Ranma ½ no me pertenece. Pero si lo fuera, tendría un mejor final, fufufu...
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Fantasy Fiction Estudios
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Proyecto Idavollr 2017 - 2019
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El nombre de ella era Vearane la cuadringentésima novena vez que la perdió.
A pesar de los años todavía podía sentir el aroma de las cenizas en sus manos, el de la madera prendida mezclada con la brea y la inconfundible pestilencia de la carne chamuscada. Caminó perdido durante años entre los barrancos del desierto de cristal, bajo la escasa luz de un sol condenado, eternamente eclipsado por su luna. Sin descansar, apenas probando bocado y sin dormir, pues las pesadillas no se lo permitían, deambuló de aldea en aldea de supervivientes enloquecidos por el terror. Estaba acostumbrado a verlos matarse entre sí como animales por un poco de agua, o incluso asesinar a sus propios hijos con tal de beberles la sangre y arrancar la carne tierna de sus huesos.
También se movió entre las peligrosas abominaciones que habían hecho de los últimos humanos sus presas, animales que mutaron, corrompidas por la misteriosa energía del fin del mundo. Él no las veía como un peligro, por el contrario, se enfrentó a ellas y aprendió de ellas la manera en que debía canalizar su instinto, convertir su odio en una fuerza salvaje capaz de desgarrar la carne y partir los huesos de sus enemigos solo con su voluntad.
De lo único que se arrepentía, en la pequeña chispa de alma que aún le quedaba, era de que su primera presa había muerto demasiado rápido. Después de eso aprendió a infligir dolor, infinitamente insoportable pero jamás letal, para prolongar lo más posible el tormento de los miembros de esos autodenominados buitres del desierto cada vez que conseguía dar con uno.
¿Era placentero verlos sufrir bajo la luz del débil anillo solar durante horas, o días, gracias a su arte como torturador? ¿Gozaba cortándoles cada falange con un cuchillo oxidado, de hoja acerrada por el uso, escuchándolos gritar, suplicar, pedir perdón y llorar?
No, nunca lo disfrutaba. Era un acto mecánico, casi por inercia, pues hacía mucho tiempo que había perdido la cálida sensación de poseer un alma. Si algún sentimiento le quedaba era asco de sí mismo. Se odiaba. Pero más los odiaba a ellos por haberlo convertido en eso.
Él era el espectro del desierto de cristal, el legendario y temido cazador que vagaba envuelto en su capa negra y rasgada. Era identificado en los pocos asentamientos que quedaban por sus únicos ojos azules que reflejaban un antiguo resplandor, la única luz que le quedaba, un recuerdo casi perdido de una mujer de sonrisa vivaz, cálida, terca, tierna y hermosa.
Ya no la recordaba así. Todo lo que podía rememorar de ella era un pequeño cuerpo calcinado atado a un poste quemado, en el centro de un montón de escombros de lo que fue una vez la casa que construyeron juntos.
Caminaba en búsqueda de su siguiente víctima. ¿O los había cazado a todos ya, los malditos que la asesinaron delante de sus ojos? ¿Al que acababa de hacer tragar sus propios dedos mientras lo escuchaba gemir sería el último de los buitres que años atrás destruyeron la felicidad de un joven matrimonio de campesinos?... No le importaba, siempre quedaba alguien más, siempre podía caminar al siguiente asentamiento para encontrar una víctima en quién descargar su infinita ira.
Seguiría buscando por el desierto hasta el final de los tiempos, hasta que el sol de ese mundo dejara de agonizar, hasta que fuera el último humano devorado por el vacío en esa creación.
Hasta que pudiera renacer en otro universo y verla de nuevo sonreír.
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IDAVOLLR
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La guerra de los hijos del vacío
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Forzald
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VII
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Demasiado tarde, amigo, no puedes detenerme ahora. Ya di el primer paso hacia la locura…
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—¡Ranma!... ¿Ranma?... ¡Ranma Saotome, respóndeme de una buena vez, sé que me estás escuchando!
Akane gritó con todas sus fuerzas. No era necesario hacerlo, lo sabía, aun podía percibir el vínculo que tenía con Ranma a través de sus almas. Sin embargo, él no podía o no quería responderle. El silencio la lastimó y con una mano estrujó su vestido sobre su corazón. De pie en el borde de la ruinosa torre de ónice porfiaba con mirar hacia el horizonte, en dirección de las más lejanas montañas donde se encontraba el secreto valle de las ruinas de Forzald.
—¡Ranma…!
Kapsuo guardó silencio. A su lado Millia mecía suavemente a su bebé solo por tratar de hacer algo, pues también se sentía nerviosa y angustiada por su amiga.
Mi señora, creo que es mejor retirarnos. La torre se debilita y las fuerzas de Hel han enloquecido. Es necesario regresar a Noatum.
—Ranma todavía no regresa —murmuró Akane con el rostro fruncido.
Lamento tener que ser yo quién se lo diga, mi señora, pero del que menos debe preocuparse es de ese muchacho tonto. Su poder nos supera por mucho, incluso atemoriza. Todavía combatiendo contra otro engendro del abismo, ¡fue capaz de utilizar a su hermano para maquinar la destrucción del monstruo de Freyr!
—Lo sé —gruñó Akane empuñando las manos con fuerza.
¿No le parece que nuestra ayuda pueda serle innecesaria?
—¡Ya lo sé! —gritó Akane, fuerte, enojada, perdiendo el control. Al momento se calmó respirando profundamente—. Perdóname, K-chan, sé que lo único que quieres es ayudarme.
Mi señora…
Los ojos de Akane se tornaron vidriosos, buscando una vez más en el horizonte. La torre crujía con fuerza y un leve pero continuo temblor sacudía el suelo.
—Sin embargo —continuó con la voz quebrada—, no dejo de temer que, si me voy ahora, si lo llego a dejar solo, jamás lo volveré a ver.
Él es muy fuerte, mas fuerte de lo que incluso podemos entender, él…
—¡Él ya no es el Ranma que conocía, lo sé! —replicó Akane, cerrando los ojos, con los labios temblando, incapaz de contener por más tiempo la auténtica razón de su dolor—… y es eso lo que más me da miedo.
Akane giró lentamente y miró a Millia y Kapsuo. Fue el hermano mayor de Ranma el que comprendió mejor el motivo del temor de la chica, ese miedo incontrolable a volverlo a perder.
¿El Ranma de antes hubiera dejado de venir a socorrer en persona a Akane?
¿Hubiera acaso manipulado a otros para sus fines?
¿Ranma sería capaz de planear con tanta frialdad la destrucción de otro ser, aunque fuera su más peligroso enemigo?
—Él regresará —dijo coz fría, inexpresiva. El resplandor en sus ojos azules reveló su auténtico sentir—. Él volverá a ti —insistió con un poco más de candidez en su voz.
—Akane —dijo Millia a su lado—, Ranma nos salvó a todos. Aunque no estuviera aquí directamente, fue él quién venció a ese monstruo para protegernos. ¿Acaso no es eso lo que hace a Ranma quién es de verdad?
Amatista rompió en llanto y Millia, siendo interrumpida, la meció con ternura. Podía verse en sus ojos la eterna gratitud que sentía hacia el prometido de Akane.
—Ranma salvó a mi familia —insistió Millia—. No importa en lo que se convierta, estoy en deuda con él y siempre tendrá mi confianza.
—Nuestra confianza —agregó Kapsuo, a su lado, poniendo una mano alrededor de los hombros de su joven esposa.
—Millia, Kapsuo, ustedes… Gracias.
Akane asintió lentamente. Estaba segura de lo que debía hacer. Dio media vuelta y volvió otra vez a mirar hacia el horizonte.
—¿Escuchaste eso? Ranma, te esperaré en Noatum junto a todos, ordenaré que nos preparemos para embarcar apenas recuperes el último pilar de Asgard. ¡Y más te vale no dejarme esperando de nuevo, grandísimo tonto! —alzó la voz con fuerza. Entonces, inclinando el rostro, murmuró con ternura y un poco de ansiedad—… O no te lo perdonaré, bobo.
Se pasó la manga sucia por el rostro para secar sus lágrimas. Encogió los hombros y los estiró, suspirando con fuerza, exhalando el aire con la boca abierta. Repuesta y dueña otra vez de su corazón, regresó a los suyos.
La vibración de la torre se hizo más intensa. Akane no dudó, ya no tenía tiempo de hacerlo. Tomó un trozo de ónice del suelo y con él talló un improvisado círculo mágico, rápidamente, luego arrojó la piedra y se paró en su centro.
—¡Aquí, rápido!
Kapsuo instó a Millia a moverse, con ternura y determinación. Ambos se colocaron sobre el círculo mágico frente a Akane.
—¿Un hechizo de traslación? —se preguntó Millia, que abrazó a Amatista aprensivamente contra su pecho—. Akane, el plano del universo está muy distorsionado por culpa de la influencia del ginnugagap, pudiera ser peligroso intentarlo, y…
—No podemos bajar la torre —la interrumpió Kapsuo, con firmeza—, menos cruzar Nilfhel con un ejército de demonios enloquecidos. Tampoco podemos llevar a Amatista todo el viaje de regreso hasta las costas de Folkvang. Son días de camino rodeando las tierras marchitas, donde pululan los hijos del vacío.
—¡Lo sé!, es solo que…
—Estaremos bien —agregó Kapsuo. Pero la mirada que el hombre le dio a Akane más pareció una amenaza, al poner en sus manos la vida de su familia.
Akane sonrió un poco nerviosa, inclinando levemente la cabeza.
—Ah, no teman. Viajar por el vacío junto a Ranma me enseñó un par de cosas —la chica se arremangó las mangas manchadas con sangre de demonio y extendió las manos hacia el suelo, levantándolas lentamente a medida que el círculo comenzó a brillar a sus pies rodeándolos—. He hecho mejoras al hechizo de traslación.
—¿Me-Mejoras? —titubeó Millia con la voz quebrada.
—Deja de preocuparte —bromeó Akane guiñándole un ojo—, estás en manos de la señora de la magia de Midgard.
En el último momento, a pesar del enorme esfuerzo que hacía tanto para concentrarse, como para fingir esa calmada sonrisa mientras su alma se desmoronaba de temor, dio una rápida mirada otra vez en dirección del horizonte. Akane tragó con dificultad, le dio la espalda al horizonte y terminó de ejecutar su hechizo.
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Estás solo.
Otra vez estás solo.
Te han abandonado.
Ninguno te recordará, ni siquiera tu nombre, cuando desaparezcas.
Estás solo.
Estás perdido.
No volverán a saber de ti.
No los verás jamás.
Estás solo…
—Silencio —ordenó Ranma, deteniéndose a mitad del oscuro espacio, casi infinito a sus sentidos, en las profundidades de los salones de Forzald. La brisa fría retrocedió, también lo hizo el miasma abisal que cubría todo el suelo del salón y lo cubría hasta a las rodillas. Mas, este volvió casi de inmediato, como las olas del mar, como si su voluntad apenas hubiera conseguido empujar la espuma sin éxito. Y las voces volvieron junto con la brisa, un coro desgarrador y caótico, comprensible, a comenzar llenándole los oídos de palabras de desesperanza, angustia sin final y demencia—. ¡Ya basta, silencio! ¡Cállense de una maldita vez!
Gruñó y luego maldijo, con la palabra más fuerte que podía recordar. Ese lugar lo estaba desesperando, como si las voces del vacío, ese murmullo constante que podía percibir desde cualquier lugar de Asgard, se acrecentara en esas ruinas hasta creer que una turba de hombres y mujeres le estaban gritando en la oreja. A ratos la influencia del abismo era tan intensa que podía rememorar la sensación de estar casi sumergido en ella, como ya le sucedió un par de veces en su estadía en Vanaheim o en las lunas antiguas.
No, era mucho peor.
—Akane…
Murmuró el nombre de Akane varias en su dificultoso andar, como si la sonrisa de esa chica fuera su única ancla a la existencia. Pensar en quién era quién era o qué quería ya no le servía de nada, porque las voces le seguían trayendo fragmentos de vidas, tristezas interminables, pérdidas desgarradoras, tragedias inconfesables de dolor enloquecedor que a veces se confundían con sus propios recuerdos. Se vio llorando en una habitación bajo una intensa luz azulada. También caminando por un desierto de pequeñísimas piedras de cristal negro cargando una soledad y tristeza sofocante.
A veces confundía el estar allí caminando con un sueño. Creía despertar en un sofá mullido, de una sala tan blanca que lastimaba sus ojos, con un amargo sabor en el paladar, mientras alguien vestido con bata blanca y que no conocía, le hablaba dándole la peor noticia de todas.
Lo lamento, joven maestro, el esfuerzo fue demasiado para el frágil cuerpo de Thae. Ella no pudo soportar el parto. Su hija tampoco lo consiguió…
Ranma dio un giro, con fuerza, bramando con un dolor que le era ajeno y, por un instante, más propio que su actual existencia. Dio un golpe con el puño en el piso y los bloques de piedra se levantaron empujados por una poderosa onda oscura. El joven jadeó, con el rostro empapado en sudor y los ojos humedecidos por las lágrimas. Confundido en un principio, luego aterrado de ver su propia mano envuelta en una llamarada oscura.
—No, ¡no! —agitó la mano y el fuego oscuro desapareció sin dejar rastro—. Esos no son mis recuerdos. Ranma, maldición, concéntrate… ¡Concéntrate!
Se dio un puñetazo a sí mismo, tan fuerte que perdió el equilibrio trastabillando un par de metros.
—Esos… no… son… mis… recuerdos —consiguió decir entre más jadeos—. Mi nombre es Ranma Saotome —murmuró decidido—. ¡Mi nombre es Ranma Saotome! —repitió casi gritando con insistencia.
¡Ya sé cómo te llamas, bobo!
Ranma se quedó quieto, paralizado, con el corazón en la mano ante esa voz dulce, cristalina y con un ligero tono de travesura, que le habló desde la espalda. Giró rápidamente. ¡Esa tonta! ¿Por qué lo siguió hasta ahí?
Pero al voltearse se sintió lastimado porque sus ojos no pudieron acostumbrarse tan rápido a la luz del sol. La brisa llenó sus pulmones con el aroma del mar. Ella estaba ante él, con el océano esmeralda de fondo y las dos lunas rozando el horizonte, tan hermosa como la recordaba. El corto vestido de seda de Thrandor se trasparentaba por el sol revelándole la blancura de las piernas que lo sedujo por un instante. Alzó los ojos, asustado de haber sido descubierto en su involuntario acto de mirarla como no debía hacerlo, pero ella no pareció darse cuenta de sus nada honorables intensiones. Por el contrario, se encontró con la más dulce sonrisa. Ella parpadeó y sonrojó por la forma con que él la miraba, atontado, como si lo hiciera por primera vez.
Kasai, bobo, ¿qué te sucede? ¡Deja ya de mirarme! ¿Es que tengo algo en la cara?
Sonrojada la chica giró el rostro y cerró los ojos color lila. La corta melena verde se meció con fuerza por culpa del viento.
—No eres real… —murmuró Ranma, como si la reconociera. Lágrimas rodaron por sus mejillas—. No puede ser, ¡no es verdad!, tú estás… ¡No!
Reaccionando, recobrando la cordura, Ranma evitó mirar a la chica, a la que parecía conocer de toda la vida. Dio rápidamente media vuelta dándole la espalda. Entonces su corazón se estrujó en su pecho y palideció. La lluvia caía sobre su cabeza y recorría su rostro. Las copiosas gotas colgaban y caían por su mentón. El frío calaba sus huesos y la ropa le pesaba de la empapada que estaba. Nada le importó. Ante él, bajo la luz de los relámpagos, se encontraba la lápida tan grande como y ancha como un árbol con una figura de tamaño real de un ángel de seis alas adornándola. Frente a la tumba había otro hombre, joven como él. Ese hombre lloraba de rodillas frente a la tumba.
Lo siento, ¡lo siento! ¡Lo siento tanto! Pero no podía dejar que la tuvieras, ¡no iba a dejar que me ganaras esta vez y te quedaras con ella…! Jamás quise, pero ella me obligó…
La furia de Ranma fue como un relámpago. Cayó sobre ese hombre y lo agarró del cuello levantándolo en el aire. Con placer cerró los dedos, como una sinfonía fue el sonido de los huesos y los tendones comprimiéndose bajo su mano, y más dulce los sonidos agónicos de ese hombre. Un nuevo relámpago iluminó el rostro de su víctima sobre la que caía el peso de su venganza.
Yo… ¡Argh!… Yo también… la amaba.
Ranma alzó la otra mano y al apretarla sintió la placentera sensación de estar empuñando algún tipo de arma. No lo pensó dos veces y con todas sus fuerzas se la clavó a ese hombre, tanta que traspasó los huesos de la columna de ese hombre, clavándolo como un insecto contra la lápida.
—¡Ahhh!
La espada de luz se clavó en la pared de las ruinas de Forzald. El impacto imbuido con energía abisal provocó un pulso de energía que barrió toda la pared y el suelo. Ranma, tarde, despertó del trance para volver a ese momento del tiempo y el espacio, a ese universo, a ese que era él en realidad. Se vio caer entre los bloques del suelo que se desprendieron por su propio movimiento lleno de demencial ira y cayó en una galería más profunda y oscura. Lo hizo gritando el nombre de esa chica, que como despertar de cualquier sueño, volvió a olvidar y para siempre.
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Ranma abrió los ojos muy lentamente. Todo el cuerpo dolía como si hubiera tenido uno de sus viejos duelos con el mañoso maestro Happosai. Veía todo borroso, apenas distinguió destellos intensos y algo que parecían ser llamas iluminando los alrededores. De pronto el agudo pitido que lo ensordecía cesó y otro ruido más fuerte lo lastimó hasta dolerle también la cabeza. Eran gritos, también el llanto de un bebé, quejidos, un sonido agudo y repetitivo como una sirena, el crepitar del fuego y más ruido de escombros desplomándose. Todavía no podía ver bien y trató de apoyar las manos. Sintió un dolor lacerante traspasarle la palma y cayó tendido otra vez. Miró su mano, apenas una mancha de color sonrosada con rojo en la oscuridad de la noche. Algo extraño como un trozo de metal la atravesaba por la palma y el dolor lo sacudió hasta provocarle nauseas. Giró la cabeza en el suelo respirando el polvo sobre el que estaba recostado. Tosió con debilidad. No tenía control total sobre sus movimientos. Entonces, mirando hacia la otra dirección, a pesar de no distinguir las siluetas de las manchas que se movían con rapidez, pudo notar que estaba recostado en algo duro como el asfalto, sobre una cama de tierra y vidrio molido. Había un objeto cerca de su rostro y lo tanteó. Por reflejo, como si fuera algo que hiciera durante años, lo acercó a su rostro para colocárselo, pues eran sus anteojos.
Sus anteojos estaban resquebrajados, aún así pudo ver mucho mejor y distinguió las llamaradas, las paredes derrumbadas de los edificios, los ladrillos sembrando el suelo, las largas saetas de cristal clavadas en las paredes y en el pavimento, la gente corriendo en pánico y otros muchos cuerpos tendidos por doquier, algunos horriblemente mutilados.
—No… No… Por favor, no…
Se escuchó decir así mismo, tan lejano y distante que no creyó que fuera su propia voz. Estaba paralizado por lo que descubrió. A menos de un metro de donde estaba, frente a sus ojos, estaba una joven chica tendida de espaldas. La sangre que rodeaba el cuerpo de la chica formaba un charco tan grande que lo tocaba. El rostro de la jovencita estaba girado hacia él, con los labios entreabiertos y la sangre formando un hilo que cruzaba la blanca mejilla hasta el suelo. Los ojos estaban abiertos del todo, pero inertes como los de una muñeca. Las lágrimas del rostro de la chica todavía estaban tibias, y su mano se extendía dejando un rastro de sangre en su dirección. Y comprendió el que ella había recobrado la conciencia antes que él. Antes de que ella hubo exhalado su último aliento trató de tocarlo, en sus últimos momentos quiso sentir su compañía mientras él estaba inconsciente, mientras él la dejó sola… Supo entonces que ella intentó moverse, quizás llamar su nombre, a pesar de las tres espantosas lanzas de cristal que empalaban su pequeño cuerpo contra la acera.
Ranma perdió la voz, ni siquiera fue capaz de llorar, aunque quiso hacerlo.
De pronto el sonido de esas monstruosas criaturas con su espectral canto resonó con fuerza en el área. Regresaban al lugar donde primero atacaron. Fue acompañado por más gritos de la gente entrando en pánico. Nada le importaba a Ranma, solo miraba el rostro inerte de la jovencita y los pequeños y delgados dedos tendidos en el piso que casi habían conseguido tocar su mano antes de perecer. También estiró su mano, quiso tocar los dedos de la chica, pudo rozarlos, estaban fríos, ya sin el calor que tantas veces había percibido con esos tímidos roces, fruto de sutiles accidentes, que los hacían sonrojar.
Dos hombres con uniformes llegaron a él y lo alzaron del suelo con brusquedad, justo antes de que pudiera tomar la mano de la chica. El dolor del violento movimiento lo paralizó, como si todo su cuerpo se fuera a partir en pedazos. Luego reaccionó y a pesar de su debilidad se estremeció con violencia. No quería que lo alejaran de ella, gritó y protestó, ¡no la dejaría jamás! Pero esos hombres solo querían salvarle la vida, como vio a otros uniformados de igual manera tratando de cargar a los supervivientes, mientras que un grupo de soldados se cruzaba con ellos tomando posiciones estratégicas para enfrentar la amenaza de las criaturas de cristal que estaban destruyendo la ciudad.
Ranma siguió forcejeando, con los ojos clavados en el cuerpo de la chica que yacía inerte en medio de su propia sangre, alejándose contra su voluntad de la pequeña mano estirada, mientras él estiraba la suya en su dirección. Jamás, jamás se volvieron sus dedos a tocar…
—¡No me lleven! ¡Déjenme con ella!
El joven cayó de bruces y su mano rozando el suelo de las ruinas se cerró en el aire. No consiguió tocar nada. Estaba solo en las profundidades de Forzald. Levantó un poco el cuerpo apoyándose en las rodillas y deslizó su frente por las losas del piso. Ranma lloró, contra su voluntad, dominado por un dolor angustioso, asfixiante, incapaz de dejarlo pensar con claridad. La había perdido.
Otra vez.
Y otra vez.
Y otra vez… Y otra vez.
Y otra vez.
Tantas veces el destino los había separado prematuramente que recordar cada uno de esos momentos lo lastimó hasta perder lo poco que le quedaba de cordura. Su alma se quebró, incapaz de soportar el peso de tantas vidas condenadas a la miseria y la pérdida. Tanto dolor lo hizo llorar hasta quedar con la boca abierta, sin voz, ahogado, en un agudo gemido agónico. Con fuerza retrocedió la espalda, levantando el torso, y se paró sobre las rodillas. Recobrando el aliento gritó, más que un llanto que desgarró su garganta, fue un quejido de angustia tan doloroso que traspasó las infinitas galerías de las ruinas de Forzald.
No era un grito humano.
Era un coro de voces abisales, su voz, que al unísono gritaron distintos nombres, miles de ellos, pero todos con un único significado para él. Porque todos los nombres eran el nombre de ella.
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Continuará
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A los mudos testigos de la crueldad de los eones:
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Lo hice. Lo hice de nuevo. Puedo decir, con un macabro orgullo de autor, que soy el primer fanficker que la asesinó no una ni dos, sino que miles de veces en un solo fic.
Ahora, hablando en serio, creo que este es uno de los capítulos que más me han hecho sentir satisfecho de experimentar con la narrativa. Fue un interesante y oscuro desafío. Espero que también les haya… ¿gustado? Oh, bien, ya escribiré prontamente algo en extremo dulce para compensarlo. No teman.
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Nos vemos la próxima semana.
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Noham Theonaus
Espadachín mago de Idavollr
