Capítulo 54

Cómplices

—Está despierto.

Tal como la voz lo había anunciado, Camus abrió los ojos lentamente.

Su visión tardó en enfocarse, mientras recuperaba control de su cuerpo poco a poco. Conforme aquella molesta sensación de entumecimiento desaparecía, el halo de dolor hizo acto de presencia. Gruñó, de un modo apenas perceptible e intentó incorporarse, pero estaba tan débil que apenas podía moverse.

—Tranquilo. Mantente recostado un momento más. —Escuchar la voz de Dohko, una voz amiga, le reconfortó.

—¿Qué…?

—¡Camus! ¡Estás vivo!

—¿Kanon? —El gemelo se hizo hueco a empujones entre el santo de Libra y el hombre desconocido que los ayudaba.

—Menos mal que vives—dijo—. En serio, nos diste un susto de los mil demonios.

—Tanta preocupación es sobrecogedora…

—En realidad, su preocupación era que cierto Escorpio le perforara el trasero con sus agujas si algo malo te sucedía. —La nota de humor tan inusual en Saga le robó una sonrisa, que pagó rápidamente con una punzada de dolor.

—¡Oye! Me importa una mierda lo que el bicho haga, o deje de hacer. Arriesgué mi propia integridad física por salvarte, hielito. Espero que lo aprecies.

—Lo hago. Gracias.

—Estábamos muy preocupados—añadió Mu—. ¿Cómo llegaste a la orilla con esa herida? Te dimos por perdido.

—Pues… —Trató de poner sus recuerdos en palabras, pero no pudo explicar algo que él mismo no comprendía.

Recordaba escenas fugaces de lo sucedido. Las aves, la quimera, el ardor de las garras enemigas desgarrando su piel, la caída precipitada y el agua inundando sus pulmones. Después, todo se tornaba especialmente confuso.

De que tan real había sido lo que recordaba a partir de entonces, no podía estar seguro. Solo podía imaginar lo terrible de su condición, para que las alucinaciones llegaran a su cabeza. Había vivido y sobrevivido a situaciones mucho peores, y jamás había llegado a ese extremo. Fue así que, considerando que no podía confiar en su propio juicio, decidió guardarse los recuerdos para si mismo.

—No lo sé. Todo es confuso. —Se incorporó lentamente, ahogando un gruñido de dolor. Al sentarse, tomó la jarra de agua que Mu le ofreció y bebió un par de tragos, reconfortándose con su frescura. —¿La misión…?

—Está terminada. Tan pronto recuperes algo de tus fuerzas, volveremos con los demás.

—¿No es precipitado? —Un anciano, cuyo rostro estaba igualmente curtido de arrugas y cicatrices, y que había permanecido junto a ellos todo el tiempo, intervino. —Aún está muy débil. El camino de regreso es largo y , con una herida así, incluso el movimiento de los caballos será un tormento.

—Sobreviviré. Debemos volver a Atenas antes de que cualquier otro asunto se cruce en nuestro camino. Este viaje se está alargando demasiado.

—Estoy de acuerdo, pero no quiero arriesgarte de más. Un día de descanso, o dos, serían ideales.

—Vamos, Dohko, lo ideal no es posible ahora mismo. Sabes que hemos sobrevivido a cosas peores que esta. —Intentó convencer al santo de Libra. —Cuando regresemos a Atenas, todo estará bien. Puedo andar el camino de regreso así. Cuando nos separamos, suceden tragedias. No podemos permitirnos otra de esas.

Los gemelos y Mu miraron de uno a otro, esperando la decisión del mayor de todos ellos. Al igual que Dohko, se sentían divididos entre seguir o quedarse. Por un lado, les hubiera gustado contar con un poco más de tiempo para Camus. Pero, por otro, eran partícipes del mismo sentido de urgencia del acuariano. Atenas lucía cada vez más como una visión lejana. Llevaban tanto tiempo lejos de ella, que en ocasiones se sentía como un espejismo visto en algún sueño pasado.

—No solamente estamos hablando del viaje para reunirnos con los otros. Aún debemos volver al pequeño pueblo donde encallamos el barco, y de ahí, a Atenas.

—Aldebarán sobrevivió a un viaje peor, en condiciones más adversas… y el arquero también—explicó—. Tenemos que volver, o van a preocuparse.

Dohko suspiró. Por mucho que hubiera querido negarle la razón y regalarle unos minutos más de descanso, sabía que le era imposible. El viaje se había alargado demasiado y, a cada segundo que pasaba, mientras estuvieran lejos de Atenas, todo se complicaba a límites inimaginables. No deseaba correr el riesgo, pero…

—Bien. Marcharemos de regreso a los otros apenas amanezca—aceptó—, pero será bajo mis condiciones, ¿entendido? —Se aseguró de mirar directamente a los ojos de cada uno de sus jóvenes compañeros. A excepción de Mu, el resto de ellos eran poseedores de personalidades duras y fuertes. No iban a someterse tan fácil a la suya. —Cuando diga que descansaremos, descansaremos. Cuando me parezca que es suficiente, lo será. Volveremos a ellos, pero sin prisas. No voy a arriesgar a ninguno de ustedes. —No después de haber perdido a Afrodita.

—Hecho. Me basta—respondió el francés. Se incorporó lentamente, tragándose del mejor modo posible cualquier muestra del dolor punzante que le hizo víctima.

El anciano que les había dado acogida miró de uno a otro, sin atreverse a decir nada. En sus días de juventud había sido un guerrero. Conocía el valor y el espíritu de entrega de los hombres devotos de la guerra. Pero él nunca había peleado contra los dioses. Nunca había tenido el valor de mirarles a la cara y enfrentarlos.

Aquellos chicos eran especiales… diferentes.

-x-

Aioria entró con pasos pesados en la cabaña. De inmediato, acaparó todas las miradas hacia él. Sin embargo, ni siquiera pareció reparar en ello. Sonrió escuetamente a su hermano y se dirigió al rincón que había reclamado como suyo.

Ángelo entró poco después, tan serio como el león. Pero, lejos de seguirle, tomó el rincón opuesto, donde se acomodó en un silencio sepulcral.

El resto de los santos se mantuvieron a la expectativa, sin saber lo que sucedía frente a ellos. El poco tiempo que Leo y Cáncer habían estado despiertos no bastaba para explicar el misterio que ahora representaban. La larga ausencia los había convertido en algo inesperado para todos: amigos, cómplices… celosos protectores uno del otro.

Desde la ventana, donde unos momentos antes mantenía una curiosa conversación con la cabra, Milo entrecerró los ojos y abrió la boca, dispuesto a hacer cualquier pregunta. Sin embargo, las miradas de Shura y de Aldebarán lo persuadieron para callar. Le costó esfuerzo mantener su lengua en orden, pero de alguna forma, lo consiguió. Probablemente, aunque su intuición le dijera lo contrario, era lo mejor por el momento.

A cambio del silencio de su boca, sus ojos buscaron al arquero. Para su mala fortuna, lo encontró tan sorprendido como ellos mismos.

Aun así, esperó. Quizás un par de preguntas al respecto vendrían bien viniendo de Aioros, y no de él, el metiche preguntón al que a veces subestimaban. De cualquier modo, su preocupación era genuina. Podían no ser tan cercanos como Camus y él mismo, pero había cierta complicidad insustituible entre Aioria y él, que databa de muchos años atrás, cuando no eran más que niños y que el tiempo revivía lentamente. Si hubiese estado en sus manos hacerlo, habría ayudado. Sin embargo, por una vez, estaba satisfecho con su decisión de callar.

—¿Ocurre algo? —Curiosamente, el cuestionamiento no vino de los labios del santo de Sagitario. Vino de Shaka.

Impetuosamente, como la enorme mayoría de las veces, Aioria negó. El rubio, también con un estilo muy suyo, guardó silencio por unos pocos segundos.

Bajo su intensa mirada, el león parecía no inmutarse. Pero, eventualmente, se revolvió y le enfrentó, chocando con aquellos ojos turquesas que siempre destilaban los sentimientos más profundos y puros… los sentimientos adecuados a cada situación.

Shaka sonrió, en un gesto apenas visible. Aioria solo observaba; receloso, inquieto, confundido y sobrepasado. Fue solo un instante, pero una conversación sin palabras surgió entre ambos. Tan opuestos, como cercanos, los santos de Virgo y Leo solían ser así: irónicamente complementarios.

Incluso Aioros tomó la decisión de mantenerse al margen. Por lo poco que sabía, Shaka había sido una de las pocas personas a las que Aioria había permitido entrar a su vida durante el tiempo que estuvo ausente. Shaka, poseedor de una paciencia infinita y de un espíritu de comprensión que muchos habrían de envidiar en el Santuario, había desafiado cada barrera de rencor, desprecio y rebeldía, que el león se había construido a su alrededor. Considerado un dios, había tendido la mano a un mortal herido. Quizás, solo quizás, Aioria necesitaba a un amigo a su lado, a alguien que le comprendiera, alguien que supiera decir las palabras correctas. Shaka era esa persona.

—Caminemos—el rubio insistió—. Nos debemos una larga plática.

Los ojos color esmeralda centellaron con sentimientos encontrados cuando Shaka le tendió la mano. Dudó.

De inmediato, buscó la opinión que más le pesaba en esos momentos. Su mirada encontró a Máscara de Muerte al otro lado de la cabaña, tan serio y sombrío como él. El italiano le miró de vuelta: serio, intenso. Un escueto movimiento de cabeza le dio su aprobación. Ángelo sabía que todo era para mejor.

Entonces, Aioria tragó saliva y extendió la mano, atrapando la de Shaka y aferrándose a ella para poner en pie. Se esforzó en sonreír, pero no lo consiguió.

A Shaka le bastó con la mueca maltrecha. Dio un par de suaves palmadas a su hombro y, posando la mano sobre él, le llevó hasta la salida. Bajo la atenta mirada de propios y extraños, salieron.

El aire de la tarde soplaba fresco, ideal para una larga caminata juntos.

-x-

Shaka no solía ser de aquellas personas cuya mirada insistente te caía encima para nunca dejarte. Sin embargo, mientras caminaban sin dirección ni sentido por el diminuto pueblo que parecía no cansarse de ellos, los ojos turquesas del rubio tenían precisamente ese efecto en Aioria.

El castaño, por su parte, trataba con todas sus fuerzas de no prestar atención al detalle. Por momentos, confrontaba su mirada y sonreía del mejor modo posible. En otras ocasiones, prefería apartar la vista, hacia cualquier cosa a su alrededor que sirviera de excusa. Pero aún Aioria, con toda la terquedad que pudiera tener al respecto, sabía que tarde o temprano Shaka conseguiría sacarle la verdad detrás de su actitud. Y, cuando eso sucediera, no tenía la menor idea de como iba a mentirle o a ocultarle la verdad de lo que estaba pasando. Solo esperaba que un poco de comprensión de su parte, y dicho de paso, quizás un poquito de complicidad también.

—Vale. —Tomó aire y se preparó para el interrogatorio. —Suéltalo.

—¿No soy yo quien debería decirte tal cosa?

—Tú dirías algo mucho más fino, Buda. "Suéltalo" no es la clase de palabra que saldría de tu boca.

—El resultado sería el mismo. —Sonrió. —¿Qué es lo que tengo que saber? ¿Qué pasa contigo?

Por un largo rato, no hubo nada más que silencio. Aioria no estaba seguro de querer hablar, por mucho que Shaka estuviera dispuesto a escucharle. Había detalles que no se sentía listo para contar, aún si quisiera sacárselos del alma. Todo ese tiempo, Ángelo había sido un gran apoyo, pero la amistad era tan incipiente y se conocían tan poco, que dudaba que le fuera posible comprender cada uno de sus sentimientos por completo.

—Pasaron muchas cosas… pasan muchas cosas.

—Lo sé. —No era ingenuo. No esperaba, en lo absoluto, que el Aioria al que habían perdido fuese el mismo que acababan de recuperar.

—Ángelo les habló de Orión. —El santo de Virgo asintió, a pesar de que no era una pregunta, mientras Aioria hacía lo mismo, con mucha más torpeza. Era la primera vez que escuchaba el nombre del cazador en los labios del león. —Ella usó mi cuerpo para traerlo a la vida. Esperaba que estuviera muerto, pero supongo que incluso para eso soy terco. —Dejó escapar una risilla agria y, después, se esforzó en no levantar la mirada, para no enfrentar los ojos del hindú. —El problema es que Orión es tan terco como yo. Puedo sentirlo, dentro de mí. Su cosmos… Ángelo y yo hemos descubierto que no ha ido a ningún lado. Pensé que, al regresar a este mundo, me libraría de él. Me he equivocado.

—Lo que Artemisa ha hecho contigo, no es culpa tuya. Has sido víctima de las circunstancias y has lidiado con ellas del mejor modo que has podido.

—No creo que entiendas lo bien que he lidiado con ello. —Aioria se revolvió el cabello y apresuró el paso, dejándole atrás. Shaka le permitió tomar la delantera, solo para seguirlo unos segundos después, con la esperanza de que ser útil a un amigo en necesidad.

Caminó despacio, sin deseo alguno de hacerle sentir perseguido. En ningún momento apartó la vista de él, analizando cada detalle de su lenguaje corporal. El frenesís en su andar, la obvia tensión en sus músculos y la respiración pesada le hablaron de la carga que llevaba encima.

Tal vez Aioria tenía razón y nadie comprendía nada. Tal vez, lo que sabían no era todo lo que había sucedido. Por las razones que fueran, el santo solo sabía que si Aioria decía abrirse con él, se esforzaría por comprender y ayudar. Eran amigos, le había echado de menos durante todo ese tiempo y, si algo podía aportar para facilitar su regreso, haría hasta lo imposible por conseguirlo.

Un par de niños se cruzaron en su camino, correteando detrás de un perro marrón. Shaka los vio a tiempo para esquivarles, pero Aioria no corrió la misma suerte. El cachorro atropellado ladró. Aioria se respingó, confundido por el accidente y pillado con la guardia baja por el perro. Los niños estallaron en risas y, sin darse cuenta, el propio león esbozó una sonrisa diminuta. A los ojos de Shaka, esa siempre era una buena señal. Así, decidió acercarse de nuevo. Con un poco de suerte, el castaño le diría un poco más esta vez.

—Ángelo tenía tres aprendices—dijo, mientras veía a los pequeños alejarse a toda prisa con su mascota—. Dos chicos, hermanos, y una chica. Uno de ellos está muerto. Murió tratando de ayudarnos.

—Lo siento.

—Los otros dos están desaparecidos.

—Máscara de Muerte nos habló de ello. ¿Hay algo que podamos hacer? —Aioria negó. En sus ojos, el santo de Virgo pudo ver alguna lágrima mal disimulada.

—No. Ustedes no pueden hacer nada.

—¿Nosotros? ¿Acaso conoces un modo de hacerlo por ti mismo? —El castaño se detuvo súbitamente y giró, buscando su mirada. Por un momento, todo lo que Shaka tuvo fue eso: su mirada intensa sobre sí y un silencio que le trajo muchísimas preocupaciones. —No hagas nada impulsivo, Aioria. No es el momento—susurró.

—La vida de los niños depende del cosmos de Artemisa.

—¿En qué estás pensando?

—Artemisa cree que yo soy Orión. Puedo acercarme a ella y…

—No, Aioria. —No le fue difícil adivinar lo que seguía. —Ya una vez estuvo a punto de matarles. Ponerte en su camino de nuevo, es un suicidio.

—Pero es el único modo de tener de regreso a los niños.

—¿Qué vas a hacer? ¿Engañarla? Cuando descubra lo que sucede, será mil veces peor.

—Sabía que no entenderías.

Se dio la vuelta tan rápido y caminó con tanta prisa, que lo único que Shaka pudo hacer, fue reaccionar y seguirlo tan pronto como pudo. Se lamentó infinitamente de ser incapaz de inyectar un poco de sentido común en Aioria. Estaba tan preocupado que solo podía pensar en todo aquello que podría salir mal.

—Te entiendo—dijo. No era del todo cierto, pero tampoco era una completa mentira. —Sé que intentas hacer algo por lo niños. Pero, por favor, entiéndenos también. El hecho de que Máscara de Muerte y tú hayan vuelto, es un milagro en si. —"Un milagro pagado con sangre". —Si volvemos a perderte, no habrá modo de recuperarte.

—Será solo un tiempo. Ni siquiera tendré que alejarme de aquí. Ángelo y yo…

—¿Lo han planeado ya?

—Él tampoco quería, pero es el único modo.

—Por los dioses, Aioria. —Eran extremadamente raras las ocasiones en que los pensamientos de Shaka se reflejaban en su rostro y aquella, para sorpresa de Aioria, era una de esas. —Estás jugando con fuego.

—La he engañado antes. Puedo hacerlo de nuevo.

Esta vez, el rubio se quedó sin palabras. De pronto, había tenido la horrible sensación de que no encontraría el modo de hacerlo cambiar de idea. Pero, entonces, ¿cómo podría protegerlo? ¿Acaso eso era todo lo que podía hacer?

—Aioria—le llamó una vez más, temiendo que fracasaría. Para su sorpresa, el santo de Leo se detuvo. Giró hacia él, endemoniadamente lento, haciendo que Shaka temiera lo peor.

—Orión sigue siendo parte de mí. Está vivo, latente—musitó—. No sé cuando desaparecerá, ni tampoco sé si algún día lo hará. Quiero creer que, si todo esto tiene sentido, entonces podré usarlo para algo bueno. Quiero ayudar a Ángelo y quiero ayudar a esos niños. —Shaka le escuchaba, en silencio y sin apartar la vista de él. Quería comprender, quería apoyarle también. Pero la posibilidad de perderle de nuevo pesaba mucho más de lo que había imaginado. —Si quieres ayudarme, guardarás el secreto. Por ahora, es todo lo que puedes hacer por mí.

En esa ocasión, lo dejó ir. Al final, sus sospechas habían sido ciertas y no había conseguido mayores avances con Aioria. Tenía claro que aquellas últimas palabras le habían exigido, de un modo sutil y poco característico del león, que se mantuviera al margen: si no ayudaba, tampoco debía estorbar. Shaka no estaba seguro de poder hacerlo.

Tomó el camino contrario, dándole distancia y aprovechando la caminata de regreso para pensar. Jamás las cosas le parecieron tan confusas.

-x-

—¡Perdiste al gato! —A causa de la exclamación de Milo, dos pares de ojos se afilaron y dos pares de oídos se esforzaron por escuchar la conversación entre Escorpio y Virgo. Aioros y Ángelo no iban a dejar pasar ningún detalle.

—Le di un momento para pensar.

—Traducción: te mandó al demonio, Buda.

—¡Milo! —Pero los esfuerzos de Shura por suavizar la situación eran en vano.

—Algo así.

El hecho de que Shaka no mostrara reparo en las palabras de Milo y de que admitiera que su infinita paciencia había sido inútil en aquel momento, los puso a todos en alerta. Aldebarán, Shura y Milo, que se habían agrupado cerca de la puerta en busca de un poco de aire fresco, le cedieron el paso.

Dudaron antes de seguirle, pero al final terminaron por hacerlo. De todos, Shaka era quien mejores posibilidades tenía de ser escuchado por Aioria.

—¿Qué pasó?

—Está confundido. —El rubio respondió a la pregunta de Shura.

—Máscara y él han pasado momentos difíciles.

—Todos los hemos pasado, Alde—Milo terció—. Pero al menos están aquí. Quizás es por el asunto del alma dentro de él.

—No puede ser fácil.

—No lo es, Shura. —Vaya que Shaka lo sabía.

—¿Y qué hacemos ahora? No somos los más atinados para lidiar con posesiones. —El escorpión se sopló el flequillo.

—Esperemos que nunca muestre señales de posesión.

Y todos esperaban que el hindú estuviera en lo cierto. Por lo poco que habían visto, Orión era un fantasma en la cabeza de Aioria, pero nunca lo habían visto tomar control sobre él, del mismo modo en Ares lo hiciese con Saga.

-x-

Esperando, con la brisa que soplaba desde el lago pegándoles contra la cara, los santos no podían sino ponerse melancólicos.

El oscuro peligro que manaba de la isla maldita en el corazón de Estínfalo se había esfumado. Solo quedaba aquella mancha de tierra rodeada de agua que, eventualmente, se convertiría en un testigo mudo de una leyenda. El viento dibujaba ondas sobre el agua taciturna del lago. Su canto era todo lo que los oídos alcanzaban a escuchar. No había más. Solo quedaba aquella paz, ajena a sitios como aquel.

—Mataría por un poco de tabaco.

—Ya somos dos—Saga complementó a su gemelo.

—Ya somos tres.

Camus se encogió de hombros cuando las miradas de los gemelos le cayeron encima. No era un gran fumador, pero en momentos como aquel, un cigarrillo se le antojaba casi necesario… especialmente después de haberse convertido en juguete de un ave legendaria dispuesta a comérselo.

Contra toda queja de Dohko, el acuariano se las había ingeniado para ponerse en pie y caminar hasta la orilla del lago, donde contemplaba el atardecer en compañía del resto de los santos. Nunca, por muy mal que se hubiera sentido, había sido partidario de quedarse en cama para agonizar como un enfermo terminal. De hecho, la sensación del encierro lo mataba de un modo más rápido que cualquier enfermedad que pudiera presentársele. Al final, ante el peso de sus razones, el chino no había podido hacer nada más que ceder.

—Alguien debió tener la previsión de traerse un par de cajetillas desde la Era Moderna—Kanon masculló—. Somos un montón de idiotas por no pensar en ello.

—En realidad, debimos pensar en traernos un montón de cosas.

—Ya lo creo. —Saga se sopló el flequillo. En un santiamén, mil cosas que extrañaba de su tiempo le vinieron a la cabeza.

—Vodka. —Kanon rió ante su propia idea.

—Chocolate.

—¡Uh! ¡Esa es buena, Saga!

—Analgésicos.

—¡Esa es todavía mejor! —El gemelo se carcajeó al ver el rostro con el que Camus acompañó sus palabras. Si tenía que decirlo, su humor había mejorado muchísimo en los últimos días.

—Zapatos deportivos. —Instintivamente, al escuchar a Saga, los cinco santos bajaron la mirada hacia la desgracia que eran sus sandalias. Para cuando terminaran con sus misiones, no les quedarían dedos en los pies.

—Buen punto. Antes pateé una piedra y dolió como el demonio. —Todos asintieron con pesar. En algún punto de la larga travesía, todos habían sido cómplices del mismo dolor.

—¿Tú no extrañas nada, Mu? —Camus le cuestionó.

—Y no digas que a Kiki, porque es muy cliché.

—No, no… —El lemuriano sonrió con mesura. —Bueno, si, le extraño; pero no iba a decirlo. Echo de menos la música.

—Música… que cierto. —Dohko se tornó meditativo. —Escuchar música, mientras se lee un buen libro acompañado de una taza de café caliente.

—¡Café! —Camus sentía que casi había olvidado su sabor.

—Moriremos de depresión si seguimos así.

—¿Tú crees?

Pero Kanon apenas terminado de soltar su pregunta, cuando el viento alrededor de ellos arreció. Entrecerraron los ojos, para que la mezcla de arenas y agua que trajo consigo no les hiriera, y esperaron porque la causante de dicho alboroto mostrara la cara. Su presencia ahí no les sorprendió en lo más mínimo.

—Preservativos. —Antes de Saga reaccionara, la palabra ya se le había escapado de los labios. Se maldijo interiormente por dejar a su boca ganarle la partida al cerebro.

—¿Qué? —Camus preguntó. Estaba seguro de que había escuchado mal.

—Solo digo que cierto alguien los agregaría a la lista. La mirada pícara que lanzó hacia el pequeño revoltijo de aire dejó sus ideas en claro.

—Joder, Saga. —Se atragantó con la risa y eso hizo que el costado herido le doliera. Pero no fue el único.

Mu se llevó la mano a la cara, ocultando detrás del gesto espontáneo, la risilla cómplice que amenazaba con escaparse. Dohko negó, tan divertido como los otros dos; y solo Kanon torció la boca disimuladamente, no por la mención al arquero, sino por algo más.

El pequeño torbellino cesó y Aretha fue todo lo que quedó frente a ellos. Los saludó con tímido movimiento de mano y una sonrisa, como las que siempre les regalaba, sin excepción alguna. Avanzó unos pocos pasos para acercarse a ellos, cuando de pronto lo notó. Su mirada cambió, y la expresión de alegría mutó a una de preocupación.

—¿Estás bien? —Se acercó a Camus a toda prisa.

—Se ve peor de lo que es. Tranquila.

—¿Está todo bien? ¿Pasó algo? —Dohko intervino. La expresión de consternación en el rostro de la ninfa no cambió ni un poquito, a pesar de las explicaciones de Camus.

—Si… si… eso creo—respondió, aún confundida—. Necesito hablarte. —Volteó hacia donde estaba Kanon. El gemelo encontró sus palabras realmente inesperadas y lo dejó en claro por el modo en que levantó las cejas.

—¿A mi?

—Si.

Kanon se puso en pie, como quien no quiere, y se estiró. Después, con su calma habitual, siguió a la ninfa a un lugar más alejado, no sin echar una mirada de incredulidad a sus compañeros al dejarles atrás.

Por muy simpática que le pareciese, y de verdad que Aretha le agradaba, nunca había tenido una conversación a solas con ella. Aquello era algo completamente nuevo para ambos.

—¿Por qué tanto misterio? —preguntó al fin, cuando consideró que la distancia que habían creado era suficiente—. ¿Piensas secuestrarme?

—No. —La pelirroja sonrió por un segundo, pero rápidamente su rostro volvió a tornarse serio. —Estuve en Troya. —Bastaron esas tres palabras para oscurecer el rostro del geminiano. Ella lo notó, pero aun así, se obligó a continuar. —Mi objetivo era hablar con Phineas. Sin embargo, la princesa troyana estuvo también ahí.

—Mirra. —La ninfa asintió.

—Ella me pidió que te entregase un mensaje.

—Habla.

—Mirra dijo que… —dudó por un segundo. No entendía el mensaje, ni la actitud de Kanon al respecto—. Dijo que, aun en la oscuridad, la vida continúa—soltó al fin las palabras. Hizo una pausa, lo suficientemente larga para dar al gemelo tiempo de pensar y, de inmediato, se volcó sobre él con preguntas. —¿Qué significa eso, Kanon? No tiene sentido… al menos, no para mi. ¿Pasa algo malo? Responde.

Lo que Aretha no sabía, era que Kanon jamás compartiría el significado de ello consigo, ni con nadie.

Le vio darle la espaldas, con la mirada perdida y con los pensamientos muy lejos de ahí. Fue en ese momento, en que supo que no tenía caso insistir. Fuera de las palabras de Mirra, no obtendría nada más. El único que podría sacarle de sus dudas era Kanon y, por lo que veía, no estaba dispuesto a hacerlo.

Resignada, giró también, dispuesta a volver a donde los otros esperaban. Debía despedirse para marchar de regreso al improvisado campamento.

—Espera. —El llamado del gemelo la hizo detenerse. —¿Seguirás visitando a Phineas?

—Es probable. Hay asuntos pendientes con ella.

—Mientras lo hagas, Mirra seguirá enviándome mensajes contigo. ¿Hay algún problema con ello?

—No—contestó—. Pero debes prometerme algo.

—¿El qué?

—Si algo malo sucede, me lo dirás. No preguntaré más al respecto, pero debo estar segura de que no hay peligro en ello, ni para ti, ni para nadie.

—Hecho.

Aretha lo miró por un instante, antes de continuar su camino. La promesa que le había arrancado no era suficiente. Sin embargo, tendría que conformarse con ello. Y, por sobre todo, tendría que confiar en el criterio de Kanon y en su capacidad para cumplir son su palabra. Ojala no terminara por arrepentirse de hacerlo.

-x-

La expresión adusta en el rostro de la ninfa mutó por completo. Sus ojos recuperaron el brillo que siempre les había caracterizado y su sonrisa apareció, como el sol en un día nublado.

—¡Hey!

—¡Aioria! —Avanzó en busca del santo con los brazos abiertos. Cuando le alcanzó, lo envolvió en un abrazo muy fuerte mientras una suave risa surgió de su garganta. Por un momento, Aioria se sintió libre de la pesadez que le había aquejado antes. La felicidad de la ninfa resultó contagiosa y sanadora, para la situación tan dura que había sido ese día. —¡Despertaste! —Le tomó el rostro entre las manos y examinó cada detalle de él. A pesar de las expresiones obvias de cansancio, nunca le dio tanta alegría verle. —Estás bien.

—Lo estoy, lo estoy. Me alegra ver que tú también estás sana y salva.

—Tu ausencia ha sido toda una travesía.

—Ya me han contado. —Acarició la melena rojiza. —Sé que les has acompañado y sé también todo lo que has hecho por ellos. Gracias… en especial por cuidar de mi hermano. —La mención específica a Aioros la tomó por sorpresa, pero de algún modo que desconocía, consiguió guardar su reacción mejor de lo que esperaba. Sonrió y depositó en beso en la mejilla del santo.

—No tienes que agradecerme. Lo he hecho con gusto y volvería a hacerlo.

De alguna forma, Aioria sabía de la sinceridad en sus palabras. Aretha siempre le había parecido un espíritu transparente: incapaz de mentir.

La ausencia ciertamente había sido larga. Pero, de acuerdo a lo que había escuchado, durante ella, Aretha había probado de forma contundente el verdadero deseo de ayudarles, devolviendo con creces un diminuto favor hecho mucho tiempo atrás. Si le preguntaban, el mismo león tendría problemas para admitir que, la chica torpe que conociese al principio de su travesía, era la misma que ahora tenía a su lado y de la que había oído tanto. Se había vuelto fuerte, intrépida y valiente, por ellos. También se había vuelto un sostén para todos cuando el panorama era más oscuro y, por eso, nunca tendría de agradecerle lo suficiente.

Bajo sus ojos, la pequeña ninfa había crecido y ahora era una aliada de valor infinito. No sabría que pasaría el día que tuvieran que dejarla.

—Y, bien, ¿qué tienes tú para contarme? —El brazo del santo pasó por encima de los hombros de ella y continuó la conversación mientras caminaban de regreso a la cabaña. —¿Dónde estabas?

—Terminando con asuntos que me obligaron a estar lejos. —No dijo más, pues no sabía que tanto de aquello era conocido por Aioria. —Me hubiera gustado estar aquí cuando despertaste.

—Hubiese estado bien.

—Aioros debe sentirse infinitamente feliz. Tu presencia le hará mucho bien, en especial con todo lo que está pasando.

—Eso espero. —El castaño resopló. Si Aioros supiera lo que estaba planeado, estaba seguro de que no iba a caerle mínimamente en gracia.

—Verás que sí.

Aioria asintió, no lo dudaba en absoluto. Únicamente lamentaba el modo en que las cosas se habían dado, y los pendientes que habían dejado atrás. Pero Shaka había tenido razón en algo y era el hecho de que tenían que seguir adelante, con todo lo bueno y también lo malo de ello.

Seguiría adelante, a como diera lugar. Esperaba tener las fuerzas para hacerlo.

—¿Hay algo más que deba saber? —preguntó el león una vez más.

—No sabría que tanto te han contado.

—Demasiadas cosas como para ponerlas en orden ahora mismo—respondió con honestidad. Su cerebro, por más aventajado que pudiera considerarlo, aún tenía muchas verdades que asimilar, y todavía más misterios para descifrar. —¿Has estado con ellos todo el tiempo?

—No, pero me encargado de seguir cada uno de sus pasos.

—¿Por órdenes de Athena?

—En parte. —El otro gran motivo de sus acciones era prácticamente idéntico al hombre que tenía enfrente en ese mismo instante, solo que unos años mayor y una mirada menos felina.

—¿Piensas quedarte aquí ahora?

—Por un momento, al menos. —Le miró de reojo, buscando una reacción que le dijera que tanto sabía al respecto—. ¿Sabes que Saga, Camus, Dohko, Kanon y Mu están en Estínfalo?

—Sí, Milo me ha puesto al tanto. Creo que se pondrá a llorar en cualquier momento si Camus no regresa pronto.

—Son buenos amigos—dijo, mordiéndose los labios para no hablar acerca de lo que había visto en Estínfalo. El mismo santo de Acuario le había pedido discreción, para prevenir preocupaciones innecesarias.

—El bicho es una pegatina de Camus—rió—. Pero para todo lo especial que Camus puede ser, le soporta bastante bien.

—Supongo que por eso Milo le quiere tanto. No cualquiera tiene la paciencia para lidiar con esa personalidad suya tan…

—¿Exasperante?

—Burbujeante.

La risa atropellada de Aioria acaparó miradas y fue en ese mismo instante en que repararon en que habían llegado a su destino. Bias, especialmente, parecía intrigado con él.

Sobrepasado por el escrutinio, el león carraspeó y guardó la compostura. Cedió el paso a la ninfa, quien les saludó tímidamente mientras entraba a la casa. Aioros se puso de pie apenas les vio y fue a su encuentro, esperando noticias de cualquiera de los dos. No lo quedaba en claro el por qué Aretha se había ido, ni tampoco tenía idea de que había pasado durante la conversación de Shaka y Aioria. Pero, por lo que podía ver, ambos lucían más tranquilos.

Aretha fue a su búsqueda, no sin antes dirigir una mirada fugaz al santo de la Virgen. Los asuntos que tenía con él, los arreglaría después. Cuando llegó, depósito un beso en su frente y se dejó caer a su lado. Lo había extrañado durante cada segundo que había pasado lejos de él.

Aioria llegó poco después, saludando con la parquedad que le aquejaba desde su despertar. Podía sentir las miradas de Ángelo y de Shaka sobre sí, pero no estaba dispuesto a darles demasiada importancia por ahora.

—¿Estás bien? —Oyó la pregunta de su hermano y respondió con un gesto afirmativo de cabeza.

Sin embargo, más allá de lo que tuviera que decirle, Aioros sabía que no estaba siendo completamente honesto. Se preguntó si insistir era la manera. Hasta ahora, por lo poco que sabía, no había funcionado para nadie. En ese sentido, Aioria no había cambiado ni un poquito de lo que conoció de él durante su niñez: era un crío al que no se le podía poner presión encima para conseguir algo de él.

—La encontré de camino aquí—dijo el león, refiriéndose a Aretha. En el fondo, esperaba que el "maravilloso" plan que había trazado para su hermano y la ninfa hubiera rendido resultados en su ausencia. Según había visto, parecía que si. —Así que nos hicimos compañía un ratito.

—¿Todo en orden? —El arquero le preguntó a ella. La pelirroja asintió.

—Por ahora.

Echó una mirada fugaz al santo de la Virgen, pero decidió pasar el tema por alto de nuevo. Ya tendría tiempo suficiente para arreglárselas con él también. Por ahora, quería disfrutar de sus dos castaños favoritos y olvidarse por un rato de todo lo que traía en su cabeza. Sonrió, mirando de uno al otro, pensando en lo mucho que había tenido que esperar por una escena así. Al final, había valido la pena.

-x-

Shaka los había dejado con un montón de preguntas y se había marchado a uno de los rincones, que ese día estaban de lo más concurridos. Sobraba decir que entre Ángelo, Shaka y los Aios, los tenían todos ocupados.

Así que, sin mucho más que hacer, Shura, Aldebarán y Milo se habían quedado ahí, con un palmo de narices.

El español había propuesto gastar el tiempo practicando con espadas de madera, pero Aldebarán se había negado por completo. Desde las amazonas, le había tomado cierta grima a dichas armas, y por su parte, Milo se había tomado muy en serio las prohibiciones de su diosa al respecto. Al final, el santo de Capricornio tuvo que desistir de su idea.

—Estoy confundido. —Bias se plantó enfrente de Milo y le miró, con aquel gracioso gesto que adoptaba cuando una situación sobrepasaba a su mente simple.

—¿Eso es mi culpa?

—Cástor dijo algo antes… —El gigante marinero continuó, sin prestar atención a la pregunta del santo. Sin embargo, fue el mismo Milo quien le interrumpió una fracción de segundo más tarde.

—¿Cástor? —Confundido también, buscó la ayuda de Shura. —¿Ese es Saga, o es Kanon? —La pregunta pilló por sorpresa al español. En realidad, él tampoco lo tenía muy claro.

—Creo que es…

—Kanon—respondió Aldebarán.

—¿No era Saga?

—No… —Pero Shura lo hizo dudar. —O, ¿sí?

—Esto es confuso. —Milo se rascó la cabeza. Las expresiones del español y el brasileño coincidieron consigo. —¡Aioros! ¡¿Quién demonios es Cástor y quién es Pólux?

—Kanon es Cástor. Saga es Pólux. —El castaño se puso lentamente de pie, abandonando a sus recién llegados acompañantes, y caminó para unirse al pequeño grupito que platicaba junto a la puerta. Mientras tanto, Máscara de Muerte simplemente observaba cada movimiento desde su rincón. —¿Por qué preguntas?

—Bias nos contaba sus dudas sobre algo, pero eso de mezclar los nombres reales con los de superhéroes mitológicos es confuso. ¿Qué más te dijo Pólux?

—Cástor—Shura, Aldebarán y Bias replicaron a la vez. Con un fastidio infinito, el escorpión se sopló el flequillo.

—Como sea… ¿qué más decía?

—Eh… ¡nada! ¡Nada! —El nerviosismo del marino se hizo palpable en un abrir y cerrar de ojos.

Bias fingió demencia y esquivó todas las miradas. Aunque sus ojos, recurrentemente, miraban de soslayo a uno de ellos en especial. Ni el aludido, ni el resto, tardaron en notar su insistencia.

—Estoy sobrando en la conversación, ¿cierto? —Aioros preguntó. En ningún momento le pareció ofensivo, sino todo lo contrario. La torpeza del marinero gigantón siempre le había resultado de lo más graciosa.

—Si—contestaron los tres santos al unísono. Bias siguió con su mal logrado disimulo.

—Vale, vale. Me marcho. —Se declaró perdedor en esa conversación. —Espero que al menos me cuenten de que se trata tanto misterio.

Bias lo miró marchar mientras negaba rotundamente. En lo que a él respectaba, Aioros no tenía por qué enterarse nunca de sus dudas. De hecho, casi se sentía culpable de la confusión que sentía.

—¿Vas a decirnos algo ahora que espantaste al arquero? —Milo insistió. A un escorpión no se le dejaba con las dudas de nada.

—Es que… —dudó de nueva cuenta.

El trío de santos intercambiaron miradas. La indecisión del marinero era de lo más sospechosa, por no hablar del secretismo respecto al arquero. Entonces, se detuvieron a observarlo por un momento. Notaron de inmediato que su atención estaba completamente depositada en otro lado y no pudieron sino sentirse más intrigados por la situación.

—¿Bias?

—¿Mm?

—¿Qué tanto le miras al arquero? —La pregunta desvergonzada de Milo hizo que Shura y Aldebarán se atragantara.

—¡No le miro nada! —Se defendió el hombre.

—Algo, si.

—¡No! —Dio un golpe cómplice a Milo que casi terminó por arrancarle el brazo. —Es solo que… es un poco raro.

—¿El arquero? —Sobándose el brazo, el peliazul alzó una ceja. Nunca se lo había planteado de ese modo, pero ahora que Bias lo mencionaba…

—No, no solo Aphetoros. La situación, en general—murmuró. Picados en su curiosidad, los santos se acercaron un poquito más, para escuchar mejor.

—¿De qué hablas? —No sabía por qué, pero Shura también mantuvo la voz baja.

—La ninfa… y él. Es un poco raro.

—¿Qué rayos te ha estado diciendo Kanon? —Milo negó con la cabeza y giró los ojos. —¿Por qué va a ser raro? Ella es una chica, él es un chico; los juntas y…—Su rostro adoptó la expresión lujuriosa que usualmente venía con aquellos temas. —Una alegría al cuerpo no viene mal de vez en cuando. De hecho—volvió a sonreír—, a mi me vendría bien una. Hace mucho que no me divierto un rato. —Al escucharlo, Shura hundió el rostro entre las manos, mientras Aldebarán soltaba una gran carcajada. El escorpión tenía un encanto especial cuando se trataba de esos menesteres. Sin él, su vida sería mucho muy aburrida la mayor parte del tiempo.

A pesar del momento relajado, Bias no se veía ni mínimamente convencido. Al igual que lo hiciese Milo unos segundos antes, meneó la cabeza con desaprobación. Probablemente no se estaba expresando bien, porque nadie estaba entendiendo nada de lo que quería decir. Pero, después de todo, él tampoco era hábil con las palabras. La mitad de las veces, la gente no le entendía. La otra mitad, entendían mal.

—Vamos, Bias. —Aldebarán le palmeó el hombro. —No es algo que deba preocuparte. No hay nada de malo en ello.

—¿Qué hay con el otro chico? El hermano.

—¿Eh? ¿Con el lindo gatito? —El peliazul pestañeó un par de veces, mientras su cerebro intentaba encontrar alguna lógica a la pregunta de Bias. A veces, el marinero solía perderle en la conversación. —¿Qué hay con él?

—Es que… los tres…

—Oh… alto ahí. Alto ahí, chico listo. —Milo ya sabía el rumbo de esa conversación. Para sus adentro, rió. Hubiese matado por ver el rostro de los hermanos al hablar de ello. —No estás implicando que esos dos comparten algo más que el parecido, ¿verdad?

—No lo sé. Quizás…

—No, no, no. —El santo de Tauro negó con énfasis. —Aioria y Aioros nunca… Además, Aioria tiene una novia en nuestro tiempo.

—Una novia capaz de patearle el culo y arrancarle los ojos si se entera que el gatito la engaña.

—Aioria nunca le haría algo así a Marin—Shura recapituló.

—¿Tiene novia? Pensé que ninguno de ustedes la tenía.

—No. —Los tres respondieron a una voz. Intercambiaron miradas, sin estar seguros de que querían coincidir en eso.

—Vaya. —El hombretón hizo una pausa. —¿Es linda?

—Si—El español le respondió—. Es…

Entonces, tuvo que callarse para medir adecuadamente sus palabras. Se llevó la mano a la cabeza y enredó los dedos en las mechas oscuras. Echó un vistazo de soslayo a Milo y a Aldebarán, y les encontró tan meditativos como él. No se sorprendía en lo absoluto que sus pensamientos hubieran llegado a lo mismo.

—Es muy parecida a Aretha.

Muy parecida—Milo refrendó la opinión del toro dorado. Shura solamente alcanzó a soplarse el flequillo.

El marinero los observó con curiosidad, sin estar seguro de que implicaba el comentario. Nadie dijo nada más. No tenía mucho sentido hacerlo.

Sin embargo, el trío de santos tenía algunas preguntas en la cabeza que hasta ese momento ni siquiera habían pensado considerar. Ahora estaban jodidos. Gracias al cabezota marinero, cada vez que el tema surgiera, se quedarían con cara de palo, y ¡ni siquiera había razón para ello! Sin saberlo, maldijeron a la vez. Última vez que hacían conversación con Bias.

-x-

Sus sandalias resbalaron sobre la piedra enmohecida.

De no haber sido por sus reflejos atigrados, Mirra hubiera resbalado y caído escaleras abajo. Sus uñas se clavaron en la pared, deteniendo su caída mientras sus labios dejaban escapar una maldición poco digna de los labios de una princesa. Siempre había odiado los calabozos subterráneos de Troya. Siempre.

Recuperó la compostura con la mayor rapidez que le fue posible y acomodó la capa que le cubría la cabeza antes de continuar su camino. El hecho de que la princesa de Troya se escabullera en las prisiones del palacio era todo un escándalo. Sin embargo, Mirra siempre había manejado bien cada escandalosa situación en que había conseguido meterse. Aunque en esa ocasión, con el mal genio que rondaba a su padre últimamente, no estaba segura de querer contribuir a incrementarlo.

El desagradable olor de las diminutas celdas le golpeó en el rostro, obligándola a arrugar la nariz. Sin embargo, aquella nauseabunda peste no era suficiente para hacerla retroceder sobre sus pasos.

Mientras avanzaba, podía escuchar el lamento con voz de muerte de los hombres y mujeres que se encontraban prisioneros en aquellas catacumbas. Oía los quejidos de los más débiles y las maldiciones de aquellos que aún conservaban las fuerzas para hablar. Un par de manos salió abruptamente de entre las rejas de alguna prisión, e intentó atraparla. Pero sus reflejos fueron más rápidos, consiguiendo esquivar de los dedos alargados y sucios. Tomada por sorpresa, rompió su convicción de no mirar dentro de ninguna celda, sino hasta alcanzar su objetivo. Sus ojos chocaron con el rostro grisáceo de un hombre desconocido. En la mirada que recibió percibió muerte. Los labios del prisionero se abrieron, dejando entrever las encías habitadas por unos pocos dientes podridos. Su voz, sin embargo, nunca se escuchó; solo el gemido de una agonía que pronto habría de terminar.

Mirra, entonces, apuró el paso de nuevo. Tratando de no pensar en nada, controló el vacío en su estómago y siguió su camino hasta que, por fin, tras una caminata que resultó eterna, alcanzó a divisar el final del complejo laberinto de túneles, justo donde estaba su objetivo.

—¿Sigues viva? —preguntó entre susurros. Se aseguró de que su rostro estuviera bien cubierto por la sombra que su capa proveía. Su identidad, para la prisionera, debía permanecer como un misterio.

—Me temo que si. —La otra vez sonó hueca, moribunda.

—Aún no es tu tiempo.

—Los dioses no me dejarán morir… mi padre me impedirá hacerlo. —Le respondieron—. Agravié su nombre son mi debilidad y este es el castigo que merezco.

—Ares se regocija en la muerte, reina.

—Te he dicho que no llames así. Ya no soy más una reina. —Hipólita respondió. Por un momento, el tono severo de su voz le hizo olvidar que, dentro de aquella celda, yacía una mujer poderosa en desgracia. Mirra guardó silencio. —Soy una guerrera destruida, indigna de llamarme amazona. Estas muertes no complacen a mi padre, solo le avergüenzan.

—Entonces, piénsalo bien, reina. Ares querría que el motivo de sus vergüenzas desapareciera. Jamás te mantendría con vida.

—Me castiga.

—Quizás es otro dios el que cuida de tu alma. —Esta vez, no obtuvo réplica—. Te traje algo.

Sacó de entre sus ropas un pequeño bolso de tela, que escabulló entre los barrotes, y un pequeño odre que tendió a la mujer cautiva.

Con una desesperación indigna de ella, Hipólita retiró el tapón del pellejo y se llevó la boquilla a los labios. Bebió, como si el agua limpia fuera a desaparecer en cualquier instante. Su sabor, ligeramente amargo debido al envase de piel que le contenía, le supo tan agradable, como los mejores vinos que había probado. Después, abrió el otro envoltorio y sacó una hogaza de pan, que devoró con una ansiedad mal sana.

Mirra, mientras tanto, la observaba en silencio, desde el lado opuesto de la celda. Podía imaginársela, vestida de gloria y rebosante de poder, con un imperio a sus pies y el sostén de un dios impresionante como Ares.

Pero ahora, la reina amazona no tenía nada.

Su imperio había caído y las bondades de su padre la habían abandonado. Encerrada en aquel agujero olvidado por los dioses, Hipólita no era dueña ni de su propio destino.

—¿Por qué haces esto? —Oyó a la amazona preguntarle. —¿Acaso eres una traidora de tu pueblo?

—Troya es mi madre. —"Y el rey, es mi padre"—. Nunca traicionaría a la ciudad que me vio nacer.

—¿Entonces?

—Siento lástima por ti y por las tuyas.

—No queremos lástima.

—Pero es todo lo que tienen.

Supo que sus palabras había golpeado tan fuerte como bofetadas en el orgullo de la amazona. Sin embargo, lo que fuera que pasara por la mente de Hipólita, se lo calló muy bien. Sabía que, aunque su dignidad agonizara, tomaría las pequeñas oportunidades que le diera. Con toda la desgracia que pudiera caerle encima, mantener la vida era un premio para la antigua reina… una oportunidad, de algún día, vengar cada afrenta vivida.

Cada herida en su cuerpo, y cada herida de su alma, serían vengadas con creces. Las vejaciones, las lágrimas, el despojo de su dignidad, todo alimentaba la rabia incesante que crecía en su interior. Lo único que la mantenía con vida, era el deseo de destruir a todo aquel que le había hecho daño. Desharía de aquel presente lleno de humillación, hasta convertirlo en un pasado que nadie recordaría.

Una punzada de dolor recorrió su vientre, obligándola a encogerse. El dolor había sido profundo, intenso y súbito. Por mucho que luchó por controlarle, no pudo hacerlo, y la princesa troyana no tardó en notar el gesto desencajado en su rostro.

—Hay una mujer entre nosotros, una curandera de tu pueblo—dijo—. Va bajo el nombre de Ersila, y se hace cargo de la oráculo.

—¿La pitonisa aún vive?

—Es más fuerte de lo que cualquiera creería. —Para su interior, se guardó una sonrisa al escuchar su gruñido. Nadie daba crédito a que un ser tan frágil como Phineas, fuera capaz de bajar a mismo Infierno y sobrevivir. —Pero escúchame, reina. Puedo traer a la curandera. Puede hacerse cargo de tus heridas y cuidarte. —Por un instante, no recibió respuesta. Incluso, pensó que su oferta estaba siendo rechazada. Así que se puso en pie y se dispuso a volver. Pero solo había avanzado un par de pasos cuando la voz de la reina volvió a atrapar su atención, obligándola a detenerse y a voltear.

—¿Por qué haces esto? ¿Por qué me ayudas?

La pregunta, a pesar de su insistencia, quedaría sin respuesta. Mirra no estaba dispuesta a entregar más información de la necesaria. Todo lo que Hipólita necesitaba saber era que tendría su apoyo… al menos por el tiempo que pensara suficiente.

—Traeré a la curandera en mi siguiente visita—respondió.

Y, con pasos ligeros y rápidos, desapareció de ahí.

-x-

Nestor y Herse caminaban lo más rápido posible detrás de su diosa. Athena iba por delante, dictando el paso, con la frente en alto y el rostro inexpresivo como el de una estatua. Llevaba la melena oscura recogida en una trenza y el peplo largo de tela teñida en amarillo que tanto le gustaba. Caminaba como solía hacerlo siempre, como era digno de ella: erguida y con los ojos al frente. En la mano derecha llevaba a Niké. En la izquierda, protegida contra su pecho, sostenía la última urna bendecida con su sangre.

Giró en numerosas ocasiones a través de los intrincados pasillos. A la izquierda, a la derecha, y de nuevo a la derecha, perfectamente consciente de cada rincón del templo que le pertenecía. Su objetivo era claro y, solo cuando se encontró frente a la puerta de la habitación que buscaba, se detuvo.

—¿Shion? —llamó.

El lemuriano abrió la puerta lentamente, constatando que el oído no le engañaba. Al encontrarse directamente con los ojos de su diosa, se apartó para invitarla a pasar.

—¿Estás lista?

—Todo está preparado.

—¿Estás segura de esto? —insistió—. Toda vez que demos el primer paso, no habrá marcha atrás.

—Lo sé. Tengo fe en lo que hacemos, así que no temas. —Después, giró hacia sus espaldas, en busca del rostro de su general. —¿Tus hombres están aquí?

—Esperan por ti, señora. —Ella asintió.

—Es hora de irnos, Shion. Néstor, Herse, les confío a mi gente y mi templo. Hagan lo que sea necesario para protegerlo si llega a ser necesario; en especial a Ares. —Miró al dios dormido que descansaba en el lecho—. Desconozco que tan rápido viajarán las noticias de la misión que estamos a punto de emprender, pero tengan cuidado. Nunca bajen la guardia.

—Estaremos atentos.

—Son ustedes los que deben cuidarse y extremar precauciones, señora—dijo Herse—. Esperaremos su regreso con bien.

Athena trató de reconfortarla posando la mano sobre su hombro, pero para la sacerdotisa hacía falta mucho más que eso para sentirse tranquila. Comprendía los riesgos que implicaban para diosa y santo, y por eso mismo, solo podría respirar en paz al verlos regresar… exactamente como le sucedía con el resto de los jóvenes viajeros.

Llevaba semanas rezando por ellos cada noche, pero era como si los dioses se negaran a escucharla. Las noticias que llegaban no era muchas, e incluso peor, nunca eran buenas. Así que ahora no solo tenía que sufrir su ausencia, sino también debía soportar con estoicismos la partida de su diosa y de Shion, a quien había aprendido a querer en tan poco tiempo. Era un hombre bueno, justo como los otros, repleto de anécdotas, de experiencias y, por sobre todo, de sabiduría. Después de todo lo que los chicos estaban sufriendo en las lejanías, esperaba que al encontrar a Shion a su regreso, encontraran también un remanso de paz y de alegría que tanto les hacía falta.

Las penas ya eran muchas y, si algo acontecía al antiguo santo de Aries, solo podía imaginar el debacle emocional que aquello significaría para todos ellos. Por lo poco que sabía, el viejo maestro era como un padre para todos ellos y un hermano para Dohko, en quien había estado pensando todo ese tiempo.

Cerró los ojos por un breve instante. Su mente, incordiada por pensamientos impropios para ella, debía concentrarse en temas realmente importantes, como el presente que estaban a punto de enfrentar.

—Regresen con bien—dijo, por una última vez. Sus plegarias les acompañarían a cada paso.

—La victoria será suya, princesa.

Athena hubiera querido compartir el entusiasmo de Néstor, pero simplemente no podía. Independientemente de lo que sucediera esa noche, el futuro no brillaba con esperanza. Se desharía de Afrodita, pero el Olimpo entero se volvería en su contra. La victoria sería, a la vez, una maldición.

—¿Nos vamos? —Shion insistió. Ella le confirmó sus intenciones.

Unos momentos más tarde, desaparecieron de ahí. Solo la sacerdotisa y el general quedaron detrás, vigilando al dios que dormía. Su amante habría de unirse pronto a él. En un bizarro capricho del destino, incuso en la derrota, estarían juntos.

-x-

La doncella corrió escaleras abajo, con toda la prisa que sus piernas le permitían. Se detuvo solo un instante, en busca de un poco de aire para sus pulmones. Sin embargo, casi de inmediato, retomó su camino.

—¡Abran paso! —espetó a los guardias que resguardaban la entrada al megarón y, con pasos presurosos recorrió el largo camino hasta donde se encontraba su rey. Cuando llegó a los pies de Periandro, se dejó caer al piso y agachó la mirada, ofreciendo sus respetos. Solo cuando el troyano le indicó que levantara el rostro, lo hizo. —Está sucediendo de nuevo, mi señor.

Los hombres que acompañaban al rey voltearon sus miradas sobre ella, incrédulos ante la inapropiada interrupción de una sierva. Periandro, sin embargo, no lucía sorprendido, ni tampoco se inmutó. Hizo una señal a sus consejeros y a sus acompañantes, para ser dejado en soledad con la mujer.

Nadie se atrevió a desobedecer o a cuestionar la orden de su monarca. Todos desaparecieron tan rápido como ella había llegado.

—¿De qué hablas? —preguntó al fin, cuando supo que estaban solos.

—Phineas…—dijo ella, solo para retractarse un segundo después—. El oráculo, señor, habla.

—Ven conmigo.

Con grandes zancadas, el rey de Troya abandonó el salón, con la esclava y su guardia personal a sus espaldas. Su rostro se había tensado y su respiración se había tornado pesada. La espera de las noticias había sido larga. Había destruido una ciudad por aquella mujer y los vaticinios surgidos de sus labios no eran suficientes para pagar el precio de la sangre derramada.

—¿Qué ha dicho?

—Yo no…

—¡¿Qué ha dicho?! —rugió el rey.

—Llora, Alteza. Chilla de dolor—La doncella habló apresuradamente—. Habla de guerra, como siempre desde su llegada. Habla sobre dioses que sangran y mueren, y sobre espíritus mortales que viven para siempre.

—Son incoherencias—masculló Periandro—. ¿Las has dejado sola?

—No, mi señor. La princesa Mirra se ha quedado a su lado. Ella me envió por ti.

El rey no respondió, ni preguntó más. Simplemente caminó tan rápido como podía, sin delatar su apuro.

A su lado, la doncella guardó silencio también. Ignoraba como funcionaba el mundo de los reyes y de los dioses, pero estaba segura de algo: no envidiaba a Phineas, atrapada entre ambos bandos.

-x-

—Hemos llegado—anunció Athena.

Shion abrió los ojos de par en par, tan maravillado como embelesado con el escenario que le rodeaba.

A su mente, llegaron todas las descripciones del Olimpo que había leído a lo largo de su vida. Recordaba un par de ellas que le encantaban y a las que ahora encontraba cortas respecto a lo que veía. Recordó algunas otras, que en su momento fueron menos trascendentes, pero con detalles pequeños que las hacían dignas de ser recordadas. Ellas tampoco hacían justicia de la realidad.

Las comparaciones fueron imposibles de esquivar, y rápidamente llegó a la conclusión de que la belleza que tenía ante sus ojos era una que las mentes mortales apenas llegarían a imaginar… mucho menos a describir.

Por supuesto, Shion había aparecido en el rincón más bello de la montaña de los dioses. Estaba ahí, donde Afrodita moraba. Ahí, donde el arcoíris se dibujaba bajo sus pies, en la forma de miles de flores multicolores, donde el aire se impregnaba de la esencia dulce de su aroma. El viento que soplaba era fresco, dulce y benévolo con los sentidos. Lo sentía acariciándole el rostro, en un agradable contraste con la calidez del Sol que se ocultaba. Los rayos dorados caían sobre cada rincón, convirtiendo todo aquello que tocaban en una visión del oro más fino.

Las estatuas de las fuentes parecían monumentos esculpidos en el metal precioso. Las formas humanas eran peligrosamente perfectas, con expresiones tan reales que uno podía ver en ellas a hombres y mujeres encerrados en mármol. El agua que brotaba cantaba una sinfonía de tranquilidad, un sonido dulce en medio de un silencio estremecedor. El olor a tierra mojada llegó a él, transportándole a años que habían quedado perdidos en largo pasado.

Una larga stoa mostraba el camino a seguir. Gruesas lianas de enredaderas repletas de flores caían a ambos lados del camino. Frutos que Shion jamás había visto colgaban también de ellas, tentándole a probar, distrayéndole del turbio motivo de su visita. El Sol había quedado a sus espaldas y, a lo lejos, veía la cumbre cubierta de oro de las montañas que protegían al gran valle. Decenas de hilos dorados se perdían entre ellas y caían al vacío, trazando arcoíris tan grandes como los que no había visto jamás. Dedujo que eran los ríos que inundaban de vida a un paraje tan hermoso como aquel.

El chillido de las águilas, aves consagradas a Zeus, le hizo levantar la mirada. Sobrevolaban sobre sus cabezas, vigilantes de cada movimiento de los recién llegados, atentos a cada paso que daban. Fue entonces que Shion abandonó el mundo de sueños fugaces en el que se había perdido. Los dioses le observaban, siempre lo hacían. Volvió a centrar los pies en la importante misión que les había conducido hasta ahí. Llevó los ojos al frente y, al fin, lo vio frente a ellos: el palacio de Afrodita.

—Es intoxicante, ¿cierto? —La voz de su princesa le hizo respingarse. Los lunares de su frente se levantaron, ante la posibilidad de que ella le hubiese estado observando todo ese tiempo, absorto en la belleza a su alrededor.

—Lo es.

—Pues ella lo es más.

—Su fama la precede, princesa.

—Es peor que eso. Es…—suspiró. Las palabras adecuadas no acudieron a ella—. Solo terminemos con esto de una vez.

—Athena, lo que vendrá después…

—Deja eso en mis manos. Si he de dar explicaciones, lo haré, y lidiaré con quienes se opongan. Por lo pronto, esta es la decisión correcta. —Se detuvo y buscó la mirada rosácea de su Patriarca. —Lo sabes, ¿verdad?

Shion asintió; lo sabía, lo comprendía y seguiría adelante con ello, aún si constituyera una locura. La determinación en su mirada debió disipar todas las dudas de Athena, porque la diosa esbozó una sonrisa diminuta.

Sus manos se aferraron aún más a la urna que sostenía. Aquel pequeño tesoro sería lo que definiera su éxito, o su fracaso.

Todo dependía de ello.

-x-

Tal como Shion esperaba, no hubo un solo obstáculo en el templo de Afrodita. No había guardias, no había trampas. La diosa se sentía segura dentro de sus dominios y eso jugaba a favor de ellos ahora.

Le había sorprendido lo grande y espacioso del palacio de la diosa, lleno de corredores al aire libre y de jardines interiores en los que crecían las plantas más hermosas del mundo. No había nada ahí adentro que no estuviera dedicado a la belleza. Estatuas, lienzos, cortinas… todo estaba planeando para deleitar a los ojos. No lo dijo, pero la idea de destruir tanta perfección al calor de la batalla, le trajo sentimientos encontrados.

Caminaron varios minutos a solas, sin nada que los perturbarse. Sin embargo, la paz era delicada y ellos estaban a punto de confirmarlo.

—Señora Athena. —El llamado a la diosa de la sabiduría hizo que ambos se detuvieran. Al voltear, encontraron los ojos de una de las Gracia sobre ellos. —No esperábamos visitas.

Diosa y santo intercambiaron miradas. Sus rostros, inmutables y perfectos, no dejaban escapar ninguno de sus pensamientos. Con la llegada de Talía, arribaba también el inicio de la guerra que buscaban. No habría más demoras. Todo empezaba ahí.

—No somos visitas—la diosa le respondió.

Una onda expansiva de su cosmos centelló en el templo, golpeando con toda su fuerza el cuerpo de la Gracia. Lo repentino del ataque no le dio tiempo de reacción. Sin que pudiera hacer nada, el poder de la diosa la dejó inconsciente en un parpadeo.

Pero, apenas el cuerpo de la mujer había tocado el piso, escucharon el resuello de un grito ahogado a sus espaldas.

Shion volteó tan rápido como pudo. Divisó a la segunda de las Cárites tan perpleja como asustada del espectáculo que acaba de presenciar. Una decena de destellos dorados surgieron del Patriarca, flotando alrededor de su presa, listos para atacarle. Aglaya trató de huir. Corrió en dirección opuesta, sin ningún éxito. Las esferas de energía del lemuariano se convulsionaron y atacaron. Un instante más tarde, la Gracia cayó también.

—¡Deténganse!

—¡Muro de Cristal! —Apenas Shion se había girado, el nuevo ataque golpeó contra su máxima técnica defensiva. Cuando el resplandor del choque de energías desapareció, Athena y Shion divisaron el rostro de su contrincante. Aquel par de hipnotizantes ojos esmeralda se fijaron en ellos, con odio desmedido.

—Afrodita—Athena musitó su nombre. La mirada grisácea se afiló, mientras sus manos entregaban el cofre al lemuriano. Esa batalla era suya.

—¡¿Qué significa esto, Athena?! —demandó respuestas. Lo último que esperaba era aquella intromisión en medio de la noche. Mucho menos en el plan agresivo en que Athena y su guerrero se presentaban.

—Esto acaba hoy.

—¿Qué…?

La diosa de la sapiencia no iba a darle tiempo de mucho. Afrodita no alcanzó a defenderse cuando la cosmoenergía de Athena impactó contra ella. El golpe había llegado como un centella: salvaje, impulsivo y traicionero.

El quejido de la otra deidad llegó a los oídos de Shion, asiéndole entrecerrar los ojos. Athena nunca la dejaría ir, no mientras constituyera un peligro para todos a los que ella quería. Y, para mala suerte de Afrodita, había dejado muy en claro sus intenciones desde el primer momento.

El segundo ataque de la morena no tardó en llegar. Hizo estallar su cosmos, envolviendo sus manos con el mismo. Se abalanzó sobre Afrodita y la impactó con ambos puños. Afrodita cayó sobre sus rodillas con el aire escaseando en sus pulmones. Levantó la mirada en el instante en que Athena volvía a cargar en su contra. En un desesperado intento de defenderse, invocó a su energía para convertirse en una tormenta de pétalos. El cosmos de Athena estalló en el aire mientras sus ojos buscaban por su contrincante. Al encontrarla, fue tras ella, dispuesta a terminar de una vez por todas con lo que había comenzado. Sin embargo, en el instante en que levantó la mano para asestar el siguiente golpe, fue detenida.

Una enredadera de espinas se había enroscado alrededor de su muñeca. Las espinas se clavaban en su piel, haciendo brotar gotas de sangre con cada esfuerzo que Athena hacía por liberarse.

—¡Afrodita! —Efrosine llamó el nombre de su señora. Sus manos se habían cubierto de hojas y sus dedos, se habían convertido en las lianas que sometían a la diosa de la guerra.

—¡Eurosine, vete de aquí! —Pero la confusión que causó en su Gracia fue tanta, que apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Shion salió al auxilio de su princesa.

Aulló de dolor cuando el cosmos del lemuriano hizo pedazos sus brazos. La savia, de un verde intenso, cayó al piso en forma de gotas que se tornaron escarlatas. Las lianas desaparecieron, mientras los brazos de la Cárite regresaron a su forma original. Varias líneas de sangre se dibujaron a lo largo de ellos, donde la carne se había abierto por la fuerza de la explosión. Sus rodillas golpearon el piso. Tragándose el dolor, levantó la vista, nublado por el reciente ataque.

Frente a ella, la silueta del lemuriano se plantó. Shion se aseguró de posicionarse justo entre la mujer caída y su diosa. Su mirada estaba serena, pero rebosaba determinación. La batalla era entre Athena y Afrodita, y él se aseguraría de que nadie interviniera.

—Escucha a tu diosa y márchate de este sitio—dijo—. Toma a tus hermanas y vete de aquí. Este sitio no es lugar para ustedes.

—Tú peleas por tu diosa, yo hago lo mismo por la mía.

—Es admirable, pero por hoy has terminado.

Extendió la mano hacia ella. En el centro de su palma se iluminó con un punto de cosmos dorado. El resplandor con que su energía brilló despidió una luz tan intensa, que cegó la vista de los que ahí estaban.

Afrodita apartó la vista, esperando lo peor. Sus Gracias habían sido las únicas compañeras de su inmortal existencia y los tres únicos seres de su absoluta confianza.

Cuando el resplandor cedió, abrió los ojos lentamente. Esperó encontrarse con el más nefasto de los escenarios, pero pronto se encontró con que estaba equivocada. Abrió los ojos de par en par y buscó el rostro del Patriarca. Su mirada esmeralda hizo las preguntas por ella. Sus Gracias habían desaparecido.

—Están lejos de aquí—Shion le respondió al leer el desconcierto en su rostro—. Estarán bien, mientras se mantengan a distancia.

—No estamos tras ellas—Athena terció—. Ellas no son mi enemigo.

—¿Vas a darme un sermón ahora acerca de enemigos y daños colaterales? —siseó, con la rabia de la impotencia y el deseo ferviente de que todo terminara.

—No, no voy a hacerlo. Nunca me gustaste, pero tampoco te consideré mi enemiga jamás, Afrodita. —La vio ponerse en pie, lentamente, a tropezones, y se lo permitió. Con todos los errores que pudiera tener, Afrodita era una diosa como ella. Le daría la oportunidad de levantarse de sus rodillas. —Pero has jugado con mis santos, has atentado contra ellos…

—No atenté contra nadie. Mi único deseo es liberar a Ares. ¡Es un dios, como tú y como yo, Athena! —exclamó—. ¡No tienes ningún derecho a humillarle!

—Podrá ser como tú, pero no es como yo. Somos diferentes.

—Eso es lo que quieres creer. —La vibrante mirada de la diosa del amor, se oscureció.

El peligro enfrentando con valentía por sus jóvenes Gracias infundió fuerzas en ella. No era una guerrera, ni tenía un poderío comparado con el de Athena. Pero era una diosa y, como tal, habría de luchar hasta las últimas consecuencias.

Por un segundo, el dolor desapareció y la debilidad pareció efímera. Sus movimientos cobraron nuevos bríos. Su fuerza se compensó con velocidad. Más ligera que la diosa de la guerra, atacó. Esquivó el ataque de Athena convirtiéndose en pétalos que volaron por el aire. La confusión de la morena fue evidente y, cuando Afrodita recuperó su forma detrás de ella y la golpeó con su cosmos por la espalda, la sorpresa fue aún mayor.

—¡No vas a insultarme más! —gritó Afrodita, furiosa.

Athena retrocedió un par de pasos. Giró tan rápido como pudo y detuvo el siguiente embate con un contraataque de cosmos. El instante en que ambas energías chocaron, el templo completo tembló bajo su poder. Su luz iluminó la estancia, con tanta fuerza como la luz del Sol. Los pesados pendones escarlata de los muros cayeron, hechos pedazos en medio de la marea de destrucción. Las estatuas del pasillo se deshicieron como polvo arrastrado por el vendaval y sus trozos se esparcieron por todo el lugar.

Shion se cubrió el rostro con el antebrazo, mientras su cosmos surgió tímidamente para rodearlo y protegerle de cualquier estallido. Miró con atención, esperando no tener que intervenir.

Ambas diosas eran poderosas, como se esperaba de los Olímpicos. Y, si tenía que admitirlo, diría que la castaña no iba a rendirse con facilidad. Pero Athena era la diosa de la guerra y de la estrategia. El lemuriano estaba seguro que no había llegado ahí pensando que todo sería excepcionalmente sencillo.

En ese preciso instante, el forcejeo de energías terminó. El poder de Athena resultó insufrible para Afrodita quien, usando de nuevo su capacidad de desaparecer, volvió a escabullirse. La lluvia de pétalos revoloteó por todo el lugar, confundiendo a la diosa pelinegra. Pero el engaño no se sostuvo por demasiado tiempo. Con una nueva explosión de cosmoenergía, Athena cazó a su contrincante.

Cientos de rayos salieron de su cuerpo, electrificando el ambiente a su alrededor. Las flores se marchitaron al contacto con la energía agresiva. En medio del chisporroteo de la electricidad, lo que comenzó como un eco, se transformó en un grito de dolor. Instantes después, el cuerpo de la diosa golpeó contra el piso de mármol.

Athena se acercó a ella con pasos medidos y una tortuosa lentitud. La diosa del amor levantó la mirada, clavándola cual daga en el cuerpo de su hermana.

—Estás cometiendo un error.

—Quizás, pero será uno más grande si te dejo ir—Athena replicó.

Afrodita intentó pillar por sorpresa al atacar sus pies. Pero los movimientos de Athena fueron más rápidos en esta ocasión. No solo retrocedió un par de pasos, alejándose del peligro, sino que aprovechó para atacar de inmediato.

Rodando hacia un lado, la otra deidad esquivó el contragolpe. Pero apenas alcanzó a moverse, cuando la fuerza de la diosa de la guerra hizo mella otra vez en ella. Se quejó cuando sus costillas crujieron con la fuerza del golpe. Se llevó las manos al torso y protegió sus heridas. Se encogió sobre si misma.

Pensándola vencida, Athena volvió a aproximarse. Pero lo que no esperaba era que, al estar lo suficientemente cerca, la diosa del amor volvió a controlar su destino.

—No será tan fácil. —Pateó sus piernas, haciéndola trastabillar. Athena cayó sobre sus rodillas y solo pudo observar cuando el puño de Afrodita golpeó su rostro, abriendo una herida diminuta en su labio. —¡También soy una diosa! ¡Me debes respeto!

El dolor le carcomía a cada movimiento. Pero, para Afrodita, su voluntad de sobreponerse a la adversidad era todavía más fuerte. Así que aprovechó aquella pizca de debilidad de su oponente y, retrocediendo dos pasos, lanzó cientos de flores multicolores, tan afiladas como navajas contra ella.

Los cortes en su piel hicieron que Athena apretara los dientes. Los pétalos revolotearon a su alrededor, abriendo su piel, desgarrándola, regando su sangre. En un parpadeo, la inercia de la batalla había cambiado. Afrodita parecía al mando y ella estaba atrapada. Confundida, llevó su mirada hacia su Patriarca. Shion lucía ansioso por involucrarse, casi desesperado por intervenir. Sin embargo, ella misma sacudió la cabeza, solicitándole que no lo hiciera. Fue así como supo que, si quería ganar, lo haría ella misma. Lo había dicho antes, y se reafirmaba: esa era su batalla.

—No más juegos. —Se dijo. Y se cumpliría a si misma.

Todo ese deseo de salvar a sus chicos, de protegerlos, estalló en su interior. Su cosmos se revolvió, como un tornado alrededor de ella. Las flores de Afrodita quedaron atrapadas en las ráfagas de energía ardiente. Se disolvieron, una a una, hasta que no quedo nada de ellas.

La castaña, mientras tanto, observó el espectáculo, impávida. Vio como la fuerza de Athena devorada a su cosmos, volviéndolo nada. De pronto, se sintió asustada.

Pero antes de que pudiera siquiera moverse, el tornado la atrapó también. Se cubrió con sus propias manos, más no pudo detener el daño. El aire caliente comenzó a asfixiarla. La piel le ardía, castigada por el cosmos de Athena. Quiso escapar, pero era demasiado tarde. El cosmos enemigo no la dejaría. Parecía alimentarse de su propia vida, absorbiendo cada respiro de ella. Pronto, se encontró inmóvil, incapaz de respirar por momentos. Estaba sometida y, de algún modo, sabía que no podría liberarse en esa ocasión.

—Debiste mantenerte al margen. —Los pasos de Athena resonaron en medio del súbito que silencio que se apoderó del templo. Detrás de ella, Shion mantuvo su atención en ambas diosas. —Nunca fuiste mi enemiga, a pesar de que nuestra relación siempre ha sido tirante. Pero te has involucrado en asuntos que no te competen y ahora, tengo que detenerte.

—Mi único deseo era proteger a uno de los míos.

—Después de encandilar a uno de mis santos, para rendirlo ante tu voluntad. Jugaste con él, ¿para qué? ¿Sólo por qué era divertido?

—No era un juego para mi—musitó, sintiendo como las palabras ardían en la punta de su lengua.

—Entonces, ¿qué era? ¿Lealtades divididas? Tú por encima de todos, eras consciente de lo que Ares significaba para Saga. —Hizo una pausa, en la que su mirada se cruzó fugazmente con la de Shion, reconociendo el dolor en sus ojos. —La muerte.

El silencio se cernió entre los tres, mientras los ojos de Afrodita permanecían clavados en los de Athena. Ella nunca entendería todo lo que cruzaba por su mente, y podría ser solamente una burla, pero para la diosa del amor, tener el corazón dividido entre ambos era mucho más real de lo que cualquiera pudiera comprender.

Estaba decidida a no bajar la mirada, a soportar todos los juicios que la morena quisiera echarle encima. El final no estaba lejos, lo presentía. Solo quería que todo terminara.

Athena y Shion intercambiaron miradas. El cosmos de ambos ardió con fuerzas renovadas. El aura dorada que envolvió a Shion le proveyó también de un aire magistral, digno del santo más poderoso de todos. Afrodita permaneció ahí, mirándole con una mórbida fascinación. En todos esos hombres había algo increíblemente hechizante, un aura tan mortífera, como hermosa que los rodeaba en momentos vibrantes como aquel.

El cosmos del lemuriano estalló con tanta fuerza, que su poder la golpeó. El brillo de la energía la cegó momentáneamente y la obligó a retirar la mirada de él.

Fue entonces que reparó en las gotas de sangre que cayeron junto a ella. Siguió el rastro, solo para encontrarse con las muñecas heridas de Athena. Observó como impregnaba los dedos con su propia sangre y, poco después, sintió el toque cálido y ensangrentado sobre su frente.

—¿Qué haces? —Entrecerró los ojos, disgustada, y escuchó el murmullo de la voz de su hermana entre el revuelo que era su cabeza.

—Se terminó. —La oyó decir.

—¡Marcha de espíritus! —Shion convocó su técnica.

El calor de las energías se desvaneció. Un súbito escalofrío hizo mella en la diosa del amor, mientras el frío viento que arrastraba a los muertos, golpeaba contra su cara. Los vio levantarse, uno a uno, en medio de la oscuridad. Sus gestos repletos de dolor y sus gritos desesperados le erizaron la piel. Los muertos habían llegado por ella.

La fría y áspera piel de los cadáveres se enrolló en sus manos y piernas. Gritó. Pero, incluso su poder de diosa no le ayudó a resistirles. Sus movimientos estaban restringidos. Su cosmos resultaba imposible de convocar. Estaba completamente sometida a ellos y no tenía idea de cómo aquello había sucedido. ¿En qué momento lo había echado todo a perder?

—¡Athena! —pronunció su nombre una última vez, más la otra no le respondió.

Sus ojos despedían ira y miedo, lo sabía. Pero a esas alturas, ya no le importaba. Solo deseaba que esa mirada de despedida quedara grabada para siempre en la mente de su hermana. Ella solo podía prometer venganza.; por ella, por Ares, por sus Gracias y por los dioses. Cuando el tiempo fuera el correcto y tuviera una nueva oportunidad, regresaría.

—Princesa… —Shion llamó a Athena. La mirada que le dirigió lo dijo todo: "Está listo".

En ese preciso instante, Afrodita sintió como algo dentro de su pecho se rompía, rasgando su interior. Su alma se desprendió de su cuerpo. Por un segundo, el dolor fue insoportable. Después, perdió el conocimiento. Su cuerpo quedó tendido: vacío y sumido en un profundo sueño del que no podría despertar. Mientras, su espíritu inmortal se debatía en las garras de los muertos, quienes deseaban convertirla en una más de ellos.

Sin embargo, cuando las manos de la muerte se cernieron a su alrededor sin intención alguna de dejarla ir, el resplandor de la urna de Athena apareció.

La brillante luz espantó a las almas de la oscuridad. En cambio, el espíritu divino de la Afrodita fue atraído hacia él. El alma cristalina danzó a su alrededor, como una luciérnaga atraída por el resplandor, hasta que la fuerza del contenido lo absorbió a su interior.

Sometida por el poder de Athena, el alma de Afrodita perdió su vigor. La vibrante energía que expedía se extinguió, mientras el cofre en el que permanecería atrapada se cerraba lentamente en las manos de la diosa ganadora. Cuando, por fin, la morena colocó el sello de su sangre sobre la urna, toda esperanza había muerto para la diosa del amor.

Por instinto, la joven deidad llevó aquel invaluable tesoro contra su pecho. Su corazón latía fuera de control y las manos le temblaban. Ignoraba si era cansancio, ansiedad, o el simple presentimiento de las dificultades que se avecinaban sobre ellos. Luchó por controlarse, a como diera a lugar; a final de cuentas, eran buenas noticias. Por muy oscuro que pudiera pintar el panorama a partir de entonces, ella necesitaba reconocer ese momento como una pequeña victoria. Se lo repetiría hasta el cansancio: había hecho lo correcto.

"Está hecho."

-x-

Shion tomó en sus manos el cofre que su señora sostenía, asegurándose que el sello de sangre permaneciera en su lugar. La urna centelló una última vez, aún impregnada de los colosales cosmos de la batalla, hasta que todo rastro de energía se esfumó, y los preciosos diseños que el mismísimo Hefesto había creado en ella, volvieron a ser el único adorno en su superficie. Cuando su luz se apagó y el metal volvió a ser lo que era, el lemuriano se permitió respirar. Con Afrodita fuera del camino, tendrían un respiro con todo lo referente a Ares.

—¿Estás bien, princesa? —Notó el temblor de inmediato.

—Si. Solo estoy cansada.

—Tómate un minuto. Después, volveremos a Atenas. —El Patriarca le dijo y ella asintió, incapaz de hacer cualquier otra cosa.

—Lo conseguimos—musitó.

—Así es. —Shion se esforzó por obsequiarle una sonrisa. Ella podía ser una diosa, pero él no había vivido más de doscientos años sin aprender a conocer a quienes les rodeaban. Athena dudaba. —Te has hecho daño. —La diosa negó, menospreciando las heridas que cubrían su cuerpo. Ante el fragor de la batalla, su cuerpo entero estaba entumecido.

—No es nada.

—Volvamos, Athena.

Pero, antes de que pudieran abandonar el Olimpo, una centella de luz se coló por el corredor, estallando frente a ellos y dando lugar a la regia figura de otro dios. Shion y Athena se detuvieron para fijar su atención en el recién llegado.

Conforme el resplandor y la bruma cedían, la identidad de Poseidón quedó al descubierto.

Para sus adentros, Athena maldijo. Apretó los dientes y se compuso del mejor modo posible. Ciertamente estaba exhausta, pero su orgullo de diosa le impedía demostrarlo. Además, mostrar debilidad era un error gigantesco entre ellos. A la más minima muestra de debilidad, los dioses aprovecharían para tratar de someterla… especialmente él. Poseidón había sido su aliado hasta ese momento, pero no quería imaginarlo como su enemigo. Tenía que ser cuidadosa.

—Athena. —La intimidante mirada de su tío recayó sobre ella, ante lo que se mantuvo estoica. Se aseguró de plantearse entre el dios y Shion, con la intención de que su propio cuerpo resguardara la urna por la que tanto habían luchado y que su Patriarca sostenía con todas sus fuerzas.

—Poseidón.

—¿Qué has hecho? —Y la pregunta era simple retórica. Bastaba mirar a sus ojos para descubrir todo lo que él sabía. Era suficiente con resentir el hastío en su mirada para caer en cuenta de que, ahora, les veía como un peligro.

—Peleo mis guerras.

—A costa de nosotros.

—A costa de quien decida ser mi enemigo.

—Somos dioses, Athena. Los mortales no deberían amenazarnos. —Dirigió su mirada hacia el peliverde. Aquel hombre desconocido había sido artífice de las dos intervenciones de la morena en contra de la divinidad de sus hermanos. Tendría que mantenerlo bajo una vigilancia estricta.

—Los mortales nos amenazarán si no sabemos comportarnos como dioses—continuó—. Un dios no puede ser tocado por ellos.

—Habrás visto que estás equivocado. —Su voz exudó reto, su mirada era salvaje.

El peliazul extendió el brazo hacia la joven diosa, demandando el cofre que mantenía sellada a Afrodita. Solo obtuvo una negación rotunda de su parte. Athena no tenía intención alguna de entregarle su futuro. Había luchado salvajemente por ello, y no renunciaría.

Hizo una señal a Shion para que se mantuviera firme y lejos del señor de los mares. Lo último que podían hacer era ceder.

—Ella es mía—replicó—. Cuando esto haya terminado y mis santos estén de regreso en su época, ella será libre. Será igual con Ares.

—Esto no puede seguir.

—Terminará aquí, si así lo desean. Mientras mis guerreros estén a salvo, te aseguro que no volverás a escuchar de mi.

—Athena—el mayor habló con seriedad—, esto no es un juego. Algún día cada acción regresará en tu contra. Recuerda este momento cuando eso suceda.

Ella no iba a responder a sus provocaciones. Si habría de lamentarlo, o no, no era motivo de preocupación en ese momento. Por ahora confiaba en haber hecho lo correcto, y eso nadie iba a quitárselo.

—¿Vas a detenerme? —La diosa insistió. Si Poseidón se lo permitía, saldría volando de ahí a la brevedad.

—Quiero la urna.

—No puedes tenerla. No hoy.

—Zeus sabrá de esto—amenazó una vez más. Athena no esperaba que hiciera nada distinto.

—Has lo que debas hacer. Yo haré lo mismo. —Inclinó el rostro, como un reverencia protocolaria. A pesar de todo, siendo su tío y parte de la tríada de dioses reyes, le debía cierto respeto. —Shion, nos vamos.

El lemuriano asintió e, imitándola, se retiró junto con ella, tras una brevísima reverencia al señor de las profundidades.

En el lugar, Poseidón se quedó solo con sus pensamientos. Reprobaba a todos en aquel bizarro juego que su hermano había permitido y respaldaba. Sin embargo, temía que fuera precisamente Athena quien revelara el secreto mejor guardado del Olimpo a los mortales: incluso los dioses podían caer.

-x-

Cuando la noche caía y las voces se extinguían, una densa calma hacía acto de presencia. En cualquier otro momento, el remanso de paz hubiera sido agradable, digno de ser disfrutado. Sin embargo, no era así para Aioria.

Incapaz de conciliar al sueño, daba vueltas y vueltas a sus pensamientos, tornándolos más oscuros y mucho más pesados. Lo cierto era que nunca había sido ajeno a atormentarse con sus propias ideas. Desde que tenía memoria había sido así. Fuera un motivo, u otro, sus noches nunca había sido calladas, ni tranquilas; siempre estaban llenas de fantasmas.

Lo curioso de su eterna maldición era que, en cada una de esas ocasiones, él nunca había tenido la oportunidad de hacer cualquier cosa para asustar a sus propios demonios. Su papel siempre había sido el de una víctima pasiva, atada a los problemas, pero sin oportunidad de cambiarlos. En cada ocasión se había dicho que algún día cambiaría eso, que el día menos esperado, tomaría el control de su vida, de sus decisiones y de su destino. Nunca había tenido una oportunidad tan clara como esa. Era irónico que, ahora cuando más asustado se sentía, más poder tenía sobre lo que quería, debía y tenía que hacer.

Sigiloso como un felino, se levantó. Caminó con cuidado entre sus compañeros dormidos, hasta que alcanzó la salida de su refugio. Afuera, escuchó el murmullo de las voces de aquellos que se mantenían despiertos. Para evadirles, se las arregló del mejor modo que le fue posible. Por fin, tras un montón de esfuerzos, se encontró libre de toda vigilancia.

Vagó por los alrededores de la diminuta aldea, sin saber en que momento detenerse. El frío de la madrugada le hacía bien, despejándole la mente. Así que decidió caminar un rato más, hasta que el cansancio le embargara o su visitante llegara a su encuentro.

—Te arrebataron de nuevo de mi lado. —Al escuchar esa voz, la piel se le erizó y su corazón latió desbocado.

Giró lentamente hasta tenerla de frente. Al coincidir sus miradas, descubrió lo mucho que la odiaba y lo ansioso que estaba por hundirla. Hacía mucho tiempo que no sentía tanta rabia como en ese momento.

—Pensé que no volvería a verte. —Y, sin temor a equivocaciones, eso era precisamente lo que había deseado con todas sus fuerzas. Pero ahí la tenía, mirándole con esos ojos que le revolvían el estómago. —Artemisa.

—No te dejaría ir por nada de este mundo.

—Yo tampoco. —La suave caricia a su mejilla le causó repulsión. Sin embargo, luchó contra todos sus impulsos y fingió lo mejor que pudo. La engañaría a como diera lugar. —Ellos creen que soy uno de los suyos. Desconocen mi identidad.

—¿Máscara de Muerte no sospecha?

—No, ninguno de ellos. He hecho un buen trabajo cubriendo mis pasos.

—Perfecto. —Cuando ella intentó alcanzar sus labios, él solamente alcanzó a evadirla. Su actuación, por buena que fuera, no podía dejarla acercarse demasiado.

—Pero no puedo marcharme—cambió el tema tan pronto como pudo—. No sin que vayan tras de nosotros.

La diosa de la Luna afiló la mirada y también los sentidos. Retrocedió un par de pesos y buscó el rostro del hombre que, pensaba, era Orión. Por un segundo dudó, pero sus dubitaciones no tuvieron sentido por mucho tiempo más.

—Entonces, ¿cómo puedo recuperarte?

-Continuará…-

NdA: Sin mucho más que decir, tengo que agradecer al montón de personitas que leen, comentan y esperan con mucha paciencia por el siguiente capítulo. A RIAADVD, Damis (mi Beta-Pelusa consentida), Carola-Gigi, Amary22, Kumikoson4, lithium255, andy, Alfa, Romi Drachen Vi Britannia, Sagitariusgirl, Shaka-love, Adrián, Kaito, Koko, shaoran-sagitario, Altariel de Valinor, Lady Death, Tisbe, Pyxis and Lynx, yaldiz, Tatsumaki, Art1sta, Miguelina, Ayumi03, kirstty y Caliope07. ¡Gracias a todos! Responderé los anónimos en mi profile y los de cuenta, estarán en su correos ;)

¡Miles de disculpas por la tardanza! T_T

Sunrise Spirit