CAPITULO 48

—Hay algo que no te he contado, mi pequeña Jane —dijo Anthony, saliendo de entre las sombras que llenaban el círculo de piedras.

Sus ojos decían que quería contárselo. Sus ojos decían que temía contárselo. ¿De qué podía tener miedo un hombre semejante? Que Anthony lo temiera hizo que ella también se asustara, y disminuyó su necesidad de saber. En lo que era toda una novedad para Jane, su curiosidad se hizo un ovillo y fingió estar muerta.

—No tienes por qué contármelo si no quieres —objetó, queriendo que el placer de ensueño de su recién encontrada intimidad no se viera manchado por verdades difíciles.

A juzgar por la expresión que había en el rostro de él, difícil era una manera muy suave de describir lo que fuese que había estado ocultándole.

Los tendones del robusto cuello de Anthony se movieron y abrió y cerró la boca varias veces. Inspiró profundamente.

—Tal vez deberías saber…

Unos súbitos golpes en la puerta hicieron que Jane despertara. Su sueño se esfumó entre una nube de diminutas partículas de polvo.

Cuando la sintió removerse, los brazos de Anthony se tensaron alrededor de ella.

—¿Estáis despiertos ahí dentro? —llamó Pauna a través de la puerta—. Silvan ya no cabe en sí de impaciencia. Quiere que los dos bajéis inmediatamente.

—Estamos despiertos, Pau —replicó Anthony—. ¿Te importaría hacer que nos subieran un baño?

—Anthony, tu padre se subirá por las paredes. Lleva desde primera hora de la mañana de ayer esperando poder enseñarte lo que ha descubierto, y ya sabes que nunca ha sido el más paciente de los hombres.

Anthony exhaló ruidosamente.

—Un cuarto de hora, Pau—dijo, resignado—, y bajaremos.

—Si de mí dependiera, no habría venido a molestaros.

Una suave risa, y sus pasos se alejaron por el corredor.

Anthony le dio la vuelta a Jane hasta dejarla de cara a él, capturó una de sus piernas entre las suyas y cerró posesivamente las manos sobre sus generosos senos.

—Buenos días —dijo ella con voz somnolienta, y luego se sonrojó al acordarse de lo que le había hecho él aquella noche.

Lo que ella le había alentado a hacer, llegando al extremo de suplicárselo. Sonrió. Estaba agotada, le dolía todo y se sentía maravillosamente bien. Había pasado la noche entera en los brazos de Anthony. Curioso, pensó, de todas las cosas que resultaban tan difíciles de creer, las últimas veinticuatro horas con él parecían las más asombrosas. Desde que ella se le había entregado, Anthony había sido un hombre completamente distinto. Sensual, juguetón, cariñoso. Oh, seguía siendo igual de dominante y bajamente sexual, pero ahora se mostraba mucho más abierto. Allí donde hasta entonces a veces parecía no estar del todo presente —con una parte de él situada en otro lugar—, en la cama se entregaba al cien por cien. Todo él permanecía firmemente centrado en lo que hacía.

Ser el punto focal de un erotismo tan intenso e incesante era devastador. Anthony MacAndrew era todo lo que ella había fantaseado que podía ser en la cama y más. Salvaje y exigente, se abría paso como un ariete a través de todas las inhibiciones de Jane.

Justo cuando ella estaba pensando en lo agradable que sería verlo cuando no estuviera en tensión, su cuerpo tan relajado como el de un león mientras tomaba el sol, él le devolvió la sonrisa, pero ésta no llegó a sus ojos.

—¡Ooooh! Deja de hacer eso. Cuando me sonríes de esa manera, quiero tenerlo todo.

—¿Cómo? —Parecía confuso.

Jane le puso las manos encima de las costillas y se preguntó si un hombre tan fuerte y disciplinado podía tener cosquillas. Las tenía, y la deleitó descubrir que en cierta pequeña manera Anthony era tan desvalido y humano como el resto del mundo. Siguió haciéndole cosquillas implacablemente hasta que, riendo, él capturó sus manos entre las suyas.

—Yo siempre castigo a las jovencitas que me hacen cosquillas—ronroneó, subiéndole los brazos por encima de la cabeza.

—¿Cómo? —preguntó ella con voz sofocada.

Él bajó su cabeza y tomó uno de los pezones de Jane dentro de su boca, chupándolo delicadamente antes de liberarlo y deslizar la lengua sobre sus pechos para capturar el otro.

—Tienes unos pechos perfectos, Jane—gruñó después con voz enronquecida—. En cuanto al castigo, tendré que pensar en eso—ronroneó contra su piel—. Ninguna mujer me había hecho cosquillas antes.

—Vaya, me pregunto por qué —consiguió decir ella. Cuando él trazó un círculo con la lengua alrededor de un pezón florecido, Jane arqueó la espalda e inhaló bruscamente. Sentía los pechos hinchados, un poco irritados por el roce de la sombra de su barba, y exquisitamente sensibles—. ¿No podría ser debido a lo reservado y dueño de ti mismo que se te ve siempre? Probablemente tenían miedo de hacerlo —dijo con un jadeo entrecortado.

Él le soltó el pezón y alzó la mirada hacia ella, visiblemente sobresaltado.

—Pero tú no me tienes miedo, ¿verdad, Jane?

—Sonríe —jadeó ella, porque no quería responder a eso.

No quería admitir que una parte de ella le tenía miedo a ese hombre tan intimidatorio que danzaba entre los siglos. No exactamente a él, sino más bien al poder que él ejercía sobre ella debido a los sentimientos tan intensos que le inspiraba. Con todas las cosas increíblemente íntimas y abrasadoras que le había llegado a hacer Anthony, no había dicho ni una sola de las palabras que se dicen los amantes, esas palabras que permiten entrever un futuro juntos. Como le había dicho Anthony el día anterior, él no daba excusas y no ofrecía hermosas mentiras. Tampoco hacía promesas.

A ella no le importaría que le hiciera una o dos. O diez.

Siguiendo el ejemplo de él, Jane había guardado silencio acerca de sus sentimientos, resuelta a ser paciente; esperar y observar; tratar de captar alguna de aquellas pequeñas y sutiles señales que eran todo lo más que Anthony llegaba a revelar jamás.

Él arqueó una ceja y sonrió tal como ella le había pedido que hiciera.

—Oh, ésa ha estado mucho mejor —dijo ella, devolviéndole la sonrisa.

Cuando él sonreía de verdad, era imposible no sonreírle en respuesta. Cuando Anthony bajó las manos por sus brazos y las dirigió hacia sus pechos primero, y hacia sus caderas después, ella sacudió cautelosamente la cabeza.

—Oh, no. No puedo. No en este momento. —Luego jugó a fastidiarlo al añadir, de una manera que no podía ser más deliberada—: Quizá tenga que transcurrir una semana antes de que pueda volver a hacerlo.

Remató la jugada con un púdico aleteo de sus pestañas.

Él gruñó y sacudió la cabeza, haciendo que su dorada melena se derramara sobre su piel como seda oscura.

—Ah, no, muchacha, me parece que no. Un baño acelerará tu recuperación.

Su miembro le presionó el muslo, endurecido y listo para volver a hacerlo. «¿Es que este hombre no se cansa nunca?», se preguntó ella, sintiéndose en el séptimo cielo.

A pesar de lo dolorida que estaba, el deseo se inflamó de nuevo en su interior, ávido y abrasador, para hacer que todas aquellas maltrechas terminaciones nerviosas volvieran a cobrar vida. Anthony hacía que se sintiese insaciable. Practicar el sexo con él hacía que sintiera como si estuviese haciendo algo prohibido y podía llegar a convertirse en una auténtica obsesión. Aunque se sentía dolorida y llena de morados, si dispusieran de tiempo para ello, Jane volvería a tenerlo debajo de ella o, mejor dicho, Anthony volvería a tenerla debajo de él, porque no cabía duda de que le gustaba adoptar la posición dominante.

—Ya has oído a Pauna. No vamos a tener ningún baño. Silvan quiere vernos.

De pronto Jane tuvo la sensación de que se encontraba en una situación bastante embarazosa. Se había acostado con el hijo de Silvan en el castillo de Silvan. Aunque no se había sentido nada incómoda por ello con Pauna en la puerta, por alguna razón ya no lo tenía tan claro cuando pensaba en Silvan, quizá porque él tenía la edad suficiente para poder ser su abuelo.

—No te preocupes, muchacha —la tranquilizó Anthony, adivinando por su expresión lo que ella estaba pensando— Silvan ya nos vio ayer por la noche. No te va a tener en peor concepto. A decir verdad, se sentirá encantado. Yo nunca había tenido a una muchacha en mi cámara antes.

—¿De veras? —preguntó ella, sintiendo que le faltaba un poco el aliento.

Él asintió y Jane respondió con una sonrisa radiante: al menos en su dormitorio, ella era la única. Aunque no era lo que hubiese preferido (como por ejemplo una declaración de amor imperecedero por su parte o la petición de que ella le diera hijos), ya era algo. Sus ojos se entornaron. El sol entraba a raudales por la ventana detrás de ellos y los ojos de Anthony eran azules zafiros, salpicados por motas doradas. Humeantes y sensuales, circundados por gruesas pestañas , pero zafiros a pesar de todo.

—¿Qué les ocurre a tus ojos? —exclamó—. ¿Es algo propio de los druidas?

—¿De qué color son? —preguntó él cautelosamente.

—Azules zafiro.

Él le dirigió otra sonrisa libre de toda reserva. Era como disfrutar del sol, pensó ella mientras pasaba los dedos a lo largo de su mandíbula ensombrecida por la barba, y no pudo evitar sonreír con él.

Anthony volvió a empujarla suavemente con la punta de su miembro.

—Me haces mucho bien, muchacha. Y ahora levántate de una vez, mujer, si no quieres que empiece algo que tú te niegas a dejarme terminar.

Se sentó en la cama, llevándola consigo con su movimiento, y la besó. Luego empezó a mordisquearle el labio inferior y el beso no tardó en volverse intenso y apasionado mientras él trataba de ponerse de pie y los dos se cayeron de la cama, de tal modo que ella aterrizó encima de él. Anthony enseguida la puso debajo de él y la besó hasta que ella empezó a jadear en busca de aire.

Unos instantes después, él le dirigió una sonrisa altanera mientras la ayudaba a levantarse del suelo.

—Apostaría a que no te dolerá por mucho tiempo —ronroneó.

«Decididamente no —pensó ella—, y maldito sea este hombre que me tortura provocándome de este modo.» Músculos que no había sabido que tuviera protestaron en las partes interiores de sus muslos cuando trató de caminar. Y aun así, quería más.

Sólo mucho más tarde cayó en la cuenta de que él no había respondido a su pregunta.

—Ya iba siendo hora —gruñó Silvan cuando entraron en la sala.

—Padre, ¿dónde está el quinto Libro de Manannán? —preguntó Anthony sin ningún preámbulo.

—No existe ningún quinto Libro de Manannán —dijo Jane como si tal cosa—. Sólo hay tres. Eso lo sabe todo el mundo.

Anthony le dirigió una fría sonrisita.

—Ah, ese nefasto «todo el mundo». Hace mucho que me pregunto quién forma ese grupo.

Silvan puso cara de diversión. Después inclinó la cabeza hacia un lado y dirigió una mirada inquisitiva a Anthony.

—¿Piensas que ella necesita una distracción? Creía que la habías estado distrayendo de una manera muy concienzuda.

Jane se ruborizó.

—Está en la biblioteca de la torre —añadió Silvan—. Pero no tardes mucho en volver, porque tenemos muchas cosas de las que hablar y Pauna me ha enseñado algo que no puede ser más asombroso.

Cuando Anthony hubo salido de la sala con rápidas zancadas, Silvan dio unas palmaditas en el asiento junto a él.

—Ven aquí, querida mía —dijo con una afable sonrisa—. Pasa un rato conmigo y háblame de ti. ¿Cómo conociste a mi hijo?

¿Cuándo conseguiría encontrar una respuesta apropiada para esa pregunta?, se preguntó Jane melancólicamente. Apartó los ojos de la penetrante mirada del anciano, y se sonrojó un poco.

—La verdad, querida mía —dijo Silvan suavemente.

Jane lo miró, muy sorprendida.

—¿Tan transparente soy?

Él sonrió tranquilizadoramente.

—Conociendo a mi hijo como lo conozco, no creo que fuese un encuentro ordinario.

—No —admitió ella con un pequeño suspiro—. La verdad es que no se trató exactamente de un encuentro. Nosotros…, ejem, bueno, fue más bien como si colisionáramos…

Su historia hizo que Silvan riera a carcajadas y se muriese de ganas por contársela a Pauna, quien saborearía cada palabra de aquel increíble relato. La muchacha era una excelente narradora, lo bastante melodramática para que la acción no llegase a decaer nunca y muy hábil a la hora de sacar el máximo provecho a los mejores momentos. También era graciosa, con un sentido del humor lleno de modestia que resultaba de lo más atractivo. Aquella muchacha no tenía ni idea de lo poco corriente y maravillosa que era. Se consideraba «un poco empollona». Después de que ella hubiera definido la palabra, Silvan decidió que eso era una de las mejores cosas que se podían llegar a ser. (El hecho de que él mismo estuviera incluido en la categoría de las personas que eran «muy dadas a lo intelectual, poco amantes de la vida social y tirando a patosas» pudo haber influido un poco sobre su opinión.) Sí, la narración de la historia fue una hermosa muestra de cómo había que urdir las palabras, y la historia propiamente dicha enseguida traía a la mente el encuentro predestinado de un Andrew con su compañera.

Mientras ella hablaba, Silvan se dedicó a escucharla en profundidad. Percibió en ella un corazón puro, un corazón como el de Anthony, más sensible que la mayoría, tremendamente dado a lo emocional y, debido a ello, celosamente custodiado.

Silvan oyó el amor que sentía por su hijo en el tono ligeramente grave de su voz. Aquel amor era tan fuerte que la tenía un poco preocupada, y todavía no estaba lista para hablar de ello.

A Silvan le bastaba con que estuviera ahí. Su hijo realmente había encontrado a su compañera. Silvan pensó en lo irónico que era que la hubiese encontrado precisamente en aquel momento, aunque bendecía la ironía.

Una cosa lo hizo reflexionar, sin embargo: ella todavía no sabía qué era lo que iba mal en Anthony, y en su corazón había un pequeño brote de miedo recién florecido.

Silvan entendía muy bien eso. El instante en que un corazón se daba cuenta de que amaba, también era, paradójicamente, el instante en que aprendía a temer con el más profundo de los miedos. Ella quería saber qué era lo que le ocurría a Anthony, y sin embargo no quería oír nada que pudiera echar a perder la alegría que sentía por estar con él, y Silvan sospechaba que Jane tendría que librar una pequeña batalla consigo misma antes de que finalmente se decidiera a preguntar.

Cuando Anthony entregó a Jane el quinto Libro de Manannán, el anciano del clan de los MacAndrew decidió que se había quedado prendado de ella. Jane sostuvo el tomo con la mayor de las reverencias, tocando sólo las puntas de los bordes de las gruesas páginas mientras las contemplaba con unos ojos que el asombro había vuelto enormes. Y no paraba de hablar atropelladamente.

—P-pero se s-supone que esto ni siquiera existe y… ¡oh, Dios, fue escrito utilizando el antiguo alfabeto l-latino! ¿Crees que podría cambiar una de mis reliquias por esto? —jadeó, volviendo hacia Anthony una mirada a la que al mismo Silvan le habría costado mucho responder con un no.

Oh, sí, aquella muchacha podía pasar alegremente las horas haciendo lo mismo que le encantaba a él, que era estrujarse los sesos encima de los textos antiguos y deleitarse con las historias que contenían. Era una empollona, desde luego. Y Anthony, bueno, Anthony parecía haber quedado paralizado ante la perspectiva de negarle algo. Silvan se apresuró a rescatar del apuro a su hijo.

—Me temo que tiene que quedarse aquí, querida —dijo—. Existen razones por las que ciertos tomos nunca han sido puestos a disposición del mundo.

—¡Oh, pero al menos tenéis que dejar que lo lea! —exclamó ella.

Silvan le aseguró que podría hacerlo, y luego pasó a centrar su atención en Anthony. El descubrimiento de la cámara de la biblioteca lo había vigorizado, haciendo que se sintiera una veintena de años más joven y dándole todo un nuevo sentido de lo que significaba ser un Andrew. Y dentro de aquella cámara, seguramente habría respuestas a sus problemas. Silvan ardía en deseos de mostrársela a su hijo. Disfrutando del momento, dijo con una estudiada despreocupación:

—Doy por sentado que no soy el único que no sabía nada acerca de la biblioteca que hay en la cámara de debajo del estudio, ¿verdad?

Anthony hizo un ruido estrangulado y su mirada llena de perplejidad voló hacia Silvan.

—¿Debajo del estudio?

—Sí.

Anthony cogió de la mano a Jane, la hizo levantar de su asiento, libró una pequeña batalla con ella para que dejara de aferrarse al texto, se lo quitó de las manos y lo depositó firmemente sobre la mesa, para luego arrastrarla en apresurada persecución de Silvan.

Cuando Silvan aplicó presión sobre el puntal izquierdo debajo de la repisa de la chimenea, todo aquel lado del hogar giró hacia fuera, revelando un pasaje oculto detrás de ella. Explicó cómo un día Pauna, en un enérgico ataque de limpieza, lo había descubierto por pura casualidad mientras barría telarañas de debajo de la repisa y quitaba las negras costras de hollín de la superficie de piedra de la chimenea. Se había agarrado al puntal mientras frotaba y lo siguiente que supo fue que toda la chimenea había empezado a moverse, con Pauna aferrándose a ella.

—¿Y por qué no nos lo contó? —dijo Anthony, que no se lo podía creer.

Silvan soltó un bufido.

—Pensó que ya lo sabíamos y creyó que no se suponía que ella debiera saberlo.

Anthony sacudió la cabeza.

—¿Y esto es otra biblioteca?

—Sí, hijo mío. Al parecer contiene toda nuestra historia, inalterada durante siglos.

Atónita, y sospechaba que un poco olvidada momentáneamente por los dos hombres del clan Andrew, Jane siguió a Anthony y Silvan al interior de aquel oscuro vacío, bajando los empinados escalones de piedra que llevaban a una cámara, parecida a una caverna, que tendría unos cinco metros de ancho y el doble de largo. La cámara estaba iluminada por docenas de velas colocadas en hornacinas de las paredes; largas estanterías cubrían sus paredes desde el suelo hasta el techo, y había mesas, sillas y arcones esparcidos por ella.

La cabeza de Jane giró rápidamente en todas direcciones, moviéndose con una vertiginosa celeridad.

«Intenta centrarte un poco, Leslie.

Vas a conseguir que te dé un mareo de pura emoción.»

Ningún arqueólogo que entrara en una tumba olvidada que hubiera permanecido sellada hasta aquel momento se habría sentido más emocionado que ella. El corazón le latía a toda velocidad, tenía las palmas sudorosas, y por mucho que lo intentara no conseguía respirar profundamente. Jane echó a andar y dejó atrás a los dos hombres, resuelta a ver todo lo que pudiera antes de que se acordaran de ella y quizá lo pensaran otra vez antes de dejárselo ver. Se hallaba en una antigua cámara subterránea, rodeada por sus cosas favoritas: reliquias polvorientas de tiempos pasados. Reliquias que hubieran causado paroxismos de alegría en los estudiosos de su siglo, dándoles temas que roer y sobre los que discutir alegremente durante el resto de sus vidas.

Había tablillas de piedra cubiertas de inscripciones oghámicas irlandesas. Más piedras con lo que parecía la escritura ogham de los pictos, un alfabeto que los estudiosos modernos nunca habían conseguido traducir, dado que los pictos habían adoptado el ogham irlandés pero no habían sido capaces de adaptarlo a su propia lengua porque el picto y el gaélico no eran compatibles fonéticamente. ¡Ellos quizá podrían enseñarle cómo leerlo!, pensó, sintiéndose mareada por la posibilidad.

Había volúmenes encuadernados en tela, protegidos y atados con trozos de paño descoloridos, volúmenes encuadernados en cuero y pergaminos, placas esmaltadas, códices cosidos a mano, secciones de armaduras y armas, y —cielos— ¡incluso ese frasco de vino olvidado desde hacía mucho tiempo era una reliquia!

Después de unos instantes de asombrada inspección, Jane miró por encima del hombro a Anthony y Silvan, quienes se habían detenido después de cruzar el umbral de la cámara y permanecían inmóviles con la cabeza inclinada sobre una pequeña columna de piedra encima de la que reposaba una lámina de oro.

—Padre, ¿esto es lo que yo creo que es? —La voz de Anthony sonó estrangulada.

—Sí, es El Pacto, tal como decía la leyenda, esculpido sobre una lámina de oro puro.

—No me parece una elección muy inteligente —fue la reflexión de Jane con un hilo de voz—. Es demasiado maleable. El oro puro es blando y se daña con facilidad. Ésa es la razón por la que muchos de los torques de la Antigüedad tenían núcleos de hierro debajo del oro. Bueno, eso y para ayudar a desviar cualquier espada que pudiera llegar a golpearlos. ¿Qué pacto, de todos modos?

—Precisamente ése era su propósito —murmuró Silvan mientras recorría el borde de la lámina de oro con las puntas de los dedos—. Se decía que lo hicieron así para simbolizar lo frágil que era El Pacto. Para hacer hincapié en el hecho de que debía ser tratado con mucha delicadeza.

—¿Qué pacto? —volvió a preguntar Jane, pasando con mucho cuidado entre una pila de volúmenes encuadernados en cuero y un escudo oxidado que ya le había robado el corazón y escrutando los rincones llenos de sombras de la cámara.

Se preguntó si le permitirían vivir allí abajo durante un tiempo. Otra mirada a Anthony enseguida hizo que se olvidara de la idea. A menos que él viviera allí abajo con ella.

—El pacto entre los tuatha dé danaan y el hombre.

Jane se dejó caer pesadamente sobre el trasero.

—¡Encima de los tomos no! —jadeó Silvan.

Jane, sobresaltada, perdió el equilibrio y terminó cayendo sobre el suelo de piedra lleno de polvo, sin poder creer que acabara de plantar sus nalgas encima de una pila de textos inapreciables.

—Lo siento —farfulló—. Es que estoy un poco sobreexcitada. ¿Cuánto tiempo se supone que tiene? ¿En qué lengua está escrito? ¿Podéis traducirlo? ¿Qué dice?

Silvan ya había empezado a rebuscar dentro de una urna llena de rollos de pergamino. Anthony se encogió de hombros.

—No tengo ni idea de en qué lengua está escrito.

—¿No puedes leerlo?

—No —murmuró Anthony.

Silvan carraspeó.

Jane entornó los ojos, pero decidió dejarlo estar por el momento. Volvía a sentir que le daba vueltas la cabeza y no quería ir demasiado deprisa.

Necesitaba asimilar poco a poco aquella nueva perspectiva de la historia, que incluía tanto druidas con el poder de manipular el tiempo como la existencia de una antigua civilización que había poseído unos conocimientos y una tecnología que iban mucho más allá de cuanto el hombre hubiera logrado jamás.

El abuelo tenía razón: ¡los tuatha dé danaan habían existido, y no sólo en el mito!

«Respira, Leslie», se dijo mientras se arrodillaba en el suelo y extendía la mano hacia el tomo más próximo.

Muchas horas después, Jane apoyó la cabeza en el frío muro de piedra y cerró los ojos mientras escuchaba a Silvan y Anthony. Lenguas que ella no podía traducir, escritas en alfabetos que llevaban mucho tiempo sin ser utilizados, danzaban en el interior de sus párpados.

Tenía polvo en los cabellos, en la cara y en la nariz, y llevaba un vestido medieval cubierto de polvo en un castillo que carecía de duchas o cañerías, y no podría haber sido más feliz. Bueno, a menos que la hubieran hecho retroceder en el tiempo enviándola a la Biblioteca de Alejandría justo después de que Antonio hubiera hecho entrega a Cleopatra de la Biblioteca de Pérgamo, elevando así el total estimado de volúmenes depositados en aquélla hasta cerca de un millón, si se podía confiar en lo que aseguraban los historiadores.

—¿Así que, según el diario que has encontrado, nuestros antepasados rara vez utilizaban esta cámara porque habían optado por transmitir el conocimiento del lugar únicamente del laird al hijo mayor? —estaba diciendo Anthony. Su grave voz masculina hizo nacer dentro de Jane pequeños estremecimientos de conciencia sexual.

—Sí —replicó Silvan—. Ayer dediqué un poco de tiempo a hojearlo. La entrada más reciente fue hecha en el año ochocientos setenta y dos. Supongo que el laird de aquel entonces murió de manera inesperada y, muy probablemente, siendo todavía bastante joven, y la cámara fue olvidada.

—Toda esta historia —dijo Anthony, sacudiendo la cabeza—. Toda esta sabiduría, y ni siquiera sabíamos de ella.

—Cierto. De haberlo sabido, las cosas podrían haber sido muy distintas. Entonces las elecciones de algunos de nosotros tal vez habrían sido diferentes.

Jane abrió los ojos una rendija. Había captado una nota extraña en la voz de Silvan cuando hizo el último comentario. Estudió el perfil cincelado de Anthony, que la luz de las velas volvía de color bronce, y se preguntó qué era lo que no le estaba contando. No se había olvidado de la maldición ni de su incesante búsqueda de los viejos tomos. Aunque el día anterior había tenido sobrada ocasión de preguntarle al respecto, no quiso que nada echara a perder el prodigio de su día juntos.

Y a decir verdad, tampoco quería que nada echara a perder el prodigio de aquel día. Jane lo defendería celosamente del más pequeño atisbo de oscuridad. Nunca se había sentido tan llena de vida, y no quería que terminara. Ella —que siempre trataba de averiguar algo más, que nunca aceptaba un «no lo sé» por respuesta— de pronto no sentía ningún deseo de formular ni tan siquiera la más pequeña de las preguntas.

«Mañana —se prometió a sí misma—. Mañana se lo preguntaré.»

Por el momento, entre encontrarse de pronto en el pasado, experimentando la pasión con un hombre tan intenso, y descubrir tantos tesoros, ya tenía más que suficiente. Jane estaba pasando serios apuros para no quedarse atrás. El mero hecho de reflexionar sobre la innegable realidad de que se hallaba en el siglo XVI ya era lo bastante abrumador.

Como si hubiera sentido su mirada fija en él, Anthony volvió la cabeza súbitamente y la miró a los ojos.

Las ventanas de su nariz se dilataron y sus ojos se entornaron para dirigirle una mirada posesiva y abrasadora.

—Padre, Jane necesita un baño —dijo, sin apartar su mirada de la de ella. Se apretó el labio inferior con los dientes y todos los músculos de la parte inferior del cuerpo de Jane se tensaron—Ahora mismo.

—Yo también me he llenado de polvo — convino Silvan después de una breve e incómoda pausa—. Sospecho que a todos nos iría bien descansar un poco y comer algo.

Anthony se levantó, parecía aún más grande que de costumbre dentro de los confines de aquella cámara de techo no muy alto. Extendió la mano hacia ella.

—Ven, muchacha.

Jane fue.

—¿Tenemos que encadenarlo de esa manera? —preguntó Candy, frunciendo el ceño.

—Sí, amor mío —replicó Albert—. Se matará antes que hablar, si soy lo bastante estúpido como para darle la oportunidad de que lo haga.

Retrocedieron y miraron por entre los barrotes de la celda, donde un hombre delgado y con el pelo castaño muy corto estaba encadenado a la pared, los brazos y las piernas extendidos. El hombre les gritó algo a través de los barrotes, pero el sonido fue ahogado por su mordaza.

—¿Y tienes que amordazarlo?

—Antes de que lo hiciera estaba murmurando algo que sonaba sospechosamente parecido a un cántico. A menos que lo interrogue, permanecerá amordazado. No bajes aquí sin que yo te acompañe, muchacha.

—Es que parece tan… bárbaro, Albert. ¿Y si ni siquiera está involucrado en esto?

Albert recogió las posesiones personales que había sacado de los bolsillos del hombre antes de encadenarlo. Lo había despojado de dos dagas mortíferamente afiladas, un teléfono móvil, un trozo de cuerda, una considerable cantidad de dinero en efectivo, y unos cuantos caramelos. El hombre no llevaba encima cartera, identificación ni ninguna clase de documentos. Albert se guardó en el bolsillo el móvil, la cuerda y los caramelos, cogió las dagas y, pasando el brazo por los hombros de Candy, la sacó de la celda para ir hacia la escalera.

—Lo está. Lo sorprendí merodeando junto a las puertas del estudio. Cuando me vio, pareció como si me reconociera. Luego puso cara de no entender nada y se quedó atónito. Estoy casi seguro de que pensó que yo era Anthony y que no sabía que Anthony tenía un gemelo. Además, Anthony me dijo que Jane le contó que su atacante tenía un tatuaje en el cuello. Aunque Anthony no tenía ni idea de qué clase de tatuaje era, que nuestro intruso también tenga un tatuaje en el cuello es una coincidencia excesiva. Sí, está involucrado. Y aunque de momento no habla, lo hará —juró con una sombría determinación.

—Yo no le encuentro ningún sentido a todo esto. ¿Por qué alguien iba a querer hacerle daño a Anthony o a Jane? ¿Qué podían querer?

—No lo sé —gruñó Albert— Pero puedes estar segura de que lo averiguaremos.

Continuara...