Este capítulo con todas sus partes está dedicado a mi gran amiga Fernanda.
¡Disfrutalo, nena!
Si el sol dejara de brillar, te seguiría queriendo
Cuando las montañas se deshagan en el mar, aún seguiremos tú y yo
Bondadosa mujer, te lo doy todo, bondadosa mujer, nada más
Pequeñas gotas de lluvia susurran el dolor, lágrimas de amores
perdidos en el tiempo
Mi amor es fuerte, contigo no hay error,
Iremos juntos hasta la muerte
Una inspiración es lo que eres para mí, inspiración, mirar para ver
Y así hoy mi mundo sonríe, cogidos de la mano andamos millas
Gracias a ti se hará, porque tu eres la única para mi
Felicidad, no más tristeza, felicidad... estoy encantado
Si el sol dejara de brillar, te seguiría queriendo
Cuando las montañas se deshagan en el mar, aún seguiremos tú y yo.
"Pequeñas gotas de la nieve derretida se deslizan con parsimonia por la superficie helada de la ventana. Lauren observa con detenimiento el reflejo de Bo en cristal, junto a ese conjunto de árboles vestidos con la escarcha blanca de la nieve, que se asoman desde el exterior, y se da cuenta que las lágrimas de Bo acompañan a las diminutas gotas que brillan por el contacto del sol. El espíritu de Lauren avanza esos tres pasos que la separa de Bo y en un movimiento lento se atreve a acariciar con sus dedos la mano inmóvil de la súcubo, deseando lo que tanto tiempo lleva anhelando y poder sentir el tacto ardiente que desprende la piel de Bo, aunque sabe que no percibirá más que el frío que la acompaña desde hace casi cuatro siglos.
La súcubo es capaz de sentir un leve cosquilleo en la palma de su mano derecha y puede percibir la tierna sensación que producía el tacto de Lauren cuando sus dedos que fundían con los de ella. Bo permanece quieta disfrutando del sol que le calienta el rostro y de ese roce casi imperceptible de lo que creer es imposible. Lleva su mano izquierda hasta sus ojos, arrastrando con el puño las lágrimas que surcan su camino húmedo por su rostro.
De repente, la súcubo percibe un frío ardiente en su mano y gira su cabeza, buscando ese rostro que desea volver a ver, pero encuentra la nada que le hace compañía desde que Lauren se marchó, aunque esa sensación de tener atrapados unos dedos fríos como los que muchas veces sintió durante aquel maravilloso otoño, junto con ese entrañable e inolvidable invierno que compartió con Lauren, sacuden a su memoria y a su razón. Al fin, después de muchos indicios, Bo comienza a creer que Lauren está con ella, dentro de esa cabaña que presenció su reencuentro, esa cabaña que hoy es el santuario de Bo y con una sonrisa desvía sus ojos hasta su mano vacía, pero cargada de una especie extraña de ilusión.
Lauren también sonríe porque puede sentir una ligera oleada de calor, cuando Bo desata sin querer una ráfaga de sus poderes de influencia y por una milésima de segundo, la imagen de Lauren también se desvela con claridad en ese cristal empañado por el tímido sol de otoño. Por primera vez esos dos mundos que separan a Bo y Lauren parecen juntarse. Por primera vez la maldición que las aleja se debilita con el paso de las horas. Por primera vez después de tantos años Lauren pueden sentir como sus latidos se acoplan al ritmo del corazón roto de Bo. Pero como desde hace tanto tiempo, un día como hoy, la duda, la tristeza y la culpa, atormentan a la súcubo y vuelve a darse por vencida creyendo que eso es un cruel espejismo.
Bo deja libre esa insólita sensación que tenía apresada entre sus dedos y retoma sus pasos hasta la chimenea con las llamas casi extintas. Lanza unos pedazos de leña mientras susurra una melodía especial y espera unos minutos hasta que el calor se vuelva a esparcir por ese día extraño, pero necesario para no olvidar. Camina de vuelta al sofá donde reposa el maletín de Aidan Lloyd y a su lado está Lauren con la mirada perdida en la frágil sonrisa de Bo. Cuando la súcubo se sienta, busca con sus manos la tapa que cubre el cierre abierto de ese equipaje colmado de recuerdos y objetos que le han mantenido la cordura y la esperanza de un futuro que esta misma noche puede llegar a su final.
Entre los muchos objetos que se encuentran dentro de ese maletín, están unas fotos dispersadas por el interior oscuro, pero consigue atrapar muchas laminas impresas con esas imágenes inmortalizadas en un fino papel viejo. La súcubo de acomoda en su asiento y comienza a pasar cada una de las fotografías, pero escoge dos y el resto las deja sobre la mesilla donde se encuentra su vaso vacío y su botella medio llena.
Bo deja reposar su espalda contra el cojín gordo del sofá y observa detenidamente una de las fotografías donde están los rostros sonrientes de Kenzi, Lauren y ella con unos perros muy especiales, pero la otra fotografía la mantiene oculta con cierta emoción por lo que representa y pospone esa parte de sus recuerdos para conservar el orden de los antiguos acontecimientos en su memoria, con tal, quizás esta sea la última vez que pueda echar la mirada hacia el pasado".
Recuerdo que mientras me quedaba dormida en tus brazos —dice Bo estudiando el rostro de Lauren en esa fotografía—, después de charlar unos minutos rodeadas por suave oscuridad de esa habitación vestida con las pequeñas luces de la ciudad que lograron filtrarse por los enormes ventanales, abrazadas en esa enorme cama con sábanas blancas y sintiendo como nuestras respiraciones se acoplaban como si fueran una sola, me sentí en el mejor lugar del mundo y la persona más afortunada del planeta. Aquella noche pude dormir sin pesadillas, sin angustia y con la sensación de estar viviendo el momento que había esperado durante tanto tiempo, incluso antes de conocerte. Quise pensar que si el mundo se derrumbaba en pedazos, nada podía hacernos daño porque estábamos juntas, disfrutando de una cotidianidad por la cual me merecía la pena vivir cada simple segundo de esos días interminables y llenos de revelaciones. Pero me di cuenta que me gustaba ser quién era cuando estaba contigo y esa felicidad me acompañó durante las horas que duró mi sueño hasta que percibí como te mováis a mi lado y noté tu espalda fría buscando mi calor.
Deslicé mi brazo por tu cintura acercando tu cuerpo al mío, pero en el momento que tu dulce aroma a vainilla impregnó mis sentidos adormecidos, pude sentir como algo te estaba agobiando y supe que esa intranquilidad tenía que ver con lo que yo sentía por ti. Besé repetidas veces tu cuello sobre esa pequeña parte de tu piel expuesta a mis labios y dejé que mi voz trasmitiera un poco de tranquilidad a tus sentimientos confusos y buscando la manera de contagiarte de la perfecta emoción que sólo tú me producías al tenerte a mi lado.
—Duerme, Lauren —musité en tu oído—. Más tarde hablaremos de eso que te agobia, pero quiero que sepas que te amo como nunca había amado a nadie y te ruego que no dudes de todo lo que me haces sentir porque sin ti no soy nada.
—Yo también te amo, Bo —repusiste aferrándote a mi cuerpo.
Al escuchar esas palabras mi corazón se ensanchó y contemplé todo lo que la oscuridad me permitió ver para guardar ese momento en mi memoria, anexándolo a cada segundo que pasé a tu lado.
—Lo sé —dije depositando un pequeño beso en tu cuello—, pero duerme porque quiero que luego me despiertes de esa manera tan especial que me prometiste.
Escuché como un ligero suspiro se escapó de tus labios y no pude evitar que mi sonrisa se esparciera sobre la suavidad de tu piel. Cerré los ojos deseando que todas las noches que me quedaban con vida fueran iguales o parecidas a ese momento. Sentí como tus dedos se entrelazaban con los míos y cerré los ojos dejándome llevar por el sonido de tu respiración calmada, pensando cómo sería nuestro despertar unas pocas horas después.
El sol se asomó perezosamente por los ventanales de nuestra habitación, derramando unos ligeros rayos cobrizos sobre el suelo de parquet. Mis ojos se abrieron cuando sentí un suave calor deslizarse por mis mejillas, pero al voltear te encontré profundamente dormida, con tu rubio cabello esparcido por la almohada blanca y tu mano izquierda sobre mi vientre. Respiré profundo, contenido la emoción ante la estampa tan tierna que contemplaban mis ojos y al posar mi mano sobre la tuya, sentí el tenue frío del diamante de tu anillo entre mis dedos. Luché con todas mis fuerzas para no despertarte, pero necesitaba darte un beso y comprobar que eso no era un increíble sueño. Había sufrido lo impensable durante ese año que estuvimos separadas, despertándome con el sabor de una cama vacía y esforzándome por levantarme lo más rápido para que el arrepiento no devorara mis días. Pero eso había cambiado, aunque muchas veces me desperté sin créeme que toda esa pesadilla había quedado atrás.
Me armé de valor y fui acercándome a tu rostro para darte un tenue beso de buenos días. Tus labios respondieron al suave roce de los míos, pero sentí como te agitabas murmurado algo incomprensible. Te diste la vuelta, dejando a mi vista tu espalda desnuda. Resistí el impulso natural de besarte el cuello y liberarte de las sábanas que dibujaban el contorno de tu cuerpo. No sé cuanto tiempo estuve contemplando el vaivén de tu respiración o escuchando esos murmullos extraños con palabras científicas y alguna vez mi nombre silbaba por tus labios aún dormidos.
No me hizo falta tener una inteligencia superior a la media para saber que estabas completamente agotada. Así que hice acopio de todas mis fuerzas para levantarme de tu lado, cuando observé en el reloj de mi móvil que eran las siete y veintidós de la mañana. Era temprano, pero teniéndote desnuda a mi lado y con las energías renovadas sabía que sería más difícil conciliar de nuevo el sueño, sin ser vencida por los deseos de catar el sabor de tu cuerpo. Te observé otra vez, inhalando ese delicioso aroma a vainilla y rozando el tacto tibio de tu piel que impregnaba de calidez a mis manos.
Antes de seguir torturándome a mí misma, decidí que debía levantarme de esa cama o te despertaría en cualquier momento con mis incontenibles deseos de poseerte. Me deslicé con cuidado hasta que pude ponerme en pie. Estiré mis brazos tratado de darle agilidad a mis músculos entumecido por el sueño y un diminuto bostezo se formó en mi boca. Frotándome los ojos, intenté buscar la ropa que habíamos dejado tirada en el suelo la noche anterior, pero todo estaba perfectamente recogido y sin darle mucha importancia me dirigí al baño para lavarme los dientes.
Observé mi reflejo en el enorme espejo, recogiéndome el cabello con una goma negra y luego abrí el grifo. Posé mis manos juntas bajo el chorro de agua y me la eché en la cara para espantar el letargo que deja una buena noche de descanso. Después de lavarme la cara y los dientes, busqué mi kimono y mi ropa interior en el vestidor. Medité durante unos segundos si prepárarte la bañera para que juntas disfrutáramos de los placeres que nos ofrecía la suite, pero al pensar en todo lo que habías vivido en los últimos días, preferí que descasaras un poco más. Me enfundé el kimono, buscando con mis dedos las cintas para anudarlas en mi cintura, caminando de vuelta al dormitorio, pero ante de salir a la cocina para buscar una suculenta taza de café, me quedé mirándote unos segundos más y recordé que el día anterior no estuve en casa para recibir la flor que le había pedido a Aretha. Maldije por lo bajo, sintiendo que necesitaba un poco de estabilidad en mi vida.
Salí de la habitación con mi iPhone en la mano para llamar a floristería y poder cambiar la dirección de entrega para los siguientes días, aunque no sabía muy bien cuanto tiempo nos quedaríamos en esa suite. Deslicé mi dedo por la pantalla para desbloquear el teléfono, pero me di cuenta que no eran ni las ocho de la mañana, así que pospuse cualquier intento por hablar con Aretha hasta que fueran unas horas más razonables. Pero cuando pasé por la mesilla de centro que estaba en el salón, observé una orquídea con pétalos de color rosa y me detuve unos segundos para admirarla. Decidí que cuando hablara con Aretha le pediría una orquídea igual a esa para regalártela porque la elegancia que desprendía esa flor me hizo acordarme de ti.
Emprendí mis pasos hacia la cocina y según iba avanzado, escuché con más claridad la voz de Brian junto con la de Tamsin en la cocina. La verdad es que me alegré al saber que la valquiria estaba en perfectas condiciones y que Amaia le había dado el alta del hospital, a pesar de lo extraño de que ella estuviera en la suite a esas horas de la mañana. Pero disfruté de esa ráfaga de alivio que recorrió todo mi cuerpo sintiéndome menos culpable por lo que le había hecho.
Cuando entré en la cocina, vi a Brian revisando algunas cosas en su iPad y a Tamsin apoyando sus codos en la mesa sujetando su cabeza. Brian le dijo algo sobre los nuevos Morrigans territoriales y de la reunión que mantendríamos con Vex esa tarde. La valquiria sólo contestó con susurros, sin dejar de ver la taza que tenía ante ella.
—Buenos días —dije caminando hacia la encimera donde reposaba la cafetera.
Tamsin murmuró algo o hizo un sonido parecido a un saludo.
—Buenos días, Bo. ¿Cómo dormiste? —escuché como Brian me preguntaba.
—Muy bien —contesté llenado mi taza de café—. Tenía muchos meses sin dormir con tanta tranquilidad. Tamsin, ¿qué tal estás? —inquirí antes de darle un sorbo a mi café.
—Mejor que nunca —contestó con su típico sarcasmo—. Pero no grites, por favor.
—¿Estamos con resaca? —pregunté apoyando mi cuerpo contra el borde de la encimera—. Pensé que estarías en el hospital y no en un bar emborrachándote.
Quizás sonó como un reproche o desaprobación, pero lo que sentí fue una inmensa preocupación por ella. Tamsin continuó con la cabeza encerrada entre sus manos, mirando su taza de café.
—Estuve en el hospital, pero no me emborraché en un bar sino en la suite presidencial —susurró.
—¿Vex también te pidió pasar la noche en este hotel? —inquirí sorprendida.
La valquiria agitó la cabeza, pero sin atreverse a levantarla del todo.
—No, en realidad fue Kenzi quién me alquiló la suite, pero yo pagaré la cuenta —murmuró con esfuerzo.
—Tonterías —sentencié de inmediato—. No te preocupes por eso que yo me encargo.
Levantó un poco la cabeza, pero sé la cubrió rápidamente con las manos.
—No hace falta, Bo —objetó sin ganas de nada—. Yo también tengo mis ahorros.
Aquella discusión me parecía una auténtica tontería porque lo menos que podía hacer por ella era pagar su suite en el hotel.
—Me da igual —repuse dándole un segundo sorbo a mi café—. Tú eres la mejor amiga de mi padre y estoy segura que él está agradecido por toda tu ayuda.
Observé como Tamsin volvía a apoyar sus codos sobre la mesa y repitió el mismo gesto de sujetar su cabeza con las manos. Pensó durante unos segundos cualquier tipo de argumento, pero la resaca no la dejó meditar mucho más.
—Chicas, mientras vosotras seguís discutiendo sobre quién pagará la cuenta, yo iré a la recepción a buscarle unas aspirinas a la valquiria gruñona —dijo Brian, posando su mano en el hombro de Tamsin.
—Sé que hemos tenido nuestras diferencias en el pasado, pero ahora mismo siento que te quiero, buen hombre —murmuró la valquiria sujetando la mano de Brian.
—Ya sabía yo que la valquiria borde tenía corazón —replicó mi amigo soltando una carcajada.
—Genial —exclamó Tamsin con su típica ironía—. No sólo mi dignidad está por lo suelos sino también mi reputación. ¡Maldito Johnnie Walker!
—Por lo que tenía entendido, tú tienes una alta tolerancia al whisky. ¿Cuántas botellas te bebiste? —inquirí terminado el poco café que contenía mi taza.
—Sólo media, pero lo de la tolerancia al whisky formaba parte de mis antiguos encantos —respondió Tamsin subiendo la mirada hasta mis ojos.
Cuando vi su rostro, me quedé sin aliento. Un enorme hematoma se extendia desde su nariz hasta por sus pómulos marcados en un color morado oscuro.
—Deja de quejarte, valquiria resacosa —dijo Brian dándole una ligera palmadita en la espalda—. Voy a buscarte las aspirinas y en cinco minutos estaré de vuelta.
—Si vuelves en tres minutos te invito a todas las copas que quieras.
—Tentadora proposición, pero haré lo que pueda —replicó Brian poniéndose en pie—. Bebe un poco de agua para que te hidrates —dijo acercándole un vaso y luego me miró—. Bo, recuerda que tu tío estará aquí a las nueve.
—¡Mierda! —exclamé resoplando con fuerza—. Se me olvidó que había quedado con Nacho —Ante la inminente llegada de mi tío, supe que debíamos desayunar algo antes de esa conversación—. Brian, una pregunta: ¿cuál es el número del servicio de habitaciones? —pregunté observando como intentó emprender su camino fuera de la cocina.
—Tranquila, la suite cuenta con un iPad para hacer los pedidos que quieras, pero Kenzi ya se encargó de pedir un desayuno digno de un ejército hambriento —respondió con una sonrisa—. Y por cierto, en el salón te dejé la flor que llegó ayer a casa.
Abrí los ojos asombrada y corrí hacia él para abrazarlo.
—Me has salvado la mañana —susurré dándole un beso en la mejilla.
—Bueno, no es para tanto —replicó un poco sonrojado—. Pero luego hablaremos de los pedidos que haces por internet y de los mensajeros que puedan ir a casa.
—Perfecto —repuse con una sonrisa.
Esperé que Brian saliera de la suite para preguntarle a Tamsin que le había ocurrido. Me acerqué a la mesa donde estaba sentada y elevé su rostro para ver mejor el golpe que tenía en la cara.
—Pensé que Lauren te había curado. ¿Qué demonios te pasó en la nariz?
—Estrelle mi nariz contra unos nudillos —respondió con ironía, levantándose de la silla y pasó por mi lado.
—Ven aquí —dije sujetando su rostro.
Cuando sus labios rozaron los míos, supe que era el momento perfecto para descargar mis poderes. Mi intención escapaba de cualquier acto sexual o algo de ese estilo, simplemente quería retribuir de alguna manera lo que ella había hecho por mí. Mi chi salió de mi boca como una estela en forma de espiral rojo y entró sin demora en la suya. La valquiria intentó separarse de mí, pero sujeté su cara con más fuerza y observé como el cardenal que se extendía por sus pómulos hinchados poco a poco desaparecía. Sentí como sus manos dejaron de luchar por alejarme de ella y atrapó mi cintura acercando mi cuerpo contra el suyo. Dejé de darle mi chi cuando sentí como la punta de su lengua rozaba mis labios y aparté a Tamsin de un empujón, llevándome la mano derecha hacia mis labios, tratando de ocultar lo que había hecho y con el miedo galopando por mis venas.
—¿Por qué demonios has intentado besarme? —inquirí enfadada.
—¿Yo? —replicó la valquiria señalándose a sí misma—. Fuiste tú quién me besó.
Me llevé las manos a la cabeza, arrastrando los dedos por mi cabello.
—Joder, lo único que quería era ayudarte a curar tu nariz. Y por cierto, de nada.
—Tranquila, súcubo, yo no diré nada de tus deseos ocultos por mí —dijo en un tono burlesco—. Pero a partir de ahora deja de ayudar a los demás con tus besos o por lo menos no vuelvas a buscar mis labios.
La fusilé con una mirada.
—Que yo no quería besarte.
—Lo que tú digas —rebatió con una sonrisa ladeada—. Dile a Kenzi que estaré en mi suite y que utilice su llave para entrar porque me voy a dar una ducha con agua fría. Necesito sacarte de mi sistema de alguna manera.
Todavía tenía el calor de su cuerpo contra el mío y esa sensación me dejó sin habla durante unos segundos. Vislumbré de reojo como salía de la cocina, tambaleándose por todo el alcohol que tenía en su cuerpo, y antes de que saliera de la suite la seguí para aclarar algunas cosas que me estaban revoloteando en la cabeza desde varios días.
—Tamsin, ¿estarás en la reunión con Vex?
—Soy tu aliada, aunque no lo parezca, pero depende de lo que tú quieras —respondió girando su cabeza y mirándome por encima de su hombro.
—No quiero ponerte en una situación complicada. Sé lo que estás sufriendo y…
—Ya es demasiado tarde, súcubo —replicó dándose la vuelta—. Aún así, cuenta conmigo porque le hice una promesa a una humana con nudillos de acero y pienso cumplirla.
Mantuve su mirada un instante y luego la bajé hacia mis manos.
—Tamsin, ¿puedo pedirte algo más?
—Depende. ¿Volverás a besarme? —replicó soltando una picara sonrisa—. Eres una súcubo y por mucha resistencia que tenga, la carne es débil y creo que es complicarme demasiado la vida si me pides hacer un trío con vosotras.
Alcé la cabeza para encontrar esa expresión de arrogancia típica en su personalidad. Pero si ella quería jugar a las insinuaciones, pues había entrado en mi terreno. Caminé hasta quedar a milímetros de distancia y pude sentir no sólo el calor de su cuerpo, sino su aliento rozando mi cara.
—Estoy segura que si mi intención es meterte en mi cama lo conseguiría con chasquear los dedos, recuerda que puedo ver tu aura —murmuré mirando sus pupilas dilatadas y con mi dedo recorrí su mejilla hasta los labios—. Pero no te preocupes, que guardaré tus deseos ocultos por mí y lo que quiero hablar contigo no es de eso —sentencié guiñándole un ojo mientras daba un par de pasos hacia atrás.
—Y después la arrogante aquí soy yo —murmuró aclarándose la voz—. Pero es mejor dejar las cosas así… por ahora. ¿Qué quieres saber?
Me senté en el sofá y con un gesto cortes le pedí a la valquiria que tomará asiento en uno de los sillones frente a mí. Estiré la tela de mi kimono que apenas cubría parte de mis piernas, algo que Tamsin también se dio cuenta al recorrer con la mirada cada pliegue de mi piel expuesta.
—Mi tío vendrá a las nueve y tendremos una conversación un poco complicada —dije atrayendo la atención de sus ojos a los míos—. Sé que Nacho tuvo un romance con una mujer humana, pero ahora es una valquiria. ¿Conoces a Ingrid?
La valquiria agitó la cabeza saliendo de ese trance que le había provocado la energía de mi chi.
—Bo, no soy yo quién debe hablarte de eso. Estoy segura que Ignatius te dirá todo lo que quieras.
—Eso quiere decir que tú la conociste, ¿cierto? —dice lanzándole una mirada inquisidora.
—Sí, pero no diré nada sobre Ingrid.
Supe que sacarle información sería más complicado, pero me reservé esa carta que tenía en la manga para el momento justo.
—Lo entiendo, pero una última pregunta: ¿cómo eligen a las valquirias? —pregunté mirándola fijamente.
Tamsin carraspeó aclarando su garganta y visiblemente incómoda.
—Eso te lo dijo Frigg cuando tu alma viajó por primera vez a Asgard.
—Sólo me dijo que Freyja escogía a mujeres humanas para convertirlas en valquirias, pero no me explicó cómo o por qué.
—Bo, te recomiendo que esperes un poco y escuches atentamente a tu tío —sugirió mirando al techo.
Me incliné un poco hacia delante, utilizando el poder de mi naturaleza que todavía recorría su sangre como el alcohol que había ingerido la noche anterior.
—Por favor, no me obligues a recordarte el juramento de sangre que hicimos el lunes —dije en un tono suave—. ¿Cómo Freyja escoge a las valquirias?
Tomó todo el aire que pudo, mirando sin pudor el pronunciado escote en mis pechos. Mi intención al entregarle mi chi fue ayudarla, pero estaba sacando partido a los efectos secundarios de mi naturaleza.
—Nosotras somos las encargadas de llevar las almas de los guerreros muertos al Valhalla y para hacer bien nuestro trabajo debemos saber el valor y el dolor que genera la muerte de lo más preciado para una madre —respondió sin titubeos.
Me recliné en el asiento, con la mirada perdida en lo que creí entender en sus palabras.
—¿Madres? ¿Freyja mata a las madres? —inquirí perpleja.
—No, Freyja no mata a nadie —respondió haciendo un gesto con las manos de confusión—. Las valquirias antes eran humanas que no sobrevivieron al parto o aquellas que murieron con sus hijos en sus vientres. Ese dolor de no ver nacer a sus hijos, el dolor de no poder amamantarlos por primera vez, ese dolor de no verlos crecer o que la muerte les arrebaté la vida a ambos, hace de las valquirias los seres más nobles del universo —aclaró con orgullo.
Según la información que había recolectado durante ese último año, sabía perfectamente que esa versión dada por Tamsin no encajaba del todo.
—Pero las valquirias no pueden amar
—Eso no es del todo cierto —replicó ofendida—. Las valquirias sólo sienten el dolor de perder lo más preciado, pero cuando recolectan las almas de los guerreros, lo hacen con tanto respeto porque sólo en ese preciso momento pueden vivir lo que una madre puede sentir por su hijo y el dolor por lo perdido se esfuma hasta que las almas de los guerreros entran en Valhalla.
—Lo que me dices es terrible —apunté con pena.
—No, es una expresión de amor puro. Las almas de los guerreros parten de este mundo en los brazos de las valquirias que los cuidan como su fueran sus propios hijos. Además, sé que viste como las valquirias recolectan las almas y pudiste apreciar la solemnidad con la que realizan su oficio.
—¿Tú has recolectado almas? —pregunté sabiendo que Tamsin fue creada y jamás perteneció a la raza de los humanos.
—Claro —respondió—. Pero yo no tuve que morir con un hijo en mi vientre para saber lo que es el amor, porque Odin me concedió la capacidad de amar para que pudiera proteger al alma de los celtas.
—¿Odín es tu padre? —pregunté pensando en la razón más lógica para su concepción.
—No, Odín es sólo mi creador. En un principio fui concebida para luchar a su lado en el Ragnarok y él me entregó a Freyja para que me entrenara en el arte de la guerra. Pero ella no podía cuidarme mientras crecía, por eso le otorgó mi custodia a su mejor valquiria y Acacia me educó para ocupar su lugar. Odín le concedió ese amor perdido para que Acacia pudiera protegerme y por eso, yo me convertí ante sus ojos en esa niña que ella perdió cuando era una humana.
Jamás había escuchado a Tamsin hablar de una manera tan emotiva y sentí una rara combinación de sentimientos hacia ella.
—Nacho me dijo que Acacia desobedeció a Odín cuando él te envío a cuidar al alma de los celtas.
—Sí, cuando ella supo la decisión de Odín, intentó por todos los medios posible que él no me encomendara a esa misión porque sabía de la maldición conjurada por los enemigos de los dioses y del dolor con el que viviría mis largas vidas. Después de que Odín me envió a este mundo, Acacia fue expulsada del Valhalla porque no quiso recolectar más almas, dejándose dominar por el odio y fue castigada a vivir separada de mí durante cuatrocientos años.
Se me hizo un nudo en la garganta después de escuchar el castigo tan severo impartido por Odín. Pensé en el terrible dolor que una madre debe sentir al estar separada de su hija durante tanto tiempo y para Acacia, Tamsin era como su hija.
—Tamsin, ¿por qué Acacia está ayudando a Evony?
—Es simple —respondió resoplando—. Acacia puede amar, pero también odiar y ahora sólo quiere venganza por lo que me hizo Odín al encomendarme a sufrir protegiendo al alma de los celtas y por el castigo que ella sufrió al estar separada de mí durante cuatro siglos.
—Acacia atacó a mi madre para protegerte, no porque Evony se lo hubiese ordenado, ¿cierto?
—Sí —contestó tensando la mandíbula—. Bo, debes entender que yo en mis muchas vidas he sentido los diferentes tipos de amor. Comprendí lo que es amar a un amigo cuando conocí a Aidan, aprendí lo que es amar de verdad cuando murió por primera vez el cuerpo donde habitaba el alma de los celtas y conocí lo que es el amor de una hija por su madre. Quizás yo no tenga un padre, sino un creador, pero soy muy afortunada a tener una mujer que me quiere como si fuera su hija y para mí Acacia es mi madre.
—Dios mío, Tamsin —dije completamente sorprendida—. Tú nos dijiste que Odín te encomendó a matar a Acacia.
—Sí —repuso derrotada—. Durante mis vidas he cumplido todas las misiones que me pidió Odín, he cometido muchos errores en mi trayecto, pero hoy tengo más que justificado el error que cometí ayer. Créeme que preferí condenar a mi alma con ese error que hacer lo que él me pidió, pero Lauren no pudo dejarme morir y ella me condenó a cumplir con mi deber.
Comprendí que lo hecho por Tamsin el día anterior no fue sólo para salvarme sino también condenarse a sí misma. Pero a pesar de tener tantas preguntas formuladas en mi cabeza, no quise desviarme de tema que estábamos tratando porque sentí que Tamsin por primera vez necesitaba sacar eso que llevaba dentro desde hacia tantos siglos.
—Si Acacia quiere vengarse de Odín por qué quiere hacerme daño —repuso de manera condescendiente—. Ayer el wendigo me confirmó que ella también está detrás de todo esto y además ha secuestrado a muchos chicos humanos.
La valquiria se levantó y caminó hacia una parte de los enormes ventanales y apoyó sus manos en el cristal, viendo como la lluvia caía sobre la ciudad.
—Lo sé, Bo, pero así es la venganza y cuando se odia con toda el alma no importan quién o quienes deban morir para conseguir lo que se quiere. Pero aún hay un resquicio de esperanza.
—¿Por qué lo dices? —inquirí totalmente perdida.
—Por algo que dijo ayer el wendigo cuando me confundió con Acacia —contestó perdiendo la mirada en las vistas de la ciudad.
—No te entiendo.
—Da igual —repuso suspirando—. Muchas veces hay que escuchar con más atención para entender lo que se puede ocultar en una simple palabra.
Me levanté del sofá siguiendo su estela y me posé a su lado sin saber como darle mi apoyo. Tamsin había representado mis miedos, mi rabia, mi completa frustración, pero en ese momento sentí porque mi padre había sido su mejor amigo.
—¿Qué piensas hacer con ella? —pregunté preocupada.
—Cumplir con mi misión y darle una muerte digna a Acacia —sentenció.
—Tamsin, lo siento muchísimo.
—No lo hagas —respondió con orgullo—. Aún soy una valquiria y quizás la mejor de todas.
—Yo hablaré con Odín, buscaremos una solución y trataremos de hacer cambiar de opinión a Acacia. Tenemos que hacer algo.
Nuestra atención la captó al mismo tiempo el ruido metálico de que se produjo a nuestras espaldas. Tamsin me empujó posándose delante de mí, intentando una vez más protegerme. Pero cuando vio que era Brian con los chicos que traían el desayuno en unos carros cargados de comida, se separó volteándose para a verme a los ojos y suspiró después de contener la respiración durante ese breve instante de confusión.
—No te molestes, Bo —dijo con los labios temblando—. Lo mejor es cumplir con mi misión porque intenté cambiar mi destino y casi pierdo lo único que me da algo de paz.
Nos miramos unos segundos y después se dio la vuelta para salir. Brian nos observó extrañado, pero le sonreí para que se quedará tranquilo. Avancé unos centímetros hasta que atrapé el brazo de la valquiria.
—Por favor, quédate a desayunar conmigo y hablaremos de lo que podemos hacer juntas —le pedí con la voz y la mirada.
Una mueca se formó en sus labios, pero no se permitió seguir mostrándome su debilidad.
—Súcubo, yo soy tu aliada pero no tu amiga y no necesito tu lástima sino tu respeto —replicó dureza—. Por favor, dile a Kenzi que estaré en mi suite.
—Sabes que yo no siento lástima por ti y después de ayer te ganaste mi respeto —dije sin soltar su brazo.
En un simple y delicado movimiento, apartó mi mano y un semblante severo se marcó en su rostro.
—Nunca confíes en nadie, Bo, especialmente en las personas que crees que merecen tu respeto. Ésos son los que te decepcionarán profundamente —dijo Tamsin, antes de avanzar hacia la puerta.
Me quedé de pie, observando como se alejaba con cada paso y recordando que esas mismas palabras las había escuchado en los labios de mi padre durante ese sueño que tuve con él en Edimburgo. Fue evidente que entre Tamsin y mi padre hubo una amistad muy estrecha porque ambos pensaban igual y pensé si tú y mi padre sabían todo lo que me acababa de confesar la valquiria sobre sus sentimientos por Acacia. Siempre he echado de menos a mi padre, pero en ese preciso instante lo necesité más que nunca. Sólo él podía darme un poco de luz a toda la oscura confusión en la que me encontraba después de tantas revelaciones y en tan poco tiempo.
Avancé hasta la mesa donde dos chicos estaban colocando la comida y les pedí si me podían conseguir una bandeja para llevarte el desayuno a la cama. Mi sorpresa fue cuando unos de ellos sacó del compartimiento debajo del carro donde transportaban la comida, una bandeja tal como la que quería. Cuando intenté emplatar nuestro desayuno, uno de ellos se ofreció a hacerlo por mí, pero bajo la atenta mirada de Brian y de ese fae que podía percibir el veneno en cualquier alimento o bebida.
Caminé de vuelta al salón para recoger la orquídea con pétalos de color rosa que me había enviado Aretha con las instrucciones de cómo cuidar la flor. Tomé la nota y leí el significado de la flor, soltando una pequeña carcajada por lo que me había escrito Aretha. Luego sujeté con cuidado el fino florero de cristal donde se podía ver el en fondo un poco de tierra y el agua que alimentaba a las raíces. El aroma que desprendía la orquídea era absolutamente exquisito y los pétalos curvados representaba muy bien la belleza que desparramaba esa exótica flor. Volví hacia donde el chico colocaba las tazas con café, te rojo y una jarra pequeña repleta de leche caliente. En el centro de la bandeja habían dos platos con huevos revueltos y bacon, más varias rebañadas de pan recién tostado y dos copas con zumo de naranja y acompañado todo esto con unos dulces pequeños con chocolate.
Dejé el florero en una de las esquinas de la bandeja mientras el chico doblaba las servilletas al igual que ponía en perfecto orden los cubiertos.
—Brian, ¿por casualidad tienes un papel y un bolígrafo? —le pregunté posando mi mano en su brazo.
—Por supuesto —repuso sacando del bolsillo de su chaqueta una pluma —. Toma, creo que hay una libreta por algún lugar de la entrada.
—Disculpe, pero tengo esto si le puede servir —dijo el chico, ofreciéndome su libreta.
Le sonríe, aceptando el pequeño cuaderno, pero noté como su aura explotaba con ese destello tan conocido para mí y supe que mi kimono tentaba a su imaginación.
—Muchas gracias —dije sin apartar la sonrisa.
Arranqué una lámina de la libreta y caminé hacia la barra de la cocina para escribirte la continuación de la nota del día anterior. Quizás no fueran las palabras más originales, pero aquella melodía resumía a la perfección lo que queria decirte. En un principio quise escribir una estrofa para cada día y al final pudieras recolectar las cuatro partes, descubriendo lo que significabas para mí. Pero después del resultado negativo en tu prueba de embarazo, y ese sentimiento de agobio o duda que pude percibir de ti, me alentaron a soltar todo lo que tenía en mi interior, intentando ser más detallista, cuidar nuestra relación como no lo había hecho antes, apoyarte cuando sabía perfectamente que me necesitabas y esforzándome en hacer que por lo menos el inicio de tu día fuera algo especial.
Cuando terminé de escribir la nota fui revisando cada palabra, evocando en mi memoria la suave voz que le implantaba Robert Plant en esa canción. Me fue imposible no seguir el ritmo dictaba mis recuerdos de aquellas mañanas de domingo cuando mi padre adoptivo escuchaba a Led Zeppelin desde su garaje y el sonido de las guitarras de Jimmy Page, los redobles de John Bonham en su batería y el sublime acento inglés de Robert Plant, inundaban de música a esa casa que me vio crecer.
Instantáneamente, la mejor sonrisa floró en mis labios y contagiada por esa preciosa melodía, le devolví la pluma a Brian, diciéndole el mensaje que le había dejado la valquiria a Kenzi y recogí la bandeja con nuestro desayuno mientras susurraba esa canción que me llenaba de ilusión solo por compartirla contigo. Entré en nuestra habitación y me quedé de pie, embelesada por la simple gratitud de estar viéndote tendida en el medio de esa cama, con tu rostro iluminado por los suaves rayos de sol teñidos de lluvia. Dormías profundamente, con los brazos debajo de la almohada, tu cabello derramándose por tus mejillas y las sábanas sólo cubriendo la mitad de tu cuerpo. Parecías sacada de un cuadro de Degas. Tu cuerpo reflejaba esa pura belleza, frágil por tu casi delgadez, pero a la vez fuerte y enérgico con tenues curvas como las dunas de un desierto paradisíaco y esos huesos largos que moldeaban la suavidad de tu piel clara.
Me encantó verte así, desnuda y abandonada al sueño que parecía ser la única fuente de energía en esos días de intranquilidad. Pensé en todas las veces que me levanté llorando por creer que te había perdido. Recordé el frío de mi cama vacía cuando te marchaste y la tristeza que calcinaba a mi corazón por todo lo que el miedo me impidió sentir. Pero aquellos recuerdos dejaron de importar y como si fuera un susurró el dolor había desaparecido.
Caminé despacio hasta la pequeña mesilla que estaba en la habitación y coloqué la bandeja sin hacer mucho ruido, aunque las porcelanas de las tazas chocaron entre ellas generando un leve tintineo. Me senté en el sillón, limpiando las lágrimas que no tardaron en aparecer, pero no fueron las típicas lágrimas a las que me había acostumbrado a derramar durante ese año separadas, eran nuevas y extrañas lágrimas de lo que reconocí como felicidad.
No cabía la menor duda de que estaba absolutamente enamorada de ti y que ese sentimiento fue el que estuve persiguiendo durante tantos años después de la muerte de Kyle. Creí entender como el destino juega sus cartas porque nos había unido y separado, sólo para enseñarme que cuando se tienen lo que siempre se ha querido, muchas veces nos da miedo perderlo, pero es peor ser vencido por ese temor que no nos deja disfrutar de momentos como los que estaba viviendo a tu lado. Había llegado la hora de olvidar lo que nos separó y dejarme conquistar por este sentimiento que aún hoy, más de tres siglos después, nos sigue uniendo.
—Dios, Lauren, ¿cómo decirte qué me has robado por completo el corazón? —susurré un poco más alto de lo que pensaba.
El sonido de mi voz perturbó tu sueño y noté como te agitabas en aquel lento despertar que me permitió ver como tu cuerpo desnudo quedó aún más expuesto a mi mirada inquieta. Observé la suavidad de tu piel con unas ganas enormes de recorrer cada centímetro con mis labios y sentí como aquello que parecía un simple movimiento cotidiano era el arma más elegante de seducción. Mis ojos deambularon por tu cuerpo hasta que llegaron a tu rostro y contemplé esa sonrisa que sólo usabas para mí.
—Buenos días, cariño —dijiste mordiéndote el labio.
—Hola, nena. Buenos días —repuse sintiendo como mis mejillas se sonrojaban sin ningún motivo.
Te reíste al notar como los colores invadían a mi cara y te incorporaste hasta quedar sentada frente a mí. Apartaste la sábana que cubría tu cintura invitándome, o quizás tentándome, con tu desnudez.
—¿Qué haces levantada y tan lejos de la cama? —susurraste con ese tono tan seductor que me robó el aliento.
Tragué saliva, intentado hacer reaccionar a mis cuerdas vocales. Me lanzaste una sonrisa picara, mirando como sólo unas simples palabras en ese tono tan sugerente me había dejado muda.
—Fui… a buscar el… desayuno —respondí tartamudeando como la típica adolescente nerviosa.
—Ven aquí —musitaste tendiéndome tu mano derecha—. Te prometí un despertar especial y pienso cumplir mi palabra.
Mi cuerpo reaccionó por voluntad propia y sin saberlo me encontré de pie caminando hacia la cama. Apenas me posé frente a ti, sentí como tus manos buscaron mi cintura, deslizando mi ropa interior hasta que cayó en mis tobillos y tu rodilla separó mis piernas, haciendo que me sentara a horcajadas sobre tu regazo. Las yemas de tus dedos se deslizaron por el nudo de mi kimono, tirando de la cinta y separando la tela de seda que cubría mi cuerpo. Tus labios ayudaron a tus manos a arrancarme la escasa ropa que llevaba puesta mientras mis dedos se aferraron con fuerzas en tus hombros. Apoyé mis rodillas sobre el colchón, buscando un poco más de equilibrio. Nos miramos unos segundos antes de que comenzaras a besarme con pasión y delicadeza al mismo tiempo.
—¿No tienes hambre? —murmuré en tus labios, con dificultad al sentir como mi cuerpo reaccionaba a tus movimientos lentos.
—Sí, pero prefiero comerte a ti primero —respondiste con la voz cargada de deseo.
—Veo que te has levantando con apetito —repliqué concentrándome en detener los escalofríos que me producían tu aliento contra mi piel.
—No tienes ni idea…
Sentí como tu sonrisa se ampliaba sobre mis labios y tus dedos desabrocharon el cierre de mi sujetador. Estabas jugando con mi cuerpo y fui incapaz de quejarme u oponerme. Arrastré mis manos hasta enredar mis dedos en la sedosidad de tu cabello, reprimiendo los primeros gemidos que luchaban por liberarse de mi garganta, cuando tu lengua pasó entre mis pechos. Noté como tus manos se escurrían por mis caderas, arañando suavemente mis muslos y acoplando mejor mi cuerpo al tuyo. Sentí como tu mano izquierda subió por mi abdomen hasta mi pecho y como los dedos de tu otra mano se escabulleron en ese lugar hirviente entre mis piernas, explorando cada mínimo rincón de mi sexo e impregnando tus dedos con mi tibia humedad. Me tentaste sin clemencia, haciendo que mi cuerpo convulsionara con la lenta sensación de tus caricias. Mis manos ascendieron hasta tu rostro y separé tu boca de mi pecho derecho.
—Lauren, me estás torturando —susurré jadeante —. No me hagas rogarte.
Tus labios se curvaron desvelando esa sonrisa traviesa, pero sin dejar de mover tus dedos por donde te apetecía.
—Pues dime todo lo que quieres que te haga y lo haré —replicaste con tu voz rebosante de lujuria
Cuando cerré los ojos, tu boca le prestó toda su atención a cada uno mis pechos, succionando, lamiendo, mordiendo… Mi voz apenas fue un soplo inaudible, pero lo suficiente para guiarte por la urgencia que clamaba mi cuerpo. Me dejé dominar por el lento movimiento que producían tus dedos en mi interior, entrando y saliendo coordinados en perfecta sincronía con la que pugnaban mis caderas. Los latidos de mi corazón fueron aumentado hasta que los escuché con claridad en mis oídos, acompañados por los jadeos de placer que tú no pudiste contener al percibir como mi humedad iba en aumento. Tu pasión se convirtió en el deseo más apabullante, urgente, de una intensidad tórrida y desatada sobre mi cuerpo que no dio resquicio para la respiración durante varios minutos hasta que me deshice en tus brazos, temblando y gimiendo tu nombre en un delicioso esfuerzo por recomponerme de ese orgasmo que comenzó a explotar en mi vientre, subiendo por todo mi interior.
Sin palabras y sólo con la mirada me pediste que descargara una dosis de mis poderes de influencia, algo que no hizo falta otra mirada para que por mis manos salieran esa ráfaga de eso que ansiabas recibir. Tu espalda se arqueó al notar como mi energía atravesaba tu columna y sentí como mi orgasmo se intensificaba reproduciéndose también por tu cuerpo. Ambas temblamos, abrazadas, sin respiración, pero con una sensación compartida y única. Observé como tus pupilas estaban completamente dilatadas por la pasión y el deseo de continuar. Mi mano pasó por tu frente arrastrando las pequeñas gotas de sudor que empaparon tu rostro, esparciendo en su camino un poco más de mis poderes.
—Dios, eres absolutamente preciosa —susurré con la voz firme y clara.
Es en ese momento buscaste con urgencia a mis labios entregándote en ese arrebato que gritaba cada parte de tu cuerpo. Tus dedos continuaron moviéndose más rápido en mi interior, logrando que mi libido continuara en su punto más álgido.
—Te deseo —susurraste en mis labios.
De tu piel emanó la máxima expresión de erotismo que se unía a la perfección con esos soplos ardientes dejando que mi nombre vibrar en tu garganta. Nuestros cuerpos se movían juntos, haciendo que cada caricia fueron más intensa. La imagen que me regalabas con tu aura excitada y expectante al siguiente movimiento de esa comunión entre nuestros cuerpos, hizo que mi mente se esfumara hacia un lugar de la irrealidad y todo mi ser fue una sensación de placer en estado puro. Lo que me hiciste sentir jamás lo había experimentado con ninguno de mis múltiples amantes del pasado, aunque mi naturaleza exigió su parte de toda esa pasión que la llamó para unirse a ese momento de intimidad suprema entre nosotras.
Antes de dejarme corromper por el miedo corrosivo que mi súcubo producía en mí, descargué otra dosis de mis poderes, buscando la forma de complacerla sin hacerte daño. Pero esa violenta convulsión de tu cuerpo, activó más las ganas de mi naturaleza por probar el majar de tu chi. Lo cierto es que en mi interior se desató una especie extraña de tranquilidad, como si mi súcubo me prometiera en silencio que no te haría daño, aún así no quise arriesgarme a perderte o convertirte en una más de esos amantes sin vida.
Sentí como te apremiaba el deseo y cada una de tus células se trasmutó en un calor incandescente que quemaba en tus poros, emitiendo una potencia sensual que mi cuerpo respondió a tus órdenes tácitas. Coloqué mis manos en tus hombros y, relamiéndote los labios, te tendí de espaldas sobre las sábanas blancas. Mis pelvis quedó entre tus piernas abierta que se entrelazaron a mis caderas. Nuestro beso comenzó lento, convirtiéndose en un gesto travieso, indomable y cargado de una necesidad por demostrar que no sólo la pasión estaba a flor de piel sino también nuestros sentimientos. Luché por mantener contenida a mi súcubo que me imploraba salir y continuaba prometiéndome que no te haría daño.
Mi corazón latió con fuerza cuando probé tu carne en un húmedo y lento beso. Un gemido fugitivo cortó el momentáneo silencio, cuando mi mano viajó hacia tu sexo y comencé a rozar con ligeros movimientos circulares el lugar exacto para reactivar tus ganas de más. Arrastré mi aliento hasta tus labios abiertos que esperaban a mi lengua para sumergirnos en un beso cargado de lujuria.
Comencé a mover mis caderas presionando un poco más a mi mano que cubría por completo la humedad de tu sexo y provoqué un sutil estremecimiento de tu cuerpo debajo del mío. Mi boca trabajó contra la tuya, determinada y ansiosa por continuar dándote el placer que me reclamaban tus gemidos contra mi lengua. Mi naturaleza se dispuso a tomar el control, pero continué luchando para alargar ese momento hasta lo imposible. Sentí como tus uñas se aferraba a la piel de mi espalda arañándome con fuerza mientras mis dedos se abrían camino hacia el interior de tu sexo ardiente y por toda la palma de mi mano se derramó tus tibios líquidos que cubrían la longitud de mis dedos inquietos. Cuando separé mis labios de los tuyos, dejaste salir un suspiro largo y entrecortado, al sentir como mis caderas empujaban a mis dedos tal como querías que lo hiciera. Tus rodillas temblaron sobre mi cintura con cada movimiento de mi mano y de mi cuerpo entero sobre el tuyo, adquiriendo más fricción entre tu piel sudada y desnuda. Me alejé un poco para admirar como tus ojos se cerraban y tus dientes se clavaron en tu labio inferior mientras me balanceaba con lentos movimientos que ayudaban a mis dedos a crear la presión que anhelabas recibir.
Te observé retorcerte, gemir y musitar palabras entre las sensaciones que recorrían cada palmo de tu ser. Deslicé mi mano libre por las líneas perfectas de tu cuello, aplicando una descarga más desbordante de mis poderes y en ese momento, tu aura destelló como una noche de fuegos artificiales. La humedad que recorría mi mano se hizo más abundante y necesité sólo arremeter un poco más con mis caderas para que tu orgasmo obligara a tu voz perdida a aclamar mi nombre, junto con varios: 'Dios mío' y otras palabras sin sentido aparente más que tu clara demostración de placer que te envolvía por completo.
Me sentí pletórica al verte colmada por ese clímax que sacudía a tu pecho y me incliné para darte un beso y continuar prolongando esas sensaciones que también contagiaban a mi cuerpo. Pero al sentir tus labios contra los míos, mi naturaleza se liberó y sentí mucho miedo. Separé abruptamente mis labios de los tuyos, reposándolos en la línea perfecta de tu mandíbula. La batalla contra mi naturaleza fue haciéndose más difícil al percibir como tu aura se convertía en un brillo destellante y cegador. Mi cuerpo reaccionó solo y sin poder impedirlo mi boca volvió a la tuya decidida a succionar aquello que me había impuesto no tomar. En el momento que tu abdomen se elevó, facilitándole el camino para que tu energía vital comenzara a salir de tu cuerpo, mi súcubo se encontró en el sitio más perfecto, pero como me había ocurrido las últimas veces que me había acostado contigo. Sentí que no era la típica reacción de mi apetito voraz, era algo más intenso, más necesitado, más correcto y por fin comprendí que mi naturaleza quería entregarse a ti.
Cuando estuve a punto de ceder a los deseos de mi súcubo y a los tuyos, recordé todas las muertes que había ocasionado durante tanto tiempo y tuve que obligarme a separarme de ti, antes de que fuera muy tarde. Me quedé de rodillas en el colchón, con la espalda recta, sintiendo como mi cuerpo temblaban y mis ojos azules brillaban con tanta fuerza que me produjo un dolor terrible en mi interior. Fue como sí mi chi se acumulará en mis entrañas y comenzara a rasgarme por dentro. Pero tenía que luchar y protegerte de mí naturaleza. Tus ojos se abrieron sin demora cuando notaste que el calor de mi cuerpo se había alejado del tuyo. Observaste las lágrimas de dolor resbalando por mis mejillas y tu expresión cambió al percibir que estaba sufriendo.
—Bo, ¿qué te ocurre? —susurraste incorporándote para quedar a mi altura.
Mi mirada temblaba por las lágrimas y el dolor que congelaba cada parte de mi ser. Intenté buscar mi voz apresada por el miedo, pero sólo podía temblar con mis puños cerrados y la desesperación apilándose en mi pecho. Sentí como tus manos tibias sujetaban mi rostro y traté de separarme más de ti, pero no lo permitiste hasta que encontraste mi mirada extraviada en el pánico.
—Nena, no has hecho nada malo y tu naturaleza no quiere hacerme daño. Lo sé —dijiste con seguridad.
Mis brazos atraparon tu cuerpo y me dejé calmar por los latidos agitados de tu corazón, durante varios minutos. Giré mi cabeza, hundiéndola en el hueco de tu hombro y dejé que mis labios reposaran contra tu oído. Supe que tú habías percibido lo que mi súcubo pretendía, pero no entendí por qué no tenías miedo. Quise pensar que fue la excitación del momento que estábamos viviendo. Quizás fue la pasión que nos había dominado por completo o ese deseo de vivir una relación normal, pero era algo más lo que me susurraba ese lenguaje secreto con el que hablaba tu corazón.
—¿Cómo lo sabes qué no te haré daño? —pregunté sintiendo como mi naturaleza extinguía sus fuerzas.
Acariciaste mis mejillas, barriendo con tus dedos las lágrimas que había derramado. Me sonreíste, admirando mi inquietud, pero sintiéndote segura de algo que no comprendí.
—Porque lo que acaba de hacer tu súcubo fue la respuesta a todas mis dudas —respondiste dejado un beso en mis labios—. Yo te amo y ahora sé sin ningún error que tú solo me amas a mí.
Mi cuerpo volvió rápidamente a la normalidad, admirando el brillo de paz que me profesaban tus hermosos ojos color avellana, pero no fui capaz de compréndete del todo.
—No te entiendo —repliqué sintiéndome aún más ignorante.
Observé como relamías tus labios, disfrutando de ese beso como sí significará la más grande de las victorias. Volviste a sonreír y acariciando mis brazos te apartaste de mí cuerpo.
—Vamos a comer algo y hablamos de todo lo que descubrí, ¿ok? —repusiste levantándote de la cama.
Tus palabras taladraron a mi desbocado corazón y sentí como un escalofrío se extendía por mis entrañas. Sujeté tu muñeca izquierda y observé rápidamente como tu anillo de compromiso brillaba al contacto de la luz ese tímido sol otoñal.
—Lauren, ¿dudabas de lo qué yo siento por ti? —inquirí subiendo la mirada hasta tus ojos, con miedo a la respuesta.
Te inclinaste hasta mi rostro, vislumbrado en cámara lenta como tus cabellos dorados se derramaban sobre mi cara con ese sutil movimiento de tu labios contra los míos. Me besaste una vez más como si quisiera agradecerme o pedirme perdón por eso que habías guardado en tu interior.
—Cariño, vamos a desayunar y prometo contarte todo —susurraste dejando tu cálido aliento en mis labios.
Intenté levantarme para ayudarte con la bandeja, pero tus manos impidieron que me moviera de la cama. Quise protestar, pero tus ojos me suplicaron que te dejara cuidarme. Aunque en mi cabeza revoloteaban las preguntas que poco después encontrarían respuestas, me permití disfrutar de aquello que querías hacer por mí. Contemplé como tus caderas se balanceaba en un sutil y sensual movimiento hasta que llegaste a la mesilla donde había colocado la bandeja con el desayuno para las dos. Vi como acariciabas los pétalos de la orquídea, soltando un suspiro de alivio y supe que una sonrisa había aparecido en tus labios.
Cuando regresaste a mi lado, te sentaste posando la bandeja en el centro de la cama. Me moví quedando ante ti y lo que nos separó fue esa pequeña bandeja de madera. Comenzamos a comer completamente desnudas, regalándonos miradas furtivas mientras bebíamos de nuestras tazas o nos sonreíamos cuando alguna de las dos pillaba de refilón el brillo de nuestros ojos. Después de unos minutos de silencios, sonrisas y miradas dejaste la taza en su sitio sobre la bandeja y contemplaste la orquídea, acariciando la nota que había dejado junto al florero.
—Me encantan las orquídeas —murmuraste con una sonrisa—. ¿Sabías qué las orquídeas representan el erotismo, la pasión o la pureza de los sentimientos? Durante muchos años se utilizaron para seducir y según el color de los pétalos se expresan intenciones diferentes.
Eso lo sabía porque Aretha me había enviado el significado de las orquídeas junto con las instrucciones para mantenerla viva más tiempo.
—¿Qué significa una orquídea rosada? —pregunté con perspicacia.
—Bueno, según lo que he leído, esta orquídea representa la seducción y la declaración de un amor incondicional —respondiste llevándote a los labios la copa con zumo de naranja.
—Genial, eso es lo que quería decirte —dije mirando hacia la orquídea.
—¿Por qué llevas tres días regalándome flores? —inquiriste con tu típica curiosidad.
—Algunas veces se hacen cosas sin más motivo que producir una sonrisa —contesté desviando lentamente mi mirada hasta tus ojos.
—Gracias, nena —repusiste emocionada—. Es igual de preciosa como la magnolia y el lirio.
—Eso quiere decir que te gusta, ¿no?
—Me encanta —contestaste sujetando mi mano—. Pero no necesitas una flor para hacerme sonreír.
—Lo sé, pero siento la necesidad de despertarte con algo hermoso y que tus días comiencen con una sonrisa —repliqué besando tus nudillos.
Aprovechaste la cercanía de tu mano en mi rostro, para mirarme intensamente y acariciar mi mejilla.
—Y comienzan con una sonrisa porque tú has dormido a mi lado —susurraste con una sonrisa—. ¿Puedo leer la nota?
Me limpié la comisura de mis labios con la servilleta de tela, disfrutando de la curiosidad que imploraban tus ojos. Pensé en como había encontrado la calma tan rápido después de una embestida tan fuerte de mi naturaleza, pero no quise pensar en nada más que tu sonrisa de niña traviesa.
—Ok, pero antes necesito que recuerdes la nota que te dejé ayer —dije apartando la bandeja hacia un lado.
—Espera —repusiste levantándote de un salto.
—¿Adónde vas? —inquirí desconcertada, atrapando tu mano.
—A buscar la nota que está entre las cosas que dejé en el despacho. Ya vengo —contestaste con una sonrisa.
Dejé escapar tu mano y cuando estuviste de pie, cogiste uno de esos dulces con chocolate y después de meterlo en tu boca, me volviste a besar. Cuando te marchaste con rumbo al despacho, supe que no me cansaría jamás de la sensación de tus labios moviéndose contra los míos y que daría todos los segundos que había ahorrado mi alma para gastarlos solo contigo.
Me terminé los restos fríos del café que había en mi taza, observando la nota que te había escrito y tarareé la canción tal cual se reproducía en mis recuerdos. Después de unos segundos te vi aparecer por la puerta de la habitación con la nota en las manos y releyendo las palabras que te había escrito el día anterior.
—Ok, ya la tengo. ¿Ahora puedo leer la otra?
—Claro, la escribí para ti. Bueno, en realidad yo sólo la copié.
Abriste la nota y la uniste con la otra que habías ido a buscar en el despacho. Tu sonrisa me brindó esa felicidad a la que me había convertida en una adicta y escuché como te aclarabas la garganta para leerla esas palabras prestadas en voz alta:
If the sun refused to shine, I would still be loving you.
When mountains crumble to the sea, there will still be you and me.
Kind woman, I give you my all, Kind woman, nothing more.
Little drops of rain whisper of the pain, tears of loves lost in the days gone by.
My love is strong, with you there is no wrong,
together we shall go until we die. My, my, my.
An inspiration is what you are to me, inspiration, look... see.
And so today, my world it smiles, your hand in mine, we walk the miles,
Thanks to you it will be done, for you to me are the only one.
Happiness, no more be sad, happiness...I'm glad.
If the sun refused to shine, I would still be loving you.
When mountains crumble to the sea, there will still be you and me.
Cada palabra que salió de tus labios, conservó el estilo que ampliaba la canción y en mi mente jugué con los sonidos de los instrumentos que le daban vida a esa preciosa composición. Contemplé como el brillo de tus ojos se combinaba con el suave movimientos de tu mirada sobre esas lineas escritas con mi letra y al terminar de leerla ese esplendor se intensificó con tu secreta sonrisa que sólo la utilizabas para mí.
—Sé que es poco original escribirte la letra de una canción que yo no compuse —dije avergonzada—, pero ayer necesitaba darte las gracias por todo el apoyo que me diste después de la pesadilla que tuve con Kenzi y lo único que me vino a la cabeza fue esta canción.
—Me encanta, Bo —dijiste dejando otro beso en mis labios—. Y me da igual que estas palabras no las hayas compuesto tú porque lo que realmente importa es que quisieras compartir esta preciosa canción conmigo. ¿De quién es la letra de esta canción? —inquiriste tomando el florero junto con las dos notas, admirando esos objetos como si fueran un tesoro perdido.
—Robert Plant la escribió para su mujer como un homenaje por todo lo que ella mujer le aportaba a su vida y se convirtió en una de las canciones más emblemáticas de Led Zeppelin —contesté sin quitarte los ojos de encima.
—¿Cuál es el título de la canción? —inquiriste levantándote de cama y avanzando hacia tu mesilla de noche.
Te vi colocar las dos laminas de papel blanco y dejaste el florero justo al lado de tu móvil. Recogiste tu iPad y abriste la tapa de la funda.
—Thank You —respondí sin entender tu reacción—. Pero, ¿qué haces?
—Quiero que la escuchemos juntas, aunque sé que en tu próximo concierto sonará mucho mejor —contestaste como si supieras cual eran mis intenciones.
Te sentaste a mi lado, con el iPad en tu regazo y tus dedos comenzaron a teclear sobre la pantalla el título de la canción en la barra de búsqueda de la pagina del Youtube. Tardaste pocos segundos en dar con que buscaba y mucho menos tardó en salir esas notas lejanas de la guitarra de Jimmy Page. Después de la introducción todos los instrumentos se unieron para que después de un silencio, la voz de Robert Plant comenzara a cantar la letra que le había dedicado a su mujer. Nosotras nos miramos como si quisiéramos grabar en nuestra memoria cada segundo de lo que estábamos sintiendo. Tu mano buscó la mía y la sujeté antes de dejar un nuevo beso en tus nudillos. Permanecimos quietas, mirándonos, sonriendo y disfrutando de la canción hasta que llegó a su fin.
—Lauren, yo quería dedicarte esta canción en el concierto del viernes —dije acariciando con mi pulgar la suave piel de tu mano—. Es cursi o tonto, no sé muy bien lo que es. Pero mi intención era escribirte una estrofa todos los días y cuando tuvieras las cuatro notas, te dieras cuenta del porqué esa letra acompañaban a las flores.
—No es cursi, es romántico —replicaste apretando ligeramente mi mano—. ¿Por qué no seguiste tu plan inicial?
Suspiré arañando las palabras exactas para expresar todo lo que me moría por decirte y lo que tú necesitabas escuchar. Pero antes de contestar, aparté la bandeja con los pocos resto de nuestro desayuno y dejé sobre la cama el plato con los dulces de chocolate. Adopté el gesto más calmado que encontré y quise decirte tantas cosas que no supe por donde empezar.
—Después de lo que vivimos ayer me di cuenta de que no puedo reservar este tipo de detalles esperando el momento perfecto porque ahora mismo siento que cada minuto que estoy contigo es lo correcto —respondí con emoción—. Y con esto lo que quiero decirte es que estoy enamorada de ti y que por nadie me había atrevido a expresar mis sentimientos en una canción o preocuparme por buscar la manera de provocar una sonrisa. Para mí lo eres todo, Lauren, y necesito que lo sepas sin dudar en lo que te digo o cuestionando el porqué hago aquello que no hice por ti en el pasado.
—Nena, ya no tengo dudas de lo que sientes por mí —murmuraste con la poca voz que te dejó mis palabras.
Era el momento de desterrar aquella inseguridad que guardabas en tu interior.
—Pero dudaste —repliqué buscando tus ojos.
—Sí lo hice —dijiste apretando más mi mano—, pero no es justo que me reproches el pensar que esto es demasiado perfecto como para ser cierto. Bo, ayer descubrí que las súcubos sólo pueden amar dos veces en toda su vida y ese dato encaja perfectamente en el pasado de tu madre, abuela y quizás en todas las súcubos que forman parte de tus antepasados.
—¿Y qué relación tiene eso con lo que siento por ti cómo para hacerte dudar? —pregunté.
Estiraste tu mano hacia la copa de zumo porque la simple idea de decir tus dudas te quemaban la garganta. Cuando terminaste de beber, respiraste profundo, buscando la manera de decirme que te atormentaba.
—Tú estuviste enamorada de Kyle hasta el punto de querer casarte con él y después llegó Dyson sacrificando su amor para protegerte y sé todo lo que sufriste cuando supiste lo que él había perdido —respondiste lo más rápido que tu voz te permitió.
—Lauren, yo…
—Entiende que no pude evitar pensar que esto que estamos sintiendo fuera el producto de la unión de nuestras almas o que quizás yo había llegado muy tarde para ganarme el derecho a estar en tu corazón —continuaste cortando mi réplica—. Soy una persona racional, analítica y metódica, pero esto que siento por ti no soy capaz de buscarle una explicación porque sólo quiero sentirlo.
—Lauren, tú no estás en mi corazón, eres la dueña de él —dije con la voz temblando.
—Pero tú amaste a Kyle y Dyson.
—Estuve enamora de Kyle y me hubiese casado con él porque lo amaba. En cambio lo que sentí por Dyson fue una mezcla de agradecimiento con lujuria, pasión, sexo. Él fue el primero con quién me acosté en diez años y no amaneció muerto a mi lado.
—Bo, no tienes que explicarme nada.
Sentí que volvías a cerrarte o que algo volvía a hacerte dudar.
—Lauren, la primera vez en mi vida que hice el amor fue contigo y supe que estaba enamorada perdidamente de ti porque me gusta ser la persona que soy cuando estoy contigo. Quizás suena egoísta, pero después de diez años pensando que era un jodido monstruo, ser lo que soy cuando estamos juntas es lo más maravilloso que nunca pensé ser.
Apretaste los labios, conteniendo las ganas de llorar.
—Lo siento, Bo —susurraste con la voz rota.
—No lo sientas porque es completamente normal que dudes de todo, después de la locura que hemos vivido en los últimos días. Pero si puedo pedirte algo sería que no dudes de mis sentimientos por ti porque lo único especial que hay en mí eres tú.
—Prometo que no lo haré —dijiste suspirando.
—Es cierto que me enamoré dos veces en esta vida, pero una de esas personas eres tú, Lauren. Sólo contigo quiero estar y tener hijos y ser felices y vivir la vida que elijamos juntas. ¿Tú no sientes lo mismo?
—Yo también te amo, Bo, y quiero exactamente lo mismo —musitaste antes de besarme con pasión.
—Ok, ya me callo —bromeé.
Apartaste el plato después de que metiste en mi boca el último dulce de chocolate que quedaba y nos tendimos juntas sobre la cama. Volviste a cobijarte en mis brazos, buscando la postura más confortable posible. Nuestras piernas se enredaron entre ellas y reposaste tu cabeza sobre mi pecho, acariciando con delicadeza mi vientre. No me cansaba de sentir tacto suave de tu piel, que olía a vainilla dulce, ni embelesarme con el calor que emitía todo tu cuerpo contra el mío.
Pensé que estaba en la gloria más absoluta y lo único que tenía que hacer era respirar y vivir ese momento como si fuera el último porque se supone de que eso se trataba la vida. Aunque me fue imposible no anhelar ese futuro que mi padre de había mostrado y sentir la felicidad de tener ese hijo contigo. Liberé un suspiro largo, deseando que ese momento llegará más pronto que tarde.
—Algún día tendremos todo lo que siempre hemos querido, solo debemos esperar para saber cómo lograrlo —pensé en voz alta.
—Bueno, creo que sé cómo funciona parte del proceso reproductivo de las súcubos o parte —dijiste buscando mis ojos.
—¿Cómo? —pregunté mirándote mejor.
—En teoría, las energías entre una súcubo y un fae o humano debe ser compatibles y si la súcubo está enamorada, su naturaleza se expresa para que el intercambio de energías inicie el proceso de gestación y la súcubo se pueda reproducir. Por eso, desde la primera vez que comenzamos una relación y también ahora que volvimos a estar juntas, tu naturaleza es más fuerte y las inyecciones no son suficientes para impedir el impulso biológico de tu súcubo.
—¿Qué quieres decir con intercambio de energías?
—Nena, los procesos reproductivos en todas las especies consisten en un intercambio de fluidos o de energía en el caso de algunos géneros faes, incluidas las súcubos. Por eso, creo que si queremos engendrar un bebé necesitarás drenar mi chi —explicaste sabiendo perfectamente mi reacción.
—No puedo —repliqué negado repetidas veces con la cabeza—. Es muy peligroso y no pienso exponerte a mi naturaleza.
—Bo, es una simple hipótesis y saldremos de dudas cuando Trick encuentre el manuscrito de Erin.
—¿Y si en el manuscrito aparece que debo drenar tu chi? —inquirí con la duda carcomiéndome por dentro—. No pudo hacerte eso, Lauren.
Intenté levantarme de la cama, pero posaste todo tu cuerpo sobre el mío.
—Escúchame, sé que tienes miedo de hacerme daño, pero tú sentiste como tu naturaleza está actuando diferente conmigo y quizás esa diferencia en las necesidades de tu súcubo es lo que nos ayudará a tener a nuestro hijo.
—No puedo ni imaginarme lo que pasaría si pierdo el control —repliqué mirando tus ojos.
—Bo, ahora soy un híbrido y resistiré a tus poderes —murmuraste acariciando mis mejillas—. Puedes tomar pequeñas dosis de chi y poco a poco equilibraremos la balanza. Tú no puedes vivir sólo con las inyección porque necesitas el sexo y el chi para tener una vida sexual sana.
—Yo he matado a muchas personas con sólo besarlas y no permitiré que eso te ocurra —repliqué sujetando tu cintura para moverte, pero te aferraste más a mi cuerpo.
—Hagamos una cosa, esperaremos hasta que Trick encuentre el manuscrito de Erin y luego discutiremos sobre esto, ¿ok?
—¿Por qué todo tiene que ser tan complicado? Yo sólo quiero vivir contigo y ser felices.
—Lo que hace a la vida un lugar más entretenido es buscar la solución a los problemas y cuando los resolvemos la satisfacción es inmensa. Investigaré más en las cualidades de un nuevo suero que estoy creando para mí.
—¿Qué? —pregunté, armándome de fuerza para darte la vuelta y quedé sobre ti.
—Bo, quizás hemos cometido un error en intentar bloquear a tu naturaleza y me gustaría indagar en una nueva vertiente. Ayer estuve en el laboratorio de las sombras y descubrí algo que quizás potencie un poco la fuerza de mi cuerpo para ser suficiente.
—Tú eres más que suficiente y no quiero que te inyectes nada. Eres perfecta tal y como eres, Lauren —murmuré deslizando mis labios por tu cuello.
—Con intentarlo no perdemos nada. Además, ayer utilicé el suero y gracias a eso aumenté los poderes de mi alma para ayudarte y también a Tamsin.
—¿El suero es seguro? —inquirí nerviosa.
—Tengo que testarlo e investigar un poco más en todo lo que puede ofrecernos, pero la primera prueba fue satisfactoria. Confía en mí, nena. Sé lo que estoy haciendo —respondiste acariciando mi espalda.
—Ok, pero no quiero que te arriesgues a nada.
—No lo haré —contestaste con la vista fija en mis labios—. Te doy mi palabra.
Lo que empezó en un simple beso, se convirtió en un duelo de caricias que desencadeno en un momento perfecto. Nos reímos, hablamos de cualquier cosa, olvidándonos del mundo y de los problemas que se acumulaban en nuestra vida.
—Dios, quiero quedarme así todo el día —deseé jugando con tu pelo.
—Pues no salgamos de esta cama —sugeriste besandome suavemente.
—No podemos —musité contra tu boca—. Nacho estará aquí a las nueve y necesito hablar con él de muchas cosas —dije incorporándome hasta quedar sentada.
—Lo entiendo —susurraste a mi oído posando tu cuerpo contra mi espalda—. ¿Te duchas conmigo? —inquiriste besando mi cuello.
—Sabes muy bien lo que ocurre cuando estamos juntas en la ducha —repuse con una sonrisa
—Por eso mismo te lo estoy pidiendo —continuaste besando mi cuello y tus manos buscaron mis pechos.
—Haremos esperar a Nacho —murmuré mordiendo mis labios.
—Estoy segura que nos perdonará.
Así fue, después de una hora en la ducha entre caricias, gemidos, orgasmos y posiciones casi imposibles, salimos de la ducha satisfechas e imaginando todo lo que haríamos en esa enorme bañera cuando aquel largo día terminara. Quizás fue la información que me revelaste sobre mi naturaleza, pero comencé a sentirme más segura de mí misma, aunque no quise confiarme demasiado. Necesitaba más argumentos o por lo menos una pista para desterrar el miedo que castraba mis deseos de entregarme por completo a ti.
Apenas nos vestimos, salimos de la habitación dispuestas a enfrentarnos al mundo que nos rodeaba. Aquella tarde marcó el rumbo de ese plan a seguir y más de una sorpresa nos pilló por el camino, en especial mis nuevos aliados de las sombras que todos ellos les debían la vida a mi padre. Pero antes tuve que enfrentarme a las revelaciones que Nacho tenía que confesarme y cuando lo vi delante de mí, supe que esa conversación sería cualquier cosa menos sencilla.
—Buenos días, chicas —nos saludó mi tío con sus ojos brillando como estrellas.
Le sonreí y como se había convertido en habitual, lo abracé susurrándole los buenos días en su oído. Sabía que tenía que estar furiosa con él por haberme ocultado muchas cosas, pero simplemente no pude. Nacho es la única familia que me quedaba por parte de mi padre y no tuve ninguna duda que él haría lo imposible por ayudarme a entender todos los misterios que rodeaba a nuestra familia.
Me separé de sus brazos y mi tío aprovecho para saludarte con dos besos en las mejillas y susurró algo en tu oído a lo que asentiste sin mucha ceremonia. Se le notaba que era feliz de verme a tu lado, algo que a mi padre le hubieses gustado presenciar. También pude sentir como tu admiración por Nacho se debía a todas las historias extraordinarias que mi padre te contó durante tu niñez y supe que muchas veces no podías creer que Nacho estuviera a tu lado porque cuando fuiste una niña creías que era el típico superhéroe de comic escondido en la oscuridad esperando la llamada para rescatar al mundo.
Nos pediste que te dieramos unos segundos que debías buscar algo en nuestro dormitorio. Quise acompañarte, pero te negaste diciéndome que no tardarías nada. Comencé a hablar con Brian y cuando supe que Kenzi no estaba en el salón, pensé que seguía durmiendo, pero supuse mal. En menos de un minuto ya estabas de vuelta con tu bolso y el teléfono en la mano.
—¿Estáis listas? —preguntó Nacho al ver como comprobabas todo lo que tenías en tu bolso.
—Sí, pero ¿adónde vamos? —inquirí sin saber lo que pretendía mi tío.
—A la casa donde te piensas mudar después de la boda —respondió mi tío con una amplia sonrisa—. Quiero que veas la nueva remodelación que han hecho los Brownies y la estructura del adosado que le están construyendo a Kenzi en la parte que antes era el garaje. Además, tengo dos regalos para vosotras que os van a encantar. Por cierto, ¿dónde está Kenz? —preguntó buscándola con la mirada.
—Imagino que en la suite de Tamsin —respondí con algo de celos.
—¿La valquiria no estaba en el hospital? —volvió a preguntar mi tío.
—Aparentemente, Amaia le dio el alta anoche —contestaste.
—Bo, me ha llamado Vex para cambiar la hora de la comida a las doce y media del mediodía —dijo Brian cambiando el tema.
—Nacho, ¿en una hora y media nos da tiempo de hablar? —preguntando sacando mi móvil y viendo la hora.
—Sí, claro.
—Genial —contesté abriendo la aplicación de los un mensajes—. Brian, le estoy enviando un mensaje al Morrigan para confirmarle que comeremos a las doce.
—Sabes que no me importa hacer ese tipo de cosas —replicó Brian.
—Lo sé, pero tú eres mi amigo, no mi secretario.
—No pienso discutir, pero luego hablaremos de eso. Por cierto, hoy también saldremos en coches diferentes por motivos de seguridad.
—¿Otra vez? Me siento con el presidente de los Estados Unidos
Resoplé hasta quedarme sin aire en los pulmones. Todo aquello me pareció exagerado y carente de sentido, pero meses después descubrir como toda esa seguridad nos salvó la vida.
—Eres más importante que eso —replicó Tamsin entrando en la suite acompañada de Kenzi.
—Buenos días, chicas —saludo Kenzi guiñándonos un ojo—. ¿Qué tal vuestro ruidoso despertar?
—Bien, Kenz —respondiste igual de intrigada que yo—. ¿Dormiste algo?
Caminé unos pasos al ver como la mano de Kenzi estaba vendada.
—Lo suficiente, pero hoy dormiré como un bebé.
—¿Qué diablos le pasó a tu mano? —le pregunté tomado su mano con cuidado.
—Un pequeño accidente sin importancia —respondió haciendo una mueca de dolor.
—Por casualidad ese accidente no fue con la nariz de una valquira resacosa, nudillos de acero —indagué segura de lo que había pasado, pero sin conocer el motivo.
—Ok, está bien. Discutí con Tamsin y perdí los nervios.
—Bo, no ha pasado nada y todo está olvidado —intervino la valquiria.
—¿Adónde vamos, Nacho? —preguntó Kenzi, calmando la tensión que se estaba comenzando a producir.
—A un sitio muy especial —respondió mi tio—. Tamsin, necesitaré tu ayuda para explicarle algunas cosas a mi sobrina y en el último sueño que tuve con mi hermano me pidió que estuvieras presente.
—Sin problemas, Ignatius.
—Ahora que estamos listos, necesito que nos organicemos para trasladarnos hasta la casa de la familia Lloyd —comenzó Brian a dar instrucciones—. Tamsin, llevaras a Kenzi en el todoterreno y en el GPS ya tienes la dirección grabada. Lauren, tú iras con Nacho en su coche y Ted irá con vosotros. Bo, te vienes conmigo en la moto.
—Brian, está nublado y sé que volverá a llover dentro de nada —dijiste en un tono firme.
—No te preocupes, mis habilidades de conducción son de las buenas.
—Podrías utilizar la limosina que le dejó la Ash de Asia a Bo —sugirió Kenzi.
—Eso sería llamar mucho la atención —contrarrestó Brian.
—Pero yo lo prefiero —apoyaste la sugerencia de Kenzi.
—Está bien, Lauren. Llevaré a Bo en la limosina.
Después de discutir unos segundos cómo sería la estrategia para sólo diez minutos de trayecto desde el hotel hasta la que sería nuestra futura casa, salimos de la suite con dirección a los tres elevadores que nos conducirían a los diferentes parkings del Four Seasons. Brian le ordenó al nuevo guardaespaldas de Kenzi que se quedará dentro de la suite porque Tamsin la protegería esa mañana. Algo que me pareció extraño, pero no más que esa actitud de amigas que se profesaron la valquiria y Kenzi.
Durante el pequeño camino que hicimos por el pasillo del hotel, vi como Tamsin y Kenzi se alejaban se nostros marcando una distancia prudente, pero bastante alejada cómo para no escuchar todo lo que hablaban. Vislumbré como Kenzi se reía de cada ocurrencia que le decía la valquiria y ella también hacia lo mismo de los comentarios de mi amiga. Le pregunté a Nacho si algo inusual había ocurrido en el avión de vuelta a casa porque Kenzi parecía encantada con la compañía de Tamsin y lo poco que puede escuchar mi amiga la había invitado a irse de compras para renovarle el armario a la valquiria. Pero a pesar de los celos, algo muy dentro de mí me decía que la amistad entre ellas dos era lo correcto.
—Nena, entre Tamsin y Kenzi hay muchas cosas en común y eso hace de su relación más atractiva —respondiste, apretando mi mano.
—¿Cuándo utilizas la palabra: atractiva, tiene el mismo significado que tengo yo? —inquirí con sarcasmo.
—Por favor, Bo, entre Kenzi y Tamsin no existe tensión sexual —replicaste indignada.
—Eso espero —dijo mi tío.
—Hay algo que no entiendo; Kenzi jamás cruzó más de tres palabras con Tamsin y ahora parecen que se conocen de toda la vida —dije observando como ellas hablaban en voz baja entrado en uno de los ascensores.
—¿Celos? —preguntaste son una sonrisa ladeada.
—Puede —resoplé—. Sólo es que no lo entiendo.
—Ayer Kenzi no podía dormir y bajamos a la suite de Tamsin para hablar un rato —adujo Brian—. Ellas se llevan bien y tienen más cosas en común que su afición por el whisky caro.
—Entonces, ¿por qué Kenzi le dio un puñetazo? —pregunté esperando una buena respuesta—. Y no me creo que fuera porque Tamsin se metiera con sus zapatos.
—Discutieron y una cosa llevo a la otra —respondió Brian sin atreverse a mirarme—. Ya sabes lo gruñona que se pone Kenzi cuando no puede dormir.
—Da igual, tengo una conversación pendiente con Kenzi y ella me dirá todo lo que pasa.
—Me parece justo —concluyó Brian—. Nosotros bajaremos primero.
Te di un beso, rogándote que tuvieras cuidado. Me separé de tus brazos y avancé dentro del ascensor, mirando por encima de mi hombro como tu sonrisa me acompañaba. Cuando se abrieron las puertas, caminé junto con Brian soltando ese suspiro que me generabas cada vez que nos besábamos. No tenía dudas, estaba enamorada y me sentía feliz. Buscamos en el parking la limosina que me había enviado Ishwari y cuando la encontramos Brian me pidió que fuera en la parte de atrás, pero no me parecía dejarlo sólo y no le hice caso a su petición.
Cuando salimos a la calle pude ver como la ciudad esta cubierta por una capa de lluvia fina y el frío típico del otoño se acumulaba alrededor del parabrisas. Estuve charlando con Brian unos minutos sobre la composición que había escrito para la prueba de admisión a la universidad y él me prometió que trabajaríamos juntos en ella con el piano que estaba en el restaurante del hotel. Después de escuchar su experiencia con los compositores con los cuales trabajo en Viena durante el siglo XVI, me sentí mucho más tranquila de contar con su ayuda. La conversación no dio para mucho más porque sin darnos cuenta ya estábamos aparcando frente a al casa de mi familia y la que se suponía ser nuestro hogar después de casarnos.
Salimos del coche y Nacho estaba mostrándote parte del jardín principal, bajo el techo del porche para que no te mojarás. Tamsin y Kenzi entraron juntas a la casa, compartiendo esas risas que me sacaron de quicio porque no entendía esa repentina amistad. Pero cuando contemplé la fachada de la casa, volvieron a mi memoria esos días que tus padres pasaron en esa casa durante las navidades anteriores y con una sonrisa me acerqué a ti. Cuando deslicé mi mano por tu cintura reposaste tu cuerpo contra el mío, mirándome con esa sonrisa que agitaba a mi corazón.
Nacho nos dio paso para que entráramos primero y le dijo a Brian que esa conversación era un asunto personal, pidiéndole disculpas por no dejarlos acompañarnos al salón. Brian y Ted entendieron perfectamente, dejándonos a solas con mi tío, pero Nacho les dijo que no tenían que estar bajo la lluvia y era mejor que nos esperaran en la cocina donde había café o cualquier cosa que pudieran necesitar. La verdad es que me sentí un poco mal por Brian, él era mi amigo y le juró a mi padre protegerme con su propia vida, por eso me pareció injusto que no estuviera presente en esa conversación.
Antes de acomodarnos en el enorme sofá que estaba en el salón, Nacho nos hizo un pequeño tour por las nuevas remodelaciones que habían hecho los Brownies. Subimos juntas de la mano hasta la segunda planta donde habían más de cinco habitaciones y toda la distribución había cambiado complemente a la que había visto la última vez que estuve en esa casa. Lentamente, fuimos comprobando cada uno de los dormitorios y en el cuarto principal, había una puerta contigua que daba a una habitación vacía, con paredes en blanco que mi tío había mandado a construir para el momento cuando nosotras tuviéramos a nuestro hijo. Mis ojos deambularon por cada rincón de ese dormitorio vacío sintiendo como la emoción dominaba a mi ilusión y noté como tu mano se aferraba a la mía contagiada de esa pura felicidad.
Cuando vi tus ojos supe que debíamos encontrar el manuscrito de Erin porque necesitaba conocer cada simple detalle del proceso reproductivo de las súcubos. La visión que me había regalado mi padre por mi cumpleaños parecía tener más forma o eso quise pensar. Después de unos segundos de silencio, escuché como Tamsin y Kenzi se acercaban a donde estábamos.
—Bo, hoy te contaré un aspecto de mi pasado que te ayudará a entender las investigaciones que realizó Aidan durante toda su vida y que hoy son fundamentales para el futuro de los faes y para el futuro de tus hijos con Lauren —dijo mi tío mirándonos a las dos.
Final de la primera parte.
