Capítulo 31: Pesadilla

Ravensbrück, Alemania; 29 de septiembre de 1942...

El teniente Peeta Mellark se frotó los ojos, cansado como estaba de leer la pila de papeles que Clove le había dejado encima del escritorio esa misma mañana. La escasa luz que provenía de la lámpara de su escritorio, unido a la oscuridad de la noche que se filtraba por la ventana, hacían que revisar y estampar su firma en los documentos fuera una tarea complicada para su agotada vista.

Hastiado, decidió dejarlo para el día siguiente; muchas de esas misivas no corrían prisa, y él necesitaba toda su atención para leer la única carta que hacía que su alma reviviera. Su preciosa Katniss, siempre en su mente y en su corazón, era el único paliativo que le había sostenido estos últimos meses, y la esperanza de una vida feliz y mejor, que esperaba, no tardara mucho en llegar.

Se deshizo de la pesada chaqueta de su uniforme, y presuroso preparó su habitual y nocturna taza de café. Estaba tan cansado que ya la cafeína hacía meses que había dejado de hacer efecto en su cuerpo, y para él era como si tomara una tila para relajarse y tranquilizar sus nervios.

Por fin, acomodado en la vieja y raída butaca, y después de asegurar, por quinta vez en el día, puertas y ventanas, se dispuso a deleitarse con esa escritura torcida e irregular, pero que para él significaba su salvación.

Mi Peeta:

No sabes la alegría que me dio recibir tu última carta; esta vez la espera ha sido interminable... casi dos meses sin saber de ti, mi amor... creí que iba a volverme loca.

-No más que yo, vida mía...- susurró el joven, con un nudo en la garganta. En parte,se consideraba un ser despreciable, por hacerla sufrir así, porque la vida de su pequeño ángel estuviera suspendida del hilo de la angustia y la espera. Pero sí, era egoísta, y lo sería toda su existencia, si con eso podía tenerla a su lado.

No te puedes hacer una idea lo feliz que me puse cuando uno de los hombres de la Organización afincado en Londres me hizo llegar tu carta. Papá y Prim pensaron que me había pasado algo, o que me había vuelto loca de remate, ya que poco me faltó para ponerme a bailar en medio del salón.

Una pequeña sonrisa cruzó el rostro del joven, recreando la divertida imagen en su cabeza. Su Kat merecía siempre estar así, feliz y contenta.

Todos estamos bien, mi amor. Papá, Sae, Prim, Annie, Madge y compañía... todos ellos te mandan recuerdos y su más caluroso abrazo. Sae me pide expresamente que, por favor, te cuides y que tengas cuidado, o ella misma se encargará de darte unos buenos azotes en cuanto te vea.

Su querida Sae... a sus ojos siempre sería ese niño delgaducho y tranquilo que adoraba estar en la cocina mientras ella trasteaba y cocinaba. Ahora que su pobre madre ya no estaba en este mundo, ella era lo más parecido a Kate que le quedaba.

Todos estamos sumidos en nuestros trabajos y tareas, intentando sobrevivir esta triste y cruda época. Las ventas en la panadería han bajado de manera considerable, el dinero escasea cada vez más y la gente se las ve y se las desea para poder comprar alimentos. No te hablo de dulces, carne o pescado, sino alimentos de primera necesidad como pan, azúcar o leche; escasean tanto que nuestros proveedores han puesto los precios por las nubes. Ya no sabemos que podemos hacer, ya que mi sueldo apenas da para pagar el alquiler de la casa; el mes pasado tardé unos días en poder pagar a nuestro casero... no dijo nada, y comprendió el problema... pero me sentí tan avergonzada, él también necesita el dinero.

-Mi pobre Kat...- murmuró Peeta, de nuevo sintiendo ese familiar nudo apretar su garganta, impidiéndole siquiera tragar saliva. Finnick le contaba de primera mano los estragos que la guerra estaba haciendo en Inglaterra... y su pequeño ángel lo estaba pasando mal, muy mal; y aunque Finnick intentaba ayudar, de manera económica todo lo que podía, la situación era preocupante.

Muchas cosas habían pasado en estos casi seis meses, desde que Finnick Oddair regresó de su último viaje a Inglaterra. Por un lado la batalla que mantenían las tropas alemanas en la zona del Caúcaso; incluso hacía tan solo unos días el propio Hitler había destituido al Mariscal List para asumir en persona el mando del ejército Rojo en el Caúcaso Occidental.

Por otro lado, estaba la cruenta batalla que mantenían Estados Unidos y Japón en ambos continentes. Los bombardeos eran constantes en ambos países... parecía que otra guerra se desataba allí, pero todo tenía un mismo objetivo, derrocar a Alemania y a los países que se habían convertido en sus aliados.

Y lo que más acusaba, ya que le tocaba vivirlo más de cerca, eran las noticias que llegaban a través de otros infiltrados de la Organización, dispersos por distintos campos. En Auschwitz, por ejemplo, habían empezado a quemar pilas y pilas de cadáveres, incluso estaban desenterrando los cuerpos de miles de víctimas inocentes, para deshacerse de ellos prendiéndoles fuego. Miles de vidas sesgadas de raíz, de manera cruel y fulminante, sin tener culpa de nada.

Es más, por lo que le había relatado Snow en su último encuentro, acaecido hace tan sólo quince días en casa de este, como se habían empezado a distribuir los efectos personales de todos aquellos que llegaban al campo; el dinero, las joyas... todo esos bienes y efectos personales que ahora caían en manos de rancias familias alemanas afines a la ideología del Tercer Reich.

Pero no debes preocuparte por todas esas cuestiones, mi amor. Más me preocupas tú a mí, mortificándote como seguro estás haciendo. Sé que la confirmación de la muerte de mi madre, hace unos meses, estará haciendo mella en tu conciencia; no debes pensar así, Peeta. Ya es una suerte que varios de nosotros hayamos podido sobrevivir a toda esta barbarie, y como bien dice mi padre, solo nos queda rezar para que su alma esté en un lugar mejor. Papá tiene un poso de tristeza en sus ojos que se quedará con él para siempre... pero a la vez, damos gracias por estar vivos... y tú, solo tú, eres el artífice de que eso esté ocurriendo. Te pide que le reces a tu dios por su alma y la de todas las víctimas inocentes.

Ahí estaba... el perdón, la compasión, el cariño... la comprensión de la familia Everdeen. El alma del propio Peeta Mellark se contrajo de dolor cuando un fatídico día, hace cuatro meses, Haymitch dio con el paradero de la madre de su amada... enferma de muerte, debido a una infección gastro- intestinal. Su presencia había pasado desapercibida para todo el mundo, ya que los alemanes le habían obligado a ejercer la prostitución en un recóndito gueto en una población checoslovaca, cerca de Bratislava.

Dado que el rabino Everdeenhabía aparecido en el gueto ubicado en Varsovia, Finnick ordenó buscar también en todos los demás que se hubiesen formado. Burlando o sobornando a la guardia para franquear la vigilancia de las SS, e incluso alegando la compra de esclavos, consiguieron sacar también a gente de esos búnqueres, en muchos casos familias enteras, con niños pequeños. Allí encontraron a la buena mujer, que obligada a prostituirse a cambio de protección y de una falsa puesta en libertad que, por supuesto, nunca llego, fue arrinconada para morir al contraer la enfermedad.

Alisa Everdeen murió tres días después de que la Organización hubiera dado con su paradero. Ni siquiera Peeta o el propio señor Oddair llegaron a verla con vida. El corazón del teniente nunca sintió tanta pena y dolor cuando tuvo que comunicar a su pequeño ángel la noticia; hubiera querido mitigar un poco el dolor, si hubiera sido posible, y podría haber omitido que hacía su madre en el gueto... pero bastante daño le había hecho ya, y si Katniss se enteraba por otras fuentes no se lo perdonaría.

Así que con todo el dolor de su alma, tuvo que decirle la verdad. Se estremecía pensando en el sufrimiento que le provocaría leer esas crueles y desoladoras palabras, y al rabino Everdeen y a Annie... pero estaba seguro de que había hecho lo correcto; incluso Boggs y Finnick lo aprobaron.

No quiero ponerme triste o melancólica, o que tú lo hagas... así que pasaré a contarte una buena noticia. Hace escasamente dos semanas, recibí carta de Johanna. Tanto ella como su padre se han adaptado perfectamente a la vida en Toronto; ha conocido a un chico, compañero de trabajo de su hermano, llamado Gabriel... y se han casado, Peeta. No puedes imaginar lo feliz que soy por ella. Sus palabras transmitían puro júbilo y alegría.

En la carta que le escribí de vuelta les deseé, de parte tuya también, toda la felicidad del mundo... ella se la merece. También me manda transmitirte, tanto de parte de su padre como de la suya propia, su más caluroso abrazo para ti, y también te piden que, por favor, tengas mucho cuidado. Tú, junto con toda esa gente tan maravillosa de la Organización, sois los artífices de que ellos hayan podido tener otra oportunidad, al igual que todos nosotros, y te lo agradecerán siempre.

-Tú también mereces toda la felicidad del mundo, cariño...- musitó con una pequeña sonrisa. Su solicitud para un cambio de destino llevaba ya un tiempo en manos de Snow, que intentaba tramitarla lo más rápido que era posible; por desgracia, esa respuesta afirmativa, su vía de escape para encontrar su felicidad, tardaba en llegar. Berlín tenía otros asuntos más importantes de los que ocuparse... y para que él pudiera partir hacia ese supuesto destino en el frente, faltaban las firmas de los superiores de Snow, y esa cuestión ya escapaba de las manos de su amigo italiano.

Tiempo, tiempo, tiempo... una palabra que se había convertido en su cruel tortura personal; su buen amigo comprendía su desesperación, y el propio Peeta sabía que estaba haciendo todo lo posible por agilizar los trámites... pero si escapaba o abandonaba su puesto de supervisor de Ravensbrück sin el consiguiente visto bueno, Berlín iría tras él, y lo interceptarían antes de que pudiera dejar el continente atrás.

A veces me siento egoísta; me siento muy feliz por Jo, y por la nueva etapa de su vida que han comenzado junto a Gabriel... pero no sabés como desearía estar en su piel. Pero hasta que llegue el día en el que regreses a mí, y podamos hacer realidad ese sueño, yo te esperaré, mi amor.

Vuelve a mi, Peeta... es lo único que te pido, que puedas ser capaz de cumplir la promesa que me hiciste.

Te amo, y lo haré siempre.

Tu Katniss.

-Volveré a ti, mi amor... volveré a ti...- musitó con una pequeña sonrisa, doblando cuidadosamente la carta de su pequeño ángel. Su Bella hacía demasiados sacrificios por él, y no estaba seguro si merecía tal consideración.

Con un pequeño suspiro, desdobló de nuevo la carta, para volver a leerla... para aprendérsela de memoria, como había hecho con las anteriores. Y así, con la imagen de su novia en su mente, cayó rendido en un profundo sueño.

0o0o0o0o0o0

Tres días después de disfrutar con la última misiva de su Kat, el teniente Peeta Mellark se encontraba departiendo en el pequeño salón anexo al comedor. Como era su ya adquirido hábito, se sentaba en una de las butacas a leer la prensa diaria, y poco a poco se iban reuniendo el resto de oficiales.

Todo seguía como siempre; las mismas caras, la misma rutina; Enobaria hacía varios meses que había conseguido que aprobaran su traslado a Berlín y había abandonado el campo. Por comentarios que escuchaba por boca de Glimmer supo que Brutus y ella se habían casado; no le importaba lo más mínimo lo que hubiera sido de la vida de ella, pero el teatro que debía hacer ya era parte de él.

Las cosas en el campo no iban ni mejor ni peor, simplemente todo seguía estancado, sumido en ese mundo de horror y crueldad. Las prisionera polacas y rusas se multiplicaban de manera alarmante; mujeres embarazadas y niños también empezaron a llegar en masa, procedentes de otros campos.

Tan solo unos meses después de que consiguiera sacar a su Katniss y al resto de las chicas, llegaron nuevas órdenes desde Berlín; su trabajo pasó a ser meramente administrativo. Su supervisión general del campo pasó a limitarse a la producción en las fábricas... y el tedioso Cato Hadley pasó a organizar las remesas de presas, y con ello le dieron carta blanca para, según su criterio, aligerar los barracones de vez en cuando.

Ello se tradujo en muertes; cientos de presas eran torturadas y, en muchos casos, ejecutadas y después incineradas en los hornos crematorios que habían instalado. Se sorprendió cuando llegaron las órdenes, y sabía que acatándolas condenaba a gente inocente... pero como bien le previno Finnick y después Boggs, debía hacerlo para no levantar sospechas.

Su vista había recorrido un largo camino, dejando en la cuneta aterradoras imágenes. Sus ojos estaban cansados y agotados de ser testigo de todas las barbaries que estaban ocurriendo en Ravensbrück. Pero él había tomado, al principio, el mando de ese lugar, y todavía se preguntaba la manera en la que él pagaría todo el daño que había hecho; siempre escuchaba decir a su padre que el tiempo pone a cada uno en su sitio... y por desgracia, su pasado seguía cayendo como una pesada losa sobre sus hombros.

-¿Algo interesante?- levantó su vista del periódico, que en realidad no estaba leyendo, para enfocar a Clove, que tomó asiento en el sofá alargado frente a él, con una taza de té en sus manos.

-Nada- se encogió de hombros -lo de siempre; rumores y suposiciones... -observó como Glimmer, Marvel y Gloss se acercaban y se sentaban, imitando la acción de Clove.

-¿Qué hacéis?- les preguntó Cashmere, mirándoles con una pequeña sonrisa.

-Nada especial- se encogió de hombros Peeta. Los oficiales no llevaban sentados ni cinco minutos, y ya quería levantarse y huir a la soledad de su oficina. Hawthorne ya no estaba en el campo, había sido trasladado a una oficina anexa al Ministerio de Asuntos Exteriores hace apenas un mes, gracias a la consiguiente ayuda de Snow; la Organización necesitaba un topo allí, y el capitán italiano se encargó de mover los hilos. Boggs de seguro ya se habría retirado y estaría roncando en su cama.

Y como era habitual en las noches, Hadley no se unía a ellos; tampoco es que le importara mucho, ya que era de dominio público que ellos chocaban en su forma de pensar y de actuar. Tan solo coincidían en el comedor o cuando tenían que decirse algo relativo al trabajo. Por suerte, no habían vuelto a tener un encontronazo como el que tuvieron cuando le apuntó con su arma para que soltara a su Katniss.

Pero la curiosa y sospechosa mirada que le dirigía de vez en cuando no le terminaba de gustar. Parecía que algo se cocía en la mente del odioso sargento, y todas las noches, antes de irse a la cama, se aseguraba de que las cartas de su Kat y los mensajes en clave de la Organización estuvieran a buen recaudo.

Departió unos minutos con los oficiales, para después disculparse y retirarse a dormir. De camino a su oficina devolvió el saludo que le dedicaban los oficiales que estaban de guardia. No vio nada sospechoso; había aprendido a ser cauteloso, y a cuidarse las espaldas.

Suspiró aliviado cuando echó el pestillo de la puerta de su oficina, apoyándose en ella unos segundos... ¿cuándo llegaría el día en el que la puerta que cerrara fuese la de su hogar... un hogar en el que una hermosa joven castaña estaría esperándole...?

0o0o0o0o0o0

Dicen que ciertas personas, quizá dotadas de una extrema sensibilidad o superstición... quizá propietarias de un sexto sentido, pueden percibir que algo va mal. El teniente Peeta Mellark no se consideraba perteneciente a este grupo de personas... pero ese día, no sabía como ni por qué, se levantó con un mal presentimiento.

Anoche había contestado la última carta de su Katniss, esa que llevaba más de una semana releyendo una y otra vez. Con un suspiro cerró el sobre... y de nuevo, una extraña sensación se apoderó de su estómago, pero que decidió ignorar.

Pero esa misma mañana, la mirada socarrona y desafiante del sargento Cato Hadley le acompañó durante el desayuno, y durante la inspección de las fábricas. Boggs también lo había notado, pero tranquilizó al teniente, ya que conocían de sobra al sargento para saber que ese era su carácter.

Con un suspiro, bajó de nuevo sus ojos a los documentos que estaba leyendo. Pronto sería la hora de cenar, y al menos quería dejar atados algunos cabos concernientes a la producción. Clove, que gracias a dios, había pasado esa etapa de amor platónico por Hadley, estaba ayudándole, ya que según Cato, las reclusas eran necesarias en otros puestos, y no de secretarias.

Escuchó ruidos en el exterior, como si varios vehículos estuvieran traspasando la alambrada de seguridad del campo. Frunció el ceño, mirando hacia la ventana, pero Clove llamó su atención.

-Esperábamos otras dos remesas de reclusas para ayer- le aclaró ésta.

-Eso será- contestó Peeta volviendo a la tarea que les ocupaba. La relación con Clove seguía siendo cordial; hacía meses que no sabía nada de Plutarch él no preguntaba y la sargento Ketwell no insistió ni le contó nada y francamente, prefería que el tema se quedara ahí.

Pero al cabo de un par de minutos, un molesto jaleo de voces fue haciéndose más audible... Peeta estaba punto de preguntarle a Clove que estaba ocurriendo... pero la puerta de su oficina se abrió de repente, pegando un fuerte golpe en la pared. Varios oficiales entraron precipitadamente, rifles y pistolas en mano, apuntando directamente a Peeta. Clove se levantó como un resorte, asustada y dejando caer la carpeta llena de documentos que llevaba en sus manos.

-¡¿Qué significa esto?!- exclamó indignado Peeta, poniéndose de pie y cerrando sus manos en puños.

-Teniente Peeta Mellark; queda usted detenido- habló uno de los hombres, con su arma apuntándole.

-¿Qué está diciendo?- demandó ¡Clove, asustada y sorprendida por tal escena.

-Esto es un disparate- masculló Peeta -¡no me toque!- bramó cuando uno de los oficiales se acercó, para esposarle las manos a la espalda. Forcejeó, pero un fuerte golpe en su cara, acompañado por un grito de miedo que escapó de la garganta de Clove, hizo que no pudiera zafarse.

El corazón del teniente sufrió una sacudida cuando vio entrar a Cato Hadley, sonriente como nunca y mirándolo desafiante ,y detrás de él y Gloss, que asistía perplejo a la escena, Boggs los seguía, sin chaqueta y con la camisa abierta, el labio ensangrentado y esposado, y con un rifle apuntando a su cabeza.

-Teniente Mellark,está usted acusado de alta traición- habló de nuevo ese hombre, que todavía no se había identificado.

Clove seguía petrificada en su sitio, mirando de hito en hito la escena, al igual que Gloss, Cashmere y Glimmer, que habían acudido, alertados por el follón que se había organizado. La sonrisa satisfecha de Hadley y la mirada que le dirigió Boggs confirmó sus sospechas... alguien les había descubierto. El mundo se hundió bajo sus pies... la peor de las pesadillas se había hecho realidad.


Gracias a todos por acompañarme en esta aventura; a las que presionáis el botón de alertas y favoritos, a las lectores silenciosos...