Nota (muy habitual) del autor:
Bueno, creo que es muy evidente lo que ha dicho Humberto de la Calle: el proceso no parece avanzar. Y también, mientras escribo esto (o inicio al menos este capítulo, en la conmemoración del día de la libertad de prensa) no puedo evitar sentir esa misma desazón.
Total, no es tiempo para lamentaciones de ninguna clase, y debido a todo esto he tenido que intentar recoger todo lo que ha pasado alrededor del proceso mismo, en una suerte de "capitulo transicional", algo ligero que intente oxigenar el ritmo de esta historia. Además que entre los días que transcurran entre el final de la octavo ronda, e inicio de la novena, (en la cual, de acuerdo a las estimaciones de los analistas, se deberán de dar conclusiones al primer punto), tocaré algunos temas que no he tocado aun, y que no puedo ni debo pasar por alto.
Pero aun así, no puedo dejar pasar por alto la crisis venezolana, pues esta ya cada vez parece tomar un cariz de gravedad inusitada, en especial con respecto a las muy graves acusaciones que ha hecho Maduro-Podrido-Mentira Fresca contra Uribe-chan (puede ser un corrupto, un inmoral, un cínico degenerado, un cerdo maldito pero es el ex presidente de Colombia, y eso debe de ser respetado). Naturalmente, estas declaraciones han sido simplemente un enorme despropósito, que reviste una gravedad enorme y que de paso interfiere con la soberanía política colombiana. Hoy, 8 de mayo de 2013, la diputada opositora María Corina Machado ha suplicado a la cámara de representantes del congreso colombiano (el "nido de ratas", o la "marranera" como le llaman algunos) que haga algo, buscando respaldo para la oposición. Ha dicho una frase que tal vez, es demasiado cierta: para que haya paz en Colombia, debe de haber democracia en Venezuela. El mutismo del gobierno Santos es de verdad demasiado repugnante, pero políticamente necesario, si se puede decir así: han decidido no interferir ni a favor, ni en contra, desoyendo los reclamos de ambas partes que han intentado hacer. Bastantes problemas hay en Colombia en este momento, para volver a querer interferir en los de Venezuela, pero eso no quiere decir que Colombia se haya olvidado de su nación hermana. Eso jamás pasará.
Por eso siento necesario escribir este capítulo, para decirle al mundo que Venezuela no está solo (o sola, sin importar el headcanon que se siga) en ese momento de incertidumbre que se cierne sobre el (o ella). Colombia, la nación toda, y no el gobierno, apoya al bravo pueblo que ha decidido lanzar el yugo, romper las cadenas y así reestablecer la democracia venezolana así tengamos que entregar nuestra integridad y nuestras vidas para hacerlo.
No siendo más, los dejo con este capítulo de interludio. Disfruten de la lectura.
Capítulo 51: el dolor y la impotencia, la espantosa impotencia.
Bogotá, la mañana del 8 de mayo.
Regresaba a su casa con una sensación de sinsabor e inutilidad. Juan estaba cansado, agotado después de tan maratónica jornada, tan poco fructífera y a fin de cuentas incesante.
La correspondencia acumulada de días estaba en el piso, como siempre. Documentos pendientes, facturas, a fin de cuentas eran demasiadas ocupaciones en las cuales pensar. Se dirigió a su estudio, encendió su computador y miró los cientos de correos pendientes que tenía por revisar, y que había desatendido en todo sentido. Las notificaciones en el Facebook no eran nada nuevo de por sí: fotos de Prusia, unas cuantas notificaciones de Bélgica, alguna que otra amenaza de un celoso Dinamarca… total, el Facebook de Colombia no tenía cambio alguno.
Desmoralizado, y con el ánimo por el piso, se dirigió a la sala. Quizás habría algo bueno de ver, Juan deseaba al menos desconectarse de toda esa espantosa realidad que le rodeaba. Pero no era así: las noticias no eran favorables en lo que respectase al proceso, sino a la cada vez más grave situación que estaba viviendo José. La incertidumbre crecía cada vez más, así como la desinformación de parte del mandatario venezolano.
Pero llegaría la gota que colmaría el vaso, de una forma inesperada, y con una declaración disparatada, que a todas luces empezaba a enturbiar las relaciones entre él y su propio hermano.
—Según recientes declaraciones, el presidente de Venezuela Nicolás Maduro, ha hecho severas acusaciones contra el expresidente Álvaro Uribe Vélez, al cual ha acusado de conspirar en su contra y maquinar su asesinato en declaraciones dadas a la prensa estatal venezolana.
La sorpresa era de por si enorme. Y a la vez, demasiado frustrante. Pero aquellas declaraciones eran de verdad desmesuradamente insensatas y realmente estúpidas.
Sin mediar palabra, tomó su celular y marcó el número de la cancillería.
—necesito que me den una maldita explicación de lo que está pasando en este momento —espetó el colombiano con contenida rabia— ¿Qué demonios es lo que sucede?
—señor… presidencia me ha dicho que no podemos hacer pronunciamientos…
—ME IMPORTA UN PUTO CUERNO LO QUE DIGA SANTOS! —gritó iracunda la nación— ¿Cómo NO ME INFORMAN DE ESTO, MALDITA SEA?
—pero señor…
Colgó. Sin mediar palabra, se dirigió hacia afuera, sin percatarse tal vez de que alguien ya se había dispuesto a tocar la puerta de su propia casa.
—disculpe, ¿la conozco?
—José me ha hablado mucho de usted.
Nota entonces a la mujer, vestida correctamente con un sobrio traje café oscuro. Su largo cabello color chocolate, caía por sobre sus hombros como dos finas y lustrosas cortinas. Nota entonces que aquella dama tiene la nariz fracturada, un labio partido y un moretón en el ojo derecho. Algo le debió de haber pasado a José. Algo que era de verdad grave.
—si quiere, puede pasar a mi casa, tengo alcohol y gasas que le pueden servir.
Los dos ingresan. Busca entonces en su cuarto su botiquín personal, el mismo que Arthur alguna vez le había regalado en algún cumpleaños, y que siempre cargaba sin falta cada vez que viajaba. Debe de tener algo de alcohol, o algún desinfectante. Total, lo mejor en estos casos era llamar a la policía para que ella hiciera las pertinentes denuncias.
—disculpe por no haberme presentado, señor Colombia… soy María Corina Machado, diputada por la mesa de la unidad democrática —dijo entonces la mujer.
—no sabía que usted era una de las parlamentarias de mi hermano.
—si, don José siempre ha sido muy amable conmigo, inclusive después de lo que pasó el 301.
—¿lo que pasó el 30? —inquirió perplejo el joven de ojos verde esmeralda.
No lo sabía aun. Desconocía aquellos hechos espantosos del 30 de abril, la sangrienta y desquiciada pelea parlamentaria en el hemiciclo de la asamblea nacional venezolana. Temía lo peor en ese instante y no era para menos. Era de verdad preocupante, demasiado preocupante en ese momento como todos los sucesos que se habían desatado el año anterior empezaban a afectarlo.
—dígame que es lo que está pasando con José.
—tiene que verlo por usted mismo.
Le mostró el video. El colombiano quedó pasmado de terror al ver todo aquel espantoso y salvaje espectáculo, como los parlamentarios chavistas se ensañaban contra sus colegas opositores como si fuesen hienas ávidas de carne y sangre. José, estaba metido en la trifulca, intentando separar a ambos bandos de forma infructuosa, mientras golpes iban y venían, mientras sillas, mesas, lapiceros, carpetas y demás documentos eran lanzados a la arena, mientras el presidente de la organización parlamentaria, el diputado Diosdado Cabello perfilaba una sonrisa maligna y desdeñosa.
Y un sentimiento empezó a apoderarse de su ser. Sus ojos se transfiguraron de un verde esmeralda apagado, a un brilloso y fuerte tono verde profundo, un brillo de rabia profunda e inmensa.
Estaba iracundo, más que iracundo, furibundo a un nivel insospechadamente macabro. No demostraba una expresión de rabia, pero sus ojos lo demostraban, así como sus manos: empuñadas ambas, en un agarre barbárico, mientras temblaba por la ira profunda que le carcomía.
—le… le agradezco todo lo que me ha dicho. —dijo entonces el colombiano con una manifiesta frialdad muy seca, mientras intentaba contener la ira que empezaba a invadir todo su ser— disculpe que no pueda atenderla como es debido, pero tengo asuntos pendientes. Está usted en su casa, si desea cualquier cosa puede comunicarse conmigo a mi teléfono
Garrapateó el número de su celular y se lo entregó a la parlamentaria venezolana de forma algo apresurada, antes de que la rabia empezara a aflorar.
—gracias, señor Colombia —dijo entonces la parlamentaria— pero… debería usted calmarse
—todos ellos van a pagar, así tenga yo mismo que arrancarle el corazón y las tripas a Nicolás Maduro… van a pagar.
Rápidamente salió de su casa, en dirección al palacio de Nariño. No podía tolerarlo más. La ira que lo carcomía era inmensa. Sencillamente inmensa.
Palacio de Nariño, un par de horas más tarde.
No dio aviso a nadie, ni a nada. El presidente Santos estaba tranquilo, mirando unos cuantos papeles en su despacho. Le acompañaba el capellán de palacio, pues naturalmente el domingo que venía era la ceremonia de canonización de la madre Laura Montoya, pero con el perdón de la santa madre iglesia (nota del autor: soy un descreído confeso, pero eso no quiere decir que tenga que saltar este reconocimiento. Personalmente digo que Laura Montoya si merece la dignidad que le van a otorgar, y no como otros "santos" de dudosa reputación) la ira lo carcomía visceralmente.
—Juan, alista tus maletas —le dijo el presidente de forma serena, ignorando la ira de la nación— partimos hoy a roma, a la canonización de la madre Laura Montoya.
—¿CÓMO NO ME DIJO NADA DE LO QUE PASÓ EN EL CONGRESO DE VENEZUELA EL 30 DE ABRIL? —gritó el colombiano iracundo.
—sabes que son asuntos del gobierno venezolano, asuntos en los que no podemos interferir —respondió parco el mandatario.
—NI UNA MIERDA! —escupió el colombiano— NO PUEDO SEGUIR TOLERANDO ESTO, MALDITA SEA!, NO PUEDO SEGUIRME HACIENDO EL DE LA PUTA VISTA GORDA MIENTRAS A JOSÉ LO MATA A PEDAZOS EL HIJUEPUTA DE MADURO Y SUS LAMECULOS
—LO HARÁS, PORQUE ASÍ NOS CONVIENE CARAJO! —le gritó Santos a Colombia— NO DIRÁS NADA, NO TE METERÁS EN LOS PUTOS PROBLEMAS DE MADURO NI EN LOS DE JOSÉ PORQUE TODO LO QUE HEMOS HECHO SE CAERÁ EN UN PAR DE SEGUNDOS SI DECIMOS O HACEMOS ALGO.
—ME IMPORTA UN PUTO BLEDO!, —gritó iracunda la nación— SI USTED NO HACE NADA, YO LO VOY A HACER, YO LE VOY A ARRANCAR EL CORAZÓN A MADURO CON MIS MANOS, LE VOY A SACAR LAS TRIPAS A DIOSDADO CABELLO Y SE LAS HARÉ TRAGAR ESCABECHADAS, VOY A ACABAR CON TODOS ESOS CERDOS CHAVISTAS DE UNA MALDITA VEZ!
Todos en el despacho estaban aterrados con los gritos del joven de cabellos negros y ojos verde esmeralda. Parecía que había sacado su lado oscuro, su vena psicópata y algo asesina, algo que era natural en él. No era para menos, pues apenas se enteraba de demasiados hechos que lo habían sorprendido de forma no muy grata. Y hacía ya mucho que no se oían los gritos iracundos del colombiano por el palacio de Nariño.
—respira profundo y cuenta hasta diez. —le dijo el presidente de forma serena— sabes que la ira es una mala consejera, no te puedes dejar controlar por ella.
—usted no entiende.
—si entiendo —le dice el mandatario de forma tranquila— vengo de una familia de políticos, y esto es natural en mí. La conveniencia política te dicta siempre que acalles tus verdaderas opiniones, tus verdaderos sentimientos y emociones, y que te acojas a lo que más convenga. En este momento nos conviene estar callados y ver como las cosas se desarrollan en Venezuela. Ellos deberán resolver sus problemas en solitario, así como nosotros debemos de solucionar nuestros problemas por nuestros propios medios.
—¿Qué piensa…?
Su mandatario miró hacia la ventana. Un fugaz recuerdo parecía llegar a su instante. El año, 1941. El presidente, tenía el mismo apellido, era de la misma línea de sangre de aquel dinástico Delfín.
Años atrás, en julio de 1941.
—la guerra está declarada. Alemania es un peligro para el mundo, Japón también lo es, y en este momento el mundo está dividido. Tenemos que estar con el aliado que más nos convenga, y en este momento el señor Jones es nuestro más favorable aliado.
—pero… señor… ¿Qué pasaría si Ludwig triunfa?... ¿o si Kiku triunfa?, no creo que una insignificante nación como lo soy yo pueda inclinar la balanza a favor de una u otra potencia.
Aun miraba a la ventana. Eduardo santos era un hombre de decisiones frías y mesuradas, de corteses modales y maneras. Pero de decisiones unilaterales que no admitían contradicciones.
—aun no nos preocupemos quien gana o quien pierde.
—mañana, declararemos el estado de guerra exterior contra el eje, pero no intervendremos en la guerra. —dijo entonces el presidente Enrique— López de Mesa se encargará de todas las medidas para restringir las maniobras diplomáticas del eje aquí, los ciudadanos del eje serán confinados en campos de internamiento, se les han de negar los visados a los refugiados de guerra sin importar si sean del eje, o sean aliados.
—señor, con todo el respeto del mundo, pero no creo que sea correcto. —dijo con franqueza el joven, que no aparentaba más de 16 años2— su postura me da asco.
Y allí estaban, casi 72 años después. Las cosas parecían repetirse.
—seguiremos con nuestra línea diplomática frente a lo que está sucediendo en Venezuela. —el presidente Juan Manuel miraba impertérrito la ventana, tal como lo hacía su bisabuelo— silencio. Mantendremos nuestro silencio y no nos decantaremos por ningún bando. No apoyaremos ni a Capriles, ni a Maduro. Desoiremos todas las peticiones que nos hagan ambos bandos confrontados.
—¿y el proceso?
—lo mejor en este caso es mantener la prudencia al respecto. El proceso seguirá con la mediación de Noruega, Chile y Cuba, que han hecho un buen trabajo como mediadores. Pero con respecto a Venezuela, intentaré buscar alguna forma de desligar al gobierno de Maduro del proceso.
—su postura me da asco —respondió escuetamente la nación.
El mandatario tocó el vidrio de su despacho, empezaba a ensopar el vidrio, la lluvia parecía caer develando un ambiente de lúgubre desolación.
—es curioso, pero le dijiste a mi bisabuelo lo mismo hace ya 71 años. —respondió sutilmente el presidente Santos, con una sonrisa esbozada en su rostro.
No podía seguir haciéndose el fuerte por más tiempo. No podía seguir ignorando todo lo que sucedía en ese instante. Le era insoportable, infernalmente insoportable amordazar todas aquellas palabras que quería decirle a todos y cada uno de sus hermanos. Se sentía como un asqueroso y vil traidor.
No sabía cómo. Ni de qué forma había empezado. Simplemente se derrumbó en el piso, arrodillado e impotente, mientras el llanto empezaba a fluir. Santos lo miraba triste, mientras la lluvia caía en el patio de armas, así que simplemente se acercó a su nación, se arrodilló con él, abrazándolo, dejando que se desahogue de esa impotente rabia lo corroe.
La culpa era enorme. Espantosamente enorme.
1 Alude a la pelea parlamentaria entre oficialistas y opositores en la sesión del 30 de abril. Durante los confusos hechos, muchos diputados de la oposición fueron agredidos por sus colegas oficialistas, en confusas circunstancias.
2 Para esa época, la edad aparente de Colombia en esa época era de 16 años.
