CAPITULO 51

23 de Diciembre de 2005

Veintinueve años de edad.

—Gracias, señorita Brown —expresa el camarero, devolviéndome mi tarjeta de crédito y el recibo para firmar.

—¿Brown? —pregunta Alice, mirándome—. ¿Desde cuándo tu apellido ha sido Brown?

Mierda. Miro al camarero, que ahora mira de Alice a mí con una mirada confundida en su rostro. Me imagino que se está preguntando si esto no es alguna estafa de tarjetas de crédito y no soy realmente Bella Brown en absoluto. Trato de sonreírle, cuando escribo frenéticamente la firma debajo del nombre que he tenido durante el último año, dejándole una generosa propina, en un intento de detenerlo de hacer alguna pregunta.

Debería haber sabido que algo así pasaría tarde o temprano. Incluso esta vez, aunque no me fui, había despertado con un nombre diferente y una nueva identidad. Todas las tarjetas en mi billetera habían cambiado y en lugar de Bella Jackson, ahora era Bella Brown. Parece que en mi vigésimo octavo cumpleaños cambie después de todo, sólo que no había tenido que cambiar en la vida que siempre he querido tener.

Cuando el camarero se va, rápidamente me quedo esperando a que Alice lo deje pasar.

—¿Bella? —pregunta, dejándome saber que no lo hará. No estoy muy segura de cómo se supone que debo explicarle esto. Ya era bastante malo cuando de pronto vuelvo a aparecer en la vida de Edward después de haber desaparecido durante cuatro años.

Mientras caminamos fuera del restaurante, por fin me vuelvo a mirarla.

—Sí, Brown —afirmo.

—Pensé que tu apellido era Wakefield —insinúa y puedo ver lo confundida que está.

Bueno, he tenido más desde entonces, pero estoy agradecida de que piense que Wakefield ha sido el último que tuve. Hace que mi explicación sea un poco más fácil. Sonrío, agarrando su brazo con el mío.

—Lo fue — confirmo—. Pero lo cambié.

—¿Por qué? —pregunta mientras nos dirigimos hacia el High Street para continuar con nuestras compras de navidad. Todos estaremos pasando la navidad juntos con los padres de Edward, en la ciudad donde una vez viví con los peores padres con los que jamás pude despertar.

—¿Te acuerdas cómo eran esas personas? —pregunto, mirándola.

—Oh, mierda —exclama cuando repentinamente pasa por su cabeza.

Los Wakefields eran mis padres, al menos en esa vida lo eran. Pero para todos, excepto Edward, no eran más que mis últimos padres adoptivos. Y también eran terribles. Alice vio lo que me hicieron, el resto de los moretones en mi rostro fue la gota final para Edward. Todavía era bastante obvio cuando nos habíamos sentado en la mesa y le pidió a su familia si podía mudarme en la noche que ellos regresaban a casa de sus vacaciones.

—Sí —digo jalándola más cerca para hacerle saber que estaba bien—. Es sólo que no quería acordarme de esa gente nunca más.

—Totalmente puedo entender eso —admite cuando nos dirigimos a una tienda de regalos—. Lo siento, Bella.

—Está bien —respondo, aunque no está del todo bien. Cambiar de nombres e identidades no es divertido incluso cuando encuentro a Edward y vuelvo a casa con él, sería agradable ser una sola Bella por una vez. Para saber mí apellido y en dónde parezco tengo que abrir instantáneamente la billetera para averiguarlo.

—¿Cómo te fue de compras? —consulta Edward cuando cargo mis bolsas en nuestra antigua habitación varias horas más tarde—. ¿Me compraste un montón de regalos?

Le sonrío cuando las dejo amontonados en una esquina.

—Estuvo bien, pero no mires dentro de las bolsas, ¿de acuerdo?

—Tal vez —contesta sonriéndome.

—Edward —le advierto, sabiendo que va estar hurgando en ellas en el minuto que le dé la espalda.

—¿Qué, nena? —inquiere con una enorme sonrisa en su rostro mientras envuelve sus brazos alrededor de mi cintura y trata de mirar por encima de mi hombro.

—No mires —ordeno dándome vuelta en sus brazos y poniendo mis manos sobre su pecho mientras trato de empujarlo a la cama—. O no hay sexo.

—¿Qué mierda? —increpa, sus ojos de vuelta en los míos—. De ninguna manera, Bella, de ninguna jodida manera.

Lo agarro por sus caderas.

—Sabía que con eso obtendría tu atención.

—No, eso no es justo, nena —expresa haciendo un mohín—. Y, además, cómo puedes estar sin él.

Sonrío cuando me empujo con mis dedos de los pies y beso sus labios, sabiendo que tiene razón en eso.

—Bueno, entonces, es mejor que no mires ahí chico descarado.

—Provocadora —susurra devolviéndome la sonrisa—. Tienes suerte de que te amo, Bella Brown, en realidad jodidamente afortunada. —Las palabras de Edward me recuerdan lo que casi sucedió en el almuerzo de hoy y debo mostrarle algo, porque inclina su cabeza hacia mí cuando pregunta—: ¿Qué?

—Estuvo a punto de que Alice se diera cuenta hoy —comento mirando por encima de la puerta de la habitación que sigue abierta. Creo que todo el mundo está en la planta baja, así que espero que no hayan escuchado esto—. Cuando estábamos almorzando.

La sonrisa desaparece del rostro de Edward.

—¿Por qué? ¿Qué pasó?

El sonido de pasos en la escalera me impide hablar, cuando veo al papá de Edward aparecer en la escalera. Volviéndome de nuevo a Edward, digo:

—¿Quieres ir a caminar?

—Por supuesto —declara inmediatamente. Tomando nuestras chaquetas, bufandas y guantes mientras bajamos—. Ma, estamos dirigiéndonos al pub para tomar una copa, vamos a estar de vuelta en una hora o menos —anuncia Edward en voz alta mientras nos dirigimos a la puerta principal.

Nadie pregunta por unirse a nosotros, gracias a Dios y supongo que se figuran que Edward y yo vamos a salir para pasar algún tiempo a solas, porque hemos estado separados todo el día y estamos algo así como sentimentales.

Cuando nos dirigimos afuera, en el atardecer de la tarde. Edward envuelve su brazo alrededor de mi hombro, jalándome más cerca cuando envuelvo el mío en su cintura. Ha dejado de nevar, pero el suelo está cubierto de nieve. Se ve hermoso, aunque igual vamos a tener una blanca navidad.

—Así que, ¿quieres decirme que pasó? —pregunta finalmente Edward.

—Fue en el almuerzo —digo—. Cuando pagué con mi tarjeta de crédito. El camarero me dio las gracias y me llamo señorita Brown. Alice le preguntó por qué dijo eso, por qué mi apellido ya no era Wakefield.

—Mierda, siempre me he preguntado si algo así alguna vez iba a pasar —dice Edward apretando mi hombro—. ¿Qué le dijiste?

Miro hacia él.

—Le dije que me cambié el nombre, porque ya no quería ser una Wakefield más por todo lo que había pasado.

Siento los labios de Edward presionando un beso en mi sien. Siempre se pone raro cada vez que surge el tema de estos padres. Todavía no puedo creer que no se perdone a sí mismo por pensar que todo eso fue su culpa, por todo lo que me pasó a mí cuando todavía vivía con ellos.

—Pienso que ella se sintió mal acerca de lo que conocía de ese tiempo y después dejó el tema —continúo, mi cabeza apoyada en el hombro de Edward ahora—. Pero sí, fue raro y no estoy segura de salirme con la mía de nuevo, especialmente cuando mi nombre cambie la próxima vez.

—No —exclama en voz baja y cuando lo observo, puedo verlo mirando al frente.

—Es muy molesto —agrego, tratando de alejar sus pensamientos de esa vida—. Aun cuando no desaparecí esta vez, sigo cambiando de nombres, es como si todavía cambiara, a pesar de que no me fui.

Edward exhala.

—No siempre cambias, nena —asevera jalándome más cerca cuando me mira de nuevo.

—Sí lo hago, Edward —afirmo un poco frustrada—. Cada cuatro años me convierto en una Bella diferente. No puedo ser simplemente una y eso me molesta, tratar de ocultar a cualquier persona en la que me he convertido. Sólo desearía ser una Bella.

Edward me jala más cerca en cuanto nos alejamos del pub mientras cruzamos la carretera y seguimos caminando. La tarde es genial, pero me siento caliente, envuelta contra su cuerpo.

—Lo eres —anuncia simplemente—: Tú eres mi Bella.

—Sí, pero cuál es la única —dudo, mis dedos apretando su cadera—. Quiero decir, soy la Bella que desaparece, soy una extraña Bella, soy la Bella que no puede permanecer en un lugar por más de cuatro años.

—Sí puedes, lo haces en realidad.

—No, Edward, en realidad no lo hago.

Edward deja de caminar mientras se vuelve hacia mí, sosteniendo mi rostro entre sus manos y apretando mis mejillas, así que estoy obligada a mirarlo.

—Sí, lo haces Bella. Es posible que no pienses que estarías aquí de cualquier lugar, pero te lo digo, lo haces. En realidad, actualmente estás aquí —comenta tomando mi mano y poniéndola en su pecho, sobre su corazón—. Has estado aquí durante los últimos veinticinco años nena.

Sonrío, mi corazón se derrite un poco por sus palabras.

—Eres un sentimental —susurro, poniéndome en puntitas de pie para darle un beso.

Edward me sonríe de esa manera descarada que me dice que lo sabe, pero que también sabe cuánto lo amo. Tiene razón, lo hago totalmente. No hay una sola cosa que no me guste de este hombre.

—Amo a todas mis Bellas, nena. Bella Swan, Bella Sutherland, Bella Smith, Bella Wakefield, Bella Jackson, Bella Brown… todo de ti —declara ahora.

—Sí —afirmo exhalando fuertemente—. Sé que lo haces, Edward. Es sólo, que sería bueno ser sólo una Bella, ¿sabes? La misma, todo el tiempo.

—Puedes serlo nena —asegura en voz tan baja que casi no lo escucho.

—¿Cómo? —pregunto. Mis manos todavía están en el pecho de Edward mientras le levanto la mirada—. ¿Cómo podría ser la misma Bella todo el tiempo?

Edward camina más cerca por lo que su cuerpo está casi tocando el mío. Sus manos se mueven a mis mejillas mientras se inclina y suavemente me besa.

—Siendo Bella Cullen —explica, sus ojos fijos en los míos.

De repente me estoy riendo de las palabras de Edward, no por lo que está sugiriendo, sino porque no puedo creer que él verdaderamente haya encontrado una manera de que sea sólo una Bella. Que ha encontrado una manera, la cual es muy simple, pero tan malditamente y jodidamente perfecta al mismo tiempo.

Sus dedos acarician mis mejillas, mientras me sonríe.

—¿Crees que es divertido? —pregunta, pero sé que entiende por qué me estoy riendo.

—No —contesto sacudiendo mi cabeza—. No pienso en absoluto que sea divertido. Creo que es perfecto, Edward.

La sonrisa de Edward es aún más grande.

—Sí que lo es, ¿no es así?

Asiento.

—No, en realidad lo es.

—¿Y? —espeta, levantándome una ceja.

Sonrío, sabiendo exactamente lo que está sugiriendo, pero pregunto de todas maneras.

—Sólo para aclararlo —exclamo—. Me estas pidiendo que me case contigo, ¿cierto?

Ahora Edward está riendo, sus manos, deslizándose de mis mejillas a la parte de atrás de mi cuello antes de que él me jale para un beso profundo que nos deja a ambos sin aliento. Mientras me jala hacia atrás, sus ojos me miran con tanto amor, es imposible para mí no caer enamorada un poco más de este chico.

—Ciertamente, lo estoy Isabella. Entonces qué dices, ¿quieres casarte conmigo? —pregunta, sin dejar de sonreír.

Me muerdo el labio mientras finjo que pienso mi respuesta. Edward niega, antes de inclinarse para presionar sus labios en mi mejilla, mi mandíbula, mi cuello y finalmente justo debajo de mi oreja. Su aliento es cálido sobre mi piel, sus labios se arrastran suavemente dejando ligeros besos. Él está haciendo la cosa de seducirme de nuevo, a pesar de que totalmente no tiene que trabajar su magia esta vez. En realidad, nunca.

—Nena, todavía estoy esperando mi respuesta —susurra, sus labios ahora en mi oído.

Con mi puño en la parte frontal de su chaqueta, lo jalo aún más cerca para que nuestros cuerpos se estén presionando juntos.

—Sí, Edward. —Exhalo—. Sabes que me casaré contigo.

—Buena respuesta, Bella —susurra, sus labios arrastrándose de nuevo a lo largo de mi mandíbula.

—Es la única respuesta Edward —murmuro de vuelta.

Justo cuando su boca llega a mis labios, siento su sonrisa sobre ellos, lo oigo murmurar:

—Definitivamente voy a conseguir sexo por esto, ¿cierto?

Y estoy sonriendo por sus palabras y a punto de responderle cuando mi boca cubre la suya. Mis dedos agarran aún más la chaqueta de Edward y sus brazos se envuelven alrededor mío ahora, me sostiene contra sí, profundiza el beso, intensa y apasionadamente, tomando todo mi aliento cuando me paro en puntas de pie para besarlo de vuelta.

El beso de Edward me está diciendo lo mucho que me ama, me desea y me necesita y sé que el mío le está diciendo estas mismas cosas a él. No sé cuánto tiempo hemos estado en la nieve cuando mucho después me doy cuenta que hemos encontrado de alguna manera nuestro camino de nuevo a este lugar. El lugar exacto donde Edward me pidió que fuera su novia, por segunda vez, hace catorce años.

Sólo que esta vez me pide que sea su esposa.