Nota: Este capítulo no fue hecho por Ale-chan sino por su alter-ego pervertido Ale-onod. Es decir, si no les gusta el yaoi POR FAVOR ni se asomen. Todo este capítulo es PWP (plot? what plot?) así que no se perderán de absolutamente nada más que del fin de mi virginidad literaria. lol

Capítulo 49: Empiptein (Conquista)

Kanon estaba al borde de la desesperación. El hombre a quien esperaba ver despierto desde hacía horas ya iba por el décimo segundo sueño. ¡No sabía que alguien pudiese dormir tanto! Al menos no alguien que estuviese sano.

Él mismo había pasado días en cama pero eso era diferente. Una cosa era que todo el peso del Mediterráneo te cayera encima y otra el estar un par de nochecitas sin dormir. ¿Es que el ratoncito no sabía que había una substancia mágica llamada café? Debió de haber hecho uso de aquel maravilloso invento para al menos dedicarle un par de palabras antes de desfallecer sobre el colchón.

Miró el reloj con impaciencia. Las diez de la noche.

Milo llevaba durmiendo más de doce horas y no parecía tener muchas ganas de detenerse. Kanon intentó despertarle varias veces para que al menos comiera algo pero era como si el Santo de Escorpio hubiese caído víctima de alguno de los hijos de Hypnos.

A lo largo de la tarde Kanon tuvo que entrar varias veces a su habitación para confirmar que aún estuviera respirando.

Temía que en una de esas dejara de hacerlo.

Cansado de tanto esperar, el gemelo decidió que lo mejor que podía hacer era irse a dormir. Desafortunadamente, temía que la horrible criatura de ocho patas siguiese rondando entre las sábanas por lo que aceptó que no había ningún modo en el que pudiese pegar el ojo en aquella habitación.

Resignado, se apoderó de un juego de cama limpio y se lo llevó hacia el cuarto que hacía no mucho le pertenecía a la mocosa de pies ligeros. El lugar era pequeño y terriblemente oscuro. Una ventana pretendía aprovechar la luz de las estrellas pero sólo lograba robarles un tenue brillo: era demasiado angosta como para ser útil.

Se sentó en la cama y el colchón le pareció pequeño y duro. Además, despedía un olor extraño. Se le antojaba a una mezcla de perfume con restos de un aroma que conocía muy bien. Supuso que en algún momento Milo vivió en esa habitación pero no por eso las sábanas dejaron de parecerle frías y las paredes estrechas.

Estuvo a punto de meterse entre las cobijas cuando unos pasos llamaron su atención. Por la entreabierta puerta de madera se asomó el rostro del Santo de Escorpio quien, ya luciendo más recuperado, forzaba la vista para descubrir a quien se atrevió a invadir el olvidado santuario de la niña a la que tuvo que cuidar por tantos meses.

-"¿Kanon? ¿Qué haces aquí?"

-"Yéndome a dormir, ¿no es obvio?"

-"Pero, ¿aquí?"- Preguntó, entrando a la habitación y mirando a su alrededor con extrañeza, como si temiera que las lozas del suelo y las grietas de los muros fuesen a asaltarlo en cualquier momento. –"¿Por qué?"

-"¿Por qué? ¡Porque en la mañana vi a tu cosa esa escabullirse en la cama! ¡Por eso!"

-"¿Cosa?"- Pestañeó lentamente. –"¡Ah! ¿Scarlet? Pero si ella está ahí."- Comentó, señalando con tranquilidad hacia la almohada de Kanon.

Éste pegó un brinco fuera de la cama y sacudió sus brazos con las manos mientras buscaba con la mirada al maligno escorpión pero al no encontrar nada y al escuchar la risa de Milo supo que cayó en un engaño.

-"Eso no fue gracioso."

-"No puedo creer que te dé tanto miedo. Ya has recibido peores picaduras."- Agregó, caminando hacia él y señalando hacia el techo con su dedo índice.

-"Eso es totalmente diferente."

-"¿Lo crees? Yo te puedo hacer mucho más daño que ella."- Se acomodó en su pecho y Kanon casi le escuchó ronronear.

-"Sí."- Admitió, hundiendo su nariz en los cabellos del otro para respirar su aroma ya sin desagradables contaminantes. –"Pero tú no tienes pinzas, patas peludas y como mil ojos."

-"Los escorpiones no tienen mil ojos."- Indignado, se separó un poco de él. –"Sólo tienen dos simples y los demás varían con la especie. Son arácnidos, ¿recuerdas? Si supieses más de ellos no…"

Kanon utilizó el mejor recurso que tenía para evitar que las agudas palabras del Santo de Escorpio siguiesen taladrando su mente. Sabía que no era algo muy amable pero también estaba consciente de que a Milo no le molestaba del todo que le interrumpiera con besos.

A veces pensaba que al ratoncito le gustaba chillar sólo para ser callado de ese modo.

Debía de ser así porque no tuvo ningún problema para guiarlo a la cama. Con excusa de su cansancio, Milo permitió que Kanon se recostara sobre él, exhalando un siseo de palabras que Kanon no pudo ni quiso comprender.

El sopor de las largas horas de sueño regresó al menor, cosa que fue aprovechada por el otro. No solía sujetarlo con fuerza pues él solía corresponder como si se tratara de un concurso. No estaba acostumbrado a ser abrazado con tanta tranquilidad y mucho menos a disponer de él con tanta facilidad. Un par de manos fuera de lugar solía bastar para interrumpir el momento pero aquella noche Kanon realmente pensó que saldría airoso de la encomienda que se propuso hacía ya mucho tiempo.

Al menos lo hizo hasta que Milo gruñó más palabras sin sentido (parecía que de tanto dormir se le olvidó cómo hablar) y lo separó de su pecho, peinando su cabello con una mano y alisando su ropa con la otra.

-"Yo no me levanté para esto."

Kanon bufó, irritado y frustrado y totalmente indispuesto a dejarlo escapar. Afortunadamente fue lo suficientemente previsor como para enredar sus piernas con las del otro, evitándole poner un solo pie fuera de la cama.

-"Discúlpeme usted, señorita de la pureza. Si no querías esto, ¿para qué demonios vienes y te metes aquí?"

-"Quería saber por qué estabas en este cuarto. Además, yo me paré porque estaba muriéndome de hambre."

-"No es mi culpa. Intenté despertarte para que comieras algo y me ignoraste por completo."

Milo calló a sabiendas de que todo lo que pudiera decir sería usado en su contra. Gruñó gravemente mientras en su cabeza iniciaba una desesperada carrera para hallar una vía de escape. Supo que cometió un error al permitirle llegar hasta ese punto pero en su defensa llevaba horas y horas de abstinencia: tanto de Kanon como de sueño. Era de esperarse que su turbado cerebro dejaría de trabajar prudentemente tarde o temprano.

Pero ahora, suficientemente despierto, se daba cuenta de que si las cosas seguían así perdería el control y el gran Santo de Escorpio no estaba dispuesto a permitir algo así.

Un último intento de escape llegó a su cabeza mientras Kanon tomaba ventaja de su silencio y se inclinaba nuevamente hacia él con su cuello como meta.

-"¿Qué hacías en el Templo de Piscis?"

Preguntó, esperando que la reacción de Kanon fuese lo suficientemente violenta como para distraerlo de su agarre.

Sin embargo, el mayor ni siquiera alzó un poco la cabeza. Se hundió un poco más en su clavícula y la sensación de humedad comenzó a recorrer el pecho de Milo.

-"Sólo teníamos una tranquila plática romántica después de hacer el amor larga y tendidamente."- Murmuró sin alzar el rostro. –"Ya sabes, lo usual."

Y era que no había forma en la que Kanon cayera en un truco tan viejo como ese. No había modo en el que Milo estuviese realmente celoso de Afrodita. Al menos no por lo que vio en la mañana. Sabía bien de los celos del escorpión pero en esa ocasión no eran sino patadas de ahogado: si Milo realmente sintiera celos del Santo de Piscis, no hubiera tardado tanto tiempo en hacérselo saber.

-"Payaso…"- Entrecerrando los ojos, aguantó la respiración por unos instantes hasta que se sintió lo suficientemente seguro como para seguir hablando sin que se le rompiera la voz. –"Debería de romperte la cabeza."

Kanon se irguió amenazante y apretó los labios por unos segundos para después suavizarlos y curvearlos en una sonrisa. Finalmente, con aparente calma, deslizó su agujereada camisa por su torso y arriba de sus brazos. Concluyó la operación cubriendo el rostro del menor con la dañada prenda.

-"¿No te han dicho que hablas demasiado?"

Por supuesto que Milo intentó vengarse de tal afrenta, lanzando lejos la desgastada camisa y tensando los músculos. Fue casi una pena que su enojo terminó siendo opacado por la sorpresa (porque no, nunca sería miedo) que le provocó el notar su propia camisa alzándose por sus brazos.

La prenda se quedó a medio camino, enredándose sobre sí misma y manteniendo los antebrazos de Milo lo suficientemente inmóviles como para que Kanon se atreviera a bajar un poco la guardia. Juntó su pecho con el del otro, ignorando por completo las palabras de protesta del menor.

Kanon rió para sí. De haberlo querido, Milo se hubiese liberado de ese agarre pero optó por hacerse la víctima y removerse con torpeza debajo de él. Por supuesto que esta respuesta sólo terminó por convencer a Kanon de que ya había esperado lo suficiente.

Si a Milo le ayudaba sentirse ultrajado a él no le iba ni le venía.

Los torcidos dedos de sus manos y los sonoros murmullos que empezaron a salir de su boca eran la única prueba que Kanon necesitaba de que al menos el cuerpo del orgulloso ratoncito estaba dispuesto a cooperar.

Milo sintió el cuerpo de Kanon temblar sobre el suyo y apenas entonces notó que él mismo había dejado de mantenerse quieto desde hacía mucho rato. Una pesada opresión en su estómago le hacía creer que algo muy malo estaba a punto de ocurrirle pero otra parte de su cuerpo (unos cuantos centímetros más abajo) le gritaba con insistencia de que eso era lo mejor que le había pasado en toda su vida.

Entre besuqueos y lamidas desesperadas la ropa terminó por desaparecer hasta que lo único que quedó fue la triste hilacha de tela azul apresando las muñecas de Milo. En sus ansias de sentirlo aún más cerca, Kanon tuvo que interrumpir su laborioso trabajo de probar la piel del menor para dedicarse a quitar el trozo de tela que impedía que el otro correspondiera a su agarre.

No temió que Milo intentara escapar. No había forma en el que lo hiciera: sus débiles piernas le hubieran traicionado apenas pusiera un pie en el suelo. Sus pensamientos fueron los acertados pues pronto sintió un par de brazos rodearlo por la espalda y un par de ansiosas caderas enterrándose entre sus piernas.

Kanon intentó reír pero sólo una entrecortada columna de aire se escapó de sus pulmones.

-"¿Ves que todo es mucho mejor cuando me haces caso?"- De algún modo pudo controlarse lo suficiente para pronunciar aquella larga oración pero no le sirvió de nada. Milo no estaba poniéndole demasiada atención. Lucía demasiado concentrado en seguir respirando.

Y de hecho lo olvidó por unos segundos cuando el mayor alzó una de sus piernas por arriba de sus hombros e introdujo un dedo entre sus piernas. La irrupción fue rápida y brusca pero no era como si Milo pudiera hacer algo al respecto. Si acaso, lo único que atinó a hacer fue cubrir su rostro con el antebrazo y esperar a que todo eso terminara.

Un escalofrío recorrió la espalda de Kanon cuando una gota de sudor se deslizó de su cuello hasta su cintura. Decidió aprovechar la interrupción para mirar con mayor atención a su amante. Retiró el molesto brazo de su cara pero él se rehusó a abrir los ojos. Kanon hubiese deseado ver al menos un destello de sus turquesas pero verle con los ojos cerrados, cubriendo su boca con las manos y con una mezcla de gotas de sudor, saliva y lágrimas recorriendo su rostro tampoco estaba mal.

Tragó saliva y obligó a su mente a mantenerse concentrada. Miró a su alrededor por varios segundos hasta que aceptó que tendría que salir de la habitación para obtener lo que necesitaba. Tambaleándose se escapó de la deshecha cama y dio tres tropezones antes de salir del cuarto.

Milo, curioso, quiso incorporarse para tratar de entender lo que ocurría pero su cuerpo le traicionó. Aún resentía el repentino vacío de su cuerpo y juraba que si Kanon no regresaba pronto, él mismo tendría que encargarse de la situación.

La espera no fue demasiada. No se atrevió a abrir los ojos cuando Kanon se colocó nuevamente frente a él y mucho menos cuando escuchó a un tapón abrirse y cerrarse. Sólo atinó a levantarse y a encararle cuando sintió algo frío y suave deslizarse por su entrepierna.

-"¡¿Qué carajos es eso?"

-"Aceite."- Aclaró con tranquilidad mientras esparcía la sustancia con la mano más firme que le fue posible.

-"¡Espera, espera!"- Indicó demasiado tarde cuando Kanon volvió a irrumpir en su interior. –"Negociaríamos…"- Exhaló. -"Dijiste que negociaríamos."- Entre sus silencios alcanzó a escuchar el latir de su propio corazón.

Kanon le mostró qué tan dispuesto estaba a negociar insertando un segundo dedo.

-"Negociaremos después. No hay modo en el que te deje hacerme nada sin que sepas lo que se siente."

Milo quiso reclamar pero las palabras se olvidaron de salir de su boca.

Kanon temblaba aún más, sorprendido de que su corazón fuese capaz de sentir tanto. Aquellas actividades no eran algo nuevo para él. Aún recordaba su primer encuentro en el interior de un viejo cine. Era demasiado estúpido y joven como para darse cuenta de a qué clase de lugar fue a caer en búsqueda de algo nuevo en cartelera. Sospechó qué clase de lugar era ese cuando leyó los títulos de las películas pero la curiosidad pudo más que vergüenza.

Antes de que se diera cuenta su querida pantalla de plata estaba cubierta de color carne y un extraño decidió de emular a sus actores favoritos con él.

Nunca más volvió a entrar a ese cine pero encuentros semejantes se repitieron en otras ocasiones. A veces era un turista en un café de la costa. Otras un jovenzuelo que zarpaba al día siguiente en el Pireo. No fueron muchos rostros y fueron aún menos los nombres. Disfrutó de casi todos esos encuentros pero sólo eso. Nuca halló en el sexo algo maravilloso.

Para él era sólo la satisfacción de una necesidad innata.

Nunca se imaginó que su cuerpo temblaría con tanta expectativa ni que su nombre pudiese ser pronunciado de un modo tan excitante.

Nunca se imaginó que el ofrecer placer fuese aún más gratificante que el recibirlo.

Decidiendo que no podía esperar más, retiró sus dedos lentamente y, sin dejar ir su pierna, se acercó lo suficiente para darle un beso en los labios.

Conteniéndose lo mejor que pudo, sujetó su miembro con la mano derecha y lo guió hacia Milo. Éste no aceptó el contacto inicial con gusto. Mordió a Kanon en los labios y éste se tuvo que separar de él. Fue lo mejor, en esa posición le fue más fácil retomar el control de la huidiza pierna e hizo un nuevo intento, esta vez con mayor presión pero no con menos mesura.

Kanon nunca había escuchado tantas groserías juntas. El Escorpión maldijo en griego, inglés, gaélico y en muchas otras cosas que el mayor desconocía. A él no le importó, el mismo pronunciaba palabras altisonantes mientras sentía las paredes del menor aprisionarlo y extenuarlo.

Cuando el mayor pudo identificar nuevamente el tono suplicante en las palabras de Milo decidió que ya no era necesario contenerse y comenzó a mover sus caderas hacia él. Pudo reconocer las señales del dolor en su rostro pero sabía que no podía hacer gran cosa para aliviarle.

Dejando la pierna en libertad utilizó su mano para acariciar el rostro de Milo. Éste ya no pudo rehusarse a abrir los ojos. Le miró fijamente por unos segundos que a Kanon le parecieron eternos pero un espasmo en la espalda del menor le obligó a cerrarlos nuevamente.

Sintiéndose satisfecho por el momento, Kanon ubicó su mano en la entrepierna del menor, masturbándolo mientras se presionaba nuevamente contra él. En pocos segundos dio con el ritmo adecuado y cada segundo lo fue acelerando.

De ser por Kanon, aquel combate (pues no hallaba una palabra más adecuada para describirla) hubiese durado toda la noche pero no contó con que sus sentidos se nublaran tanto que él mismo perdiera el control de sus movimientos.

Después de unos cuantos minutos, embestía a Milo con tanta desesperación que éste no pudo más y a la par de un acallado gemido se descargo sobre su propio pecho y en la mano del gemelo.

Las contracciones de Milo fueron demasiado para Kanon quien, apenas entonces sospechaba que tal vez el sexo sí era tan maravilloso como todos decían. Presionó una última vez con tanta fuerza que sintió una ola de calor deslizarse desde su cabeza hasta sus entrañas, terminando en el interior del menor.

Sus cuerpos desataron una decena de pequeños espasmos y no fue hasta que sus energías se drenaron por completo que pudieron separarse.

Kanon se recostó sobre el abdomen de Milo y éste, demasiado pasmado como para pensar en otra cosa, se dispuso a dormir.

Cuando el gemelo recuperó su aliento y se percató de lo que realmente acababa de ocurrir no pudo evitar sonrojarse. Estaba seguro de que Milo le mataría al día siguiente.

Un extraño ruidito se escuchó del estómago del menor.

Kanon sonrió. Con suerte, Milo moriría de hambre antes de que amaneciera y así podría vivir un día más.

Comentario de Ale-onod: Sabía que triunfaría tarde o temprano.