Berwald Oxenstierna: Konungariket Sverige, Kingdom of Sweden.

Aparté a Lukas y pegué una patada tan fuerte a la puerta que esta terminó de astillarse después de los golpes y disparos que Lukas le propició anteriormente. Algo nervioso, ordené a Lukas que cubriera a Tino. Ambos tomaron las armas y las sostuvieron con fuerzas. Un par de patadas más hicieron que la puerta se rindiera y la tiré abajo con bastante esfuerzo.

Lo que me topé en cubierta no lo esperaba.

El viejo estaba degollado sobre su propia nave, y la bahía completa estaba cubierta de soldados apuntándonos. Mi escopeta no era nada con el sinfín de cañones en la mira de nosotros, del motor de la nave. Mi labio inferior tembló levemente y la brisa marina cargada de gotas saladas despeinaron mi cabello ya tieso entre agua de mar y sudor. Tragué dificultosamente y resolví dejar el arma en mi espalda lentamente y levantar las manos. Me volteé con disimulo a mirar a Lukas quien resguardaba a Tino en sus brazos y supe que ambos pedimos piedad por nuestro futuro.

Escuché como, en ruso, nos daban la orden de descender de la nave y entregarnos automáticamente. La embarcación lentamente se dirigía a los muelles de descarga y el embrollo armado entre los comerciantes y la guardia rusa era gigantesco. A medida que la nave acortaba distancia con la tierra, me permití pensar en un plan.

La verdad, si fuésemos simples ciudadanos, no debiésemos ser reprendidos. Había transcurrido tiempo suficiente desde el desastre en el bosque, cuando las caravanas rusas marchaban sobre Finlandia, como para que alguien recordara nuestros rostros, más que nunca la oscuridad y el humo nos develó directamente a los enemigos. Respiré con calma y Lukas resolvió cubrir a Tino con una manta y rápidamente humedeció sus ojos con agua de mar, con el objetivo de enrojecerlos y disimular el extraño color de sus pupilas.

Una vez que el barco fue atado, me pude voltear con algo de cuidado para ver que, sobre el barco, ondeaba una bandera ilegal finlandesa: una cruz cielo veraniego sobre una tela blanca y agujereada, incluyendo su antiguo escudo de ducado. Me extrañé a ver tal estandarte, que recordé con claridad que portaban los rebeldes.

Supuse que con ello era suficiente para tomarnos como rehenes.

Me hicieron bajar junto a Tino y Lukas, con la mira de una escopeta siempre apuntando hacia nosotros. Para sorpresa de nosotros, un cuarto hombre descendió de la nave y no era el viejo degollado sobre la cubierta. Aquel hombre se saludó con los soldados, identificándose como ruso.

Lukas miró intensamente a ese hombre polizonte de la nave y abrió sus labios para decirme algo, pero fue interrumpido por el vozarrón tosco y violento de un soldado quién le pidió que guardara silencio. Aquel hombre reveló a los soldados que portábamos una enorme cantidad de dinero sueco y que exigíamos volver lo más pronto posible a Estocolmo.

Tino observaba abstraído su bandera dañada flotar sobre la bahía, donde los comerciantes, mujeres y hombres, nos observaban con algo de resquemor, analizando nuestras vestimentas finlandesas bajo sus ojos, sus juicios de economía estable. Lukas exasperaba rápidamente, soltando improperios en noruego, lo que le ocasionó un fuerte golpe en la espalda con la culata de una de las armas. hasta que al final no pudo guardar más silencio:

― ¡Demando saber el motivo de nuestra aprensión! ―dijo Lukas en un ruso poco claro, con un dejo de desesperación en su voz.

Uno de los soldados contestó en ruso en un tono poco amigable.

―Cállate, malnacido.

Dudé si el hombre de armas realmente entendió lo que Lukas dijo, por lo que decidí interceder:

―Nosotros sólo pedimos ser transportados a Suecia. No hemos cometido ningún acto ilegal. Sólo buscábamos regresar a nuestros hogares. El barco no nos pertenece.

Lukas era mucho menos paciente. Conocía bien ese tono desesperado en el que se tornaba su tranquila voz cuando las cosas no salían bien. Agudizaba su voz, dejaba que el aire se escapara antes de los pulmones. Hablaba en noruego sabiendo que nadie le entendería. Lukas se volteó teatralmente a mirarme, fijando sus ojos totalmente enrojecidos por el agua de mar. Tragó una última vez y dijo, esta vez, con su mejor ruso:

― ¡Quiero ver al maese de puerto! ¡Sólo somos mercantes suecos!

El esfuerzo de Lukas no dio frutos ya que no se nos escuchó en ningún momento. Tino volvía a tensar la mandíbula y a tornar sus ojos fieros, como cuando se encontraba en peligro.

Una vez más nos quitaron nuestras pertenencias y nos llevaban a una carroza oscura y fétida, probablemente destinada a los malhechores que rondaban hurtando los bienes de los comerciantes en el puerto de Tallin, capital de Estonia. Pude determinar nuestra posición gracias a un enorme letrero de un puesto de pescados. Descendí mis ojos al dependiente, quien, junto a una joven que sostenía una medalla entre sus dedos, nos observaba con lástima. Fruncí el ceño al observar los dedos de la joven acariciar la cadena de su medalla y recordé que traía consigo la mía, la que me identifica como nación. Rápidamente, busqué aquel símbolo en mi muñeca derecha y ahí se encontraba, llena de tierra y suciedad, pero la cadena de oro brillaba como la esperanza en la incertidumbre. Tal vez, develar nuestra identidad nos salvara de aquella situación.

Quise arriesgarme:

―Por favor, pido que se nos lleve al palacio Kadriorg, sé que esto―mostré mi medalla a uno de los soldados―podría significar una represión muy grande para ustedes.

El soldado que me escoltaba observó extrañado mi medalla, probablemente no tenía ni la menor idea de qué significara. Nada sería tan importante como para interrumpir en el palacio de Kadriorg, el hogar de Eduard, Estonia.

―Sólo pido que se nos lleve al maese del puerto―intentó nuevamente Lukas―él podrá ayudarnos, no queremos problemas, sólo volver a Suecia. Elegimos el transportista equivocado, es todo.

Al menos el discurso de Lukas fue suficiente como para que no se nos tratara más como delincuentes. Pedí mentalmente a Tino que cooperara y su mirada logró captar mi mensaje, manteniéndose tranquilo. Realmente, a pesar del uniforme militar de Lukas y Tino, que por suerte estaba muy a maltraer y era irreconocible, no tenían cómo probar ningún acto vandálico por parte de nosotros y el hombre muerto sobre su propia nave llevaba encima mi dinero y fácilmente podríamos culparlo a él de ser un ladrón.

Revisaron nuestras cosas y por suerte pasaron de las cartas que estaban a muy mal traer y con suerte se leía las letras escritas en los sobres. Les dije que eran sólo cartas personales y que no eran importantes, mintiendo descaradamente. Hurgaron en todos los recovecos de nuestras mochilas y al no encontrar nada sospechoso, decidieron darnos una oportunidad.

Lukas sacó todos sus dotes señoriales para parecer un hombre realmente influente e importante. Se comunicó con claridad conmigo, dando a entender que yo tendría que ser su traductor. Tino por su parte, agarraba su estómago con disimulo, ya que sentía nauseas y estaba pálido.

Cuando los soldados terminaron de revisar nuestras cosas, nos las entregaron de vuelta y uno de ellos habló:

―Si realmente son mercaderes importantes, el maese del puerto sabrá reconocerlos. Si nos han mentido, no responderemos a nuestros actos.

Lukas y yo nos miramos sutilmente pero mi hermano levantó una ceja, sintiéndose ofendido. Sé que Lukas temió que no le reconocieran, sin embargo, él es capaz de armar un escándalo de gran proporción, hasta hacer creer a todo Estonia que éramos los mercaderes más importantes de Suecia, dueño de grandes cadenas pesqueras y una joyería instalada en Noruega.

―Si este imbécil del maese no nos reconoce, voy a mandar a que lo decapiten―susurró Lukas, trayendo consigo Tino que se mantuvo en silencio la mayor parte del tiempo.

Los hombres nos comenzaron a guiar hacían una edificación mucho más pudiente que los puestitos de venta del muelle. Suspiré y observé el perfil elegante de Lukas, a pesar de su cabello sucio, la barba sobresaliente y las ojeras violáceas.

―No sé cómo lo lograremos, Lukas ―le comenté tranquilamente en noruego, esperando a que me contestara―. Al menos aún podemos convencerlos de que nos den embarcación o nos lleven con mercaderes suecos.

―Descuida―contestó Lukas en un tono agradablemente señorial; él se transformaba rápidamente cuando se trataba de defender se reputación, probablemente nadie imaginaría que hace un par de días atrás nos golpeábamos y él se encontraba terriblemente ebrio―, estos ignorantes de Estonia se creerán el cuento, como en el cuento del traje invisible del emperador.

Fruncí el ceño un momento y me dediqué al camino que nos hacían seguir, a vista de los ojos curiosos del muelle, de mujeres con sus maridos y carruajes elegantes.

Lukas nunca tuvo especial afecto por Eduard.

Por mucho tiempo, Eduard vivió con nosotros e incluso Tino se hizo un excelente amigo de él. Varias veces tuve que mantener vigilado sus acciones por miedo a que intentara raptarlo de mi lado, sin embargo, Eduard era un joven muy parecido a Tino, con algo más de ego y elegancia.

Quizás por eso mismo le producía rechazo a Lukas. Jamás lo aceptó entre nosotros y siempre se mantuvo apartado, aunque el día en que Eduard tuvo que marcharse para irse a Varsovia, Lukas se encontraba extrañamente de mal humor.

Es difícil pensar qué es lo que pasa por la cabeza de Lukas. Nunca supe si realmente detestaba a Eduard o era su manera de decir que lo aceptaba.