"El amanecer es siempre una esperanza para los hombres."

"Diecisiete"

Capítulo LII

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Los últimos coletazos de calor estival azotaban la casa del cortafuegos. El sol de la tarde daba de pleno en las ventanas delanteras y Ruby se había visto obligada a dejar hasta la puerta abierta en pos de conseguir algo de aire fresco circulando por la casa.

Sentada en una silla, con la espalda bien recta, conversaba con Dieciocho a través del teléfono móvil mientras jugueteaba con un mechón de su cabello, enrollándolo y desenrollándolo en su dedo, distraídamente.

¿Qué tal fue la visita de control?

—¡Muy bien! Todo perfecto.

¿Y bien… es niño o niña? —preguntó Dieciocho, esperanzada. La pregunta del millón.

—No lo sabemos aún… _respondió Ruby, sonando más decepcionada de lo que había deseado.

Oh… Bueno, no importa realmente. En eso se parece a mi hermano, le encanta jugar a costa de los demás —dijo la androide.

Ruby rió. Aquel bebé se las ideaba para adoptar posturas en las que era imposible desvelar su sexo, y a las veintinueve semanas de embarazo su caso se estaba convirtiendo en una rareza. Médicos y enfermeras hacían apuestas al verles entrar, les parecía realmente divertido que la criatura se moviera justo antes de la ecografía y se escondiera de aquella manera. Para Ruby era frustrante.

Pero, tal como Dieciocho había dicho, no era algo realmente importante.

—Tienes razón —suspiró la zoóloga—. Lo importante es que está sano y en tamaño y peso correctos… La que no está en peso soy yo —confesó de repente, mordiéndose el labio.

¿Cómo dices?

—He aumentado casi ocho kilos, Dieciocho.

¿Qué? ¡Pero eso es casi lo que tienes que aumentar durante todo el embarazo! ¡Y aún te quedan casi tres meses!

—¡No me riñas tú también! —se lamentó la chica.

Lo siento, pero deberías cuidarte más… —insistió Dieciocho.

—Lo sé… —refunfuñó Ruby.

Era cierto, lo sabía… Pero tenía MUCHA hambre, a todas horas.

Desde el último control y tras el aviso de los médicos, Ruby se limitaba a ingerir sólo fruta, verduras y pescado, y había reducido muchísimo la ingesta de arroces y pasta. Y, por supuesto, los dulces: prohibidos.

Y aún así, cada vez que se comía una manzana con aquella ansia, se sentía culpable. Y más cuando Diecisiete llegaba y lo primero que hacía era pellizcarle aquellas hermosas mejillas que empezaba a tener.

Oye, ¿ya comenzasteis a hacer preparativos? —dijo la androide, cambiando de tema.

—Mmmh, más que preparativos… Tenemos que ampliar la casa. Dos habitaciones no son suficientes, hay que añadir un módulo nuevo. Pero ya sabes lo poco que le gustan los cambios a Diecisiete...

Típico de mi hermano. ¿Se está portando bien, por lo menos?

—¡Claro! —aquella fue la única pregunta que Ruby respondió con una sonrisa orgullosa—. A su manera, pero sí.

¿Sabes que no hablo con él desde hace semanas? Si no le hubiera llamado yo las últimas veces estoy segura que él no lo habría hecho —farfulló la androide.

—Bueno, ya sabes lo poco que le gusta hablar por teléfono, le cuesta hacerlo incluso por walkie…

La conversación siguió por derroteros dispares y variados y, en su transcurso, Ruby tuvo que resistir las ganas de abrir el refrigerador y tomar un tentempié. Aún no le tocaba comer, tenía que resistir.

Y al cortar la llamada, la zoóloga decidió continuar activa para mantenerse distraída y alejada de la comida.

La tarea de llamar a la familia para informar de los resultados del control ya estaba resuelta. Antes de llamar a casa de Krilin y Dieciocho, Ruby había estado hablando con Logan, quien, como siempre, le había regalado los oídos con frases ofensivas y de lo más variopintas dedicadas a Diecisiete.

Era algo a lo que ella se había acostumbrado ya, Logan y Diecisiete se repelían como el agua y el aceite y, en las escasas veces que se habían reunido, habían establecido una especie de código secreto por el que intercambiaban insultos y ofensas sin que los niños se enteraran de lo que sucedía.

Esto desesperaba a Ruby pero ellos dos parecían pasarlo muy bien.

Entró en el dormitorio dispuesta a continuar con la tarea de organizar las cosas que ya tenían para el bebé, sobretodo regalos que la gente les había ido haciendo. Lo que más abundaba era ropa y juguetes, y habían ido acumulando todo en un rincón del dormitorio. Pero la pila de cosas ya amenazaba por desplomarse.

Ruby desplegó un pelele diminuto de algodón con diferentes armas de fuego estampadas en la tela: rifles, escopetas, pistolas… Aún se acordaba del sonrojo máximo de Diecisiete cuando sus alumnos le hicieron ese regalo el último día de clase, cómo no, siguiendo los consejos de Jimmy.

Pero a pesar de la frustración de Diecisiete y de su expresión de bochorno, nadie se arrepintió. De aquella manera se vengaban de los métodos poco ortodoxos de su instructor y, a la vez, se los agradecían. Diecisiete había sido el profesor más cabrón y estricto que habían tenido en la academia pero, gracias a él, terminaron el curso siendo la más hábil promoción de francotiradores que se había licenciado hasta entonces.

Ruby dobló con cuidado aquella prenda y varias más, y abrió un cajón que había reservado para las cosas del bebé.

—¡Ups! —musitó.

Aún no se acostumbraba a su propio perímetro. Abría armarios, cajones o incluso la puerta del refrigerador y siempre topaba con su barriga. Incluso le molestaba al cocinar, ya que su vientre ocupaba buena parte de la superficie de trabajo de la cocina.

Se separó un poco más para abrir el cajón completamente y guardó allí dentro la ropa que, en un mes y medio, debería lavar y tener lista por si la llegada del bebé se adelantaba.

El conocido sonido del motor de un coche se detuvo junto a la casa y Ruby escuchó, apenas dos minutos después, el trote de Tristan sobre las tablas del salón.

Y ya sabía lo que venía a continuación...

—¡Ruby!

—Estoy aquí —respondió ella, desde el dormitorio. Arrodillada en el suelo, clasificaba ahora los juguetes haciendo una pila con los peluches que iba a lavar.

—¿Cuántas veces te he dicho lo de la puerta? —rezongó la voz grave de Diecisiete, desde el salón. Y por los ruidos, ella supo que estaba descargando las armas.

—Me muero de calor… —se excusó, Ruby.

—Pues abre las ventanas —masculló él, en respuesta.

Ella chasqueó la lengua y rodó los ojos.

—Ya están abiertas y no es suficiente —murmuró—. Lo que necesitamos es un climatizador —sentenció.

Sí, con un climatizador portátil tendrían el final del verano solucionado. Pero la negativa de Diecisiete no tardó en llegar.

—No. Lo que necesitas es un vigilante las veinticuatro horas del día. A partir de ahora Tristan se quedará contigo —concluyó.

Diecisiete entró en el dormitorio, entonces. Tenía el ceño fruncido en un gesto amenazador que hacía destacar aún más el azul claro de sus ojos, sobre los que incidía la potente luz de la tarde que se colaba sin piedad a través del ventanal.

Ruby rió.

—¿Qué te hace tanta gracia? —farfulló él, cruzándose de brazos.

—Lo sobreprotector que te has vuelto —explicó ella, simplemente—. Y gruñón… Ah no, eso ya venía en el pack.

—El bosque está lleno de osos, Ruby, y se cuelan en las casas para buscar comida —dijo él y avanzó por el dormitorio sacudiendo la cabeza en gesto de negación—. Parece mentira que sea yo quien te esté diciendo esto...

—Ya lo sé. Lo siento… —se disculpó ella. Él tenía toda la razón.

Diecisiete se arrodilló junto a ella, en el suelo.

—¿Qué estás haciendo aquí? —dijo, dando una ojeada a todas las cosas que había desperdigadas.

—Pues organi… ¡Uugh! —exclamó ella, entonces.

Ruby se sujetó el vientre con las dos manos y abrió los ojos desmesuradamente.

—¿Qué pasa? —dijo Diecisiete, alarmado.

Ruby tomó su mano rápidamente y la colocó sobre su barriga. El androide sonrió de oreja a oreja.

—¡Joder! —exclamó, cuando el bebé golpeó fuertemente su mano.

—Ya… —dijo ella, mientras él continuaba acariciando su barriga.

—Hoy está revoltoso.

—O revoltosa… ¡Auch! Ahora se está estirando —se lamentó Ruby. El bebé estiraba las piernas y apoyaba los pies en las costillas de Ruby. Era una criatura realmente activa—. Mira, esto es un codo.

Ruby guió la mano de Diecisiete por su vientre hasta un punto en el que se notaba claramente un bulto pequeño y duro. Él frunció el ceño.

—¿Cómo puedes saber eso?

—Simplemente lo sé. ¡Uh! ¿Lo notaste? —Diecisiete asintió. Estaba asistiendo a una sesión de gimnasia del bebé—. Siempre se mueve más cuando te oye hablar —confesó Ruby.

Tenía la certeza de que eso no era posible. Era muy probable que el bebé estuviera reaccionando de esa manera de forma espontánea. Pero aún así, sonrió como un estúpido.

Ella soltó una risita al ver su expresión y atrapó su rostro entre sus manos para besarle. No podía resistirlo.

—Tengo que ir a recoger a los niños —musitó él, y se levantó del suelo.

—Vale… Mmnh… ¿Podrías hacerme un favor? —dijo ella, pensativa. Se alzó también, con algo de dificultad, y salió de la habitación, tras él.

—Depende de lo que me pidas… —respondió Diecisiete, en un tono poco amigable.

—Sólo tenéis que ir a comprar un par de cosas… Mira, hice una lista —respondió ella, ignorando su tono de voz.

Le tendió un papel que desprendió de la puerta del frigorífico y Diecisiete lo tomó, mientras aflojaba la hebilla de la funda de su pistola, y lo leyó: aguacates, manzanas, salsa de tomate, pasta, apio, huevos, loción solar, cloro...

«Un par de cosas...», pensó, y la miró de soslayo tras soltar la funda sobre la mesa.

—Son cosas para la casa, la cena de hoy y algunas cosas más que necesitaré llevar mañana al risco —explicó. La combinación de los elementos de la lista era singular.

—Aún no lo veo claro… —murmuró él, serio. Ella chasqueó la lengua

—Vamos... No irás a negarte ahora, los niños están deseando venir.

—Los niños no me preocupan… —dijo él, tranquilamente. Y guardó aquel papel en el bolsillo de sus jeans—. Me preocupas tú con tu barriga en el risco, liberando pajarracos.

—¡Va a ser maravilloso! ¡Qué experiencia para Blake y Auri, les va a encantar! —exclamó ella.

Y sus ojos brillaban. No estaba prestando atención a la idea que Diecisiete pretendía transmitirle: Ruby embarazada de veintinueve semanas + Risco de las Tres Hermanas + pajarracos = peligro.

Ruby chasqueó la lengua al reparar en la mirada inexpresiva que le dedicaba Diecisiete.

—¡Venga ya! Para ti últimamente toooodo es peligroso —dijo, como si hubiera leído su mente.

Él entornó los ojos. Como siempre, discutir con ella era como chocar contra una pared. Miró el reloj, en diez minutos saldrían los niños. Tendría que pilotar a toda velocidad, aunque eso no le suponía un problema, realmente.

—Ya hablaremos luego de esto… —murmuró.

Ante de irse, pellizcó una de las mejillas de Ruby, un gesto que ella recibió con quejas y un sonrojo creciente.

Aquello se había convertido su forma preferida de molestarla.

Miraba con sospecha una rama de apio, el último ítem de su lista y... ¡Vaya si era feo eso! ¿Quien iba a comerse algo así? Por voluntad propia ninguno de sus niños, eso estaba claro.

Arrojó la verdura al cesto que Blake arrastraba, justo cuando Auri añadía algo más de su propia cosecha: un paquete de galletas de chocolate con formas de animalitos.

—Eso no está en la lista —gruñó Diecisiete.

—Pero a mami le gustan —argumentó la niña.

El androide se puso a su altura para mirarla a los ojos. Su mirada implacable era difícil de sostener para sus hijos cuando trataban de mentirle.

—Tu madre tiene el chocolate prohibido.

—… Por favooor —suplicó la niña—. Y no te pediré nada más, te lo prometo.

Un par de señoras de mediana edad rieron entre ellas al pasar por allí y ser testigos de la tierna escena. Y Diecisiete suspiró.

—De acuerdo, una sola cosa. Sólo las galletas —le advirtió, alzando su dedo índice.

La niña sonrió y asintió, obediente.

—Papá, ¿sabes que las águilas doradas hacen el vuelo rasante más largo del mundo animal? —dijo entonces Blake, mientras se dirigían ya a la línea de cajas.

—Algo he oído… —musitó el androide.

Auri intentó entonces colar en el cesto una bolsa de gominolas que acababa de pescar de un estante.

—Te he dicho una sola cosa —dijo Diecisiete, con un tono muy suave pero difícil de clasificar.

—¡Por favooor, papi! —rogó la niña, de nuevo, esperanzada de que su estrategia funcionara de nuevo—. Sólo esto, ¿sí?

Pero Diecisiete no cayó en las artes embaucadoras de Auri. Sacó las chucherías del cesto y se las tendió a la niña.

—Déjalo donde estaba.

La niña infló los mofletes, enfadada, pero obedeció.

—¡Y también tienen las alas más cortas en proporción al cuerpo, de todas las rapaces! —continuó Blake, como si fuera recordando detalles de aquellos animales a medida que pasaban los minutos—. ¿Por qué las tienen tan cortas, papá?

Diecisiete resopló. Le quitó de las manos a Auri la bolsa de patatas chips que traía medio escondida y agarró su mano para que le siguiera a la fila de cajas sin entretenerse más.

—¡Papi! —se quejó ella, haciendo pucheros.

—Las preguntas sobre bichos a la "Bichóloga" —contestó el androide a Blake, ignorando las quejas de la niña.

Al llegar finalmente a la zona de cajas, suspiró. Ir a comprar con los niños era una tarea durísima e interminable. En momentos así echaba de menos sus tiempos de rebelde sin causa ni objetivo, junto a Dieciséis y Dieciocho. Pero luego recordaba a Cell y se le pasaba.

La expresión de su rostro, imposible de definir, y sus ojos de hielo hicieron tartamudear a la cajera cuando fijó la vista en ella, esperando que le dijera el valor de la compra. Diecisiete era capaz de intimidar a los demás incluso sin proponérselo.

—Se-serán setenta y dos zenis —murmuró la joven.

Le tendió dos billetes de cincuenta mientras vigilaba a Blake y Auri colocar todo en bolsas.

Y aún notaba la atemorizada mirada de la cajera en su espalda cuando salían de la tienda con Auri insistiéndole en que le dejara comer galletas antes de llegar a casa.

...

La mañana siguiente era la del gran día. Ruby había estado preparando todo desde bien temprano. Llevaba algo de fruta, su cámara fotográfica, loción solar, el walkie con la batería cargada, su bloc de notas, su teléfono móvil...

Los niños ayudaban a cargar todo en el coche bajo la mirada entornada de Diecisiete, que se apostó en el porche de la casa con las manos en los bolsillos y actitud enfadada.

Blake metió a Tristan en el asiento delantero del coche de Ruby y, desde el de atrás, Auri le acariciaba las orejas y reía al recibir los lametones del animal.

—¿Aún quieres que me lo lleve? —dijo Ruby, mientras revisaba el contenido de su mochila sobre la pequeña mesa del porche.

Él le respondió sin mirarla, pensativo.

—Claro. Y sigo pensando que no es buena idea que vayáis allí arriba…

Su vista clavada fijamente en el abultado vientre de Ruby. Ella colocó sus lentes oscuros a modo de diadema y metió los prismáticos en su mochila. La cerró y dio una ojeada en dirección al coche. Los niños esperaban ya en el interior, emocionados. Parecía que tenían miedo a quedarse atrás.

—No va a pasar nada —murmuró, y le miró de vuelta—. Sólo vamos a liberar unos pájaros, Diecisiete… No pongas esa cara —sonrió.

Él chasqueó la lengua, se cruzó de brazos y apartó la vista hacia el bosque, enfurruñado. Y aquella manera que tenía de enfadarse por pura preocupación era irresistible para Ruby.

Se acercó a él y le besó.

—Nos vemos a la tarde.

Y tras decirle aquello caminó hacia el coche, en el que Diecisiete la vio entrar, para arrancar el motor y poner rumbo al Risco de las Tres Hermanas, con Blake y Auri diciéndole adiós desde los asientos traseros y Tristan mirándole a través de la ventanilla, sin entender por qué aquel día no se quedaba con él.

Levantó un brazo y les devolvió el gesto. No le quedaba más remedio que claudicar, Ruby era adulta y sus decisiones eran cosa suya.

Pero era curioso que, de aquella familia, él fuera precisamente quien tenía más sentido común.

Daba vueltas y vueltas a la ramita que sujetaba en la comisura de su boca, los ojos clavados en el montón de carne que aún no dejaba de sangrar.

El tipo levantaba los brazos y temblaba. No imaginaba que sería atrapado tan pronto y con las manos en la masa. Acababa de abatir una hembra joven de alce y trataba de justificarse diciendo que lo suyo era caza de supervivencia.

Pero aquella preciosa muchacha de los rizos dorados seguía apuntándole con la escopeta, sin mostrar un ápice de duda en su actitud.

Y el Ranger de cabello negro y largo que iba con ella continuaba estudiando el cadáver de su presa sin dar importancia al hecho de que su compañera apuntaba a la cabeza a un hombre que, hacía rato, había soltado sus armas.

Tragó fuerte y su mirada viajó de uno al otro.

—Eso que dices habría colado si no hubieras matado una hembra joven —murmuró el androide, tranquilamente. Sus manos viajaron hasta la pequeña tarjeta que el animal tenía en una de sus orejas—. En la caza de supervivencia siempre se intenta matar un macho, porque cunde más su carne, su piel es más resistente y tiene más grasa. No tienes excusa, aquí hay machos de sobra —dijo Diecisiete. Se levantó del suelo y sacudió la sangre de sus manos—. Lo peor es que has matado a un animal protegido. Esta hembra estaba marcada y se le estaba haciendo un seguimiento.

El cazador perdió el poco color que le quedaba en el rostro.

—Juro que no tenía ni idea de...

—No me jodas con excusas de niños —masculló Diecisiete. Las palabras y el tono de súplica le habían sonado demasiado parecidos a los de Auri—. No juegues conmigo.

Se acercó a Piper y reparó en la expresión de su rostro y en lo decidida que parecía a disparar a aquel tipo. Y no era que él no tuviera ganas de hacerlo, hacer desaparecer un cuerpo había sido algo que había acostumbrado a hacer antes de conocer a Ruby.

Pero ahora intentaba jugar según las reglas. Normalmente era más entretenido y, además, tenía la posibilidad de traumatizar a los furtivos mientras los llevaba a las celdas de detención de la Central, y eso también tenía su parte divertida.

—Relájate un poco "Pimienta" —murmuró, y desvió el cañón de la escopeta de la muchacha hacia el suelo, dejándola confundida—, o cuando tengas que cazar a tu padre habrás consumido toda la sangre fría… —farfulló. Y se alejó hacia el coche para rescatar el walkie del interior del habitáculo.

Ella pestañeó varias veces. ¡Oh! Claro, debía continuar vigilándole, pero una vez se había rendido ya no podía seguir apuntándole.

Resopló y apoyó su escopeta sobre el hombro, frustrada.

—"Bichóloga", aquí Diecisiete —dijo el androide, pulsando el botón que permitía la comunicación.

Se recostó en el lateral de su coche y miró al cazador, que mantenía aún las manos en alto, mientras Piper no dejaba de vigilarle como si fuera una potencial amenaza.

Y la respuesta no tardó en llegar.

Aquí "Bichóloga" —se oyó la voz de Ruby.

—¿Estás comiendo otra vez? —preguntó Diecisiete, podía notar perfectamente que Ruby hablaba con la boca llena.

¿Cómo otra vez? Sólo he traído un poco de sandía troceada, pero la estoy compartiendo con Auri. Tengo mucha hambre, Diecisiete, ya lo sabes.

Diecisiete suspiró. Sí ya lo sabía, pero Ruby tenía hambre a todas horas.

¡Hola papá! —dijo una vocecilla.

—Hola Auri. ¿Cómo va?

Bien. ¡Blake les está poniendo brazaletes a los pájaros! —confesó la niña, emocionada.

—¿Brazaletes? —repitió Diecisiete, sin comprender.

Las anillas de identificación —aclaró Ruby.

—Sigo pensando que no deberías estar allí —espetó él, de repente, y la escuchó resoplar.

¡Es el final del proyecto! ¿Cómo no voy a estar? —se quejó Ruby.

—No hagas cosas raras, no trepes a ningún sitio —dijo él, con severidad.

¡¿A dónde quieres que trepe con esta barriga?! —preguntó ella, frustrada—. Sólo voy a mirar y tomar notas. Los que harán todo el trabajo serán Adler y Alec, bueno, y también Blake.

—No te acerques al borde, estás muy torpe... —continuó el androide.

¡Basta ya, Diecisiete! ¡No te pases! _rugió ella.

—Es la verdad… —afirmó él, encogiéndose de hombros—. Ahora tengo que llevar a un furtivo a la Central. Ha matado a uno de los alces que habíais marcado en el Cañón de los Lobos.

Mierda… —farfulló Ruby, molesta.

Los alces habían sido marcados aquel año cuando la gestión del parque aún pertenecía al Decovisa, de modo que Ruby tendría que ponerse en contacto con ellos para formalizar la baja, y no le apetecía en absoluto.

—Hablamos más tarde —se despidió Diecisiete.

Y cortó la comunicación.

Ruby soltó el botón que establecía la señal y suspiró, contrariada.

—Malditos furtivos… —masculló, entre dientes—. ¡Ay! —exclamó. El bebé acababa de dar una buena sacudida. Ella masajeó su vientre y compuso una expresión de dolor—. ¿Tienes más hambre? ¿O es que te alegras de oír a papá? —preguntó, con voz suave—. Yo también… Pero se me pasa cuando se pone tan pesado —concluyó.

El Risco de las Tres Hermanas era una zona de difícil acceso, en general, por eso habían decidido que era el lugar perfecto para soltar a los aguiluchos. Era un sitio relativamente seguro para que pasaran los primeros días de toma de contacto antes de iniciar una vida plenamente salvaje. Y "relativamente" era la palabra que mejor lo definía, porque los furtivos podían llegar a cualquier lado, si se lo proponían. Tal como había hecho el que Diecisiete había atrapado en el Cañón de los Lobos.

Ruby se levantó de la más pequeña de las rocas que daban nombre al risco. Dejó el walkie sobre ésta, junto a su mochila, y guardó en ella la caja de galletas que habían estado comiendo. «Sandía… Soy una pésima esposa», pensó, sintiéndose culpable de haber mentido.

Sí, habían traído sandía y se la habían terminado. Y sí, Ruby estaba haciendo un esfuerzo monumental por comer sólo bocados sanos, sobretodo fruta. Pero Auri había sacado de su propia mochila la caja de galletas que, según ella, Diecisiete le había comprado a Ruby, una mentira que la zoóloga no creyó porque sabía perfectamente que Diecisiete no le iba a traer nada que tuviera chocolate hasta el final del embarazo. El androide seguía a rajatabla las advertencias de los médicos.

Sacó los prismáticos de la mochila y se los colgó del cuello.

Caminó pendiente arriba en dirección a la parte más exterior del risco, se puso los lentes oscuros y se acercó a comprobar cómo llevaban los chicos la fase de identificación.

En aquel momento Tristan emergió de entre unos arbustos cercanos y se le unió en su avance como si hubiera detectado el desplazamiento de Ruby y, de alguna manera, estuviera siguiendo indicaciones de Diecisiete de no dejarla sola ni un instante.

Llegaron junto a Adler y los niños justo cuando procedían a colocarles las anillas de identificación al último de los aguiluchos, y Blake, que había observado ya, atentamente, todo el proceso con los anteriores ejemplares, sostenía las tenazas de cierre en una mano, mientras Adler y Alec sujetaban a la última rapaz que quedaba por marcar.

—No aprietes mucho, Blake —le aconsejó Alec.

—Sí… —musitó el niño, concentrado.

A pesar de hacerlo con la supervisión de los dos expertos, el trabajo que estaba llevando a cabo Blake era muy delicado. Pero, aún así, Ruby se limitó a observarle sin decir nada. El niño cerró las tenazas con mucho cuidado mientras Adler inmovilizaba la pata del gran ave. Y, al terminar, la dejaron posarse sobre el tronco de un árbol caído y, junto a las demás, la despojaron de la caperuza que bloqueaba su visión.

Las cinco rapaces desplegaron las alas como un acto reflejo al verse en un lugar tan elevado y notar el viento en su plumaje.

—Lo has hecho muy bien, Blake —le susurró Ruby, y el niño sonrió, sintiéndose orgulloso.

—Ahora veamos qué se les ocurre hacer —murmuró Adler.

El momento de la verdad. Ahora debían comprobar cuánto de salvaje tenían esas aves y si eran capaces de seguir su instinto y separarse de ellos.

Se puso el guante de cuero e hizo que uno de los pájaros se posara en su brazo. Agitaba nerviosamente las alas, y el movimiento hacía balancear el brazo a Adler. Con un gesto, le dio impulso, y al animal no le quedó más remedio que abrir las alas y alzar el vuelo, que ya había estado practicando en una zona despejada, cercana al Centro de Recuperación.

Su vuelo fue bajo, de reconocimiento del terreno. Con movimientos torpes, jugó con las corrientes de aire, planeando a poca altura y tratando de quedarse inmóvil en el aire.

—¡Es genial! —gritó Blake.

Ruby sonrió. Tal y como había imaginado, la experiencia para los niños era fabulosa.

Pero, entonces, inesperadamente y sin aguardar a que Alec o Adler las obligaran a alzar el vuelo, las otras rapaces abandonaron el tronco en el que se encontraban apostadas tranquilamente. Quizá fue la influencia de las ráfagas de aire, o quizá fue el ver a su hermana sobrevolando el risco, bailando con la corriente. ¿Quién sabe? El hecho fue que en apenas un minuto las seis águilas rondaron la zona en círculos, como buenas rapaces, con un estilo de vuelo que más bien recordaba al de los buitres.

Ruby se cubría los ojos con una mano, observando aquel comportamiento, intrigada. Era inverosímil, los animales que habían sido criados en cautividad eran, por lo general, muy cautos, y no poseían aquel arrojo. A fin de cuentas estaban en una zona desconocida y su instinto debería dictarles la necesidad de inspeccionarla poco a poco.

—Es impresionante… —dijo la zoóloga.

—Con esto no contábamos, ¿eh? —añadió Alec, sonriendo.

Uno no sabía cuál iba a ser la reacción de un animal hasta que era testigo de ella. Por más que los estudiaran, por más que creyeran conocerles, eran impredecibles.

Y la sorpresa de los científicos aún fue mayor cuando todas las águilas salieron de la zona de confort y se lanzaron a volar más allá del borde del risco, precipitándose al vacío, por encima del bosque y el lago que se extendía allí abajo, alejándose cada vez más y más.

—¿Qué coño están haciendo? —dijo Adler.

—No lo sé —respondió Ruby.

No, definitivamente, aquel comportamiento no era normal. Ruby las miró a través de sus prismáticos. No planeaban. Todos los aguiluchos estaban alejándose del risco.

—Mamá, ¿me dejas mirar? —pidió Auri. Ruby le tendió los prismáticos y miró a Alec y Adler. Ninguno salía de su asombro.

—No esperaba que fueran a lanzarse así de deprisa, ¡qué valientes! —murmuró Alec.

Pero Adler sacudió la cabeza de lado a lado.

—No… De valientes nada. Están huyendo, ¿los veis? —dijo Adler. Ruby asintió.

—Se están alejando de aquí, eso está claro. Pero, ¿por qué?

Y, de repente, escucharon un zumbido agudo que se acercaba poco a poco, aumentando en potencia sonora con cada segundo que transcurría.

Se miraron entre ellos frunciendo el ceño. El ruido crecía y se acercaba, claramente.

Alarmados, buscaron en el cielo. Era el sonido del motor de un avión. Y entonces vieron la silueta de una aeronave perdiendo altura y… precipitándose hacia allí.

De repente el sonido se hizo tan ensordecedor que lo sintieron introduciéndose en sus cuerpos y haciendo vibrar hasta su misma sangre. Era como si el cielo, en toda su magnitud, se les fuera a caer encima.

—¡CORRED! —gritó Adler, el primero en reaccionar.

Tomó a Auri en brazos, mientras Alec aferraba las manos de Ruby y Blake y echaron a correr sendero abajo, en dirección a los coches. El avión se iba a estrellar en el risco.

Con Tristan galopando junto a ella, Ruby intentaba acelerar el movimiento de sus piernas, pero no le era posible ir más deprisa: pesaba demasiado.

—¡Corre Ruby! —exclamaba Alec, estirando de ella. La presión sobre su muñeca le cortaba la circulación.

Los segundos que sucedieron desde que avistaron el avión hasta que éste impactó finalmente contra el suelo se les hicieron eternos, aunque apenas les dio tiempo de alejarse de la cima del risco.

En medio de su frenética carrera divisaron los coches al final del sendero. Pero no les dio tiempo a llegar a ellos cuando oyeron el estruendo final, como el que hace la turbina de un avión a toda potencia.

De forma instintiva, se encogieron en el suelo, en el mismo lugar en que se hallaban, y se arrodillaron cubriéndose las cabezas con los brazos. Adler se arrojó al suelo y protegió a Auri con su propio cuerpo, mientras Alec hacía lo mismo con Ruby y Blake.

Experimentaron el umbral acústico del dolor, el límite que el oído humano era capaz de resistir. Ruby gritó, aterrorizada, y no pudo escuchar su voz, no podía superar tal nivel sonoro.

Árboles desplomándose, aire caliente contra sus cuerpos y, finalmente, un zumbido agudo mientras todo regresaba a la calma muy poco a poco.

Alzaron las cabezas, los ojos abiertos desmesuradamente, buscándose entre ellos, comprobando que estaban vivos.

—¡Auri! —gritaba Ruby. Pero no oía su propia voz.

Sordera transitoria, algo muy común tras un suceso así. La niña emergió de debajo de Adler, mientras él se incorporaba y observaba a su alrededor, y corrió hacia Ruby para enterrarse en sus brazos, sollozando, completamente aterrada. Y a ellas se unió en seguida Blake, que también había resultado ileso.

Alec se alzó del suelo el primero y, al vislumbrar la escena que tenían a pocos metros de distancia, se llevó las manos a la cabeza.

A veces, la fortuna es como un dardo que apunta a la vida como si ésta se hallara en una diana móvil, y en aquella ocasión, el dardo había dado en el blanco.

Algunos metros más allá del lugar donde se habían agazapado, las copas de los árboles estaban partidas, como si una segadora gigante hubiera pasado sobre ellos. Y al divisar los coches, Ruby se quedó completamente blanca.

El aspa de una hélice gigantesca se había incrustado en la puerta del conductor de su pequeño todoterreno y el coche estaba hecho un amasijo de hierros. Mejor dicho: dos amasijos ya que la hélice había actuado como una sierra radial y había cortado la carrocería y el chasis del coche en dos. Y el de Adler había sido aplastado por un árbol que había caído sobre su techo.

Si hubieran conseguido refugiarse en los coches, habrían muerto.

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Nota de la autora:

O_O


Dragon Ball © Akira Toriyama