el País de las Cascadas, al encuentro de su próxima cita. Sólo tres de sus sapos le acompañarían, ya que Kenshin le había informado que permanecería en el Monte por los próximos días.


El Hokage Hatake Kakashi finalmente había regresado.

Vivo y totalmente recuperado (salvo por ese parche que cubría la cuenca vacía de su ojo izquierdo) fue recibido por Shizune en persona, quien le informó de los avances en las tareas de limpieza y recuperación de cuerpos.

En vista de la enorme cantidad de cadáveres la líder de servicios sanitarios de la Hoja había decidido proceder a la sepultación inmediata de los mismos, en tumbas individuales sin marcar, pero con la información de los mismos, a fin de tener tiempo para realizar su identificación e informar de su destino a sus parientes. La única excepción hecha con los difuntos fue en el caso de que la identidad de las víctimas fuese ya conocida, respecto de los cuales se permitiría la celebración de ceremonias fúnebres privadas en la medida que el estado de los cuerpos lo permitiera.

Kakashi, como primera decisión suya, ordenó que los shinobi caídos fuesen custodiados en las cámaras acorazadas en el monte de los Hokages, las que se acondicionarían para conservarlos y poder realizar una gran ceremonia funeraria en cuatro días más, a fin de dar tiempo a los equipos y fuerzas fuera de la aldea para retornar a la misma.

El día antes de la gran batalla de Naruto contra Obito.

Ya todo mundo sabía del mensaje dejado por el enmascarado al rubio de Konoha, y lo que aquello significaba. Por lo mismo, era necesario reunir a todas las fuerzas disponibles en la aldea: la Hoja era la más cercana de las cinco grandes aldeas al lugar de la batalla, y su discípulo rebelde ya le había comunicado la posibilidad de caer en esa batalla, así como el que preparaba un golpe final para asegurar la muerte de su enemigo en caso de fracasar.

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Antes que cualquier otra cosa el Hokage debía encargarse de un asunto en particular, por lo que esperó a llegar a su despacho, en la Torre, para llamar a su presencia al equipo Taka. Eran las nueve y cuarenta de la mañana.

Sasuke llegó junto con sus compañeros quince minutos después. Fue recibido por Kakashi, quien esperaba en su puesto, Maito Gai y Yamato. Sin entender de qué se trataba todo eso, el Uchiha decidió esperar a oír qué tenía que decirle la Sexta Sombra de la Hoja:

- Uchiha Sasuke, has sido convocado para rendir cuenta de tus acciones de la última semana.

- Explíquese.

- Tu desaparición. Tus órdenes eran claras y precisas: luego de tu relevo de la guardia fronteriza deberías haberte puesto a disposición de Uzumaki Namikase Naruto, a fin de asistirlo en la cacería del falso Madara y de Kabuto. En vez de eso, simplemente desapareciste.

- Mis comunicaciones con Naruto y con Konoha fueron interceptadas por el enemigo, por lo que desde mi partida hasta el día de ayer me mantuve realizando la tarea encomendada por mi cuenta, a la espera de noticias que nunca llegaron.

- ¿Y donde realizaste esas tareas, con exactitud?

- El sur del País del Fuego, hasta llegar a la frontera con el País de las Cascadas.

- Y en todos estos días no se te ocurrió que algo podía estar pasando con la aldea o con nuestros aliados.

- Sinceramente no.

- El lugar en el que estabas no tiene sentido, ninguna actividad del enemigo ha sido registrada allí.

- ¿Qué pretende decirme, señor?

- Que tus respuestas no son del todo aceptables.

- ¿Insinúa que trabajo para Akatsuki, acaso?

Kakashi, molesto, golpea fuertemente la mesa, mientras mira directamente a los ojos de Sasuke: "Insinúo que eres un maldito irresponsable, incapaz de seguir una simple orden, quien sólo busca su gloria personal y que como consecuencia de tu egoísmo hemos sufrido la destrucción que puedes ver a mis espaldas. Insinúo que de nada le sirves a Konoha mientras tu primera preocupación seas tú mismo, y esos monigotes que tienes como tus compañeros te sigan sin chistar".

El pelinegro observa a Kakashi, para luego desviar la mirada a los dos jounin mayores. Gira su mirada a su equipo, pero ellos sólo bajan la vista, avergonzados. El chico aprieta sus dientes, incapaz de decir algo en su defensa…

- Bien, si nada tienes que alegar contra lo que he dicho, creo que el resultado aquí es claro: el Equipo Taka queda confinado a la aldea. Tienen absolutamente prohibido traspasar sus muros, y contarán con vigilancia anbu constante.

- Pero…

- Es eso o la cárcel, Uchiha. Las acciones de todos ustedes son demasiado graves para pasarlas por alto.

- Naruto se enfrentará a Madara en cinco días…

- Y pretendo facilitarle las cosas quitándote de en medio. Es evidente que no eres capaz de ser un aporte… además, el mismo Naruto nos ha informado que desea que no intervengamos, y lo ayudemos bloqueando la frontera con el País de los Ríos por nuestro lado.

- ¡No pueden hacerme esto!

- Tú mismo te lo has hecho, Sasuke. Ahora regresen a sus labores; es mejor que no traten de irse si no quieren verse nuevamente como fugitivos. Y ustedes (señalando a los tres Taka restantes) es mejor que mantengan a su jefe vigilado, por su propio bien.

Sasuke se voltea y sale de la oficina, atropellando a Suigetsu en su camino. Los demás Taka corren detrás de él.

Junto con su rabia por lo sucedido, lleva una sola idea en su cabeza: No importa como tenga que hacerlo, él estará en esa pelea final y matará al líder de Akatsuki con sus propias manos.

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- ¿Porqué estas con tu uniforme de combate, Neji?

- Debo dejarla por unos días, Hanabi-sama…

Los hermanos Dokugama habían encontrado a Hyuga Neji a eso de las seis de la tarde, el día anterior.

Al principio fue un encuentro extraño, y es que el ver a ese par de sapos de colores brillantes y armados descolocó al joven. Pero su sorpresa se transformó en preocupación al recibir el mensaje, tanto la carta como la parte oral del mismo.

El esposo de Hinata le escribía, reclamando el tesoro del cual era el custodio.

Dudó un segundo antes de confirmar a los sapos su presencia allí, donde era requerido. Él llevaría los ojos que una vez fueron de su amada prima y los entregaría a su legítimo dueño, además de gestionar el personal médico requerido para la operación que el rubio pretendía realizar.

Una sola exigencia le hizo a Naruto por intermedio de sus mensajeros, una que fue respondida durante la noche.

Había preparado todo su partida, recuperando la cajita de madera que los contenía de una de las cámaras acorazadas de la montaña, el lugar escogido para custodiarlos, y sólo requería dar aviso tanto a su prima menor como a su tío de su partida y su ausencia por unos días. Esperaba tan sólo que ninguno de ellos pusiese obstáculos.

Esa tarea era demasiado importante para no cumplirla. Ni siquiera por su familia.

Hanabi estaba acostada en una cama acomodada en una de las pocas habitaciones en pie de la Mansión Principal Hyuga, vistiendo un sencillo camisón.

Neji llevaba una pequeña mochila a sus espaldas, y se veía ligeramente nervioso (lo que, para alguien tan calmado como él era demasiado inusual, y encendió las alarmas de su prima).

- ¿Sucede algo malo?

- No, sólo es un antiguo compromiso que debo cumplir.

- Ya veo… supongo que vas donde Naruto. Creía que nunca llegaría este día.

- ¿Porqué supone que iría donde él?

- Sólo hay una cosa en el mundo que haría que me dejaras aquí, sola. Te conozco, primo, y fuera de tu compromiso nada te alejaría de mi en un momento así.

Neji no puede evitar avergonzarse ante las palabras de la jovencita. Hanabi aprovecha de tomar su mano derecha, rozando sus dedos mientras la mira. Le pregunta:

- Al final no le contaste a papá sobre nuestro encuentro con mi tío.

- Usted tampoco lo hizo.

- Pensé que si alguien debía reclamarle algo, ese eras tú. Tú eres su hijo, no yo.

- Mi padre murió el día en que eligió sacrificarse. Esa es la imagen que tengo de él, y no dejaré que una copia trastornada de él me convenza de lo contrario.

- Afortunadamente los sapos se lo pudieron llevar antes de que algún otro del clan apareciera.

- Si, afortunadamente.

- No estés triste, primo. Ya nada es como era en su tiempo…

- No es eso, sólo me siento responsable.

- ¿Porqué?

- Ésto…

El joven acaricia el rostro de su prima con su mano derecha, pasando sus dedos por el ojo herido de la misma, por sus parpados y la piel alrededor de aquél…

- Casi la marca permanentemente…

- Tú lo has dicho, casi. Los médicos del clan dicen que mi herida no dejará secuelas. Además, aunque así hubiese sido, seguramente seguiría siendo lo suficientemente bonita, ¿verdad?

- No debería preguntarme esas cosas, Hanabi-sama.

- Siempre usas esa manera de llamarme cuando estás nervioso, aunque no lo demuestres. Por eso es que a mi hermana la llamabas así todo el tiempo; si es que te miro y me convenzo de que en realidad estabas enamorado de ella.

- Sabe que no es así, aunque reconozco que siempre me sentí incómodo cerca suyo.

- Espero poder llegar a ser como ella algún día.

- No aspire a eso, Hanabi-sama; usted será diferente, maravillosa en su propia manera de ser.

- Claro, y tampoco tendré esos enormes pechos que lucía mi hermana…

- ¿Trata de incomodarme?

- Vamos, si eres el único con el que podría hablar de esas cosas, primo. Recuerda que mientras más pase el tiempo peor será todo. Me incomoda tu sacrificio.

- Se equivoca, no es ningún sacrificio.

- Sigo pensando que otou-san se apuró demasiado con ese papel.

- ¿Y todavía cree estar en lo correcto con lo que dijo cuando estábamos en el subterraneo?

- Si, estoy segura de eso.

- Y no le molesta.

- Eres tú, Neji-niisan, ¿cómo podría molestarme? Si las circunstancias fueran otras, sería la envidia de toda la aldea.

- Igual yo.

- Lo dudo, tengo apenas trece.

- Y ya es como es. Estoy ansioso de ver como será en unos años más. Estaré orgulloso de ser testigo de aquello.

La joven se sonroja, apartando la mirada. Neji decide ignorarla, mientras alza la voz; una presencia surge, sujeta en una esquina de la habitación. Hanabi mira al extraño sorprendida, pero la tranquilidad de su primo ante el visitante la mantiene serena.

Neji le explica:

- Él es Gamatsu-san, uno de los aliados de Naruto-sama. Se ha comprometido a cuidarla mientras me encuentre ausente. No se preocupe, es muy fuerte, incluso más que yo, y cumplirá su tarea a cabalidad. Además, su camuflaje es invisible para el byakugan, por lo que los demás no sabrán que se encuentra aquí.

- Es muy lindo, sobre todos esos ojos dorados (el sapo agradece las palabras de la chica).

- Debo marcharme. Calculo que regresaré en unos tres días.

- Cuídate, Neji. Recuerda que debes regresar a nosotros.

- No, mi deber es con usted y nadie más, Hanabi-sama.

El joven Hyuga se despide besando la frente de la muchacha, lentamente, para luego encargársela al sapo shinobi, quien se oculta nuevamente en el techo de la habitación.

Hanabi ve como su primo se marcha. Activa su byakugan para seguirlo, pero el dolor en su ojo derecho, el herido, le obliga a desactivarlo rápidamente.

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- Hiashi-sama…

- Te esperaba, Neji.

No esperaba encontrarse a su tío allí, en la biblioteca del Soke. Había algo que necesitaba de los documentos antiguos, algo que le serviría para la gestión que Naruto le había pedido.

- Discúlpeme. Iba a pasar a despedirme de usted apenas terminara de recoger algo aquí.

- Comprendo, y te vas a…

- Ahora mismo, debo llegar a mi destino en cinco horas, por lo que no puedo retrasarme más. Mis compañeros deben estar esperando en las puertas de la aldea.

- Sé que hace parte de los derechos del joven Uzumaki el solicitar… lo que custodias, y no pretendo desconocer aquello.

- Lo sé, tío.

- Pero pretendes llevarte algo más, algo que no has pedido ni a lo que tienes derecho.

- Es verdad que no lo he pedido. Pero si tengo derecho a aquello, desde el día en que me hizo firmar ese papel y retiró el sello maldito de mi frente; quizás todavía pertenezca al boke, pero mi situación ya no es la misma.

- ¿Y qué piensas de todo aquello?

- Que trataba de proteger a Hanabi-chan, aunque ella cree algo diferente.

- ¿Qué tan diferente?

- Que usted pretendía darme el puesto de mi difunta prima, y todo lo que ha hecho ha sido con esa finalidad.

- Ya veo… Hinata heredó la dulzura de su madre, pero Hanabi fue la que se llevó su inteligencia.

- ¿Acaso...?

- (interrumpiendo) Creo que lo que buscas es ésto…

El líder le arroja a su sobrino un viejo pergamino, que traía oculto entre sus ropas: es lo que Neji necesitaba. El joven se inclina, agradeciendo el gesto, a lo que el mayor responde: "Dile a Naruto que esto no significa nada, que sólo trato de que pueda darle buen uso a algo tan importante. Mal que mal, todos asocian su nombre al nuestro y no puedo permitir que nos deje en vergüenza, menos ahora que enfrentará a nuestro enemigo. Ahora vete de una buena vez".

Neji guarda el pergamino recibido en su mochila, para luego voltear y salir rápidamente de la biblioteca, dejando allí a su tío, quien sólo se distrae viendo uno de los estantes del gran salón, uno de los tesoros del clan de los ojos blancos.