LII. A Merced del pánico.

"So tell me why you've choosen me

Don't want your grief, don't want your greed

I don't want it…"

Until It Sleeps- Metallica

A diario tenía pesadillas reviviendo ese momento.

Sabía que no era natural matar a una persona, menos hacerlo por dinero… menos aun en su posición; pero sopesaba que las consecuencias podrían ser mucho peores.

Aún lo veía cuando cerraba los ojos: tirado en el suelo, desangrándose vivo. Pero la escena se tornaba borrosa luego de unos segundos, cuando observaba a lo lejos como alguien más amenazaba con dispararle; quizás en retribución por lo que había acabado de hacer.

Cuando tomó la decisión más difícil de su vida, admitió muchas veces para sí mismo que estaba siendo movido por un sentimiento fútil y, que para colmo, no era correspondido. Estaba muy claro cuáles eran los sentimientos de Chiaki (aunque el mismo Chiaki no los admitiese) hacia Hatori y viceversa; haciéndole sentir como un inmenso estorbo entre los dos cuando estaban juntos, sin embargo, lo que sentía por Chiaki era tan grande y tan difícil de poner en conceptos que estaba dispuesto a soportar la sensación de incomodidad. De que estaba demás, de saber que simplemente era el segundo en su lista de afectos.

Solo un amor tan grande podía justificar tal locura, tal caída en espiral sin ninguna aspiración de volver.

Tenía un par años trabajando en la policía cuando tomó aquella resolución tan arriesgada. Chiaki no salía del hospital y las posibilidades de recuperarse eran cada día más lejanas, más ínfimas.

Solo una operación podía incrementar esas probabilidades pero era muy costosa y su familia no podía pagarla.

Chiaki había perdido a su padre debido a esa misma enfermedad y parecía resignado a padecer el mismo destino… eso fue hasta que Hatori apareció en el cuadro, claro.

Sus ganas de vivir y de ser una persona normal sin duda lo contagiaron. Lo imaginaba correr una maratón, escalar montañas altísimas, poder reír hasta que no le quedara aire, expresar afecto sin contenerse; recuperar el color e incluso ir a un izakaya juntos y beber hasta embriagarse.

También, en lo más profundo de su ser lo imaginaba emitiendo suspiros a su lado, presa del placer, del desenfreno. Sin miedo a que su corazón pudiera detenerse.

Quizás, junto a ese deseo irrefrenable estaba la esperanza de que, algún día, Chiaki pudiera ver en su dirección y darse cuenta de que él era a quien quería.

Su madre y su hermana se dedicaron en cuerpo y alma a cuidarle, pero las cuentas del hospital eran muy altas; tanto que, muy a pesar de sí mismas y de su desconsuelo, consideraron llevarlo a casa… que allí viviera a plenitud hasta que cualquier día su corazón cediera, como el de su padre. Pero él no podía permitir eso, la idea de dejarlo morir lentamente era desoladora y terriblemente dolorosa.

Él era honesto, era alguien que creía en la justicia. Por eso decidió ser policía…

"Conozco a alguien que puede ayudarte…"

Sabía que la corrupción abundaba en todo sistema judicial, y su trabajo no era la excepción, por eso intentó por todos los medios huir de esas conductas arriesgadas y peligrosas; haciendo su trabajo con honestidad y rectitud.

Pero la vida de Chiaki estaba en riesgo sin un tratamiento médico adecuado… y el tiempo corría… y por muy buena que fuera su paga no podía cubrir sus gastos médicos por sí solo.

Estaba sentado en la sala de espera, demasiado angustiado para poder evadirlo cuando se acercó. Tenía el cabello castaño claro y los ojos grises algo fríos. En cuanto se sentó a su lado le extendió una lata de café caliente que no puso el más mínimo esfuerzo en rechazar.

Ahora que lo pensaba bien, debió hacerlo… muchas culpas se habría ahorrado de haber declinado esa oferta ese día.

Dijo que conocía el caso de Chiaki por un colega suyo, y que sabía cuántos problemas tendría si no podían seguir tratándolo en el hospital. Cuando se giró a verlo llevaba una bata de médico, así que no lo consideró peligroso.

― Haría cualquier cosa por salvarlo― dijo en medio de su desesperación. Aquellas palabras marcarían para siempre su destino: sirviéndose al diablo en bandeja de plata y aceptando el infierno sin protestar.

El médico levantó una ceja y suspiró antes de hablar.

― Eres policía, ¿no?― comentó. Yuu solamente asintió con pena. Amaba su oficio, sin miramientos, pero con Chiaki en esa situación habría deseado ser otra cosa: Médico, empresario, incluso un yakuza si eso significaba mantenerlo vivo.

― Conozco a alguien que puede ayudarte ― agregó, con un leve tono de advertencia que no identificó entonces, pero ahora le hacía odiarlo a ratos.

― ¿De verdad?― preguntó esperanzado― ¿Podrías ponerme en contacto con él? Es muy importante para mí-

― Si puedo― le interrumpió―, pero debes estar totalmente seguro de querer asociarte con una persona como esa.

Quizás esa fue la segunda señal de advertencia.

― ¿Por qué lo dices?― preguntó. Cuando la esperanza volvió a dejarse ver se tornó muy inocente. Todo lo peligroso o arriesgado para él o su trabajo simplemente desapareció. Como si ya no le importase siempre que pudiera salvarlo― Si se trata de pagar a tiempo, yo puedo hacerlo-

― No se trata de eso… Verás, a esta persona no puedes simplemente pagarle con dinero.

― ¿Entonces cómo?

― ¿Estás seguro de qué quieres hacer esto?― preguntó de nuevo― .Solo así puedes saberlo.

En ese momento, e incluso ahora, odiaba su maldita costumbre de dar tantos rodeos.

― No voy a dejar morir a Chiaki, eso es de lo único que puedo estar seguro― respondió con firmeza, en parte también harto de su falta de respuestas concretas―. Así que haré lo que sea necesario.

El médico se levantó de su asiento y giró levemente el rostro hacia él.

―Entonces ven conmigo, Yanase Yuu.

Se sintió presa de un mal presentimiento; ahora que lo recordaba, en ningún momento le había dicho su nombre. Pero exhaló una bocanada de aire antes de comenzar a seguirlo.

Que durase un año filtrando información hacia ellos, luego de convertirse en el oficial predilecto del detective Shinoda le parecía angustiante y le provocaba una profunda zozobra. No solo porque Shinoda era tan buen hombre como buen policía, sino porque veía en Yuu a un joven prometedor y talentoso; y eso le parecía injusto y cruel, no porque no lo fuera… sino porque no se creía merecedor de tal confianza cuando los estaba traicionando.

Una vez que comenzaron a trabajar con Kirishima y los demás, sus llamados a la oficina del Rey Gris se hicieron más frecuentes. Cada vez que iba a ese lugar salía con un sentimiento de infinita culpa y resentimiento contra sí mismo, pero podía soportarlo en cuanto se enteraba de que Chiaki al menos había sobrevivido un día más.

Y en verdad creía que con eso bastaba. Con solamente darles la información que quisieran, con llamarlos cuando supiera algo nuevo de Usami, cuando le fuera revelado cada uno de los intentos de Kirishima y los fiscales por detenerlo.

― Al parecer esta es la persona que tiene al fiscal Takatsuki― le dijo, extendiéndole una copia del retrato hablado que hizo para la policía. Miyagi se lo había arrebatado para averiguar quién era; supuso que también estaba desesperado por encontrarlo.

Aquella persona sonrió complacida. Yuu también sabía que era uno de los hombres de Usami; Los Negros, les llamaba.

― Akihiko es demasiado descuidado― rió un poco antes de dirigirse a él― Yanase, tú eres uno de los francotiradores de la policía, ¿Verdad?― preguntó en ese tono usual desde su escritorio mientras movía las piezas grises en ese tablero de ajedrez improvisado. Nunca había entendido como a un juego que ya era complicado con dos bandos se le podía agregar un tercero, pero en realidad nunca se había concentrado lo suficiente en comprender. En el fondo temía a los daños que pudiera causarle a su maltrecha consciencia el hallar algo que no debiera saber.

― Si― contestó entrecortado. Habría dado la mitad de su vida porque nunca le preguntaran eso. Podía sospechar lo que seguía a esa pregunta.

Pasó unos segundos en silencio antes de sonreír. A veces esa persona podía ser bastante escalofriante.

― Muy bien― comenzó virándose hacia él―. Entonces es hora de que juegues el rol que te corresponde.

― No sé de qué… está hablándome― dijo, algo inquieto.

― Esta noche te desharás de él― Señaló la fotografía. Yuu quedó petrificado ante semejante mandato. Ya era suficiente ser un soplón, darles información ya le causaba suficiente culpa; pero ¿matar?

― Imposible― respondió exteriorizando sus pensamientos― No lo haré.

El rey sonrió. Le resultaba divertido ver como se resistían para luego cumplir con la orden de todos modos. Había algo en esa expresión de desesperanza en sus rostros cuando lograba doblegar sus voluntades que le resultaba tan fascinante.

― Oh, sí que lo harás― levantó el teléfono. Yuu comenzó a sudar frío.

Supongo que estarás en conocimiento, como el buen informante que eres, que Tsumori es un médico muy especial. Y que es realmente eficiente al momento de hacer su trabajo… o dejar de hacerlo, si yo se lo pido.

Maldijo en su fuero interno el facilitarle las cosas a Tsumori para que se convirtiera en el doctor de Chiaki.

Dudó unos segundos que le parecieron horas, mordiéndose el labio inferior mientras sentía las gotas de sudor caer pesadas por su espalda, debajo del uniforme.

La vida de un extraño, de alguien a quien nunca había visto o tenido algún contacto por un lado… y del otro, la persona por la que había decidido sacrificarse, así su vida se convirtiera en una pesadilla.

Desde el escritorio lo miraba con atención; los ojos azules fijos en él y la expresión imperturbable, esperando el momento exacto en el que su expresión se rompiera, en el que su orgullo se hiciera añicos, doblegándose ante él, que tenía el poder. Como le enseñaron desde niño.

Seguía con el teléfono en la mano y preparado para marcar. De todas formas, no sería la primera vez que Tsumori haría esa clase de trabajos.

― De acuerdo― le hizo colgar el auricular colocando una mano sobre la suya y sonrió de nuevo.

― Es muy importante para ti… ¿eh?― su rostro se tornó muy serio―, terminarás muerto por eso.

― Mientras tanto no lo dejaré morir― Yuu dejó escapar como muestra de su rebeldía contenida.

― ¿Así tengas qué matar a otros?― preguntó. Allí estaba de nuevo aquella fascinante expresión.

― Mientras tenga que escoger entre dejarlo morir y matar a otros― reformuló su pregunta― escogeré mantenerlo vivo cada vez.

Y le dio la espalda para irse por donde vino, sintiéndose más miserable que nunca en su vida.

Era muy poco lo que sabía de él, supuso que Tsumori o los otros sabrían más… Chasqueó la lengua y apretó el informe entre los puños. Odiaba que lo tuvieran en sus manos, y quizás, por única vez en su vida, comprendió la posición de Hatori.

Incluso se compadeció de él, pero el desprecio que le tenía hizo que solo fuera por unos instantes.

― Yanase, presta atención― reprochó Shinoda en medio de la reunión. Tal vez su expresión estaba levantando sospechas, quizás ya se había vuelto paranoico, quizás tenía la palabra "Esta noche me convertiré en un asesino" escrita por toda la cara; posiblemente las tres.

― Lo siento― disimuló su turbación tratando de enfocarse, pero era imposible. Las manos le temblaban al pensar en lo que iba a hacer, y se ponía aun peor al pensar en lo que sucedería de no hacerlo.

―Como ya saben, los francotiradores solo estarán reservados para emergencia, es decir, si la situación se torna hostil para el fiscal Takatsuki o si quienes lo retienen comienzan a disparar, entonces cuentan con mi autorización. Y en ese caso, no disparen a discreción, solo inmovilicen, ¿Está claro?

― ¡Sí, señor!― contestaron todos a coro. Con suerte, eso ocultó la voz apagada y desganada de Yuu.

Después de eso las cosas transcurrieron como en una película, como si las estuviera viendo desde muy lejos. Shinoda incluyó en el rescate a dos personas que parecían conocer a quienes tenían al fiscal. Creyó verlos alguna vez en fotos, pero no estaba del todo seguro; tampoco podía pedirse tener mucha memoria en un momento como ese.

Cuando Shinoda le pidió entrar a buscar al fiscal se sintió aliviado de ser relevado de sus funciones como francotirador, pero Miyagi insistió tanto en ir en su lugar que tuvo que volver a su posición inicial en aquella terraza. Por un momento incluso pensó que su destino era ineludible.

Recordó muchas cosas mientras esperaba el momento indicado.

Aquel día en que conoció a Chiaki en la escuela secundaria; era de los chicos que iba muy poco a clases y quizás por eso le comprendió al ser el muchacho nuevo que llega a mitad de semestre, recordó las tardes enteras en su casa leyendo los mangas que a ambos les gustaban cuando estaba de reposo, incluso cuando se mudó definitivamente al hospital y comenzó a visitarlo todos los días después de clases, cuando aún estaba en la academia de policía.

― Vas a ser un gran policía porque eres muy justo, Yuu― le dijo con una sonrisa en cuanto le contó que había sido aceptado. Y en nombre de esas palabras no quería decepcionarlo.

Pero iba a matar a alguien, a una persona en cualquier momento. ¿Cómo podía ser justo después de eso?

Tomó aire y no quiso recordar más. No quería flaquear al final y que todas las cosas que había hecho por Chiaki fueran en vano por no poder llegar hasta las últimas consecuencias por él.

― Algún día― suspiró para sí―, algún día te sacaré de allí; Chiaki.

Uno de los muchachos que Shinoda había incluido en la misión como una suerte de negociador le brindó la oportunidad que estaba esperando. Todos habían bajado la guardia y él pudo moverse hacia otra parte de la terraza, una donde ninguno de los demás francotiradores estaba ubicado.

Enfocó la mira en medio de su torso, donde estaba seguro que no podría fallar; tomó aire y agudizó sus sentidos, relajó su respiración y apagó su conciencia.

― Eres tú o es él― chasqueó más frío de lo que esperaba o quisiera― Lo siento, Yukina.

Y disparó.

La conmoción no se hizo esperar y no quiso quedarse a observar. Antes de que en su mente se acumularan más arrepentimientos y alguien lo descubriera, quiso salir corriendo y volver a su posición, pero escuchó un disparo que, para su fortuna, se desvió y dio contra la pared haciéndole acelerar el paso en medio de recuerdos borrosos. Que no estaba seguro si eran producto de la adrenalina o si su subconsciente los había bloqueado para que no se volviera loco.

Y desde ese día tenía la misma pesadilla todas las noches: El cuerpo de Yukina en el suelo, aquella persona persiguiéndolo hasta matarlo y la cara desilusionada de Chiaki al enterarse de la verdad.

Pero no podía volver atrás, ya no.

Hatori lo tomó por la solapa y comenzó a sacudirlo.

― Entonces fuiste tú― gruñó con furia― ¡tú le dijiste todo y casi lo matas!

Yuu lo miró con los ojos inexpresivos. Lo que menos necesitaba era que Hatori le recordara que sus celos estuvieron a punto de echarlo todo a perder.

― Tú le mentiste― respondió mordaz― no eres mejor que yo.

― ¡No me jodas!― le gritó lleno de rabia― ¿Entonces por eso lo hiciste? Para demostrar que eres mejor que yo en algo, así lo mataras ¡Eres un…!

Iba a asestarle un puñetazo en el rostro cuando Tsumori lo detuvo.

― Basta, Hatori― le advirtió sosteniéndolo del brazo.

― Déjame, Tsumori― respondió intentando de nuevo golpearlo.

― Haz que me suelte, Tsumori o no respondo― Amenazó, mirándolos con desprecio. Sobre todo a Hatori quien apretaba con más fuerza su mano en torno a la solapa de su uniforme.

― Hatori, suéltalo te digo― insistió de nuevo― ¿O quieres más problemas?

El de los ojos azules supuso que aquello era una amenaza. Podrían prohibirle volver a ver a Chiaki.

Lo soltó; no sin antes estrellarlo con fuerza contra la pared.

― Asquerosa rata― espetó casi con asco― tú también lo engañaste.

Y salió de la oficina dando un portazo para conseguir al menos calmarse un poco.


― Miyagi, ¿qué sucede?― preguntó Hiroki mirándolos a ambos con preocupación. Había un absoluto misterio en torno a esa reunión― ¿Dónde están Shinoda y Kirishima?

― Preferimos conversar esto primero con Onodera y contigo ― respondió.

― ¿Pasó algo?― preguntó Ritsu― ¿Ya saben algo de Usami?

Shinobu negó con la cabeza.

― No, pero… hay algo que deben saber― les dijo Shinobu en un pseudo tono tranquilizador que, en vez de generar tal efecto, los puso mucho más nerviosos.

― ¿Takatsuki, qué pasa?― Preguntó Hiroki de nuevo― ¡Déjense de misterios, por todos los cielos!

― Kamijō.― comenzó Miyagi― Shinobu estableció una teoría y hemos pasado los últimos días investigando qué tan factible puede ser.

Hiroki escuchó con atención.

― Lo del tercer bando es cierto― añadió―, y quieren vengarse de Usami… y de sus asesinos. El asesinato de Yukina no fue casualidad: lo planearon para advertirles que están sobre ellos…

Ritsu fue asaltado por una terrible corazonada.

― Esas personas pueden estar infiltradas en el tribunal. Pueden conocer a Kirishima e incluso a Shinoda, por eso no les hemos dicho nada y no están aquí.

Hiroki comenzó a temblar. Si había alguien detrás de Los Conejos Negros, eso quería decir…

― Ya la mayoría de los conejos están muertos― dijo Shinobu― Si lo que pensamos es cierto, solo les quedan tres.

― No― susurró invadido por un estupor anormal, el corazón le dio una vuelta dentro del pecho para luego encogerse y dificultarle mucho el respirar. Comenzó a temblar y a sudar frío; no podía hablar.

― Lo que Shinobu quiere decir es que… posiblemente estén detrás de Hatori, Takano y Kusama―. Finalizó Miyagi. Y Hiroki se sintió mareado.

― ¡Eso no puede ser!― exclamó Ritsu fuera de sí― Usami ordenó que mataran a Yukina, ¿cierto? No pueden haber más blancos sobre Masamune ¡Eso no puede ser posible!

― De hecho lo es― intervino Shinobu― Hay padres y hermanos de sus víctimas, incluso amantes o hijos que bien podrían…

Hiroki dejó de escuchar presa de sus propias angustias. Todos los sonidos se convirtieron en ecos lejanos mientras la realidad caía sobre él, asfixiándolo.

Si Usami no trataría de matar a Nowaki lo haría alguien más. Estaba en peligro.

― Lo que queremos con esto es que tengan cuidado. Era algo que veíamos venir, pero quizás no estábamos preparados para asumirlo― dijo Miyagi― ¿Kamijō, a dónde vas?

Antes de que pudiera percatarse tenía las manos empuñadas en la puerta. Necesitaba salir corriendo, ir a donde estaba…

― Necesito verlo― musitó en voz baja antes de salir de la oficina, dejando a los tres allí.

― Yo tengo que hablar con Masamune de esto― Ritsu también se levantó para irse, pero Shinobu lo retuvo.

― Onodera, tienes que calmarte― le sostuvo de los hombros― Si actúas de manera imprudente…

― ¡¿Imprudente?!― devolvió con ironía― Volvimos para acabar con todo esto y solo han empeorado las cosas. Yo no volví para esto ¡No volví para que lo mataran!

― Onodera, tienes que creernos… nosotros…

― ¡No me digan que lo van a proteger porque no podrán!― exclamó lleno de frustración―. ¡Usami se escapó estando ustedes aquí, Fujikawa murió en sus narices, la hija de Kirishima fue secuestrada y ni hablemos de toda la gente que ha muerto solo por estar cerca de ustedes! ¡No voy a exponer a Masamune para que lo maten!― bajó la voz― desde un principio siempre tuvo razón… no debimos volver.

Se apartó de Shinobu de un empujón y salió detrás de Hiroki. El chico intentó detenerlo para hacerle entrar en razón; o darle un puñetazo. No estaba del todo claro.

Pero Miyagi atravesó un brazo y no lo dejó salir.

― Pero…

― Deja que lo procesen― dijo con aplomo― No debe ser nada fácil recordar que fueron asesinos.

Shinobu exhaló un suspiro y se dejó caer sobre la silla.

― Suficiente teníamos con Usami como para añadirle más gente― confesó― Ya no sé ni a quién perseguimos.

Miyagi le puso la mano en el hombro.

― No pierdas el enfoque― le dijo apretándolo cariñosamente― Por cierto, hay algo que debo hacer.

― ¿Qué cosa?

― Descartar a Kirishima.


― Si quieres protegerlo, esa no es la actitud― le dijo alguien mientras caminaba hacia la salida. Cuando se volvió, identificó unos intimidantes ojos azules que en aquella ocasión lo miraron con cierto desdén; ahora lo hacían como si fuera un mocoso en medio de una pataleta.

― ¿Cómo lo sabes?― respondió iracundo.

― Créeme que con tus gritos es un milagro si no lo sabe el tribunal completo.

― ¿Y qué pretendías que hiciera? ¿Qué se los entregue? ¿Se los pongo en bandeja para que lo maten?― espetó frustrado― Nunca debimos haber vuelto. Esto fue una enorme tontería… todo esto es culpa mía.

― ¿Y qué harás entonces? ¿Huir de nuevo? ¿Hasta cuándo?

― Hasta que sea necesario.

― Eso no va a solucionar nada.

― Tú lo que quieres es estar cerca de él porque todavía lo quieres, pero no te voy a permitir-

La palabra se quedó a la mitad pues Yokozawa se hartó de su insolencia, y tomándolo de la solapa de la camisa lo estampó contra la pared.

― Mira, principito― le dijo― Masamune ha sido mi amigo por muchos años. Incluso en esa época en la que tú decidiste abandonarlo; le tengo mucho aprecio y quiero que salga vivo de esta. No por amor, sino porque quiero que sea feliz: así su felicidad esté con un idiota como tú.

Lo soltó y cayó al piso casi a punto de llorar.

― ¿Qué se supone que debo hacer?― preguntó con la voz quebrada.

― Habla con él― le respondió― y decidan juntos qué hacer, pero huir de nuevo no es una opción. No cuando tanta gente está en la línea junto a ustedes.

― Con que aquí estabas. Quedamos en almorzar y no te- comenzó Kirishima al encontrarlo, pero reparó en Ritsu sentado en el piso y empezó a sospechar― ¿Qué está pasando?

― Nada― respondió Yokozawa volviéndose hacia él― si quieres adelántate. Ya te alcanzo.

Kirishima asintió suponiendo que después le contaría

Antes de irse se giró hacia Onodera por última vez.

― Puedes estar tranquilo― sonrió a medias― en mi vida ya hay alguien más importante que Masamune.

Y volvió a caminar en dirección a Kirishima.


Prácticamente corrió hasta el departamento. Durante el camino cualquiera que lo hubiera visto pensaría que era alguien con algún delirio de persecución, pues miraba en todas direcciones cada cierta cantidad de pasos y pensaba que cualquiera lo estaba persiguiendo. Se desconoció a sí mismo, ni cuando su vida estuvo en mayor peligro se había comportado así.

"Es posible que estén detrás de Hatori, Takano y Kusama…"

Nowaki se lo había advertido, que Usami podría iniciar una guerra sin cuartel contra ellos, pero que alguien más pudiera matarlo, alguien que desconocía, que no sabía quién era… a pesar de las muchas veces que barajeó esa posibilidad en su cabeza nunca estuvo preparada para ella.

Y lo que Miyagi le había dicho era la realidad palpable y tangente. Tan cierta como la agitación que le provocaba.

En cuanto abrió la puerta lo encontró organizando algunos libros en su biblioteca. Había recuperado un poco de tranquilidad después de la muerte de Yui, pero aún buscaba en qué distraerse constantemente para no enfrascarse en sus pensamientos.

― ¿Hiro, qué ocurre?― le preguntó al verlo en tal estado de inquietud. Hiroki no respondió, simplemente lanzó la puerta para que se cerrara y se apresuró a abrazarlo; aferrándose a su espalda como nunca lo había hecho.

Enterró su rostro en su pecho para respirar su aroma, olía a naranja y canela… esa loción que usaba después de bañarse. Le temblaban las manos y no podía respirar; todo le parecía ajeno, borroso y distante.

Nowaki no tardó en identificar qué sufría un ataque de pánico. Le tocó vivir muchos con Yui y Kou, sobre todo con ella cuando tenía pesadillas con su padre.

Con cuidado se hincaron los dos en el piso y acunó sus manos en su rostro, notando que lloraba y que su corazón latía con demasiada rapidez.

― Hiro, mírame― le pidió con firmeza, pero sin mostrarse agresivo. El castaño incapaz de pronunciar palabra cerró las manos entre las suyas.― Estás bien… estás conmigo. Yo no permitiré que te hagan nada.

Cerró los ojos y más lágrimas cayeron. No temía por sí mismo, temía por él.

Comenzó a negar con la cabeza mientras sollozaba y sus temblores se hicieron más fuertes. Nowaki comenzó a asustarse y su reacción inmediata fue abrazarlo de vuelta.

Los latidos de su corazón comenzaron a retumbar en sus oídos y eso poco a poco lo fue tranquilizando. La calidez que emanaba su cuerpo lo fue envolviendo hasta que se sintió seguro, y el sentir las manos en sus cabellos le devolvió un poco de paz.

No supo cuánto tiempo pasó allí exactamente, pudieron ser minutos como pudieron ser horas; pero por muy cansado que estuviera de estar arrodillado o por muy angustiado que se sintiera sin saber qué le había pasado, no lo soltó.

― Estás bien― le repetía con voz suave y tranquila― ya pasó todo.

― G-Gracias― respondió en voz débil, pero sin soltarle. Ahora que reflexionaba, Nowaki siempre rompía su orgullo.

Lentamente lo ayudó a incorporarse y de nuevo sostuvo su rostro entre sus manos limpiando con delicadeza las lágrimas de sus ojos, y acercándose, le besó con cariño como una especie de conjuro para llevarse sus preocupaciones.

Aquel beso le supo tan dulce y tan cálido como nunca antes; y se sintió más ligero, más tranquilo, más seguro.

― L-lo siento― dijo en cuanto se separaron― no quise… asustarte así.

― Tranquilo― lo tomó de las manos. En ningún momento dejó de tocarle para hacerle saber que estaba allí.― Ahora, si te sientes más calmado, me gustaría saber qué pasó.

Hiroki tomó aire y suspiró un par de veces. Ahora se sentía agotado.

― Miyagi nos reunió. Quienes mataron a Yukina pueden estar detrás de ti y de Takano― bajó la mirada― y yo… tuve mucho miedo.

― Hiro, no va a pasarme nada…

― ¿Quién puede garantizarnos eso?― lo miró lleno de angustia― Cada vez siento que están más cerca de nosotros, y tú estás siempre solo aquí…

― Estaré bien― le sonrió― prometí que no mataría a nadie. No que no me defendería de quien intentara matarme.

Hiroki le miró confundido.

Tengo mucho porqué vivir― agregó decidido― No se las pondré tan fácil. Confía en mí.

― Te has vuelto muy engreído últimamente― replicó con un poco de orgullo muy mal disimulado.

― Digamos que mi amor por ti me hace mucho más fuerte― sonrió con confianza. Hiroki ahogó una interjección de vergüenza.

― ¿Ah?― exclamó― ¿Acaso eres idiota?

― No, no soy ningún idiota― se acercó de nuevo a sus labios― quizás solo un poco estúpido.

El castaño cerró los ojos de forma espontánea. Supuso que sí, estarían en peligro, Pero quien quisiera arrancarle a Nowaki tendría que hacerlo de sus manos sin vida.


― ¿Entonces lo sabías?― preguntó extrañado.

― Sí. Hatori me lo dijo en el hospital― asintió, extendiéndole una taza humeante― Ten, calmará un poco tus nervios.

― ¿Entonces por qué no me habías dicho nada?― reclamó un poco indignado.

― Porque no quise preocuparte― respondió con naturalidad―. Mira como te has puesto. Pensaste en proponerme que huyéramos de nuevo ¿Cierto?

Desvió la mirada bastante avergonzado. A veces le molestaba que pudiera leerlo con tanta facilidad.

Ritsu― comenzó― cuando decidiste volver a enfrentar esto estuve muy en desacuerdo. Pero luego pasar por todos estos acontecimientos, reflexioné que lo mejor que pudimos hacer fue volver y enfrentarlo.

El castaño le miró con sorpresa.

― No podemos escapar toda la vida― se sinceró― yo no puedo obligarte a que vivas escondiéndote como si fueras un fugitivo. Menos a vivir asustado; no serías tú. No sería el Ritsu del que yo me enamoré.

No pudo evitar sonrojarse. Incluso hasta pensó que Yokozawa tenía razón.

― Lo sé― dijo― pero…

― Hey― le tomó las manos ― Yo no voy a morirme y a dejarte solo. No les daré el gusto, ¿Está bien?

No pudo evitar sonreír. Hasta en peligro no dejaba de ser tan pedante.

― Eso también lo sé― puso la mano en su mejilla― y quizás por eso yo… te amo.

Masamune se sorprendió un poco, pero le sonrió casi al instante.

― Lo logré― comentó satisfecho.

― ¿Qué cosa?

― Dijiste que me amabas de nuevo.

― Tonto, lo he dicho muchas veces.

― Pero cada vez suena mejor que la anterior.

― Quizás entonces tenga que- iba a decir algo, pero unos labios cálidos se apoderaron de los suyos mientras sus manos se deslizaban con rapidez por su espalda invitándolo a recostarse en el sofá.


Estaba en su habitación sin poder hablarle, mirándole desde el rincón mientras dormía con las máquinas prendidas a su cuerpo, recuperándose de esa crisis que sus mentiras le causaron.

― Debes odiarme tanto― susurró para sí mismo conteniendo todo el desprecio que le generaba causarle ese estado― pero no podías pedirme que te dejara morir… no así.

Apretó las manos en puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos y le dolieron las palmas. Contuvo el llanto una vez más; tratando de mantenerse fuerte por los dos.

― T-Tori…― masculló en voz muy débil y se sintió tan tentado a acercarse, a abrazarle. A decirle que todo lo que había hecho lo había hecho por él, por mantenerlo vivo.

¿Por qué me abandonaste, Tori?― preguntó entre sollozos muy débiles. Hatori casi pudo ver las lágrimas por su cara.

No pudo soportarlo más y se acercó al lecho, tomando su mano pálida y frágil.

― ¿T-Tori?― preguntó tratando de mirarle, pero con dificultad. Aún estaba muy débil.

― Yo nunca te abandonaría― lloró contra su mano sin poder ya contenerse; empapándola de lágrimas.

― P-pero me mentiste― Chiaki lloró también― me ocultaste lo que hacías ¿Por qué? ¿Por qué haces estas cosas por mí? Yo no las merezco.

― Yo nunca te he mentido. Solo oculté lo que podía dañarte…no podía decirte la verdad. No podía lastimarte así.

― Hatori― le llamó con firmeza, tragando el nudo en su garganta― mírame.

Se incorporó del suelo y clavó sus ojos en los suyos, sin desviarle la mirada un segundo. Aunque estos aún estuvieran empapados.

― Por favor, dime la verdad― comenzó devolviéndole la mirada. Conocía lo suficiente a Hatori para saber que viéndole a los ojos no podría mentirle― ¿Tú has matado alguna vez a alguien?


Dejó una carpeta sobre su escritorio. Odiaba hacer eso, odiaba utilizar su profesión para quitar gente de su camino. Detestaba manipular a los demás en su nombre, aborrecía ser su lacayo.

― ¿Pero qué más pude haber hecho entonces?― preguntó a la soledad de su habitación― ¿Qué otra opción tenía?

Tomó un vaso corto y ancho de la repisa y lo llenó con un líquido marrón claro, casi transparente. Lo bebió de un tirón como si se tratase de agua y lo volvió a dejar en la repisa, caminando hacia la puerta de aquel cuarto.

Su más grande secreto yacía allí. Uno que ni siquiera él conocía; su principal motivo para permanecer allí, para continuar con aquella farsa.

Haló una cadenilla que hizo encender las luces de la habitación. Todas las paredes estaban forradas con fotos suyas, artículos de periódico, cosas que inclusive él le había facilitado.

En todas ella destacaba una cosa: El intenso azul de su mirada como la madrugada.

― Soy un hipócrita― dijo entre risas secas que de haber alguien alrededor no le habrían causado precisamente alegría― Debí habértelo dicho en cuanto te vi… Nowaki.


Notas:

Para quienes no lo sepan, un Izakaya es un bar o restaurante japonés donde generalmente la gente va a beber y a compartir con los amigos. En una izakaya se sirven tanto comidas como bebidas. Y en la mayoría de ellas hay disponibles tanto mesas y sillas al estilo occidental como zonas y habitaciones privadas con suelo de tatami siguiendo el tradicional estilo japonés.