Capítulo 53

El patronus de Moody le avisó de la reunión poco antes de la cena. Severus había tenido tiempo de decirle sus logros a sus compañeros y todos habían acordado en esperar hasta la mañana siguiente para unirse de nuevo a la Orden: podía ser todo una treta y verse ellos envueltos en su pelea con Moody. Esperaba que no fuera así, pero la posibilidad estaba allí.

Severus acudió al cuartel de la Orden con cierto nerviosismo. No podía evitarlo, aunque sus escudos de oclumancia hacían su parte enmascarando sus sentimientos y haciéndole ver como alguien respetable y serio. Suponía que necesitaría esa fachada más a menudo, si es que Moody no dejaba de vigilarle. Los demás miembros de la Orden ya estaban sentados en torno a la mesa de la cocina. Moody paseaba frente a la puerta, discretamente alterado.

—Snape. —le gruñó como saludo. Severus inclinó ligeramente la cabeza, sin responderle, pues lo haría con la misma agresividad que Moody había utilizado. El antiguo auror le cogió del brazo y lo colocó a su lado, frente a la mesa. —Muy bien, escuchadme todos. Severus Snape se nos une a partir de hoy en la Orden del Fénix.

Los ojos de Severus recorrieron la mesa, su cara con una expresión pétrea. Los hermanos Prewett se reclinaron hacia atrás con sus ceños fruncidos en confusión. ¿Tanto les había comido la cabeza Moody? Amelia Bones alzó las cejas, sorprendida, pero le devolvió una pequeña sonrisa. Moody se aclaró la garganta, cortando de golpe las miradas intercambiadas y terminando el frío recibimiento. Le golpeó la espalda con demasiada fuerza, instándole a que tomara asiento, y una vez Severus se hubo sentado, Moody continuó:

—En otro orden de cosas. —Moody inspiró con fuerza. —Vamos a hacer reformas. Quien quiera participar en las misiones es libre de hacerlo, ya quiera matar mortífagos o no. —Amelia Bones se inclinó en la mesa, lanzándole una mirada significativa a Severus, que se limitó a asentir lentamente.

—Entonces, ¿ya no hace falta que matemos a nadie? —preguntó Arthur Weasley con cuidado.

—Eso he dicho. Pero si queréis seguir usando la maldición asesina, sois libres de hacerlo. —Fabian y Gideon asintieron solemnemente, y Moody les reconoció el gesto. —Más cosas… Si alguien cree haber encontrado un traidor, que me lo diga. Pero ya no… Abandonamos a nadie por creerlo culpable.

Ahora sí, las miradas se dirigieron a Severus disimuladamente. Él las dejó pasar con cara impertérrita, pero por dentro sonreía salvajemente. Por supuesto que sabían que él era la razón de todas esas repentinas reformas; no es como si Moody hubiera sido disimulado en ese sentido. El viejo auror gruñó y se aclaró la garganta, recogiendo de nuevo en su persona las miradas de los demás.

—Y ahora, después de estos anuncios, vamos al punto de la reunión. —gruñó sentándose en la cabecera de la mesa. —Primero, ¿cómo está la situación por aquí?

—Los últimos en llegar se recuperan favorablemente. —informó Arthur Weasley. —Les hemos realojado en otras casas, aunque todavía están algo agitados por su repentina liberación.

—Marlene, —comenzó Moody. La chica levantó la mirada de la mesa, repentinamente agitada. —te encargarás de hacer las listas de salidas para los que se quieran marchar. Snape, tú le ayudarás. —los dos asintieron, de acuerdo con la resolución. —Ahora, era mi intención conseguir varitas para esa gente. Y para conseguirlas… Tendremos que asaltar el callejón Diagon, concretamente la tienda de Ollivander.

Todos se quedaron callados. Asaltar el callejón Diagon era algo muy diferente a pelearse con un puñado de aurores en un pueblo muggle o en una zona retirada: aquello era el centro neurálgico del mundo mágico en Londres, no podía salir bien. Moody recorrió sus caras con su ojo humano mientras el mágico daba vueltas dentro de su cabeza, escaneando sus alrededores.

—Sé que no os pido algo fácil, pero no podemos mandar a esa gente al extranjero sin ni siquiera una varita para ayudarse. —Moody les lanzó una mirada de circunstancias. Severus, tan acostumbrado a verlo tras la máscara de villano, le sorprendió ver esa faceta de Moody. Seguía siendo un noble gryffindor, se recordó mentalmente. —Tampoco planeaba asaltar el callejón Diagon en mitad del día. Entraremos sigilosamente, por la noche, cogeremos lo que debamos y nos marcharemos sin alertar a nadie.

La reunión se dio por concluida después de decidir cuándo asaltarían la tienda y quién iría. Severus no tuvo que negarse a salir en la misión, pues Moody lo dejó fuera directamente. Supuso entonces que, cuando estuviera listo, tendría que decirle a Moody que podía salir a pelear. De momento, Severus quería dedicarse a terminar sus experimentos con aquellas bombas de pociones y runas que había creado, y de hecho suponía que serían útiles en un futuro.

Al día siguiente, Severus les dio el visto bueno de la Orden del Fénix a James, Lily y los demás. Lily no tardó en irse a casa de Alice y Frank Longbottom, que también iban a tener a su bebé dentro de poco (ya quedaba menos de un mes, según Lily, y ella estaba más quisquillosa que nunca) para comunicarle las buenas noticias y ver si querían entrar de nuevo en la Orden con ellos.

Incluso Severus se sorprendió al ver que los Longbottom también querían volver a la Orden del Fénix, la reformada, y después Dorcas Meadowes se les unió también, alegando que no tenía sentido que hiciera de medimaga de la Orden sin estar en la Orden. Todos ellos, más de media docena de personas, fueron a ver a Moody para pedirle ingresar de nuevo en la Orden del Fénix. Severus no estuvo presente en ese momento, pero Lily le contó después la cara tan graciosa que se le había quedado a Moody.

Y la siguiente vez que Severus lo vio, el hombre le envió una mirada críptica. No dijo nada, y Severus no hizo amago de empezar una conversación en la que no quería meterse, así que al final no pasó nada. Lily se ofreció para ayudar a Marlene y a Severus con las listas (ella lo había hecho muy bien organizando a la gente la vez anterior), y Sirius se unió a la misión de recuperación de varitas.

Quedaban pocos días para empezar a mandar gente al extranjero (y casi todos tenían una varita en su poder) cuando Severus recibió una carta extraña. La lechuza era bastante común y anodina, perfecta para mandarse correspondencia sin que nadie más lo supiera. La carta era, sin embargo, poco común, sobre todo porque la letra del envoltorio correspondía a nada más y nada menos que Lucius Malfoy.

Mi hijo, Draco Lucius Malfoy. Te adjunto una fotografía de la familia para que lo veas. Nació el 5 de junio. Hubo complicaciones en el parto, pero nada que no se solucionara. Conseguí hacerte padrino del niño, tuve que mover unos cuantos hilos y borrar unas cuantas memorias para ello. Si algo nos llega a pasar a Narcissa y a mí, sabes lo que debes hacer: coge a Draco y llévatelo lejos de esta locura. La clave del registro para convertirte en el apoderado de la fortuna hasta que Draco cumpla la mayoría de edad está en el reverso de la fotografía, guárdala bien.

Aquella misiva sonaba a Malfoy. Severus pasó su varita por encima, verificando que realmente era de Lucius. No esperaba ñoñerías por su parte, no cuando le estaba mandando una carta a un prófugo de Azkaban y un disidente. Severus miró la fotografía que había dentro del sobre: los Malfoy posaban en la cama del matrimonio, con un pequeñísimo Draco en brazos de su madre. Apenas se veía al bebé entre las mantas que lo envolvían, y Narcissa tenía una sonrisa cansada pero reluciente. Lucius se veía casi humano, sus ojos menos gélidos de lo habitual.

—¿Severus? —llamó Lily en ese momento. Severus se metió la carta en el bolsillo, ocultando las pruebas.

—Pasa.

—James me ha… Dicho que has recibido una carta. —empezó Lily. —Y, bueno, no quería meterme en tus asuntos, tan solo saber si es algo malo o bueno.

—Es bueno, es bueno. —le aseguró Severus. Su mano se fue hasta el bolsillo donde tenía el sobre. —Pero no puedo decirte nada al respecto. Es, en fin… Complicado.

Lily asintió, confusa pero aliviada. Severus sacó una pequeña caja de uno de los cajones de su mesilla apuradamente: podía guardar la carta allí y darle la clave a Lily por si acaso algo le sucedía. Confiaba en ella para cuidar a un niño pequeño si la tragedia sacudía a los Malfoy. Lanzó unos cuantos hechizos a la caja y después cogió la mano de Lily y le hizo tocar la tapa.

—Guardaré la carta aquí. Solo tú y yo podemos abrirlo, pero… Por favor, no lo abras hasta que no esté yo muerto. De verdad, es muy importante.

—¿Es tu testamento, verdad?

—Es una responsabilidad. —confesó Severus. —Confío en que, si algo malo me llegara a pasar, tú podrías continuar donde yo lo deje. En el más absoluto de los secretos.

—De – de acuerdo, pero si es una investigación, no creo que pueda estar a la altura. Ya no somos críos y tus investigaciones me resultan bastante confusas. —Severus soltó una carcajada.

—No te preocupes, no es nada confuso. Te lo prometo. —Severus se levantó, cogiendo las manos de Lily con las suyas. —Pero necesito que me prometas que no vas a mirar dentro hasta que yo me haya ido.

—Vale. —murmuró Lily, inspirando con fuerza. Sus ojos curiosos fueron a la caja abierta y después volvieron a Severus. —Prometo no abrir la caja de Pandora hasta que tú no estés muerto.

—Gracias. —Severus soltó las manos de Lily. Ella se mordió el labio, mirando de nuevo la caja con curiosidad, pero terminó por suspirar y abrazarle.

Los días siguientes fueron ajetreados. Severus, con ayuda de Marlene, que estaba comandada por Lily desde su lugar de reposo, envió a todos los que querían marcharse a los distintos destinos que poseían gracias a la amabilidad y generosidad de los primeros exiliados. Severus no podía dejar de darle vueltas a la carta de Malfoy, ni a la cara redonda del bebé que dormía plácidamente en la fotografía. Fue entonces, pensando en el pobre niño que había nacido entre mortífagos, que supo lo que debía hacer.

—Regulus. —le llamó Severus en uno de esos raros momentos donde su hermano no estaba cerca. —Tenemos que hablar.

—Claro, ven.

Regulus se levantó y lo llevó a su dormitorio con una actitud digna de un espía infiltrándose en la base del enemigo. Buscaba que Sirius no se les uniera, pues su hermano había decidido que tenía que compensarle por todos los años perdidos por tontas rivalidades juveniles. Severus lanzó varios hechizos dentro del cuarto, bloqueando la puerta y la ventana e insonorizando la habitación.

—¿Qué pasa?

—He recibido carta de Lucius. Su hijo ha nacido y… —Regulus se sentó en la cama. Por un momento le miró, esperando que continuara, y después entendió lo que quería decirle.

—Adelante, entonces. Si tienes que proteger al niño borrando esas memorias, hazlo. Pero antes guárdalas intactas, querría tenerlas de vuelta después de que esta locura termine.

—Claro. —murmuró Severus.

Le apenaba realmente tener que apartar a Regulus de esa manera: él era el único con el que podría haber hablado de todo el asunto de Malfoy sin tener que explicar nada al respecto. Le dio unos cuantos botes para que almacenara sus memorias allí y esperó mientras Regulus arrugaba la cara y sacaba memoria tras memoria, incluso aquellas de Azkaban donde Malfoy había empezado a portarse bien con ellos.

—Estoy listo. —le anunció solemnemente, pasándole los botes llenos de memorias. Severus los guardó a buen recaudo, lejos de los ojos de Regulus.

Quitarle las memorias fue más doloroso de lo que había pensado. Regulus no sentía lo mismo que Severus sentía hacia Malfoy, estaba claro, pero Severus creía que realmente tenía una buena opinión del mago rubio. Retirar de su memoria la despedida cargada de sentimientos de Lucius hizo que la varita de Severus temblara: estaba obligando a Regulus a considerar a Malfoy un monstruo despiadado. Pero tenía que hacerse.

—Tus memorias estarán esperándote en un lugar seguro. Lily o yo te las devolveremos cuando el momento sea el correcto.

Regulus asintió, su cara fruncida en confusión. ¿De qué memorias hablaba? Regulus no tenía ninguna laguna en su mente, no había olvidado nada. Severus se levantó y se marchó de la habitación, y entonces Regulus decidió que si no lo recordaba no era importante.