.


Guerra


.

LIV

«Just give me a reason, just a little bit's enough

Just a second we're not broken just bent and we can learn to love again

I never stop, you're still written in the scars on my heart

You're not broken just bent and we can learn to love again.»

.


.

20 de Enero de 1980

—Entonces, ¿Dorcas está bien?

Habían conseguido hacerse un momento para intercambiar las últimas noticias. Caradoc había llegado del ministerio para toparse con Hestia y Gideon que recién regresaban de su ronda.

—Eso parece —había respondido la bruja, sirviendo las galletas que había dejado Emmeline, producto de sus sesiones de estrés. —Despertó y responde bien al tratamiento de Mar. Le han quitado los calmantes y parece que todo marcha a la perfección.

Caradoc se echó hacia atrás, suspirando, al oír aquello.

—¿Está completamente fuera de peligro? —inquirió, luego de permitirse ese segundo de alivio.

El pelirrojo torció el gesto.

—Podría decirse que sí.

—¿Eso es una certeza o una suposición? —exigió Caradoc, molestándose. —No me sirve que no estén seguros.

—Nadie está seguro de una mierda ya, Dearborn —espetó Gideon de mal modo. —Acostúmbrate.

—Ya —los atajó Hestia antes de que el otro pudiese replicar. —Tranquilos. No hace falta aumentar la tensión —se dirigió directamente a Caradoc, que había apretado los labios de indignación. —Es todo lo que sabemos, y probablemente es todo lo que Mar sepa. Necesita tiempo para sanar.

—Tiempo es lo que no tenemos.

—Ya lo sabemos —acordó Gideon, intentando disminuir su tono a la defensiva. —Pero es lo que hay.

Caradoc chasqueó la lengua.

—¿Y Alice?

—Sigue encerrada con Frank —informó Hestia de inmediato. —Mar la revisa periódicamente, y empezaron a darle calmantes muy suaves. Parece estar mejor, pero sigue muy afectada.

—¿Cómo tienes tanta información? —se sorprendió Gideon, zampándose dos galletas de un solo bocado para hacer algo con las manos.

—A diferencia de ti, yo sí me relaciono con la gente —respondió en voz baja, rodando los ojos. —Edgar me lo contó. Y también hablé con Mar hace poco.

—¿Sigue quedándose en lo de Black? —masculló el aludido con la boca llena.

—Sí. Fue lo que le recomendamos, Emmeline habló con Sirius. Mar está al límite, no podemos permitirnos que ella también caiga.

—Entonces sigo sin tener un solo Auror decente en el equipo —concluyó Dearborn, cortando el rumbo de la conversación. —Maravilloso.

—Puedes arreglártelas perfectamente en el Ministerio, no veo cuál es tu problema —lo desestimó Gideon encogiéndose de hombros. Caradoc lo fulminó con la mirada.

—La oficina es un caos. Nadie tiene muy claro qué hacer y la directiva de Crouch solo empeoró todo. Ya hubo dos muertos dentro del departamento porque se tomaron muy a pecho lo de las Maldiciones Imperdonables y los mortífagos los hicieron pedazos.

—¿Trataron de echarles una maldición imperdonable? —se alarmó Hestia, abriendo mucho los ojos.

—Son imbéciles —sentenció Caradoc frotándose la cara. Lucía terriblemente cansado. —Solo están logrando provocarlos. Y a ellos no les tiembla el pulso para matar. Nosotros deberíamos ser distintos, pero tal parece que... —cortó su línea de pensamiento para mirar a los otros dos. —No sé cuánto tiempo más aguantará el Ministerio en esta situación. Necesito que regresen.

—Espero que no hables de mí, porque ya sabes que en el entrenamiento...

—Claro que no —lo cortó Hestia, impaciente. —Habla del equipo. De Frank y los demás.

Gideon hizo un ruidito con la garganta, contrariado.

—Pues si que estás jodido —afirmó, palmeándose las rodillas. —Al no podrá regresar en lo que le queda de embarazo, que por lo que sabemos, tiene varios meses más... Y Frank no querrá dejarla sola. Por mucho que Dorcas se recupere, no creo que esté lista para empuñar la varita mañana, y el idiota de Fenwick no volverá a la oficina hasta que ella se encuentre recuperada por completo.

—No sabía que entendías tanto de relaciones humanas —se burló Hestia con amargura.

—¿Digo la verdad o no?

—Sí —suspiró Hestia, a su pesar. —Lamentablemente. Vas a tener que acomodarte como puedas, Caradoc. Es todo lo que tenemos.

—Estos hijos de puta quieren acorralarnos —se impacientó el aludido, contrayendo la cara con rabia.

—Y es lo que están consiguiendo —completó Gideon con mala leche. Hestia quiso pegarle, pero el pelirrojo lo esquivó. La conocía demasiado. —Es la verdad, Hest, y si no lo ves, estás ciega. Se dieron cuenta antes que nosotros de que Dorcas era un pilar fundamental. La quitaron del camino y la Orden se desmorona.

—No si puedo evitarlo.

Gideon se encogió de hombros.

—Solos no vamos a poder.

—No estamos solos —lo contradijo Hestia apretando los dientes. —Sirius y los demás están aquí también.

El pelirrojo enarcó una ceja con fastidio.

—James y Lily están fuera de juego. Black sabe pelear, lo acepto, pero se pone imbécil si está Marlenne en el medio. Y a Remus no le vemos ni el pelo hace siglos. ¿Con quién quedamos, con Peter?

—Estás siendo cruel.

—Está siendo realista —interrumpió Caradoc, antes de que una aireada Hestia pudiese replicar. —Vamos a tener que trazar un nuevo plan.

—Solo necesitamos tiempo para curar —se obcecó la bruja, intentando ocultar la pena.

—No sé si te diste cuenta, pero los mortífagos no se toman vacaciones.

—Eres un idiota, Gideon —le espetó de mala gana, volviéndose hacia Dearborn. —No han vuelto a atacar.

—Eso no es bueno —masculló el aludido, torciendo el gesto.

—No, pero en este momento nos sirve —se desesperó la chica. —Solo esperaremos a que Dorcas sane lo suficiente y volveremos al ruedo.

—Si ellos no nos encuentran primero —acotó Gideon antes de levantarse para dirigirse a la cocina. Hestia suspiró.

—Lo sé.

—Creo que es momento de que le preguntemos a Dorcas qué mierda fue lo que ocurrió —terció Caradoc, dando por zanjada la conversación.

—No creo que sea buena idea —se escandalizó la joven, con los ojos muy abiertos. —Lo que le ocurrió fue espantoso. Ya escucharon a Madame Pomfrey, y a Mar. La torturaron, Caradoc, no es...

—Ya lo teníamos claro, Hestia —cortó enseguida Gideon desde su sitio. Dearborn permaneció impertérrito.

—Tenemos que poder utilizar cualquier información que recuerde.

—Vas a obligarla a recordar algo espantoso.

—Es miembro de la Orden, ¿sabes? —volvió a la carga el pelirrojo. —Y es una de las más fuertes. Creo que podrá.

—Y si tiene información valiosa, es claro que debemos arriesgarnos. No dejen de informarme cualquier cambio —pidió Caradoc antes de imitarlo y ponerse de pie, para marcharse. Hestia se quedó en la sala, hundida en sus esperanzas sin apuntalar.

.


.

16 de Enero de 1980

El silencio era un manto que estaba protegiéndolos de la lluvia que amenazaba con caer sobre sus cabezas, pero James sabía que solo era cuestión de tiempo para que empezaran a mojarse. Lily no le había soltado la mano en todo el camino a casa, pero sabía que detrás de la palidez fantasmal y las capas de pena contraídas, todavía sobrevivía el enojo del día anterior.

Sacudió los hombros al entrar al interior caldeado, y supo que a pesar del cansacio, lo mejor era sacarse todo de encima cuanto antes.

—Lily... —ella lo escuchó, pero siguió quitándose el abrigo con delicadeza. James todavía no se acostumbraba a la figura que despuntaba debajo de la blusa de la pelirroja, empezaba a notársele la redondez apenas y eso le asfixiaba el alma.

—Tenemos que hablar.

Lily al fin encontró su mirada y suspiró.

—¿Tiene que ser ahora? —replicó, reticente. Lucía agotada, pero James sabía que no sería buena idea dejarlo para después.

—Ven —pidió, extendiéndole la mano para que la tomase. Fueron al abrigo del silencio hacia su cuarto, y la pelirroja volvió a suspirar, esta vez de alivio, creyendo que por esa vez, la tormenta había pasado. Cabizbaja, quitó las mantas de la cama y encontró su pijama, dispuesta a dormir hasta olvidar el día de mierda que acababa de vivir.

Pero James tenía otros planes. Se acercó a ella y suavemente, empezó a desnudarla mirándola con tristeza.

—Ya sé que pasamos un día duro —tanteó, mientras Lily se ponía floja para dejarlo hacer. Le quitó la blusa por encima de la cabeza, dándole un beso en el hombro. —Pero creo que aún tenemos qué hablar, si solo lo ingnoramos será peor.

—Ya lo sé, pero...

—No quise enfadarme así contigo —la interrumpió James, sin poder contenerse. Lily lo observó con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

—Lo sé.

—Es decir, sí estaba enfadado, pero no debí gritarte. No sabía lo que estaba ocurriendo —le frotó los brazos para imprimirle calor antes de quitarle el sostén. —Lamento mucho haberte hecho sentir mal.

—No pasa nada —aseguró la pelirroja, levantando los brazos para poder encasquetarse la camiseta con la que dormía. Era de James, un siglo atrás.

—Pero no me arrepiento de haberlo dicho —aseveró él, apenado de tener que sacar a relucir el tema otra vez. Le pasó una mano por el vientre, sin necesidad, pues Lily sabía perfectamente lo que quería decir. —No puedes ponerte en peligro. No... No podría soportarlo. No puedo perderte, entiéndelo. No puedo.

Ella se permitió otro minuto de silencio para sopesar por qué todo dolía tanto. Se inclinó un poco para quitarse los pantalones, como si ese simple gesto le costara su propia eternidad.

—Yo también lo siento —susurró al fin, lista para ir a la cama. —Sé que estabas asustado, no debí actuar de manera tan impulsiva.

Con los ojos caídos, se encargó ella de desvestirlo, quitándole con parsimonia los lentes para dejarlo solo en ropa interior.

James la tomó una vez más de la mano, para guiarla dentro de la cama. Los arropó a ambos, quedando frente a frente entre los almohadones. Listo para la batalla.

—Pero no significa que me arrepienta —confesó al fin Lily, buscándole los dedos para enredarlos contra los suyos. —Soy miembro de la Orden, y eso no va a cambiar. Mi embarazo no tiene nada que ver con mi decisión de pelear.

Él cerró los ojos un momento.

—Tienes que entenderme también a mí, Lily —dijo con cuidado, buscando las palabras correctas. —Llevamos muertos de miedo casi dos años, vale. Podría intentar acostumbrarme a verte en peligro...

—Los dos estamos en peligro —aclaró la joven, circunspecta.

—Pero a mí me importas tu.

—Podría decir lo mismo.

Intercambiaron una mirada elocuente que terminó en tablas.

—Lo que quiero decir es... Que ya no estás sola en esto.

—James, por favor, no me vengas con esos discursos, porque ya sabes que no pueden aplicarse a nuestro caso —suplicó Lily, apretándole la palma contra el pecho.

—Estás embarazada.

—Eso no cambia nada —sentenció, cansada. —Si me necesitan, voy a pelear. Es lo que soy —vio en los ojos de James su propia resolución, que estaba quemándole el alma. Sonrió a pesar de que le dolía hacerlo, y le regaló un ligero beso en los labios. —Es lo que elegimos.

Él suspiró, saboreando la derrota. No pensaba rendirse, de cualquier manera, pero era consciente de que Lily no estaba siendo ridícula en ese caso. Le pasó un brazo por debajo del cuello para poder abrazarla.

—No es lo que quiero para nuestro hijo —dijo bajito, sin avergonzarse del tono entrecortado de su voz.

—Tampoco yo —respondió ella. —Por eso tenemos que ganar esta guerra de mierda y dejar todo atrás.

Anclados en su refugio, se abrazaron por un tiempo infinito robado al mundo.

—Sí. Es lo que haremos —sentenció James de golpe, envalentonado. Lily se acurrucó contra sí, sin necesidad de ocultar que volvía a llorar.

—Ya no quiero más destinos como el de Jane —sollozó, hundiendo la nariz húmeda contra el pecho del joven. —No quiero. Haz que todo se detenga, James, por favor. Si nuestra familia termina como...

—No lo hará —la cortó el aludido, apretándola con fuerza. —Para eso peleamos, Lily. Para que podamos vivir en paz.

—Sí —sentía que la pelirroja estaba intentando convencerse. —Sí. Nuestra familia estará en paz.

—Exacto —consintió él con dulzura. Volvió a frotarle la espalda para relajarle los músculos. Él también se sentía agotado, pero imaginaba que el estrés de Lily estaría matándola. Ella se dejó hacer, quedando laxa en la cama, abandonada a su cariño. —Aún no me acostumbro a que digas eso.

—¿Qué? —preguntó la joven con los ojos cerrados.

Nuestra familia.

—Es lo que somos, ¿verdad? —no le dio tiempo a responder. —Un poco disfuncional.

—Es perfecta.

La primer sonrisa sincera despuntó de los labios de Lily, que asintió con la cabeza.

—Descansa. Luego nos ocupamos de toda la mierda que hay afuera —musitó James, abandonándose al fin al cansancio que le había agarrotado todos los músculos. Ella volvió a asentir, acomodándose entre las sábanas.

Y aunque solo empezaba a asomar la tarde, en El Valle de Godric se preparaban para dormir porque era mejor aguardar, con la esperanza contenida, que el próximo día fuese más benévolo que aquel.

.


.

25 de Enero de 1980

Dorcas no quería admitir que no podía moverse sin ayuda, por lo que llevaba más de tres cuartos de hora en el mismo sillón, cultivando su mal humor.

Benji le había ofrecido una manta para cubrirse las piernas pero ella la había rechazado de plano, dejándola mustia sobre la mesita. Tenía frío, pero no iba a darle el gusto.

La relación entre los dos había sido increíblemente tirante desde el episodio en la ducha. Dorcas se había negado de plano a volver a verlo hasta que había aparecido Marlenne para revisarla, y con ella, Sirius había logrado sacarla de su hermetismo infundado. Lo que más le repateaba era que el rubio no parecía afectado por nada. La trataba como siempre, y mantenía su mueca inexpresiva mientras le pedía que permitiese que Mar le palpara las heridas.

Dorcas se sentía doblemente humillada, por la idiota de la chica que le gustaba jugar a salvar la vida de los demás, pero sobre todo por Benji. Se había quebrado frente a él, había sido tan patética de mostrarle su nuevo rostro, uno roto y remendado sin cuidado, y Benji solo lo había ignorado. No esperaba una conversación profunda, o algún tipo de cambio, solo aguardaba... que algo ocurriese.

Que hiciera añicos la maldita monotonía en la que estaba envuelta, presa de su propia casa. Benji seguía descansando en su habitación, en la silla incómoda que había apostado desde el primer día, y ella se mordía la lengua antes de girarse para dormir, con la súplica atragantada entre sus rencores.

«Ven conmigo.»

Solo habían tenido una discusión, el mismo día en que había sacado a patadas a Marlenne. Estaba estresada, se sentía como la mierda y la cadera volvía a molestarle. Le había pedido un cigarro a Sirius, dándose cuenta de lo mucho que lo necesitaba, pero Benji se había interpuesto entre ambos y con los rasgos congelados había dicho

—No.

Sirius había enarcado ambas cejas, dispuesto a afrontar la pelea, pero Dorcas había observado casi enferma como Marlenne le suplicaba con la mirada que se estuviese quieto. No habían tardado mucho en marcharse, y ella no se había hecho esperar demasiado.

—¡¿Quién demonios te crees que eres, imbécil?! —los gritos habían vuelto a su cadencia habitual, lo que paradójicamente era una buena señal. Benji, que se había sentado a leer El Profeta, solo se había puesto de pie sin responderle. —¡Maldito idiota, no eres mi puto niñero!

—Si tu no accedes a cuidarte... —le había dicho en voz baja, sin inflexión alguna. Los chillidos le habían quedado atorados a Dorcas en la garganta, al ver la intensidad dolorosa con la que la estaba mirando. —A mí no me importa lo que quieras, si no accedes a cuidarte, lo haré yo.

Sus palabras todavía le rondaban en la cabeza mientras observaba con aburrimiento cómo Emmeline iba de aquí a allá en la cocina, junto al rubio. El muy imbécil había terminado por ceder más temprano, cuando Caradoc le había ordenado sin asomo a réplica que hablaría con ella a solas. Al final, había aprovechado el interrogatorio de su jefe para darse una ducha, y en ese momento el olor del jabón estaba inundando la salita y más aún, fomentando su mal humor.

Hasta se había afeitado, como si nada pasara.

Le goteaba el pelo mientras ayudaba solícito a Emmeline, con tanta ligereza que hacía poner enferma a Dorcas. La cadera le flameaba con saña, pero permanecía inmóvil con los ojos fijos en la figura de espaldas de Emmeline rozándole el brazo a Benji cada vez que necesitaba algo.

La charla de Caradoc, más temprano, sonaba cada vez con menos fuerza en su cabeza.

La esperaba, por supuesto. Se habían demorado bastante.

—Me alegra que estés bien —le había ladrado el hombre cuando Benji terminó por rendirse, cerrando con cuidado tras sí. Dorcas lo había mirado con una mezcla de diversión y ternura mal disimulada.

Lejos habían quedado los días en los que no lo soportaba. Era un idiota de primera, y tenía la cabeza más dura que una piedra, pero le había cogido un cariño irredento. Y sabía que era mutuo.

—¿Creías que solo eso podía quitarme del medio? —bromeó sin fuerza, haciéndole una seña para que se acomodara. Caradoc tomó sitio en la silla que había abandonado el rubio.

—Sé que todavía estás recuperándote, pero...

—Estoy perfectamente —saltó ella, de inmediato. —Es tu querida enfermera la que me tiene atada aquí.

—Hazle caso a Marlenne —había mascullado Caradoc en forma de gruñido. —No se lo pongas más difícil.

—Entonces también tu estás de su lado.

—Yo no estoy del lado de nadie —la cortó enseguida el Auror, sin darle tiempo a réplica. —Necesitamos hacerte unas preguntas.

—Ya lo sé —aseguró Dorcas, intentando restarle importancia. —No creo que pueda ser de mucha ayuda.

—Cualquier información que tengas nos va a sacar de esta situación de mierda —contradijo él hincando el codo en su rodilla. La miraba fijamente, sin sonreír. —Habla.

Dorcas paladeó el burbujeo de recuerdos desfigurados que le atormentaba en las noches, buscando una vez más, algo que pudiese ser de utilidad para la Orden. Solo tenía un dato certero, y no podían confirmarlo.

—Vinieron aquí —dijo despacio, procurando que su rostro no delatara las emociones de su mente. —Solo entraron por la puerta, como si estuviesen invitados.

Tragó saliva al delinear el contorno de la varita apuntándola de pronto.

—¿Quienes? —la presionó Caradoc. —¿Los reconociste?

—No se estaban ocultando —sonrió ella, con esfuerzo. —Uno era Doholov.

—Hijo de puta.

—El otro creo que era Rabastan, pero no estoy segura —añadió Dorcas antes de apretar los labios. Los dedos se le clavaban desesperados en la cadera inflamada de agonía.

—Parece que no tiene problema en seguir los pasos de su maldito hermano —masculló el aludido, antes de volver a la carga. —¿Qué más?

—¿Vas a pedirme un detalle de todo lo que me hicieron? —replicó la joven con ironía, ocultando con cuidado lo afectada que estaba por la estúpida conversación. Se sentía ridícula.

—No —Caradoc pareció querer disculparse, pero se arrepintió en el último momento. —¿Sabes a dónde te llevaron?

—Me echaron un Imperio —aseveró, enarcando unas cejas. —No tengo idea.

—Bastardos.

—Te dije que no sería de ayuda.

—Da igual —él resopló y se puso de pie. —Es mejor que nada.

—El Ministerio debe ser un puto caos —tanteó ella, buscando controlar la marea de recuerdos. —Si le dices a Marlenne que me deje en paz, podré volver para ayudarte y...

—Deja de causarle problemas a la gente —zanjó con brusquedad, borrando de golpe la sonrisa efímera que Dorcas había intentado coser a sus labios. —Recupérate.

Ella bufó, sobándose el costado para aliviar el dolor, y no dijo nada. Caradoc ya estaba retirándose cuando escuchó

—Creo que estaba en la Mansión Lestrange.

—¿Sabes dónde? —inquirió el hombre de espaldas.

—Ni puta idea.

—Vamos a encontrarlos y hacerlos pedazos.

Esa vez, la sonrisa no abandonó tan rápido la mueca de Dorcas.

—Ya lo sé.

Sin embargo el breve encuentro la había dejado susceptible y atorada en sentimientos que no tenía intención de dejar salir. Su mal humor no había mejorado al ver que había llegado Emmeline y que junto con Benji se dedicaban a jugar a las ama de casa.

—¿Entonces haces esto con todos o solo con las lisiadas y los idiotas? —graznó cuando ya no aguantó más las llamas rabiosas en la cadera. Tenía las demás extremidades heladas, pero el punto de dolor hervía, enviando ramalazos de sufrimiento para todos sus nervios.

Emmeline volteó, sorprendida y un poco incómoda.

—Pues...

—Dorcas, regresa a la habitación si quieres —cortó enseguida Benji, sin girarse. Le dirigió una mirada significativa a Emmeline que parpadeó y continuó con lo suyo. —No tienes nada qué hacer aquí.

La aludida se mordió la lengua con rabia. Era evidente que no podía moverse sin ayuda, lo hubiese hecho mucho antes de haber tenido la capacidad. Le repateó la actitud de mierda del rubio y todavía más que ninguno se dignase a prestarle atención.

—Lo digo porque es patético —masculló a la carrera, sin detenerse a respirar o a considerar el daño que hacía. Benji detuvo su quehacer de inmediato y no logró atajar a Emmeline que volvió a girarse.

—¿Perdona?

—Está haciéndonos un favor —dijo el rubio, despacio, clavando sus ojos filosos en Dorcas. —Solo sé agradecida y cállate.

Emmeline dejó escapar una sonrisa de soslayo.

—Tranquila, Dorcas. Solo les echo una mano, es obvio que Benji está ocupado contigo y no tiene tiempo de hacer la cena. No me cuesta nada si yo...

—Nadie te lo pidió —interrumpió la joven de mal modo. —No entiendo que les pasa a todos aquí. ¿Alguna vez los invité a mi casa? ¿A que hicieran las cosas por mí?

—Dorcas —previno el rubio, endureciendo las facciones. La sonrisa titubeante de Emmeline cayó a sus pies, llevándose consigo el color de su rostro.

—No necesitamos tu comida de mierda —soltó, altanera, haciendo caso omiso de la advertencia de Benji. —Vete a hacer la buena a otro lado.

Desorbitada, Emmeline sintió el peso de las palabras cayendo sobre el tenso silencio, antes de sentir cómo recobraba toda la sangre de regreso a sus mejillas. Indignada.

Soltó el trapo que tenía sobre la encimera y, sin atreverse a mirar a Benji —no quería que se diese cuenta que se le habían humedecido los ojos de rabia—, se hizo paso de tres zancadas para marcharse sin mediar palabra.

Sus cosas todavía reposaban en el perchero de la entrada.

Dorcas se reclinó sobre el sillón, satisfecha, sin poder dejar de hundir los dedos en el costado. Benji, con una parsimonia sobrehumana, acomodó la cocina de la salida intempestiva de Emmeline antes de plantarse en la sala con la expresión gélida.

—Te pasaste —acusó, en un tono que no admitía réplica. Ella se cruzó de brazos, dejando su cadera desprotegida, para crear la estampa de perfecta niña caprichosa.

—Solo dije la verdad.

Los ojos de Benji llamearon por un segundo antes de que hiciera una mueca para recomponer la calma, trazada en una fina línea creada con sus labios.

—Dorcas, solo estás empeorándolo todo —dijo, cansado. —Emmeline, toda la Orden está intentando cuidarte, y yo también.

Solo consiguió que la frustración de la chica creciese hasta derramarse por fuera de su piel, indignada.

—Yo no te pedí que lo hicieras —señaló, rabiosa. —No se lo pedí a nadie.

—Deja de ser tan infantil —el tono de Benji también empezaba a descontrolarse pero, como siempre, fue Dorcas la que estalló.

—¡No soy infantil! —gesticuló, roja de furia. —Ya demostraste que tenías razón, te felicito. Tendría que haberme mudado de aquí antes, como el gran Fenwick me recomendó hace años —la mirada del rubio la taladraba directo a su rostro, pero estaba tan enfadada y tan adolorida que poco le importó. —Ahora deja de hacerme la vida imposible.

Sintió cómo Benji buceaba en su interior hasta dar con el punto de desesperación. Enarcó una ceja que Dorcas quiso bajar de un manotazo.

—Estás muriéndote de dolor y sigues sin decírselo a Mar —no era una pregunta. Benji lo sabía, como había podido leerla siempre. Y eso solo hizo que la frustración de Dorcas la nublara por completo.

—Ella no tiene por qué saberlo todo de mí —espetó. —Aunque es tarde, ¿verdad? —se carcajeó con ironía, cayendo en la cuenta de que tenía razón. Por más que quisiera, Marlenne ya la había vuelto su juguete de pruebas. Su cadera centelleó y apretó los dientes antes de añadir —Si vuelve a mirarme con esa lástima voy a romperle la cara.

Parecía que Benji estaba haciendo un gran esfuerzo por controlarse.

—No metas a Mar en el medio —articuló despacio, igual de frustrado. —Ella te salvó.

—¡Ella me encerró en esta situación de mierda! —chilló Dorcas fuera de sí. Pateó con la pierna buena la manta que tenía al lado, sin arrepentirse por el dolor que le causaría a su cuerpo. —Quiero salir. Quiero ver a Al.

—Aún no puedes hacerlo —dictaminó Benji, intentando ser coherente. Dejó para después el asunto de Mar, intentando convencer a Dorcas de lo tonto de su arrebato. —Mírate —ella lo odió por observarla de esa manera, de frente. —Apenas puedes caminar.

—Gracias por recordármelo.

A pesar de que la joven intentó ser cortante, Benji no precisó ayuda para pillar al vuelo la ironía y el dolor detrás de sus palabras y procuró relajarse, mantener la cabeza fría.

—Mostrar debilidad no es un pecado, Dorcas. No te hace menos fuerte.

—Cállate —ordenó ella, fuera de sí. —No entiendes nada. No... —hizo un ademán grosero, ofuscada. —Solo cállate. Y vete —amagó a moverse del sillón, pero era evidente que su fuerza todavía no era la necesaria para mover su cuerpo. A su pesar, mantuvo el culo en su sitio y elevó la barbilla, desafiante. —Iré a ver a Al.

Dorcas observó con perfección casi sobrehumana el instante en el que la paciencia de Benji se quebraba, abriendo su propia grieta de frustración.

—Mira, me importa una mierda que quieras seguir siendo una niña testaruda —dijo con calma impostada, las facciones cinceladas de enojo. —No voy a seguir permitiendo que te lastimes. Vas a quedarte aquí, vas a aceptar el tratamiento que Mar crea conveniente y vas a cerrar la boca —los labios de la joven se separaron pero no alcanzaron a hablar. —Estoy harto.

—¡Nunca te pedí que cuidaras de mí! —exclamó con la voz al cuello. Respiraba de manera entrecortada y tuvo que apretar los puños para calmarse. —No te necesito.

—Eso puedo verlo —respondió el rubio con frialdad.

—Vete a la mierda, Benji —escupió, sintiéndose más ridícula que nunca por querer llorar. —No vengas ahora a hacer como que te importa, porque ya sé que todo te da exactamente igual. Déjame en paz de una puta vez y deja de ocuparte de mí como si fuese tu hermana —no le dio rabia enfrentarlo con los labios apretados y los ojos brillando, pues ya todo le daba igual. Solo quería que la dejaran sola de una maldita vez. No quería volver a ver a nadie.

Quería a Alice, y nada más.

—No lo soy, entérate —masculló, quitándose de un manotazo las lágrimas que habían empezado a correrle. —Déjame en paz de una puta vez. No te necesito.

Estaba segura que esa vez se iría. Al fin Benji iba a marcharse e iba a permitirle regodearse en su dolor y en su mierda, lamentándose por ser tan estúpida y ahogándose en ganas de destruir al mundo.

Al mundo que la había dejado así.

Pero no pudo saber si en verdad el rubio iba a marcharse pues, inmóvil, tallado en cera, Benji la observó con intensidad casi obscena hasta que delgados hilos de humo se colaron por debajo de la puerta de entrada, arremolinándose en el medio del campo de batalla.

Era un Patronus. Un ciervo.

Cuando el animal habló, Dorcas supo que había llegado el momento de dejar de lamentarse. Iba a volver a la acción.

.


.

20 de Enero de 1980

El hedor era increíble, un punto perdido en entre colinas galesas, demasiado cerca de Cardiff.

Remus tenía una teoría, que parecía darle la razón frente a sus ojos.

Creía que las secuelas de la transformación tenían que ver con el estado de ánimo del licántropo y, ante todo, con su aceptación. Remus se sentía enfermo cada vez que se acercaba la luna llena, despreciaba su cuerpo y cada instante de la dolorosa mutación que hacía para convertirse en bestia. Cía rendido de sufrimiento una vez que todo concluía, porque se negaba a dejarse envolver por la sensación del lobo sobre su piel.

Otros licántropos no parecían tener la misma idea.

El lugar estaba atestado, aderezado por ríos de cerveza que corrían desde los barriles del fondo. Los gritos de los hombres medio borrachos no parecían afectar la reunión, pues el mismo Greyback no cesaba de llenar hasta arriba su jarro espumeante.

A Remus le generaba un malestar físico estar cerca de aquel hombre, pero su mueca se manteía impertérrita. De oídas, escuchaba las correrías de sus compañeros hacía pocas noches, mientras él aullaba dolorido bajo el cielo de Dover.

—Nos hicimos con tres niños, ¿eh Jason? Greyback nos felicitó. Aunque se nos fue un poco la mano, ¿verdad, Jason? Eran cuatro, pero la niña murió desangrada. Se la devolvimos a sus padres, los muy imbéciles habían salido a buscarnos.

—La arrojamos en la puerta de su casa.

—Luego de hacernos un festín, ¿no, Jason?

Él solo se había esfumado. Peter había estado cuidándolo luego del ataque a Bristol, pero Remus solo había desaparecido de noche, apenas se sintió compuesto para salir. Dumbledore le había pedido discreción, y eso incluía a sus amigos, por supuesto. Sabía que Sirius estaba enfadado con él, y se había sentido mal por haber dejado tirado a Peter, pero era su deber. Si no daba la cara regularmente en Gales, Greyback o los demás podrían sospechar.

—¿Y tú qué has hecho, eh? —le había ladrado el amigo de Jason, con su tétrica sonrisa abierta hacia él.

Esos eran los que no sufrían con la transformación, Remus estaba seguro. Licántropos que asumían su identidad sin problemas de conciencia y se dejaban llevar por su verdadera naturaleza. Él no quería ceder, no quería aceptarse.

Era una bestia, lo sabía, pero quería guardarse para sí su condición. Fingir que era normal, humano, y que no era un peligro.

—Estuve en Inglaterra —respondió con acritud. En el fondo, era la verdad.

—Qué señorito tan limpio, ¿verdad, Jason? —se había carcajeado el tipo, palmeándole la espalda. —Aquí solo nos quedamos en el perímetro, ¿no?

—No es cierto —le había respondido otro, con los codos hincados sobre sus rodillas. —Aquí Rob estuvo en Escocia, ¿no? Dicen que las mujeres allí son maravillosas.

—Me cargué a dos —había respondido Rob, con un cigarro en los labios. —La vieja Edimburgo aún tiene lo que necesito.

El solo nombre de la ciudad había puesto increíblemente tenso a Remus, que fingió tomando un sorbo de su cerveza, sin hacer contacto visual con nadie.

—Rob las prefiere jovencitas, ¿verdad Jason? Es el experto.

El aludido había sonreído, provocando naúseas a su compañero.

—Me ponene las pelirrojitas.

Remus aferraba con tanta fuerza su jarro que estaba seguro que se partiría. Se negó a ahondar en recuerdos, en la sensación de la piel de Mary, tan suave, tan virgen, siendo arrancada por los dientes filosos de Rob, ebrio de éxtasis. Los demás siguieron riendo y comentando, sin darle importancia al nuevo, tan ingés y remilgado. Remus empezaba a marearse del aliento contenido, todavía estaba débil para bucear entre memorias prohibidas.

La piel de Mary.

Su sonrisa entregada.

Empujó su jarro para obtener más cerveza, empinándosela de un solo trago que resbaló hacia su pechera.

Mary ya no estaba en Escocia. Se había esfumado por completo, volátil, luego de que él lo arruinase todo. No tenía noticias de ella desde hacía más de un año y esperaba que, donde estuviese, se encontrara mejor que a su lado.

Su malestar solo empeoró, mezclando la añoranza y el resentimiento con la culpa por seguir ocultándose de sus amigos.

Su vida era una mierda.

Greyback golpeó la mesa para llamar la atención de los presentes, que fueron aquietando sus murmurllos despacio.

—Bueno, bueno —empezó, perezoso. —Parece ser que tenemos una oferta muy tentadora.

—Te lo dije, ¿no, Jason? ¡Dilo, Fenrir!

El aludido hizo un gesto hosco antes de explicar.

—Bellatrix Lestrange nos trajo una propuesta —comentó, fingiendo desinterés. —Al parecer, sus mortífagos son tan inútiles que no lograron hacerlo por su cuenta.

—No queremos entrar en la guerra de los magos —interrumpió Rob desde su sitio, con la mirada endurecida.

—Solo si la oferta es buena —aclaró su amigo, buscando confirmación de Greyback.

—Exacto. Ya saben que su Lord nos ofreció las víctimas que querramos, si logra destruir al Ministerio.

—En el Ministerio no hay nada que valga la pena. Están vencidos, solo que no se enteraron.

—Dumbledore todavía los sostiene, no seas ridículo.

—Dumbledore está atrincherado en Hogwarts —intervino el amigo de Jason. —No puede hacer nada desde ahí.

—¿Y los Aurores?

—Pan comido.

—La gente de Dumbledore consiguió controlar a los gigantes —volvió a intervenir Rob, sereno. —¿Qué les hace pensar que no volverán a actuar si empezamos a movernos?

Remus escuchaba con atención, en silencio. Sus dedos estaban clavados con rabia debajo de la mesa, haciéndose daño en la rodilla. Solo su corazón latía al compás de sus pensamientos.

Greyback acalló la discusión proporcionando la información que tenía.

—Lestrange quiere que consigamos a su hermana. Hace un tiempo siguieron una pista que terminó en la nada. Quiere que la encontremos y se la llevemos.

—¿Todo por una traidora?

—Me aseguró que considerará que, si la conseguimos, los licántropos estarán de su lado y su Lord nos favorecerá.

—Hay que hacerlo —dijo una voz al fondo. —El Innombrable está por ganar. Es cuestión de tiempo hasta que el Ministerio caiga.

—¿Y Dumbledore?

—¿Dumbledore qué?

—Dicen que el Innombrable le tiene miedo.

—No va a tenerle miedo si controla todo el puto país, ¿verdad, Jason?

—La cuestión es —interrumpió una vez más Greyback, elevando la voz por encima de la discusión. —Si iremos a cazar a la hermanita de Lestrange o no.

—Eso nos va a enemistar definitivamente con el viejo.

—¿Y qué importa? Dumbledore está acabado. Los mortífagos controlan el país.

—Tampoco nos quería antes, él apoyó las leyes de mierda contra los licántropos y semihumanos.

—¿Podremos cargarnos a la escoria de Crouch si nos aliamos a los mortífagos?

Greyback esbozó una sonrisa que podría haber aterrorizado al infierno. El latido de Remus detuvo su marcha, por un momento, disfrutando del último segundo antes de arrancar desacompasado, muerto de rabia.

—Sí.

—Hay que hacerlo.

—Encontrar a esa ratita será pan comido, Fenrir. ¿Cómo se llama?

—Andrómeda —Remus estaba acabado. —Va con un sangre sucia y una niña. Creen que los está escondiendo Dumbledore.

—Los encontraremos en menos de una semana.

—Eso es lo que quería oír.

—¿Estás de acuerdo, señorito? —lo picó el amigo de Jason, sardónico, mientras los demás seguían ultimando detalles. Remus parpadeó, y compuso su papel.

—Claro. Es la mejor opción para nosotros.

—Sí... —el tipo titubeó, rascándose la barbilla. —Para nosotros.

Las rodillas de Remus sangraban por las muescas que les habían dejado las uñas clavadas con rabia. Volvió a beber sin respirar, sabiendo que tendría muchos, muchos problemas a partir de entonces.

Y que no tenía ni la más puta idea de cómo salir de ellos.

.


.

24 de Enero de 1980

Había conseguido que Al durmiese varias horas de corrido, con mucha paciencia y esmero. Frank cerraba las cortinas, bajaba todas las persianas y dejaba encendida la luz del corredor antes de meterse a la cama con ella, bien arropada.

Había respirado tranquilo la primera vez que habían pasado una noche serena, sin sobresaltos. Sabía que no debía engañarse, pero esos pequeños gestos le daban una esperanza que no tenía el tino de mitigar. Estaba desesperado, y necesitaba aferrarse a lo que fuese, incluso a tonterías como esa.

Alice no hablaba mucho, pero sonreía, y eso le entibiaba el corazón , derritiendo la escarcha que se había construído a su alrededor.

Pasaba mucho rato sentada, sujetándose el vientre. Frank había creído que podía ser buena idea que intentase buscar charla con su madre, y Augusta solía pasar un rato todas las tardes para hablar de bebés y embarazos. Frank se lo agradecía en silencio, decidido a hacer lo que fuese con tal de mantenerla sana y a salvo.

—Es una buena chica —le había dicho su madre al salir, el día anterior. —No te agobies, hijo. No son buenos tiempos para nadie. Está muerta de miedo. Habla con ella, demúestrale que no está sola.

—Claro que no está sola —había replicado él, dolido.

—Haz que lo sepa. Que lo sienta.

Frank empezaba a sentir los efectos del encierro, pero no se atrevía a salir y dejar sola a Al. Tampoco le parecía prudente que lo acompañase, pues requeriría un operativo de seguridad que terminaría estresándola todavía más. Extrañaba a Benji y deseaba ver la mejoría de Dorcas, pero se contentaba con las lechuzas parcas que le enviaba su amigo, asegurándose de no dejar en envidencia ninguna información trascendental.

Eran presos de la guerra, Frank lo sabía bien.

Alice solo había pasado una mala noche, luego de una visita particularmente larga de Augusta. No había querido demostrárselo a Frank, pero él la había escuchado llorar bajito, de espaldas.

—Al... —abrazarla por el vientre la calmaba, y al joven se le atoraba el aliento al sentir esa redondez perfecta. —Tranquila, estoy aquí.

Ella se había girado para abrazarlo, llorando sin remilgos.

—Lo-lo siento —había tartamudeado, contra su pecho.

—No lo sientas. Dime qué ocurre.

—Es que... —se apretó más contra sí, y dejó que el calor de Frank la llenase y borrase su dolor. —Extraño a mi madre.

Eso había pillado por sorpresa al muchacho, que la abrazó hasta que quedó laxa, dormitando a su lado. Una rabia que creía haber olvidado le brotó del centro del estómago, recordando a esa maldita mujer que había dejado a Al tirada para salvar el culo en Estados Unidos. La mañana siguiente había mandando varias lechuzas, sabiendo que era en vano. La madre de Alice no había respondido ni una de las cartas de su hija durante los primeros meses de su ausencia, y luego Al simplemente había dejado de intentarlo. Frank le pidió información a Caradoc, intentando dar con la mujer que no merecía el dolor de Al, incluso intentando dar con la prima que sabía que le había ayudado a instalarse.

Pero podía entenderla, en cierta medida. Era esa sensación de añoranza que también lo asaltaba en los días buenos, cuando deseaba que su padre estuviese vivo para poder contarle de Al, y del niño que venía en camino. Alice no tenía ya a nadie de su familia, y atravesaba sola y deprimida uno de los momentos más importantes de su vida.

La guerra no parecía detenerse siquiera por eso.

Eso lo había dejado alicaído, cansado de luchar contra lo imposible. Alice se había recuperado de su recaída con asombrosa rapidez, y aquel día hablaba más y preguntaba.

Quería ver a Dorcas.

—Solo será un momento —suplicaba, más compuesta de lo que había estado en semanas. —La extraño muchísimo, lo sabes. Y también tu. Este encierro nos va a volver locos.

Resignado, se había acercado a ella para rodearla con los brazos.

—Lo sé —confesó en voz baja. —¿Crees que es buena idea?

—Sí —la determinación flameó en los ojos de Alice, increíblemente vivos. Frank seguía preguntándose si solo veía lo que deseaba, pero la joven le había demostrado lo fuerte que podía ser.

Lo mucho que deseaba luchar contra sus fantasmas. —¿Por favor?

—Sabes que no puedo negarte nada así.

—Me portaré bien —aseguró enseguida, con una tenue sonrisa. —Le diremos a Mar, ¿vale? Si ella está de acuerdo.

—Confías mucho en Marlenne, ¿verdad?

—Estamos confiándole nuestro hijo —afirmó, compuesta. —Claro que lo hago. Ben siempre dijo que era una excelente chica.

—Lo es. Estaré agradecido con ella por siempre.

—También yo.

Se sentaron en el sillón de la sala vacía, las cortinas todavía estaban cerradas. Le daban a Al una paz increíble.

—¿Cómo crees que sea? —soltó de pronto la joven, pasándose distraída las yemas por la curva de su vientre.

—¿Qué cosa?

Alice sonrió, con los ojos y con la boca.

—Nuestro hijo.

Frank quiso echarse a llorar. Alice sonreía, hablaba de su niño y estaba a salvo.

Si estaba con él, podía enfrentarse a lo que fuese.

Se aclaró la garganta para no ponerse en evidencia antes de contestar.

—Bueno, espero que se parezca a ti —dijo, sin avergonzarse. Ella parpadeó, viejas vergüenzas que Frank creyó que no volvería a ver.

—¿Será una niña?

—No lo sé. Podría... —se lo pensó un momento. —Podemos preguntarle a Mar cuándo lo sabremos, si quieres.

—No lo sé. Tal vez prefiero esperar hasta el final.

—Será maravilloso, ya verás.

Alice buscó su mirada para pronunciar su sonrisa, con una pizca de tristeza.

—Estoy asustada —confesó en voz baja. —No sé ser madre, Frank. Tu lo sabes. Mi madre no tenía idea, y yo tampoco.

—No es...

—Sí lo es —lo interrumpió ella, con un ademán. —No tienes que negarlo, ya lo sabemos —cortó el contacto para enredar los dedos contra los del joven, sobre su rodilla. —No quiero ser lo que mi madre fue para mí.

—No lo serás, Al. Eres una mujer increíble y vas a aprender. Nadie nace sabiendo cómo.

—¿Ni siquiera tu?

Frank ladeó la cabeza para buscar sus ojos tristes.

—Ni siquiera yo.

Al se inclinó para besarlo en los labios, provocando que el corazón del muchacho se lanzase una carrera al fin del mundo. Desde todo aquello, era la primera vez que tomaba la iniciativa para besarlo. La palma de Alice acarició despacio su mejilla.

—Frank, vamos a casarmos —pidió en un hilo de voz, antes de cerrar los ojos para volver a rozar su labios.

—Sí —consintió él de inmediato, tomándole el rostro con ambas manos. —Cuando tu quieras.

—Vamos a ver a Dor. Vamos a pedirle que sea la madrina, y a Ben. Si ellos aceptan, no hace falta nada más. No me interesa celebrarlo, ni nada de eso —las comisuras de Alice se habían relajado, y lucía más seria que nunca. Hablaba con el corazón en su puño, ofreciéndoselo a Frank junto a los trozos remendados de su ser. —Solo quiero casarme contigo. Y que nada nos separe.

—Lo haremos —repitió Frank conmovido. —Todo saldrá bien, Al.

—Sí —se inclinó una vez más para robarle un beso. —Quédate conmigo.

—Era lo que pensaba hacer.

Frank se inclinó para besarla con ganas, con todo el anhelo reunido en esas cuatro semanas de delirio y desesperación bullendo por encima de sus poros. Aguardó, temeroso, la respuesta de Alice, pues no estaba seguro si era lo correcto. Pero la chica enroscó los brazos sobre su nuca y aceptó igual de deseosa el contacto, exigiéndole más.

Más cariño, más amor, más. Solo Frank podía ayudarla a disipar las tinieblas que la habían envuelto, alejar de una maldita vez el perfil amenazante que seguía vislumbrando a pesar de tener las ventanas cerradas, borrar al fin el miedo y el dolor.

Se dejó acariciar con premura, deslizando la espalda hasta recostarse en el sillón. La volvió loca de amor sentir que Frank ponía cuidado en no aplastarla, dejándole espacio a su vientre. La besaba con reverencia, con temor a quebrarla. Al pronunció el beso, sintiéndose viva como no lo había hecho en demasiado tiempo. Coló las manos por debajo de la camisa, paladeando la espalda enorme de Frank que parecía querer protegerla a toda costa. Él jadeó en sus brazos, recordando lo mucho que necesitaba aquello.

Frank era la que la había salvado del vacío, y volvía a hacerlo esa vez. Seguía tendiéndole la mano a pesar de estar bañada en mierda, y era el único que podía acompañarla para deshacerse de todo y volver a empezar.

Él.

Y la esperanza que habían creado juntos.

.


.

25 de Enero de 1980

Para Mar, dormir con Sirius era un acto más íntimo incluso que el sexo. Era con la única persona que había conseguido descansar tranquila, además de con Marilyn, y eso no dejaba de asombrarla.

Era curioso, porque Sirius era demasiado hiperactivo para dormir por varias horas, pero aún así, no había quién le ganase en insomnio. Solía pasar largo rato tumbada en la cama, aovillada o frente al joven, pensando en todo y nada mientras Sirius recuperaba energía.

Esa vez, sin embargo, no podía culparlo.

Habían tenido unos días agitadísimos, demasiado estresantes. Mar no había podido pegar un ojo hasta haber visto a Lily a salvo y revisar su embarazo para cerciorarse de que todo estuviese bien. Se le había apretado un poco el corazón cuando, al llegar al Valle, Sirius no había siquiera saludado y había envuelto a la pelirroja en un abrazo que no necesitaba palabras para expresarse.

—Estoy bien, Sirius —le había susurrado Lily al oído, rodeándolo con fuerza con sus brazos.

—Ya lo sé —había respondido el aludido antes de separarse. Luego, él y James les habían dado su espacio mientras se marchaban a la cocina envuelta en una nube de tabaco.

Mar había intentado, con dulzura infinita que no sabía que poseía, explicarle a Lily los riesgos de las emociones fuertes en su estado.

—No te estoy pidiendo que te quedes en casa sin hacer nada —había pronunciado con cuidado, mirándola a los ojos. Su amiga sonreía con tristeza. —Solo que te cuides. Los mortífagos todavía no lo saben, y eso juega a nuestro favor.

—Nadie podía preveer lo de Jane —le había replicado la pelirroja, sincera. —No fui yo la que quiso quedar en medio de esa situación.

—Lo sé. Intento cuidarte, Lily, pero necesito un poco de cooperación.

—Voy a hacer lo que crea correcto.

En su ronda como sanadora, también se había encontrado con que Alice mejoraba de manera notable. La joven era mucho más corpulenta que Lily, y el embarazo ya se le notaba a simple vista, aunque Mar creía que necesitaba una mejor alimentación. Frank también lucía más animado, como si la breve chispa de vitalidad de su mujer también le hubiese salpicado de alivio.

Los calmantes estaban funcionando y la vieja Alice revivía despacio. A Mar no le había pasado desapercibido que la muchacha se aferraba todo el tiempo a su vientre redondeado y que se ponía nerviosa al perder de vista a Frank. Sin embargo, su embarazo avanzaba sin riesgos, en su opinión, y le había aliviado saber que Al respondía bien.

Sabía por experiencia propia que levantarse de un hundimiento tan grande como el que había experimentado la joven no era algo que se pudiese hacer de la noche a la mañana.

Ni sola.

Sirius se revolvió inquieto a su lado, cortando el hilo de sus pensamientos. Mar se acomodó entre las sábanas, con la mejilla aplastada contra la palma, mirando sin ver al chico mientras su mente volvía a salir del pequeño refugio en el que se había convertido Londres.

Su principal preocupación en aquel momento no era ni Lily ni Alice. Paradójicamente, quién más le atormentaba era Dorcas.

Siempre se sentía en falta con ella. No tenía la voluntad suficiente para imponerse como con las otras dos, y era consciente que Dorcas la detestaba. No le importaba mientras pudiese recuperarse, era perfectamente consciente que sin ella, la Orden continuaba a la deriva. Aún así, Dorcas no parecía querer contribuir a su recuperación, sacando a relucir su veta más caprichosa y resentida. Mar suponía que en verdad lo que la estaba volviendo tan difícil era el dolor que sospechaba provenía de alguna de sus heridas en proceso de curación. No le había permitido revisarle la cadera desde hacía días, y sin calmantes, podía afirmar sin asomo a dudas que sus huesos habían terminado de soldarse de manera incorrecta y eso era lo que la fastidiaba y le impedía caminar.

Iba a tener que ejercitar la pierna mala si quería recuperar movilidad, y era algo que no creía que Dorcas fuese a aceptar. No con ella.

Pero Mar necesitaba sanarla. Se lo debía a Benji, a toda la Orden. Hasta al mismo Sirius.

Había pensado hablar con Benji, para cortar de raíz el problema, pero el rubio estaba tan presionado como todos los demás. La inmovilidad de la situación empezaba a desesperarle y la destartalada habitación de Sirius empezaba a asfixiarle, pensando en todo lo que tendría que resolver sin tener idea cómo.

Él se volvió a revolver, quedando frente a ella, con el rostro contraído. Mar se atajó la caricia que le cosquilleaba en los dedos para dejarlo dormir un poco más. Hacía varios días que el joven no podía pegar un ojo, por lo que esperaba que el descanso le hiciera bien.

Su mejor carta seguía siendo Alice. Frank, Benji y ella se habían puesto de acuerdo con que era riesgoso que Al viese a Dorcas en su estado, cuando aún no recuperaba la conciencia y luego, estando tan débil. No quería estresar más el cuerpo ni la mente de la joven, porque todo el daño que absorbía lo transmitía a su hijo.

Sin embargo, Mar empezaba a pensar exactamente lo contrario. Tal vez, lo que les faltaba a ambas era eso: volver a encontrarse, para tener la prueba real de que seguían vivas.

Que seguían luchando.

—N-no... n...¡No!

El grito la arrancó bruscamente de sus pensamientos, parpadeando asustada en dirección a Sirius, que se había aferrado con el puño cerrado al edredón.

—¡No!

Tiró con tanta fuerza que abrió las costuras, impulsándose hacia adelante hasta sentarse.

Despertó de pronto, agitado, con los ojos desorbitados.

—Estoy aquí.

Mar habló bajito, sin tocarlo. Era lo que esperaba que él hiciese con ella, por lo que aguardó a que los restos de pesadilla se desenredaran de la visión de Sirius para que pudiese enfocarla. Él tragó espeso, recobrando la compostura al verla tendida a su lado. Su expresión cambió de inmediato, de la rabia a la comprensión. Permitió que su rostro se relajara, recordando los bordes nítidos de la chica que lo observaba con atención.

Se llevó el puño a los ojos para frotárselos antes de aclararse la garganta.

—Ya lo arreglo —masculló con voz ronca, girándose para tomar la varita y reparar el desastre de la cama.

Mar permaneció inmóvil, dejándolo hacer y viendo cómo despacio empezaba a relajar los músculos.

No era la primera vez que sucedía. Estaba segura que Sirius soñaba con Regulus, y también lo conocía suficiente para saber que no quería hablar de ello. Mar procuraba no presionarlo, a la par que se calmaba y volvía en sí.

Suspiró cuando volvió a acomodarse entre las mantas, completamente despierto.

No quería acostumbrarse a esa rutina robada al tiempo, pero era difícil cuando Sirius la observaba así.

—¿Cuánto llevas despierta? —inquirió el muchacho luego de un breve silencio, haciendo como si nada hubiese pasado.

—Algunas horas.

El mal trago desapareció cuando Sirius esbozó una sonrisa burlona.

—Entonces los inferi no duermen —la pinchó, enarcando las cejas. —¿O es que mis sofisticadas instalaciones no son suficientes para ti?

A Mar todavía le sorprendía la capacidad de Sirius de paladear sus ganas de joder, aún cuando hacía diez minutos estaba sudando miedo contra las sábanas.

—Eres un idiota —resopló ella, desviando la mirada. —¿Quieres que regrese a Manchester?

—Nunca dije eso.

—Entonces cierra la boca.

—O puedes llenármela tu.

La joven masculló algo incomprensible antes de que los brazos de Sirius la atraparan para acercarla a su cuerpo, haciendo caso omiso de la resistencia de Mar. Ella disfrutó su venganza ridícula girando el rostro para que los labios de Sirius cayeran sobre su mejilla en vez de en los labios.

—Y sigues siendo jodidamente escurridiza.

La aludida lo interpretó como un regreso a la normalidad, por lo que lo empujó hacia atrás y masculló

—Deja de hacer el tonto y levántate entonces. Tengo que ir a ver a Dorcas.

Sirius se dejó caer con ímpetu contra las almohadas, resoplando.

—A Dorcas le importa una mierda todo —dijo, con la voz ahogada. —¿No podemos quedarnos aquí al menos una vez?

Ella ya había bajado los pies descalzos de la cama, rebuscando para dar con algo de ropa derramada en el piso.

—Sabes que es mi trabajo —respondió, sincera. —Creí que querías que se pusiera bien —añadió, agradecida de estar de espaldas. Sintió el movimiento del cuerpo del joven sobre el colchón.

—Ella ya está bien —aclaró, restándole importancia. —Solo quiere que le presten atención.

—Es lo que estoy haciendo.

—No tu, precisamente.

Se pasó la camiseta por encima de la cabeza antes de volverse hacia Sirius, que sonreía con intención.

—Tal vez podrías hablar con ella —soltó, sin pensárselo dos veces. —Para que recapacite.

—Mar, Dor solo responde a sí misma —explicó Sirius encogiéndose de hombros. —Si ella quiere quedar así, pues así será.

—Tiene dolor —farfulló la aludida, empezando a desesperarse. —Y no me deja tratarla. Si al menos...

—Hiciste todo lo que pudiste —la interrumpió él, pintándose de seriedad. —Ya te lo dije con todo el asunto de Jane, pero parece que además de sueño, a los inferi les falta cerebro: no puedes salvarlos a todos.

—No es gracioso —lo amonestó Mar débilmente, mirándose las palmas en el regazo.

—Ya lo sé —contestó con ironía. —Pero es la verdad.

Esa vez, permitió que los labios de Sirius recorrieran su cuello despacio, mientras su mano caliente serpenteaba por debajo de la camiseta que acababa de ponerse. Suspiró, resignada, antes de que sus dedos trémulos diesen con su cuello.

—No deberíamos acostumbrarnos a esto —susurró, sin la capacidad de ocultar su amargura.

—¿Por qué? —oyó a Sirius muy cerca de su oreja, dejando un rastro húmedo con su aliento.

—No voy a quedarme aquí mucho más, Sirius.

—¿Lo dices por Remus? —el joven se apartó un poco para mirarla, regalándole líneas de enfado sobre su frente. —Él ya no anda nunca por aquí.

—No es solo por eso.

Era cierto, Remus se había esfumado de Dover apenas se había recuperado, y no había vuelto al apartamento. Sirius estaba muy molesto, pero no podían negar que había sido una ventaja pues él y los demás miembros de la Orden habían confabulado para hacerle entender a Mar que lo mejor era que permaneciera en Londres, al menos hasta que las aguas se aquietaran. Desde el piso de Sirius tenía mejor acceso a Dorcas, que vivía muy cerca, y también podía aparecerse donde Lily y Alice.

No había podido negarse, por mucho que le hubiese gustado. Manchester sin Marilyn languidecía de pena y su casa vacía solo la deprimía más.

Al final, había dado el brazo a torcer demasiado rápido, avergonzada de tener noches tranquilas cerca de Sirius.

O casi.

—Cuando Marilyn regrese veremos —la desestimó él, de mala gana. —Deja de hacerte problema por todo.

—No es así —se obcecó Mar, preguntándose por qué se esforzaba tanto en arruinarlo todo. —Sabes que el trato era que...

—Me importa una mierda —la cortó Sirius, chasqueando la lengua. Se irguió para observarla con intensidad, ya sin asomo de burla. —Mira, estoy cediendo porque entiendo que extrañas a tu hermana. Pero sí sabes que cuando toda esta mierda termine, cuando ganemos y esa escoria desaparezca, vendrás a vivir aquí, ¿cierto? —Mar entreabrió los labios para protestar, pero él no se lo permitió. —Ya sé. Traeremos a Marilyn, traeremos a quién mierda quieras. Si quieres, viviremos con los doscientos hijos que le hará James a Lily, me da igual. Pero no volverás a poner un pie en esa casa del infierno.

Su corazón se saltó un latido al escuchar las palabras de Sirius, certeras como dagas. Quiso negarse, a sabiendas que no tenía sentido, pues era consciente de que él iba a conseguirlo.

Y era lo que ella deseaba, por mucho que quisiera ocultarlo.

Sin embargo, no pudo dar con la respuesta que tenía atorada en la garganta.

—¡Sirius!

El ambiente cambió en una milésima de segundo, al oír el grito desgarrado que provenía de la entrada.

—¡SIRIUS!

Saltaron de la cama, enredados en mantas, buscando a ciegas las varitas antes de correr hacia la puerta. Sirius empujó sin miramientos a Mar hacia atrás, para ocultarla antes de abrir de un tirón, con la maldición sujeta a la lengua.

—¿Qué...?

—Por favor, Sirius...

Era Andrómeda. Había caído de rodillas, en el límite donde comenzaban los hechizos protectores del lugar. A pesar de que sostenía la varita, le temblaba tanto que no había podido sortearlos. Del otro brazo sujetaba a la niña anclada en su cadera, que sollozaba bajito. La mujer tenía el rostro desencajado. Húmedo.

—Sirius, por favor, ayúdanos —tartamudeó, presa de la desesperación. —Lo tienen.

—¿Qué...? —repitió el aludido, descolocado. —¿Qué ocurrió? ¿A quién tienen?

—Nos encontraron. Se llevaron a Ted.

Mar tragó en seco al atisbar la estampa de miedo, antes de encontrar el rostro decidido de Sirius.

Y lo supo.

No iba a volver a fallarle a quienes todavía consideraba familia.

.


.

¡Hola a todos otra vez! ¿Cómo están? Estoy segura que no les di tiempo siquiera a extrañarme.

Antes de comentar el capítulo, me gustaría contarles primero que estoy en una especie de campaña conmigo misma de actualización semanal, es por eso que siguen viéndome tan seguido. Ya les había comentado antes que estoy aprovechando al máximo el tiempo que tengo —sí, el trabajo me está dejando hacerlo— para adelantar todo lo que pueda la historia. Lo cierto es que en dos meses —¡dos meses!— estoy yéndome de viaje y quisiera, si bien no terminarlo, al menos alcanzar los tres cuartos del fic, porque sinceramente no sé qué me va a deparar la vida después de Octubre. Así que perdón si los estoy agobiando un poco, sé que no es fácil seguirme el ritmo, pero esa es mi razón por este bombardeo de sinsentidos.

La cuestión es que nombré los jueves como día de actualización, así que tendremos de aquí al menos por un mes y algo, capítulo fresco de Guerra para disfrutar ese día. Aviso para que no haya indigestiones.

Ahora sí, con respecto a lo que vimos hoy, sé que no es gran cosa. Esta línea tiene bastante qué decir, pero no quería golpearlos ya con todo el drama —obvio que será drama— así que hice una ligera introducción al próximo desarrollo que, como ven, va a tener foco en Andrómeda. Si todavía no pudieron, les recomiendo mucho que se pasen por «No vales más que yo», que es la pequeña historia que tengo sobre ella y que podrá darles más contexto sobre ella y su familia. De cualquier manera ya sabemos que en Guerra se la ha mencionado varias veces —de hecho, tengo prevista su primer aparición en una línea anterior a esta, pero aún no alcanzamos ese punto— pero al fin la vemos en carne y hueso.

Por otro lado, también llevaba algo abandonado a Remus luego de 1979, así que también recobrará algo de protagonismo durante esta línea. Siempre lo digo, pero me disculpo si no todos los personajes mantienen el mismo desarrollo, imaginen que no es sencillo alternarlos para que todos tengan parte de protagonismo.

Por último, aunque en esta ocasión no vimos demasiado, esta parte de 1980 tiene como protagonistas indiscutidos, además de a los Tonks, a Benji y a Dor, así que habrá mucho más de ellos la próxima vez que retomemos esto —sí, tengo que contarles cómo mierda llegan al nacimiento de Harry y Neville reconciliados de esa manera—.

Les recomiendo, cambiando de tema, que cuando tengan un momento se pasen por «Ecos de Guerra», que la semana pasada subí una pequeña viñeta; aquella que había dejado entre las opciones a decidir por los trescientos reviews. Trata sobre Sirius y Remus, en una fecha muy especial. ¡Ojalá les agrade!

Bueno, creo que ya parloteé demasiado. Si pueden hacerse un momento para contarme qué les pareció, ¡estoy disponible dónde sea! Review, PM, en Twitter como CeciTonks, o en Facebook dentro del grupo Jily Squad.

Espero no arruinarles mucho los jueves a partir de ahora.

¡Los quiero un montón!

Y si llegaste hasta aquí, un océano infinito de gratitud.

Ceci Tonks.