Capítulo 52
-Las han encontrado.
-¿Dónde?
-En un sótano, cerca de la escena del crimen, las dos están heridas.
-¿Heridas?
-Les han dado una paliza. Una buena paliza.
-Dios, ¿por qué no las han llevado al hospital?
-Se niegan a ir, cuando lo hemos sugerido, se han puesto a gritar y a llorar. No quieren darnos sus nombres. Creemos que son ilegales.
-Voy para allá.
Cuelgo el teléfono y me giro hacia él. Está dormido. ¿Cansado, señor Castle? No le culpo, nos hemos pasado la mitad de la noche en el cuarto de juegos, de vez en cuando caíamos en un corto sueño hasta que uno de los dos despertaba y volvíamos a empezar. Sé que si me mirara al espejo me respondería mi reflejo con una sonrisita satisfecha. Lo estoy, como nunca. Pero tengo que volver al trabajo.
Aparto las sábanas y todos los músculos de mi cuerpo se ponen de acuerdo para hacerme soltar un quejido. Rick se incorpora un poco, con los ojos medio cerrados. Se frota la frente y parpadea. –No te he dado permiso para salir de mi cama –murmura, adormilado. Sonrío.
-Tengo trabajo, lo siento.
-Ummm –se acerca y me abraza desde atrás, apoyando la barbilla en mi hombro -. ¿Es importante?
-Mucho.
-¿Quieres que te acompañe?
Aprieto sus manos y miro hacia abajo, antes de hablar -. No negaré que echo de menos tus teorías y trabajar juntos pero… esto tengo que hacerlo sola.
-De acuerdo –responde, dándome un beso en la nuca. Y me suelta, dejándome ir. Pero yo me vuelvo y lo beso, tomando el control, durante unos segundos antes de decir: -Te veo luego.
Rick asiente y vuelve a dejarse caer en la cama, cerrando los ojos. Niego con la cabeza, riendo. Sí, descansa, tú que puedes.
-o-
-Es raro, Marisol tenía el permiso de residencia en orden; he hablado con la familia, por lo que cuentan, estudiaba para ser enfermera, pero en la facultad dicen que hace tres meses que no saben nada de ella ¿qué la llevó a prostituirse con dos "sin papeles"?
-Quizás alguien la amenazó... -sugiero
-Pero ella siguió hablando con su familia todas las semanas.
-Vamos a hablar con las chicas.
-Suerte con eso. Esposito ha probado pero no sueltan prenda, están muertas de miedo.
-Iré yo –digo, enérgica.
-¿Seguro? -Pregunta, vacilante.
-No voy a gritarles... son víctimas.
Al entrar en la sala no puedo evitar intercambiar una mirada con Esposito, que parece cabreado. Las dos chicas están temblando, una se abraza a sí misma, la otra repele a mi compañero, que respira hondo controlando su rabia e intenta calmarlas.
-Señoritas, les prometo que nadie va a volver a hacerles daños…
La chica de rasgos orientales tiene un ojo morado y el labio partido; la rusa, tiene una mano cubierta con una venda sucia mal puesta y una gasa tapa algo en su mejilla, posiblemente una herida hecha con arma blanca. Esta última suelta me mira, suplicante y niega.
-¿Qué les has dicho? –pregunto en voz baja a Esposito que me mira, molesto.
-¿Qué quieres que les diga? He preguntado por Marisol y se han puesto así. Obviamente el asesino les dio una paliza.
-Hay que llevarlas al hospital.
-¡NO! –Ambas gritan, sobresaltándonos -. Hospital no, hospital no. No. Por favor, no.
-Escuchen, están heridas, tiene que verlas un médi…
-No –repite la rubia. Su compañera se echa a temblar.
-¿Por qué tanto miedo al médico? –Pregunta Esposito, extrañado, antes de dirigirse a mí: -Entiendo que teman a la poli, pero ¿quién se niega a recibir atención hospitalaria?
-No lo sé… llamaré a Lanie, para que las examine. Señoritas –les hablo con voz dulce, tranquilizadora -. Van a examinarlas –Ambas empiezan a negar, pero alzo la mano -. No en un hospital, una amiga mía. Les prometo que no les pasará nada.
-Hospital no –repiten.
-No –les prometo -. Hospital no.
-o-
-Les han dado una buena paliza. Li puede que tenga un traumatismo y necesita puntos en el labio; a Tanja le han roto los dedos de la mano izquierda con algo pesado, posiblemente un martillo. Le herida de la cara afortunadamente no está tan mal. Kate, estas mujeres necesitan ser hospitalizadas. –Lanie está seria; las dos mujeres esperan alejadas, sentadas en una de las mesas para cadáveres.
-Lo sé, pero se niegan a ir al hospital –me lamento.
-Hay más –me giro hacia ella, esperando -. No es algo que me sorprenda, teniendo en cuenta su profesión pero… ambas tienen desgarros vaginales y anales y cardenales en muñecas y tobillos. Marisol también los tenía. No hay restos de semen.
-No, los cabrones se pondrían condón –mascullo, cabreada.
-Inspe… ¿inspectora? –Tanja, nos ha dicho su nombre tras mucho insistirle, se acerca, temblando. Lanie la toma de la mano y le frota tiernamente la espalda.
-Estás a salvo, cielo.
-Yo… quiero… quiero ayudar. Pero… tengo… mucho… tengo mucho miedo. De él. Li… también tiene miedo. Marisol… también tenía miedo. El monstruo… nos hará daño.
-Tranquila. ¿Puedes ocuparte de Li? –Lanie asiente y va con la chica, yo voy con Tanja hasta su despacho, donde la invito a sentarme. –De acuerdo, Tanja, empecemos con algo fácil, ¿de acuerdo? ¿Cuántos años tienes?
-Veinte –responde, triste.
-Eres muy joven –murmuro. Ella niega.
-Li es más joven, Li tiene… ¿dieciocho, diecinueve? Cuando… él nos… convenció, Li era virgen –dice.
Suelto una especie de gruñido, pero no digo nada. –Háblame de él, cariño ¿puedes darme su nombre?
-No sé su nombre.
-¿Sabes dónde vive?
-No.
-¿Cómo es?
-Alto. Rubio. Ojos claros. Muy guapo. Triunfador.
-De acuerdo. ¿Cómo os secuestró?
-Él no… él no nos secuestró.
-Entiendo… ¿cómo os convenció para que… os prostituyeseis?
-Tenía hambre y… estaba cansada, muy cansada. Me dolía, aquí –se señala el abdomen -. Fui al médico. Él me curó.
-¿Al médico? Espera, el hombre que te ha hecho esto, ¿es médico?
-Él me sonrió y me dijo: tranquila cielo, no te va a doler. Me curó y me preguntó: ¿tienes a dónde ir? Y yo dije: no, no tengo a nadie. Era tan bueno… me compró comida y me llevó a su casa… su preciosa casa –Empieza a sollozar -. Yo fui… estúpida. Me acosté con él… creí que me hacía el amor, porque era bueno y me susurraba cosas bonitas, pero cuando terminó… -Le tomo de la mano, tierna -… desperté en un colchón viejo y sucio y frío. Y la noche después… llegó el primero… el primer hombre malo. Iba con él. Le dije: por favor, por favor, no me hagas daño. Y él me dijo: shhh no pasa nada, ahora vas a ser buena con él como ayer lo fuiste conmigo y después podrás comer. Yo… él me miraba… tenía miedo… acepté… y luego acepté otra vez… y otra… y otra… fui tonta, fue culpa mía –La abrazo, negando, dejando que se calme.
-No fue culpa tuya… te engañó, Tanja. Eres una víctima. No fue culpa tuya –Le acaricio el rostro, limpiando las lágrimas con mis pulgares, ella se atraganta antes de seguir:
-Li llegó dos meses después… ella no quiso hacerlo y le dijo que no quería, que la dejara ir... Yo le curé las heridas después –susurra, triste.
-Fuiste buena con Li, sin ti no habría sobrevivido. ¿Y Marisol? ¿Cuándo llegó ella?
-Hace… ¿tres, cuatro meses? Pero Marisol era diferente, ella… ella no lloraba ni se quejaba. A ella no la trajo él engañada… se ofreció.
-¿Se ofreció? –repito, incrédula.
- Los hombres se quejaban: esa no sabe follar, pero era barata. La pedían… porque era buena… con la boca. Ella sólo suplicaba una cosa: poder llamar a su familia una vez… a la semana.
-No entiendo por qué se ofreció.
-Por su hermana, inspectora –aclara. Confundida, abro la boca, pero ella continua:
-Su hermana, Lucía. Lucía llegó antes que Li y se fue antes que Li. Lucía… él la mató. Uno de ellos quería… hacérselo por… por detrás. Y ella rogó y lloró y peleó. Él le pegó y su cabeza golpeó con la mesa… y mucha sangre. Mucha sangre. Él se la llevó y meses después vino Marisol. Él ni la reconoció, pero yo sí. Se parecían mucho. Ella necesitaba saber dónde estaba su hermana. Ayer… él nos sacó de allí… a las tres –susurra -. Nos llevó al hotel donde nos lleva para ver a los hombres y… nos dejó en una habitación, llevándose a Marisol –musita.
-Tranquila.
-Pasaron horas… creíamos que él no regresaría, pero regresó… sin Marisol. Nos llevó a ambas al cuarto viejo y allí… estaba muy enfadado –Esto último lo dice sin apenas voz, me cuesta oírla. Al otro lado, Li rompe a llorar y Tanja se levanta para consolarla. Lanie se aparta y mira compungida a las jóvenes que se abrazan, aterradas. Me aclaro la voz, intentando que no me tiemble.
-Fuisteis muy valientes. Las dos –le aseguro, tierna -. Escucha, Tanja, tienes que decirnos el nombre del hospital.
-Él nos matará –lamenta.
-Cariño, te prometo que no te hará daño. Os protegeremos. Te lo prometo–Y ella murmura un nombre.
Li y Tanja serán atendidas en un hospital. Me ha costado mucho pero he conseguido convencerlas; Lanie va con ellas y con dos policías. Esposito se acerca a mí, tose, incómodo. Estoy cabreada, no con él, ahora no, pero estoy muy enojada. Hay crímenes que me superan y la esclavitud sexual es uno de ellos.
-¿Siguiente paso? –pregunta.
-Vamos a por ese cabrón –replico, decidida.
Sé que no va a ser tan fácil y así es. En el hospital nadie recuerda a las jóvenes y se limitan a darnos todos los nombres de los médicos varones rubios. Les pido que manden las fotografías a Ryan, que está con las chicas para que estas intenten identificarlos. -Es muy importante –aclaro antes de marcharme, junto a Esposito.
-Quizás todavía no sepa que hemos liberado a las chicas. Vayamos al sótano –sugiere y yo acepto en silencio.
Vamos en mi coche y él trata de decir algo, pero yo no estoy por la labor de empezar una conversación. Lo único que quiero es encontrar al monstruo que tiene aterrorizadas a esas pobres chicas y meterlo entre rejas. Porque darle una paliza es ilegal. Sería satisfactorio. Pero ilegal.
-He buscado información sobre… lo que hacéis –dice, después de un rato. Freno bruscamente, alguien pita desde atrás pero lo ignoro y me vuelvo hasta el que hace poco era mi amigo.
-¿Cómo?
-Necesito… necesito entenderte…
-No quiero que me entiendas. Quiero que me dejes en paz.
-Joder Kate –protesta -. Durante años has sido la dura inspectora Beckett, una tía que patea culos sin dudar, tienes que comprender que esto me chocara.
-Esposito, sigue hablando y comprobarás que no tengo problemas para seguir pateando culos.
-Eso es lo que intento decir –se defiende -. Que he comprendido que una cosa no quita a la otra.
-Enhorabuena –replico -. Ahora puedes dar una charla sobre BDSM. Pero a mí no me hables.
-Estoy tratando de pedirte perdón.
-No me interesan tus disculpas.
-Vale… -suspira, rendido y yo continuo, diciéndome a mí misma que hemos perdido unos valiosos minutos.
Llegamos al sótano dónde encontraron a las chicas gracias a un rastro de sangre y entramos en silencio. Los técnicos que han recogido pruebas ya se han marchado, dejando el correspondiente precinto. Lo retiro, rezando para que le asesino aún no lo haya visto y entramos, despacio. Yo delante, él detrás, ambos con las pistolas preparadas. Noto, cabreada que vuelve a temblarme la mano al cogerla. Y él también lo nota.
-¿Estás bien?
-Sí –replico.
-Puedes cubrirme tú a mí si…
-Esposito, te he dicho que estoy bien –le corto.
Se oye un ruido y ambos miramos hacia la entrada. Un hombre baja las escaleras, lleva una bandeja en las manos.
-¿Zorritas? Venid con papi, es hora de comer. ¿Dónde estáis?
Controlo mis náuseas y apuntando con el arma grito:
-Policía de Nueva York, no se mueve.
La bandeja cae al suelo con gran estrepito y el tío saca un arma. Esposito grita y yo también. Él tío apunta a Javier. -¡Baja el arma!
-Eso no va a pasar, caramelito. Será mejor que tú y tu amigo bajéis las vuestras.
-Baja. El. Arma. –repito. Él se ríe y mueve la pistola, pero no para bajarla, sino para apuntarme a mí.
No sé qué es lo que pasa pero durante los siguientes cinco minutos no soy consciente de lo que sucede a mí alrededor. Sé que Esposito vuelve a gritar y que se oye un disparo. Sé que me dejo caer y el arma se me escapa de las manos. Pero nada más. Un sonido me hace volver en mí. Una voz firme, hablándome.
-¡Beckett!, ¡Kate!
Alzo la mirada y me enfrento a los ojos oscuros de Esposito. El tío yace bocabajo, gritando de dolor, esposado. –Qué ha… ¿qué ha pasado?
-Le he disparado en el brazo –responde -. Vamos.
Coge al tío y tras mirarme, sale de allí. Tengo frío y apenas puedo moverme. Pero al final mis piernas reaccionan y lo sigo.
Esposito me dice que espere en el coche mientras pide una ambulancia –Sospechoso herido –dice, antes de colgar. La ambulancia no tarda mucho en llegar y tras dejar al tipo a cargo de un agente, Javier se sienta en el asiento del conductor. -¿Estás bien? –pregunta, suavemente. Asiento, sin querer hablar.
-No es el médico –dice, con voz grave. Este tío es bajito y moreno… no coincide con la descripción de Tanja.
-Lo sé –susurro.
En la 12 voy Esposito me deja en la sala de descanso y tras echarme una última mirada va al hospital, a hablar con nuestro sospechoso. Me dejo caer en el sofá, con la cabeza entre las manos. Apenas diez minutos después mi móvil empieza a sonar. Rick.
-Beckett –respondo, tratando de sonar normal.
-Hola –dice, amable -. ¿Va todo bien?
-S… ¿Esposito te ha llamado? –pregunto. El suspira.
-Me dijo que esperase un rato para llamarte… que te darías cuenta… debí hacerle caso.
-No tienes motivos para preocuparte –digo -. No es nada.
-Te has bloqueado –me contradice, aunque sin brusquedad.
-Por favor no… sabes que necesito hacer esto.
-Lo sé –responde -. Y por eso no voy ahí a darte un abrazo. Sólo prométeme que me llamarás si me necesitas.
-Te lo prometo.
-Te quiero, Kate –susurra y cuelga.
Dejo el móvil a un lado y la pantalla se vuelve a iluminar. Esta vez es un mensaje:
Por cierto, hoy cenamos con mi madre.
Suelto una carcajada, que llama la atención de un joven agente, que me mira sorprendido.
Ryan vuelve del hospital y se acerca a mí:
-¿Y las chicas?
-Están bien, Lanie está con ellas. Tres agentes las vigilan.
-¿Han identificado al médico?
-No –suspira -. Sus médicos dicen que tienen que descansar y no me han dejado enseñárselas.
-Joder. Si ellas lo identificaran, todo sería más rápido.
-Creo que yo puedo ayudarte –Esposito se acerca a nosotros. -Nuestro tío se ocupaba de mantener a las chicas. El asesino le pagaba con ellas –responde con asco-. Le pregunté sobre su jefe, al principio no quería cooperar, pero fue tocarle amablemente la herida en el brazo y cantar como un pajarito.
-¿Y?
-Andrew Stark –dice, satisfecho.
-Vamos a por él.
Esposito va con Ryan hacia el coche, pero yo lo freno: -¿Vienes conmigo? –Ryan nos mira y empieza a sonreír.
-Cállate –decimos ambos, pero Javier me sigue.
Ya dentro del automóvil suelto un sencillo gracias.
-De nada.
-No vuelvas a hablar con Castle sobre mis problemas –añado. Él esboza una sonrisa.
-¿O me pegarás con uno de sus látigos?
-No –respondo, tranquila -. Te pegaré con mis puños. Y luego te bajaré los pantalones y te daré con uno de sus látigos.
-Eso me po…
-No lo estropees –le corto, divertida.
Y todo se arregla.
El cabrón está en su apartamento, con su mujer. En cuanto nos ve trata de escapar, yendo hacia la azotea. ¿Por qué siempre huyen hacia la azotea? Los tres le seguimos; me siento llena de energía y cuando le aviso, mi voz suena fuerte y clara:
-¡ALTO!
Él nos mira y lentamente se acerca al borde. Y después, tras lanzarnos una mirada burlona se deja caer al vacío. Esposito y Ryan corren hacia allí y se vuelven hacia mí. Yo suspiro, dejando caer el arma.
-Vamos a tener que dar muchas explicaciones.
-Pues sí…
-¿Una cerveza? –ofrece Ryan y Espo asiente. Yo sonrío, pero niego.
-Tengo que hacer algo primero.
-o-
-Entonces… ¿está muerto?
Tanja me mira, sin poder creérselo, a su lado Li derrama lágrimas silenciosas de alivio. Le tomo de la mano, con cariño.
-Sí. Se acabó, cielo. Nadie más volverá a haceros daño.
Tanja rompe a llorar y se abraza a Li. Sin decir nada me marcho de allí, sabiendo que ahora mismo sólo se necesitan la una a la otra para curar las heridas. Estarán bien. Quizás no mañana ni pasado. Pero se curarán. Al igual que Pam. Al igual que yo. Ahora sé que estoy curada. Sintiéndome radiante lo llamo. Él responde enseguida, parece asustado:
-¿Va todo bien?
-Sí –respondo -. Nunca ha ido mejor.
Aunque no pueda verlo, sé que ahora él también se siente bien.
-o-
-Bueno ¿y para cuando la mudanza?
Martha Rogers nos mira alegremente, con una copa en la mano que Rick ha llenado tres veces, si no he contado mal. Intercambio un gesto con él, quien se vuelve hacia su madre:
-Madre…
-¿Qué? Cariño, tú casi vas a la cárcel y tú Kate, casi mueres. Así que, eso de pasarlo bien en la habitación de arriba es…
-¡Madre!
-…genial pero, ya es hora de que deis un paso más. Tendréis que saber si podéis vivir juntos antes de que haya boda…
-¡MADRE! –Rick parece horrorizado, yo me bebo mi copa de un trago.
-¿Qué? –pregunta, sorprendida ante nuestro comportamiento.
-¿No se te ha ocurrido pensar que es demasiado pronto para estas cosas? Apenas hace unos meses que estamos juntos.
-Querido, yo me casé con un hombre un mes después de…
-Y te divorciaste al mes siguiente –la cortó.
-Sí, pero tú eres el amante del control, a ti eso no te pasará. Vamos, ¿no os apetece darle un poco de alegría a vuestra relación?
-Madre, ¿te importaría dejar que Kate y yo hablemos de esto entre nosotros?
Martha se vuelve hacia mí -Chica, mi hijo es un aburrido, debe ser realmente bueno con el látig…
-Vale, se acabó, no más vino para ti.
-¿Pero qué he dicho?
-Ah… creo que no voy a terminarme el pescado –comento, dejando la servilleta en el plato.
-No te habré incomodado –dice, ahora preocupada.
-Madre, casi le pones una alianza en el dedo, claro que la has incomodado.
-Oh… querida no era mi intención.
-No, no, no –me apresuro a decir -. No pasa nada, tranquila.
-Bueno… de postre había tarta de whiskey –suspira Rick – pero antes de que mi madre nos compre una casita en las afueras, mejor saco una tarrina de helado.
-Idiota –masculla ella; él ya no parece molesto y le da un beso en el pelo, antes de mirarme y preguntarme con la mirada si todo va bien. Yo asiento.
-o-
-¿Te gusta así? –pregunta sobre mi clítoris.
Hoy no hemos ido al cuarto de juegos, después de pasar la noche anterior allí Rick comentó algo parecido a un de vez en cuando hay que variar y me ha llevado de la mano hasta su cama. Tras desnudarme, sin ataduras, ni juguetes ni nada ha empezado a besarme por todo el cuerpo. Por un lado echo de menos el control, pero por otro, un poco de empalagosa vainilla nunca viene mal.
-¿Estás aquí, Kate? –dice, mirándome a los ojos, ligeramente ofendido. Trato de no reírme y asiento.
-Lo siento, estaba pensando en…
-¿Tengo mi boca en tu coño y tú estás pensando? –reclama, indignado.
-En el cuarto de juegos.
Él alza la cabeza, su mirada pasando del enfado a la arrogancia en cuestión de segundos.
-¿Ya lo echas de menos?
-No he dicho eso –respondo. No hay ninguna necesidad de aumentar su ego.
-Ya…
-Olvídalo y sigue.
Él me mira, sus ojos más oscuros: -Kate… que no estemos en el cuarto de juegos… no significa que no pueda darte lo que quieres.
Antes de que me deje hablar coloca mis manos sobre mi cabecera y me habla al oído: -No los muevas de ahí.
Ese tono de voz me excita más que todos los chismes del cuarto juntos. Rick me mira, presumido, antes de lamer un pezón haciendo remolinos y continúa bajando. Mi cuerpo se arquea bajo su boca. –Veamos sí ahora puedes pensar –murmura, de nuevo sobre mis pliegues, cada vez más mojados. Voy a decirle algo sarcástico para cabrearlo pero su lengua roza perezosamente mi clítoris y eso reclama toda mi atención.
-Tan dulce –susurra, volviendo a chuparlo. En una acto reflejo bajo mis manos y presiono su cabeza sobre mi cuerpo, pero él para –Sube las manos –me ordena y yo obedezco -. Buena chica –me halaga, complacido antes de seguir.
De nuevo su lengua juega conmigo, torturándome, sus caricias son demasiado lentas y aumentan mi necesidad. Él lo sabe y aun así continúa así, durante el suficiente tiempo como para que vuelva a desobedecerlo. Una vez más, para –Kate, ¿voy a tener que atarte? Vuelve a poner las manos donde estabas.
-Ve más rápido –protesto y recibo por respuesta un azote en el interior de mi muslo. Peligrosamente cerca de mi sexo.
-Las manos –repite y cuando me coloco a su gusto vuelve a bajar. Pero esta vez me penetra con un dedo, moviéndolo con lentitud, imitando a su lengua. -¿Sabes? –vuelve a lamer –He estado pensando –otra pasada húmeda y cálida – y creo que mi madre tiene razón –Me mete otro dedo y succiona mi clítoris. Gimo, apretándome en torno a él.
-¿Ahora quieres… ahh… hablar de… joder… eso? –trato de decir.
-Creo que estarás de acuerdo conmigo… que es muy pronto para un compromiso como el que ella sugería… -Sus dedos hacen maravillas dentro de mí; siento como presiona despacio en mi ano y me introduce otro por allí. Me muerdo el labio, deseando que se calle y siga -… pero yo sí que quiero un tipo de compromiso… un compromiso muy especial.
Por un momento me concentro en sus palabras y voy a preguntar, pero él vuelve a chuparme el clítoris, ahora dándome golpecitos con la punta de la lengua, mientras sus dedos entran y salen, más rápido.
-Rick… Rick…
-Sabes tan bien –gime, su voz es como un ronroneo sobre mi sexo - … sé mía Kate –me susurra, curvando sus dedos que acaban de encontrar mi punto G -… sé mía.
-Rick… por favor…
-Sé mía –repite, acariciando las paredes de mi vagina y mi ano, pero sin darme lo que necesito –Dime que sí…
-Sí, sí, sí…
-Déjame saborear tu orgasmo –termina. Succiona mi clítoris y esta vez no se detiene, no hasta que me corro en su boca, sin ser consciente de lo que ha pasado. Sólo puedo sentir el placer que me dan sus dedos y su lengua, nada más. No me importa nada más.
Él me deja, tras darme un último beso en mi clítoris y va hacia su escritorio, de dónde saca una caja de joyería. Lo miro fijamente, sin poder hablar. Abre la caja:
-Katherine Beckett, aunque sea demasiado pronto y no haya ninguna garantía de que vaya a salir bien, ¿me dirás que sí?
El collar es sencillamente hermoso. Una gargantilla de oro blanco. Sé lo que significa. Lo que para un amo significa un collar. La total entrega de una sumisa hacia él. Una entrega que en nuestro caso significa amor y confianza. Y sólo hay una palabra que puedo decir a su propuesta:
-Sí. Soy tuya, Rick. Y tú eres mío. Sí.
Rick me mira, con los ojos humedecidos y deja el collar a un lado. Me atrae y me abraza, con fuerza. Quiero a este hombre.
-¿Sabes lo qué significa esto? –pregunta en voz baja, sin dejar de acariciarme el pelo.
-Que habrá una ceremonia –respondo en el mismo tono, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Una ceremonia para ponerme el collar. ¿Cómo será? ¿Habrá sexo? ¿Quién estará allí?
-Sí, una ceremonia. Para decirle a todos que nos pertenecemos el uno al otro. Nuestra ceremonia –murmura, feliz.
-Nuestra ceremonia… -repito -. Supongo que nuestros padres no querrán venir.
-Por si acaso, no se lo sugieras a mi madre.
Ambos nos reímos, con complicidad. No, lo que ocurrirá en esa ceremonia no es algo que nuestros padres deban ver. Ya habrá tiempo para que haya una para ellos. Ahora sólo quiero mi collar. Mi collar de sumisa. El collar de Richard Castle.
Muchas gracias por seguir esta historia, ha sido un placer escribirla. Si queréis ver la ceremonia, nos vemos en el epílogo: prometo amor y sensualidad a partes iguales.
Un beso.
