Dolor.
Eso era lo último que podía recordar.
Emergiendo desde la inconsciencia, Sophie abrió los ojos en total oscuridad, solo para darse cuenta de que nada había cambiado.
Sus pies apenas tocaban el suelo, sus brazos estaban suspendidos sobre su cabeza, atados con algún hechizo tipo cadena que le cercaba las muñecas. No tenia su abrigo, ni sus botas, la habían dejado en su blusa de encaje y su falda larga plisada.
Esto no era bueno. Trató de acostumbrarse a la oscuridad, trató más allá de todas sus fuerzas ver algo más que no fuera la ausencia total de luz, pero le fue imposible.
Todos los músculos le dolían por el esfuerzo de estar suspendía. Su cabello estaba húmedo, y suelto sobre su espada. Podía sentir, en la escasa piel desnuda de su cintura, las corrientes de aire helado que se infiltraban en aquel lugar.
Intentó pensar con claridad, renegar el impulso de gritar por ayuda, y tratar de descubrir dónde demonios estaba y cuanto tiempo había transcurrido.
—Un rayo de luz roja— se dijo a sí misma, pensando en su último recuerdo. —Un desmaius—reconoció.
Por un instante pensó que Severus había cumplido su amenaza, pero lo descartó al punto. El no la encadenaría, ni la despojaría de su ropa, y menos en aquella posición tan incómoda.
No. Esto no era obra de él. Alguien más la había secuestrado, y esa persona... quien quiera que fuera, se acercaba en aquellos momentos. Divisó la claridad creciendo conforme unos pasos se escuchaban. Volvió a cerrar los ojos. Reunió toda la concentración de la que era capaz y susurró:
—Accio varita—
Pero la varita no regresó a ella.
Aterrada, con la luz blanquecina ya completamente brillando a través de sus parpados, abrió los ojos, lista para enfrentar la pesadilla que se había gestado en su mente desde que tenía memoria.
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Las arcadas llenaron su boca. Hizo un esfuerzo por controlar los aspamos de dolor que recorrían todo su cuerpo y no gritar. Las secuelas del crucio no la abandonaron por varios minutos.
—Mejor me dices lo que sabes de una buena vez maldita escuincle insignificante... no estoy para juegos...¡¿Dónde está el relicario?=—aquella voz sibilante, femenina, cargada de veneno volvió a escucharse en los rincones del sótano donde la tenían prisionera. Sophie volvió a abrir los ojos para encontrarse con las pupilas oscuras enmarcadas en el rostro cuadrado de Bellatrix Lestrange.
La reconoció, pero optó por desviar la vista y volver a cerrar los ojos. Su frente estaba perlada de un sudor helado. Las ráfagas de dolor recorrían una y otra vez cada una de sus fibras nerviosas.
Ahora entendía. De alguna forma la habían encontrado, y tal vez supieran la verdad, o la sospechaban. Estaba desarmada y sola, a la merced de alguien tan desquiciada como el mismo Señor Tenebroso.
—¿Cómo me encontraste?— preguntó, con la voz más fuerte que pudo encontrar.—¿Dónde estoy?—
Durante largos minutos la bruja de rizos oscuros evaluó su prisionera, como si sopesara las palabras a decir. La luz azul de su varita parpadeaba constantemente, iluminando a ratos los objetos amontonados en los rincones. Un anciano reloj de péndulo, un sarcófago de otros tiempo, un espejo resquebrado, donde por un escaso momento Sophie pudo vislumbrar su propio cuerpo suspendido, su cabello suelto y alborotado y el sudor que recorría su frente.
—Eso fue fácil— respondió, mientras presionaba la punta de su varita torcida en la mejilla de la otra y se mojaba los labios con la punta de la lengua.— Snape ha estado informando a mi amo de cada uno de los pasos del viejo decrépito de Dumbledore, y los tuyos también. Nos guió hacía tu escondite en Moscú...—hizo una pausa, mientras clavada sus dedos huesudos en la mandíbula de la otra, y la obligaba a mirarla de frente.
—¡Es mentira!—exclamó, con tanta pasión que terminó delatándose. La otra sonrió con tanto cinismo que por un momento sembró la duda en el corazón de Sophie.
—¿De verdad que te creíste todo el cuento?—rió—Tú fuiste la pieza para que el estúpido anciano se creyera la historia del mortífago reformado...—volvió a sonreír. Sophie sintió como un sudor frio le recorría la espalda—Es uno de los nuestros, nunca se fijaría en ti, maldita traidora...—
Susurró de nuevo la maldición imperdonable, y Sophie volvió a retorcerse de dolor, mientras su cuerpo se balanceaba sostenido por las cadenas.
—¿Dónde está el relicario?—
—No sé de qué me hablas—jadeó, mientras apretaba los dientes e intentaba detener el balanceo.
—¡Claro que lo sabes!—respondió la otra, mientras regresaba a torturarla, una y otra vez, hasta que el dolor dejó de ser dolor y se convirtió en una corriente que la sacó de su estado consciente. Sophie no podía entender nada. Suave, lento y rítmico, como las ondas de una piedra que acaba de caer al agua, su mente abandonó su cuerpo y lo dejó a la merced de la mortífaga.
Sabía que alguien le estaba preguntando algo, pero no podía procesar la respuesta, de sus labios solo salía un monumental "no" que solo enardecía la rabia psicótica de Bellatrix.
Iba a morir. No tenía ni la más mínima esperanza. Estaba de vuelta en Londres, a miles de Kilómetros de Severus, de Dumbledore, de cualquiera que pudiera ayudarla.
Entonces escuchó el silencio, y pensó que quizás Lestrange estaba buscando una nueva forma de sacarle la información. Aprovecho el momento, y rogó, llamó a todos sus antepasados, desde el temible Vlad Tepes, Vampiro Legendario y gran Señor de Rumania, hasta el más humilde, rogando que vinieran a ayudarla a morir.
Cerró los ojos, y se transportó en los recuerdos, su madre sonriendo bajo los rayos de sol de su jardín, en un verano perdido en su casa de Ayshire, mucho antes de Hogwarts, de Severus, de la vida que la haría cambiar para siempre... la risa de ella y su hermana revolcándose en el pasto...pero no fue suficiente.
Otra vez los dedos helados de Bellatrix se clavaron en su mandíbula. Cerró aún más los ojos, tratando de escapar de la realidad, pero un hechizo enervate y varios crucios más la obligaron a abrirlos.
Y lo que vio le heló aún más la sangre.
La cabecita de Kreacher, el elfo de los Black, había sido separada de su cuerpo. Sophie comprendió horrorizada, que Bellatrix no sospechaba algo sobre ella, si no que sabia la verdad. Sintió como si un golpe invisible le impactara el centro del estomago. No podía saber, pero se imaginó que de alguna manera Bellatrix le había seguido la pista, y había descubierto todo acerca de su búsqueda prohibida.
Todo estaba perdido, ya no había esperanza alguna de que en algún momento Severus llegara a rescatarla, mientras ella buscaba la manera de ganar tiempo haciéndose la inocente, si lo hacia se echaría él mismo la soga al cuello. Iba a morir, en aquel lugar húmedo, oscuro y horroroso.
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La bruja oscura volvió a agitar la cabecita, mientras esperaba que su prisionera dijera algo. Su amo había enfermado, de una forma alarmante e impredecible, y ella, como su más fiel teniente, había buscado una razón, mientras cercaba el numero de mortífago que tenían permitido verle. Ella no ambicionaba más poder que el que ya tenia... pero el amor... la devoción por el heredero de Slytherin la habían llevado a investigar cómo era posible que su amo fuera inmortal. Y no tardó en descubrir la razón.
Horocruces. Un magia antigua y poderosa, hecha la medida del Señor del Mal. Logró que él le confesara cuantos eran, y donde estaban escondidos, y revisó cada uno de los lugares, para cerciorarse de que su destrucción no fuera la causa del creciente deterioro del amo. Y el primer lugar fue aquella cueva ubicada en la costa. Recordaba que el amo había solicitado un elfo domestico, y ella, en su afán de que su familia ganara puesto en la organización del mal, recomendó a su primo para el trabajo.
Regulus no era, por así decirlo, alguien del cual desconfiar. Había sido criado en una familia sangre pura, y siempre había frecuentado la compañía de sangre puras. Era de Slytherin y miembro del equipo de Quiddicth, por lo tanto seria un ascenso rápido dentro de la organización, y así ella podría borrar la mancha dejada por Sirius, ese idiota redomado que había corrido a alistarse entre las fuerzas del anciano decrépito y su ejército de inútiles.
La única mancha en todo su historial, había sido la petición que le había hecho al señor Tenebroso, aquella de que perdonara a una familia de rumanos descendientes de Dimitri Durmstrang, cuyo cabecilla había rechazado la oferta de unirse a las filas del señor Tenebroso. Bellatrix no pensó mucho en el tema, si no que intentó disuadirlo. Cualquier trato con los traidores a la causa podía entenderse como debilidad, y ella no deseaba que esa palabra se asociara a un Black jamás. Por lo mismo lo alentó a que fuera él quien ofreciera a Kreacher para la tarea del Señor Tenebroso. Y así fue, y ella había creído, que todo había salido bien, hasta que descubrió en aquella cueva un relicario, que no concordaba con la descripción de su amo.
Maldijo una y otra vez el alma perdida de su primo, pero no le dijo nada a su amo, porque este estaba demasiado débil para tomar una decisión, y también porque temía las consecuencias de que este supiera la verdad.
Se sentó y ató los cabos. Kreacher aún permanecía con vida, y de seguro tenía que saber que había ocurrido con el objeto, en caso de que Regulus no se lo hubiera llevado a la tumba.
Llamó al elfo y le hizo tragar un frasco completo de veritaserum. La criaturita confesó todo, lo sucedido en la cueva, y el amor de su amo Regulus por aquella mujer de mirada azul penetrante y aire de ensueño.
Fue en aquel momento que Bellatrix Lestrange comprendió que Sophie Smirnov era miembro de la misma familia por la que Regulus había pedido amnistía.
Completamente fuera de sí, asesinó al elfo, y se marchó de su casa, dejando al amo en las asquerosas manos de Pettigrew.
El anillo, la diadema y Nagini aún estaban a salvo, así que contaba con algo de tiempo para averiguar si Snape estaba sí o no de su lado.
Por principio lo detestaba. Algo muy dentro le decía que ese era un traidor, pero no podía contradecir a su amo por respeto. Además, Bellatrix era arrogante, cruel y sádica, pero no era estúpida, y alguien de la talla del mestizo, con sus habilidades y en su posición, era demasiado útiles para la organización, en caso de que la enfermedad del amo siguiera aumentando.
Se mantuvo en Hogsmeade dos días, mientras vigilaba la estación del tren, esperando que Smirnov abandonara Hogwarts en Navidad para seguirla. Quería atraparla cuando estuviera sola, para poder comprobar la verdad de la lealtad de Snape, y así para poder desengañarla a su gusto, y disfrutar de su expresión de dolor en el momento en que le dijera que todo había sido un engaño de mestizo bajo las ordenes del señor Tenebroso . El tiempo le hizo preguntarse, si acaso la mujer sabia de la verdadera naturaleza del horocrux. Y de ser así, averiguar si se lo había dicho a alguien.
Desde el primer momento intentó entrar en su mente, y ahorrarse los juegos de los cuales disfrutaba cada vez que tenía que cumplir los encargos de su amo, pero ahora, estaba sobre el tiempo.
Y la muy desgraciada sabía oclumancia. Durante dos horas intentó burlar la pared de hierro forjado, la torturó sin piedad para ver si podía derrumbar los muros de su conciencia, pero lo único que consiguió fue perder el tiempo. Hastiada, Bellatrix Lestrange comprendió que solo estaba perdiendo el tiempo, y tomó la terrible decisión de confesárselo al amo. El castigo no se haría esperar, pero cualquier tortura a la que se viera sometida no sería tan horrible como la certeza de perderlo. Echó un último vistazo al cuerpo balanceando de su prisionera, quien había conseguido la forma de sumirse en un trance, y ya no respondía a ninguna pregunta, no importaba cuantos enervate le lanzara. Volvió a clavarle los dedos en la mandíbula, y le susurró por última vez antes de salir del sótano de su mansión:
—Aún no acabo contigo —
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El silencio creció, llenando despacio los rincones de su conciencia. El dolor desapareció y con el la voz de baritono de Bellatrix Lestrange. Lentamente, Sophie fue nadando entre las aguas de su letargo autoinducido.
—¿Estaré muerta?—se preguntó, y la oscuridad inmensa acompañada del silencio que nisiquiera daba lugar al eco de sus pensamientos le hizo pensar que tal vez sí.
No más dolor, no más batallas, no más mentiras. Todo había acabado. Sentía una rabia inmensa, aquella muerte artificial le dejaba sin conocer el final de tantas cosas.
La guerra en el mundo mágico... el destino de Severus, de Viktor, de cada uno de sus estudiantes de Durmstrang o de Hogwarts...y el paradero de los horocruces...
Estos últimos le hicieron recordar. ¿Acaso había hablado? ¿Había conseguido Bellatrix la información que tanto deseaba? ¿Por eso la había matado? . .. En su agonía, mientras apretaba los dientes y dejaba salir un "no" cerrado, Sophie Smirnov comprendió que el único hilo que la mantenía con vida era negarse a cooperar, una vez confesada su búsqueda prohibida, de nada le serviría a la más fiel servidora del Señor Tenebroso.
Tal vez se le habían pasado la mano con los crucios y había terminado el trabajo antes de tiempo. Esa idea la tranquilizó. No había traicionado a Severus, y no le había faltado a su promesa. Con algo de suerte él se habría percatado de su ausencia, y había hecho lo necesario para encontrar el resto de los pedazos del alma del Voldemort.
No había nada más que aclarar. Inmersa, se dedicó a esperar. Supuso que en aquel estado el tiempo daba lo mismo, y que tarde o temprano algo tenía que cambiar.
Entonces sintió como si una manta tibia y húmeda le envolviera el alma, y antes de que pudiera preguntarse que seguiría, abrió lo ojos a la luz del sótano de la mansión Lestrange.
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No estaba muerta. Y aquello no era un sueño, mas se podría catalogar como una pesadilla, una de las peores que había tenido.
No estaba colgada de los brazos como antes, si no que la habían colocado de espaldas al suelo, con su manos aun atadas, y un chorro de agua helada cayendo sobre su rostro.
Sophie tosió, escupió en intentó con todas sus fuerzas respirar el poco aire que podía entrar en sus pulmones. Quería gritar, pero no podía. No supo por cuánto tiempo se mantuvo al agua corriendo por su rostro, aterrizando con fuerza sobre su boca y su nariz, y dando cortos intervalos de tiempo donde ella aspiraba el oxigeno a bocanadas como un pez en el agua.
Era un hombre, uno que no había visto nunca, vestido de negro, igual que todos los mortifagos, alto, delgado de piel curtida y rostro anguloso, donde se dejaban ver unos ojos amarillos.
El mortifago abandonó aquel método de tortura, y se arrodilló junto a ella. Conjuró una toalla y empezó a secar el agua de su cuerpo, lentamente.
Sophie no pudo resistirse. Estaba congelándose, cada centímetro de su cuerpo titiritaba furiosamente, y aún sentía la falta de aire como una cuerda que le oprimía los pulmones. Fijó sus ojos azul turquesa en la sonrisa torcida del hombre.
—¿Quién es usted?—preguntó ella. El no respondió. Siguió observándola, con aquella sonrisa maliciosa en su rostro, mientras continuaba retirando los restos de agua de su cuerpo.
—Cuanto has crecido..—susurró él, y sólo entonces ella reconoció su voz. Una gota de sudor helado recorrió su espina dorsal. Era Avery, el mismo mortífago que se había infiltrado en su habitación, hacia ya tanto años, la noche que masacraron a su familia y ella logro escapar a duras penas. Recordó la mirada lasciva del hombre con la máscara de hierro, y el mismo terror de aquel día maldito hizo aparición.
Se abalanzo sobre ella, acariciando con torpeza sus muslos húmedos y desnudos. Hundió el rostro abominable en su cuello y le susurró.
—Me hiciste quedar como un idiota delante del Señor Tenebroso...¡Hice el ridículo delante de Lucius y los demás!—siseo con voz ponzoñosa, mientras Sophie se retorcía debajo suyo intentando liberarse del peso— Pero me las vas a pagar.. hoy mismo me las vas a pagar todas..—
Con sus manos cuadradas, ansiosas y torpes arrancó los restos de ropa húmeda que cubrían el cuerpo de ella, hasta que no quedó más nada que su ropa interior de encaje humedecido.
Ambos se midieron con los ojos. Nunca, en ningún otro momento de su existencia, Sophie había deseado con tanto ahínco la muerte. Cualquier destino era mejor que ese. ¿Porque Bellatrix no la había matado? ¿Porque los Dioses la habían preservado con vida solo para servir a tan vil fin?
El mortífago empezó a desabrocharse su ropa ansioso. Ella reprimió las ganas de gritar por ayuda. Tragó saliva y se jugó la última carta de su mano.
—No sé de que está hablando—musitó con marcado acento rumano. —Debieron haberse equivocado de persona..—
Avery volvió a sonreír.
—No me engañas—respondió— Sé que eres la niña aquella del trabajo que nos encargó el amo en Bulgaria. Tu acento te delata—
Volvió a inclinarse sobre ella, apreciando en la escasa luz que se filtraba por los vericuetos del techo su piel de leche manchada de escasas pecas, el brillo azorado de sus ojos de mar y su piel erizada por el frio y el miedo. Había que ver que Snape había acertado en reclamarla de su propiedad.
—¡Esta bien! ¡Está bien!—exclamó ella, haciendo que él se detuviera una vez más.—Dile a tu amo que estoy dispuesta a tomar la marca, que le entregare mi vida en servicio—escupió. Los ojos ambarinos de Avery brillaron con incredulidad.
—¿Crees que el Señor Oscuro desea el servicio de una mujer?—rió—¿Qué te salvaras de mi simplemente por jurarle lealtad eterna?—
Sophie resopló. Había pensado en eso a la carrera, solo cuando se dio cuenta que nada podría impedir que fuera ultrajada y vejada por las manos de una asquerosa cucaracha. Nada más se podía hacer, solo esperar que el malnacido cayera en la trampa.
—Quiso la de mi padre— musito atropelladamente, temiendo que Avery se le volviera a lanzar encima y que las palabras no le dieran para poder detenerlo. —Dime, ¿Alguna vez te has preguntado cómo fue posible que engañara a Malfoy y al otro mortífago?—
El brillo de curiosidad que pasó por los ojos de Avery fue la luz de esperanza que Sophie tan desesperadamente necesitaba. Sin darle tiempo a cambiar de idea, continuó.
—¿Nunca se te ocurrió pensar en cómo una niña pudo engañar a tres mortífago? ¿Ni porque elquenodebesernombrado necesitaba la ayuda de un mago extranjero tan desesperadamente?—observó la expresión interrogante en el rostro anguloso del mortífago, y se encomendó por última vez a las animas malvadas de sus antepasados— Nosotros, los Smirnovs, somos los últimos descendientes de una antigua raza de magos poderosos, magos oscuros que han desentrañados secretos del oscurantismo de una época perdida de la humanidad. Por nuestra sangre corre un gran poder, un gran conocimiento y también una gran responsabilidad...— espero por una fracción de segundo, vigilando la expresión de su captor, pero continuo de inmediato, tomando aire y dando la última pieza de su plan—Ve, dile a tu amo lo que has escuchado, ten por seguro que te recompensará por no matarme, él no sabe que el poder de mi padre aún vive en mi...—
La expresión de Avery había cambiado, primero de lascivia a burla, incredulidad, y ahora... ahora tenía una expresión de asombro, y por último, la que poseían todos, o casi todos los mortífago, codicia. Ella supo que su plan daría resultado. Antes de que pudiera levantarse del suelo, la piel del mortífago empezó a transparentarse como la de una salamandra. Su sangre se volvió negra, y se dibujaba en vetas sobre la piel. No pudo decir nada, ni siquiera quejarse. Se derrumbó de bruces sobre el cuerpo de Sophie.
Una vez más, la maldición heredada de su familia la salvaba de la muerte. En el momento que lo hizo partícipe del secreto selló un destino que solo era para los traidores. Y al igual que Igor Karkarrof, Avery había muerto antes de poder divulgar nada. Ahora restaba moverse rápido. Sophie reunió todo el rescoldo de concentración que le quedaba, y susurró —Accio varita— y la varita de Avery llegó a sus dedos.
Se liberó de las cadenas que aprisionaban sus muñecas, conjuró un camisón de seda parecido a un kimono a partir de los escasos jirones de su blusa que el mortífago le había dejado. Tomó el cadáver del mortífago, lo elevó en el aire y lo colgó del techo, en la misma posición en la cual Bellatrix la había torturado. Le lanzó un glamour para que aparentara ser ella, y varita en mano se desiluccionó en la penumbra del sótano de la mansión Lestrange.
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Sus pies descalzos no hicieron ruido alguno , deslizándose sobre el piso de madera oscura cuasicongelada. Incluso para ella, acostumbrada a las heladas tierras del norte, aquella casa resultaba demasiado fría y tétrica para el gusto de alguien normal. Avanzó con la espalda pegada de la pared, rogando por no encontrarse con el bicho poseído de Nagini, ni con los ojos oscuros y la voz chillona de Bellatrix. Recordó vagamente que había estado en aquella casa, hacia ya algún tiempo y bajo el eclipse de una maldición imperius. Si lograba salir a las afueras, en el pobladito de flores mustias congeladas por el frio y los pueblerinos que ya no se asombraban de los extraños habitantes de aquel lugar, tal vez podría reunir las suficientes fuerzas para aparecerse en las afueras de Hogwarts.
Tal vez, pensó, con un poco de suerte no se encontraría con nadie, porque aunque estuviera parcialmente oculta bajo el hechizo de desiluccion, sus dientes castañeaban furiosamente y toda su piel se mantenía erizada. El tapiz mustio impregnado del emblema de los Lestrange, y la hilera de pasillos mal iluminados era una trampa engañosa, podía perderse fácilmente. No había ventanas, solo pasillos que se extendian, desdoblaban y daban vueltas en círculo, algo digno de una casita del horror de circo.
¿Que pasaría ahora? ¿ Podría acaso burlar todo aquello y escapar? Y de ser posible ¿Regresar a Hogwarts, a rogar por el amparo de Dumbledore? Eso la hizo pensar en Severus. Lo más probable era que al notar su ausencia el empezara a buscarla, y tarde o temprano deduciría que algo malo le había sucedido. Y conociéndolo como lo conocía, era capaz de ir a buscarla a la Mansion Lestrange.
Eso la asustó. Si acaso él llegaba después que ella se había ido, no habría misericordia, lo matarían por traidor, si acaso no lo torturaban igual o peor que a ella para que diera información sobre el paradero del relicario de Regulus.
No había salida. Su desesperación aumentó. Si Severus moría por ella no había razón alguna para escapar de aquella casa, y no había forma de hacerle saber que habría escapado, si acaso podia lograrlo. Con su espalda pegada a la pared, y sus pies descalzos desnudos sobre el piso helado, Sophie tomó una decisión.
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Lo había logrado. A medias, pero lo había hecho. Si acaso daban con ella se aseguraría de terminar parte del trabajo antes de suicidarse con honor. Siguió caminando en la penumbra, deslizándose en la casa que aparentaba estar desierta, preguntándose si Bellatrix habría regresado al sótano, y si acaso se había dado cuenta de su engaño. En eso estaba pensando, cuando divisó unas escaleras al final del pasillo. Llegó hasta allí, y luego se sorprendió al escuchar voces. Aun bajo el hechizo de desillucion, Sophie descendió y lo que vio le heló el aire en los pulmones.
Era el comedor, con una larga mesa de mármol oscuro y una chimenea al fondo. Lord Voldemort estaba sentado a la cabeza con todos sus mortífago sentados salomonicamente a su izquierda y derecha, Severus entre ellos. Pero si aquello no daba para congelarle hasta la última gota de sangre en el cuerpo, la visión del cuerpo de Dumbledore, a medio calcinar, suspendido sobre la mesa de mármol era demasiado para soportar. Por un instante se le olvidó que estaba desillucionada, y debió soltar algún ruido, porque todas las cabezas se giraron en su dirección.
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Si, sé que me deben odiar, pero me ha costado la vida entera escribir este capítulo. Ha sido el mas difícil de escribir de toda esta historia, y el que viene será muy difícil también. Perdónenme por hacerles esperar tanto, pero estos tiempos no han sido los mejores. Muchas gracias a srasnape por recordarme que no debo dejar la historia abandonada, y estoy muy feliz de ver que Alice regresó ( te habías perdido, supongo que por tus estudios, Bienvenida!) A missmalfoy y a Luna_Hermione por darme el ánimo. Y Helindir! me vas a matar, lo sé, lo sé, pero date cuenta que si me matas no habrá final de esta historia, así que al menos espera que termine para matarme.
Lupis tu sabes cuánto te quiero! No hace falta que te lo repita.
Muchas gracias a todas. Y ahora díganme.. que les ha parecido. Sophie ha hecho otra de las suyas, y también ahora está en tremendo problema. En el próximo capitulo hablaremos de que ha estado haciendo Severus porque sé que se quedaron con ganas de leer sobre él. Un beso y ahora si me callo.
