Capítulo 52

—Snape. —gruñó Moody. —Amelia me has dicho que querías hablar conmigo. ¿Tengo que ponerme cómodo, o lo harás rápido?

La sala de estar de los cuarteles de la Orden del Fénix, una vivienda cercana a la plaza central donde se alojaba Moody y algún otro miembro de la Orden, era relativamente pequeña y estaba casi vacía, salvo por la chimenea, unas pocas butacas y una mesa baja central. Severus se sentó al otro lado de la mesa, enfrentado a Moody, que gruñó entendiendo que eso llevaría un rato. Por supuesto, no era como si Moody no se esperara algo de ese calibre.

—Esto no me va a gustar. —murmuró bajo su aliento. Severus se desentendió de esas palabras.

—Estoy aquí para negociar. Aunque eso lo esperabas, supongo.

—Cómo no. —gruñó Moody. —De acuerdo, negociemos. —Severus se sorprendió discretamente. ¿Moody aceptando negociaciones tan rápido? ¿Sin gruñir ni ladrar como perro rabioso? Aquello era extraño, muy extraño.

—Si me uno a tu Orden del Fénix, quiero hacer cambios.

—Si yo hago esos cambios, tú te unes.

—Exacto. —aceptó Severus. Moody asintió con la cabeza. —Primero, no sé qué objetivos tenéis en la Orden, pero yo pretendo matar al Señor Oscuro.

—¿Tú solo? Ni Albus pudo con él.

—¿Y? ¿Qué te hace pensar que quiero emularlo? —Severus enarcó una ceja.

—Oh, así que quieres desbancarlo para ser el siguiente mago oscuro al que nos enfrentemos. Interesante. —terminó Moody con sarcasmo.

—No tengo intención de pelear más allá de terminar con el Señor Oscuro.

—Suponiendo que me creo eso… —Moody estaba cuanto menos escéptico. —La Orden del Fénix peleará a tu lado contra el Innombrable. —Severus aceptó su apoyo. Moody se recolocó ligeramente en su butaca y continuó. —Ahora, los cambios de los que hablabas.

Severus inspiró con fuerza. La cara de Moody estaba contraída en una mueca hosca, como era usual, y Severus llevaba puesta su máscara fría y sin sentimientos. Aunque Moody no fuera a tratar de escarbar en su mente, Severus prefería utilizar oclumancia y forzarse a estar tranquilo. Una negociación de ese calibre, cuando se estaban jugando tanto, no podía ser tomada a la ligera.

—Primero, no puedes ordenar a nadie que mate para ti. —estableció Severus.

—¿Cómo piensas librarte de los mortífagos, entonces?

—No he dicho que no podáis matar. —le respondió Severus. —No todos los que están bajo tu mando quieren obedecer esa orden, Moody. Déjales elegir; estoy seguro de que los Prewett seguirán destrozando mortífagos.

—Aún así, perderemos poder.

Ganaremos poder. —Moody le gruñó, sin ver su punto. —A la gente no le gusta que los héroes maten. Es necesario, sí, pero la sociedad no lo tolera. Ganarás amistades y simpatías con los que están afuera, y también aquí dentro. Puede que se nos una más gente si vamos por una vía más blanda.

—¿Qué más da cuánta gente reclutemos si ninguno tiene el valor de matar por el Bien Mayor?

—Los números importan. —Severus le miró oscuramente. El hombre estaba obcecado en sus ideas y era complicado hacerle salir de ellas. —Y los únicos que merecen la pena ser retirados son los mortífagos. El resto son prescindibles y serán sustituidos por otros.

—Así que matamos solo mortífagos. —estableció Moody.

—Exacto. —afirmó Severus.

Moody le miró hoscamente y después se levantó, paseando por la habitación. Lo pensó y lo pensó, y de mientras Severus se reclinó en su butaca, sin tocar el vaso de vino de elfo que Moody le había servido al principio de la reunión. Moody murmuraba por lo bajo, analizando pros y contras de la decisión que debía tomar. Severus esperó pacientemente hasta que Moody se sentó de nuevo, su cara contraída.

—No parece imposible de conseguir. Siguiente punto. —gruñó.

—Justicia. No puedes condenar a alguien solo porque tú crees, sin ningún tipo de prueba, que es culpable.

—¿Lo dices porque les ordené que te abandonaran? —preguntó Moody. Severus luchó por no dejar salir su ira y gritarle todas las verdades a la cara. No era adecuado, a pesar de que el tono de Moody era vindicativo.

—En parte. —medio aceptó Severus. —Esa decisión te costó que la mitad de tu Orden en ese momento abandonara.

—Todos desertores.

—Pero los necesitas. Los necesitamos. Tengo gente dispuesta a volver si aceptas mis – nuestros términos. Estoy seguro de que los otros que se fueron se lo replantearían si aceptaras.

—La Orden no necesita de gente que no se compromete al cien por cien.

—Moody, —le avisó Severus, —nos desviamos del tema. No estoy hablando de mi caso. Pasar ciertas barreras morales puede tener graves consecuencias, como ya has comprobado por ti mismo.

—De acuerdo. —aceptó rápidamente Moody. Severus entrecerró los ojos, esperando el 'pero'. —Pero si alguien sospecha que otro alguien pueda traicionarnos, tiene que decirlo y se tomarán medidas… Preventivas. Un interrogatorio. Con veritraserum y legeremancia.

—Puedo aceptar eso. —murmuró Severus. —Pero tienen que ser sospechas reales, no una treta para vengarse del prójimo. Y en el interrogatorio tiene que haber una parte neutral que haga de juez.

—Acepto esas condiciones. —Moody se inclinó, cogiendo su vaso de vino de elfo, y bebió un sorbo para esconder su sonrisa. Severus estuvo a punto de alzar una ceja, escéptico: ¿por qué creía Moody que había ganado esa batalla? —¿Algo más?

Severus asintió con la cabeza. El último punto era el más espinoso de todos, pero también era importante para Severus. El más importante de los tres, a decir verdad. Severus aceptaría descartar el segundo punto, aunque ya le había afectado antes, por conseguir el tercero: si no podía tener cierto control en la Orden, sus planes no llegarían a buen puerto.

—El último punto que quería tratar es sobre ti.

—¿Qué problema hay?

—El líder no tiene por qué hacerlo todo. Y tampoco debería obligar a los demás a acatar sus órdenes sin razón.

—¿Quieres usurparme el puesto? —Moody le miró entre escéptico e incrédulo.

—No, no es esa mi intención. Tan solo propongo abrir la Orden al diálogo. —Severus cruzó las manos en su regazo, su varita siempre cercana por si las moscas. —Solo he estado en una de tus reuniones, pero cualquier opinión que no te fuera favorable la has ignorado flagrantemente. Y no finjas que no: en cuanto propuse otro plan distinto al tuyo empezamos a pelear.

—Me quitaste mi autoridad delante de los demás. —repuso Moody, enfadado de tan solo recordar esa desastrosa reunión.

—No era mi intención; no es mi culpa que te lo tomes de una forma tan personal. —le dijo Severus sin una pizca de remordimiento. —No estoy en contra de que te guardes cierta información para ti, como ese confidente que te pasa la información, pero necesitamos discutir las cosas para llegar a un entendimiento mutuo.

—¿No preferirías hacerte cargo de la Orden? —la voz de Moody sonaba peligrosamente venenosa.

—Ya te he dicho que no. —Severus suspiró. Moody era tan idiota a veces que le sorprendía que siguiera vivo. —No pretendo comandar ningún ejército. De hecho, el único ejército que podría comandar sería uno como el del Señor Oscuro, y no como el tuyo.

—Tsk. Muy cierto, señor mago oscuro. —se medio burló Moody. —No puedo prometer nada al respecto, pero lo intentaré.

Severus le miró, satisfecho. No sabía que tanto entendía Moody de lo que no se había dicho, pero Severus tenía a casi la mitad de su Orden en el bolsillo, y esas medidas tan solo le harían más popular entre los pocos miembros oficiales de la Orden del Fénix. Severus se levantó y Moody le imitó después de un segundo, sorprendido. Por supuesto, Moody pensaba que seguirían negociando la entrada de gente en la Orden del Fénix y otros asuntos. Severus, sin embargo, estiró el brazo y le tendió la mano:

—Te aseguro que no soy un mortífago, Alastor Moody. Eso no significa que no vaya a usar las Artes Oscuras, pero sigo estando de tu lado. —Moody le cogió la mano con firmeza. Sus dedos eran gruesos y su piel seca y áspera.

—He hecho un montón de sacrificios por tenerte en la Orden del Fénix, así que no me decepciones. —le gruño Moody. —Bienvenido a la Orden.

Moody le guió fuera del salón, que estaba cerrado para poder hablar en tranquilidad y sin oídos indiscretos escuchando. Amelia y Edgar Bones estaban apoyados en la pared de en frente, esperando la resolución, y se estiraron un poco cuando vieron a su jefe salir. Moody les gruñó, retirando la mirada de ellos y marchándose afuera, y Amelia aprovechó para coger a Severus del brazo.

—¿Cómo ha ido? —le preguntó, algo ansiosa.

—¡Snape! —le gritó Moody como si le ladrara. Severus rodó los ojos y Amelia se apartó de él. Severus le asintió con una pequeña sonrisa, dándole a entender que había conseguido lo que Amelia quería, y siguió a Moddy.

—¿Qué pasa ahora? —le preguntó de mala gana Severus, alcanzándole en la puerta de la vivienda.

—Amelia también está metida en esto, ¿no? —le gruñó con brasas en los ojos. Caminaron uno al lado del otro, sin que Severus supiera adónde se dirigían. —Ella fue la que me dijo que querías hablar.

—Puede haber tenido algo que ver. —lo dejó en el aire Severus. Moody gruñó, pero no lo presionó más.

—Querré saberlo todo sobre tus planes para el Innombrable. —le dijo después de un rato paseando. —Esta noche te presentaré a los demás. Mandaré un patronus para comunicarnos. ¿Sabes lanzar el hechizo?

—Claro. —Moody aceptó con la cabeza y después le gruñó una despedida, dejando a Severus en mitad del camino.

Solo cuando Moody había desaparecido de su vista, Severus se atrevió a esbozar una sonrisa triunfal. ¡Lo había conseguido! Casi no se lo podía creer. Y ni siquiera había tenido que sacar la varita para parar los accesos de ira de Moody. Aquello era todavía más sorprendente, pues Moody tenía muy poca paciencia y menos con Severus, al que parecía haber dejado de considerar un mortífago… Aunque ahora entraba en la categoría de mago oscuro.

Esperaría a la noche para ver cómo se desenvolvía la reunión de la Orden del Fénix. Su mente, de mientras, maquinaba planes y estrategias. Había mucho por hacer todavía.