SEGUNDA PARTE
DENTRO DE LOS CALABOZOS
Capítulo IV - Durante la sentencia
3
Marle no lloraba más, pero tampoco comía o hacía el intento por dormir. Ni siquiera intentaba ponerse cómoda en su suave cama como almohadas blandas de plumas de cisne. Sus finos vestidos colgaban elegantemente sobre sus perchas en sus amplios armarios, así el maquillaje perfectamente alzado en sus estuches frente al amplio tocador del enorme espejo. Lo único fuera de lugar en la elegante y ostentosa habitación con cortinas de seda y encaje, era la muchacha a medio vestir, pálida como un cadáver, con los ojos rojos de tanto llorar hasta casi secarse, y el rostro vuelto en una expresión seria y sombría frente a la amplia ventana cerrada con un candado. El cabello rubio y despeinado le caía sobre los hombros desnudos. La pequeña blusa estaba sucia y rota por la espalda, los pantaloncillos aunque limpios y suaves como la seda, no la protegían del frío que solía hacer normalmente por las noches en la última habitación de la torre este. Una bandeja con tres platos de distinto tamaño, pero llenos de exquisitas delicias comenzaba a llamar a las moscas, pero el suave olor desagradable, lo sentía tanto como el frío bajo sus pies descalzos.
Tocaron a la puerta, pero no abrió. Como las anteriores veces, se limitó a continuar contemplando tras la ventana la torre correspondiente a los calabozos, tan cercana a al dormitorio de su padre, por encima del cuartel de los caballeros de la mesa cuadrada. No tenía idea del lugar preciso donde Crono pudo ser colocado, pero en su mente crecía la obsesión de averiguarlo a la menor oportunidad de poder salir de ahí. Nada más importaba que saber de él, cómo se encontraba, qué pensaba, no existía nada más importante, ni siquiera su aseo personal, dormir o alimentare.
La mucama que esperaba respuesta se rindió. Con sus llaves entró y contempló la silueta de la princesa con miedo. Al menos continuaba dentro y se evitaría problemas de dar la alarma de su desaparición nuevamente. Era una mujer ya entrada en años, había cuidado de la princesa tan bien como lo había podido hacer durante sus primeros años de vida la reina Aliza, también se había encargado en parte del cuidado de la misma reina antes de su muerte. Le dolía verla así, como una persona que en cualquier momento su cuerpo caería hacia atrás sin apenas darle importancia, mientras continuaría vigilante por la eternidad, apenas consciente que ha muerto. El pensamiento mismo le produjo un escalofrío, así que lo desechó de inmediato.
—Princesa Nadia, no ha tocado su comida. ¿Quiere que le traigan alguna otra cosa? ¿Qué le gustaría cenar?
No hubo respuesta. La princesa era consciente de su presencia a pesar de demostrar lo contrario. La idea de embestirla y echarse a correr sin parar hasta entrar en los calabozos llegó un instante a su mente para irse enseguida. No podía hacerle eso a la pobre de Gertha, tan amable con ella desde que tenía memoria. Además acababa de escucharla cerrar la puerta con llave, una medida adicional impuesta por el rey para evitar su huida; por supuesto ella no tendría la llave, sino la mucama que la esperaba afuera.
—Princesa Nadia, tiene que comer algo o enfermará —pensó en su madre nuevamente. La pobre reina Aliza—. Princesa Nadia, vista algo más propio si va estar asomándose por la ventana. Alguien podría verla y hace mucho frío además.
Ella continuaba silenciosa, sin apenas moverse. Gertha pensó y recordó algo extraño que comentaron acerca del muchacho que había "secuestrado" a la doncella, por supuesto había escuchado tantas cosas que al relacionar con el estado de la princesa, dudaba que tal secuestro realmente se hubiese llevado a cabo. Decían que se trataba de un pueblerino, hijo de una mujer soltera solamente, cuya mala reputación se originaba precisamente por su falta de linaje paterno. Decían que no llamaba adecuadamente a la princesa ni por su posición o por su nombre correcto, sino de un modo distinto. Un nombre que a ella le sobresaltó escuchar la primera vez.
—Princesa Nadia, princesa —dudó, pero la llamó nuevamente casi susurrando—. Marle.
La doncella reaccionó al salir de su ensoñación. Si antes había escuchado a Gertha, había sucedido como si le hablara desde un lugar muy lejano; al verla de frente comprendió mejor lo que estaba sucediendo y lo que estuvo haciendo.
—¡Oh! Perdona que no te atendiera. Esta distraída.
—Marle… no ha comido en todo el día. Por favor, no se descuide.
—No tengo hambre, no tengo cabeza para nada y…
Con bochorno mira a la buena mujer dándose cuenta en cómo la está llamando. No parecía molesta, sino compasiva.
—Perdóname Gertha. No debí usar el nombre para, bueno, para eso.
—No quería que el muchacho se enterara quién era realmente cuando lo conoció, y ese fue el primer nombre que se le vino a la mente. ¿No es así?
—Lo siento.
—No hay nada que disculpar. Lo tomo como un halago. ¿De dónde viene lo de Q'bay? ¿Era así como la conoce también?
—Sí. Fue el apellido de mi abuelo antes de asumir el trono como Guardia XXXII.
—Ya veo. Es original. Marle Q'bay.
Había cierta nostalgia y tristeza en los ojos de la mucama. Nadia dejó de ser indiferente y abrazó a la mujer.
—No fui secuestrada, ¿lo sabes?
—Sí, eso pensé. Muchos lo hacen. Les parece difícil de creer que se haya enamorado del muchacho. ¿Realmente es eso lo que siente por él?
—Sí. Eso es.
—No es malo tener esa clase de sentimientos, princesa. Conserve la calma y rece por la vida del joven si tanto le interesa. ¿No hay algo que pueda hacer por usted?
—Sólo abrázame como cuando era niña.
En ella descargó toda su tristeza y lloró nuevamente. Gertha la mecía como a una niña pequeña. Tenía la experiencia, claro está. Quizá años atrás acunó a la princesa al cuidarla más del tiempo que hubiese querido con su pequeña hija antes de fallecer. Por supuesto no estaba molesta, sintió algo muy extraño y bello a la vez cuando se enteró de la travesura de Nadia. Marle, su pequeña Marle y la princesa en una misma persona.
Tocaron nuevamente a la puerta, y tras dar un último consuelo a la princesa, la mujer concedió la entrada imaginando se trataría de una de las mucamas queriendo comprobar que todo estaba en orden. En efecto otra mucama más joven entró, algo pálida e impresionada, y detrás de ella lo hizo el rey, como de costumbre, erguido y llenando la habitación con su majestuosidad intimidante.
Marle lanzó una mirada desdeñosa a su padre, mientras lentamente Gertha se separaba de ella temerosa de estar abusando de su trato tan familiar. El rey ni siquiera la miraba, estaba manteniéndole la vista a la princesa con unos ojos idénticos a los de ella tanto en color como en fuerza de mirada. Musitó un "fuera" y la mucama salió con la otra con temor a lo que el rey le hiciera a la princesa. Nadia también lamentó quedarse a solas con él, pero no le demostró miedo esta vez. Su llanto se había detenido, y su mandíbula estaba tensa.
—¿Sabes la gravedad de lo que hiciste durante el juicio?
—Sí. ¿Sabes tú la tuya?
—¡No juegues conmigo!
—Claro, sé que te gusta jugar solo, o si no, con tu Canciller. Todo fue un juego, un teatro tuyo —quizá no se daba cuenta, pero Marle alzaba la voz cada vez más hasta lograr el tono de su padre—. El juicio estaba amañado, ¿cierto? Sin importar lo que ocurriera Crono iba a ser sentenciado a muerte. ¿No es esa la verdad?
El rey la observó con sorpresa, hasta entonces había logrado siempre intimidar a su hija, asustarla. Antes lo mejor que ella lograba hacer era alzarle la voz de manera temblorosa unos segundos antes de derrumbarse y pedirle disculpas. No había arrepentimiento en la forma en que le hablaba, solo enojo. Aunque no le gustaba hacerlo, en el pasado ya antes y en pocas ocasiones había abusado de su autoridad para hacer su voluntad cuando no lograba avances al hacerlo del modo correcto, siempre claro está pensando en el bien del reino, o evitar alguna clase de escándalo en relación a alguna ley o un miembro de su corte, pero esta era la primera vez que lo hacía delante de su hija en la peor de las circunstancias. No se sentía orgulloso de ello, pero entendía la rabia de la princesa. Aunque le odiara después más tiempo, habló con sinceridad para quitarse algo del peso de encima.
—El resultado siempre hubiera sido declararlo culpable sin importar la defensa, la sentencia era cosa de la corte y del Canciller.
—¡Es inocente, padre! ¡No puedes mandar a que decapiten a un inocente!
—La sentencia es irrevocable una vez pronunciada. No se pierde mucho. El muchacho ni padre tenía, su madre pude buscar otro que le de…
—¡Cállate! ¡No hables así de la señora Degjel! Se perderá mucho si Crono muere.
—¿Para quién? ¿Para ella o para ti?
—¡Para los dos!
—¡Claro!
El hombre se pasea por su habitación, y al caminar, Marle se dio cuenta que llevaba una pequeña bolsa pequeña de seda rosa y listón rojo atada al cinturón por la parte de atrás.
—Toda la corte no puede hablar de otra cosa que no sea del numerito que diste al abrazar al perro ese. Seme sincero por una vez en tu vida y dime ¿te hizo algo?
—¡Sabes muy bien que no me secuestro! ¡Nunca me ha hecho daño!
—¡No me refiero a eso! —su rostro estaba rojo, pero no por la furia que demostraba. Hablaba entrecortado, y la princesa no supo a lo que se refería hasta que continuó—. Te hizo… algo… ¿indecente?
—¡No! —contestó tan escandalizada como él—. Él no es así. Ni siquiera —estaba a punto de decir "ni siquiera mi primer beso pude entregarle", pero se sintió muy niña de sólo pensarlo, a la vez de una inmensa tristeza—… nada
—Bien. Confío en ello. Tu castigo se postergará más tiempo. Celebraremos una fiesta dentro de un mes para tratar de acallar lo que ha pasado. Vendrán muchos duques con sus hijos y podrás olvidarte del pueblerino. Quizá haya alguno que pueda interesarte. Dentro de pocos meses cumplirás quince años y entrarás en la edad del compromiso. Por cierto, ten. Quizá esto te anime un poco, son de la bóveda real.
Dejó la bolsilla rosa sobre su tocador, al caer había hecho un sonido duro y la bolsa se abrió de una esquina revelando algo brillante. La princesa bufó al pensar que intentaba comprarla. Por cierto, ya conocía a la mayoría de esos muchachos ricos de "noble cuna" de los que tanto hablaba. Sólo patanes más interesados en el linaje Guardia que en ella; y los que no, se interesaban en ella de una forma no muy diferente a la que él había deducido de Crono.
—Así que deja ya tu papel de víctima y come algo, y duerme también. Si me complaces es posible tu castigo no tenga que postergarse hasta el día del evento. ¿Me has entendido?
—Sí, aunque en esencia no lo haga.
El rey frunció el cejo, dispuesto a gritar nuevamente. No vio el caso, a su memoria acudía la repulsiva imagen de ella abrazándose con el pueblerino.
—No sé qué clase de encaprichamiento tuviste con ese tipo, pero de un modo u otro terminarás olvidándolo. Ya habrá otros.
—Y ninguno como él.
—Si tu madre viviera se avergonzaría de su actitud.
La princesa levantó la mirada molesta. Le pareció tan fuera de lugar el comentario y más viniendo de su padre, pero a la vez la hizo dudar. ¿Realmente su madre se hubiese decepcionado de la persona que eligió querer? ¿Su padre tenía razón al decir que cometió una equivocación al escoger a Crono? No. Se respondió con firmeza. Posiblemente su madre habría aceptado a Crono, quizá no, pero no por las razones tan terribles que todos le daban.
—Si papá. Se hubiese avergonzado por la actitud que se ha tomado en este asunto. Pero no por la mía. ¿Es que me vas a decir que ella hubiese aprobado tu idea de enviar un inocente a la guillotina sólo para separarnos?
Algo hiriente se formó en los labios del rey, pero el golpe también había sido muy duro para él, e imposible de esquivar. No había más que decir. Se dio la vuelta y salió de la habitación dando un portazo a su espalda. Nadia se quedó en su sitio sin reaccionar o responder, parecía haber regresado su trance otra vez.
Minutos después, tras asegurarse que el rey no estuviese todavía por ahí, Gertha regresó a la habitación de Nadia dando primero un vistazo a la bandeja de comida, antes de mirar con reprobación a la princesa.
—Sigo sin tener hambre —comentó sin más, pero el potente rugido en su estómago delató su mentira.
—Ni siquiera lo más fuertes corajes pueden sofocar nuestro apetito.
—Aunque sí nuestra actitud.
La buena mujer pensó en el carácter tan parecido entre el padre y la hija, pero no lo comentó para no alterar más a la princesa. Ella se acercó y la abrazó buscando consuelo, mismo que le proporcionó de buena gana. Sintió parte de su cuello, donde se le recargó, humedecido por las lágrimas.
—¿Fue tan malo?
—Quiere que lo olvide y piense en otros. Me dejó joyas pensando que así lo perdonaría por mandar matar a Crono.
—Admito eso no estuvo bien. Pena de muchacho, no solo por ti, sino para el reino. Escuché a los soldados decirle a las muchachas que Sir Dianos decía era una gran pérdida lo de su escudero. Además de ser un buen trabajador tenía un concepto de él muy bueno como espadachín.
—¿Sólo como espadachín? Es verdad que es un magnífico guerrero, pero además…
Gertha esperó que ella continuara hablando, pero en su lugar, ella se le separó mirándola de frente. Sus lágrimas habían cesado y su rostro parecía extrañamente iluminado y entusiasta.
—Gertha. ¿Realmente quieres hacer algo por mí?
—Pues… sí. Me gustaría.
—¿Quiénes de las mucamas consideras son de plena confianza? Además de ti, por supuesto.
La mujer fue suspicaz.
—¿Por qué lo preguntas?
Tomando las joyas que su padre le entregó, la doncella trazó en su mente un plan, sin saberlo con la rapidez y la precisión con que Lucca lo hubiese hecho.
—Quiero hacerles una propuesta muy buena —tras la expresión de alarma de Gertha se apresuró a añadir—, pero sólo por poco tiempo, descuida. Aunque, necesitaré algo de la armería real.
