Disclaimer: Obviamente, todos los personajes –excepto unos pocos- pertenecen a Stephenie Meyer. Yo sólo echo a volar la imaginación, disfrutando con el universo que ella ha creado.
A/N: Espero que aún sigáis ahí. Y deseo fervientemente no haber perdido mi toque. Gracias a aquellas personas que continúan registrando esta historia entre sus alertas o sus favoritos. De todo corazón.
Capítulo Cuarenta y Nueve: "La Calma que Precede"
Pv Edward
Por muy insoportable que se me antojara la idea, debía admitir que, saber que Bella tenía armas para defenderse en un combate era tranquilizador. Calmaba mi inquietud ante su seguridad en mi ausencia.
Pero no por ese pequeño remanso de paz iba a librarme de tener que responder a un par de preguntas. Y quizá era el momento de hacerlo.
Bella había tomado mi mano y habíamos caminado abrazados hacia la proa. Y como siempre, su interrogatorio no comenzó donde yo habría imaginado.
- Edward…- titubeó sacándome de la ensoñación de abrazarla, envueltos en la brisa del mar.
- Bella…- le regresé, juguetón.
Aunque, indudablemente, ella también estaba a gusto, yo sabía que algo rondaba desde hacía ya rato por su mente. Esta intimidad no era el motivo por el que Bella me había alejado unos minutos del resto de la familia, repartida ahora entre los camarotes y el puente de mando.
- ¿Dónde vamos?- preguntó tímidamente.
Cada fibra de mi ser vibró con esa pequeña reminiscencia de mi antigua Bella, la que cuando quería preguntarme algo que sabía me era incómodo, comenzaba la conversación con alguna duda intrascendente, tanteando sutilmente, para evitar que me enfadara.
Me reí entre dientes, divertido, y estreché mis brazos aún más fuerte a su alrededor, hundiendo mi nariz entre sus cabellos, aspirando profundamente su inconfundible aroma.
- A Grecia.- susurré- Tenemos otra casa en una de sus diminutas islas inexploradas. Apenas la usamos, está demasiado cerca de Volterra, y desde…
No era posible. Había vuelto a ocurrir.
- ¿Qué ocurrió hace quince años, Edward?- preguntó entonces Bella, ávidamente.
- Eres intoxicante, mi amor. Siempre hablo de más cuando estoy así contigo.- me reproché débilmente.- Hace quince años, te convertí.
- ¿Tengo la misma edad que nuestra hija?- preguntó ella, totalmente anonadada.
- Vaya…- remoloneé.- La verdad es que nunca me había parado a pensarlo de ese modo… pero sí. Eres tan solo unos pocos meses mayor que ella, vampíricamente hablando.
- ¿Y humanamente hablando?- cuestionó ella entonces.
- Tres.- contesté yo, de nuevo divirtiéndome por el giro de la conversación.
- ¿Tres qué?
- Tres años, mi amor. Acababas de cumplir los dieciocho prácticamente cuando ella nació.
- Así que, en realidad, tengo veintitrés años… ¿Cuántos años tienes tú?- quiso saber mi hermosa sirena.
- Diecisiete.- contesté, tremendamente animado, lo que me valió un juguetón codazo en uno de mis costados.
Bella se giró entonces, enfurruñada, entre mis brazos, y volvió a preguntar, entrecerrando sus ojos:
- En total.- recalcó, enarcando una ceja.
- Déjame que piense…- remoloneé, sujetándome con afectación la barbilla.
- ¡Edward!- protestó entonces ella, dándome un travieso manotazo en el brazo.
Entonces me incliné en su oído, apartando un mechón de pelo con suavidad, y susurré:
- Ciento veinticinco.
Me retiré despacio, dejando que el número calara en su mente, sin querer contener una suave risita.
- ¡Me dejé seducir por un viejo verde!- bromeó Bella a los pocos segundos, con fingido horror.- Eres un anciano depravado que seduce jovencitas…
Me carcajeé a gusto ante la ocurrencia de mi ingeniosa y mordaz esposa, mientras pensaba qué conveniente era conservar el aspecto de un adolescente de diecisiete años.
- Solo a una.- maticé, tomando su rostro con mis manos incapaz de resistirme un segundo más a probar la seda de sus labios.
Bebí el suspiro que arranqué de su boca, dejándome embriagar por su calor. Un calor que me invitaba una vez más a fundirme con su aliento y explorar las delicias que su boca me ofrecía. Gemí.
Esta vez no deseaba distraerla de su misión. Me separé reticentemente, apoyando mi frente contra la suya.
- ¿Ocurre algo?- preguntó ella.
- No voy a distraerte esta vez.- confesé.- Haz la pregunta, Bella.
- En realidad, son dos.- musitó suavemente, después de suspirar.
- No esperaba menos.- alenté.
- Y una ya la sabes.- me recordó ella entonces.
- Hace quince años, accediste a casarte conmigo.- comencé.- Yo deseaba conservar tu alma pura, amarte como humana, y seguirte cuando murieras… no quería condenarte a esta existencia. Pero tú estabas firmemente decidida. Incluso negociaste con Carlisle la fecha de tu conversión…
- Porque tú no querías convertirme…- dedujo Bella.
- Busqué la única condición que sabía que no aceptarías fácilmente, para ser tu creador. Por alguna razón, deseabas fuertemente que fuera yo.- proseguí.
- Es demasiado íntimo.- razonó ella entonces, mirando al infinito.- Me sentiría decepcionada, si no hubiera sido así…
- Pero me pediste una última experiencia humana antes de que te convirtiera. Querías entregarme tu inocencia siendo humana, pese al peligro que aquello suponía.
- Quería hacer el amor contigo siendo yo misma, la humana de la que te habías enamorado, no la vampira en quien me convertiría…- divagó.
- Habrías sido tú de todos modos.- negué, buscando su mirada.- Pero supongo que quisiste hacer la entrega aún más absoluta. Prácticamente me lo suplicaste. Quisiste entregarme tu amor, tu inocencia, tu cuerpo, tu vida y tu alma.
- No puedo ser más tuya.- declaró la hermosa criatura ante mis ojos.
- Desearía poder corresponder de la misma manera. Porque, aunque estaba muerto y me devolviste a la vida, por lo cual ésta te pertenece, mi alma llevaba años condenada cuando te conocí.- lamenté, conmovido por el significado de sus palabras.
- No estoy segura de estar de acuerdo con eso.- protestó Bella, débilmente.- Puede que no lo recuerde todo, pero no siento que te falte nada por entregarme. No siento que me niegues nada de ti.
- Porque todo lo que soy es tuyo.- acepté, aún deseando que su antigua creencia sobre mi alma fuera cierta, porque ella sería su dueña legítima.
- No es justo.- reprochó entonces Bella, con un delicado puchero.
- ¿Qué no es justo, mi amor?- inquirí, extrañado.
- Tienes tal poder sobre mí, que consigues desviar todas las conversaciones a tu antojo.- replicó suavemente, cruzándose de brazos.
- Opino que es exactamente al revés. Tienes tal poder sobre mí, que me siento impelido a recordarte en todo momento lo mucho que significas para mí.- rebatí, separando con delicadeza su labio inferior, atrapado entre sus dientes de perla, en ese gesto tan suyo, y tomando su barbilla.- Te ayudaré. Hace quince años nació Nessie, y hace quince años, la Tríada supo de su existencia.
- ¡Oh, Dios mío!- jadeó Bella, entendiéndolo al momento.- ¡Sabía que no era la primera vez que me enfrentaba a Alec! ¡Todos lo hicimos!
- Temían que fuera un niño inmortal.- expliqué rápidamente.- Sabes que es ilegal. Estoy seguro de que en esas lecciones que recibiste en Volterra os hablaron de esa ley.
- Toda la familia… la manada de Jacob… Todos estáis en mi recuerdo…- murmuraba Bella.
Y de pronto, comenzó a temblar ante mis atónitos ojos. Jadeaba buscando aire, aterrada del mismo modo que aquella noche, en la playa, cuando supo que Claudia nos seguía.
- ¡Bella! ¿Qué ocurre?- pregunté asustado, estrechándola contra mi pecho.
- Andrea…- balbuceaba.- Andrea dijo…
- Bella, cálmate.- pedí, sujetándola por los hombros, sacudiéndola ligeramente, para que saliera de su repentino trance.- ¿Quién es Andrea? ¡Bella!
- Andrea… Andrea… es…
- Bella.- llamé, clavando mis ojos en los suyos, ya casi de un tono anaranjado.
- Andrea es el jefe de instrucción de la guardia.- comenzó a musitar, aún con la mirada perdida.- El primer día… El primer día nos soltó un discurso sobre… lo importante que era la labor de la guardia… para defender nuestro mundo…
- Puedo imaginarlo.- se me escapó de entre los dientes.
- No, no lo entiendes, Edward.- protestó mirándome intensamente.- Para defenderlo de sus enemigos, de los humanos, de los licántropos, y de aquellos que desafíen las leyes…
Fruncí el ceño. No me gustaba el hilo del discurso, ni quería imaginar por qué Bella lo había recordado ahora.
- No sé cómo no me he dado cuenta antes…- negó suavemente con la cabeza.- Nos contó que esos insurrectos podían ser vampiros normales, pero otros…
Y ahí estaba. Ahí afloraba la primera respuesta a mis preguntas.
- ¿Otros?- alenté, aun sabiendo lo que iba a decir.
- Nuestros enemigos también tienen dones…- comenzó a citar.- Ven el futuro…
Alice.
- leen las mentes…
¡Qué sorpresa! Ese era yo.
- Manejan los elementos…- continuó, preguntándome ansiosamente con su torturada mirada.
- Benjamin pertenece al aquelarre egipcio, junto con Amún y Tia. Son amigos nuestros. Benjamin maneja los elementos.
- Nos tienen marcados. Creen que trastocamos el orden natural, que desafiamos la ley y somos parte del enemigo…- concluyó Bella.- ¿Por qué entonces nadie me atacó?
- Nadie sabía quién eras.- deduje al instante.- Nadie excepto Aro, Claudia, y posteriormente, Alec. Te llamaban Micaela, te alimentaban con sangre humana, y cambiaron tu aspecto físico… Y creo que no hubieran dejado que nadie te tocara un pelo… Ahora estás a salvo, mi vida. No te preocupes más por eso.
Sus brazos me rodearon, estrechándome fuertemente, y cerré los ojos mientras apoyaba su cabeza en mi pecho, y mis manos acariciaban lentamente su pelo y su espalda. Respiré hondo, dejándome embriagar por la sensación única de tenerla así, protegida entre mis brazos, cuando Bella volvió a romper el silencio.
-¿Edward?
- Dime, mi amor.- animé.
- Antes, cuando abracé a Jacob, lo sentí demasiado familiar…
Y ahí estaba la segunda duda. Había llegado el momento de afrontar una vez más las consecuencias de mi gran error.
- Y… cuando me interpuse entre los dos para evitar que siguierais discutiendo, tuve la sensación de que esa no era la primera vez que me encontraba en la misma posición…
Por eso se había quedado congelada, con la mirada enfocada en ninguna parte. Apostaría, además, a que incluso el paisaje a su alrededor había cambiado, reproduciendo retazos de algunas de aquellas discusiones: frente a su casa, en el bosque, en el interior de aquella tienda de campaña…
- Edward.- volvió a llamarme ella entonces, clavando en mí su mirada, teñida de un viso de angustia.- ¿Te engañé alguna vez con Jacob?
- Mi dulce Bella…- comencé, tomando su rostro entre mis manos, y dibujando en mis labios una incrédula y triste sonrisa.- De todas las maneras en que me lo podías preguntar, escoges precisamente ésta…
Sus pupilas se dilataron notablemente, y negó despacio con la cabeza, aun cuando yo continuaba sosteniendo su rostro de porcelana entre mis manos.
- Recuerdo haberle besado…- musitó, conmocionada.
- Sí, lo hiciste. Y yo apenas estaba a un kilómetro de distancia.- admití, besando brevemente su coronilla, y clavé enseguida mi mirada en sus temblorosas pupilas.- Pero yo fui el culpable de todo aquello.
- Si yo cometí la falta ¿Cómo pudiste tú ser el culpable?- negó Bella.
- ¿Recuerdas que te conté que intenté renunciar a ti?- comencé suavemente, encontrando el apoyo de un leve asentimiento de su cabeza.- Te abandoné para que pudieras tener la oportunidad de vivir una vida normal como humana, intentando protegerte de los peligros que mi mundo tenía para ti, y que ya se habían manifestado. Tu corazón buscó entonces el consuelo que te hiciera sentir nuevamente viva. Jacob te ayudó a mantenerte cuerda, te mantuvo a salvo, y te protegió de los peligros de los que yo creí haberte aislado desapareciendo de tu vida. Tu corazón le pagó de la manera más noble que puede existir: enamorándose de él. Cuando regresé a tu lado, aunque no quisieras reconocerlo –y te negabas a hacerlo-, tus sentimientos por él ya estaban ahí…-
Arrepentimiento, dolor, y asombro asomaban a sus anaranjados orbes.
- Y… quizá yo lo alenté una pizca con mi incomprensiblemente humana punzada de celos.- confesé entonces con una cómica mueca, destinada en su totalidad a hacerla sonreír.
- ¿Incomprensiblemente humana?- subrayó, enarcando una ceja.
Bastaría, por el momento.
- Soy un vampiro, Bella. Pero, desde el primer momento en que te vi, despertaste una a una todas las sensaciones humanas que creí haber perdido. ¡Demonios!- blasfemé, ante su atónito rostro.- ¡Si incluso llegué a sentirme nervioso, ridículo, y hasta avergonzado! ¿Puedes concebir esas emociones en un vampiro? Tú despertabas todo eso. Me sentía vulnerable, temeroso por cuál iba a ser tu decisión final. Estaba aterrado de que le escogieras a él. Perderte habría sido peor que morir. Una eternidad sin ti me condenaría a la locura.
Pv Claudia
Podía oír los murmullos que nos rodeaban, pero no podía escuchar lo que decían, excepto alguna estúpida exclamación de empalagoso flirteo, proveniente de cubierta.
Así que, ahí estaba yo, cada vez más nerviosa. Primero, porque no veía manera alguna de soportar por mucho más tiempo la cursilería de nuestros captores; y segundo, porque me enervaba el absoluto silencio que había vuelto a adoptar Alec.
Desde la última reprimenda, mi superior se había limitado a mirar al infinito, asomado al ojo de buey. Cualquiera que observara la escena, habría pensado que aquel vampiro miraba con añoranza al exterior de la simulada celda.
Pero yo sabía que Alec no era un melancólico. No miraba a la deseada libertad. Estaba tranquilo. Y cuando un vampiro, rodeado de otros vampiros, custodiado por un –llamémosle- pseudo licántropo, y limitado en sus movimientos por una cadena similar –si no idéntica- a la que sostiene el ancla de un barco portaaviones, se ve tranquilo, eso no es bueno.
- Discúlpame, Alec.- llamé, tentativamente- ¿me permites decir que, tras observarte estos minutos, ardo en deseos de saber cuál es el secreto de la tranquilidad absoluta que emana de ti?
Claramente me resultaba amargo como la sangre de un cadáver tratar a Alec de usted. Pero se había encargado de recordarme que era él quien estaba por encima de mí en la cadena de mando. Así que, me gustara o no, le debía un cierto respeto.
- La tranquilidad la da la experiencia.- fue su escueta respuesta.
Mi cara debió de ser un poema porque, a los pocos segundos, se dignó a explayarse un poco. Eso sí, en controladísimos susurros.
- Los Cullen son pacíficos, no recurren a la violencia por sistema. Les has cabreado mucho para que recurran a contenernos mediante el don de Katrina Denaly. Pero una vez que nos tienen controlados –o eso creen-, la venganza no entra en sus planes. No van a hacernos ningún daño, si nosotros no hacemos nada por enfrentarnos con ellos. Y yo no voy a mover un dedo.
- Puede que sean pacíficos, pero no les tiembla el pulso en debilitarnos a base de descargas eléctricas y dejándonos completamente sedientos.- protesté.
- ¿Ya vuelves con eso?- replicó Alec.- Si no tuviéramos poderosos dones, les habría bastado con que ese armario ropero nos diera un abrazo. Los Cullen protegen a los suyos, y no escatiman medios.
- ¿Qué crees que van a hacer ahora?- pregunté.
- Si no estuvieras tan centrada en la sed, Claudia, te habrías dado cuenta de que nos dirigimos a Europa.- afirmó Alec.
- ¿Europa?- cuestioné.
- Sí.- reiteró Alec.- Carlisle Cullen es conocido por agotar toda vía diplomática a su alcance antes de pensar en luchar para resolver cualquier problema que afecte a su "familia". Edward parece haber heredado esta debilidad de su creador. Negociará la libertad de Isabella.
- ¿Quieres decir que nos lleva a Volterra?- interrogué.- ¿Qué demonios piensa conseguir con ese ridículo movimiento? Edward sabe que es Aro quien ha organizado todo esto.
- Creo que se te olvida, querida Claudia, que Isabella Cullen ha recibido el adiestramiento exclusivo de integración en la Guardia, teniendo acceso a información secreta sobre su funcionamiento. ¿No recuerdas el discurso de Andrea? El pago por la traición es la muerte.- citó, acertadamente.- La cadete Micaela ha intentado desertar. Con engaños o no, Isabella Cullen le pertenece a la Guardia. Aunque nosotros llevemos estas cadenas, ella sigue siendo nuestra prisionera.-
Estoy segura de que jamás mi mandíbula se había desencajado como en ese minuto.
- Además, no sería raro que Bella haya atado algunos cabos a estas alturas y que, en consecuencia, los Cullen sepan ahora que, desde el primer momento en que los aspirantes pisan Volterra, son adoctrinados para considerarles entre el enemigo. La inquietud de Carlisle será entonces cómo mantener la paz, sabiendo que podrían ser atacados en cualquier momento.- especuló mi superior.
- No estoy de acuerdo con eso.- repliqué.- Cuando busqué información sobre los Cullen en la base de datos de la Guardia, descubrí que hay una amenaza explícita en sus expedientes hacia cualquiera que intente perturbar su tranquila existencia, a riesgo de que quiera que Aro le arranque la cabeza.
Alec se giró entonces hacia mí, con una expresión de incredulidad en su rostro.
- ¿Me tuviste a tu merced para poder acceder a la información más secreta de la Guardia Vulturi y no aprovechaste esa ventaja?- inquirió, claramente impresionado.
- Ya era bastante malo osar convertir a un superior en mi esclavo.- respondí, casi ofendida.- No soy tan suicida, Alec. Si hubiera accedido ilegalmente a la base de datos más secreta, sería considerado alta traición. Y entonces no solo tú tendrías derecho a pedir mi cabeza, sino el pleno de Volterra.
- ¡Qué lástima no tener a mano un portátil, o inclusive nuestros móviles! Te mostraría en qué quedan las amenazas de serias represalias por parte de la Triada cuando se alcanza un cierto nivel dentro de la Guardia.- informó Alec en tono lúgubre.- Aro no va a confiar en unos simples cadetes la misión de mantener a los Cullen lo más alejado posible de los asuntos que ocupan a la Triada, o incluso, simplemente de mantenerlos a raya.
- Y yo que creía que Aro confiaba plenamente en mí…- musité, bajando mi mirada al piso.
Me hacía la herida. Y en realidad, bullía de indignación en mi interior. ¡Qué fácilmente había caído en las redes de la palabrería del mayor manipulador que había conocido! Ni siquiera mi don era tan certero como su astucia para hacerme pensar que había pasado a la élite de los privilegiados de la Guardia. Siglos de leer mentes le daban rápido acceso a nuestras más anheladas ambiciones, y le decían por dónde atacar, para conseguir lo que él quería.
Después de un buen rato fingiendo mi absoluta decepción, comencé a notar un revuelo mayor en el interior del barco, y levanté mi cabeza para interrogar nuevamente a mi silencioso superior.
- ¿Alec?
Tan silencioso, que no le oí acercarse por mi espalda.
- Tranquila, Claudia. Nos acercamos a puerto…- susurró tomando mi mano.- Y no te dejarán morir.
¡¿QUÉEE?
De la nada, una de sus manos tapó mi boca, mientras sus dientes se clavaban inmisericordes en mi cuello. No pasó mucho tiempo hasta que empezara a ver puntitos negros, mientras escuchaba el ajetreo de los humanos en el muelle.
¿Y bien?
Por cierto. Algunos de vosotros lo sabréis, pero quienes no me tengan entre las alertas de autor, no habrán visto que tengo un nuevo fic. Es una historia que escribí hace mucho tiempo, y adaptarla me está resultando difícil, pero divertido.
En absoluto significa que vaya a abandonar "Espejismos". Quedan pocos capítulos y sería una real estupidez. Sólo quiere decir que me apetece experimentar. ¿Os apetece formar parte? La historia se llama "Sunrise" y es completamente distinta a esta. Os espero.
Besotes.
