Disclaimer: Ni Monster Musume ni ninguno de sus personajes, conceptos o locaciones predeterminados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.


Estrella

-¡Y esta es la última vez que te lo digo! ¡Como vuelvas a hacerle ojitos a mi...!

Lala no pudo terminar la frase. Sintió que la cabeza se le iba, que sus ojos parecían perder foco en el escenario, que sus piernas flaqueaban, que se iba derecho al suelo sin remedio. Su contraparte se echó hacia atrás, tan impresionada como quienes observaban el ensayo de la obra más reciente, conforme ella cayó de rodillas, presa de un insoportable asco en su garganta.

-¿Estás bien? -Francisca, la centauro lechera, acudió presurosa en su auxilio-. ¡Reacciona, por lo más sagrado!

-No... No creo que...

Se quedó en nada la respuesta de la peliplateada, quien sucumbió ante el azote de las náuseas y manchó el piso con una oleada de ácido vómito. Ni siquiera ella acertó a comprender cómo no se le separó la cabeza del cuello producto de las repetidas convulsiones, más propias de alguien que hubiese sido enchufada a la red eléctrica nacional. Respiraba con dificultad y si hubiese tenido pulso, este habría sido errático, casi imperceptible a menos que se contara con oídos muy finos. No tardó el resto del grupo de actuación en rodearla, la mayoría limitándose a mirar en absoluta impotencia el estado de su compañera dramática.

-Pobre Lala -dijo uno de ellos-. Eso no se lo deseo a nadie.

-¿Qué puede haberle causado esto? -habló otra-. Hasta donde sé, esta chica es de hierro.

-Cuando sufrió el espasmo me llegó a doler a mí -acotó un tercero.

-Sea lo que sea, no es prudente que continúe -esbozó el director-. Háganle un poco de espacio y traigan algo para...

-¡Permiso!

Kimihito Kurusu, quien presenciara el ensayo desde la tercera fila del auditorio, llegó casi al final porque en un principio no daba crédito a lo que veían sus ojos. Nada más percibir de lleno la gravedad de la situación, saltó de su silla cual resorte y a punto estuvo de subir por la zona reservada a la orquesta. Lamentablemente sus músculos lo traicionaron, haciéndolo caer sin escalas y obligándolo a usar la escalera. Aunque se azotó ligeramente el trasero, su propio dolor no era nada en comparación al que dominaba a su amada Lala.

-¡Permiso! -repitió cual poseso-. ¡Déjenme pasar!

Francisca fue la primera en desarmar el grupo y se llevó consigo al profesor y un par de compañeros extra; todos contemplaban esa escena, más realista que cualquier otro punto de la obra, con rostros desencajados. La chica monstruo continuaba jadeando, su cabellera precipitada hacia adelante a la usanza de un límpido sauce salpicado de sudor. No fue hasta que sintió esos brazos que conocía tan bien sobre sus hombros que reaccionó.

-Gerkhemi... -dijo débilmente-. Gracias a Hades que estás aquí...

-¿Qué te ocurrió, mi vida? -él estaba casi fuera de sí-. Por poco me sentí morir a lo lejos.

-Náuseas -retrucó ella-. Siento unas náuseas horri... -se sacudió entera y vomitó nuevamente, esta vez casi pura bilis amarillenta-. Ah... Hah... Necesito... un poco de agua. Quiero lavarme la boca.

-¿Alguien podría traerme un vaso de líquido? -imploró Kurusu al resto de los presentes.

-Iré por algo de agua fría -contestó el primer hombre, uniendo la acción a la palabra.

Kimihito ayudó a incorporarse a Lala y la llevó hasta la misma butaca que él antes ocupara, sentándose a su lado con expresión de ultratumba; ni siquiera en el Día D había estado tan nervioso como ahora. Acarició levemente sus manos y su corazón llegó a saltar de alivio cuando ella, abriendo levemente esos ojos dorados que lo volvían loco, le dedicó una tenue sonrisa. Tomando ventaja de la situación y también de la respetuosa distancia guardada por el profesor y los demás alumnos del curso comunitario de actuación, secó su frente y cualquier otro trozo de piel expuesto mediante un pañuelo de seda que procuró del bolsillo de su pantalón.

-Aquí está el agua -dijo el tipo, entregándoles el vaso-. También traje una palangana para que botes los restos, Lala.

-Gracias, Yuki... -contestó ella débilmente.

-Quédate tranquila, mi amor -el pelinegro le ayudó a beber poco a poco-. Ya pasó y estoy aquí. Toma de a poco y no tragues.

Asintió la otrora cazadora de almas, enjuagando su paladar con todo el ánimo posible e incluso haciendo gárgaras antes de botar la mezcla en el cuenco. Repitió el proceso otras dos veces y quedó bastante satisfecha a pesar del toque áspero en sus dientes, clara seña de que sus ácidos estomacales le pasaron usurera factura al esmalte. Después se inclinó sobre su adorado muchacho, cerró los ojos y se dejó llevar hacia un descanso precario pero que hasta la última célula de su cuerpo demandaba. Ambos estuvieron así cuatro a cinco minutos, levántándose lentamente una vez ella percibió más firmes sus piernas.

-Lamento haber interrumpido el ensayo, señor -la Dullahan inclinó su cabeza para pedir disculpas-, pero esto me vino tan de repente que...

-No es necesario que te excuses, Lala -atajó el profesor-. En este estado lo mejor que puedes hacer es descansar. Limpiaremos el escenario y continuaremos con otras escenas mientras tanto.

-Espero poder volver pronto -añadió la peliplateada con evidente decepción.

-Tómate el tiempo que necesites para recuperarte. Te conozco bien y sé que esta reacción es absolutamente impropia tratándose de ti -le palmeó dos veces el hombro izquierdo-. Aquí te esperaremos.

-Gracias, señor.

-Ven, querida -Kimihito la tomó del brazo y la animó a caminar-. Aún nos queda una breve caminata para llegar a casa.

La pareja se despidió del contingente con una mirada respetuosa y abandonó el auditorio una vez recogieron la mochila con las pertenencias de la Dullahan. Adentro, además de algunos implementos necesarios para hacer más realista la actuación, como cuchillos de utilería o cartuchos de sangre falsa, venían algunos bocadillos preparados por el mismo chico y una botella de jugo de frutas. "Tendré que poner a refrigerar esto apenas lleguemos", pensó Kurusu. "De momento ella no puede comer nada". Mantuvieron el paso una vez llegaron al corredor que conectaba el lobby con el auditorio, sin pronunciar palabra alguna hasta emerger al frío de noviembre. Ya estaba oscureciendo, lo que ponía la hora actual cerca de las seis y media de la tarde.

-Me siento tan tonta, Gerkhemi -murmuró ella una vez cruzaron la calle, siempre del brazo y lentamente-. No comprendo cómo mi cuerpo puede haberme traicionado de esa forma.

-Ya pensaremos en la causa, querida -él la reconfortó con un besito en la mejilla-. Ahora tu única preocupación debe ser relajarte. Suu y yo nos encargaremos de todos los pendientes que aún queden, desde cocinar la cena hasta darte un buen baño y cambiarle las sábanas a la cama para que puedas dormir bien.

-Pero si hace sólo dos días pusimos la nueva ropa de cama.

-Ninguna falta estamos cometiendo con semejante brevedad, Lala -devolvió Kimihito una vez doblaron a la derecha en la primera esquina-. Respira profundo y si quieres cerrar los ojos, hazlo con toda confianza. Estás conmigo y por ningún motivo te dejaré abandonada a tu suerte en ese estado.

La respuesta de la chica monstruo se quedó en nada, en parte por el cansancio aún haciendo llorar sus músculos de dolor y también debido a la extrema nobleza del humano, la misma que le llevara a enamorarse perdidamente de él en primer lugar. A mitad de cuadra se cerraron los ojos de la Dullahan, quien agudizó su oído y contó mentalmente hasta el último paso separándolos de la verja. Si bien las fuerzas seguían escurriéndose por un agujero que no acertaba a encontrar, alcanzó a sacar suficiente ñeque para abrir la reja (cuya separación de barrotes era inconfundible) y extraer del bolsillo de su chaqueta el llavero con forma de sol que cuidaba tanto como su Loonie, el que colgaba todos los días de su cuello sin importar la ocasión.

Suu, quien los estaba esperando con los ingredientes listos para cocinar, vio su sonrisa inicial ser borrada sin apelación cuando aparecieron por la puerta principal. Cerró presurosa la puerta gracias a sus manitos revestidas con mitones de goma y acto seguido cogió la mochila que le entregara su amo, dejándola de inmediato en el primer sillón que pilló.

-¿Qué te pasó, Lala? -la limo intentó ayudar al chico a cargar a la muchacha de piel azul-. Perdón que lo diga, pero realmente estás de muerte.

-Le vino un mareo súbito durante el ensayo de su obra y la traje de vuelta -explicó él-. Ahora mismo está agotada, casi al límite de sus fuerzas.

-Agua... -murmuró la Dullahan-. Necesito beber algo...

Cruzaron una mirada Kimihito y Suu, esta última entendiendo de inmediato lo que debía hacer.

-Le prepararé una infusión ipso facto, si es que no antes -declaró la liminal acuosa-. Si la memoria no me falla aún debemos tener bastantes materiales en la alacena para improvisar algo.

-Me harías un gran favor, pequeña -el anfitrión la miró con absoluta confianza-. ¿Contamos con toallas limpias?

-Están en el armario, amo. Separaré también un juego nuevo de sábanas para la cama que comparten y lo dejaré en su cuarto junto con un jarro lleno.

-Un millón de gracias, Suu -Kurusu besó su frente con auténtico cariño-. Nos has quitado un enorme peso de encima.

Mientras los enamorados siguieron pasillo arriba para alistar la bañera y sus pijamas, la chica del impermeable amarillo entró a la cocina, apartó de inmediato una silla y asaltó el nivel superior de las alacenas. Sonrió levemente al hallar un paquete de hojas de menta cosechadas esa misma mañana desde el pequeño almácigo descansando en la ventana junto al refrigerador. Tomó cuatro o cinco tallos grandes y los reservó, sacando después un cuchillo afilado para pelar un limón. Cortó una sección particularmente aromática de la cáscara, combinándola con la menta y deleitándose ante esa mezcla de aromas tan contradictorios y a la vez tan compatibles.

-Ahora me falta el ingrediente principal.

Abrió el grifo del lavaplatos, succionando ella misma el líquido transparente y filtrándolo gracias a las increíbles propiedades de su gelatinosa complexión; para ello hubo de quitarse sus guantes sin dedos. Por su mano izquierda se precipitó un chorro puro dentro del hervidor y en la derecha, rumbo al basurero cercano, quedaron los minerales excesivos, tan propios de los suministros urbanos. Suu misma tomaba estas precauciones por experiencia propia, siendo plenamente consciente de los efectos que hasta las sustancias más inocuas podían ejercer en su comportamiento si se las dejaba marinar demasiado rato ahí dentro. Gracias a la agente Smith conoció historias de limos problemáticas en otras áreas de Japón cuyas causas iban desde fluidos percolados (también conocidos como "jugo de basura") hasta gasolina.

Encendió el aparato y aguardó pacientemente los 90 segundos que tomaba hervir el agua debidamente purificada. Una vez se apagó la lucecita junto al interruptor y el vapor se extendió hasta donde lo permitiera su efímera física, la extraespecie se colocó nuevamente sus mitones y vertió el contenido en una jarra de vidrio gruesa, con la consistencia ideal para soportar altas temperaturas. A ella se unieron la menta y el limón, los que maceró con una cuchara sopera para hacerles soltar sus propiedades benéficas. Tapó todo con un trozo grande de papel aluminio, contempló satisfecha la primera parte de su misión y luego abandonó la cocina. Las colchas y sábanas no iban a salir del armario por voluntad propia.

Mientras tanto, en el baño, Kurusu terminó de limpiar una nueva dosis de bilis manchando el piso. Esta vez no fue tan abundante, aunque a Lala realmente le costó expulsarla de su apaleado organismo. Botó el papel higiénico al inodoro, accionó el desagüe y ni siquiera contempló el remolino formándose a sus pies. La Dullahan seguía sentada al borde de la bañera y sólo una toalla bien ceñida al cuerpo era la diferencia entre un respetable pudor y el traje de Eva. El mismo humano no estaba muy lejos de emular a Adán, llevando su propia toalla bien amarrada al cinto.

-¿Qué tal estás ahora? -inquirió él, llevándola a sentarse en su taburete para bañarla.

-Cada vez más confundida -respondió ella con absoluta franqueza-. Me siento, además de débil, pesada e inquieta por dentro. Por momentos creo que no soy yo misma, Gerkhemi -se sentó-. Esta debilidad es lo que esperaría de alguien en sus últimos suspiros.

-Afortunadamente tú tienes el don de la vida eterna, dulzura -Kimihito la besó nuevamente en su mejilla-. ¿Deseas refugiarte en mí mientras te baño?

-Anhelo sentirte conmigo, mi amor -por primera vez salió ese tono de total devoción-. No me dejes.

-Nunca lo haría.

Lala misma deshizo el nudo sobre su busto y entregó a su amado la toalla, quien la dejó al borde de la amplia bañera. Cerró nuevamente los ojos, dejándose llevar por las claves únicas de esos dedos que tan bien conocían su cuerpo. Sintió la inyección de calor generada por el vapor inundando poco a poco el cuarto de baño, así como el suave tacto de las gotas recorriendo cada curva, pliegue y montaña. Duró dos minutos la primera ducha sobre ambos, tras la cual el anfitrión aplicó shampoo en sus manos y comenzó a lavarle esa cabellera plateada cuyo equivalente más cercano era una fresca lluvia primaveral.

-¿Mejor? -preguntó Kimihito en un seductor susurro.

-Bastante mejor -replicó ella de la misma forma-. Sigue así, Gerkhemi, que soy arcilla bajo tu experto comando.

Además de pasar esa bendita espuma hasta en la última hebra, el chico deshizo algunos leves nudos gracias a un peine fino que trajo de antemano desde su habitación. Lavó entonces su propio cabello negro con algo más de brusquedad, enjuagándolo de modo que buena parte del agua saltara al cuerpo de Lala. Estaba la Dullahan en total relajación, olvidando poco al poco el asco en su paladar y el dolor que antes la arrojara al piso del teatro, haciéndole probar la impotencia asociada a seres mortales por primera vez en su larga vida.

-Bien, ya hemos terminado con esto -dijo él con aprobación-. Ahora toca otra cosa importante.

El aroma del acondicionador de menta, favorito indiscutido de la Dullahan desde tiempos inmemoriales, se desperdigó hasta el último rincón gracias al poder arrebatador de la humedad. Masajeó el anfitrión cada centímetro del cuero cabelludo de su amada, pasando posteriormente a grupos de hebras que se ondulaban al paso de la cremosa fórmula y rociaban, pulso a pulso, oleadas de infinito placer. Una vez él comenzó a jabonarle el cuerpo, pasando la esponja por sus hombros, busto y esas divinas caderas que no tenían comparación, Lala se sintió flotar en una cómoda nube, aislada de todo lo que no fuese la presencia del muchacho detrás de ella. Si hubiese contemplado su reflejo en un espejo, habría notado el leve y exquisito toque de un rubor íntimo e irrepetible. Nada más él retiró sus manos para enjuagarla, ella juntó súbitamente sus piernas, desmenuzando en absoluto detalle el pequeño chorro emergiendo de su zona más íntima al tiempo que suprimía un leve gemido.

-Ah... -jadeó de forma más audible una vez decantó el éxtasis.

-¿Ocurrió algo? -el pelinegro por poco se levantó en alarma.

-Nada malo, Kimihito -otro jadeo salió de los labios de la agente del inframundo-. Gracias a tus exquisitas manos pude liberar una buena parte de mi propia tensión. Si continúas tu limpieza con lo que queda de mi cuerpo, me harás infinitamente feliz.

Se dio vuelta sobre el taburete y separó levemente las piernas, mostrándose tal como era ante el humano que era dueño absoluto de su corazón. Kurusu no pudo evitar una súbita erección pero mantuvo la cabeza fría gracias a una dosis localizada de agua ídem; su primera prioridad era ayudar a Lala a relajarse y pasar una buena noche para que mañana estuviese totalmente operativa. Mientras cubría su estómago y entrepierna con blanca espuma, como tantas otras veladas previas, no podía evitar ponderar que la chica peliplateada era una auténtica diosa por dentro y por fuera, reflejo bello y perfecto de aquellas vetas nobles presentes en los rincones más selectos del inframundo. Ambos terminaron de limpiarse al poco rato y agasajaron sus cuerpos con una última ducha de agua caliente en vez de meterse a la amplia tina.

-¡Cómo me hacía falta esto! -Lala se puso lentamente de pie y procedió a secarse-. Me siento renacida, por muy raro que suene viniendo de alguien como yo.

-Una vez escuché a alguien decir que el mundo se acababa cada día pero inmediatamente aparecía otro igual y nadie lo notaba -Kimihito la ayudó con la toalla antes de encargarse de sí mismo-. Ergo, tu mención de renacer no está fuera de lugar.

-Eres muy ocurrente, Gerkhemi -ella no se resistió y lo besó en los labios al tiempo que se colocaba la parte superior de su pijama de seda-. Por eso te amo tanto. Quisiera agradecerte por toda tu ayuda; seguramente debo haber estado hecha una piltrafa cuando llegué aquí.

-Nada has de agradecer, mi amor, porque me encanta ayudarte -él le acarició su lavada cabellera plateada y también se vistió-. Ya verás que una buena noche de sueño te dejará como nueva.

-Acurrúcate conmigo, ¿vale? -pidió la Dullahan con voz infantil-. Si hay una cosa que me encanta es cuando hacemos la cucharita.

-Pide lo que desees, mi amor, y lo tendrás.

Dejaron las toallas secando sobre la barra de la ducha, se lavaron los dientes, apagaron las luces y salieron del baño rumbo a su habitación. Grande fue su sorpresa al ver que Suu no sólo tenía servido un vaso grande de infusión de menta, sino que hasta había cambiado sábanas, frazadas y cubrecama sin ayuda.

-Espero que haya quedado bien -mencionó una vez ajustó las almohadas-. No suelo hacer camas muy a menudo porque, bueno, ya saben...

-Gracias por tu preocupación, amiga -Lala le acarició la barbilla antes de besarle la frente-. Ya con esto nos has dado una mano enorme. Puedes llevarte algo del agua que preparaste si gustas; con lo que me serviste basta y sobra.

-Ya reservé algo para mí y lo tengo en la cocina -la limo le guiñó un ojo-. A todo esto, amo, apagué también las luces, cerré todas las puertas y ventanas y guardé todo lo que íbamos a usar para la cena de hoy en el refrigerador. Mañana, dependiendo de cómo amanezca Lala, veremos qué hacemos con ello.

-Gracias por eso también, Suu -Kimihito le regaló otra sonrisa-. Sé que aún no son ni las ocho pero sería mejor que nos retiráramos.

-Buena idea; hemos pasado por demasiadas cosas en muy poco rato -la chica acuosa le dio un beso en la comisura de los labios y luego se despidió de la Dullahan-. Que pasen buenas noches. Si necesitan cualquier cosa, avísenme, sin importar la hora.

-Buenas noches para ti también, queridita -Lala le lanzó una mirada de extremo cariño-. Duerme bien.

Kurusu apagó las luces, abrió la cama recién hecha y dejó que su enamorada probara primero el fresco crujir propio de sábanas recién cambiadas. Notaron ambos entonces que el lecho estaba en perfectas condiciones y ninguno de sus costados se desplazaba a expensas del otro. La Dullahan tendióse en posición fetal mirando al muro, quedándose bien quietecita hasta que su Gerkhemi se pegó a ella, imitándola y acompasando las respiraciones de ambos.

"Hades supremo", pensó Lala antes de sucumbir ante el sueño, "gracias por ayudarme a superar este obstáculo".

Al cabo de quince minutos ambos dormían plácidamente y durante largas horas no se escuchó más que silencio en la casa. Lala disfrutó ese lapso de una forma que nunca creyó posible, sin recibir perturbación alguna de sus agarrotados músculos o de esas náuseas asquerosas que revelasen una inusitada debilidad. Giró sobre sí misma un par de veces a fin de buscar el calor de Kimihito, quien respiraba suavemente y entremezclaba su aliento con el de ella.

En el preciso momento que ambos sonreían de forma inconsciente, tal vez por estar soñando con la misma cosa, vino el siguiente timbre de alarma. Una súbita comezón abofeteó a Lala, haciéndola incorporarse como accionada por un mecanismo. A oscuras desabotonó la parte superior de su pijama y comenzó a rascarse frenéticamente la zona afectada. Por momentos llegó a juntar los dientes; su epidermis parecía exageradamente sensible incluso bajo el efecto de uñas limadas hace apenas dos días.

Al cabo de nada el bamboleo de la cama terminó matando el sueño del humano, quien nada más encender la lámpara del velador quedó pasmado: su adorada chica monstruo estaba rascándose los pechos, colocando especial énfasis en el área alrededor de sus azulados pezones.

-¿Lala? -inquirió casi con vergüenza.

-Ah, mi amor -ella lo miró acongojada, sonrojándose mientras seguía pasando las uñas-. Perdón por despertarte tan a deshoras, pero la picazón me vino de repente y no hallo cómo frenarla.

-¿Habías sentido esto antes, querida?

-Nunca en mi muerte -la extraespecie se movió, sentándose al borde del lecho-. ¡Ah, cada vez pica más!

-Creo que algo de loción corporal podría salvar nuestra noche -sugirió Kurusu-. Mi madre siempre dice que una de las causas de la comezón es la piel seca.

-A estas alturas estoy dispuesta a probar lo que sea. No me moveré del sitio.

El chico revolvió un poco el tocador junto al armario y halló una botella plástica de color blanco, con agarre anatómico y más o menos medio litro de capacidad. Era de una conocida marca de cosméticos y estaba allí por recomendación de la misma Aika, quien durante varios años había tenido que lidiar con la falta de hidratación en su capa exterior.

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Cambió rápidamente de manos el envase y la Dullahan, luego de colocarse una generosa cantidad en ambas manos, procedió a cubrir sus mamas de aquella sustancia alba que se iba desvaneciendo poco a poco con el correr de los minutos, haciendo mutar la picazón en agradable frescura. Frotó con extremo cuidado las aureolas rodeando sus pezones, secando posteriormente sus manos gracias a unas toallas de papel que le pasara Kimihito. Lo último que hizo antes de dejarse caer sobre el lecho, su camisa aún abierta, fue beber de un trago una generosa dosis de la infusión ya fría. Además de los toques de menta y limón, su paladar captó leves notas amieladas, creando un sabor fresco, sumamente agradable y que podría tomar incluso estando en perfectas condiciones de salud.

-Otra vez quedé exhausta -jadeó Lala una vez su novio apagó la luz-. ¿Qué narices me está pasando?

-Tampoco acierto a explicarlo del todo, dulzura -él la atrajo hacia sí y ella aceptó encantada-. Lo último que deseo pensar es que algo ande mal en tu interior, pero estos síntomas que vimos anoche y ahora... no son poca cosa.

-Sé que esto puede sonar absurdo, Kimihito, pero es como si estuviera... viva -pausó de pura sorpresa-. Digo, ese ataque súbito de vómito durante mi clase; el cansancio demoledor que me invadió cuando me trajiste a casa; la comezón en mis pechos e incluso esa irritabilidad que tuve una vez caí al suelo se salen de cualquier escala de normalidad asociable a mi especie.

-¿A qué te refieres con lo de irritabilidad, Lala?

-Cuando perdí el control de mí misma en esa escena donde aparecíamos Francisca y yo y luego vomité, me sentí como una auténtica tonta. Sabrás bien, Gerkhemi, que nosotras somos liminales orgullosas y siempre mostramos una faceta inconmovible al estar en presencia de extraños. Sólo el hombre que nos ha conquistado tiene permiso para ver nuestro "lado B", por llamarlo de alguna forma. Eso fue lo que me llevó a aceptar el papel de villana en la producción que ensayábamos, pero desde ya digo que no estaba pensando en la época previa al Día D ni esas ridículas obsesiones que me servían de máscara para despistar a Miia et alia -pausa seguida de un suspiro-. Los roles complicados me vienen bien y desde esa ocasión en que interpreté a la sombra del padre de Hamlet... quedé con ganas de más.

-De ello puedo dar fe y me alegro muchísimo -el anfitrión le dio otro abrazo, deleitándose ante el contacto entre su propio torso y esos pechos aún cremosos-. Por eso quise sorprenderte y salir algo más temprano del trabajo para ser testigo privilegiado de tus ensayos. Lo que me llamó bastante la atención es no haber visto a más espectadores en el teatro; seguramente andaban cortos de tiempo.

-También soy consciente de ello -dijo Lala en voz baja, su comezón dándole algo más de tregua-. En contadas ocasiones he visto a amigos o familiares de los demás miembros del club de actuación, pero la que sí está sola de verdad es Francisca, la centauro lechera que me asistió cuando fui presa del mareo.

-¿No tiene anfitrión? -él dejó entrever su sorpresa.

-En las contadas ocasiones que hemos cruzado palabra antes o después de las prácticas, Kimihito, nunca ha querido hablar del tema. Sin embargo yo puedo leer emociones a un nivel bien detallado y percibo en ella una profunda soledad, por lo que el taller de teatro podría ser una forma de evadirse, directa y desesperada a partes iguales -el tono de la peliplateada se entristeció-. Creo, sin temor a equivocarme, que su familia anfitriona se decanta por uno de dos caminos posibles: o no tiene tiempo para formar vínculos o derechamente no la toma en cuenta, lo que caería en clara negligencia de sus sagrados deberes. Lo curioso es que Francisca cuenta con autorización para moverse sola por la ciudad, así que seguramente tiene un empleo donde es un elemento de plena confianza.

-Me pregunto quién será su coordinador -esbozó el muchacho-. Nada perdemos con avisar a MON de esto y ver qué pueden hacer para darle una mano. Ninguna liminal, y en especial una de carácter agradable como esa centauro, merece ser ignorada así.

-Yo misma me he sentido tentada de hacérselo saber a Smith cuando ha venido a sus visitas rutinarias, mas el temor de penetrar una capa que está vedada a ojos externos me ha mantenido al margen -admitió ella-. Quizás tengas razón, amor mío, y sea menester poner esto en oídos de la agencia.

Se quedaron unos momentos en silencio, simplemente disfrutando de la compañía del otro e intentando pillar la hebra que los pusiera nuevamente camino al descanso.

-¿Amor?

-¿Sí, querido?

-¿Qué tal si mañana vamos al médico a primera hora? -sugirió Kimihito-. Ahora hay médicos especialistas tanto en liminales como en humanos, así que podríamos salir de dudas respecto a lo que realmente te afecta.

-Pensé que mañana te tocaba entrar temprano a laborar.

-Me toca, pero tu bienestar siempre será mi primerísima prioridad. -insistió él amablemente-. Nada me impide llamar al negocio durante el desayuno y avisar que voy a llegar algo más tarde; después recuperaré esas horas en la tarde y asunto arreglado. Recuerda que te amo, Lala, y prometí estar contigo en las buenas y en las malas al iniciar esta nueva vida juntos.

-Bueno, si lo pones así no puedo negarme -la extraespecie adoptó una postura melosa-. Aciertas en que debo pensar en lo que viene, desde mis clases de teatro hasta los muchos compromisos contigo y con Suu, a la que por suerte no fue necesario despertar por este reciente episodio. ¿Es idea mía o parecía más cansada que yo misma?

-Se le notaba en la mirada su preocupación por ti, querida. Tú eres su mejor amiga, después de todo, y en este tipo de relaciones las sensaciones traspasan el umbral de lo físico.

-Nuevamente tienes razón, Gerkhemi -Lala se arrimó aún más a Kurusu-. Ya sabes que a ti te amo más que a mi propia vida pero a esa pequeña... también la quiero mucho. Es mi mejor amiga y al mismo tiempo una hermana menor que siempre está dispuesta a todo por verme feliz. Que Hades la bendiga -cerró los ojos y bostezó; habían dicho todo lo necesario.

-Ahora intenta capturar algo de sueño y ya veremos qué nos cuenta el doctor mañana por la mañana -el chico inhaló el delicioso aroma de su cabello y los cubrió a ambos con las mantas-. Buenas noches, Lala.

-Buenas noches, mi amor. Duerme bien.

El "igualmente" se le quedó al anfitrión en la punta de su joven lengua. Al igual que antes, ser capturados por Morfeo no les costó nada. De ahí hasta las 6:30 AM no hubo novedad y se levantaron al primer timbrazo del despertador. La pareja, con el ánimo bastante restaurado tras esa conversación improvisada, pasó a despertar a la limo, quien los saludó a ambos con un potente abrazo y posteriormente se unió a ellos de camino a la cocina. Dado que la Dullahan aún tenía el estómago sensible, los tres optaron por una receta liviana y nutritiva: té caliente con miel, ensalada de frutas frescas y galletas de soda con queso untable. Lavaron los platos en dos tiempos y dejaron todo secando mientras el muchacho llamaba a su trabajo para dar cuenta de lo ocurrido.

-Sí, jefe, sí... Lala tuvo un episodio fuerte de mareo ayer y... Sí, al hospital del distrito -habló por el auricular-. Nunca le había pasado antes... No quiero especular así que prefiero dejarla en manos de un especialista. Apenas me desocupe iré para allá. Gracias, señor. Hasta más rato.

Por su lado, Suu fue testigo de otro incidente de picazón mamaria y a la primera señal de anormalidad le pasó a Lala la botella de crema. Mantuvo sus manos forradas a prudente distancia del cuerpo de la cazadora, observándola sobriamente conforme aplacaba el hormigueo en una parte tan íntima de su cuerpo. Una humana normal la habría mandado salir del cuarto sin demora, pero el pudor era inexistente entre ambas extraespecies desde que le regalaran a Kimihito, junto con un océano de rosas llamarada, esa sesión amatoria doble para su cumpleaños.

-¿Pasó? -inquirió la chica acuosa una vez su aliada se ajustó el sujetador.

-Sí, ya me siento mejor -replicó la Dullahan, colocándose su turtleneck blanco favorito encima del torso-. Vamos, pequeña, que el tiempo no espera a nadie.


6:35... 6:34... 6:33... 6:32...


Una lavada de dientes y puesta de abrigos más tarde, los tres llegaron al Hospital General de Asaka, ubicado no lejos de la avenida principal. Era un recinto bastante típico, con pasillos amplios, paredes pintadas de blanco y salas de espera repletas de pantallas y asientos en hilera (curiosamente las revistas brillaban por su ausencia). Cada cierto rato sonaban los altavoces con peticiones y recordatorios.

Doctora Asamura, acuda al Box 21. Doctora Asamura, acuda al Box 21.

No se sienten en el piso de las salas de espera porque entorpecen el andar de otros pacientes y del personal. Gracias.

Quirófano A9 preparado. Doctor Narita, preséntese en el quirófano A9.

Paciente Riina Ikeda, pase por favor a la consulta 105.

Se les recuerda que los horarios de visita son, sin excepción, entre las 9 y las 16 horas, a excepción de las áreas de pediatría y cuidados intensivos.

En los años previos, Kimihito y sus numerosas huéspedes se pasaron por aquí varias veces debido a las "preparaciones" de Miia, que casi siempre terminaban generando epidemias de diarrea y deshidratación sólo paliadas mediante generosas dosis de solución salina al 4%. El personal en pleno, desde el director general hasta las enfermeras de turno, los conocían bien y casi los trataban como gente de la casa.

Suu entró antes que nadie al lobby y acudió presurosa a sacar una papeleta de la máquina de turnos. Tenían el número 10 y el llamador para los mostradores de registro iba en el 8, así que agendar una hora con un médico general les tomaría la nada misma. El catálogo de profesionales disponibles podía consultarse en otra pantalla a corta distancia y se actualizaba en tiempo real, dándoles una buena idea de su tiempo de espera.

-Estás de suerte, Kimihito -dijo una de las recepcionistas tras verificar el sistema de ingresos-. El doctor Sanada no tiene nada de aquí hasta las nueve y podrá atender a Lala, al ser tu huésped, ahora mismo y con idénticas prestaciones -posteriormente miró a la Dullahan-. ¿Es idea mía o nunca antes te había visto por aquí?

-Debe ser porque no participaba en esos atentados contra las papilas gustativas de años anteriores -retrucó la peliplateada con un dejo de arrogancia-. Soy muy selectiva con lo que como y bebo.

-En eso tienes razón. Tengo un montón de historias al respecto pero si te las contara estaríamos aquí hasta marzo -la chica cogió una hoja de la impresora y se las pasó-. Cuando los llamen pasen a la consulta 114.

-Gracias, Kaori -dijo Kurusu-. Que tengas un buen día.

-Igualmente, corazón, y suerte con todo.

Esta última alocución vino teñida de extrema prudencia; claramente la humana notó la enorme cercanía entre él y la Dullahan, concibiendo a esta última de inmediato como una fémina que no dudaría en desatar un pandemónium para protegerlo ante las retorcidas artes de cualquier trepadora. Pensó entonces en la lamia pelirroja, la pequeña arpía de alas azules, la centauro rubia, la sirena melodramática y la Arachne de elíticos ademanes. Ninguna de ellas exhibía algo parecido a Lala... porque estaban más concentradas en basurearse mutuamente aún con las náuseas a cuestas. Suu resultó ser una honrosa excepción a tan funesta regla por su inmunidad a los dolores estomacales, aunque a veces su propio léxico sufría gracias a mezcolanzas de chocolate blanco, remolacha y pescados exóticos.

Apenas seis minutos tras su llegada, el altavoz abrió la puerta más importante de todas.

-Paciente Lala, preséntese en la consulta 114. Paciente Lala a consulta 114.

-Te toca, querida -Kimihito la animó con una sonrisa-. Suu y yo te esperaremos aquí.

-Me sentiría más tranquila si ambos fueran conmigo, la verdad -devolvió ella, mirando levemente hacia abajo-. ¿De verdad tienen que permanecer en esta sala?

-Las consultas son confidenciales. Tu bienestar es lo que importa, a diferencia de esos funestos episodios en que dábamos vergüenza ajena -el joven marcó otro contundente quiebre con el pasado-. Además, el doctor Sanada es casi como de la familia. Sin ir más lejos, me trajo al mundo.

-Haberlo dicho antes -sonrió la agente del inframundo mientras se ponía de pie-. Espero no demorarme mucho, amigos.

-Ve tranquila, Lala, que mi amo y yo encontraremos una forma de pasar el rato hasta que vuelvas -Suu le dedicó una bella sonrisa e incluso le acarició la frente con uno de sus mitones de goma-. Sin ti no saldremos de aquí.

Tal gesto fue contagioso y animó a la Dullahan a ingresar a la zona de pacientes por el corredor derecho. El primer piso tenía 40 consultas y las primeras 20 se extendían en orden hacia el ala este. Todas eran iguales por fuera, con puertas de madera y sencillos letreros cromados cuyos números refulgían bajo los tubos fluorescentes. Encontró la 114 apenas giró a la diestra en la primera esquina, golpeó educadamente la puerta y aguardó respuesta.

-Adelante -dijeron desde dentro.

Nada más Lala puso sus pies en el despacho hubo de admirar su sencillez y orden. Aparte de una balanza equilibrada con medidores en rieles, dos armaritos repletos (supuso) de instrumentos médicos, una camilla de exámenes al fondo y un escritorio provisto de todo lo necesario más tres cómodas sillas, el piso embaldosado aparecía desocupado. Aquí las paredes venían en un dulce tono durazno pastel, haciendo cálida la atmósfera y amoldándola bien al profesional que allí atendía.

Tatsuo Sanada, doctor en medicina con 35 años de ejercicio, era un hombre más alto que Kimihito, de manos callosas, delgado y con incipientes canas, lo que lo ponía más o menos en los 59 o 60 años de edad. Vestía camisa blanca y corbata gris marengo bajo su bata de médico, llevaba un fonendoscopio al cuello y un reloj análogo en la muñeca izquierda, esta última clara señal de una persona diestra. Al principio fulminó con sus ojos grisáceos a la recién llegada, pareciendo extraer todos los detalles importantes de esa primera impresión antes de sentarse a conversar en profundidad con ella.

-Toma asiento, por favor -le indicó la silla izquierda.

-Gracias, doctor.

Lala se quitó el abrigo y lo colgó en el puesto desocupado. Ella misma iba con un conjunto estiloso y formal, compuesto, además del turtleneck blanco, por falda y pantimedias negras más zapatos de tacón en idéntico tono.

-Al principio, cuando vi el número de paciente en el sistema, pensé que Kimihito se había metido en problemas otra vez -inició Sanada-. De él tengo tantas historias disparatadas que me alcanzarían para un libro. ¿Sigue con todas esas huéspedes locas por él?

-Ya no -replicó la Dullahan-. Ahora sólo somos él y yo. Ah, y también Suu.

-La limo del impermeable amarillo -recordó el galeno de inmediato-. Me da gusto ver que se decidió por ustedes; su integridad física no iba a aguantar mucho más con siete extraespecies a cuestas -suspiró-. Cambiando de tema, ¿podrías decirme qué te ha traído tan temprano a mi consulta?

-Por supuesto, doctor.

Procedió la extraespecie peliplateada a contarle en detalle su episodio de mareo en el Centro Comunitario, poniendo particular énfasis en lo raro que era para ella, como criatura ni viva ni muerta, tener esa clase de náuseas. Conforme hablaba el médico iba escribiendo algunas notas en el fichero que creara para Lala.

-¿Llevas una dieta balanceada? -inquirió.

-El menú es diferente todos los días y no hay regalías; con esto me refiero a que todos comemos lo mismo. Los tres cocinamos y usualmente evitamos los platos con demasiado aceite o demasiado azúcar. Tal vez lo más "gordo lechón" que hacemos sea ir a tomar helados dos veces al mes. ¿Conoce la heladería llamada El Bastión?

-Nunca he entrado pero sé que está ubicada a tres cuadras de la estación de trenes. ¿Qué hay del alcohol?

-Somos prácticamente abstemios. Si nos toca endulzar cosas usamos miel antes que azúcar.

-Buena elección. ¿Y qué hay del tabaco? Sé que Kimihito no fuma y sus padres tampoco, pero...

-En nuestra casa ni siquiera hay ceniceros, doctor. Además, ni Suu ni yo estamos expuestas al humo en los ambientes que frecuentamos. Y si desea saberlo, en el Centro Comunitario está terminantemente prohibido fumar por ordenanza municipal.

-Podemos descartar un factor externo en esto de momento -Sanada escribió cuatro o cinco líneas extra-. Además de tus mareos, Lala, quisiera saber si has experimentado algún otro tipo de molestia durante las últimas dos o tres semanas.

Por un momento la Dullahan se contuvo de contestar; sabía que iba a entrar a terreno sensible pero el doctor destilaba confianza y su amado Kimihito lo conocía de sobra. Se decidió entonces a hablar.

-Bueno, el mareo que tuve pareció drenarme de casi toda mi energía en muy poco tiempo, lo que me descolocó sobremanera. También he sentido desde hace más o menos cinco o seis días pequeños episodios de cansancio -contó Lala-. No ha sido nada que sentarme durante veinte o treinta minutos no alivie, en todo caso. Hace dos o tres días también me costó un poquito más de la cuenta levantarme pero... -se sonrojó entera- mi anfitrión logró sacarme de la cama como sólo él puede.

Sanada arqueó las cejas, concluyendo de inmediato que la extraespecie y el chiquillo eran pareja. De ahí tiró otra línea en su pizarra mental, la que conectó a los síntomas ya conocidos. "Quizás por ahí va la cosa", pensó.

-¿Alguna otra cosa digna de mención? -cuestionó-. Por ejemplo, ¿cómo se llevan Suu y tú?

-De lo más bien, doctor. Somos extraordinarias amigas, casi como hermanas.

-Sin pretender ser psiquiatra, ¿acaso ella no se pone celosa al ver lo que hay entre Kimihito y tú? Sé que las liminales son posesivas por definición y a veces agresivas, mas la mayoría de especies no son intrínsecamente perversas.

-Conoce lo nuestro, sí, y lo respeta a rajatabla. Suu tiene una forma muy particular de querer a Kimihito y que no se topa con la mía. Más no diré porque, digamos, es privado -sentenció la peliplateada.

-Respeto tu decisión -el galeno hiló algo más fino, añadiendo una o dos casillas más a ese mapa mental-. ¿Tienes alguna otra cosa que agregar? Todo lo que me digas aportará a un eventual diagnóstico de lo que te aflige.

-Hay algo, sí, pero me da un poco de vergüenza contárselo -se ruborizó una vez más la cazadora de almas-. Verá, anoche... anoche me desperté como a las tres o cuatro de la madrugada con una comezón enorme... en mis pechos. Por más que me rascaba no cesaba, pero Kimihito me facilitó algo de crema corporal y eso ayudó a aplacar la sensación como de agujas. Después volvió a abrazarme y nos quedamos dormidos hasta hace no mucho, cuando decidimos venir aquí.

-Interesante -apuntó Sanada-. Sí, creo que ya tengo un cuadro bastante más claro. Dependiendo de lo que digan los exámenes, veré si lo que tengo frente a mí se confirma.

-¿Eso quiere decir que no puede ayudarme, doctor?

-Al contrario, Lala -ejecutó un comando en su terminal e imprimió lo que parecía ser una orden de examen-. Sólo deseo ponderar todas las posibilidades. Toma este documento y ve a la zona de imagenología, ubicada en el ala oeste del hospital. El procedimiento no toma más de 15 minutos y gracias a las nuevas tecnologías los resultados son inmediatos. Una vez termines vuelve a verme; no necesitas sacar número nuevamente. Mientras tanto haré un par de llamadas a un colega para corroborar mi teoría.

Decir que la Dullahan quedó perpleja era quedarse cortos. Revisó la orden dos y hasta tres veces a fin de asegurar que "ecografía gineco-obstétrica" realmente estaba impreso allí. No entendía nada de nada. ¿Por qué la someterían a una técnica más apropiada para féminas 100% vivas? ¿Acaso existía una posibilidad, por remota que fuera, de que esa sesión amatoria con él y Suu...? "No, no, no. Eso no puede ser", meditó. "De ninguna manera puede ser".

-No estoy muy segura de esto, si he de ser absolutamente honesta con usted, señor -Lala dobló la orden y la guardó en el bolsillo de su abrigo-. Carezco, sin embargo, de posición para cuestionar su autoridad al respecto. Hasta más rato y gracias.

-De qué, Lala.

Sobra decir que cuando ella emergió desde el corredor para reunirse con sus aliados, estos quedaron igualmente descolocados. Aún así la acompañaron hasta el punto designado, entregaron el documento y esperaron otros veinte minutos antes de recibir la llamada. Entró la peliplateada a la sala de exámenes, donde fue recibida por una humana joven, de mirada cálida y que parecía, por su edad, alumna en proceso de internado.

-¿Alguna vez se ha hecho este tipo de ecografía, señorita? -preguntó la encargada.

-Es primera vez en mi vida, con perdón, que asisto a un hospital -retrucó la Dullahan-. Aún cuando tengo marcada tolerancia al dolor, me gustaría saber si esto es muy invasivo o directo.

-También es la primera vez que me ha tocado atender a una extraespecie aquí.

-¿En serio? ¿Cuánto tiempo llevas?

-Dos semanas de internado; debo estar aquí todo un año. Respecto al examen, no es tan invasivo ni ultrajante como pintan las malas lenguas -la humana cogió lo que parecía ser una varilla delgada y la cubrió con una membrana de caucho-. Basta introducir una sonda por su vagina y hacer un barrido lento para determinar el grosor del útero más la presencia de cualquier anomalía. Le garantizo que no duele nada y en 10 o 15 minutos habremos terminado.

Aún con su reputación de chica monstruo valiente y decidida, no quedó tranquila la paciente. Deseó tener a su Gerkhemi con ella, tomándole la mano y tranquilizándola conforme la "escaneaban" por dentro. Careciendo de cualquier otra opción, entró al vestidor adjunto y se quitó toda la ropa, reemplazándola por una de esas batas de tela desechable color azul cielo. Amarró la cinta con cuidado alrededor de su cintura y luego emergió ante la otra muchacha, sus pies tocando de repente un suelo bien helado.

-Tiéndase aquí, por favor -le indicó la humana, revisando el perfil de su paciente-. Usted es una Dullahan, ¿verdad?

-Tal cual.

Cerrando los ojos y abstrayéndose de todo lo que la rodeaba a excepción de unos cojines blandos que agarró como si se le fuera la vida en ello, Lala pensó primero en Kimihito, su adorado humano y el mejor compañero que podría desear. Tal como le dijera hace un mes, antes de entregarle su regalo sorpresa, él era su apoyo, su bálsamo y ambrosía, esa otra mitad en cuya compañía nada temía y por la que sacrificaría su vida, su muerte e integridad sin pensarlo dos veces. Sintió un súbito calor en su rostro; seguramente se había sonrojado de nuevo pero ni siquiera le importaba con tal que la ecografía concluyera pronto.

"Dame fuerzas, mi amor", musitó en absoluto silencio. "Dame fuerzas porque ahora, más que nunca, las necesito".

Atrajo el blando cojín derecho hacia su cuerpo y pensó después en el izquierdo, en Suu. Aquella limo que llegase de pura suerte a la residencia Kurusu hará dos años, que aprendió a hablar gracias a él y se convirtió en una aliada inestimable ante las acometidas de las demás huéspedes, manteniéndolas a raya con nada velados trucos de tentáculos o dejando los pisos con suficiente humedad para impedirles arrojarse sobre él. Esa devoción a toda prueba por el chico le llevó a dar, aún a costa de poner en riesgo su vida, el paso más grande y declarársele aún con la peliplateada de por medio. Lo que pudo haber terminado muy mal en esa conversación de baño salpicada por acondicionador de menta terminó siendo una bendición disfrazada para ambas chicas monstruo. A través del objetivo común que era garantizar el bienestar de Kimihito aprendieron a respetarse, encadenando una hermosa amistad en la que secretos y/o reservas carecían de razón de ser.

"Suu estaría sonriendo ahora mismo, diciéndome que me calme", su mente habló una vez más. "Eso haré... por nosotros tres".

Percibió Lala la delgada entrada de la sonda, cubierta con lo que sin dudas era un condón a modo de evitar infecciones, por su canal vaginal. Respiró profundo, sus pechos subiendo y bajando cual montañas rugientes en un planisferio exclusivo. La humana manipulaba el aparato con manos firmes, manteniendo su vista fija en el monitor de la máquina donde ya empezaban a construirse las imágenes en 3D. Aparecieron las paredes del útero, firmes y perfectas, cimientos del cáliz sagrado donde las féminas de todas las especies daban generoso caldo de cultivo para futuras vidas. Los primeros barridos llegaron de derecha a izquierda, recorriendo cada centímetro del cálido interior, para luego moverse hacia arriba y hacia abajo. En tres o cuatro ocasiones la tecnóloga le preguntó si sentía algún tipo de incomodidad, a lo que ella replicó que no.

-Hemos terminado -dijo la mujer joven tras remover con aún más cuidado el tubito-. Felicitaciones, se portó muy bien. Puede vestirse con toda tranquilidad.

-Gracias, querida -la extraespecie se incorporó-. ¿Ya le vas a enviar las imágenes al doctor?

-El sistema está programado para enviarlas al computador correspondiente nada más procesarlas, lo que toma apenas unos pocos segundos con estas máquinas nuevas. Una copia quedará para usted si lo desea; podrá examinarlas en cualquier máquina que tenga a mano.

-Realmente me gustaría verlas más en detalle -sonrió Lala, entrando al vestidor.

Tres minutos después estaba de vuelta con sus mejores amigos y caminaba hacia la sala de espera.

-¿Y qué tal te fue? -inquirió la limo-. ¿Da mucho susto la máquina?

-Ningún problema -contestó la otrora cazadora-. Basta con acostarte en la camilla, cerrar los ojos y quedarte quieta. Sólo son unos minutos y pasan rápido. Tuve suerte también porque me atendió una chica muy amable. Era alumna en internado pero se manejaba cual profesional consumada. ¿Qué hicieron ustedes mientras no estuve?

-Mi amo y yo nos dedicamos a charlar y también a un pequeño juego.

-Básicamente tenía que ver con apostar a qué pacientes en la sala iban a llamar después de ti y si iban a entrar al primer o segundo lote de consultas. Sí, sé que suena rebuscadísimo, pero cuando estás en un sitio como este has de armarte de paciencia... e inventiva -recalcó Kurusu-. Ahora basta esperar a que el doctor revise las tomas y...

El chico no pudo terminar la frase porque justo sonó el altavoz.

Se solicita a la paciente Lala y acompañantes pasar lo antes posible a la consulta 114. Paciente Lala y compañía, pase a la consulta 114.

-Pues sí que es rápido -añadió él.

-¡Vamos, amigos! -Lala los tomó a ambos del brazo-. ¡No tenemos tiempo que perder!

Tuvieron que saltarse olímpicamente la eterna restricción hospitalaria sobre correr en los pasillos, pero en menos de dos minutos, resoplidos inclusive, volvieron a reunirse con el doctor Sanada. El anfitrión se quedó de pie junto a la Dullahan, mientras Suu ocupó la otra silla una vez Lala volvió a dejar el abrigo sobre el respaldo.

-Gracias por venir tan luego -dijo el profesional, estrechando de paso la mano de Kurusu-. ¿Cómo has estado, hijo?

-Bien, doctor. Vinimos lo antes posible y aquí nos tiene.

-Somos todo oídos -añadió la paciente, acercando su silla al pelinegro-. ¿Qué historia encontró entre los contrastes de la ecografía?

-Algo que me encantaría compartir con ustedes.

El médico se puso de pie y encendió una pantalla adicional ubicada junto a su computador; la salvedad era que estaba volteada hacia sus pacientes y no hacia el resto del espacio de trabajo. Abrió el visor de imágenes y activó el modo de pantalla completa, mostrando el procedimiento realizado en Lala. De excepcional calidad y contraste, el trío quedó maravillado al notar el detalle de cada músculo y fibra en esa auténtica cuna donde nacían, en casos normales, las mayores esperanzas.

-Como es de esperar para alguien de tu edad, Lala -continuó el doctor Sanada, usando un puntero láser para destacar-, tu sistema reproductivo está en perfecto estado gracias a que no envejeces. No existe ningún tipo de anomalía o área dañada por circunstancias externas, lo que te vuelve una paciente modelo.

-Vaya, gracias -suspiró de alivio la aludida; quizás podría saltarse lo peor de la tormenta.

-Ahora que Kimihito está presente me gustaría hacerte una pregunta... algo más delicada.

-Hable con toda confianza, doctor -devolvió el chico-. Suu está a nuestra misma altura, así que su discreción es garantizada.

-Seré una tumba hasta que ustedes me digan -la fémina acuosa se pasó una manito enguantada por la boca.

-Bien me parece -Sanada frunció levemente su ceño-. Lala, Kimihito, ¿de casualidad han hecho el amor últimamente?

El sacudón de tablero vino tan de repente que ambos ni siquiera supieron dar una respuesta, mirándose a los ojos con sus rostros teñidos de rojo. Suu, para no ser menos, también canalizó su propio rubor.

-Chicos, sé que hablar de esto puede parecer vergonzoso pero necesito que me digan la verdad porque es la única forma de diagnosticar lo que aflige a Lala -insistió el galeno-. Mi discreción es tan garantizada como la de Suu.

-Bueno, este... -comenzó la agente del inframundo, cada vez más carmesí-. La verdad es que sí... Hace un mes celebramos el cumpleaños de mi Gerkhemi, tuvimos una cena romántica y... me dejé llevar por mi corazón.

-Verá, doctor, Lala y yo nos amamos muchísimo y no es la primera vez que hemos terminado entregados al otro -el anfitrión sacó fuerzas de flaqueza-. Siempre hemos tenido el debido cuidado y por ningún motivo nos hemos dejado arrastrar por el exhibicionismo, como lamentablemente ocurre con algunas parejas.

-Si lo hicieras no serías tú -acotó Sanada-. Ya sabes que te conozco tan bien como a Kazuhiro y Aika; ellos no te habrían criado de otra forma. ¿Usaron algún tipo de protección? -cuestionó.

-No, doctor -admitió la Dullahan-. Ni siquiera lo consideré porque, digamos, yo no estoy viva ni corro el riesgo de quedar embarazada.

-Hasta ahora te creo, Lala, pero ¿qué me dices de esto?

Arrastró la visual del monitor hasta un punto en la zona superior del canal vaginal, cerca de la entrada a lo que serían las trompas de falopio. Kimihito, Suu y la misma Lala no dieron crédito a sus ojos cuando notaron allí, aferrada con la fuerza de un millón de cancerberos, una especie de pelota oscura, pequeña, blanda e indefensa si alguien la encontrara.

-¿Es eso... lo que creo que es? -la limo habló casi en un susurro.

-Hades supremo... -la peliplateada casi se desmayó y Kurusu hubo de reconfortarla-. Doctor Sanada, no me diga que...

-Sí, Lala -asintió solemnemente el profesional-. Lo que ven ahí es un saco gestacional e indica que llevas al menos cuatro semanas de embarazo.

-Pero eso no es posible -ahora la voz de Lala se hizo delgada-. ¡No es posible! ¡Yo no estoy viva! ¿Cómo puede haber...?

-Tranquila, mi amor -Kimihito le rodeó los hombros y luego la besó en sus labios-. Tranquila. Debe haber una explicación posible para esto.

Lo que no se notó fue que el corazón del chico casi se salía de los gráficos con sus latidos. Por obra y gracia de algún extraño prodigio liminal, esa sesión amatoria con sus chicas, la que terminó en un festival de sudor y orgásmicas alegrías, había plantado una semilla concreta, claramente visible gracias a la tecnología, en la dueña indiscutida de su amor.

-Existe una explicación, parejita, y se las daré ahora mismo -Sanada se sentó y apartó el monitor secundario-. Mientras Lala estaba en imagenología aproveché, considerando su especie, de hacer algunas indagaciones con un viejo conocido cuya pareja también es una Dullahan. Este médico, apellidado Kurtz y oriundo de Namibia, trabajó varios años en este recinto hasta que lo trasladaron a Nagoya. Su novia, de nombre Alba, fue inicialmente desterrada del inframundo debido a un malentendido y vagó durante años hasta que lo conoció; ambos eventualmente se enamoraron y formaron una vida juntos. Alba tenía una particular fascinación por las costumbres humanas y cómo no pocas de ellas tenían equivalentes en su propia gente. Kurtz me contó una vez sobre la envidia que muchas Dullahan sienten de las féminas vivas porque estas pueden dar a luz.

-En eso tiene razón -indicó Lala-. Quizás no estemos vivas pero también tenemos una parte humana y un deseo innegable que viene con ella es el de... de ser madres -se estremeció entera-. Mi raza sólo crece cuando mujeres humanas fallecen antes de tiempo y las rescatamos de vagar en el limbo por toda la eternidad. Les enseñamos nuestros preceptos y damos una misión para que así puedan encontrar el amor que su vida original les negara.

-¿Existe un límite de edad para ello? -inquirió Suu, igual de fascinada que los demás por esta historia.

-Sí, amiga. Sólo las féminas adultas fallecidas antes de su hora son elegibles para convertirse en Dullahans, quedando eternizadas en lo físico con el aspecto terrenal salvo en el tono de piel y el cabello. Su edad, entonces, pasa a formar parte del infinito.

-Ahora entiendo cuando me dijiste que habías vagado mucho tiempo buscando a Kimihito -recordó la del impermeable amarillo-. Una Dullahan es capaz de esperar meses, años, incluso décadas hasta hallar al indicado.

-Así es.

-Las Dullahan pueden vivir eternamente si se dan las circunstancias -reanudó Sanada- y si bien nunca dejan de ser extraespecies o de contar con sus limitaciones al no estar del todo vivas, hay una excepción en su ciclo de existencia donde adquieren un estatus de humanas íntegras. Tal regalo se conoce como "La Estrella del Inframundo".

-Creí que eso era una antigua leyenda, tal vez más antigua que el mismo tiempo -Lala no quería aceptar del todo lo que escuchaba-. Más de una vez la vimos en mis clases formativas pero siempre como una anécdota extraña, casi al nivel de un mito.

-No es un mito.

-Perdón, doctor, pero creo que no entiendo muy bien qué quiere decir -interrumpió el muchacho-. ¿Cuáles son las características de esta estrella?

-Casualmente iba a tocar ese tema, Kimihito. Una vez al año, en una semana específica donde hay al menos una noche con luna llena, los dones de Hades se dejan caer sobre una Dullahan al azar e invalidan temporalmente su incapacidad de concebir vida. Cuando ella se entrega a su amado y el contacto sexual termina con eyaculación vaginal, el solitario óvulo producido por la liminal durante dicha ventana es fecundado. Eso fue lo que te pasó, Lala -miró a la peliplateada-, constituyendo la base del ataque de mareo, tu comezón mamaria y esos golpeteos de cansancio en días previos. Así me lo explicó Alba cuando hablé por teléfono con ella hace un rato y es una fuente fiable porque ella misma recibió este don hace dos años. También le costó un mundo entero creerlo pero ahora es una madre feliz y próspera junto a Kurtz y Eris, la niña de sus ojos.

-Entonces... -la Dullahan tomó aire-. Entonces usted quiere decirme que la segunda semana de octubre, cuando Kimihito estuvo de cumpleaños, ¿tal regalo se posó en mí? ¿Por qué en mí y no en otra de mi especie?

-Comprendo tus reservas, mas los mecanismos del inframundo son muy complejos incluso para las mismas magistradas. Ellas mismas lo han definido como puro azar, como algo que trae esperanza a las largas y sacrificadas vidas en los dominios de Hades. Así como te tocó ahora, bien podría haber caído en otra muchacha que estaría pasando por lo que tú -concluyó Sanada.

-No puedo creerlo -Kurusu tragó aire y cerró levemente los ojos-. Ni en mis más exageradas proyecciones nos vimos en la perspectiva de ser padres, doctor. Nosotros somos muy jóvenes y si bien mantenemos la casa con esmero, recibir a una hija cambia todo.

-Nadie nace sabiendo tal cosa, chico. Sólo se aprende mediante ensayo y error; me sucedió a mí, sin ir más lejos, con dos hijos que ya sentaron cabeza. ¿Sabes por qué estoy tranquilo? Porque sé que tal como tus padres te criaron bien, tú y Lala serán fantásticos padres para esa pequeña en camino -los miró con sabiduría para calmar su ansiedad-. Desde ya digo que tomaré su caso y estaré encantado de ayudar a tu novia cuando sea el día del parto.

-¿De verdad lo haría? -preguntó Lala.

-Por supuesto. Llevo muchos años relacionado con los Kurusu y ahora que tú eres parte fundamental de la vida de Kimihito, mereces toda la atención y respeto necesarios. Controlaré tu progreso periódicamente y me aseguraré que tu embarazo sea lo más normal posible.

-¿Cuánto demora una gestación en estos casos, doctor? -preguntó Suu, pensando en los muchos cambios que harían falta para dejar el hogar presentable-. ¿Es más o menos que una humana normal?

-Exactamente lo mismo: 36 a 37 semanas. Ello se explica en las similitudes anatómicas. Entre 8 y 12 el embrión comienza a registrar latido del corazón y alrededor de las 20 puede verse su género en las imágenes porque sus genitales externos ya aparecen definidos -explicó Sanada con toque académico.

-Una hija... Una hijita de mi propia estirpe -Lala no pudo contenerse y derramó lágrimas de felicidad-. ¡Oh, Gerkhemi...!

La otrora cazadora de almas se refugió en su amado, hundiendo la cabeza en su cuello y besándole ambas mejillas. Todo el miedo e incertidumbre de antes fueron reemplazados por un júbilo incontenible.

-Podemos hacerlo -declaró-. Kimihito, tú y yo podemos hacerlo. Juro desde ya que amaré a esa pequeña con todo mi ser.

-Tu vida es la mía, Lala, así que estaré contigo en cada paso del camino. Iremos con calma y sin hacer trampas -el muchacho le acarició el cabello y luego unió sus labios a su frente.

-De mí no se olviden, ¿eh? -Suu sacó pecho-. También quiero ser parte de esto y después convertirme en una hermana mayor perfecta para ella. ¡Cómo se van a poner tus padres cuando se los contemos, amo...!

-Capaz que se vengan derecho desde China una vez más para celebrarlo a punta de panqueques con jarabe de arce -rió Kurusu-. No podríamos culparlos, en todo caso.

-Ya habrá tiempo de anunciar todo -Lala retornó un poco a la normalidad y posteriormente se enfocó en Tatsuo Sanada-. Desde ahora me pongo en sus manos, doctor. ¿Hay alguna recomendación especial que pueda darme?

-Varias, Lala. Una mujer embarazada, sea humana o liminal, debe abstenerse de beber alcohol, fumar y consumir medicamentos no prescritos por un profesional calificado. Tampoco puede encuclillarse ni hacer ejercicios demasiado intensos, aunque el deporte está permitido hasta las 20 semanas mientras sea suave. En cuanto a conducir o viajar en avión, ambos son posibles hasta las 30 semanas. Respecto a tu dieta, continúa como hasta ahora y no caigas en la tentación de azúcares o grasas saturadas en exceso; a tu favor puedo decir que no presentas antojos. Todo esto no es un asunto de precaución sino de principios -remarcó con mucha seriedad-. Más de una vez me ha tocado atender a madres irresponsables que se fueron en la volada, salvándose por muy poco de perder sus bebés.

-¿Lo de "comer por dos" es verdad o mito? -preguntó el anfitrión.

-Sólo una vulgar treta psicológica para calmar ansias. El embrión y posterior feto sabe exactamente qué debe extraer de lo que consume la madre. Para terminar, quisiera darles mis más sinceras felicitaciones y pedirles que se cuiden mucho porque durante estos ocho meses Lala deberá vivir por ella... y por la nueva miembro que vendrá a engrosar el clan Kurusu.

-Infinitas gracias, doctor Sanada -retrucó la chica de piel azul con una sonrisa de oreja a oreja-. Seguiré sus consejos al pie de la letra y vendré puntualmente a todas mis revisiones.

-Yo puedo acompañarte cuando Kimihito esté trabajando -añadió Suu, estrechando posteriormente la mano del galeno-. Gracias por todo, doctor. Siento un enorme alivio luego de todo lo que nos aclaró.

-De nada, pequeña.

El apretón de manos entre ambos humanos fue fuerte y sincero; Tatsuo notó en la mirada del muchacho el brillo típico de la esperanza y los grandes desafíos. Se quedó tranquilo nuevamente, sabiendo de sobra que el joven Kurusu, fiel molde de sus padres en acción y pensamiento, se lo jugaría todo como padre expectante.

Lala salió del Hospital General de Asaka con su amado a la izquierda y su mejor amiga a la derecha, los tres tomados de los brazos en una cadena que ni el tifón más potente sería capaz de romper. Para cerrar la mañana pasaron a El Bastión a tomarse un helado, aprovechando la pausa para llamar a Smith y ponerla al corriente sobre Francisca, la centauro melancólica.

-Mandaré que revisen eso de inmediato -dijo la coordinadora desde el otro lado-. Conozco bien al colega que la supervisa y, si todo acompaña, debería estar resuelto en dos o tres días.

-Es un gran alivio -mencionó el chico-. A todo esto, ¿sería mucho pedirte si adelantaras tu visita para mañana en vez del próximo miércoles?

-¿Qué estás tramando, eh?

-Sólo tenemos algo que contarte. Si gustas puedo preparar algunas brochetas a la parrilla -Kimihito miró de reojo a sus chicas, quienes asintieron y frotaron sus estómagos.

-¿Banderillas? -por momentos Kuroko dudó.

-Banderillas -replicó él.

-¡No se diga más! -la voz de la burócrata sobresalió de alegría-. Estaré allí a la hora de almuerzo.

-Te esperamos. Que tengas un buen resto del día.

El muchacho cortó la llamada, suspiró y abrazó por los hombros a sus huéspedes antes de llamar a su jefe para ponerlo al corriente. La vida, partiendo por estos deliciosos helados de dulce de leche, pintaba sumamente buena.


Nota del Autor: He aquí otro capítulo que me quedó larguísimo pero la situación lo merecía. ¿Puede existir un momento bisagra más importante que un embarazo? Ya cuando escribí hace diez semanas el capítulo 44, que terminó con esa íntima noche en la habitación de Lala y Kimihito, pensé cómo podría continuar ese hilo tan bello y llegué, tras algo de elucubración, a crear el concepto de La Estrella del Inframundo. Sé tan bien como ustedes que ver a la peliplateada embarazada puede parece disparatado, incluso imposible, pero por algo el universo de Monster Musume es un lugar donde las concepciones predeterminadas van a morir. Si hay algo que la inmensa mayoría de las chicas monstruo tienen es esa maravilla natural, y expresarla mediante la maternidad (deseo innato a todas las féminas) no tiene parangón. En el fondo de mi corazón sé que Lala será una gran madre cuando las luces le apunten de pleno.

Guardo mi progreso del día, salgo del estudio y voy a ver a Valaika a nuestro cuarto. La abrazo silenciosamente por detrás y luego pego mi oído a su vientre. Sonreímos mutuamente antes de besarnos y prepararnos para disfrutar el resto del día. ¡Que estén muy bien y hasta la próxima! O como se dice en japonés, "deseo cantar a la vida que nace con el alba..."