- Emm… - murmuré, abriendo la boca pero sin que nada lógico saliera de ella.

Beckett alzó las cejas, esperando mi contestación, y justo ese momento eligió el iPhone para sonar en mis manos, sobresaltándome. Siguiendo el instinto de contestar, la fuerza de la costumbre, desbloqueé la pantalla y pulsé el botoncito verde.

- ¿Sí?

- ¿Castle? ¿Qué haces tú con el móvil de Beckett? – inquirió Ryan, sorprendido.

"Otro que tal baila" pensé, suspirando mentalmente.

- ¡Dame mi móvil! – exclamó la detective, arrebatándomelo de la mano antes de que pudiera decir o hacer nada.

Me encogí, con miedo, pero Beckett me lanzó una mirada asesina de esas que te hacen pensar "si las miradas mataran yo ya estaría más que muerto" y me dio la espalda, eligiendo la opción de ignorarme.

- Dime, Ryan.

- Ah, hola, Beckett – saludó el irlandés, algo desconcertado por los cambios de interlocutor. - ¿Vais a seguir intercambiándoos el teléfono?

- No, tranquilo – dijo ella, con una sonrisa.

- Perfecto. Bueno, tengo entendido que le pediste cierta información anoche a Esposito. Como llegué más pronto yo y vi el post-it en su mesa decidí adelantarte trabajo.

- Mil gracias, Ryan.

- Espera a lo que tengo que decirte… No hay rastro alguno de alguna chica en sus tarjetas de crédito o teléfono. Lo he repasado todo y nada, ni un solo cosmético o llamada a un número sospechoso. O bien este hombre sabía cómo ocultar sus pasos o dicha chica no existe.

- Esperemos que sea la primera opción – comentó Beckett, sintiendo sus esperanzas desvanecerse.

- Sin embargo, y ya puedes ir haciéndome un regalo excepcional, he encontrado la casa de Ian Sckuss.

- Mmmm… ¿Cómo te digo esto para que no te duela? – bromeó la detective.

- ¿El qué?

- Ya sabíamos dónde vivía, nos lo dijo un compañero de trabajo.

- Vaya… - la decepción del detective era notable – Pues nada, buen viaje a Saint Michael.

- ¿Qué? ¿Saint Michael? No, la casa de Ian Sckuss está en St. John's.

- No según la factura de un electricista al que pagó para que le arreglara la caja de fusibles.

- Esto es raro… ¿Estás pensando lo mismo que yo? – inquirió la detective, sus alarmas activadas.

- ¿Qué soy tremendamente listo y atractivo? – bromeó el irlandés, con voz distraída.

Beckett resopló, poniendo los ojos en blanco.

- Que quizá una de estas sea la casa de la mujer misteriosa. – me erguí de repente, mi atención captada por las palabras de Kate y me acerqué a ella, tratando de oír algo de lo que decía Ryan.

- Claro, claro. Esa era la segunda cosa que estaba pensando.

La detective se río, sacudiendo la cabeza y anotó la dirección que su compañero le dictó.

- Gracias, Ryan, puede que nos hayas ayudado a aclarar un poco esto.

- Para eso estamos.

Me acerqué más a ella, curioso e intrigado.

- ¿Qué te ha dicho? ¿Cuál es la casa de la mujer misteriosa?

- Mira, Richard Castle, la próxima vez que cojas mi teléfono para cotillear – me amenazó, con el índice extendido mientras daba golpecitos contra mi pecho desnudo – te juro que te mato.

- ¡No fue por eso! – me defendí, alzando las manos en señal de rendición.

- ¿Entonces por qué tenías mi teléfono? – preguntó Beckett.

- Porque te llamó Lanie a las 7 de la mañana y estabas demasiado dormida para darte cuenta. Pero a mí sí me despertó.

- ¿Y contestaste así porque sí?

- No, te pedí permiso y entre sueños dijiste que sí. ¡Claro que contesté! ¿Preferías que la colgara?

- No, pero…

- ¡Aja! Castle 1, Beckett 0.

Ella resopló, exasperada, y se dio la vuelta.

- ¿Y qué quería?

- Ah, nada, saber si estabas bien. Anoche la dejaste preocupada – vi como su espalda se tensaba, su mano agarrando con más fuerza el asa de la nevera.

Me llevé la taza de café a los labios, tratando de ocultar mi sonrisa de superioridad.

- ¿Te dijo que habíamos estado hablando anoche?

- No directamente pero era obvio.

- ¿Algo más que te dijera que deba saber? – preguntó con voz tensa, todavía sin moverse.

- Nah, minucias.

Beckett ladeó la cabeza, mirando a la nevera, y se giró de golpe. Con mirada fiera, se acercó a mí y volvió a apoyar el dedo índice en mi pecho, amenazadoramente.

- No sé qué demonios os traéis vosotros dos entre manos pero da por seguro que lo averiguaré. Siempre acabo averiguando tus secretos, Richard Castle.

Tragué saliva, excitado. Se suponía que aquello tendría que haberme asustado pero no… Tenerla tan cerca, todavía con esa camiseta extra-grande que le dejaba medio hombro al descubierto, su dedo en mi piel desnuda… "No sigas por ahí" me dije a mí mismo. Cerré los ojos, respirando hondo. Fue a girarse cuando se paró y me miró.

– Por cierto, ¿qué problema tienes tú con ponerte camisetas? – inquirió, con tono irritado.

- Ninguno, lo hago para alegrarte la vista. – Beckett iba a replicar, pero yo continué hablando como si nada – Según Lanie, lo he conseguido.

Ante su cara de sorpresa, hice un gesto como de "eso tuvo que doler" y dije:

- Uuh… Touché, detective.

Me fui tan pancho de la cocina, dejándola sola para recuperarse de mi golpe bajo, y sabiendo que me lo iba a devolver de un momento a otro, de una forma o de otra, pero que iba a lograr que me arrepintiera de haberle dicho eso. De momento, se estaba en la gloria. Por una vez la había dejado sin réplica, por una vez, doña detective-yo-lo-sé-todo, no había tenido la última palabra.

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Beckett dio un sorbo a su café, comprobando que no quemaba, todavía medio apoyada en la encimera tratando de buscar la forma de devolvérsela a Castle. Le iba a hacer sufrir, iba a lamentar el día en que se le ocurrió hablar con Lanie. Y hablando de Lanie…

- Kate… - contestó la forense, su voz teñida de miedo.

- Lanie – saludó Beckett.

- Me vas a matar, ¿verdad?

- Solo después de hacerte sufrir un poquito.

- Losientolosientolosientolosiento – se disculpó Lanie, tan rápido que ni separaba las palabras.

- ¿Cómo demonios se te ocurre contarle lo que quiera que le hayas contado?

- Fue completamente sin querer, Kate, lo juro. Me enredó con sus palabras… ¡Maldito escritor!

- ¿Qué le dijiste?

- ¡Nada! Bueno, nada no muy importante…

- Lanie – avisó Beckett, con voz amenazadora.

- Solo que te sentías mal por haberle mentido sobre el beso y…

- ¿¡QUÉ?!

- … que en el fondo le tenías aprecio aunque yo creía que era algo más que aprecio – terminó de decir la forense, bajando la voz hasta que fue un mero murmullo.

- LANIE, YO. TE. MATO – gritó Beckett, marcando cada palabra. - ¿PERO ESTÁS LOCA?

- No pensé lo que estaba diciendo, se me escapó… En cuanto me di cuenta le colgué sin darle tiempo a decirme nada, pero supongo que era demasiado tarde. Entiendo que estés enfadada pero…

- No… No estoy enfadada, Lanie. – La cortó la detective, suspirando – No contigo. Conozco a Castle, te lía con su cháchara y consigue que hables más de la cuenta, y si a eso le unes que a ti te encanta hablar… Pues ya está, la combinación más peligrosa.

- De todos modos, me dijo una cosa muy curiosa.

- Miedo me das.

- ¿Qué es eso de que dormisteis juntos? Y nada de mentiras, Katherine Beckett, sino sé muy bien a quien acudir para que me cuente la verdad.