Fuente:Collins, Suzanne. "En llamas". Editorial Del Nuevo Extremo (en itálica)
No tiene sentido. Mi pájaro convertido en pan. Al contrario que los accesorios que vi en el Capitolio, esto, definitivamente, no es un objeto de moda.
- ¿Qué es eso?¿Qué significa? - pregunto con aspereza, todavía preparada para matar.
- Significa que estamos de tu parte - dice una voz temblorosa detrás de mí.
No la había visto cuando llegué. Debe haber estado dentro de la casa. No aparto la vista de mi actual objetivo. Probablemente la recién llegada este armada, pero apuesto a que no me dejara oír el clic que significaría que mi muerte es inminente, sabiendo que al instante mataría a su acompañante.
- Ven aquí para que pueda verte – le ordeno.
- No puede, esta . . . - empieza la mujer de la galleta.
- ¡Ven aquí! - grito.
Oigo un paso y el sonido de algo que se arrastra. Puedo oír el esfuerzo que el movimiento requiere. Otra mujer, o tal vez debería llamarla chica, ya que parece tener alrededor de mi edad, cojea hacia mi campo visual. Está mal vestida, en un uniforme de Agente de Paz completo, con la capa blanca de piel, pero que es varias tallas más grande para su pequeña figura. No lleva ningún arma a la vista. Sus manos están ocupadas manteniendo derecha una muleta hecha con una rama rota. La punta de su bota derecha no se levanta sobre la nieve, de ahí el arrastre.
Examino el rostro de la chica, que esta rojo brillante por el frio. Sus dientes están torcidos y hay una marca de nacimiento color fresa sobre sus ojos marrón chocolate. Ésta no es un Agente de Paz. Tampoco una ciudadana del Capitolio.
- ¿Quiénes son? - pregunto con precaución pero con menos beligerancia.
- Me llamo Twill - dice la mujer. Ella es mayor. Tal vez treinta y cinco o por ahí - Y ésta es Bonnie. Nos hemos escapado del Distrito Ocho.
¡Distrito 8! ¡Entonces tienen que saber más sobre el levantamiento!
-¿Dónde consiguieron los uniformes? - pregunto.
- Los robe de la fábrica - dice Bonnie - Allí los hacemos. Sólo que pensé que este seria para . . . para otra persona. Por eso me queda tan mal.
- La pistola es de un Agente de Paz muerto - dice Twill, siguiendo mi mirada.
- Esa galleta en tu mano. Con el pájaro. ¿.De qué se trata? - pregunto.
- ¿No lo sabes, Katniss? - Bonnie parece estar genuinamente sorprendida.
Me reconocen. Por supuesto que me reconocen. Mi rostro no está cubierto y estoy aquí, fuera del Distrito 12, apuntándoles con una flecha. ¿Quién más podría ser?
- Sé que es como la insignia que llevaba en la arena.
- No lo sabe - dice Bonnie suavemente - Tal vez no sepa nada.
De repente siento la necesidad de aparentar estar por encima de todo.
- Sé que ha habido un levantamiento en el Ocho.
- Si, es por eso que nos tuvimos que ir - dice Twill.
- Bueno, ahora están bien y afuera.¿ Qué van a hacer? - pregunto.
- Nos dirigimos al Distrito Trece - responde Twill.
- ¿El Trece? - digo - No hay Trece. Desapareció del mapa.
- Hace setenta y cinco anos - dice Twill.
Bonnie cambia de postura sobre su muleta y hace una mueca de dolor.
- ¿Qué le pasa a tu pierna? - pregunto.
- Me torcí el tobillo. Mis botas son demasiado grandes - dice Bonnie.
Me muerdo el labio. Mi instinto me dice que están diciendo la verdad. Y detrás de esa verdad hay un montón de información que me gustaría conseguir. Doy un paso al frente y tomo la pistola de Twill antes de bajar mi arco. Después vacilo un momento, recordando aquella vez en este bosque, cuando Gale y yo vimos aparecer un aerodeslizador de la nada y lo vimos capturar a dos fugitivos del Capitolio. Al chico le tiraron una lanza y lo mataron. La chica pelirroja, lo averigüé cuando fui al Capitolio, fue mutilada y convertida en una sirvienta muda llamada Avox.
- ¿Alguien las persigue?
- No lo creemos. Pensamos que creen que morimos en la explosión de la fábrica – dice Twill - Sólo fue de casualidad que no fuera así.
- Esta bien, vamos adentro - digo, señalando con la cabeza la cabaña.
Las sigo al interior, llevando la pistola. La puerta no está forzada. Habíamos estado hace dos semanas con Peeta y Gale, el día de los azotes. Pero nunca se nos ocurrió cerrar con llave la cabaña para que nadie entrara. En el fondo, me siento aliviada, porque la hubieran roto para entrar. Bonnie se dirige directamente al hogar y se sienta sobre una capa de Agente de Paz que ha sido extendida ante él. Alza las manos ante la débil llama que arde en un extremo de un tronco carbonizado. Su piel esta tan pálida que parece traslucida y puedo ver el fuego brillar a través de ella. Twill trata de colocar la capa, que debe de haber sido la suya, alrededor de la chica tiritante.
- ¡Déjame que te busque un abrigo!- le digo mientras me dirijo a mi habitación.
- ¿Conoces ésta cabaña? ¿Es tuya?- me pregunta Twill.
- Si, la encontró mi padre hace muchos años y Peeta y yo la arreglamos.
- ¿Entonces es verdad que ustedes ….?- pregunta Bonnie tímidamente.
- ¿A qué te refieres?
- Muchos creen que lo del romance es falso, una estrategia para salir de la Arena- me explica Twill.
- Bueno, fue una estrategia para salir, pero salvé a Peeta porque es mi… mi esposo y, aunque sólo hubiera sido mi amigo, también hubiera intentado sacarlo de la Arena.
- ¿Esposo? ¿No están organizando la boda?- pregunta Bonnie.
- Buenos, eso es lo que están organizando ellos. Pero nosotros nos casamos en secreto cuando volvimos- explico mientras comienzo a sacarme las capas de abrigo que llevo- No queríamos que nos mostraran como fenómenos y nos expusieran así. Pero tuvimos que ceder porque nos amenazaron.
- ¿Estás embarazada?- pregunta Twill sorprendida cuando me quedo en camiseta y calzas térmicas.
- ¡Oh! Si- contesto tímidamente.
- ¿Es de …?- tartamudea Bonnie.
- ¿ Peeta? Si- confirmo- Acondicionamos ésta cabaña para escaparnos con nuestra hija, pero las cosas cambiaron bastante en el Distrito 12 desde….
- Los levantamientos- razona Twill.
Veo una cacerola de las que guardamos entre los cacharros de la cocina sobre las cenizas, llena con un puñado de agujas de pino hirviendo en agua.
- ¿Haciendo té? - pregunto.
- En realidad no estamos seguras. Recuerdo ver a alguien hervir agujas de pino en los Juegos del Hambre hace unos años. Por lo menos, creo que eran agujas de pino - dice Twill con el ceño fruncido.
Recuerdo el Distrito 8, un lugar feo y urbano que apesta a gases industriales, la gente alojada en gastados edificios de varias plantas. Apenas si una brizna de hierba a la vista. Sin ninguna oportunidad de conocer la naturaleza. Es un milagro que estas dos hayan llegado hasta aquí.
- ¿Sin comida? - pregunto.
Bonnie asiente.
- Cogimos lo que pudimos, pero la comida ha sido tan escasa. Nos quedamos sin nada hace tiempo - el temblor en su voz derrite mis restantes defensas. No es más que una chica malnutrida y herida escapando del Capitolio.
- Bueno, entonces este es vuestro día de suerte - digo, dejando caer mi bolsa de caza en el suelo.
La gente se está muriendo de hambre por todo el distrito y nosotras aún tenemos más que de sobra. Así que he estado repartiendo un poco por ahí. Tengo mis propias prioridades: la familia de Gale, Sae la grasienta, algunos de los otros miembros del Quemador que se quedaron sin puesto. Mi madre tiene otra gente, sobre todo pacientes, a quienes quiere ayudar. Esta mañana llene a propósito mi bolsa de caza hasta los topes, sabiendo que mi madre vería la despensa vacía y asumiría que estaba haciendo mi ronda entre los hambrientos. En realidad estaba haciendo tiempo para ir al lago sin que se preocupara. Tenía intención de repartir la comida esta tarde al volver, pero ahora veo que eso no va a suceder.
De la bolsa saco dos bollos frescos con una capa de queso gratinado encima, los había hecho Peeta anoche. Le lanzo uno a Twill pero me acerco y le dejo el otro a Bonnie en el regazo ya que su coordinación parece un poco cuestionable de momento y no quiero que la cosa termine en el fuego.
- Oh - dice Bonnie -¡ Oh!¿todo esto es para mí?
Algo dentro de mi da un vuelco cuando recuerdo otra voz. Rue. En la arena. Cuando le di el zanco de granso. "Oh. Nuca antes había tenido un zanco completo para mí." La incredulidad de los crónicamente hambrientos.
- Si, cómelo – digo- Los bollos de queso los hizo Peeta anoche. El pan de los sándwiches también.
Bonnie sostiene el bollo como si no pudiera creer que es real y después hunde los dientes en él una y otra vez, incapaz de parar.
- Es mejor si lo masticas - asiente, intentando ir más despacio, pero sé lo difícil que es cuando tienes tanta hambre - Creo que tu té está listo - saco la ollita de las cenizas.
Twill saca dos tazas de lata de su mochila y vierto el té, dejándolo sobre el suelo para que se enfríe. Se acurrucan juntas mientras comen, soplando sobre su té, y tomando sorbitos hirvientes mientas yo preparo el fuego. Espero hasta que se están chupando la grasa de los dedos para preguntar.
- Yo ya les conté mi historia. Así que, ¿cuál es vuestra historia?
Y me la cuentan. Desde los Juegos del Hambre, había estado creciendo el descontento en el Distrito 8. En cierto grado, siempre había estado allí, por supuesto. Pero lo que era diferente era que con sólo hablar ya no bastaba y la idea de pasar a la acción paso de un deseo a la realidad. Las fabricas de textil que sirven a Panem son muy ruidosas por la maquinaria y el barullo también ayudaba a hacer correr la voz, unos labios cerca de un oído, palabras sin llamar la atención, sin vigilar. Twill daba clases en el colegio, Bonnie era una de sus alumnas y, después del timbre final, las dos se pasaban un turno de cuatro horas en la fábrica que se especializaba en uniformes de Agentes de Paz. Le llevo meses a Bonnie, que trabajaba en el frio muelle de inspección, asegurarse los dos uniformes, una bota por aquí, unos pantalones por allá. Se suponía que eran para Twill y su marido, porque entendían que, una vez que el levantamiento empezase, sería crucial hacer correr la voz sobre ello más allá del Distrito 8, si debía extenderse y tener éxito.
El día que en Peeta y yo fuimos e hicimos nuestra aparición en el Tour de la Victoria era, de hecho, un tipo de ensayo. La gente de la multitud se colocó según su equipo, junto a los edificios que serian sus objetivos cuando estallara la rebelión. Ese era el plan: tirar abajo los centros de poder en la ciudad como el Edificio de Justicia, el Cuartel General de los Agentes de Paz y el Centro de Comunicaciones de la plaza. Y en otras localizaciones del distrito: la vía de tren, el granero, la estación eléctrica, y la armería.
La noche de mi compromiso, la noche en que Peeta cayó de rodillas y proclamo su amor inmortal hacia mi delante de las cámaras en el Capitolio, fue la noche que empezó el levantamiento. Era la tapadera ideal. Nuestra entrevista del Tour de la Victoria con Caesar Flickerman era de visión obligatoria. Le dio a la gente del Distrito 8 una razón para estar en las calles después de caer el sol, ya fuera reuniéndose en la plaza o en diversos centros comunitarios alrededor de la ciudad para verla. Normalmente esa actividad habría sido demasiado sospechosa. En vez de ello todo el mundo estaba en su sitio a la hora acordada, ocho en punto, cuando se pusieron las mascaras y se desato el infierno.
Tomados por sorpresa y superados en número, los Agentes de Paz fueron inicialmente superados por la multitud. El Centro de Comunicaciones, el granero y la estación eléctrica fueron todos asegurados. A medida que fueron cayendo los Agentes de Paz, los rebeldes fueron apropiándose de sus armas. Había esperanza de que esto no hubiera sido un acto de locura, que de alguna forma, si pudieran hacer llegar la voz a los otros distritos, tal vez fuera posible la caída del gobierno del Capitolio.
Pero entonces cayo el hacha. Empezaron a llegar Agentes de Paz a millares. Aerodeslizadores bombardearon las fortalezas rebeldes hasta dejarlas reducidas a cenizas. En el completo caos que siguió, todo lo que la gente podía hacer era volver a sus casas con vida. Llevo menos de cuarenta y ocho horas someter a la ciudad. Después, durante una semana, cerraron la ciudad. Sin comida, sin carbón, se les prohibió a todos abandonar sus casas. La única ocasión en que la televisión mostraba algo que no fuera estática era cuando los instigadores eran ahorcados en la plaza. Después, una noche, cuando todo el distrito estaba al borde de la hambruna, llego la orden de volver al trabajo como siempre.
Eso suponía colegio para Twill y Bonnie. Una calle intransitable a causa de las bombas hizo que llegaran tarde a su turno en la fábrica, así que aún estaban a cincuenta metros cuando explotó, incluyendo a todos cuanto había adentro, incluyendo al marido de Twill y a toda la familia de Bonnie.
- Alguien debe de haberle contado al Capitolio que la idea del levantamiento había comenzado allí - me dice débilmente Twill.
Las dos corrieron de vuelta a la casa de Twill, donde aún aguardaban los trajes de Agentes de Paz. Arañaron juntas cuantas provisiones pudieron, robando libremente a los vecinos que ahora sabían que estaban muertos y llegaron a la estación de tren. En un almacén cerca de las vías se cambiaron a los atuendos de Agentes de Paz y, disfrazadas, fueron capaces de entrar en un vagón de carga lleno de tela en un tren dirigido al Distrito 6. Se escaparon del tren en una parada para abastecer combustible durante el camino y viajaron a pie. Escondidas en el bosque, pero usando las vías como guía, llegaron a las afueras del Distrito 12 hace dos días, donde fueron obligadas a parar cuando Bonnie se torció el tobillo.
- Entiendo por qué escapan, pero ¿qué esperan encontrar en el Distrito Trece? - pregunto.
Bonnie y Twill intercambian una mirada nerviosa.
- No estamos exactamente seguras - dice Twill.
- No hay más que escombros - digo - Todos hemos visto las secuencias.
- Es exactamente eso. Han estado usando las mismas secuencias tanto tiempo que nadie en el Distrito Ocho puede recordar - dice Twill.
- ¿De verdad? - intento recordar, rememorar las imágenes del 13 que he visto en la televisión.
- ¿Viste como siempre muestran el Edificio de Justicia? - prosigue Twill.
Asiento. Lo he visto miles de veces.
- Si miras con mucho cuidado, lo ves. En la esquina de arriba a la derecha.
- ¿Veo qué? - pregunto.
Twill alza de nuevo la galleta con el pájaro.
- Un sinsajo. Sólo un instante mientras pasa volando. Es el mismo todas las veces.
- En casa, creemos que han estado reutilizando las secuencias viejas porque el Capitolio, en realidad, no puede enseñar lo que hay allí ahora - dice Bonnie.
Suelto un gruñido de incredulidad.
- ¿Van al Distrito Trece basándoos en eso?¿La imagen de un pájaro?¿Creen que van a encontrar alguna ciudad nueva con gente paseando por ella? ¿Y que eso le cae bien al Capitolio?
- No - dice Twill con seriedad - Creemos que la gente se refugió bajo tierra cuando todo en la superficie fue destruido. Creemos que han logrado sobrevivir. Y creemos que el Capitolio los deja solos porque, antes de los Días Oscuros, la industria principal del Distrito Trece era el desarrollo nuclear.
- Eran mineros de grafito - digo.
Pero después vacilo, porque esa es información que conseguí del Capitolio.
- Tenían varias minas pequeñas, si. Pero no las suficientes para justificar una población tan grande. Eso, supongo, es lo único que se con seguridad - dice Twill.
Mi corazón esta latiendo demasiado rápido. ¿Qué pasa si tienen razón? ¿Podría ser cierto? ¿Podría haber un lugar al que huir mas allá de la espesura? ¿Algún lugar seguro? Si existe una comunidad en el Distrito 13,¿.sería mejor ir allí, donde podría ser capaz de conseguir algo, en vez de esperar aquí por mi muerte? Pero entonces . . . si hay gente en el Distrito 13, con armas poderosas . . .
- ¿Por qué no nos han ayudado? - digo enfadada. - Si eso es cierto, ¿por qué nos han dejado vivir así? ¿Con el hambre y los asesinatos y los Juegos?
Y de repente odio a esa imaginaria ciudad subterránea del Distrito 13 y a aquellos que se sientan sin hacer nada, mirándonos morir. No son mejores que el Capitolio.
- No lo sabemos - susurra Bonnie - Ahora mismo, sólo nos aferramos a la esperanza de que existan.
Esto me devuelve a la realidad. Esto es un delirio. El Distrito 13 no existe porque el Capitolio nunca lo dejaría existir. Probablemente estén confundidas acerca de las imágenes de archivo. Los sinsajos son casi tan escasos como las piedras. Y casi tan fuertes como ellas. Si pudieron sobrevivir al bombardeo inicial del Distrito 13, probablemente ahora les vaya mejor que nunca.
Bonnie no tiene hogar. Su familia está muerta. Volver al Distrito 8 o adaptarse a otro distrito sería imposible. Por supuesto que la idea de un Distrito 13 fuerte e independiente la atrae. No me animo a decirle que está persiguiendo un sueño tan insustancial como una voluta de humo. Tal vez ella y Twill puedan labrarse una vida en el bosque. Lo dudo, pero son tan desgraciadas que tengo que intentar ayudarlas.
Primero les doy toda la comida de mi bolsa, sobre todo grano y habas secas, pero es suficiente para mantenerlas durante un tiempo si tienen cuidado. Busco entre los gabinetes de la cocina, para darles algunos alimentos que teníamos guardados: arroz, algunas conservas. Después me llevo a Twill al bosque e intento explicarle los puntos básicos de la caza. Tiene un arma que, de ser necesario, puede transformar energía solar en rayos mortíferos, así que puede durar indefinidamente. Cuando consigue matar a su primera ardilla, la pobre cosa es un desastre carbonizado porque recibió un disparo directo a través del cuerpo. Pero le muestro como desollarla y limpiarla. Con algo de práctica, lo conseguirá. Corto una nueva muleta para Bonnie. De vuelta en la casa, me quito una capa extra de calcetines para la chica, diciéndole que los coloque en las puntas de las botas para andar, y que después se los ponga en los pies por las noches. Finalmente, les enseño a hacer un fuego de verdad.
Me ruegan que les cuente detalles sobre la situación en el Distrito 12 y les cuento como es la vida bajo Thread. Les cuento de los azotes a Peeta y de las amenazas de muerte. Puedo ver que creen que es información importante que le llevaran a aquellos que dirigen el Distrito 13 y yo les sigo el juego para no destruir sus esperanzas. Pero cuando la luz me indica que ya es tarde, me he quedado sin tiempo para complacerlas.
- Tengo que irme – digo- Necesito más tiempo que antes para llegar a casa, aunque me hace bien caminar.
Ellas me agradecen y me abrazan. Lágrimas caen de los ojos de Bonnie.
- No puedo creer que llegáramos a conocerte de verdad. Eres prácticamente de lo único que se habla desde . . .
- Lo sé. Lo sé. Desde que saque esas bayas - digo con cansancio.
Casi no reconozco el camino a casa aunque empieza a nevar suavemente. Mi mente está dando vueltas con nueva información sobre el levantamiento en el Distrito 8 y la improbable pero tentadora posibilidad de un Distrito 13.
Escuchar a Bonnie y Twill me confirmó una cosa: el Presidente Snow me ha estado tratando como tonta. Ni todos los besos y ni todas las muestras de afecto del mundo habrían podido detener lo que se cocinaba en el Distrito 8. Si, es claro que el que yo sacara las bayas había sido la chispa, pero yo no tenia forma de controlar el fuego. Él debe de haber sabido eso. Así que ¿por qué visitarme en mi casa, por qué ordenarme persuadir a la muchedumbre de mi amor por Peeta? ¿Por qué obligarnos a exponer nuestra vida privada de la forma que lo ha hecho? Obviamente es un complot para distraerme e impedirme hacer algo que inflamara más a los distritos. Y para entretener a la gente del Capitolio, por supuesto. Supongo que la boda no es más que una necesaria extensión de eso.
Me estoy acercando a la alambrada cuando un sinsajo se posa con suavidad sobre una rama y gorjea. Al verlo me doy cuenta de que nunca obtuve una explicación completa del pájaro en la galleta y lo que significa.
"Significa que estamos de tu parte." Eso es lo que Bonnie había dicho. ¿Tengo a la gente de mi lado?¿Qué lado? ¿Soy, sin pretenderlo, la cara de la tan esperada rebelión? ¿ Se ha convertido el sinsajo de mi insignia en un símbolo de resistencia? Si es así, a mi bando no le está yendo demasiado bien. No tienes más que ver lo que paso en el 8 para saberlo.
Escondo mis armas en el tronco hueco más cercano a mi antigua casa en la Veta y me dirijo a la alambrada. Estoy sobre una rodilla, preparada para entrar en la Pradera, pero todavía estoy tan preocupada con los eventos del día que hace falta el repentino chillido de un búho para devolverme a mis sentidos.
En la luz difusa, las cadenas se ven tan inocuas como siempre. Pero lo que me hace apartar la mano con violencia es el sonido, como el zumbido de un árbol lleno de nidos de rastrevíspulas, indicando que la valla está viva con electricidad.
