La reina concedía audiencias a los peticionarios tres días alternos a la semana, desde primera hora del amanecer hasta la hora del almuerzo. Missandei permanecía sentada a su derecha en todas las ocasiones, y el resto de los consejeros se alternaban a causa de sus obligaciones cotidianas, de las que no podían apartarse por mucho tiempo. Pero Daenerys procuraba que siempre estuviera Ser Barristan, o Gusano Gris, o Daario, para contar al menos con uno de sus mejores guerreros a su lado. Tyrion era convocado como mínimo a dos de las tres audiencias semanales, y el resto de las mañanas las dedicaba a sus obligaciones como supervisor general. Hizdahr zo Loraq también comparecía en una o dos sesiones.

Los peticionarios eran numerosos y casi todas las cuitas se debían a disputas por la propiedad de posesiones, a quejas de antiguos amos a los que sus ex-esclavos habían expoliado durante la guerra y a pastores que aseguraban que su dragón negro, Drogon, había quemado alguna de sus ovejas para alimentarse.

Pero aquel día se le presentó a la reina un dilema formidable que la sacudió hasta lo más hondo. Sucedió cuando ya toda la cola de los peticionarios se había terminado y solamente quedaba el último.

Era un un liberto del gremio de los pastores que traía un fardo, el cual depositó al pie de la escalera.

"¿Otra oveja quemada?," preguntó Daenerys, resignada. Pero se alarmó al ver el moreno rostro del hombre arrasado en lágrimas.

"Mi hija de tres años. Se llamaba Hazzea. El dragón descendió y la envolvió en llamas." Se atragantó y calló.

Tyrion se sentaba a la izquierda de la reina y pudo ver cómo el horror la golpeaba.

Drogon se ha vuelto ingobernable y totalmente salvaje. Es un problema mayor de lo que pensábamos.

El pastor desplegó el fardo sobre el suelo y unos pequeños huesos ennegrecidos se esparcieron. Parecían, efectivamente, los de una criatura. El cráneo era humano. Tyrion sintió compasión por la pobre niña que había encontrado una muerte tan espantosa. Tenía entendido que morir abrasado era uno de los peores tormentos.

Daenerys enmudeció por unos segundos, contemplando como hipnotizada el montón de huesos. Su máscara de compostura se había quebrado.

"Lamento profundamente vuestra pérdida y seréis compensado. Sé que nada os devolverá a Hazzea, pero pediré a las Gracias que recen por su alma en el templo y cada mes seguiréis recibiendo la ración de alimentos correspondiente a la pequeña, que será para el resto de vuestros hijos. Y si precisáis algo más que esté en mi mano concederos, no dudéis en solicitarlo," ofreció Daenerys, apesadumbrada.

El desventurado pastor hizo una reverencia.

"Os lo agradezco, Madre." Recogió el triste fardo y se marchó.

La reina se puso en pie, estirando con disimulo los entumecidos músculos tras pasar seis horas seguidas sentada. Tyrion hizo lo propio. Sus piernas estaban doloridas.

Mientras salían de la sala con Missandei y Gusano Gris, Daenerys dio rienda suelta al pesar que la oprimía.

"No sé qué voy a hacer con Drogon. Crece tan rápido que necesita cazar mucha carne. Y lo peor es que al parecer ya no distingue entre carne animal y humana."

"No se puede hacer nada por ahora, majestad," manifestó Tyrion con franqueza. "Hasta que vayáis aprendiendo a controlarlo, Drogon campará a sus anchas y seguirá habiendo reclamaciones por animales perdidos. Lo que sí se puede hacer es comunicar a todos los que viven en el campamento y a las poblaciones vecinas que extremen su vigilancia y que, si ven llegar al dragón, busquen refugio rápidamente. Y que impidan que los niños se alejen y que se queden solos en el exterior."

"Eso haremos, Lord Tyrion. No podemos evitar que Drogon vuele por donde le apetezca, pero sí podemos prevenir a la gente. Por lo menos podemos salvar vidas humanas."

"De eso se trata, majestad," aprobó Tyrion.

"Necesito consultaros un asunto en privado," le solicitó ella. ¿Os importaría venir a mi sala privada? No os robaré mucho tiempo."

"Por supuesto, majestad."

Missandei entró con ellos en la sala. La discreta muchacha era la sombra de Daenerys.

"Missandei ya sabe de qué se trata, pero vos no estabais presente. Se trata de Hizdahr."

"¿Está causando problemas, majestad?" Hizdahr ya había comparecido en una audiencia, a la que Tyrion no asistió porque no era su turno.

"No exactamente, pero me está colocando en una situación comprometida. Me ha aconsejado reabrir las arenas de combate que clausuré en cuanto tomé posesión de Meereen. Ha explicado que las arenas de lucha son una tradición muy antigua y que si las readmito, los nativos de Meereen pueden mostrarse mucho más inclinados a mantener el pacto de paz que hemos logrado desde que Hizdahr fue nombrado consejero real." Ella dio vueltas entre sus manos a su copa de vino.

"Las cerrasteis para evitar que las masacres de esclavos guerreros siguieran siendo un espectáculo público," confirmó Tyrion.

"Eso es. Pero Hizdahr dice que a partir de ahora los guerreros que se enfrenten en la arena serían hombres libres que escojan luchar por oro y gloria. Propone que se cobre una módica entrada a todos los espectadores que asistan y que además los hombres que se presenten paguen un pequeño impuesto por el derecho a utilizar los fosos de lucha. Si vencen, sus ganancias compensarán con creces a lo que hayan tenido que desembolsar para el impuesto."

Este Hizdahr es listo. No es una mala idea. Las arcas necesitan ingresos para poder mantener a la población durante el invierno, pensó Tyrion.

"No está mal pensado, majestad. Los fosos de lucha significarían una cuantiosa fuente de ingresos para la Corona. Ningún hombre sería obligado a luchar, sino que lo harían por decisión propia. Pero está el inconveniente de que sigue tratándose de un espectáculo sanguinario. Personalmente acudir a ver a hombres matarse entre ellos no es una distracción que yo elegiría para mi tiempo libre."

"Ni yo. Tengo que pensarlo detenidamente pero, por más que me disguste, en el fondo sé que Hizdahr tiene razón."

"¿Qué opináis de él, majestad? Los Hijos de la Arpía no han vuelto a manifestar su presencia desde que mataron a vuestro Inmaculado y a los dos libertos. Pero tal vez se deba más que nada a las medidas de precaución y seguridad que se han adoptado en toda la ciudad, y que no dan ocasión a los asesinos para volver a actuar."

"Yo también sopeso esas opciones, Lord Tyrion. Es pronto para llegar a conclusiones, pero si tengo clara una cosa es que no me fío de Hizdahr, aunque admito que es un hombre inteligente. Por eso mismo puede ser más peligroso y más sospechoso. ¿Quién nos dice que no es el cabecilla, o uno más de los Hijos de la Arpía?"

"Muy bien podría serlo. O puede que no. Habrá que seguir vigilándolo. ¿Qué hay de sus movimientos? ¿Hay constancia de qué sitios suele visitar cuando sale de su casa o de la Gran Pirámide?"

"Tengo a mis espías. Pero no han detectado nada particularmente sospechoso. Aunque estos meereenos seguro que tendrán sus métodos para engañarnos delante de nuestras narices. No se había oído absolutamente nada de los Hijos de la Arpía hasta que actuaron aquella noche, y eso que tengo mis buenas fuentes de información repartidas por ahí."

Tyrion ladeó la cabeza.

"¿Los pajaritos de Varys? No me digáis que os ha prestado algunos." Tyrion estaba un poco impresionado, aunque no sorprendido, por la amplia extensión de los métodos de infiltración de la Araña.

Daenerys sonrió.

"Un excelente sistema de espionaje, hay que reconocérselo. Lo mismo podría haberle debido a él estar viva, que estar muerta. Él parece ser la causa de que no me asesinaran en mi cuna, y después mantuvo al Usurpador al tanto de mis movimientos. Y ahora vuelve a tenderme una mano. Pero como os dije, me resulta tremendamente valioso."

"Él os ayudará mientras sigáis siendo su candidata idónea al Trono de Hierro," dijo Tyrion.

"Tengo toda la intención se seguir siéndolo, Lord Tyrion," afirmó ella, con su sonrisa de determinación. "Reflexionaremos sobre la cuestión de las arenas de combate. Tengo que darle una respuesta a Hizdahr en la próxima reunión del Consejo y quiero sopesarla minuciosamente."

"Pensaré detenidamente en ello, majestad."

"Gracias, Lord Tyrion. Retiraos. Dad recuerdos a Lady Sansa y decidle que uno de estos días me gustaría que me hiciese una visita. Y que se traiga también a Leena. Simplemente para charlar y pasar el rato. A veces hasta las reinas necesitan sus ratos de distracción," dijo ella, sonriendo con cansancio.

"Sois de carne y hueso. Tenéis que buscar algunos ratos de descanso y distracción, o el gobierno os consumirá," recomendó él.

"Gracias por vuestro interés hacia mi salud, Lord Tyrion. Tenéis razón. Después de todo, sólo tengo dieciocho años. Tengo que vivir un poco, aunque sea en raros momentos."

"Una acertada decisión. No volveréis a ser joven, os lo aseguro. Y el paso de los años no suele ser muy agradecido, majestad."

Hizo una reverencia y se marchó a sus aposentos para almorzar con Sansa.


"Pobre criatura," se apiadó Sansa cuando Tyrion le contó lo de la muerte de Hazzea, la pequeña hija del pastor. "La reina se habrá sentido terriblemente culpable."

"Imagínate. Pero no podemos hacer más por ahora. Solamente mantener prevenidos a los asentamientos de los alrededores, para que se pongan a salvo si ven que Drogon los sobrevuela."

"¿Crees que se está volviendo tan grande y fiero porque está en libertad?," se interesó ella.

"Drogon siempre ha sido el más grande y fiero de los tres. Pero el hecho de permanecer en libertad estará contribuyendo a su crecimiento y a que se vuelva más ingobernable. La única solución es que Daenerys recuerde progresivamente las palabras de control."

"¿Y si no las recuerda?"

"Estoy seguro de que lo hará, a su tiempo. En algunos momentos de crisis, ella ha recordado palabras que han hecho reaccionar a sus dragones y que la han rescatado de situaciones extremas. Quizás eso es lo que la ayuda a recordarlas, las situaciones límite."

"Entonces, ¿tiene que ocurrir algo malo para que su memoria se agudice?," se preocupó Sansa.

"Me da la impresión de que es así, pero puede que me equivoque. A lo mejor las recuerda en el momento menos pensado, quién sabe," la tranquilizó Tyrion. "La sangre de la antigua valyria casi se ha extinguido y ser la última Targaryen es un reto formidable. Pero ella es más fuerte de lo que aparenta. Tengamos un poco de fe."

"Tienes razón. Ella no es una reina corriente."

"Soporta mucho sobre los hombros. Le he recomendado que se busque ratos de distracción, porque si sigue a ese ritmo se consumirá. Una chica joven como ella también debe disfrutar un poco de la vida. Le gustaría que pasarais ratos juntas, y quiere que también lleves a Leena. Missandei ha sido su única amiga, y le vendrá bien tener algunas más. ¿Te parece bien, Sansa?"

"Claro que sí, Tyrion. Me alegra poder contribuir a hacerle la vida más llevadera."

Él le besó la mano.

"Ella va a contar con la mejor compañía," alabó él, sonriéndole con orgullo.

Sansa le devolvió el cumplido. "Ya cuenta con la mejor compañía."

Se miraron con ternura.

"Ah, Sansa, que casi lo olvido. Es que cuando me miras de esa forma se me va todo de la cabeza." Le sonrió, pícaro. "Daenerys está ponderando si abrir de nuevo las arenas de combate de Meereen. Antes de la liberación de los esclavos, en los fosos de lucha combatían esclavos guerreros para diversión de los ciudadanos meereenos, y la reina lo prohibió cuando conquistó la ciudad. Pero ahora Hizdahr zo Loraq ha hecho una sugerencia que no hay que descartar de antemano. Propone reabrir los fosos con combates de guerreros libres que luchen voluntariamente, cobrando a los espectadores un precio barato por las entradas y también un pequeño impuesto a los que hagan uso de los fosos para los entrenamientos y los combates. Eso significaría ingresos para la Corona y una distracción para el pueblo. El inconveniente, obviamente, es que se trata de un espectáculo sanguinario. ¿Qué opinas de todo esto, cariño?"

A ella la halagaba que él la incluyera en todas las decisiones y que le consultara los asuntos del Consejo que estaba autorizado a compartir con ella. Que hasta ahora eran todos, porque Daenerys le permitía que consultara con su esposa los temas tratados, siempre y cuando ella también jurase respetar estrictamente la confidencialidad, cosa que por descontado Sansa cumplía a rajatabla. Lo que ella y su esposo debatían en sus habitaciones, no salía de allí.

"Detesto la sola existencia de esos fosos de lucha," afirmó Sansa, categóricamente. "Pero si la reina piensa que pueden ser un mal menor aunque necesario, entonces no veo por qué no ha de consentir su reapertura. Siempre y cuando los hombres estén dispuestos a luchar y morir por su propia iniciativa y no la de unos amos que los obliguen, todo el mundo es libre de escoger. Ellos escogen enfrentarse a la muerte por dinero y fama, y la gente escoge si quiere asistir a presenciarlo."

"Exactamente, Sansa. Lo has resumido a la perfección." Tyrion le acarició la mano.

"Si tenemos que estar al lado de la reina soportando esos espectáculos, habrá que hacerlo. Los odiaré, pero no nos quedará otro remedio que tragar con ellos," se resignó Sansa, con un suspiro.

"Eres muy valiente, cariño. Yo también los odiaré. Divertirse contemplando distintos métodos de tortura era el pasatiempo de Joffrey, no el mío. Ya se derrama suficiente sangre en el mundo y preferiría evitarla en mi tiempo libre. Hay otros pasatiempos que me atraen infinitamente más," dijo él, insinuante, deslizando los dedos por el brazo de Sansa.

Ella observó aquellos amados dedos que siempre la tocaban con absoluta pericia, sintiéndose repentinamente húmeda.

"Y a mí, mi amor," dijo, con el familiar cosquilleo en el estómago y el calor en el bajo vientre. "Vamos a la cama. Aún tenemos tiempo para disfrutar un poco más de nuestro pasatiempo favorito."

Él tomó su mano y se dejó guiar una vez más hacia su lugar predilecto.

El cuerpo de ella.