- No tengo ninguna intención de morirme, Hazlewood.
- Por supuesto, señor Mann, lo comprendo, pero a su edad...
- ¿Qué? ¿Qué problema hay con mi edad?
- Bueno, que usted ha pasado ya por mucho...Sin ir más lejos, hace dos meses, cuando tuvo aquel susto...El médico ya le advirtió que la próxima vez, bueno, podría no tener tanta suerte.
Zepheniah abrió la boca para replicarle pero se detuvo y la volvió a cerrar despacio, desviando la mirada hacia el frío cristal de la ventana. Podría haberlo negado cuanto quisiera pero, en el fondo, Hazlewood tenía toda la razón y la seguiría teniendo a pesar de sus esfuerzos por negarlo: más temprano que tarde, moriría. Sus manos estaban arrugadas, casi esqueléticas, y no era capaz de andar por sí mismo, sino sentado en una silla de ruedas y sin fuerzas para siquiera moverla él mismo. Había pasado por dos ataques al corazón, que le habían dejado una fatiga que se resistía a irse. Para colmo, las últimas enfermedades que habían azotado su cuerpo habrían sido más graves de no ser por los cuidados de Elizabeth pero, aún así, habían hecho que su piel se desprendiera y que tuviera que suplirla como buenamente se había podido.
Ciertamente, debía empezar a pensar en aquellas cuestiones tan desagradables.
El magnate soltó un gruñido y se volvió nuevamente hacia el abogado.
- De acuerdo, Hazlewood. Usted gana. Acabemos con esto cuanto antes.
Sólo con ver su gesto, el abogado atendió rápidamente a sus peticiones. Inmediatamente, acercó la silla de ruedas al escritorio y buscó en su cartera los utensilios necesarios para escribir. Cuando los encontró, los colocó sobre la mesa y se sentó frente al señor Mann.
- Bien, señor Mann...Según las últimas comprobaciones, su patrimonio consta de la empresa Mann Co., que le reporta unos beneficios anuales de unos tres millones y medio de dólares, sus inversiones en territorio australiano, de alrededor del millón, la plantación de tabaco, creo que unos...cincuenta mil, sí, algo así, y las tierras a lo largo de América...
- ¿Y qué beneficio me dan, Hazlewood?
- Uhm...Ninguno, señor.
Un nuevo resoplido por parte del señor Mann hizo que éste callara por un momento, temeroso de su reacción.
- ¿Y bien?-terminó gruñendo éste-. ¿Eso es todo?
- Sólo queda por mencionar el resto de su fortuna, señor Mann. Tres mil ciento cincuenta y siete dólares, señor.
- ...¿Sólo?
- Ehm...Sí.
- ¿Quieres decir que el trabajo de toda mi vida, la gran fortuna que amasé con el sudor de mi frente ha quedado en esa cantidad?
- Bueno, como ya le he dicho, sigue recibiendo unos beneficios considerables de sus negocios, señor. Pensándolo bien...
- ¡Ya sé pensar con claridad, señor Hazlewood!
El abogado fue a excusarse pero no reunió el valor necesario para hacerlo y se quedó callado.
- ¡Mire lo que pasa por confiar en el criterio de unos ineptos como mis hijos! ¡He acabado tirando el dinero en tierras que no sirven ni para el cultivo de patatas!-el anciano no tenía fuerza para dar un golpe en la mesa pero hizo la intención-. ¡Me aseguraron que sería un gran negocio, que en esa tierra había grandes pozos que explotar! ¡Y yo les creí como un completo idiota! ¡Pero lo peor no es eso, que, al fin y al cabo, me lo tengo merecido por confiar en ellos! ¡No! ¡Lo peor es que, mientras tanto, ellos se están dando la buena vida sin importarles un carajo el futuro de la familia!
- ¿Quiere decir, señor...?
Zepheniah levantó la mirada hacia el abogado.
- ¿...Que los va a desheredar?
Zepheniah se inclinó en su silla y se quedó pensativo durante unos momentos, que el abogado no osó interrumpir. Finalmente, vio que el semblante del señor Mann se hacía más serio si cabía.
- En absoluto. Tendrán su parte del pastel, claro que sí...Pero no son los únicos que pueden heredar.
- ¿Se refiere al señor Hale?
- Me ha leído el pensamiento, Hazlewood. Barnabus me ha sido de mucho apoyo. Sin él, no habría conseguido establecerme aquí. Claro que se llevará algo...En realidad, sólo puedo confiar en él para la dirección de Mann Co. tras mi marcha.
El anciano volvió a meditar, mientras el abogado anotaba.
- Sí...Sí, definitivamente, Barnabus sabrá manejarlo. Tiene mucho carácter, eso es lo que la empresa necesita. Lo que me lleva a acordarme de la buena de Elizabeth. Ella también ha sido todo un ángel conmigo. En realidad, hasta la neumonía que sufrí el mes pasado me ha hecho más bien que mis propios hijos. Creo justo recompensar su dedicación con mi fortuna. Aunque esos miles de dólares que me quedan no es mucho. Recibirá algo más. Oh, y no se preocupe, Hazlewood, usted también recibirá un buen pellizco, aparte de sus honorarios.
- Se lo agradezco mucho, señor Mann.
- ¿Lo tienes todo apuntado?
- Creo que sí, señor. Entonces, ¿sus hijos recibirán...?
Sólo necesitó observar la expresión de Zepheniah para hacerse una idea de lo que el anciano tenía en mente. Debió habérselo imaginado.
- Bien-el abogado se tomó un momento para añadir unas pocas notas.
- Tómese la tarde para disponerlo todo y recabar la información que necesite. Yo buscaré un pedazo de la piel que se me cayó-viendo la reacción del buen hombre, Zepheniah alzó una ceja-. No me mire así, Hazlewood, habrá que aprovecharla, y tengo previsto incluir una cláusula, así que puede que necesitemos algo así.
- ¿Qué clase de cláusula?
- Paciencia. Ya hablaremos de ello esta noche. Mis hijos estarán por llegar y quiero que esto sea una sorpresa.
- Ciertamente, señor.
El abogado se puso en pie, y, tras recoger y dedicarle un brevísimo gesto de despedida al señor Mann, se encaminó hacia la puerta pero la voz de Zepheniah le frenó cuando ya tenía la mano en el picaporte.
- Se me olvidaba...
- ¿Sí, señor?
- Nada, Hazlewood. Sólo acabo de recordar que me dejé a alguien.
