LXXI
–¿ Que sitio más deprimente, ¿verdad?
Hercules se encogió de hombros mientras su lanista cerraba las cortinas del palanquín tirado por bueyes. Ya había estado antes en Germania, durante su primera gira por la provincias, cuando tras arrancarle el pelo a Claudia Augusta, su lanista pensó que lo más inteligente era abandonar por un tiempo la ciudad. Cinco años después, Hercules tenia el mismo aspecto.
Cabañas azotadas por el viento se aferraban a laderas yermas, mientras que en los valles las ciudades romanas parecían brillantes hervideros.
Nativos encadenados trabajaban en campos llenos de barro helado, y dirigían miradas acusadoras al paso de la caravana de Hercules.
–Son un pueblo huraño, estos germanos– Comentó el lanista y se envolvió en sus pieles.
Había ganado en su anterior giras, había llegado el momento de emprender otra.
–No intentes volver a escapar ¿vale? Si es necesario, te pondré grilletes.
Hercules intentó fugarse durante la primera gira.
Después de aquello, su lanista lo vigilaba constantemente siempre que salían de Italia. No volvió a intentarlo. No merecía la pena.
Agrippinensis, una ciudad de tres al cuarto.
Un combate con un germano, y luego un banquete en el frío palacio del gobernador. Las paredes eran de madera en lugar de mármol. Y las lámparas desprendían humo debido al basto aceite germano, pero había ostras de vino, lenguas de alondras, estofado con mantequilla de hierbas, pasteles rellenos de aceitunas y queso… e hidromiel de Britania, fría, espumosa y letal.
Hercules la tomaba de un trago. En el banquete del gobernador vio a un montón de jóvenes tribunos emborrachándose con hidromiel.
–Te vi luchar hoy– Le retó uno de los pretorianos, con el rostro colorado, la túnica blanca manchada y los ojos brillantes de hostilidad– Te costó un poco, ¿ verdad?
–Pero gané– Dijo Hercules, sin levantar la mirada de su plato.
–Aposté cien dinares por ti. Si llegas a perder…
–Por júpiter, Paulino– exclamó el comandante, todo sonrisas y tirabuzones, acercándose al tribuno– No te metas con nuestro invitado. Te haría trizas con sus propias manos y nadie podría impedírselo. – Le giño un ojo a Hercules– No hagas caso a este, tuvo un desengaño amoroso, ya sabes…
Paulino se retiro de la estancia, ayudado por dos de sus compañeros.
–Pobre Paulino– Comento el general, entretenido– Mejor que lo envíen a la cama.
Hercules observo a Paulino tambalearse y cantando sin sentido.
–¡Oh, qué bien!– exclamó alegre el general– las bailarinas están listas. Son preciosas, ¿verdad? Si quieres una, son todas tuyas.
Hercules se concentró en su hidromiel, observando indiferente los flexibles cuerpos morenos que se contorneaban sobre los mosaicos.
Al día siguiente les tocaría otro viaje a Tanus.
Diciembre pasó y llegó enero, en lo que fue un invierno etílico y miserable para Paulino.
Pero el alcohol y la tristeza se desvanecieron, cuando al palacio del emperador llegó la noticia de que Suturnino, el gobernador de Germania superior, había lanzado una revuelta. Se había proclamado emperador y al frente de un ejército de legionarios y nativos, se dirigían hacia Agrippinensis.
Claudia se alegro de que aplastaran la pequeña rebelión de Saturnino en Germania. No habría sido un buen emperador.
César ya regreso de roma, el y Claudia estaban cenando juntos.
–¡ Y pensar que Paulino es héroe del momento– Dijo César con orgullo.
–Estaba pensando… en comprar una casa, padre, en algún barrio más de moda que la colina capitolina.– Dijo Claudia, sin escuchar a su padre.
–Lo nombraron, perfecto del pretorio– Prosiguió César.
Claudia se atraganto.
Era uno de los cargos más importantes del imperio. Los ojos y oídos del emperador.
–¿ Padre, por qué no me lo contaste?– Dijo Claudia indignada.
Sin levantar la vista del plato, respondió César: – Estaba seguro de que alguno de tus amantes te lo contaría…
Claudia torció el gesto y se levanto para marcharse a sus aposentos.
César desde su llegada, noto a su hija más cambiada.¿ Que paso entre ella y Paulino?
Claudia estaba furiosa y su cabeza no paraba de darle vueltas " ¿Como osaba privarle de saber algo así? Una noticia de ese tipo era algo inconmensurable. No tenía pensado mantener a Paulino en sus redes a su regreso a Roma, pero aquello cambiaban las cosas. ¡Era el brazo derecho de su padre del emperador! Podría conseguirle una invitación a palacio todas las noches.
A menos que… se hubiera olvidado de ella, pero no lo creía. Y si lo había hecho, conseguiría que se acordara rápido. Mejor escribirle cuanto antes, para refrescarle la memoria.
El amo de Meg era regordete, calvo, sonriente y bonachón, pero cuando se enfadaba se formaban dos profundas arrugas en las comisuras de sus labios y dejaba de ser un pretor inofensivo para convertirse en un juez furioso.
Hoy, cuando Meg acudió a su presencia en el soleado atrio, las dos arrugas estaban muy marcadas. Esto no iba a resultar fácil.
En pocas palabras resumió lo sucedido:
–Lo siento, dominus– se excuso Meg.– No volverá a pasar.
–Siempre dices lo mismo, Meg, y siempre vuelve a suceder.
–Pondré más cuidado esta vez, dominus, lo prometo.
–He perdido mucho dinero, y algo más.
–Lo sé…– Meg nunca lo había visto tan alterado.
–¿Sabes lo raras que son las pipas dobles asirías?– Gayo miro a Meg enfadado. – Me las traen expresamente de Tebas. La compro del mercader árabe más tacaño que ha pisado la tierra. ¿ Y dónde están mis flautas dobles asirías?¡Hechas añicos por culpa de tu hija, torpe que es!
–Estaba jugando y sin querer…
–Es un desastre– interrumpió a Meg con amargura– No son solo las pipas, ayer rompió la nariz de un chico del coro.
–Fue por defensa propia, mi hija dice que este chico le tocaba…
–¡NO TOLERARE TAL COSA!¿ entendiste?– Dijo Gayo con un grito.
–Que… quería pedirle disculpas, dominus. Lo siento mucho.
La hija de Meg, apareció justo en ese momento, como Meg hubiera deseado, pero había conseguido que guardara un cierto silencio premonitorio.
–Adara– Dijo Meg, le indico que se acercara a Gayo.
–Tienes algo que decirle a nuestro amo, Adara.
–Adara dio un paso inseguro y dijo: – Lo… Lo siento, señor…
–¿ Qué sientes?– insistió Meg, y le dio un pequeño empujón en la espalda, para que se pusiera mas al frente.
–No… no lo sé
–¡Lo de las pipas!– Dijo Meg seria.
–Ya dije que lo sentía– Dijo Adara.
–Y el puñetazo con ese chico del coro– Añadió Meg
–Pero, madre ese…
–¡ADARA!– Dijo seria Meg
–Ya veo– Comento Gayo– Vete niña, e intenta controlarte más.
–Pero, señor no es justo ese niñato empezó a...
Meg la interrumpió cogiéndola del brazo bruscamente.
Adara se callo y sin mediar palabra se marchó refunfuñando.
–Lo siento, dominus– Repitió Meg– le pondré un buen castigo
–En fin, no me parece que sirva de mucho, pero adelante, ya tendré una conversación con ese muchacho. En parte… está reduciendo tu parte de la herencia ¿ sabes?
–¿Mi parte de la herencia?– Se extraño Meg
Una sonrisa asomó en el rostro de Gayo. Y le indicó que se sentara en un tamborete ante su sillón.
–Ese es el otro motivo por el que quería verte. He cambiado mi testamento para incluirte en él.
–¿Qué?
–Recibirás algo de dinero cuando muera. Al fin de cuentas, eres tú la que lo gana. ¿ Pensabas que iba a quedarme todas tus ganancias? La invierto para ti. Por cierto tu hija también recibirá su libertad, como tú.
Tras una pequeña pausa, Meg cayo de rodillas a sus pies y plantaba la mejilla en la mano de Gayo.
–Gracias… gracias, gracias, gracias– Dijo Meg en sollozos.
–Vale, vale, ves y practica tus escalas. Quiero que bajes un poco el tono en el último de "Mar de plata"
La casa de Gayo era un ir y venir constante y alegre: Los esclavos, sus famosos coristas, los flautistas, los tañedores de lira. La encargada de poner orden era Atia, la liberta que amaba a Gayo como una esposa. Atia le agarró del brazo al verla.
–Meg, tu hija esta volviendo a jugar con los niños de la calle a héroes.
Adara gritó cuando Meg se le llevó de la oreja al cuarto del primer piso.
–¡AH madre!¡No hacía nada! Solo jugaba a héroes, a parte uno de los viejos legionarios, me dijo que me mostraría su espada… Era una gladius¿ No se que es?¿ Puedo verla?
–No, Adara no, no te acerques mas a esa gente, son desconocidos. Pueden hacerte cualquier cosa.
Meg le dio un empujón para que entrara.
–¡A demás, no me gustó nada cómo pediste disculpas a Gayo!– Volvió a reñirle. Recuerda que el puede venderte si quiere y apartarte de mi.
–Yo… no quería, solo estaba jugando…
–Vas a ir a mi cuarto– La dejo en la habitación.
Adara ya tenia siete años, tenia una melena como su madre y los ojos de un azul intenso como su padre.
–¿ Vas a castigarme, mama?
Meg se encogió al escuchar esa palabra, hacia ya tiempo que no le llamaba así.
–Si, Adara hoy te quedaras aquí.
Adara se lanzó sobre la cama. Por su puesto que no conocía a su padre. Muy pocos hijos de esclavos tenían padres legítimos. Adara no podía imaginar que era hija del mayor gladiador de toda Roma. Le había encantado. Pero, si le contara que su padre era Hercules, iría al coliseo aunque tuviera que hacer el camino de rodillas.
Pero no podía hacerle eso a Hercules. Mejor que siguieran las cosas como están…
Gracias por vuestros comentarios a: Guest, ella123456, Moonlight Shadow98, Mary98, Mariana.
y los que sigas mi Historia
Un saludos : )
