"PRIMAVERA OTRA VEZ"
CAPITULO 49 ANTECEDENTES
Muchos sucesos relevantes acontecieron en el seno de la familia Andry antes de la ya conocida historia que comienza con el abandono de Candy y Annie en el Hogar de Pony; sucesos que marcarían y definirían el rumbo de las cosas para bien y para mal.
El año de 1891 fue de mucha trascendencia en la familia Andry. Ese año los padres de Ángela y Alice salieron con la sorprendente notica de que estaban esperando un hijo más: Alfred Andry y Kristen Bennett de 41 años, habían sido bendecidos, ya en la madurez de sus vidas, con otro hijo al que decidieron, desde antes de su nacimiento, que llevaría el nombre de William Albert, si era varón, y Amelie, si era niña. Ese solo acontecimiento llenó de alegría a la familia Andry pues era totalmente inesperada la llegada de la cigüeña para la madura pareja que se había resignado a la idea de que Dios los había bendecido con un embarazo único del cual surgieron las gemelas Alice y Ángela; pero ahora este regalo tan maravilloso como inesperado era motivo de júbilo y celebracion. ¡Y que decir de las gemelas! ellas estaban fascinadas con la idea de un hermanito.
Por su parte, Ángela, la gemela menor, seguía en un compromiso largo con el joven James Brower; no es que no quisieran casarse de inmediato, sino que pasaron muchas cosas al interior de la familia que hacían que ellos tuvieran que posponer su boda vez tras vez; pero a la postre terminarían casándose, en el año de 1893.
Previamente, en 1889, Lilly se había casado con John Miles y un año mas tarde ya tenían a su primer y único hijo al que llamaron Peter.
Pero siguiendo con el transcurso de los hechos que sucedieron en ese intenso año de 1891, en abril, otro feliz acontecimiento llegó: se celebró la majestuosa pero muy discreta boda de Alice Andry, de 20 años, y Edward Windsor Cornwell de 28.
La noticia se dio a conocer en todos los diarios de Inglaterra pero sin fotografías. Edward nunca quiso que la imagen de su querida Alice fuera pública, por su seguridad y privacidad. Por lo mismo, la boda fue un evento sumamente discreto, solo la familia cercana de los novios y algunos afortunados amigos estuvieron presentes.
La reina Victoria olvidó pronto su disgusto inicial cuando su hijo consentido, Edward, le dijo que renunciaría al trono para casarse con una plebeya. Ciertamente la sola noticia fue motivo suficiente para que la matriarca sintiera que su mundo se venía abajo. Años de adiestramiento, de planear alianzas estrategias políticas y comerciales se vendrían al suelo ante esa decisión del príncipe y ella no estaba dispuesta a permitirlo.
Al principio trató por todos los medios que su hijo conociera a princesas de todos los reinos de Europa para que se enamorara de alguna de ellas, pero fue en vano. Por su parte, Edward le insistía a su madre que conociera a Alice para que viera ella misma que esa joven era la indicada, aunque no contara con un titulo real, pero era la mujer que llenaba su corazón y lo hacía feliz. Así que, después de algunos meses de ver a un Edward tan loco de amor, la reina por fin se dignó a que le presentaran a la dichosa Alice Andry y ver cual era la causa de que su hijo perdiera la cabeza y la cordura, según ella.
Se preparó una cena "sencilla" (según los estándares monárquicos, claro está) y esa noche Alfred Andry y Kristen Bennet llegaron acompañados de sus hijas Ángela y Alice al palacio de Buckingham para ser presentados ante la reina. Resultó que las gemelas eran las jóvenes mas hermosas que había conocido la reina, ni una sola de las princesas de toda Europa se les comparaba en belleza, y cuando la reina empezó a indagar más en el corazón de Alice, se dio cuenta de que era verdad lo que su hijo veía en ella. Fue entonces que vio con claridad que esa dama de belleza sublime y carácter fuerte, alegre y vivaz, era en verdad la mujer que haría feliz a su querido Edward, la mujer con la que llevaría una vida simple pero plenamente dichosa, sin complejos protocolos aristocráticos ni complots diarios por una lucha de poder. La reina entendió que era hora de dejar a su hijo decidir sobre su propia vida y dejarlo ir en busca de su felicidad, fuera como fuera.
Fue a partir de entonces que, día tras día, la adorable y siempre franca Alice cautivó con su gran carisma a la mujer más poderosa del mundo y la hizo "caer a sus pies". Y finalmente se fijó la fecha de la boda y la bendición les fue otorgada para llevar a cabo el sagrado sacramento del matrimonio.
La boda se llevó a cabo de forma muy secreta en el Castillo de Edimburgo, Escocia, lugar en que los recién casados pasaron su luna de miel los primeros días antes de partir hacia nuevos horizontes.
La ceremonia religiosa fue muy emotiva, con flores blancas, rosas y lilas por todos lados, una carpeta roja cubierta por pétalos y una capilla sencilla pero bellísima. La novia iba ataviada con un pomposo vestido blanco con una cola larga, larga y, mientras caminaba hacia el altar, despertaba suspiros y fascinación a su paso, pues su energía vibrante y la felicidad que irradiaba, aunado a su belleza, dejaban a todos los asistentes deslumbrados, como si estuvieran viendo el descenso del cielo de un ángel, hasta la mismísima reina se quedó perpleja al ver a su nuera toda envuelta en un halo de luz y dulzura. Edward sonreía de oreja a oreja al verla acercarse lentamente a él, no podía ser más feliz y eso se le notaba a miles de kilómetros. Él lucía muy apuesto y gallardo, hacían una pareja hermosa en todos sentidos.
Cuando Edward tomó la mano de Alice, al recibirla ante el altar, sus miradas se entrelazaron para ya nunca más desviarse a ningún otro lado. Hicieron sus votos ante Dios y se juraron amor para toda la vida, luego unieron sus labios en el más dulce beso de amor infinito. Todo fue maravilloso.
La recepción fue espléndida, a todo lujo, pero aún así nada demasiado suntuoso; y transcurrió en armonía y júbilo. Fue una fiesta bellísima y todos los invitados pasaron un momento inolvidable, y qué decir de los novios, disfrutaron su fiesta como nunca, la felicidad se les salía por los poros. Solo la amargada Margaret se había pasado toda la fiesta con cara de fastidio y nadie la sacó a bailar. Permaneció sentada y aburrida en su lugar y, mientras veía el rostro sonriente y feliz de su prima Alice al lado del hombre que ella ambicionaba, su odio por ella crecía más y más y se juró a sí misma que las cosas no se quedarían así. Este odio fue el que llevó a Margaret a que, cada vez que tenía oportunidad, tratara de seducir descaradamente a Edward, su objetivo era claro, quería robarle a su prima algo sagrado: su esposo. Pero todo sería en vano.
El primer año del matrimonio de la feliz pareja pasó rápido, entre viajes; fue una larga y feliz luna de miel que al final del año lamentablemente se vio ensombrecida con la trágica y prematura muerte de Kristen Bennett.
La madre de Alice y Ángela había tenido un embarazo normal y sin complicaciones, pero el parto fue complicado y sus fuerzas no le alcanzaron para resistir el doloroso proceso, y una hemorragia intensa terminó con su vida.
Fue un duro golpe para todos pero aún más fuerte lo fue para su esposo Alfred, que desde ese momento perdió la mitad de su vida, nunca volvió a ser el mismo. Ni siquiera su pequeño hijo recién nacido le hizo recuperarse de la dolorosa perdida de su amada Kristen. Ya desde entonces Elroy Andry comenzó a hacerse cargo del pequeño huérfano de madre William Albert. Y tanto Ángela como Alice se turnaban para tenerlo a su cargo por temporadas. Así fue que, desde el principio de su existencia, la vida de Albert fue un interminable ir y venir de un lado a otro, con una y con otra hermana y con la tía Elroy; sobre todo después de que, al año siguiente de haber nacido, su padre, Alfred Andry, también murió para seguir a su esposa hasta el lugar de descanso eterno.
Nadie se esperó la repentina muerte de Alfred Andry (el padre de Albert y las gemelas). Era verdad que su tristeza era profunda y ya casi no comía y no dormía bien, pero nunca imaginaron que cierta noche, después de haber recibido la visita de sus dos hijas y de haberles dado su bendición, esa misma noche él se quedó dormido en la muerte.
Este nuevo duro golpe en su vida hizo que Alice se sumiera en una depresión terrible. Ella adoraba a sus padres, y perderlos así, tan rápido y de forma inesperada, fue el dolor más intenso que pudo experimentar y esas perdidas la dejaron totalmente desolada. Pero Edward fue siempre muy paciente y amoroso con ella y poco a poco la fue ayudando a salir de su depresión. Cierto día ella despertó a un nuevo amanecer con una nueva sonrisa y una nueva actitud. Volvió a ser la misma Alice sonriente y alegre de siempre y eso alivió mucho el alma de Edward que ya extrañaba escuchar su risa sonora y hasta sus rabietas. Era como si volvieran a empezar.
El segundo año de su matrimonio también pasó rápidamente pero a todos se les hizo extraño que Alice aún no quedara embarazada; empezaron las especulaciones y los rumores. Esto solo dio oportunidad a Margaret para insinuársele nuevamente a Edward, le decía que ella sí le podría dar un hijo, no como la estéril Alice, y siempre le venía con la misma cantaleta de que dejara a Alice de una vez por todas si quería tener un hijo propio. Fue entonces que él ya no la toleró más. Había aguantado calladamente y en agonía la hostigación de esa mujer, pero por respeto a la familia Andry nunca dijo nada. Quizás ese fue el gran error de su vida.
Edward prefirió poner distancia de por medio entre Margaret y él para que su amada Alice jamás sufriera al enterarse de la clase de prima que tenía. Entonces decidió llevársela a vivir a Escocia. Su vida en Londres era bastante complicada de por si, entre tragedias, dolorosos duelos y tratando de no exponerse demasiado a la vista pública. A Alice le pareció maravillosa la idea, pues además, Edward le dijo que vivirían en el castillo de Edimburgo, al aire libre y bajo un cielo azul y soleado, sin preocupaciones. Como estar de luna de miel de nuevo.
Fue así que los Cornwell dejaron la ajetreada vida citadina de Londres y se escabulleron sin avisar a nadie. Solo después que se hubieron instalado bien en el castillo enviaron una carta a los familiares de Alice para avisarles de su nuevo lugar de residencia. Margaret ya no pudo seguir acosando a Edward y eso le provocó más coraje.
Los meses que pasaron en Escocia disfrutando de la vida tranquila, el sol y el aire fresco, ayudaron mucho a que finalmente Alice quedara encinta. Alice había sospechado que ya esperaba un hijo cuando, una mañana, al estarse alistando como de costumbre, de pronto sintió repulsión por el olor de su perfume favorito, ya no lo encontraba delicioso sino que le provocó asco y nauseas. Ella sonrió, se llevó las manos al vientre y derramó unas lágrimas de felicidad, pero aun no se lo quiso decir a su esposo, quiso tener más pruebas y esperó dos semanas más. Cada día que pasaba ella ansiaba ya poder revelar el gran acontecimiento a Edward y su familia. Se imaginaba, soñando despierta, como sería la escena al decírselo a su querido Edward, a su hermana, al resto de la familia. Alice estaba muy ilusionada y la paciencia no era su fuerte, pero tenía que estar segura antes de gritar a los cuatro vientos la feliz noticia.
Al final de las dos semanas, y tras el evidente retraso de su periodo menstrual, aunado a los exámenes médicos que se realizó, por fin confirmó que estaba esperando un hijo, y ella estaba profundamente agradecida con Dios por la bendición de poder ser madre. Ya no esperó ni un segundo más y corrió a casa para preparar una sorpresa.
Alice preparó una cena muy especial con sus propias manos, arregló la mesa de forma espléndida y colocó floreros en forma de cigüeña, además de platos con la imagen de la mítica ave cargando un bulto color azul.
Edward había estado aguardando en el despacho, a petición de la misma Alice. Él ya no hallaba que más hacer estando allí encerrado, se preguntaba porque tanto misterio. La idea de su mujer embarazada no le cruzaba por la mente pues ya habían pasado más de dos años y nada, simplemente no se obsesionó con la idea y decidió permanecer tranquilo.
Cuando Alice al fin abrió la puerta del despacho le pidió a su esposo que la acompañara a la terraza del castillo, pues allí se encontraba la sorpresa que le había preparado.
Ambos se dirigieron allá y Alice atendió a su esposo con mucho amor y una sonrisa imborrable. Disfrutaron de la deliciosa comida y fue entonces, al terminar toda su comida, que Edward se percató del dibujo que había en el fondo del plato, luego miró con detenimiento los floreros, ¡cigüeñas por todos lados!...
-mi amor, acaso me quieres decir que…
-¡Si, mi amor! ¡estoy embarazada! Por fin seremos padres, y tengo el presentimiento de que es un niño...
Al decir esto, Edward no pudo contener la felicidad que lo llenaba y se paró velozmente de su asiento para abrazar a su joven esposa, alzarla en vilo y dar vueltas con ella entre risas y gritos de alegría para después besarla con todo su amor. Era el momento mas feliz de sus vidas después de su boda, un momento que solo sería superado en felicidad por el del nacimiento de su primogénito, un hermoso bebé castaño y ojos resplandecientes al que decidieron ponerle por nombre Alistear. (Alis=Alice. Obviamente en honor a la feliz madre).
El nacimiento de Stear, en el año de 1894, trajo una nueva etapa de felicidad para toda la familia. Ese mismo año se celebró por fin la boda de Ángela y James Brower que por tanto tiempo se había postergado debido a los sensibles acontecimientos en la familia. Después de la boda ellos se fueron a vivir a América, donde los padres de James tenían sus negocios, y él, al ser el heredero, debía ser el administrador.
Ángela y Alice se separaron para seguir cada quien su propio camino al lado de sus esposos, y el pequeño Albert quedó al cuidado de Alice y Eward por los siguientes meses, y la diferencia de edad que lo separaba de Stear era muy poca, solo dos años y medio, así que parecía otro hijo más suyo, como si el pequeño William fuera el hermano mayor.
Los Cornwell disfrutaban de una vida familiar muy divertida y amena. Solían dar largos paseos a pie por los soleados bosques de Escocia. Nadaban en el lago y hacían picnics a la orilla de aquel mismo lago que años después fue testigo del primer beso de su hija con el hijo rebelde del viejo amigo de Edwrad, el Duque de Grandchester…
En aquellos paseos siempre llevaban a Stear en su carriola, y a Albert, de 3 años. Stear, siendo un bebé, nunca se percató de nada, pero William Albert, que ya estaba mayorcito, empezó a notar que esa paz que lo rodeaba cuando iba de paseo por el bosque, sería lo que llenaría su vacío interior.
Alice y Edward cuidaban maravillosamente bien de su pequeño Stear y del dulce William, así era como lo llamaban, por su primer nombre. Y los meses que siguieron fueron muy felices para ellos. Su vida era tal y como se la habían imaginado, todo era perfecto.
La tía Elroy, los Monroe (padres de Margaret, a saber, Antonia Andry y Thomas Monroe) y su insoportable y amargada hija, regresaron a su residencia original en América. Hacía más de 8 años que la familia Andry se había ido a vivir a Londres por diversos motivos: negocios, estudios de las niñas, y para visitar a su pariente, el tío Roger Andry, hermano del abuelo Arthur Andry, de ascendencia escocesa. De modo que de ahí provenía la herencia escocesa de los Andry.
Pero los descendientes de Arthur Andry echaron raíces en América cuando éste se casó con la hermosa Katherine Juliette Vanderbilt, de ese matrimonio derivaron la nueva generación de los Andry nacidos en América.
Y bien, después de que la tía Elroy y los demás regresaron a su residencia en Chicago, todo volvió a la normalidad. Thomas Monroe retomó las riendas de su negocios, pero al poco tiempo notó, con horror, de que su mano derecha, un tal Maxwell Anderson, al que había confiado la administración de sus negocios mientras él se encontraba en Londres, lo había estafado, y no solo eso, había hecho malos negocios y había puesto al borde de la ruina el inmenso corporativo Monroe. Thomas trató de arreglar las cosas pero la situación era insalvable; había deudas por todos lados. Entonces no tuvo más remedio que contarle a su esposa Antonia sobre su situación, con la esperanza de que la fortuna de ella los salvara de la ruina. Pero Antonia era una mujer frívola y no iba a permitir que se quedaran sin un centavo, por eso, decidió que su hija Margaret se casara cuanto antes con algún rico heredero, antes de que se supiera que habían caído en desgracia; y el pobre infeliz que cayó en la trampa fue el heredero de una mediana fortuna, hijo de los propietarios de una prospera compañía que comerciaba acero a todo el país y exportaba al extranjero también, el nombre de aquel joven era Theodor Leegan.
La boda se celebró a toda prisa, Margaret y Theo Leegan se conocieron solo unas cuantas semanas antes de la boda, que fue acordada por los padres de ambos como un contrato de negocios más.
Y por azares del destino, poco después, recibieron noticias de que Edward y Alice vendrían a América, con intensiones de quedarse a vivir. Al parecer, los reporteros se habían enterado de que Edward y su familia estaban viviendo en el castillo de Edimburgo y los siguieron para tratar de conseguir fotografías de ellos. Aunado a eso, Alice empezó a extrañar terriblemente a su hermana y fue así que decidieron ir a América a empezar una nueva y más tranquila vida, fuera del acoso de la prensa. Allí nadie tendría por que saber quien era en realidad Edward pues él empezó a asumir una nueva identidad bajo su segundo apellido: Cornwell.
Lamentablemente aquel sueño de una vida tranquila no se hizo realidad. Si bien al principio estuvieron bien, con Margaret cerca la tranquilidad fue lo último que hallaron.
Para este punto, ya se empezaban a filtrar rumores de que el corporativo Monroe estaba sin dinero y al borde de la quiebra. Thomas Monroe entonces dio con la idea de un plan perfecto. Para salvarse de la ruina decidió heredar a su hija Margaret en vida, y a la vez, ella pondría su fortuna (la de su madre, Antonia Andry) en manos de Edward, al venderle la mayor parte de sus bienes. De esa forma los acreedores que demandaban el pago de una inmensa fortuna por los malos negocios que hizo Maxwell Anderson ya no podrían echar mano del dinero de la herencia de Margaret, ni meter a la cárcel a Thomas Monroe por incumplimiento de contratos, pues él se declaró legalmente en quiebra.
El trabajo de convencer a Edward para prestarse a semejante fraude no iba a ser fácil. Al principio el mismo Thomas Monroe habló con Edward para exponerle la situación y pedirle el favor de acceder a comprar los bienes y acciones que ya eran de Margaret, pues solo si él las compraba aquella transacción quedaría en secreto, pues un miembro de la casa real, con un rango diplomático tan alto como principe, estaba exento de rendición de cuentas, el secreto bancario lo protegía y así nadie sabría a donde fue a parar el dinero de los Monroe; dinero que hubiera servido para pagar todas las deudas pero que a vista de los acreedores desaparecería como por arte de magia.
Naturalmente Edward se negó totalmente a algo así, le dio un rotundo no a Thomas Monroe y le dijo que nunca volviera a proponerle nada igual, pero la cosa no paró allí.
A principios de 1895 Alice volvió a quedar encinta, la felicidad de ambos padres fue total. Margaret decidió aprovechar ese momento para insistir ahora con Alice para que ella abogara ante Edward para que éste aceptara la propuesta de su padre.
Margaret montó un teatrito muy bien planeado, dio a conocer con bombo y platillo que estaba embarazada, aunque era una mentira. Los Andry estaban felices celebrando la espera de dos bebés más. Esto propició una unión familiar más estrecha y fue entonces que Margaret se acercó a Alice con lágrimas falsas a rogarle que la ayudara. Le dijo que ahora que estaba esperando un hijo le preocupaba mucho el porvenir del niño, ¿Qué sería del pobre bebé al nacer en una familia en la ruina?, ¿Por qué permitirlo si había una manera de evitarlo? ¿no lo haría Alice por defender a sus hijos?... sus palabras no convencían del todo a Alice pero el llanto amargo de su prima le destrozaba el alma. Su actuación fue muy convincente pues logró conmover profundamente a Alice, que le prometió hablar con su esposo y tratar de convencerlo. Margaret entonces supo que la mitad de la batalla estaba ganada.
Alice, influenciada por las mentiras de su prima Margaret, habló con Edward. Él nunca pudo ver a su amada Alice afligida y ciertamente no podía negarse a sus ruegos, aunque ello implicara cometer un acto poco ético. "Hazlo por la familia… ellos van a tener un hijo pronto igual que nosotros y les preocupa el bienestar del bebé… hazlo por la criatura que viene en camino, después de todo será el primo de nuestros hijos…" le dijo la inocente Alice y con ello logró convencerlo.
Al poco tiempo se concretó la firma de los documentos donde Edward compraba todos los bienes de la herencia de Margaret y, por cortesía de Alice, se decidió permitir que la familia Leegan siguiera viviendo en la Casa de las Estatuas sin pago de renta alguna, tal hecho se mantuvo en secreto. Edward pagó con un cheque por una cuantiosa suma de dinero y esa fortuna se depositó en la cuenta de Theo Leegan, haciéndole creer que era la dote de Margaret. De modo que el ingenuo Theo nunca supo la verdad detrás de su matrimonio; ni supo que la casa que habitaban no era en realidad suya, sino de Edward, que a su vez, puso toda aquella fortuna a nombre de Alice, pues le pareció lo mas correcto que la fortuna de una Andry recayera en otra Andry.
Una vez que la transacción estuvo hecha, por "casualidad" Margaret tuvo un "accidente" mientras tomaba una ducha. Fingió haberse resbalado y como consecuencia de ello haber tenido un aborto. La noticia devastó a Theo y al resto de la familia, pero hubo una sola persona que lo encontró todo sospechoso y no se tragó el cuento, fue Edward.
Él empezó a entender que había sido victima de una trampa pero no podía volver el tiempo atrás para evitar firmar esos papeles. Sin embargo, solo un par de meses después, la justicia no llegó tarde para los Monroe.
Una noche, cuando Thomas y Antonia regresaban de una función de Opera, el conductor de su carruaje, un inexperto muchacho, perdió el control de los caballos y éstos se salieron desbocados del camino para adentrarse por un sendero pedregoso. Las ruedas del carruaje se fueron aflojando y cayendo en pedazos a lo largo del accidentado trecho hasta que toda la carroza donde venían los pasajeros se estrelló contra el piso violentamente dando muchas vueltas, por la velocidad a la que iba, y se destrozó, con todo y los papás de Margaret dentro, ambos murieron en ese accidente, lo mismo que el joven chofer. Las muertes en la familia Andry habían acabado en menos de 5 años con 4 de sus integrantes… pero la muerte, cual maldición, rondaría cerca para reclamar mas vidas aún. Vidas de inocentes, seres muy queridos.
La familia Andry nuevamente cayó en luto; pero la vida seguía su curso y 7 meses después la alegría volvió, cuando un 3 de febrero de 1895 nació el segundo de los hijos varones de Alice y Edward, un precioso niño de finas facciones al que pusieron por nombre Archibald. Este acontecimiento volvió a llenar de felicidad a toda la familia, y Alice, principalmente, estaba loca de alegría por su nuevo bebé. Stear tenía ya dos añitos y estaba empezando a mostrar su personalidad curiosa. No había juguete alguno que, al caer en sus intrépidas manitas, quedara en una sola pieza. Él desarmaba todo, sus carritos estaban todos hechos piezas sueltas, cual rompecabezas, y él se las ingeniaba para tratar de armarlos de nuevo; el inventor estaba en pañales aún pero su ingenio y creatividad ya estaban en vuelo.
Los siguientes años fueron de florecimiento, como una cadenita, los bebés empezaron a llegar año tras año, llenando el vacío que se sentía por la pérdida de los familiares que se habían ido.
En 1896, dos años después de que se casaron, Ángela y James dieron a conocer la feliz noticia de que estaban esperando su primer hijo. 9 meses después nació el precioso bebé de dorados cabellos y ojos azules como el cielo al que sus padres pusieron por nombre Anthony. La feliz ocasión hizo que Lilly, junto con su esposo John y su hijo Peter, vinieran desde Texas a conocer a la nueva camada de chiquillos en la familia.
Peter tenía entonces 6 años, Albert 5, Stear 3, Archie 2 y el más nuevo era Anthony, recién nacido; todos varones, así que la ilusión por la llegada de una niña era más que deseada.
Al año siguiente Margaret salió embarazada y dio a luz a un niño debilucho al que llamaron Neal. Su parto fue difícil y Margaret tuvo un desgarre interno que le trajo como consecuencia que no pudiera engendrar mas hijos. Su matriz se volvió infértil. De modo que solo tendrían un hijo y los mimos y cuidados para él fueron exagerados, algo que a la postre lo convertiría en un joven sin carácter, fácilmente manipulable y, además, mezquino.
Pero bien dicen que la vida es una ruleta rusa, girando y girando va repartiendo suertes y tragedias a quien menos se las espera. Fue así que una mañana trágica, John, el esposo de Lilly, salió a una cabalgata como de costumbre pero de la que ya nunca más regresó, al menos no con vida. Nadie supo que había pasado, el capataz llegó con él cadáver en brazos diciendo que se había caído de su caballo y que éste lo había pisado en la cabeza ocasionándole la muerte instantánea. Fue un duro golpe para Lilly, pero también para Edward, Alice y Ángela, sus más cercanos amigos. Lilly no podía creer que su amado John hubiera muerto al caerse del caballo, le era inconcebible pues John era un hábil jinete y su caballo era el mas manso de todos, pero el dolor nubló su mente y no se le ocurrió llevar a cabo una investigación para descubrir las verdaderas causas de la muerte de su esposo. De haberlo hecho, se hubiera descubierto que la terrible herida que tenía en la cabeza y que provocó su muerte no fue ocasionado por el caballo, sino por el palo acabado en punta de metal de un trinche para remover paja, movido por la mano del siniestro capataz que tenía en mente planes viles. Ese mismo capataz que tras matar a su amo se apoderó por la fuerza de la esposa de éste: la bella Lilly.
Maldito fue aquel día en que ese mal hombre llevó a Lilly hacia la caballeriza a base de engaños, supuestamente "para ver a las nuevas crías de ovejas y alegrar un poco su corazón por la terrible perdida del señor John". Lilly nunca imaginó que iba en camino a una trampa. Tarde se dio cuenta de que las intenciones de aquel hombre eran otras, totalmente diferentes a las que le había dicho.
Ella sufrió el abuso sexual cruel y salvaje de aquel monstruo. Sin piedad tomó su cuerpo y lo mancilló, la hundió en la desesperanza y quebrantó su espíritu. Lilly quedó emocionalmente desecha y aquel hombre huyó llevándose además una fuerte cantidad de dinero.
Elroy Andry fue la primera a quien Lilly llamó en busca de ayuda. No quiso enterar a nadie más, sentía que no podría mirar a los ojos a nadie nunca más, ni a su propio hijo, que, ajeno a la tragedia de su madre, se preguntaba por que ella ya no salía de su recámara y ya no salían a sus largos paseos por la granja. El pequeño Peter no lo entendía.
La tía Elroy se quedó una temporada acompañando a Lilly y ayudándola a salir de su pena. Pero semanas más tarde se dieron cuenta, con horror, de que aquel malvado hombre había dejado su semilla plantada. Lilly no pudo soportarlo. No podía soportar la idea de tener un hijo de aquel que la había ultrajado tan sucia y cobardemente. Se encerró en su recámara por días enteros sin probar bocado ni pronunciar una sola palabra. Pensó mucho en lo que podría deparar el futuro, pensó en todas las posibilidades, incluso, en abortar al fruto de su tragedia. Pero ella no fue capaz de deshacerse del bebé. La criatura no era culpable de su trágico origen. Lilly entonces decidió tener al bebé y después darlo en adopción.
Su embarazo era algo que no se podía ocultar a la familia tan fácilmente como a los demás extraños, de modo que un día tuvo que contarles a Edward y Alice, James y Ángela y, también a los Leegan, lo que había pasado. Edward sintió rabia y mucho dolor al escuchar lo que ese hombre le había hecho a su querida amiga, él corrió a abrazarla y ella lloró intensamente sacando todo su dolor sobre los hombros de Edward, su gran amigo. Ese abrazo hizo más por ella que cualquier otra cosa. Solo él pudo reconfortar su espíritu quebrantado y devolverle la esperanza, las ilusiones de seguir viviendo y de salir adelante. Cuando Lilly se despegó de él una nueva sonrisa iluminó su rostro, ella pudo sobrevivir a su pesadilla gracias a él.
Entonces, después de la catarsis, los familiares regresaron a sus respectivas casas, en Lakewood. La casa de Alice y Edward era aquella en la que, años más tarde, Albert tomaría como refugio y en la que los guardias le dispararon para correrlo de la propiedad, y Candy lo ayudó a escapar. ¡Candy había nacido en esa mismísima casa! …las ironías de la vida…
La tía Elroy decidió llevarse a Lilly y Peter a la villa Andry, también en Lakewood, para que ella pudiera estar tranquila durante su embarazo, sin nadie que la juzgara ni señalara, allí daría a luz a su hija, a la que pensaba entregar a aquella casa hogar que un día encontró mientras daba un paseo, una humilde pero linda casa hogar llamada El hogar de Pony. No sabía que sus planes cambiarían tan radicalmente.
Mientras tanto, los Cornwell se llenaron de gozo y dicha plena cuando, nuevamente, la cigüeña tocó a su puerta, esta vez Alice estaba segura de que tendría una niña. Edward había aprendido a confiar en los instintos de su mujer y, sin pensarlo dos veces, mandó pintar una de las recamaras de color rosa, él mismo participó en el proceso. Estaba radiante de felicidad de saber que por fin tendría a una linda princesita en sus brazos, la luz de sus ojos. Para celebrar la ocasión, la feliz familia, con todo y el pequeño William, se embarcaron a Europa, a un viaje de placer, pero también para presentarse ante la flamante abuela, la reina Victoria, que aún no conocía a su segundo nieto, Archie.
El viaje fue precioso y, cuando llegaron a Londres, discretamente abordaron un auto y se encaminaron hacia una casa de campo a las afueras de la ciudad. Allí recibieron gustosos la visita de su majestad la "abuela" reina.
La monarca quedó fascinada con sus pequeños nietos Stear y Archie, d años respectivamente, y de paso, también el dulce William se ganó su simpatía. La reina no era más que una abuela consentidora ante esos chiquillos traviesos y cariñosos que revoloteaban a su alrededor. Y por supuesto que la noticia del nuevo embarazo de Alice dejó más que feliz a la gran reina, ella también presentía que sería una niña.
Edward no quiso irse de su país natal sin visitar el viejo castillo de Edimburgo en Escocia. Se llevó a su familia a ese maravilloso lugar para pasar unos días soleados y tranquilos. El pequeño William disfrutó mucho esa parada, se la pasó todos los días en caminatas por el bosque y buscando animales. Alice notó que su hermanito disfrutaba mucho la vida campirana y se sintió feliz de poder regalarle esos momentos que él tanto disfrutaba. Por su parte, Stear disfrutaba observando como eran las cosas de la naturaleza, ¿que hacía volar a las aves?, ¿que les daba el tono verde a las hojas?, ¿Por qué salía un arcoiris después de llover? eran tan solo algunas de las múltiples preguntas que se agolpaban en su mente. Y Archie, desde pequeñito hacía gala de sus finos modales y su pulcritud, él iba siempre bien vestido y limpio a todos lados, y aunque jugaba con agua o con tierra, se las arreglaba para no ensuciarse demasiado, él disfrutaba jugar con el perro y correteaba conejillos del bosque. Era un paraíso para ellos.
Cierto día Edward salió a dar un paseo a solas, a veces sentía la necesidad de respirar aire puro y meditar en silencio. Caminó sin rumbo fijo hasta que llegó al lago, allí se detuvo un rato y se sentó para disfrutar del momento y el paisaje. De pronto, escuchó voces que se acercaban, al voltear a mirar sus ojos se toparon con las de un hombre que él conocía: Richard Grandchester. Él venía acompañado por una rubia y hermosa dama y un pequeñito de pelo castaño y ojos increíblemente azules, de alrededor de dos años o quizás tres.
Al verse se saludaron cordialmente y Richard le presentó a Edward a su familia: la bella dama era Eleanor Baker y el pequeñito era su primogénito, Terruce. Edward, al ver que ese niño era casi de la edad de sus hijos, sobre todo de Archie, decidió invitarlos al castillo a pasar una tarde de juegos. Richard agradeció mucho el gesto pero lamentablemente a la mañana siguiente partirían de vuelta a América. Nunca más se volvieron a ver.
El destino no quiso que Terry y Candy se conocieran antes, pero sus caminos tarde o temprano se cruzarían.
Después de haber pasado unos días espléndidos en Escocia, los Cornwell se dirigieron ahora hacia Paris. Visitaron todos los lugares icónicos de la hermosa capital francesa, incluida la nueva y recientemente inaugurada Torre Eiffel. Fue en ese viaje que Edward y Alice compraron varias muñecas hermosas pensando en regalárselas a su princesita cuando ésta naciera. Pero irremediablemente fue dinero mal gastado porque ni Candy ni Annie gustaron de aquellas muñecas cuando las recibieron.
Ese viaje por Europa representó una etapa de gozo y tranquilidad para toda la familia, incluso el pequeño William estaba empezando a pensar que Alice y Edward eran sus padres. Aunque muy poco le duraría la felicidad de tenerlos.
Los meses pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Lilly cumplió su tiempo de gestación y el día finalmente llegó en que dio a luz a una bebita de cabellos rojizos, rasgo heredado del abominable hombre que la engendró.
Lilly no pudo soportar la idea de que esa criaturita, por más que le recordara su horrible tragedia, fuera a parar a un orfanato, era su sangre también, su hija, para bien o para mal y no tuvo corazón de abandonarla a manos extrañas.
Fue entonces que a Elroy se le ocurrió la idea de entregársela a Margaret, quien no podía tener más hijos y que ansiaba una niña. Nadie sabía que esa mujer era una descarada que se le había ofrecido en muchas ocasiones a Edward, porque de haberlo sabido, no hubieran dejado en manos de esa mala mujer a la criatura; nadie lo sabía porque el mismo Edward prefirió mantenerlo en secreto para evitar disgustos y peleas dentro de la familia. De tal forma que su silencio no solo sentenció su vida, la de Alice y la de sus hijas gemelas, sino también la de Eliza. Que error tan caro y que alcance tan trágico e inimaginable acarreó aquel simple silencio…
Elroy se encargó de convencer a Margaret y Theo Leegan de adoptar y cuidar a la hija de Lilly como si fuera su propia hija, y los hizo jurar nunca revelar la verdad, todo a cambio de otorgar a Theo Leegan la presidencia temporal del enorme emporio Andry. De modo que no se rehusaron.
Fue así que una inocente bebé, con un corazón y mente limpios, fue moldeada e instruida por una perversa persona a la que llamaba "madre", e inevitablemente la niña terminó por ser un fiel retrato en todos sentidos de su mentora.
Dos meses después del nacimiento de Eliza fue Alice la que empezó a tener dolores de parto, su momento había llegado. Esta vez nada se hizo en secreto, todos estaban pendientes y al tanto del nacimiento de "la princesita" como solían referirse cuando hablaban al vientre de Alice.
El doctor llegó sin tardanza a atender el parto y todo iba bien, incluso Edward pidió estar presente porque no quiso perderse por nada del mundo el nacimiento de su princesita, estaba realmente muy emocionado y ansioso de poder recibirla.
La labor de parto fue dura y dolorosa, pero Alice siempre contó con el apoyo y la mano firme de su amado esposo que no la soltó nunca y la animaba a respirar y pujar fuerte. Finalmente una rubia cabecita se asomó al mundo exterior, apenas estuvo fuera lloró fuertemente con sus buenos y saludables pulmones.
-¡Es una niña! - dijo el doctor.
-¡Lo sabía! - dijo Alice llorando de felicidad.
-¡Mi princesita! - exclamó Edward y solo entonces soltó la mano de su esposa para ir a recibir a su niña.
Fue un momento mágico cuando el feliz padre tuvo en sus brazos a la pequeñita, ella se agarró fuertemente del dedo de su padre y abrió los ojitos, su mirada se clavó enseguida en la de aquel hombre que la sostenía con infinito amor y ternura, fue amor a primera vista para Edward, su hijita le robó el corazón, era preciosa.
Alice también pidió cargar a su hijita y Edward se la puso en los brazos:
-¡ten cariño, es hermosa como tú, y sacó tu pelo!...
-¡oh, mi cielo, realmente es preciosa! - exclamó radiante de felicidad la orgullosa madre y depositó un amoroso beso en la frente de su bebita. Pasó su dedo índice sobre su rosada mejilla y la estrechó con cariño.
Alice lloró al ver el rostro de su pequeñita, al sentir su cuerpecito cálido y maravillarse de su perfección. Era la sensación más maravillosa del mundo.
-Se llamará Alice, como tú - dijo Edward.
Los padres no se cansaban de contemplar a su bellísima princesita, los dos le prodigaban caricias y sonrisas, pero entonces, Alice empezó a tener contracciones nuevamente. La cara de temor y desconcierto de Edward al no saber lo que pasaba era notoria. Volvió a tomar a su princesita en brazos y el doctor les dijo que no se alarmaran, que probablemente venía otro bebé en camino. La expresión de Edward pasó del pánico a la sorpresa y finalmente a la alegría, ¡otro bebé! era una bendición.
Alice siguió pujando valientemente unos minutos más hasta que otra bebita de pelo negro tan intenso como el de su padre salió al mundo. ¡Es otra niña! exclamó el doctor, seguido del llanto de la bebé que confirmaba que también tenía buenos pulmones.
-¡otra princesita! Mi amor, ¿escuchaste?, ¡tenemos otra princesita! – Edward no cabía de felicidad.
-¡si, cariño…gemelas! ¡Quiero verla!
El doctor, después de haber revisado y aseado a la bebé, se la entregó a la mamá.
-¡oh es idéntica a ti, mi amor! – le dijo Alice a Edward, que no soltaba a su rubia bebita.
Él se acercó y la miró de cerca.
-¡es verdad! ¡Es idéntica a mi!... quiero cargarla también…
Edward entonces le pidió al doctor que le ayudara a colocarle a la bebé en el otro brazo, quería cargarlas a las dos al mismo tiempo. Su dicha fue doble al tener a ambas niñas en sus brazos, era el padre más feliz de todo el universo con sus dos princesitas.
-¿y que nombre quieres que le pongamos a esta niña? – le preguntó Edward a su esposa.
-me gusta Mary.
-entonces será Mary.
-nuestras princesitas Alice y Mary… ¡son hermosas!
Los orgullosos padres estaban más que felices. Al poco tiempo de nacidas y después que Alice las alimentó con sus pechos, las niñas fueron presentadas ante la familia que recibieron gustosos la noticia de que eran dos bebés las que habían llegado y no solo una. La algarabía era total. Incluso los pequeños Stear y Archie se alegraron de tener a sus hermanitas, las besaron cariñosamente y Stear les puso en sus cunitas uno de sus juguetes favoritos a cada una, era su manera de decirles que las quería y que ya ansiaba poder jugar con ellas.
Margaret fue la única que no se alegró por la llegada de las gemelas, en los días siguientes vio como todo mundo visitaba a las bebes de Alice y las llenaban de regalos y cariños y a ella y su bebé no les hacían tanta fiesta. Su odio crecía más y más. Hasta que un día Margaret albergó en su corazón la idea de deshacerse de aquello que la amargaba, si Edward no sería suyo entonces no sería de nadie, y Alice pagaría con lágrimas de sangre y dolor por todo el daño que le había ocasionado desde siempre; la haría sufrir tanto que lamentaría haber nacido, le quitaría todo lo que ella más amaba y la hundiría en la desdicha para siempre. Se lo había jurado a sí misma.
***AMIGAS, COMO YA VIERON ESTE CAPI FUE DE MUCHA HISTORIA Y ESPERO QUE NO SE HAYAN ABURRIDO… O SI LAS HE ABURRIDO? DIGANMELO EN SUS REVIEWS. RECOMENDACIONES Y QUEJAS TAMBIEN SON BIEN RECIBIDAS! JEJE.
BESITOS A TODAS.
