CAPÍTULO 42
—¿Me puedes pasar la sal?
—¡Vaya! ¡Si hablas! Pensaba que nunca más volvería a escuchar tu preciosa voz.
—Y yo pensaba que no podías ser más capullo, pero hoy te has superado.
—Solo ha sido un beso. ¿Tú sabes la cantidad de besos que se dan en el mundo cada segundo del día?
A Sakura le entran ganas de tirarle a la cabeza el plato de ensalada César que se está comiendo. No le hace ninguna gracia lo que ha pasado.
Aquel beso que le robó en el Starbucks ¡era su primer beso! Por lo menos el primer beso que recuerda. No cuentan los de la guardería que supuestamente se dio con su mejor amigo.
—Me da igual. No tenías ningún derecho a hacerlo.
—Si lo estabas deseando. Te lo veía en los ojos.
—Itachi, te lo digo en serio. Si sigues soltando esas estupideces, me levanto y me voy. Si sales con un estúpido, corres el riesgo de convertirte en una estúpida. Eso me lo dijo una buena amiga una vez. Y yo no quiero seguir corriendo ese riesgo.
—¿Tú me ves así? ¿Como alguien que no para de decir estupideces?
—Exactamente así.
Si es que no sabe qué está haciendo allí. Tendría que haberse vuelto a la residencia en cuanto le dio la bofetada. También era la primera vez que le pegaba un tortazo a un chico. ¡Pero él se lo había buscado!
—Muy bien, muy bien. Ya paro. Pero ¿es que el beso no te ha gustado ni un poquito?
—¡No! ¡Nada! ¡Tú no tendrías que haber sido el primer tío que me diera un beso! Me has fastidiado la vida.
—Y luego dicen que los andaluces somos exagerados.
—¿Crees que estoy exagerando? ¡Me has besado! ¡No estamos hablando de trampas jugando al parchís ni de que te hayas olvidado de felicitarme el cumpleaños! ¡Ha sido mi primer beso! ¡Si he sentido hasta tu lengua dentro de mi boca!
—Es lo que pretendía. Mi lengua es famosa en Málaga y aspira a ser conocida en otras ciudades.
—Eres gilipollas.
—Al menos, el restaurante al que te he traído es bueno, ¿no?
Otra vez burlándose de ella. ¡No lo soporta! Aunque es cierto: aquel restaurante al que han ido, cerca de la Puerta de Alcalá, está bien. De eso no puede quejarse. Es con lo único que está conforme. Su ensalada está riquísima. Y el lenguado que se está comiendo Itachi tiene una pinta extraordinaria. Y no le va a salir barato.
Durante casi dos horas estuvieron caminando por Madrid, sin rumbo fijo, y sin prácticamente hablarse. ¡Incluso llegaron andando hasta el Retiro! Estando allí, la llamó su hermana, con la que estuvo charlando más de veinte minutos por teléfono. La notó rara, excesivamente feliz. Entonces se preguntó si Sai tenía que ver con esa sospechosa alegría de Konan. Otra vez, el sevillano en su cabeza. ¡Y no! Contar hasta cien, o hasta mil... Esa fue una de las razones por las que siguió con Itachi y no regresó después de que el malagueño la besara: para no pensar en él.
—A ti no te han enseñado a comportarte como una persona normal, ¿verdad?
—Ya te dije antes que mis padres pasan mucho tiempo fuera de casa. No les da mucho tiempo a estar conmigo.
—¿Y quién te cuidaba cuando eras pequeño? Porque no lo hizo muy bien.
—Cuando era pequeño se quedaba conmigo mi abuela, hasta que murió. Luego, yo mismo he cuidado de mí.
La respuesta de Itachi provoca que a la joven le sepa mal haberle hecho una pregunta como esa. Quizá se está precipitando. No puede ponerse a su altura.
—Lo siento. Por lo de tu abuela, digo.
—Está superado, no te preocupes. Hace mucho tiempo de eso —contesta el chico, aparentemente tranquilo.
En realidad, no hace tanto que murió su abuela. Ni tres años. Y para él resultó más traumático de lo que da a entender. La quería como a una madre, y perderla fue el golpe más duro de su vida. A partir de ahí, llegaron otros problemas.
Después de aquello, el tono de la conversación entre Sakura y Itachi no vuelve a ser el mismo durante el resto de la cena. Él se olvida de sus bromas y ella solo habla en contadas ocasiones. El postre es menos dulce de lo esperado. Y eso que la tarta sacher que comparten no está falta de azúcar ni de chocolate.
—Voy al baño un segundo. Aunque tengas la tentación, no te vayas —le pide el malagueño con una sonrisa que a ella le parece algo forzada.
—Ya que he llegado hasta aquí, no me voy a ir ahora. Te esperaré.
La joven le dedica media sonrisa y observa como el joven se levanta y se aleja de la mesa. Está segura de que el comentario y el recuerdo de su abuela le han afectado. Y se siente culpable por ello. A pesar de lo que le ha hecho, Itachi le parece un buen tío. Un chulo, prepotente, descarado, inaguantable e insoportable buen tío. Cuando regrese le pedirá otra vez disculpas.
Mientras espera a Itachi, suena su teléfono. ¡Es Sai! ¿Qué hace? ¿Qué demonios se supone que tiene que hacer? ¡Si está intentando olvidarse de él! ¿Para qué la llama? ¿Lo coge o no lo coge? No sabe de él desde hace muchas horas...
No puede resistirse y responde:
—¡Hola! ¿Qué tal? —contesta quizá en un tono demasiado alto. ¡Se ha puesto muy nerviosa de repente!
—Hola, ¿cómo va la cena?
—Bien, muy bien. Perfectamente. Esperando a Itachi.
—¿No está ahí contigo?
—Ha ido un momento al baño. No tardará en regresar.
—Ah, vale —dice Sai, algo sorprendido por el entusiasmo con el que habla la chica—. Te llamaba por si necesitabas que te echara un cable y querías desconectar un rato de Itachi. Algunas veces puede resultar algo pesado.
—Muchas gracias. Pero no hacía falta. Se está portando bien.
—Eso sí que es una sorpresa. Aunque mejor así.
—Sí, mejor.
La chica elude hablar del beso que ha recibido, del tiempo que se han pasado sin hablar, de aquellas estúpidas bromas continuas…
—Me alegro de que lo estés pasando bien. Yo ya estoy en la residencia. Ahora iré a cenar.
—¿Qué tal lo has pasado con tus amigos de Sevilla?
—No ha estado mal.
Tampoco él le cuenta la verdad. Guardará el secreto de que ha pasado parte del día con su hermana, beso en Atocha incluido.
—Genial entonces.
—Ahora vais a tomar algo, ¿verdad?
—Creo que sí. Aunque no quiero volver muy tarde a la residencia. Estoy cansada.
—Yo también. Me iré a dormir pronto.
En ese instante, Sakura atisba como Itachi sale del baño y está a punto de atravesar el restaurante para volver a la mesa.
—Oye, te dejo, que el malagueño ya está aquí.
—Vale, pasadlo bien. Ya nos vemos mañana. Adiós, Sakura.
—Hasta mañana, Sai.
Cuelga primero ella y se queda con una sensación muy rara tras la despedida. La sensación de que, haga lo que haga, aquel chico y todo lo que está relacionado con él van a perseguirle a lo largo del curso. Aunque trate de hacer otras cosas, aunque trate de estar con otras personas. Aunque cuente hasta cien o cuente hasta mil. Los diferentes caminos que recorren sus sentimientos llevan siempre a Sai.
Y no puede ser. No puede enamorarse.
—Bueno, ya estoy listo. ¿Nos vamos? —le pregunta Itachi, que no la ha visto hablar por el móvil.
—¿Has pagado?
—No. He pensado que podríamos hacer un simpa.
—¡Estás loco! Ni de coña.
El joven se ríe y saca una tarjeta de crédito de su cartera. Llama al camarero y pide la cuenta.
—Tranquila, me gusta vivir al límite, pero no tanto.
—Después de lo de la piscina, de ti me espero cualquier cosa.
—Qué poquito me conoces, toledana.
—Lo suficiente, malagueño. Lo suficiente.
La pareja paga y sale del restaurante. Son más de las diez de la noche. Hace un poco de fresco y eso obliga a Sakura a refugiarse en su chaqueta beis. Se alegra de haberla cogido. Itachi vuelve a gastarle alguna broma, aunque menos pesada de lo habitual. Parece que ha recobrado el buen humor y su carácter jocoso.
—Oye, perdona otra vez por lo que te dije antes —dice Sakura aprovechando la vuelta a la normalidad.
—No tengo nada que perdonar. Olvídalo. ¡Ahora hay que divertirse! ¿Adónde vamos?
—No tengo ni idea.
Como ninguno de los dos conoce la noche madrileña, optan por entrar en el primer pub que ven abierto. Una vez dentro, descubren que son los únicos clientes. Se encuentran completamente solos. Pero el sitio les gusta, a pesar de que la música está demasiado alta. Así que deciden quedarse.
—¿Una cerveza? —grita Itachi.
—No suelo tomar cerveza.
—Hay muchas cosas que no solías hacer antes y que vas a empezar a hacer aquí. Te pido una Heineken.
Sakura no le dice ni que sí ni que no. No le da tiempo. Itachi se dirige al mostrador y le pide a la camarera dos Heineken bien frías. Esta le sonríe y solicita primero su carné de identidad. El malagueño se lo enseña y enseguida recibe sus dos cervezas frías.
—¿Te ha pedido el DNI?
—Sí. Pero se lo perdono. ¿Has visto lo buena que está? —le dice chocando su botellín con el de ella—. Aunque tú estás mejor. Mucho mejor.
—No empieces.
—Lo sé. No quieres que diga estupideces. Pero, al menos en este caso, solo digo la verdad. Y tú lo sabes. De las chicas que he visto en la residencia, no hay ninguna más guapa y con mejor cuerpo que mi amiga de Toledo.
—A ver si al final el que se va a enamorar vas a ser tú.
—¿Yo? ¡Cuando el Coyote coja al Correcaminos!
—¡No seas copión!
Los dos ríen, vuelven a brindar con sus botellines y continúan hablando de ellos. Sin profundizar, tal vez con algo de frivolidad. A lo mejor llevados por la soltura que da una segunda cerveza.
Poco a poco, el local se va llenando; en cambio, ellos sienten como si nada hubiera cambiado, como si siguieran solos.
—¿Por qué me has besado antes? —le pregunta Sakura, que nota como el alcohol se le ha subido un poco con la tercera cerveza.
—Me apetecía. Tienes unos labios bonitos.
—Mis labios son normales. Como los de cualquier chica.
—No hay nada en ti que sea normal.
—Este truco para ligar es muy malo, Itachi. Demasiado empalagoso. Cambia un poco la estrategia.
El malagueño hace como que piensa, le pega un trago a su cerveza y la mira fijamente a los ojos.
—Tienes el mejor culo de todas las tías de la Benjamin Franklin. ¿Mejor?
—No tienes remedio. Pero tampoco lo vas a conseguir así. Las tías que te has ligado debían de ser muy tontas para engañarlas con esos trucos tan baratos.
—Bueno, pruebo otra cosa. A ver si...
Pero, en ese instante, una canción provoca que los dos se queden callados y sorprendidos al escucharla.
—¡Esta es la que estaba tocando la chica del saxofón! ¡La de Katy Perry!
—¡No es de Katy Perry! ¡Es de Kesha! —le grita Itachi en el oído.
—¡Tío! ¡Que este tema es de Katy! ¡Lo he escuchado mil veces!
—¡No! No sabes nada de música. La que canta es Kesha —vuelve a exclamar, muy cerca de ella—. De todas formas, ¿qué te parece si la hacemos nuestra canción?
—¿Cómo vamos a tener nosotros una canción? ¡Si no somos pareja! Solo las parejas tienen canciones.
—¡Me da lo mismo! Quiero que este tema de Kesha se convierta en nuestra canción.
—¡Estás muy mal de la cabeza!
—Será el efecto de la cerveza.
—¡No le eches la culpa a la cerveza! Tú eres siempre así.
—Es verdad. Soy así. Y no creo que pueda cambiar.
Y, cogiéndola de improviso, la besa de nuevo en los labios. En cambio, en esta ocasión, Sakura no se aparta ni le da una bofetada en la cara. La joven cierra los ojos y el beso se prolonga mientras suena This is how we do, de Katy Perry.
