¿Sorpresa?

Alfred estaba que se moría. El 23 de abril estaba tan cerca de llegar y ni un regalo le había comprado a Arthur. ¿Qué clase de novio hacía eso? Uno muy malo, se contestó él sombríamente intentando pensar en que regalarle al hombre con el que salía desde hace cinco años. Decir que se le había olvidado por la carga de trabajo era una puta excusa, decir que era porque no conocía bien a Arthur era ganarse un boleto en primera fila hacia el infierno. ¡Pero es que esta vez no tenía ninguna idea!

A ver, concéntrate Alfred, pareces una colegiala, se dijo tratando de serenarse mientras tomaba asiento en algún sofá de la sala. Pensó, y vaya que pensó, hasta le dio hambre, pero ni una idea se le vino a la mente. Un poco de ayuda no vendría mal, se autoconsejó antes de agarrar el celular rápidamente y mandarle un mensaje al hombre que se cargaba el puesto a mejor amigo de Arthur, aunque este último lo negara a los cuatro vientos.

Bien, Francis, búrlate si quieres, ¡pero ayúdame! ¡No sé qué regalarle a Arthur!

Soy un mal novio.

Él siempre me da algo genial en mi cumpleaños.

¡Contéstame!

El mensaje tardo un poco en ser visto, y Alfred se evitó una crisis nerviosa.

¿Un paseo por la playa? ¿Y si le organizo una cena romántica? ¿O compro unos boletos para irnos de viaje?

Cualquiera de esas cosas suena bien, incluso podrías combinarlas.

¿En serio? ¡Gracias!

De nada, y, Alfred, para la otra: ¡no me digas mi sorpresa!

¡¿Arthur?! ¡Joder!

Oye, eso no suena nada mal.

Arthur guardó el celular en el bolsillo de su pantalón y Francis negó con un gesto de cabeza.

― ¿Qué? ―preguntó Arthur sin borrar la sonrisa de su rostro.

―No creí que te gustara hacerlo sufrir ―comentó burlón.

Arthur se encogió de hombros.

―Descuida, es reciproco ―respondió antes de darle una buena calada al cigarro preguntándose así mismo cuando entendería Alfred que nadie se burlaba de sus cejas.