Advertencia:Cualquier parecido que veas en ésta historia con otras ajenas a mi persona, es la simple señal de que lo que te estás fumando no es nada bueno, o que necesitas urgentemente comprarte una vida.
Disclaimer: Odio decirlo, pero "Axis Powers Hetalia" como obra maestra no me pertenece, sino a Hidekazu Himaruya. No es mi intención lucrar con su creación, sino hacer de ésta historia una actividad de mero entretenimiento para quien se interese en leerla.
Nota: En este capítulo muere un personaje importante ¡Están advertidos!
LIII
Para sorpresa de los miembros de la hueste bárbara, en medio de lo que parecía ser un combate desigual evidentemente inclinado a su favor, un imprevisto ocasionó que el evento diese un inesperado vuelco, o mejor dicho, quedara momentáneamente suspendido.
— ¡¿Qué está sucediendo…?! ¡Comandante! ¡Comandante…!
— ¡¿Pero qué demonios…?!
Desde arriba, cayeron rayos. Luego, del piso de hielo marmolado, brotaron enredaderas y arbustos de espinos, y para los contenientes, la batalla finalizó. El verdadero problema ahora, era moverse en medio de esa mortal jungla de hiedras y follaje pinchudo. Los con menos suerte, fueron apresados por sus fuertes tallos, que los envolvieron clavando sus agujas en su carne, e incluso, trepando peligrosamente hasta sus cuellos.
El caos sembrado por la obra de la bruja no distinguió aliados de enemigos.
— ¡Comandante! — gritó uno de los bárbaros más jóvenes, tratando de divisar a sus líderes. Cerca, muy cerca de donde se hallaba a medio despedazar el abominable hombre de nieve, el muchacho logró distinguir el sable curvo de Sadiq, saliendo a la superficie y hundiéndose alternadamente, cortando las enredaderas a su alrededor, abriéndose paso hacia la escalera.
Otros –tanto invasores como defensores del palacio- le imitaron, y lograron librarse de la asfixia, con tal de seguir batallando.
— ¡Salvaje! ¡¿Dónde estás?!
— ¡Agh…!— el arquero tosió — ¡Con un demonio…!
— ¡Defiéndete! ¡Si está apretando tu cuello no tardarás en…!
— ¡LO SÉ! ¡Mi pescuezo está a salvo! ¡Agh! ¡Pero estoy casi sepultado en esta mierda…!— Sadiq oyó el tronar del metal de su daga de cazador contra una rama, al parecer muy dura, que se trisó dificultosamente tras el golpe — ¡Hay que llegar hasta el emperador…!
— ¡Trazaré el camino!
El turco se abrió el paso a sablazos limpios y certeros. Las espinosas enredaderas cedieron con facilidad, más aún, los arbustos -con sus troncos gruesos- presentaron ocasionalmente algunos problemas, y hubo de darles hasta dos o tres golpes para cortarlos.
En el trayecto, se topó con varios de los suyos, en variadas condiciones. Algunos, los menos afortunados, muertos en combate o a causa de la asfixia de las enredaderas más desarrolladas y malignas. Los más vivaces habían conseguido librarse de sus ataduras y contendientes, y buscaban a toda costa llegar a los rezagados que se encontraban en la escalera, tal como él hacía.
A su carrera no tardó en unirse Gansükh, ya libre de las presiones del denso follaje, apenas luciendo algunos arañazos en la cara y las manos, además de las numerosas cicatrices que marcaban su rostro como recuerdo de sus batallas en antaño. Tenía aún en sus manos la daga de cazador, mientras que el arco y el carcaj lleno de flechas colgaban a sus espaldas.
— ¡Ya di las voces de alerta! ¡En cuanto acaben con el gigante de hielo, irán a por el emperador y su familia!
— ¿Encabezamos el ataque?
— ¡Desde luego! ¡Toma la ruta de la derecha, yo brincaré por este otro lado! ¡Los demás irán directamente por el frente!
No contaban con que, a menos de diez metros de su meta, les saldrían al paso dos soldados imperiales que desde hace un rato se habían librado de las enredaderas, y habían formulado una estrategia tras avistarlos acercándose a su mandatario.
— ¡Liet, yo me encargo del sujeto con sable!
— ¡Ten cuidado, Feliks! ¡No dejes que siga avanzando!
El muchacho dotado de una trabajada armadura encaró a Gansükh con una espada que por poco y consigue rebanarle el hombro, de no ser porque la pesadez del arma hacía que los movimientos del joven que la esgrimía fueran lentos y torpes. Con suficiente tiempo y espacio para reaccionar, el bandido asiático logró esquivar la primera estocada, y responder con un rápido movimiento de su brazo derecho, trazando un corte en la mejilla de su oponente. Un poco más de cálculo hubiese sido ideal para haberle cercenado el cuello.
El joven contraatacó, desatendiendo momentáneamente la empuñadura de su arma con la mano izquierda, y propinando un fuerte puñetazo en el estómago del mongol. Después, volvió a levantar su espada, y por segunda vez, Gansükh la esquivó, solo que con mayores dificultades que antes.
Esta vez, el ataque fue certero. Sin vacilaciones, el arquero asió firmemente su daga, y la clavó en el costado del guardaespaldas imperial, venciendo la dureza de su coraza de combate. En seguida, el muchacho se balanceó con gesto adolorido, y no fue capaz de levantar su espada por tercera vez, antes de que Gansükh plantara cuatro puñetazos en su rostro, y le empujara a un lado de su camino.
Feliks no corrió una suerte muy diferente, con la salvedad de que él, a diferencia de Toris, tenía un arma mucho más ligera y no se hallaba tan protegido por sus vestiduras. Como su amigo.
A pesar de que la daga había traspasado la barrera de metal, el luchador –otrora guardia del calabozo imperial- albergaba la esperanza de que su compañero no hubiese sido herido de muerte ¡Cabía imaginar miles de posibilidades! Un desvío en la hoja de la daga, una segunda vestidura bajo la armadura –una cota de malla, por ejemplo- que hubiese menguado aún más su fuerza de penetración, o incluso, la misma delgadez del guardaespaldas ¡Lo que fuera!
Para esa noche, Feliks esperaba que la locura terminara y pudiese enfocarse en atender las heridas de Toris. Para eso, primero tendría que deshacerse de su contrincante. Ambos sostenían una lucha sumamente reñida. Feliks con la espada; Sadiq con su sable árabe.
Chocaron filos en repetidas ocasiones. Cuando se separaban, saltaban chispas. Retrocedían dentro del reducido espacio que les permitían los arbustos de espinos y enredaderas, para luego, brincar nuevamente al ataque. Sadiq era mucho más fuerte y corpulento, pero también más lento. Feliks, en cambio, era delgado y ágil, y aunque su forcejeo con el turco peligraba en acabar en una tragedia para él, ciertamente el guardia del calabozo puso en aprietos a su rival cuando, en medio de lo que parecía ser una batalla de peso y resistencia, el rubio desviaba su arma hacia alguno de los flancos descubiertos del musulmán, y este tenía que reaccionar rápidamente, desestabilizando su acostumbrada posición de combate.
Sin embargo, no contaba con que el espadachín bárbaro resistiera tanto. Mientras a Feliks comenzaban a pesarle los brazos por el cansancio, Sadiq se mantenía fresco y vigoroso. Pronto, su ventajosa agilidad comenzó a perder efectividad, y cuando se disponía a lanzar un golpe rápido al pecho del turco, este consiguió bajar lo suficientemente rápido su sable no solo como para bloquear la ofensiva, sino también como para continuarla, levantando otra vez su arma, y propinando un golpe con la empuñadura en la frente del rubio, dejándolo semi-inconsciente.
El bandido enmascarado continuó su camino hacia las escaleras, tal y como hizo Gansükh después de conseguir atacar exitosamente a Toris y apartarlo de su camino.
— No van… a salirse… con la suya…
— ¡N-Natalya… por favor, piensa lo que estás haciendo…!
— Esta gente te puso en peligro, hermano— replicó ella con las manos envueltas en un aura de energía verde, apuntando al contrariado cuarteto de forasteros — ¡La única manera de revertirlo es eliminándolos…!
— ¡Cuidado! — alertó Antonio, apuntando hacia las espaldas de la menor de las brujas.
Para cuando Natalya dio cuenta del peligro que la acechaba, apenas lanzando una rápida ojeada sobre su hombro, ya era demasiado tarde.
Sin ningún tipo de miramiento, el espadachín turco la golpeó en el cuello con la empuñadura de su sable, sometiéndola a un sorpresivo quiebre de su firmeza, para luego, envolverla con el brazo libre aprisionando los dos de ella a la altura de su cintura. Luego, colocó amenazadoramente la hoja del sable sobre la garganta de la menor.
— ¡Natalya! — Iván hizo ademán de lanzarse al ataque, más aún, lo detuvo un par de fornidos brazos que en medio de la confusión, lograron aferrarse peligrosamente a su cuello, obligándolo a retroceder e hincarse para evitar la asfixia — ¡Ah… Natalya!
— ¡Entréganos la pieza, bastardo!
— ¡O la chica muere!
— ¡Excelencia, Señorita…!— Ludwig hizo ademán de querer desenvainar su espada, más aún, temió porque su imprudencia fuese a costarle la vida a sus anfitriones. Del mismo modo, Antonio se abstuvo de atacarlo. Pero tuvo una mejor ocurrencia…
Los jefes bárbaros siguieron insistiendo.
— ¡La pieza que llevas como colgante, AHORA! ¡No me hagas ponerme rudo contigo! — amenazó el mongol, apretando más la llave en torno al cuello de Iván, cuyo rostro se había enrojecido, y sus ojos lagrimeaban por la falta de aire.
— ¡No te atrevas a intentar nada extraño! ¡¿Me oíste?! — alertó Sadiq, al notar cómo Natalya comenzaba a removerse en sus brazos, más recuperada del golpe. El filo del sable trazó una delgada línea roja en su piel verdosa por la media-transformación, por donde asomó la primera gota de sangre, resbalando hasta que los vuelos del pijama la detuvieron.
En una rápida maniobra, el español se separó del grupo, y de dos largas zancadas, se colocó a una buena distancia, justo en el umbral que indicaba el comienzo del pasillo que conectaba las escaleras del hall central con las habitaciones de los nobles y funcionarios.
De su morral de viajes extrajo el saquito de tela. Hurgó en él, mostrando luego en la palma de su mano las radiantes piezas de la Llave Sagrada que estaban en la posesión de su equipo.
La violeta: Obtenida en el País de las Maravillas del cetro de su reina, Lady Charlotte.
La amarilla: Gentilmente obsequiada por Michelle, la doncella de las profundidades que los salvó de la ira del Capitán Arthur Kirkland.
La gris: Robada del laboratorio del excéntrico Conde del Perú, Miguel.
La anaranjada: Igualmente obtenida mediante un robo efectuado al Marqués Matthew Williams.
La verde: Conseguida de manos de la bruja Sarangerel, como inesperada recompensa por haber participado en el escuadrón de rescate de las princesas de China.
Y para sorpresa de los comandantes de la hueste invasora: la pieza tornasol, que se supone llevaba consigo el emperador hasta esa tarde.
— ¡Oigan! ¡Par de neandertales! ¡Yo tengo lo que buscan…!
— Las piezas… ¡Son las seis piezas que nos faltan! — gruñó el turco, aflojando imprevistamente su agarre en torno al talle de Natalya, dejándola caer. La rápida acción de los príncipes Feliciano y Lovino impidió que la caída siguiera proyectándose, antes de que el cuerpo de la muchacha impactara contra los peldaños.
— ¡A él! — ordenó Gansükh, soltando a Iván, quien por inercia y debilidad –ante la falta de aire- tardó varios segundos en recomponerse lo suficiente como para ponerse de pie.
Antonio corrió en dirección a la sala final del largo pasillo con ambos bárbaros a su siga. Les secundó Ludwig, ya con su espada desenvainada, y tras ellos, Iván, Feliciano, Lovino, y finalmente Natalya.
Quizás era la decisión más torpe que había tomado en toda su vida.
¿Correr por un pasillo, a sabiendas que constituía una vía sin salida? ¡Tanta adrenalina debió haberlo vuelto loco al final del viaje!
Sin embargo, no se arrepentía. Los bárbaros habían soltado al emperador y a su hermana pequeña, y se habían lanzado en una desenfrenada carrera tras de él, tras la cual el español sabía que le darían alcance y lo despedazarían para quitarle lo que tenía entre manos.
La decisión más torpe de su vida, sin duda alguna…
Cuando llegó al final del pasillo, entró a la puerta que tenía a su derecha, que daba a un inmenso salón de eventos –al igual que todo el resto del palacio- completamente hecho de hielo. A falta de ceremonias importantes en esa fecha, los pocos muebles que la ocupaba se encontraban arrinconados, y la gran mayoría del espacio estaba libre, iluminado por la platinada luz de luna que ingresaba por los ventanales de la habitación, y bañaba sus paredes blancuzcas.
Antonio volvió a colocar las piezas recolectadas por su equipo en un sitio seguro, dentro de su cazadora. Esgrimió decididamente la alabarda que le habían facilitado como arma, y permaneció en medio del salón a la espera que llegaran sus enemigos.
— Soy un hombre con los cojones bien puestos. Y si por mi torpeza he de morir ¡Por mi honor, lo haré luchando hasta el último minuto por la justicia y el bienestar de este mundo! ¡Mientras yo viva, el destino de la humanidad entera no caerá en manos de un par de desalmados criminales…!
En eso, ingresaron al gélido salón los dos comandantes de la hueste enemiga. Las manos del español se cerraron con más fuerza en torno al mango de su arma.
—… lo hará… ¡Sobre mi cadáver!
— ¡Antonio!
— ¡Condenado bastardo! ¡¿En qué pensabas?!
— ¡Te lastimarán…!
El rostro moreno del ibérico se iluminó con una pesarosa sonrisa.
—… y… el de mis compañeros…
Había llegado el momento de la verdad.
El primero en chocar armas con él fue Sadiq. El sable turco impactó infructíferamente contra la alabarda del latino en un intento por rebanarlo en su costado izquierdo, mientras Gansükh se quedaba atrás, y preparaba su arco para disparar la primera flecha en dirección a Antonio, evento que por suerte, Ludwig pudo detener. Con la pesada hoja de su espada, desvió el ataque del mongol, y la flecha voló directamente al vacío. En un segundo intento por detener al asiático, Ludwig dejó caer un segundo golpe de su arma con el fin de inutilizar las manos del bandido, más aún, este consiguió apartarse, propinar un puntapié en una de las rodillas del caballero, y así, ganar nuevamente suficiente distancia.
Feliciano fue en ayuda de Ludwig, y aunque no hizo directo uso de su arma contra Gansükh, el solo batir de esta frente al mongol logró retrasarlo, y obligarlo a buscar una nueva posición desde la cual atacar. Esta vez, el blanco no fue Antonio. Sino Ludwig.
Disparó tres flechas seguidas, y todas ellas encontraron un sitio donde clavarse, metiéndose en los sitios donde el metal era más endeble, y donde la piel se hallaba apenas protegida por vestiduras de seda.
Dos fechas se alojaron en su brazo derecho –incapacitándolo de poder levantar el peso de su espada-, y otra se incrustó en los pliegues de metal más débil que rodeaban su cintura. El caballero se dobló por el dolor, y junto a él, Feliciano cayó también víctima de los primeros sollozos.
— ¡Ludwig…!
Estaba claro que el siguiente blanco del huno era él. Lo vio en cuanto se preparaba a sacar otra flecha de su carcaj. Sin embargo, la reacción de uno de los presentes fue mucho más rápida.
El Emperador Iván concentró en la palma de su diestra una brillante esfera de energía blanca que por obra de un rápido movimiento de su brazo, salió disparada hacia el pecho desprotegido del mongol, atravesando sus ropajes de piel, hundiéndose hasta el fondo. No hubo sangre. Tampoco manifiesto alguno de dolor en el gesto del atacado. Solo un violento respingo, y luego, un descenso lento hasta que Gansükh quedó arrodillado en el suelo; soltó el arco y la flecha que se disponía a disparar, y llevó ambas manos hacia su pecho, como si de pronto fuera a ser víctima de un infarto.
Para sorpresa de Feliciano, el asiático palideció súbitamente, y su cabello negro comenzó a tornarse blanco desde la raíz, descendiendo progresivamente por su trenza hasta alcanzar las puntas.
— ¿Cómo lo llaman los italianos…? ¡Ah, sí! — Iván rió tiernamente: — Vendetta.
Por otro lado, Lovino tampoco permaneció fuera de la acción.
Un rápido arrebato de furia lo llevó a aventarse a las espaldas de Sadiq con su espada en alto. Movimiento que el turco no pasó por alto –gracias al reflejo de su imagen en los ventanales del palacio-, y que rechazó exitosamente, propinando en primer lugar una patada en el abdomen de Antonio, haciéndolo retroceder, para luego voltearse y detener con su sable la ofensiva del mayor de los príncipes.
— ¿No les han enseñado nunca sobre la "Ley de Honor"? — inquirió macabramente, forcejeando — "Uno contra uno".
— M-ma… ¡Maldición! — profirió asustado el noble. Se apartó de un brinco hacia atrás, liberando también su arma de la contención hecha por el sable del enmascarado, y luego, procedió a intentar atacarlo, esta vez, por el flanco derecho. Nuevamente, Sadiq lo detuvo, más esta ocasión, extendió su mano libre y tomó al príncipe por el cuello de la ropa, atrayéndolo peligrosamente hacia él.
En un desesperado intento por librarse, Lovino arqueó el cuello hacia atrás, y cuando estuvo lo suficientemente cerca de su contrincante, se dobló hacia adelante como un látigo, y lo impactó de lleno en la frente. La máscara del turco se quebró, relevando una pequeña herida bajo esta que sangró al instante, del mismo modo que también lo hizo la que el noble a causa de los fragmentos rotos del antifaz que cortaron la piel de su frente.
— ¡Agh…! ¡Maldita cucaracha…!
Debido al zafe en el agarre del turco, Lovino consiguió nuevamente encontrarse en una ventajosa posición de ataque. Un tercer intento, esta vez con la espada en alto, fue apenas detenido por el espadachín, quien luego de afirmar con una mano ambas muñecas del europeo, le zamarreó y predispuso para un fuertemente propinado rodillazo en las costillas que lo dejaron sin aire.
Los dedos del italiano aflojaron, y el arma cayó a un lado. En espera del trágico final para su corta vida, Lovino cerró los ojos y apretó los dientes.
— ¡Lovino…!
Era la voz del español.
Como si se tratara de nada, Sadiq lo empujó y lo hizo caer al suelo, lejos de él. Desde el suelo, el príncipe vio con alivio que su compañero ibérico se había recuperado por fin del golpe, y se acercaba a toda velocidad hacia el turco con su alabarda lista para caer sobre él. Como siempre, sus nobles y valerosas aptitudes de aventurero aparecían en el momento que más lo necesitaba, justo para ponerlo fuera de peligro…
… tan propio de Antonio…
La reacción del musulmán, sin embargo, lo puso en jaque. Entró de lleno al frente, justo bajo la mortal trayectoria del arma usada por el español, pero antes de que esta cayera con todo su peso, Sadiq usó la empuñadura de su sable para golpear a Antonio en el cuello, haciéndolo flaquear. En seguida, aprovechando los traspiés del hispano, el turco llevó su brazo hacia atrás, hasta el máximo, y luego…
— No…
Rápidamente…
— ¡No…!
Lo llevó hacia el frente.
— ¡ANTONIO…!
La hoja del sable se hundió en el vientre de su compañero, abriendo una profunda herida en él. El filo atravesó el grueso total de su cuerpo, y asomó por la espalda de su víctima.
La alabarda cayó de las manos del ibérico, produciendo un estruendo atronador al impactar contra el suelo.
Sadiq recogió el brazo, y desenterró su arma del abdomen de su contrincante con la disposición de usarla ahora sobre el príncipe. Antonio, con la vista perdida y vagamente situada sobre el emocionalmente destrozado príncipe, se dejó caer de rodillas, con ambas manos sobre el reciente corte, tratando de detener el abundante flujo de sangre que había comenzado a enrojecer sus ropas.
— ¡ANTONIO…! — Lovino trató de incorporarse rápidamente, buscando a tientas su espada — ¡BASTARDO, VOY A…!
— Lovino…
Para su sorpresa, el español volvía a ponerse de pie, con renovadas energías, y un metálico brillo de determinación centellando horriblemente en sus ojos. Dio un paso al frente, temblando de dolor.
— A-A… Antonio…
— ¡Vaya que es resistente este tarado! — se burló maliciosamente el espadachín, volviéndose hacia el ibérico — El código de un buen guerrero supone que has de morir con honor. Por respeto a la poca dignidad que te queda, ¡Voy a terminar con tu agonía!
— ¡NO…!
Nuevamente, el sable del turco trazó una mortal trayectoria hacia su compañero. La punzada, esta ocasión, tuvo lugar en su pecho, justo sobre el corazón del guerrero. Cuando el filo del arma abandonó su interior, la sangre fluyó a violentos borbotones, producto de la buena cantidad de arterias que había en el lugar, y que posiblemente, habían sido cercenadas. Esta vez, la caída del español fue de espaldas, y no volvió a levantarse.
— ¡HIJO DE LA GRANDÍSIMA PUTA…! ¡VAS A ENTERARTE! ¡VOY A MATARTE! ¡VENDETTA! ¡VENDETTA PER IL MIO AMICO…!— gritó el príncipe fuera de sí. Más aún, y en lo que se incorporaba nuevamente, un flujo de magia verde voló raudamente hacia los pies del turco, e impactó en el suelo bajo ellos.
Imprevistamente, surgió del hielo una enredadera espinosa mucho más fuerte y tosca que las invocadas anteriormente en el hall central, y nuevamente, la responsable de ello fue Natalya.
El tallo lleno de púas envolvió a Sadiq en menos de lo que tarda un parpadeo, y lo sostuvo en posición de crucificado. Las espinas atravesaron la tela de su uniforme de batalla, clavándose dolorosamente en su carne, arrancándole un quejido ahogado y abriendo agujeros por donde comenzó a fluir la sangre.
— ¡¿Pero qué…?!
— Todas estas espinas estratégicamente dispuestas en el tallo de la enredadera han abierto suficientes heridas como para que mueras desangrado en exactamente una hora— gruñó fieramente Natalya, con sus manos envueltas en un aura de magia verde aún apuntando al musulmán —Tiempo más que suficiente para que el intenso termine por volverte loco.
— A-agh…
— Eres ahora una clepsidra humana. Cerdo.
En eso, entró a la habitación, llevada allí por la ligereza de una rauda carrera, la mayor de las brujas. Hasta ese momento, se había encontrado retenida por los guardias que lograron zafarse de los arbustos en la planta baja, y que habían dado cuenta de sus intenciones de interrumpir en la batalla librada en el último salón. Haciendo caso omiso de sus advertencias de peligro, Yekaterina logró deshacerse de ellos inmovilizándolos con su magia.
Sin embargo, llegó demasiado tarde.
El saldo de la batalla era devastador.
Cientos de muertos y heridos en la planta baja del palacio.
Un caballero que posiblemente jamás pudiese volver a esgrimir su espada, gracias a las flechas que habían dado, desafortunadamente, con los nervios más importantes de su brazo derecho.
Un hombre congelándose vivo lentamente.
Dos príncipes deshechos en llanto.
El amor de su vida a menos de una hora de morir desangrado.
Y uno de los simpáticos aventureros moribundo en el suelo.
— Dios mío… ¿Por qué…?
— Sal de aquí, Yekaterina— advirtió Natalya — No serás capaz de soportar esto por más tiempo.
— Ustedes… ¡Ustedes hicieron esto…!— sollozó la mayor.
— Comprenderás que era necesario— dijo Iván.
— No, no ¡No, no…! ¡Esto no puede estar pasando…!
— Antonio… ¡Antonio, resiste…!— sollozó hincado a su lado el príncipe Lovino, remeciendo al aventurero suavemente — ¡No me dejes…! ¡Te necesito!
— Uh… ¿Lo… Lovino? — musitó débilmente, incapaz de fijar la vista en su compañero — ¿… Estás ahí…?
— S-sí… J-j-justo a tu lado— respondió, tomando la mano de su compañero, y apretándola con fuerza. Una endeble sonrisa descubrió parte de los dientes del ibérico, manchados de sangre. Dentro de lo macabro y desgarrador de la visión, él parecía aliviado.
— ¡Ah…! Qué bueno que estás bien…— se agitó levemente por un breve acceso de toz. El español parpadeó forzosamente, intentando aclarar su vista. Más aún, cuando sus párpados se encontraron cerrados sobre su globo ocular, se negaron a despegarse.
— No ¡No! ¡No, maldita sea! ¡Antonio, abre los ojos…!— demandó furioso el noble, apretando la mano de su amigo con más fuerza. Sollozó: — ¡Te lo ordeno, bastardo! ¡Ábrelos, ahora!
— Me gustaría poder hacerlo…— rió cansinamente — … pero… m-me sentaría bien un descanso… justo ahora…
— No bromees así…— una triste carcajada de incredulidad quebró la voz del príncipe, antes que nuevamente, los furibundos gritos hicieran eco en el tétrico salón de hielo — ¡NO TENÍAS POR QUÉ HACERLO! ¡TE PUSISTE EN PELIGRO Y HAS ACABADO ASÍ SOLO POR TU TORPE IMPULSIVIDAD! ¡MALDICIÓN…! ¡NADIE TE DIJO QUE TENÍAS QUE SER UN HÉROE…! ¡YO… YO… AL MENOS YO NUNCA PEDÍ TU AYUDA…!— hipó — ¡No… tenías que salvarme de ese bastardo…!
— Tenía…
— ¡Claro que no…! I… idiota…
— Claro que sí… no me hubiese perdonado… que él te hiciera daño… Lovino…
Un último esfuerzo de parte del español bastó para que nuevamente, pudiese abrir los ojos. La mano que Lovino no sujetaba se alzó hasta dar con la barbilla del príncipe, y le sostuvo en una cariñosa caricia que lo obligó a levantar la vista, hasta que los ojos de ambos, se encontraron en el gélido vacío de la habitación.
—…A veces se hacen locuras… por amor…
Sus últimas palabras flotaron como un suspiro, antes de deshacerse para siempre en el aire. Y los orbes verdes del guerrero se oscurecieron bajo el cruel manto de la muerte.
— ¿Antonio…? ¿A… Antonio…?— titubeó el mayor de los príncipes, tratando de despertar a su amigo con suaves remezones — Antonio, vamos… ¡Háblame, di lo que sea! — hipó en un violento sollozo, a la vez que sus labios se curvaban en una sonrisa débil, incrédula y triste. La fuerza del zamarreo aumentó un poco — ¡Sé que aún puedes escucharme! ¡Por favor… se fuerte…!
Al instante Yekaterina se quebró en llanto, contagiada con la pena y la desesperación del príncipe. Apretó fuertemente las manos contra su pecho, y dejó que las lágrimas fluyeran. Vio los marchitos ojos de Lovino cerrarse con fuerza, negándose orgullosamente a llorar. Sin éxito, seguía moviendo a su compañero, manchándose con su sangre. Por el rabillo de los ojos, brotaron las primeras manifestaciones de su llanto.
— ¡Maldita sea, despierta…! ¡No puedes dejarnos ahora…! ¡Antonio… bastardo… NO PUEDES MORIR…!
— Ludwig… Ludwig… ¡Tengo demasiado miedo…!— lloró Feliciano, abrazándose al caballero herido — ¡Esto no está saliendo como debería…!
— U-ugh… ah… ¿Crees… que esto duele? — retó débilmente el turco, lanzando una mirada burlesca a la menor de las brujas — He sobrevivido a cosas peores que esto… ¡Clepsidra humana y una mierda…! Bajaré de aquí… del algún modo… ¡Lamentarás haberme desafiado! Agh…
—… T-t-e… te fallé… hijo mío…— tartamudeó agónicamente el huno, apretando con más fuerza su pecho. Temblaba de frío. Su piel ya había tomado un color traslúcido, y sus labios y párpados se habían puesto morados —… perdónenme… Yong… Hyung… n-no… pude… no fui capaz… de reunir otra vez a nuestra familia…
— Antonio… por favor… ¡Te lo ruego! No puedes irte ahora…— sollozó Lovino, apoyándose contra el malherido pecho del difunto español, donde libró por fin su llanto sin ninguna represión.
Yekaterina no consiguió aguantar más.
— ¡Basta…! ¡Basta! ¡Todos ya por favor deténganse! ¡Esto es espantoso! ¡¿En qué momento todo terminó así…?! ¡Esto no debería estar pasando! ¡Es horrible!
— Ellos mismos sellaron su destino. Esta tragedia es obra de sus ambiciones y sus torpes impulsos— musitó Iván, acercándose por la espalda a su hermana para tocarle el hombro — No hay nada que podamos hacer para revertirlo.
— ¡Debe existir una manera! — replicó la bruja, apartándose violentamente y volviéndose para encarar a sus hermanos — ¡Tenemos que hacer algo por ellos! ¡No son malas personas! ¡Ninguno de ellos tiene un corazón oscuro! Iván… Natalya… ¡Podemos hacer algo por ellos…!
— Aunque quiera, no podría revertir mi conjuro. No sé cómo hacerlo— contestó indiferente el emperador.
— Y aunque pudiese detener el sangrado de tu novio ¿Qué haríamos con el pobre vago? — preguntó la menor, al parecer, más conmovida que su hermano — No existe magia capaz de devolver a los muertos a este mundo. Ni siquiera aquella que logra dar vida a las cosas inertes, como la nuestra…
— Pero los milagros existen…— interrumpió la tosca voz del alemán, que haciendo un gran esfuerzo, logró ponerse de pie — Sé exactamente cómo pueden ayudarnos…
— ¿Cómo…?— preguntó Yekaterina.
— Hay solo un poder tan grande capaz de cumplir cualquier deseo, libre de condiciones, a quien sea que tenga lo necesario para acceder a él… diez piezas esparcidas alrededor del mundo capaces de conceder lo que sea a quien las reúna… lo que sea.
— ¿Incluso… devolverle la vida a alguien…?
— No existen límites para esta clase de magia. Pero solo tenemos una oportunidad. Y ella está al alcance de nuestras manos en este preciso instante.
— ¿Cómo lo sabes?
— Míralos a ellos tres.
En efecto, algo extraño estaba pasando. Desde el bolsillo interno de la ensangrentada guerrera de Antonio, podían distinguirse claramente las seis resplandecientes luces de colores que anteriormente habían llamado la atención de los bárbaros.
Del mismo modo, vieron dos brillos semejantes destellando desde uno de los bolsillos de Sadiq. Uno azul –la primera pieza, obtenida en su lucha en El Cairo- y otro púrpura –correspondiente a la pieza robada del palacio del emperador Yao-.
Gansükh también tenía dos de esas piezas en su poder, brillando con tanta fuerza que podían verse a través de sus prendas de pieles animales: una roja –obtenida gracias a la valerosa y solidaria ayuda de Kyle en Australia- y otra blanca –conseguida en Nueva Zelanda, en una cueva subterránea llena de tesoros-.
Al parecer, converger todas las piezas de la Llave Sagrada en un solo lugar había potenciado sus mágicas peculiaridades, y por eso brillaban con tanta fuerza.
— Si queremos revertir esta desgracia, tenemos que hacer uso del potencial de esta reliquia con sabiduría y precaución. Tenemos solo UNA oportunidad…
— ¡Pero mira cuántas desgracias hay que remendar…!— señaló Natalya — ¿Piensas salvar tres vidas haciendo uso de un solo deseo? ¡No te alcanzará…!
— Por eso digo que debemos usarlo sabiamente— replicó el caballero, caminando primero hacia el español con gesto pesaroso. Tras hacer una leve reverencia al caído en combate, extrajo del bolsillo de su guerrera las seis piezas de la llave que había obtenido su equipo.
Luego, fue hasta donde Sadiq estaba "crucificado". La rápida pérdida de sangre había hecho que en ese lapso, el turco comenzara a perder la consciencia, y no diera cuenta de que Ludwig le arrebataba ambos tesoros en su poder.
El tercero fue Gansükh, quien ya comenzaba a perder la sensibilidad de sus miembros. Las manos ya se habían convertido completamente en hielo, y se cerraban con fuerza contra su pecho. Al tener al alemán al frente, y vislumbrar sus intenciones, un leve asomo de ira apareció en su rostro.
— N-n-ni te atrevas…
— Descuide. Sé lo que hago.
Tras obtener las dos últimas piezas mágicas, las juntó todas desordenadas en sus manos. Se volvió nuevamente hacia los tres brujos eslavos, que miraban incrédulos.
— Espero que lo que le dijiste a ese pobre hombre sea cierto— dijo Iván, apenas mostrando un asomo de conmoción.
— Recuerda que es UN solo deseo… ¿Ya tienes en mente lo que pedirás?
— No soy la persona más apta para formular una petición de tan alta importancia. Carezco de grandes ambiciones. Y mis niveles de empatía están por debajo de los de mis compañeros de esta aventura. Y aunque, quizás, intelectualmente soy el más capacitado para eso… este deseo estará mejor en manos de una persona con un corazón bondadoso y puro… alguien que en esta Odisea ha crecido mucho como persona… él, más que ningún otro, se ha hecho merecedor de este mérito.
Volvió sus pasos hacia Feliciano, que aún se encontraba hincado y sollozando en el suelo. El caballero se arrodilló ante él con gesto reverencial, y con mucho cuidado, puso las diez reliquias en las palmas del príncipe, que se sobresaltó anonadado.
— ¿L-Ludwig…?
— Confío en ti esta enorme responsabilidad, Feliciano.
— ¡P-pero…! ¡Pero…! ¡Y-yo no sé qué hacer…!— dijo el príncipe con la voz quebrada — ¡Hay tanto que me gustaría pedir para arreglar esta desgracia…! ¡Ludwig, no puedo…! ¡Voy a arruinarlo!
— No lo harás. Estoy seguro de eso— refutó el germano, para luego, depositar un beso en la frente de su compañero — Sé que harás lo correcto. Adelante. Pide tu deseo.
Notas de la Autora:
¿Ven? ¡Qué les dije! Nos estaríamos leyendo más pronto de lo que imaginaban ;D Cumplo mis promesas. Eso ya no me hace una tan-mala-persona ¿No?
¿Me creerían si les digo que nada más faltan DOS capítulos para que "No es Otro Clásico Cuento de Hadas" termine?
Bueno: ¡Y si no lo saben, AHORA lo saben!
La fantástica aventura de nuestros protagonistas y villanos ha dado un inesperado y trágico vuelco. En medio de una campal contienda liberada en el palacio del emperador Iván, Sadiq ha resultado víctima de un hechizo lanzado por Natalya, Gansükh se congela lentamente gracias a la magia de Iván, y Antonio ha muerto de una manera horrible. Ludwig cree que aún no es demasiado tarde, que con ayuda de la tan rebuscada Llave Sagrada, esta odisea podría tener un buen final, y ha encomendado la difícil decisión en manos de Feliciano.
¿Será lo correcto?
Como siempre ¡Muchísimas gracias a todos los que han comentado el capítulo anterior!: Corona de Lacasitos, Dazaru Kimchibun, Kayra Isis, Kitty96671, GoodLoverBoy y Horus100.
En virtud del cercanísimo final de este fanfic, la pregunta dice:
¿Cuál ha sido tu momento favorito de la historia? Esta vez elaboraré mi acostumbrado Top 5 XD
5.- La aventura del Cuarteto Maravilla, Vash y Lily en el País de las Maravillas: ¡Porque desde niña he querido estar en un mundo así de disparatado! Escribirlo fue de lo mejor, yo al menos lo disfruté mucho.
4.- El asalto al palacio de Yao: ¡Aquí todos se lucieron! ¡Especialmente las tres "horrorosas concubinas"! XD
3.- El duelo de magia de Yao y Sarangerel: Más porque era una batalla muy distinta a las demás ¡Muy cómica, en honor a la película "La Espada en la Piedra"!
2.- La batalla de Ludwig y Kim Ly contra Hyung-Dragón: Como podrán haberse percatado, AMO escribir escenas de pelea. Si he de escoger mi preferida en este fanfic, lejos, esta fue la que más disfruté.
1.- La aventura de los bárbaros en Australia: Más que nada por el compañero circunstancial de los villanos en este pasaje de la historia ¡Kyle, eres la onda! ¡Tú y tus animales apocalípticos y venenosos! Todo en su conjunto aquí fue un delirio de gozo para mí, y la cereza del pastel, fue la pelea contra Kuka.
Niños y niñas ¡Los dejo por el momento! ¡Hasta pronto!
