52 Ciclópeo
La cocina se había convertido en la nueva sala de estar. Inuyasha tenía un apetito voraz y Koga se había puesto como meta del año comer más que él por lo que el lugar en cuestión se encontraba constantemente ocupado. Además, cuando no estaba con Miroku desarrollando sus habilidades espirituales, Kagome se preocupaba en expandir sus horizontes culinarios, descubriendo que la pastelería era de su particular interés. Los hombres de la casa, o al menos tres de ellos, estaban eternamente agradecidos por ello.
—Pastel de vainilla relleno de chocolate y arándanos, con cobertura de crema.
Inuyasha y Koga literalmente babeaban. Kagome comenzó a cortar el pastel y un triángulo lo separó de los demás automáticamente. Sirvió al resto y sigilosamente desapareció de la cocina.
Esa noche sería su simbólico festival por el Equinoccio de Otoño y no quería que nadie quedase afuera, ni siquiera él.
Sabía que sus "preferencias culinarias diferían" de las corrientes pero llevarle una porción de su última creación era más un acto de paz que deseo de que lo probase. No soportaba su ausencia y lo cierto es que lo extrañaba. Mucho más de lo que quería admitir.
Caminando a través de los pasillos advirtió que desconocía su ubicación por lo que optó comenzar por el lugar donde siempre estaba, su despacho. Dobló una esquina y una repentina presencia la hizo perder el equilibrio y el agarre de lo que tenía en la mano.
Como un déjà vu, Sesshomaru tomó el plato con su contenido y la mano de la miko antes de que tocara el piso en un golpe seco. El instante fue fugaz y cuando Kagome advirtió los detalles de lo sucedido, su anfitrión estaba a escasa distancia, sujetándola firmemente, mirándola con una fijeza que la cohibió.
—Perdón —susurró, incapaz de apartar los ojos.
Sesshomaru recolectó su postura y emociones y con un rostro impávido la soltó y le devolvió su pastel.
—En realidad… —acomodó un mechón de pelo detrás de su oreja— eso lo traje para ti.
Lo vio analizar la porción.
—No tienes que comerlo si no quieres.
—¿Lo hiciste tú?
—Sí.
—Lo probaré —afirmó.
—No es una súper producción pastelera. Aún estoy incursionando ese camino.
—Me gusta el chocolate —dijo suavemente, en son de confesión.
Kagome no pudo evitar sonreír.
—El chocolate es bueno, lo encontré en tu cocina.
—Mm.
—De acuerdo… —comenzó a retroceder, sintiéndose repentinamente incómoda y con deseos de huir de la situación.
Quieres preguntarle, ¿por qué no lo haces?
—Kagome.
—¿Sí?
—¿Me acompañarías?
Otra sonrisa, más tímida, más cargada de otras cosas y el daiyoukai sintió algo relajarse dentro suyo. Se congratuló por su repentina valentía, porque se rehusaba a no tomar las riendas de la coyuntura.
Hizo un gesto para que caminase a su lado y la sacerdotisa, diáfana sin querer, le permitió advertir lo feliz que se sentía. Dejó que un cómodo silencio se instalara entre ambos, que la condujera hasta un saloncito. Uno pequeño, acogedor, cálido, familiar.
Ansiosa, lo observó en todo momento mientras comía. Ese hombre no dejaba de ser fuente de sorpresas. Sus movimientos precisos eran elegantes y refinados; el tenedor viajaba lentamente hasta su boca y de igual manera masticaba, degustando cada bocado. Kagome liberó una pequeña risa al recrear en su cabeza una escena en la que Inuyasha y Koga comían.
—¿Qué?
—Nada —negó, encendida por la curva en sus labios—. ¿Te gusta?
Asintió una vez.
—Hoy es el Equinoccio de Otoño —habló espontáneamente.
—Miroku ha compartido su idea contigo.
—Sí. ¿Nos acompañarás?
Sesshomaru la miró.
Quería decir que no, que no le importaban esas celebraciones humanas ni que sentía obligación alguna de "visitar" a su padre. También, y en simultáneo, quería decir que sí y estar allí en ese momento que parecía tener significancia para ella.
Otro asentimiento de su cabeza.
—Genial —otra sonrisa.
¿Podía encontrarse belleza en actos tan naturales como esos? ¿Podía una sonrisa acelerar su corazón a ese ritmo, uno que ninguna batalla había conseguido nunca? ¿Por qué su presencia lo sosegaba? ¿Por qué sentía cada célula de su cuerpo predisponerse para ella?
—Kagome.
Ella levantó la mirada rápidamente.
Un pesado silencio se hizo protagonista del momento y la energía comenzó a adquirir densas características; Sesshomaru lo sentía pesado, y viajó al pasado, cuando en su primer encuentro formal la miko manifestó su aprensión en explosiones solares: fuertes, vehementes, en altas temperaturas.
La estaba poniendo nerviosa. En esa oportunidad no era aprensión, era ansiedad.
—¿Ibas a decir algo? —preguntó entonces, incapaz de dilatar esa insoportable afonía.
—No.
—De acuerdo —se puso de pie. Titubeó un poco—. Entonces te veo en unas horas.
Asintió.
Kagome prácticamente huyó y Sesshomaru puso en tela de juicio la honra de la que por tantos siglos se jactó. Algo estaba terriblemente mal si se acobardaba.
Cómo una mujer era capaz de correrlo de su eje de ese modo tan visceral. Cómo es que se hallaba inane e incompetente en su presencia. Cómo es que las palabras, él tan elocuente, se le escapaban o desaparecían en su garganta. Cómo es que su fuerza descomunal se convertía repentinamente en una nulidad. Cómo era posible escuchar su corazón acelerarse dentro de su pecho, sus nervios manifestarse en una tenue pero significativa aceleración de su respiración.
¿Cómo?
Volvía, una y otra vez, sobre lo que había dicho el monje. Volvía sobre sus acusaciones, pertinentes pero ofensivas. Había tenido más de ocho siglos de aprendizajes, porque él no era una criatura banal para desentenderse de los miles de matices que podían adquirir las enseñanzas. Había visto tanto, hecho tanto, experimentado tanto.
Después de todo ese tiempo, que ni siquiera estaba pronto a culminar, pensó que no habría nada bajo el sol que lo hiciera replantearse conceptos y métodos. Y menos, menos, que una persona (humana, que en su fugaz existencia no podía cabalmente formular nada lo suficientemente inédito como para sorprenderlo) tuviera esa ciclópea capacidad.
Entonces aparecía una mujer que no se había cruzado en su camino, sino que había colisionado contra él, y veía sus sistemas, sus organizaciones, armazones y corazas derrumbarse como una torre de naipes.
La intensidad de sus afectos era tal que creía explotaría de un momento a otro.
Y con esa última auto confesión, aceptó que siempre supo que los sentimiento coincidían, que habían coincidido en el momento en que ella saltó a sus brazos aquel día, que había sido un auténtico idiota frente a Miroku, negándolo todo como un cobarde.
Lo admito.
NA: Primero y principal, ¡gracias por sus felicitaciones! (Aunque mi no sutileza de decir que era mi cumpleaños obliga a la gente a felicitarte)
Falta muy poco para la hora de la verdad (?) (lo que sea que crean que eso signifique) así que abrochen sus cinturones... No, basta, soy malísima con chistes. Pero se viene en serio, no creo llegar a los 100 capítulos, no pareciera que lo fuese a lograr por ahora, pero nunca sé qué esperar de mi musa.
AMO, AMO, AMO sus comentarios. Es tan satisfactorio saber que disfrutan, que se ríen, que se emocionan, que esperan ansiosas otra actualización. También me dan ataques de ansiedad porque más positiva es su respuesta, más me presiono a la hora de escribir para seguir con esta buena racha.
Gracias a Romina, Samantha y Daniela, Alejandra y Gothika por dejar sus bellos nombres y es un honor tenerlas en este viaje.
¡Un beso a todas y nos vemos el miércoles! :*
J.
