¡Muy buenas noches pequeñas criaturas! Aquí Rasen reportándose, tarde como siempre XD No tengo nada más que decir, que soy perezosa y no se me dan muy bien las descripciones de peleas, así que no me odien mucho owo9 Se hizo lo que se pudo y bueno…que se arme el descontrol y bienvenido sea el Angst.
*Guest.- Pues ya seguí XD Ya sabes cómo soy de exquisita(?)
Capítulo 51
Trigger
Podría llamarle inercia al desplazamiento que realizó en el momento en que contempló tan agresiva acometida. Llamarle tal vez como una reacción natural que su cuerpo siempre experimentaba cada vez que un enemigo se cruzaba en su camino. Aunque tal vez únicamente deseaba apartar a esa mocosa problemática de alguien que podría tener el potencial de asesinarla.
Sin embargo, sus intenciones no llegarían hasta ella; se estancarían del mismo modo que su espada lo hizo en cuanto se impactó contra esas dos largas y brillantes hojas metálicas.
—Tienes unos reflejos envidiables. Incluso manejando una espada de madera eres capaz de hacer retroceder a mis dos espadas —el verde oliva de sus astutas pupilas, era para Gintoki, algo completamente inconfundible.
—¿Por qué nadie me dijo que esta noche tendríamos reunión? —sonrió con burla—. No he tenido tiempo de alquilarme un bonito traje ni conseguirme a una esposa postiza con las especificaciones adecuadas que ocasionen derrames nasales en todo el que la vea.
Su cabello era largo y lacio, tan azabache como la noche que les cobijaba. Su piel, tan nívea y amarillenta, pero al mismo tiempo, ideal para lucir las oscuras vestimentas occidentales que hacían del visitante un extranjero, un mero forajido que había llegado a tierras lejanas a buscar problemas.
No obstante, su atributo más particular, se encontraba en las dos armas que sujetaba con indiscutible maestría.
—Sakata Gintoki. Uno de los cuatro jóvenes samuráis que se mantuvieron peleando hasta el final durante la Gran Guerra Joui —dictaminó con cierto entusiasmo.
—Tú deberías estar con unos cuantos kilos de más y una palmada de canas mientras te preocupas por los programas de antaño que salen cada viernes por la noche en tele abierta —ambos habían detenido su agresividad, pero bajo ningún precepto bajaban la guardia. Parecían saber lo que el otro era capaz de hacer.
—¿Es esa espada de madera todo lo que queda de tu honor, samurái?
—Las espadas reales pasaron de moda. Ahora sólo los frikis se emocionan por tener una colgando sobre su cabeza.
—Puedo ver tus intenciones, pero no lo permitiré —estableció el pelinegro con cierta prepotencia.
—Contigo ya van dos idiotas que conozco que son capaces de leer la mente de las personas —añadía de lo más divertido—. ¿Qué te parece si te hago un nuevo corte de cabello, Seiryuu?
—El corte que llevas contigo ya está pasado de moda, Gintoki.
El suelo tembló con el inicio de su acometimiento. El viento mismo rugía ante el encuentro de dos samuráis que no habían olvidado sus raíces, que continuaban avanzando sobre su propio camino, viviendo bajo sus propios ideales. Y que eran incapaces de vivir sin el alma de su espada.
Si el impacto de sus espadas hablaba por ellos. ¿Qué era lo que comunicaban? ¿Qué era lo que susurraban tan insistentemente como si nadie les escuchara? ¿Qué clase de sentimientos estaban imprimiendo cada uno sobre el filo de sus espadas?
Los hombres que estaban luchando frente a ellos no eran samuráis, tampoco bestias sedientas de sangre, sino demonios.
—G-Gin-san…—estaba aterrorizado y maravillado. Siempre era de ese modo cuando Sakata combatía en serio—. Además, ese hombre es… Mejor dicho, fue camarada de Tentei-san —¿cómo no reconocer a alguien tan particular como él?
—Es bueno —Abuto conocía muy bien lo que el peli plateado era capaz de hacer y no le restaba mérito alguno. Pero su rival, ese del que sólo conocía el nombre, no era ni remotamente despreciable—. Ambos tienen el potencial de masacrarse mutuamente.
—¿Por qué limitarse a ver cuando pueden formar parte de este alegre festejo? —el diablo debería estar envidiando el sigilo de esa mujer. Y Shinpachi debería de estar agradecido de lo bueno que era Umibouzu para bloquear los ataques fatales.
—Niño, en un campo de batalla, el bajar la guardia significa una muerte segura —su parasol había sido abierto, sirviendo eficientemente de escudo, evitando de esa manera que aquella katana se encargara de partir por la mitad a Shinpachi.
—G-G-Gra…Gracias…—había ido a dar contra el suelo, con unos cuantos raspones, pero por lo menos estaba entero—. Ella es…Byakko…¡Byakko-san! —corrigió ante esa mirada helada que la peli blanca le dedicaba.
—Llámame Seikka —pidió con amabilidad—. Ese nombre era para el perro guardián del Shogun. Ese al que no le quedaba más remedio que obedecer para no ser exiliado.
—Y yo que pensaba que no volveríamos a vernos de nuevo —Kankou tenía un duelo pendiente con esa fémina y pareciera que había llegado el momento para zanjar ese asunto—. ¿Acaso te has enamorado de mí y has decidido acosarme en secreto durante todo este tiempo? Te digo desde ya que soy un hombre casado y que amo a mi hermosa esposa.
—Si fueras menos viejo y con un poco más de cabello en su cabeza, tal vez la respuesta sería sí. Sin embargo, mi llegada es meramente laboral —su katana estaba dirigida hacia él, hacia su garganta.
—Parece que la gente no entiende que no debe andar por ahí señalando a las personas con objetos filosos —agregó, cerrando su parasol; iba a necesitarlo—. Tendré que impartirte un poco de educación, niña.
Era como una danza, cambiante, pero con un ritmo macabro y bailarines suicidas. Era algo de lo que resultaba imposible apartar la vista; algo hipnótico que sería guardado para la prosperidad.
—No has perdido tu toque —Seikka sonreía como una niña pequeña a la que le han devuelto su más preciada muñeca—. Haces que me emocione demasiado.
—No trates de lucir linda e inofensiva conmigo. Sé que detrás de ese rostro se esconde un puto monstruo —pocas mujeres activaban en él la alarma de "peligro". Y la oji azul era una de ellas.
¿Cómo podía tener esa ligereza de cuerpo para evadirle y atacarle desde puntos tan diversos y complicados? ¿Por qué soportaba tan bien sus encuentros de fuerza sin siquiera observar malestar alguno en su rostro? ¿De qué manera se había entrenado para alcanzar ese nivel de combate?
—Agilidad, velocidad, resistencia, fuerza… Toda esa clase de atributos son necesarios para crear un guerrero eficiente que rinda tanto como sea posible —versó, agitando su espada, como si comprobara con el ruido que producía, que continuaba en óptimas condiciones—. Fui entrenada desde pequeña para soportar cualquier clase de calvario o situación desventajosa… Fui criada para no caer hasta ver mi objetivo cumplido.
Ahora era cuando se encontraba recordando su primer encuentro. Era el instante preciso en que caía en cuenta de que ella poseía la peligrosa mentalidad de un Yato con un enfoque patriótico. Y eso era una combinación letal.
—Estaba claro… Sabía que íbamos a acabar rodeados de enemigos peligrosos tarde o temprano —Abuto miraba en todas direcciones. Estaba en ese punto donde no podía bajar la guardia.
—Para ser simples humanos…resultan ser bastante temibles —Narue miraba a Gintoki, convertido en cualquier cosa menos en el idiota que conocía. Y después apreciaba a los enemigos, a esos guerreros que debieron haberse cobrado tantas vidas durante la gran invasión de los Amanto.
—Esto no podría ser mejor…—sonreía con énfasis, con una ansiedad que empezaba a hacer que le hirviera la sangre—. Es simplemente grandioso…—tantos adversarios prometedores de donde elegir. ¿Es que no se encontraba en su día de suerte? —. Sabía que algo como esto pasaría. Pero jamás imaginé que podría ser así de bueno.
—Estoy impresionado de que te hayas contenido por tanto tiempo —el castaño le miraba sin cambio gestual. Allí estaba esa mirada psicópata, deseando teñirlo todo de un estridente bermellón—. Creo que con esto te gustará mucho más la idea de tener a esa mujer cerca de ti… Mira a todo el público que ha reunido aquí.
—Si todo lo que atraiga resulta tan interesante como esto, podría pensarme seriamente el conservarla.
Abuto no sabía qué era lo que le había dejado flipado. Si la confesión tan comprometedora y abierta de su capitán o que ese pelirrojo hubiera tenido que usar sus dos manos para evitar que esa enorme espada de hierro lo desquebrajara en dos.
Pero sin duda, su rostro mostró un anonadamiento tremendo en cuanto vio al corpulento y alto hombre a nada de donde se encontraba, manejando algo que difícilmente podía ser clasificado como una katana. ¿Es que todos esos samuráis eran unos monstruos natos?
—¡Maldita sea, me ha metido un jodido susto! Y con todo esto no he podido escuchar claramente lo que has dicho —se quejó. Por otro lado, Kamui sonreía animosamente, como un crío que le han permitido salir al patio para jugar—. Así que, ¿podrías repetirme lo que mencionaste hace unos momentos? —no quería hacerse falsas esperanzas.
—Dije… ¡Que esa mujer es un maldito imán para los enemigos, por lo que no pienso desaprovecharlo! —exclamaba de manera casi cantarina. En verdad se le veía tan feliz mientras levantaba esa pesada espada para mandarla tan lejos como le fuera posible, en compañía de su dueño—. Dudo que algo como eso te haya matado.
—Los jóvenes son tan impetuosos y mal educados. Se nota que te faltó una figura paterna durante tu crecimiento y eso ha repercutido severamente en tu personalidad —era tan alto como un oso estando de pie. Y era tan tosco como lo sería un elefante. Era en términos simples, un hombre de gran talla al que el tiempo no le perdonó nada.
—Un anciano ya no debería estar jugando en los campos de batalla. Y mucho menos ir corriendo con objetos tan peligrosos —frente a frente, lucían como David y Goliat.
—Desde antes de que fueras planeado, ya me encontraba despachando a los Amanto fuera de este planeta —su espada estaba de nuevo en su mano, completamente inmóvil—. Pero no muchos tenían ese rostro sádico que posees tú.
—Fuiste compañero de Tentei, ¿verdad? —no recordaba los nombres, pero los rostros de cada uno estaban bien grabados en su memoria—. Y eso es garantía de que no me aburrirás.
—De eso hace casi dos décadas ya —dijo con un semblante fruncido. ¿Acaso se molestó con sus palabras? —. Ahora transitamos por senderos completamente diferentes.
—Ahora mi curiosidad radica en… ¿Quién de ustedes cuatro es el más fuerte?
—Esa respuesta la obtendrás sólo si te enfrentas a todos nosotros —las castañas pupilas de Akima no se desapartaron del Yato en ningún instante.
—Eso es algo que se puede arreglar fácilmente —y el combate entre los dos dio inicio. ¿Qué es lo que podría salir mal con el intercambio de estos dos?
—Tsk… Están levantando demasiado polvo. Sin mencionar que están arrasando con todo lo que hay a su paso —Eizen junto con Akumu, Abuto, Narue y Shinpachi ya habían establecido una distancia prudente; de no hacerlo se quedarían atrapados en alguno de los tres combates que habían surgido en cuestión de minutos.
—La lucha entre monstruos no es algo que suceda tan seguido —comentaba Akumu. Ella estaba muy interesaba en observar todos los duelos—. A este punto cualquier cosa podría pasar.
—Kamui no va a perder contra un vejestorio como ese.
—Ese vejestorio es Genbu-san y hasta donde tengo entendido, los enfrentamientos cuerpo a cuerpo son su especialidad —Shimura siempre expresándose bien de la gente mayor—. No olvidemos que es miembro de la antigua Guardia Real del Imperio. No pueden ser tomados a broma.
—No voy a discutir que saben lo que hacen —Eizen parecía tener un interés en particular en el hombre de las dos espadas. Algo en él le recordaba a cierta persona—. Jirou. ¿En qué momento piensas mostrarte ante nosotros? ¿Acaso estás esperando a que nuestras fuerzas estén mermadas para darnos el tiro de gracia?
—Y hablando sobre cosas peligrosas… ¿Cómo demonios le estará yendo a esa mujer? —se preguntaba tanto Abuto como el resto—. No puede ser coincidencia que los ex compañeros de Tentei hayan aparecido ante nosotros justo en este momento… Aquí algo huele bastante podrido…
Metal contra metal, chocando con vehemencia, como si bramaran, como si desearan resonar incansables alrededor del campo de batalla para que todos estuvieran enterados que un brusco encuentro había dado inicio entre dos feroces bestias.
El filo del sable estallaba contra el de la hoz, tantas veces como sus disponentes lo desearan, desatando chispeantes coreografías que causaban tanto maravilla como temor. Y simultáneamente, el grosor y la frialdad de la cadena renovaba el suelo, transformándole en un espacio inconsistente y potencialmente peligroso.
¿Quién sería el primero en cometer el primer error? ¿Quién se distraería el tiempo suficiente para darle al otro la oportunidad de acortar la distancia entre ambos y atestar un embiste que llevara a una peligrosa ventaja?
—¿No resulta curioso que alguien que no sea afecta de pelear, lo haga tan bien? —nuevamente sus miradas chocaban al compás de sus armas, intercambiando más de lo que sus palabras eran capaces de expresar.
—¿Debería sentirme halagada por tu comentario? —sin importar hacia qué dirección condujera sus espadas, estas simplemente encontraban el bloqueo perfecto en esas hoces. ¿Era tan predecible y lenta o él era demasiado experimentado y habilidoso?
—Tendrías qué —su voz no era lo único que cobró mucho más brío. Su manera de atacar también se elevó un par de niveles por arriba de lo esperado; llevándole a retroceder para defenderse, para impedir que su kusarigama tomará a alguno de sus miembros superiores como recompensa.
—No es algo que suelo escuchar seguido de mis contrincantes —estableció sin apartar su mirada de Bishamon. Sabía que era peligroso, pero no quería comprobar qué tanto. No cuando no sabía absolutamente nada sobre él.
—No soy como esos a los que has enfrentado, Oshin —sonrió tan discretamente que ella ni siquiera lo notó—. En cierto modo, podría representar una mayor amenaza que todos ellos.
—Después de esto está claro que tendré que irme a un retiro espiritual o algo por el estilo… No atraigo más que a peligrosos e imbéciles enemigos. Y eso no va a ser bueno para mi salud.
—Ciertamente tienes un extraño sentido del humor.
¿Cuánto más resistiría su hoz contra una hoja tan aguda? ¿Cuántos fragmentos salieron disparados en el instante en que sus armas se destruyeron, ante su propio poderío, ante la creciente fricción que probaban cada vez que se acercaban para aniquilarse? ¿Por qué preocuparse por esos detalles cuando todavía les quedaban sus desnudos puños para continuar combatiendo?
¿Por qué no probar de primera mano lo rudos que podían ser sus puñetazos? ¿Por qué no saborear el desagradable sabor del hierro desde su garganta hasta sus labios? ¿Cuál era el inconveniente de que se hubieran mandado tan lejos como les fue posible? ¿Qué era un poco de polvo para ellos?
—No imaginaba que terminaríamos deshaciéndonos de nuestras armas tan pronto —el peli azul escupió el exceso de sangre que se acumuló en su boca, justo después de levantarse—. Sabía que los Yato pegaban realmente duro, pero eso en verdad me ha dolido.
—Tú no golpeas necesariamente suave —la pelinegra se puso de pie, clavándole la mirada, limpiando la manchada comisura de sus labios con el antebrazo—. Es fuerte… Demasiado para considerarlo un ser humano… Un combate cuerpo a cuerpo podría significar un suicidio seguro. Sin embargo, no me queda opción alguna…Él no va a dejarme ir hasta que haya obtenido lo que quiere.
—He tratado de contener mi fuerza, porque no deseo estropearte de buenas a primera. Pero al final he fallado un poco en mi autocontrol —y eso significaba que todavía podía embestirle con una mayor potencia.
—Pues qué caballeresco de tu parte. De seguro eso logra conquistar muchos corazones —dictaminó con ironía. Lo siguiente que habría de hacer, era arremeter una vez contra él; no debía darle tiempo a que tomara su segundo aliento. Tenía que actuar con rapidez.
El olor a cenizas se convirtió en la nueva fragancia de un bosque que había sido consumido casi por completo por el devastador fuego. El carboncillo era la única estética que le proporcionaba cierto agrado visual al desértico paisaje. Y la escasa vida silvestre que había logrado sobrevivir representaba a los únicos testigos que guardarían en silencio la fatídica catástrofe que destruyó su hogar y les arrancó a sus iguales. Pero también existía esperanza después de la tragedia.
—Es bueno volverlos a ver —mencionaban a la par, mirando a esos tres confiables capitanes del Hokusei.
—Me alegra ver que sigan enteras —Moka miraba a esas dos que se habían zampado una botella de agua cada una—. Se ha conseguido apagar la mayor parte del fuego. Así que estaremos a salvo aquí.
—Lo único que me preocupa es dónde y cómo se encuentran Oshin y los demás —espetaba Roko con intranquilidad—. Pese a que nos topamos con rivales a lo largo de nuestro avance, ninguno de ellos podría ser considerado como una molestia.
—Y sin importar cuánto lo intentemos, somos incapaces de contactar con ellos —Raiko llevaba aquel pequeño radio entre manos, buscando inútilmente establecer conexión con los ya mencionados.
—Sabemos de antemano que imprimirán todo su esfuerzo en ella —la Renho chasqueó la lengua, con notorio cabreo—. Si bien todos nosotros somos blancos potenciales. El terminar con ella sería mucho más apremiante.
—Razón por la cual ella tomó un camino diferente al nuestro —hablaba el Shinra. El resto sabía que las cosas habían sido proyectadas de esa manera—. Planea actuar como señuelo.
—De esa manera ella podría encargarse de Jirou sin nuestra intervención —el blondo lo supo desde un principio y no pudo hacer más que aguantarse y acatar órdenes.
—Estamos a tiempo de encaminarnos hacia donde está —la propuesta de la peli azul era tentadora—. Es la hija de Tentei-san… Nuestra actual almirante… Pero sobre todo eso, es nuestra amiga y un miembro de nuestra disfuncional familia.
—Tengo el presentimiento de que su castigo no va a ser indulgente —susurraba Roko. Los otros dos pusieron mala cara—. Ella puede ser muy severa si se lo propone.
—…Ciertamente podríamos lamentarlo después…—mascullaban el Yato y la Renho por igual.
Sangre. Tan roja, tan cálida, tan necesaria, y a la vez, tan bulliciosa. Aunque en otras ocasiones se convertía en un pincel caprichoso que no conocía ni de límites ni de arte abstracto; una herramienta que matizaba todo lo que tocaba, todo lo que poseía una mínima afinidad por su naturaleza. ¿Era acaso el destino de sus prendas el ser devoradas poco a poco por ese caliente carmesí?
¿Formaba parte de las normas de los combates que sus respiraciones se volvieran lo suficientemente caóticas que resultara hasta doloroso inhalar una bocanada de aire? ¿Por qué sin importar lo dura y dolorosa que fuera la caída continuaban levantándose, tantas veces como fuera necesario?
¿Qué es lo que existía en la victoria que convertía a todos en necios desesperados?
—Esto está yendo mejor de lo que me estaba esperando —colocó en su sitio su dislocado hombro. Volvió a pararse pese a lo fuerte que había sido pateado para ser enterrado entre rocas y árboles. Continuaba tan dispuesto de continuar con su diversión.
—E-Empiezo a creer que pertenecemos a la misma especie —estaba tumbada sobre el suelo, intentando con esfuerzo ponerse de pie—. Ungh… Eres como ese imbécil —escupió tanta sangre como puede surgir después de que su estómago fuera apaleado tan violentamente.
—…Tengo que aplaudirte. No muchos soportan un combate tan prolongado conmigo —a este punto ella sabía que no era mera fanfarronería. Él era en verdad un enemigo que se encontraba en una liga completamente diferente—. Y tampoco conozco a mucha gente que le guste actuar tan engañosamente como lo haces tú.
—No sé de qué estás hablando —estaba empezando a ser invadida por la fatiga. Su cuerpo tal vez empezaría a reaccionar con más lentitud de la que le gustaría.
—Sabes perfectamente que Jirou quiere asesinarte. Y por ello te embarcaste hacia una dirección al azar…—Oshin no reaccionó. No existía ni una sola prueba de que él hubiera dado en el blanco—. Por lo que sin importar hacia dónde fueras, él te hallaría.
—Ni Tentei ni el Hokusei van a desmoronarse si me quitan del camino.
—Claramente ninguna existencia es completamente indispensable en este mundo —caminaba hacia ella, con ropajes y un cuerpo tan estropeado como el de ella—. Pero tú en ningún momento pensaste en morir… No hasta que lo arrastrarás contigo hasta el mismísimo infierno.
—¿Acaso te importa lo que haga o deje de hacer?
—Puede decirse que tus malas decisiones me meterían en aprietos —desconcierto, eso era lo que se la vivía generando en ella—. Claro. Siempre y cuando decida que el conservarte sea viable.
—No soy un animal para que puedas decidir si te soy de utilidad o no… Tampoco tienes el derecho de decidir en qué momento mi vida merece ser cegada —Bishamon fue incapaz de reaccionar; no por falta de reflejos, sino porque no estaba esperándose que ella todavía tuviera la fuerza para agredirle de tal modo.
—Tal parece que no puedo bajar la guardia estando contigo —capturó sus manos entre las suyas. Estampó su frente contra la de ella. Y empezó a golpear su vientre hasta lograr que le soltara—. Eres tan difícil de matar —la boticaria estaba de nuevo contra el suelo, intentando no ahogarse con su propia sangre, empeñándose una vez más en levantarse y hacerle cara—. Que mujer más testaruda.
¿Se aproximaba a ella para ofertarle la estocada final? Probablemente era así.
—De ninguna manera voy a morir aquí… No lo haré hasta hacer que se arrepienta por lo que hizo —esas carmesí pupilas nunca le ofertaron algo más que no fuera desinterés a lo largo de su combate. Sin embargo, lo que estaba viendo ahora era un sentimiento tan tangible; el mismo que le había hecho olvidarse de su propio malestar para plantársele.
—Creo que estoy parado frente a un monstruo… Me pregunto qué sucedería si rompen tu cadena —¿curiosidad? Era probable.
No obstante, sus puños no volvieron a encontrarse. En su lugar hubo un poderoso estruendo y una cortina de humo que ocultaba magníficamente bien lo que había ocurrido, lo que había originado que sobre el suelo se creara semejante camino; como si algo hubiera sido lanzado con una potencia escalofriante. Pero eso no fue todo lo que pudo admirar cuando su campo de visión fue completamente limpiado.
¿A dónde se marchó su contrincante? ¿Acaso había salido disparado junto con lo que fuera que arrojaron?
—¡¿Quién es?! —vociferó, intentando encontrar al culpable.
Cayó de espaldas contra el suelo. No por la debilidad que vivía su extenuado cuerpo, sino por el frío agarre que experimentó alrededor de su cuello. Y un enganche como ése le había condicionado a ser arrastrada varios metros más, hasta encarar a quien le había lazado como si no fuera más que una res que está lista para el matadero.
No lo conocía. No reconocía a ninguno de esos rostros. Pero poco o nada importaba.
—¿Ha sido buena idea haberle hecho algo como eso a Bishamon? —sólo había una mujer dentro del grupo de tres. Una que portaba uniforme policiaco y que parecía mirarle con cierto desprecio—. He escuchado que es un vengativo de lo peor.
—Asegúrate de mantenerla completamente inmóvil. Los de su especie son peligrosos aun cuando están heridos —el hombre más grande, que tenía su pie sobre su vientre, poseía un rostro estoico y demasiado grotesco.
—Está listo —le habían encadenado como si fuera una bestia salvaje de la que requerían protección. Incluso habían llevado a su rostro a rozar bruscamente el suelo mientras el peso del más grande lo resentía sobre su espalda, sobre su cuerpo malherido.
—N-No puedo moverme… ¿Pero por qué? No estoy tan herida como para no poderme liberar y sin embargo es como si mi cuerpo no tuviera la fuerza necesaria…—se movía en un intento de quebrantar su cautiverio. Y a cambio recibió la gratitud de su opresor.
—Quédate quieta maldita zorra —quien le cargaba su persona encima, también se las apañaba para golpear su rostro contra el piso—. Ahora no luces tan brava como hace unos minutos atrás cuando te enfrentabas a Bisha.
—¡¿Eso significa que estaban espiando mi encuentro?! ¡¿Acaso estuvieron esperando el momento correcto para intervenir?! ¡¿De verdad se han deshecho de uno de sus camaradas?!
—Esas no son maneras de tratar a la hija del gran Almirante del Hokusei.
Una voz que le era tan familiar como extraña. Un rostro que sólo vivía en sus recuerdos. Una figura que se desvaneció de sus manos desde esa amarga noche donde cometió su más grande pecado.
—¡Jirou! —gritó, arrastrando cada sílaba y cada vocal con una mezcla agridulce de sentimientos que no estaban totalmente claros para ella.
—Sabías que íbamos a encontrarnos. ¿verdad? —esa apariencia tan fresca, esa despreocupación ante lo que hizo y continuaba haciendo, provocaban en ella que la sangre se le escaldara y que su cuerpo se apresurara a liberarse para arremeter contra él.
—Vas a arrepentirte por lo que has hecho —gélido. Ese era el mejor modo de describir su timbre de voz.
—Tal vez si lo hubiera hecho antes me hubiera evitado tantas cosas…—no la miraba ni con aborrecimiento ni con superioridad. No. La manera en que lo hacía resultaba indiscutiblemente más dolorosa, porque reflejaba una indiferencia ante su persona.
—Tentei sigue vivo… El Hokusei sigue en pie… Ninguno de ellos ha caído ni lo hará. Así que has estado perdiendo tu tiempo todo este tiempo —se dijo a sí misma que no tendría compasión alguna contra él. Sin embargo, no era tan fácil despedazar un lazo tan profundo.
—Para Tentei no existe nada que ame más que a su querida hija adoptiva —esas verdes pupilas no estaban a la misma altura, pero yacían lo suficientemente cerca—. ¿Sabes lo mal que se pondría si te encontrara sin vida? —tomó su barbilla con brusquedad, alzándole para que pudieran verse mejor—. Aunque existe algo mucho peor que eso.
—…Maldito seas… ¡Maldito seas!
—Para un padre no existe nada peor que tener que terminar con la vida de su propio hijo —dijo, casi en un susurro. Uno que a Oshin le provocó un oleaje de furia y aversión—. Pero así son las reglas dentro del Hokusei, ¿no? —¿a qué demonios se estaba refiriendo? ¿Por qué sintió un indeseable escalofrío por todo su cuerpo en cuanto concluyó sus palabras? ¿Qué había sido esa punzada que clavaron sobre su hombro izquierdo? —. Incluso siendo su preciada hija, tendrá que terminar contigo si te conviertes en un peligro para la tripulación.
Algo le quemaba. Algo estaba provocando que su cuerpo entero ardiera, como si estuviera confrontando las hambrientas llamaradas de un abrasador incendio, como si hubiera sido arrojada al infierno mismo.
Le dolía como si estuvieran quebrándole todos los huesos de golpe, como si sus fibras nerviosas se hubieran sensibilizado todavía más y le mostraran una nueva definición para agonía.
Le estaban torturando de la peor manera posible.
