Ninguno de los personajes de Southern Vampire Mysteries o de True Blood me pertenecen. Son propiedad de Charlaine Harris y de Alan Ball.

Planeaba seguir con la conversación y saber más del desgraciado que se había atrevido a tocar a su esposa mas cuando se despertó al caer el sol de nuevo, hubo de apartar eso de su mente para centrarse en lo que estaba pasando. Llamó a Pam, no para interrogarla como había pretendido, sino para alertarla. La calma de las dos últimas noches había dado paso al movimiento y la tensión. Desde la ventana podía ver la rotonda de entrada a la gran mansión en la que se alojaba. Abajo no dejaban de entrar y salir coches, y de apearse de éstos vampiros, humanos y otros seres. El humano que solía traerle las toallas y la ropa limpia (o lo que hubiera necesitado) le llevó un traje y le informó que en una hora vendría a acompañarle al gran salón para que tuviera lugar el encuentro.

Sin tiempo para mimos, se arregló aprisa, se dejó el pelo suelto y dejó a la vista un gran colgante de bronce. Si iban a ejecutarlo, al menos que fuera con alguna reminiscencia de lo que siempre había sido: un vikingo.

En su camino a la reunión se encontró con varios vampiros y criaturas, que lo saludaron como no se suele saludar a alguien a quien van a condenar a muerte. Empezó a animarse.

Un par de gigantescas puertas de roble español se abrieron para darle paso a un salón inmenso, tan grande como el párking de Fangtasia. No había en él rastro de mesas y sillas como debería haber en cualquier salón. Los ventanales eran altísimos, con lacería de piedra, sin cortinajes que impidieran ver el lujo del palacio y la luz de la luna y las estrellas.

Los grupos de vampiros permanecían a un lado o al otro de un pasillo sin acotar, que acababa en la única silla de la estancia. Un sillón de madera, como el trono de un príncipe. Seguramente, el trono del rey vampiro del reino en el que estaban. Echó una rápida mirada alrededor y descubrió que estaba, seguramente, ante todos los reyes de Norteamérica.

De repente todos se quedaron en silencio y Eric tuvo la sensación de que debía integrarse entre la multitud y apartarse de la puerta principal. Hizo bien. Unos segundos después, se abrieron las puertas y un séquito de no menos de cuarenta vampiros, ataviados con uniformes púrpuras y blancos, armados con espadas al cinto, entraron en la sala seguidos de la vampiresa a la que escoltaban y a la que le hicieron pasillo.

Ella echó una rápida mirada al salón y los vampiros se agacharon en una reverencia. Caminó decidida hacia el frente, repasó el trono, pero no se sentó. Su guardia se apostillo a sus flancos.

-Descansad-les dijo. Volvió a mirar a los vampiros de la sala, inquisitivamente, y todos volvieron a agacharse y a reverenciarla-Podéis permanecer en pie, me es indiferente-hablaba con voz tranquila, clara, lo suficientemente alta como para que llegara hasta los oídos de los pocos humanos que allí había y lo suficientemente baja como para que no atronara en el salón. La última vez que Eric la había visto su creador le había dado la libertad, y desde luego, no esperaba verla en ese lugar.

-Majestad-Eduardo de York, rey de Virginia, y anfitrión, fue el primero en hablar-Nos sentimos honrados con su presencia.

-No estoy aquí para honrarte… milord-dijo después. Resultaba extraño ver a uno de los reyes más influyentes de América agachado ante una chiquilla.

-Majestad-intervino otra vampiresa-¿A qué debemos vuestra inestimable visita?

-Bien lo sabéis, Irina.

-No, majestad, nosotros…

-¡Silencio! No he venido a escuchar vuestras excusas. ¿Dónde está el vampiro del norte, el vikingo?

-Estoy aquí, maiestas-se inclinó y ella le escrutó con la mirada.

-Espero te hayan tratado bien.

-Estoy bien, maiestas.

-Ha estado acomodado magníficamente, majestad-intervino Eduardo-como un rey.

-Rey… reyezuelos más bien-sonrió.

-¿Sabéis por qué estoy aquí?-Preguntó y fue respondida con un gran silencio-Estoy aquí porque sois afortunados. Tenéis suerte de que haya sido yo y no su majestad Akkad, la que haya decidido venir a América.

-Mi reina…

-Mi esposo está harto de vosotros, ingratos-les espetó-Muchos de vosotros, Irina, Eduardo, Olivier, Sibila, Recaredo, Rodrigo, Valois… sois hijos de los hijos de mis hijos y esa es la única razón por la que vuestras cabezas siguen sobre vuestros hombros-los mencionados hicieron una reverencia exagerada.

-Lo sucedido con Sophie Anne y con Felipe es inadmisible e intolerable-hablaba con un fuerte acento, pero lo hacía con soltura-Cuando vuestro padre Akkad y yo decidimos quedarnos al margen del gobierno del Nuevo Mundo, lo hicimos para dároslo a vosotros. ¿Hicimos mal?

-No, graciosa majestad.

-Entonces dejad de comportaros como chiquillos codiciosos.

-Si sois reyes aquí es porque Nosotros os lo consentimos-dijo. De repente, se hizo en la sala un remolino de viento, un viento que arrastraba un rastro de ceniza grisácea. El viento se detuvo detrás del vampiro Alexandre de Valois, rey de uno de los estados del Oeste americano. No le dio tiempo a parpadear cuando la reina Nesut había colocado sobre su pecho la inmaculada punta de una estaca de madera. Volvió a convertirse en viento y ceniza y en menos de doce segundos habría podido matar a nueve de los reyes de América. Puede que Nesut siguiera pareciendo lo que había sido cuando fue convertida: una niña de apenas trece años, pero era una vampiresa poderosísima. Tampoco parecía del todo una niña pues en la época en la que ella fue humana, a los doce, ya se era mujer. Ella misma había tenido un bebé. Y aunque su cabeza guardaba la sabiduría de los milenios, en su mirada y en su rostro siempre lucía un brillo infantil. Se oían muchas leyendas sobre ella y su esposo, el gran rey Akkad, que era su creador y aún más anciano que ella.

Regresó al frente de la sala y se materializó de nuevo, al lado de Eric.

-Sí-concedió-Imaginad de lo que es capaz Akkad. Yo no puedo compararme a él. Y será él quien venga a poner orden si continúan vuestras luchas internas. Éstas se acabarán. Ponedles fin. Encontrad la manera de mantener la paz y el equilibrio o lo haremos nosotros-amenazó-Elegid nuevos reyes para los estados que han quedado sin monarca, y comunicadme sus nombramientos antes de que vuelva a mi corte, en dos semanas. Ahora, Eric, hablemos tú y yo a solas-Cogió a Eric del brazo y salieron por las puertas de roble, seguidos de la escolta real, ante la reverencia de los presentes-¿Necesitáis coger algo de esta casa? -Oyeron los murmullos nada más salir del salón-comedor.

-No, mi reina.

-Marchemos, pues. Confío en que pueda alojarme contigo. No han sido solo vuestras guerras las que me han traído aquí-Eric imaginaba lo que había impulsado a la gran reina a hacer lo que hasta ahora no había hecho: viajar a América-Se lo dije a mi esposo, sabía que el nuevo mundo nos traería problemas, pero decidimos que ya teníamos bastante-Subieron a una limusina enorme, de color negro. Tomó asiento en frente de la reina-¿Quieres comer algo?

-Me vendría bien algo de alimento, pero me bastará con sangre sintética.

-¡Jürgen, Jürgen!, traedle algo de comer al joven Eric. Creo recordar que preferías a las mujeres…-Eric hizo un gesto con la cabeza, agradeciendo la amabilidad de la reina, cosa difícil, pues se encontraba de lo más incómodo en su presencia.

-En seguida, majestad-La reina le sonrió mientras esperaban "su comida". Nesut tenía la piel clara, pero no blanca. Su moreno natural se había atenuado a causa de no ver el sol durante milenios. Dos cejas frondosas pero definidas enmarcaban unos ojos verdes, grandes y almendrados. Una vieja cicatriz, casi inapreciable, le partía el labio superior, esponjoso y más grueso que el inferior. Tenía el cuello finísimo y estaba delgada de más, incluso para los tiempos actuales. Llevaba el pelo moreno corto, como un chico, aunque raramente lo exhibía, pues seguía conservando la costumbre de adornarse con tocados y pelucas, como había hecho en vida-Oh, te han traído a Elisa, muchas gracias, Jürgen. Elisa sabe a la selva negra-Eric sonrió, esperó y la muchacha, de unos veintidós años, se bajó un poco el sweater, dejando la parte superior de su seno izquierdo a la vista de Eric. Le hincó los colmillos y bebió despacio, para que no le escociera.

-Aún recuerdo la sed que se pasa siendo joven-comentó la reina-Como por gusto la mayoría de las veces, aunque desde hace unos años ya ni siquiera es un placer. La última vez que estuve en Inglaterra los hombres olían y sabían igual: a carbón.

-Hace mucho, en verdad, que dejó de usarse el carbón en Inglaterra, su graciosa majestad-cubrió a la muchacha-Gracias, eres deliciosa.

-Si no quieres nada más…-le insinuó en alemán.

-Estoy servido.

-Dejadnos-le pidió la reina. Esperaron a que la chica saliera del habitáculo. El coche se puso en marcha con un arranque potente. No tardaron en llegar a su nuevo destino: el aeropuerto, donde les esperaba un jet privado que los llevaría hasta Shreverport.

-Cuéntame qué pasó con Sophie Anne y con Felipe mientras viajamos-Y eso es lo que hizo Eric. Durante el vuelo le relató con pelos y señales, con nombres y condiciones, lo que les había sucedido a los dos reyes de Luisiana. Decidió no callarse ningún dato, no mentir, porque no creía que Nesut toleraría que se le mintiese.

Unas pocas horas después aterrizaron en un aeropuerto privado en Shreverport, y allí les esperaba otra limusina. Eric se estaba acomodando en el asiento cuando el altavoz abrió comunicaciones con el chófer.

Eric le dio la dirección de su casa y el automóvil inició la marcha. En el trayecto en coche la reina no paró de comentar lo nuevo que era todo allí y Eric no dejó de notar lo poco que le gustaba aquello. Sin embargo, durante el resto del trayecto, Nesut y él hablaron de las cosas modernas que sí disfrutaban.

Algo más de una hora les separaba del amanecer cuando llegaron a su casa. Eric bajó del coche e invitó a la reina con un gesto de su mano, a acompañarle.

-Mi casa es humilde, no es… a lo que estáis acostumbrada.

-He vivido mucho, Eric-lo consoló-Ambos sabemos que la vida no siempre ha sido buena, fácil o cómoda.

-No creo que tenga sitio para sus guardias.

-Tienes un jardín trasero, por lo que veo.

-Sí, majestad.

-Con eso bastará-Y entraron en la casa.

-¡Estamos aquí arriba!-oyó gritar a Jason.

-Cállate, imbécil-Esa era Pam. Miró a la reina, pero ésta parecía divertida.

-¿Tu esposa humana está aquí? Vamos a conocerla-Y le precedió en la escalera.

-Oh, no sabía que venías acompañado-comentó el hermano de Sookie.

-Tienes mala cara, ¿cuánto hace que no duermes?-le preguntó Eric al que era su cuñado.

-Desde hace un par de días. Ha vuelto a pasar.

-¡Jason!-lo regañó Pam.

-Pam-los interrumpió a ambos-Déjame presentarte a su majestad Nesut, señora de los territorios de Oriente Medio, gran reina de Egipto y África, zarina de Rusia, reina consorte de Europa; la gran emperatriz de los vampiros-Pam abrió mucho los ojos, sorprendida, y luego se arrodilló ante Nesut.

-Oh-atinó a decir Jason-Encantado, alteza-e hizo una reverencia torpe.

-Los reyes son "majestades", Stackhouse-le contestó Pam.

-No importa. Es un placer. ¿Tu mujer?-insinuó Nesut señalando a Sookie.

-Sí, mi reina-La reina se acercó y le acarició la cara a Sookie. Si Eric todavía respirase le habría tocado contener el aire.

-Así que esta es la joven humana por la que mi Appius perdió la vida-Pam miró a Eric.

-Fue un hada-le contó Eric-Iba a matarla a ella, pero Ocella… Él… estaba gravemente herido, no podía moverse. Y la espada le atravesó a él en vez de a ella. Maté a su asesino.

-Mi pobrecito Appius-Pam hizo un gesto y Eric la censuró con la mirada-Yo fui su creadora-informó a Pam. Se quedó pensativa unos segundos y volvió a la realidad-Dejemos a tu enamorada, Eric. Muéstrame un lugar donde pueda dormir durante el día y cuéntame cosas sobre mi querido hijo hasta que salga el sol. Ha sido un placer conoceros.

-Gran reina...

-Me gustaría poder hablar un minuto con mi progenie, majestad.

-Muy bien-hizo una pausa-Te esperaré abajo.

-¿Era ella con quién me ibas a mandar?-cuestionó Pam en cuanto se cerró la puerta.

-Sí.

-Espera, ¿de qué estáis hablando?-preguntó Jason.

-El plan era que si me pasaba algo, os acogierais a su protección en Europa.

-¿Qué hace aquí? ¿Ha venido por lo de Ocella?

-Ha venido, según parece, para poner fin a las guerras de los reyes.

-¿Va a tomar posesión de Estados Unidos?

-No… pero ha amenazado con hacerlo si seguimos peleándonos.

-¿Y eso es bueno o malo para nosotros?-preguntó Jason.

-Es mejor. En el mundo no podrías tener aliados más poderosos. Dicen de Akkad que fue convertido en la época en la que los hombres aprendieron a cultivar.

-¿Y de eso hace mucho?

-Eso le convierte en el vampiro más antiguo de la tierra. Y ella es su hija más querida. No es tan anciana como él, pero tiene más de seis mil años, seguro. No hay ningún vampiro que pueda comparársele a ella, y ella no puede compararse a su esposo. Sí, es bueno-comentó con una sonrisa-Será mejor que me vaya con la reina.

Llegan las vacaciones estivales y muy probablemente no podré actualizar capítulo en la próxima semana. Pero en cuanto vuelva, seguiré subiendo los capis. ^^