N/A: Muchas gracias a todos por leer. Falta muy poquito para el final "oficial" del fic (uno o dos capítulos) y empezaré a escribir One-Shots de su vida como padres que serán cortitos y que, si os gustan, iré publicando...


CAPÍTULO 53: LA NUEVA RUTINA

Rachel se sujetaba del brazo de Blaine cuando ambos entraban en el salón de ensayos de West Side Story. Los dos charlaban animadamente de Devon. La chica estaba interesada en la nueva vida de su amigo como padre, pero sobretodo le encantaba ver lo feliz y tranquilo que estaba. Parecía que todos los problemas se habían disipado de la vida del moreno y ella estaba contenta. Su amigo había sufrido demasiado, primero con Kurt y luego con todo el asunto de July, su carrera profesional... Por eso verlo tan seguro de sí mismo, ilusionado, enamorado y alegre era algo que le encantaba.

– ¿Os conocéis? – El director los miró confundido.

– Sí. Blaine y yo somos amigos desde hace muchos años. En el instituto interpretamos a Tony y Maria en el musical de West Side Story. – La castaña aclaró.

– ¿En serio? – Uno de los productores la miró sorprendido.

– Sí, él era el novio de mi mejor amigo y poco a poco nos hicimos amigos. Pasamos mucho tiempo juntos en el McKinley y luego en NYADA. Fui dama de honor en su boda, no con mi mejor amigo, que ellos rompieron hace muchos años. Se casó con el amor de su vida y reconozco que he visto muy pocas parejas tan bien compenetradas como ellos porque...

– Rach, no creo que les interese nuestra vida privada. Creo que lo que quieren es comprobar que tenemos complicidad y podemos interpretar una pareja. – El ojimiel sonrió de esa manera que conseguía convencer a cualquiera de que hiciera lo que él quería.

– Tienes razón. ¿Qué queréis que hagamos?

El director les entregó el libreto y les pidió que leyeran una parte y cantaran juntos. Ellos lo hicieron de la mejor manera posible a pesar de que era su primer ensayo juntos en años. El resto de actores y bailarines se reunieron con ellos después de una hora para empezar con el primer ensayo.


El ensayo terminó y todos salieron a la vez. Blaine y Rachel iban hablando con varios compañeros cuando salieron del edificio y se encontraron con Sam y Devon, que estaba en su cochecito. La castaña sonrió al ver un ramo de flores en las manos del rubio, envidiaba la felicidad de sus amigos.

– Hola amor. – El ojiverde besó los labios de su marido.

– Hola. – El moreno susurró.

– ¿Qué tal el ensayo? – Evans quiso saber.

– Muy bien. ¿Qué tal Devon? – El ojimiel cogió las rosas rojas que su esposo le entregaba y después se asomó al carrito para ver a su hijo durmiendo.

– Se ha portado bien aunque te extrañaba, ha estado un rato un poco nervioso.

– ¡Es precioso! – Una de las compañeras de Anderson comentó al ver al bebé. – Es igual que su papá.

Sam se sintió orgulloso, como cada vez que decían que su hijo era tan hermoso como él. El rubio no estaba de acuerdo, su hijo era mucho más guapo que él y estaba seguro que cuando creciera, sería mucho más atractivo. Ya se imaginaba que sería todo un rompecorazones, de chicos y/o de chicas, lo que él eligiera.

– La vida no es justa. – Uno de los bailarines protestó. Sus gestos y su forma de hablar daban a entender su homosexualidad. – Blaine tiene un marido super-hot y atento, que le trae flores y, además, tiene el bebé más bello del mundo... ¿Por qué no dejas algo para los demás?

Todos rieron, el moreno mostró su orgullo por su familia y el ojiverde se sonrojó por el piropo mientras ponía su mano en la parte baja de la espalda de su esposo.

– La vida es más que justa porque les ha costado mucho conseguir todo. – Rachel aclaró. – Como amiga suya, he tenido que soportar muchos problemas y muchas inseguridades...

La castaña siguió hablando, como siempre. Todos comenzaron a caminar hacia sus casas y varios de los compañeros seguían por su mismo camino. Anderson sujetaba las flores mientras Evans empujaba el cochecito de Devon, escuchando toda su historia de amor contada por su amiga, aunque un tanto modificada para tener algo de protagonismo ella también.

– El día que la entrevisten unos periodistas, va a contar hasta la vez que nos peleamos en el McKinley. – El ojimiel susurró en el oído de su pareja, que rió por la veracidad de las palabras del otro.


Sam y Blaine llegaron a su casa muy felices. El moreno no podía creer que iba a ser el protagonista de una obra de Broadway mientras estaba casado con el amor de su vida y con el que ya tenía su primer hijo. Su vida había cambiado mucho en apenas un año. Dejaron a Devon en su cuna, conectaron el monitor del bebé para poder escuchar si se despertaba y bajaron al salón para disfrutar de un tiempo a solas.

Encendieron la televisión pero pronto la olvidaron. Desde que el niño había nacido no habían tenido tiempo para estar a solas disfrutando el uno del otro. El primer beso fue muy dulce pero poco a poco la pasión aumentó. Las manos del rubio recorrían el pecho y la espalda de su esposo, deseoso de volver a sentir esa conexión que sólo había tenido con él. El ojimiel rodeó el cuello del otro con sus brazos para no dejar que se alejara de él. Finalmente, el más bajo acabó cayendo de espaldas en el sillón con su pareja sobre él.

– Estás ansioso. – El ojiverde comentó sin despegar sus labios de los del otro.

– Por supuesto. Nunca tengo suficiente contigo. – El actor se deshizo de la camiseta de su marido, que la lanzó al suelo sin importarle donde caía.

– Por suerte, siempre estaré dispuesto a darte todo lo que quieras.

Volvieron a besarse de manera aun más intensa. Sus lenguas comenzaron un baile conocido por ellas pero que no por eso dejaba de ser deseado. Sus labios sólo se separaron para quitarle la camiseta a Anderson.

Sus pechos desnudos se tocaban constantemente mientras se frotaban con necesidad. Se habían extrañado a pesar de haber estado juntos todos esos días. Las circunstancias habían sido difíciles pero todo empezaba a volver a su lugar. Sam bajó por el cuello de su esposo, dejando un camino de besos, asegurándose de entretenerse en todas las partes que sabía que excitaban a Blaine.

– Voy a por el lubricante. – El rubio susurró y se levantó.

– ¿Qué? – El moreno gruñó desesperado. No podía creer que su pareja lo dejará allí, totalmente excitado para ir a la habitación.

El ojimiel escuchó los pasos del rubio subiendo las escaleras y luego escuchó, a través del monitor, como abría el cajón. No pudo evitar sonreír al pensar en todo lo que su esposo lo cuidaba. Nunca habían hecho nada sin lubricante y sin ser cuidadoso, al menos desde que le hizo daño en su primera vez juntos. Incluso cuando se dejaron llevar en Las Vegas, después de un año separados y totalmente deseosos de sentirse unidos de nuevo, siempre había estado atento a no dañarlo. Y eso era algo que amaba de él.

Cuando el ojiverde llegó, notó que el ambiente había cambiado, que su marido no estaba tan excitado como debería.

– ¿Va todo bien? – El más alto alzó una ceja de manera interrogante.

– Sí, sólo pensaba en cuanto te amo. – El actor confesó, consiguiendo que el otro sonriera totalmente feliz.

– Yo también te amo... Y ahora, señor Anderson-Evans, si me lo permite, ha llegado el momento de que disfrute de su matrimonio aprovechando que su hijo está dormido.

Sam volvió a besarlo y todo volvió al momento pasional que ellos siempre habían compartido. Recordando cada rincón, cada gesto, cada centímetro de piel, cada caricia, cada beso, cada sonido... Completando esa felicidad plena que sentían desde la llegada de Devon, que esa vez estuvo tranquilo en su cuna en la habitación de sus padres, permitiéndoles disfrutar de la compañía de sus cuerpos y de su amor.