Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer,la historia es de mi propiedad y queda absolutamente prohibida su adaptación o traducción, ya sea parcial o total. CONTENIDO SEXUAL + 18.
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Capítulo 50
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"Después de un tiempo aprenderás que el sol quema si te expones demasiado. Aceptarás incluso que las personas buenas podrían herirte alguna vez y necesitarás perdonarlas. Aprenderás que hablar puede aliviar los dolores del alma… descubrirás que lleva años recobrar la confianza y apenas unos segundos destruirla y que tú también podrás hacer cosas de las que te arrepentirás el resto de tu vida".
—W. Shakespeare.
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Las luces se encendieron, y en automático me separé de él. No quería volver a tocarlo, solo me hacía sentir peor. Gracias al cielo anunciaron que Alice arrojaría el ramo a las solteras, así que pidieron a todas las mujeres que se agruparan en el rincón más limpio de gente. Los hombres comenzaron a silbar, divertidos por la situación, en cambio yo me dediqué a observar con cierto rechazo. Encontraba idiota pararse frente a la novia para que te arrojara un puñado de flores, creyendo que con eso te casarías. Vaya las supersticiones.
—¿Tú no ir…? Hola, Edward —se atascó Rosalie, mirándonos con recelo.
No me di cuenta de la situación, pero Edward y yo estábamos juntos, mientras los demás se metían entre la multitud para el lanzamiento de maldito ramo.
—No —dije, dando un paso al lado.
—¿Por qué? Anda, será divertido.
—¿Qué tiene de divertido? —inquirí.
—Que compartirás con tu familia y Alice. Y tú, Edward, ve junto a los demás, que pronto tienes que tocarle a tu hermana el piano —me dijo Rose, dándose la vuelta para acercarse a los demás.
Las personas, que eran alrededor de 100, se juntaron alrededor de Alice, quien estaba parada en el escenario junto a la banda. Yo caminé con rapidez hacia la masa de gente y me situé a un lado de Elena, que me miraba entretenidísima.
Una vez me confesó ser fanática de las bodas, sobre todo por el ramo. Es todo tuyo, nena, pensé.
—Y recuerden, niñas, quien lo atrape se casará muy pronto, ¡y debe invitarme! —exclamó hacia las mujeres, aunque habían casadas, comprometidas y hasta un par de niñas.
Me crucé de brazos, mientras las demás reían de las ocurrencias de Alice, quien imitaba la caída del ramo hacia las demás, pero enseguida volvía a esconderlo entre sus brazos. Me sorprendí al ver que Tanya también estaba entre las mujeres, y bastante entusiasmada. Quizá había encontrado a alguien al fin.
—¡A la una! —gritó Alice.
—¡A las dos! —sucedieron las demás.
Miré hacia la esquina de los hombres hasta topar con sus ojos verdes. Me lanzó un guiño y de inmediato sentí las espinas de las rosas. Carajo.
—¡Bella, has atrapado el ramo! —carcajeó Rosalie, estridentemente.
—Yo no…
—Oh vamos, es tan divertido tu rostro —molestó mi mamá, riendo también.
Las mujeres lanzaron gemidos de decepción, pero algunas pasaban a mi lado diciéndome: "buena suerte". Fruncí el ceño. ¿Era una broma de Alice o qué? Primero, me quitaba del lado de Jasper para dejarme a solas con Edward y luego me lanzaba el ramo mientras su hermano me hacía ojitos. ¿Era un juguete de prueba para ver qué tan loca estaba por él? No iba a darle en el gusto.
—Tengo una suerte del demonio —gruñí.
—Debe sonreír más, Señorita Swan —me regañó Elena, quitándose algunos cabellos rojos de la frente.
Nos saludamos un momento, luego me dediqué a saludar a su esposo que se sentía un poco fuera de lugar. El pequeño hijo de Elena estaba jugando con otro niño por ahí, mientras que la niña estaba firmemente agarrada desde las piernas de su madre. Me agaché lo suficiente para alcanzar confianza y sonreírle.
—No seas tímida —susurré—, nadie te hará daño.
—Vamos, Lilian, ya conoces a tía Isabella.
La pequeña caminó lentamente para rodearme con sus brazos rechonchos y esconder su rostro en mi cuello. Era el ser más pequeño, tímido y cariñoso que alguna vez había conocido. A Lilian no le gustaban los lugares tan atestados de gente, se ponía muy nerviosa. Me paré con ella en brazos, con la pequeña aferrada a mi cuello.
—Cariño, iré con la Srta. Swan un momento, ¿puedes controlar un poco tu hijo? Acabará rompiendo todo —le pidió Elena a su esposo, quien se disculpó con una sonrisa, para luego escabullirse entre la gente.
Elena me tomó de la muñeca para acercarme a la mesa con el cóctel. Mientras, le lancé el ramo a Esme, señalándole que me lo guardara. Mi ex asistente tomó una copa de champagne y bebió delicadamente, al mismo tiempo que saludaba a uno de los colegas de Jasper.
—Usted no puede beber, le traeré algo de jugo —me dijo, caminando hacia un camarero que tenía una bandeja de zumo de manzana.
Fruncí el ceño enseguida. Elena era terriblemente inquisitiva, incluso astuta. Si Elena lo sabe, pues no me sorprende, pensé. Temía que todos supieran la verdad antes que el padre. Tenía que decírselo pronto, lo más pronto que fuese necesario, pero ese nudo en el pecho por algo o alguien seguía acrecentándose. El mal presentimiento seguía atestado.
—Día Bella, no gusta este luar —susurró la pequeña, apretándose más contra mí.
Acaricié sus cabellos rojos, mientras Elena se acercaba con un vaso para mí.
—No te preocupes, no hay monstruos, no hay duendes, no hay malvados —le susurré también, sonriéndole tranquilizadoramente.
Tomé el vaso y bebí un poco. No me di cuenta de lo sedienta que estaba.
—¿Lilian no le molesta, Srta. Isabella? —me preguntó, mirando a su hija con precaución.
Bufé. No podía culparla por sus preocupaciones, yo nunca fui muy cercana a los niños. Pero ahora sentía un apego especial, sobre todo con la pequeña que tenía en mis brazos. Yo no creía esas estúpidas frases que oía de los demás cuando decían que toda mujer tenía un instinto maternal; por supuesto que nunca creí tenerlo yo. Hasta ahora.
—Déjala, no pasa nada —mascullé. Lilian se irguió un poquito, pidiéndome con sus manitas el vaso de vidrio. Le acerqué la comisura de éste a los labios, y ella comenzó a beber con rapidez. Cuando acabó, tenía los ojitos azules llorosos y rojos por el placer y el frío del jugo—. Quiero pedirte disculpas por mi comportamiento en estos últimos días, he sido muy descortés contigo.
Se encogió de hombros y movió la mano, como quitándole importancia al asunto.
—He sido muy estúpida, me dejé caer por… Edward.
Hizo un mohín, luego suspiró.
—El amor es la peor arma para destruir —murmuró, acariciando un rizo fuego de su hija.
—Preferiría mil veces perder millones y millones de dólares a pasar por esto.
—Más con su estado.
Lo confirmé. Elena lo sabía.
Lilian comenzó a jugar con mi brazalete, mirándolo con devoción, mientras lo hacía titilar para luego sonreírse y señalarme que era el juguete más hermoso del mundo. Intentaba prestarle atención, pero no podía, mis pensamientos corrían con urgencia hacia lo ocurrido con anterioridad entre Edward y yo, sumando a la frase de Elena.
—¿Cómo lo supiste? —pregunté, unos minutos después.
—Soy algo detallista, no se me pasó desapercibido el incremento de su masa corporal. Y sus ojos… Sus ojos brillan tan contradictoriamente, como si tuviese una ilusión prendada, una alegría que no puede disfrutar —me dijo con fervor—. ¿Por qué no se lo dice?
Negué rotundamente.
—No es un buen momento, ni el lugar, ni siquiera la relación que tenemos es realmente justa para que sepa —le dije.
Se mostró un tanto decepcionada por mi negativa, pero no dijo nada más.
Sentí que Lilian comenzaba a roncar en mi hombro, por lo que se la entregué a Elena para que ésta se reconfortara con su madre. El olor a inocencia quedó incrustado en mis fosas nasales, creando así otro golpe de ansiedad para mí. Quería sentir el olor de mi bebé pronto, tocar su piel suave y hacerle arrullos. Suspiré. Faltaba tanto para eso.
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A lo lejos noté a alguien con un verde vestido, largo y sutil. Sus ojos celestes se quedaron mirando fijamente mi rostro, para luego sacar a relucir una sonrisa especial. Mi corazón martilleó con fuerza. ¿Qué hacía Pappo aquí? ¿Por qué no la había visto antes? Quizá acababa de llegar.
—Con permiso —dije a los demás, que hablaban del comercio que se estaba llevando en Europa. Demasiado aburrido.
Me disculpé con algunas personas que se entremezclaban en mi camino, obstaculizando el paso hacia la salida del local. Troté hasta la salida del salón, topando con una anciana.
—Lo siento —me disculpé.
Pappo se había perdido de mi vista. Regresé con mil dudas en mi cabeza, cuestionando la realidad de mis visiones. Me estoy volviendo loca, pensé. Entré nuevamente al salón y choqué de bruces con Tanya Denali.
Su vestido rojo hasta las rodillas denotaba una fuerte baja de peso de su parte.
—¿Qué hacías afuera? —indicó con la cabeza hacia la puerta con el guardia.
—Creo que eso no tiene por qué importarte. Con permiso —le dije, esquivándola con cuidado.
—Espera, Bella —llamó.
Me di la vuelta con desgana, lo que menos necesitaba ahora era una conversación con mi desaparecida prima. A pesar de todo, me sorprendió su forma de mirarme, su templanza me era irreconocible.
—No hemos tenido tiempo de hablar —susurró. Juntó sus manos entre sí, algo nerviosa.
Enarqué una ceja, eso sí que no me lo esperaba.
—¿De qué quieres hablar?
—En realidad, quiero pedirte perdón —masculló—, por mi frivolidad, he sido una persona terrible contigo, Bella, ambas nos odiábamos con razones tan absurdas… Perdón por mis antiguos propósitos, Edward y yo nunca hemos tenido algo más allá que simples charlas y errores. De verdad, lo siento.
Abrí mi boca para hablar, pero simplemente no pude hacerlo. ¿Cuánto fantaseé con ver a mi prima decirme aquello? Creo que bastante, pero a pesar de todo no sentía placer por esto, sino más bien tranquilidad.
—Es bueno que comenzáramos a cambiar, creo que nos sumergimos en personajes maquiavélicos, sin escrúpulos, fríos y destructivos, escondimos nuestra verdadera identidad. —El peso que se me quitó de encima fue notorio, pues sentía como una parte de mí comenzaba a entender bien mis procesos—. Sé muy bien que amando las cosas se solucionan.
—Tienes razón —sonrió, mostrando sus dientes blancos—. El amor te hace maravillas en el cuerpo.
El fulgor de sus ojos me indicaba el indicio de un nuevo amor para ella.
—Conociste a alguien —indiqué, sonriendo también.
—Es un colega. No sé si sabías, pero estoy trabajando de ejecutiva en una empresa de telecomunicaciones.
—Algo me comentó mi mamá.
—Bueno, él y yo hemos estado hablando alrededor de un año, y hace unos dos meses comenzamos a salir. No tiene mucho dinero, en realidad, ambos somos personas que dejaron de lado aquel lujo exorbitante. Conectamos enseguida, es un chico mágico. No ha podido venir hoy porque ha tenido que viajar a Nueva Jersey por asuntos de trabajo. Pero cuando pueda te lo presentaré, ya lo verás.
Me agradaba el entusiasmo que mostraba mi prima. Sinceramente, jamás la había visto así, tan alegre, brillante y sencilla. Eso era. Poseía una sencillez no muy propia de ella. Me hacía sentir bien no ser la única tan cambiada, Tanya también se merecía una renovación.
—No sabes cuánto me alegra aquello —le dije con honestidad.
Se hizo un silencio entre nosotras, algo incómodo de mi parte. Pero Tanya supo romperlo con una pregunta que me erizó los pelos.
—¿Cuándo volverás con Edward?
Edward POV
Sonreí un tanto al ver a mi hermana brincar con su vientre redondeado, como si no llevara tan pesado bulto sobre ella. Bailaba encantadoramente, con ese brillo propio a cuestas, iluminando el ambiente con tanta sencillez y alegría. Me sentí tan orgulloso de ella, verla crecer a tales pasos me llenaba el corazón de tristeza, pero también de satisfacción, porque por muchas condiciones que le haya puesto a Jasper, él era una muy buena persona.
Vi a Bella entablar una conversación corta con su prima Tanya, lo que conllevó a que mis recuerdos corrieran al baile que tuve con la rubia. Nuestra conversación fue llena de sinceridad, y fue ahí cuando noté que con orgullo no sacaría nada.
—¿Y esa cara? —inquirió.
Di una vuelta junto a ella, con mis manos en su cintura respetuosamente.
—Es la misma de siempre —respondí, intentando ser hilarante en este día tan especial para mi hermana.
—No seas idiota —rio. Me dio un golpe en el brazo—. Y no intentes ocultar esa frustración que tienes, aunque te cueste aceptarlo te conozco bastante bien.
Le di una sonrisa, pero no sentía la necesidad de hacerla, fue más por cortesía. No quería aceptar que estaba aburrido como un estúpido, con Bella por ahí no podía estar tranquilo. Quería hablarle, decirle que me importaba una mierda todo lo que ella había pasado años atrás, que la amaba como a un estúpido. Pero la había cagado en toda la extensión de la palabra, haberle dicho que no esperaba nada de ella en la fiesta, que esto solo servía para arreglar un poco la relación y hacerla cordial, cuando en realidad eso solo dije para protegerme de su arisca forma de tratarme. Sabía que era orgullosa, tanto que podía decirme cualquier cosa para que yo diera el paso adelante, pero ésta vez no.
—¿Sabías que el orgullo no sirve de nada? —murmuró.
—Díselo a ella.
Puso los ojos en blanco, con expresión cansada.
—Los hombres con tan estúpidos —refunfuñó—. No hay persona más valiente que quien besa primero —recitó—. ¿Habías escuchado esa frase?
Me encogí de hombros sin entender mucho.
—Ve con ella, Edward, antes que sea demasiado tarde, ¿sí? —me insistió.
—Haré lo posible.
—Invítala a bailar, qué se yo, no dirá que no, te lo aseguro —me guiñó un ojo.
De nada había servido haberla sacado a bailar, solo insistió en aquella posición fría contra mí. No podía culparla, quien tenía la culpa era yo. Me estaba perdiendo a la mujer más hermosa de esta tierra y solo por mi falta de comprensión. Bella no sería capaz de perdonar el que le haya arrojado el anillo de compromiso, ni que le haya gritado aquellas burradas por la rabia. ¿O sí? ¿Su amor era realmente más importante que cualquier otra cosa? Aunque no daba el derecho a decir lo que se te pegaba la gana.
Suspiré y sonreí, se veía tan bonita, tan perfecta en toda la extensión de la palabra. Aquel maldito color azul le hacía ver tan increíble, esa escasez de maquillaje, la poca altura de sus tacos… Era natural, era mi Bella, la Bella que adoraba, pequeñita, frágil… pero no sonriente. No quería pensar que esa falta de sonrisas era culpa mía, pero sabía que eso era.
Me dirigí hacia el grupo con mis amigos, quienes charlaban amistosamente sobre la despedida de soltero. Alice les hacía preguntas sobre el comportamiento de su esposo, sobre qué tan bien se comportó aquel día.
Habíamos ido a un maldito nightclub de señoritas, invitados por los barbaros colegas de Jasper y uno que otro conocido que se quería colar a la fiesta. Nunca la había pasado tan mal en mi vida, buscando la forma de borrar la imagen de Bella a cada segundo, viendo cómo me bailaban exuberantes chicas que, lejos de provocar algo en mí, me daban asco.
—¿Qué sucede, amigo? —preguntó uno de los colegas de Jasper, el más loco de todos.
Bailaba junto a una cubana de gran trasero, quien se masajeaba contra la entrepierna de su, ahora, compañía. Me pregunté si tenía a alguien que lo esperara en casa; lo más probable era que, si es que lo tenía, era un pobre imbécil. Esperaba que no, así no lo veía como un infiel.
—Estoy algo cansado, nada importante —le respondí, evitando a una de las rubias que me tendían un vaso de vodka.
—¿Eres gay? —me preguntó otro.
—Con frecuencia, quienes proclaman a otros como homosexuales, ocultan interiormente su verdadera identidad gay —gritó James desde la barra con un tono bastante marica.
Reí un poco con la situación. Jacob bailaba con una pelirroja como vil heterosexual, mientras su novio jugaba con la pajilla de su vaso de alcohol. Jasper, por su parte, estaba incluso peor que yo, mirando a las mujeres como si fuesen el demonio mismo. Mi amigo demostraba una lealtad casi enfermiza, lo que me alegró bastante por mi hermana.
—Estás intentando aguantarte porque estoy yo presente, ¿no? —comenté, sentándome a su lado.
Las luces parpadeantes me tenían algo mareado, sumando al alcohol ingerido durante el rato.
—Claro que no, Edward, amo a Alice. Aquí no hay nada que no me espere en casa —murmuró, quitando pedacitos de la servilleta de papel, haciéndolos bolita y lanzándolos al suelo.
—Tienes suerte entonces.
—¿A qué te refieres? —paró con su tortura a la servilleta y se dedicó a mirarme con detenimiento.
Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia.
—Es genial que no necesites nada de estas mujeres y que te esperen en casa como te lo mereces.
—Tú tampoco lo necesitas —murmuró.
Tomó su vaso y bebió con rapidez.
—Si te refieres a Abby, sabes que con ella no sucede absolutamente nada —le dije rápidamente, sintiendo la rabia acrecentándose en mis venas.
Abby y yo solo nos habíamos besado una sola vez y eso solo me hizo sentir peor.
—No me refiero a ella, tonto. —Lo miré mal—. Sabes a quién me refiero.
Rodé los ojos. ¿Otra vez con lo mismo?
—Terminamos, ¿lo sabías? No me gusta referirme a ella y lo sabes, Jasper.
—Inconscientemente te refieres a ella —exclamó—. ¡Date cuenta! Si tuvieses un mínimo de desamor hacia ella, ¿no crees que estarías morreándote con esas mujeres? Eso sucede cuando se ama realmente, idiota, ¡deja ya de comportarte como si ella no te importara! Eso ya no sirve entre nosotros, tus amigos, Bella sigue y seguirá siendo importante, y eso solo te hará más daño si sigues separándote de ella.
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El animador nos hizo sentarnos en nuestros respectivos asientos en las mesas asignadas. Bella se sentó a mi lado con lentitud, con una proximidad amplia, cruzó su pierna izquierda con la derecha y depositó sus manos en el muslo, esperando el momento para volver a pararse lo más rápido posible.
—Quiero llamar adelante al Sr. Carlisle Cullen, quien quiere dar unas palabras a su hija y a su ahora yerno. Un aplauso, por favor —habló el animador, aplaudiendo con el micrófono en la mano.
Mi padre se levantó de su silla, alisando majestuosamente su chaqueta. Mi madre lo miraba como si fuese el hombre más hermoso del mundo. Reí inconscientemente, esos se amaban más que a nadie. Eran un ejemplo que me gustaría seguir hasta el final de mis días. Se paró frente al micrófono en alto, carraspeó un poco y comenzó a hablar, con la vista perdida en el horizonte.
—Quiero decir a viva voz, que este es uno de los días más hermosos que he vivido, el matrimonio de mi hija.
Alice ya comenzaba a llorar al ver a su querido papá también emocionado. Yo no me sorprendí, él siempre fue una persona muy sensible.
—Nunca he podido decírselo con total claridad, pero te amo, hija, eres una personilla increíble, muy alegre y aventurera. Nunca apagues tu brillo, ¿sí? Porque personas como tú no las encontramos dos veces. Dejaste de ser mi princesita para convertirte en una mujer hecha y derecha, con sus virtudes y defectos. Y aquí, delante de todos, puedo confirmar que te crie con valores y mi trabajo ya está hecho. Espero que mis nietos reciban lo mismo y que en un futuro podamos disfrutar de ellos con ansias —dijo.
Paró un momento para tranquilizar su respiración y secar sus ojos. Mi mamá lo miraba embelesada, con sus manos apoyando la barbilla, disfrutando de su amor eterno para él. Alice sonreía con el hilillo de emoción corriendo por su ojo derecho, con Jasper acariciando su espalda. Y Bella… Bella estaba apretando fuertemente su vientre.
¿Le dolía algo? Su expresión estaba crispada, con agonía. Me preocupé, pero no pude decirle mucho, ya que mi padre volvió a dar su discurso para ya terminar.
—Y a ti, Jasper Whitlock, te deseo lo mejor de este mundo, y espero, con el permiso de tu padre aquí presente, que no hieras nunca a mi hija —murmuró, mirando a un Jasper algo pálido—. Sé que mi hija puede ser algo desesperante y berrinchuda, pero así es adorable. Sopórtala, te lo digo en serio, yo lo he hecho 35 años con mi esposa —bromeó.
Todos comenzamos a reír, mi madre le dio una falsa mirada de molestia, pero enseguida sonrió.
—Les deseo lo mejor del mundo, chicos.
Se bajó del escenario y se sentó junto a su esposa, besó su mejilla y luego sus labios.
—Ahora quisiera invitar a Edward Cullen, nos sería muy grato que pasara adelante y dijera unas palabras —anunció el animador.
Me paré ante las miradas de los presentes, Bella incluida, sus ojitos marrones miraban expectantes. Subí por la pequeña escalera y me situé frente al micrófono anteriormente usado por mi padre. Di una ojeada hacia la gente, a mi hermana, a mis amigos, a todos los que estaban ahí, en especial a mi Bella, que a toda costa evitaba mis ojos. Tomé aire con fuerza, dándome el valor para lo que iba a decir.
—El amor es algo estúpido —dije—, estúpido y hermoso. Nos llena el alma con tantas alegrías, con una pasión nunca antes vista. Llega un momento en que no hay nada más que él o ella, da igual, tu burbuja es estar con la persona que robó tu corazón, así de simple. Muchas veces cometemos errores que nos cuestan caro, que nos hace decir barbaridades. Sin embargo, eso no nos quita amor, solo nos une más y más, por cada roce, cada pelea, cada mala palabra, nuestro lazo se une, nos hace unirnos en la fraternidad, en la confianza más pura del amor —suspiré, mientras los demás aplaudían con sinceridad—. Cuando uno ama, todo lo demás deja de importar, porque solo existe ese alguien.
La miré con detenimiento, mientras ella unía sus ojos con los míos.
—Jasper… Ámala, protégela y hazla feliz todos los días de tu vida, ¿sabes por qué? Porque así demuestras cuánto la quieres, esa es la única forma. Entiéndela, comprende sus dolores y nunca, escúchame, nunca la dejes, sea lo que sea que haya hecho por ti —mi voz tembló en aquella última frase, sintiendo el dolor de mis palabras—, porque si la amas realmente, sabrás pasar por alto cada error.
Bella bajó la cabeza, apretó los labios con fuerza y apretó sus parpados. Apreté el agarre del micrófono, miré a mi hermana que sonreía aquejumbrada, con un Jasper con mirada melancólica.
—Alice —llamé. Mi hermana fijó sus ojos en mí—. Ámalo, solo eso. Y perdona sus estupideces cuanto puedas.
El animador se paró a mi lado con una sonrisa nerviosa, indicándome el banquillo del piano. Se me había olvidado que tenía que tocar para mi hermana, lo había planeado hace días. Asentí y me senté frente al piano blanco, junto a la banda. Acercaron el micrófono más cercano para que pudiese hablar.
—Esta es una canción que significa mucho para mí. Alice, Jasper, esto es para ustedes.
Bella POV
Cada una de sus palabras parecía clavarse en mi piel, como si se incrustara con fierro caliente. Si bien, me esperaba un discurso cargado de emociones por su parte, no pensé que dijera aquello, como si fuese dirigido a mí expresamente. ¿Qué quería decirme? ¿Pasar por alto cada error solo si amas realmente? ¿Por qué si él no lo hizo?
Miré hacia el suelo, no podía soportar más su mirada. ¿Cuánto dolor podía soportar una persona? ¿Cuánto peso muerto podía cargar alguien tan débil como yo? Tan frágil. Admiraba la capacidad de Edward para hablar abiertamente de sentimientos que muchos sabían iban dirigidos a mí. No eran estúpidos. Mi círculo más cercano me miraba, pero luego miraban al cobrizo.
Cuando vi que se sentaba en el banquillo del piano, centré toda mi atención en su fino perfil, en sus pestañas claras y la leve oscilación del mechón que le caía por la frente. Con delicadeza quitó la tapa y, en un segundo, comenzó a tocar una melodía suave y armoniosa, que fue tomando forma a cada segundo. Tapé mi boca con la mano al oír mi nana, aquella que me tocaba cada noche frente a la luz de la luna y las luces de Nueva York.
—Has estado muy callada —murmuró, quitando las manos de las teclas.
Le sonreí de inmediato, no se había dado cuenta de todo el tiempo que estuve mirándolo.
—No podía decirte mucho mientras tocabas el piano, sabes que me gusta mirarte —proferí.
Se dio la vuelta en la silla para mirarme y quedar frente a mí. Tomó una de mis manos y comenzó a besarme los nudillos.
—A mí me gusta mirarte cuando duermes —me dijo, levantando las cejas.
—Eso da miedo —bromeé—. Y me gusta.
Me levanté para sentarme en su regazo. Edward puso su cabeza en mi cuello en automático, oliendo mi aroma. En un arranque me dio un mordisco dulce, mientras miles de agujas pasaban por mi columna vertebral.
—¿Es necesario decirte que te amo? —rio.
—¿Es suficiente para ti que yo te lo diga?
—Mmm… Nunca es suficiente.
—Pues para mí siempre es necesario que me lo digas —respondí.
Sentí su sonrisa contra mi piel, la elevación de sus comisuras.
—Te amo.
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La banda acompañaba con pequeños acordes de violín y de guitarra, mientras Edward seguía moviendo sus dedos, creando la más hermosa melodía que había escuchado en mi vida. Jacob evitaba mirarnos, se notaba incómodo, en cambio James negaba cruelmente con su cabeza, regañando el momento. No me fijé en nadie más, no quería ver el rostro de mi hermano o el de Rose, sabía que ellos estarían tristes por todo esto.
Llegó un momento en el cual no pude más, seguir escuchando dolía y asfixiaba. Tomé mi pequeña cartera, el regalo de James y me levanté de la silla. Corrí hacia el baño mientras todos los demás me miraban inquisitivos. Me adentré en espacio lleno de azulejos celestes y flores diversas decorando los rincones, me apoyé en el frío mármol, frente al espejo redondo. Hice un mohín y lloré bajo la soledad del lugar, no podía ser fuerte frente a él.
Tapé mi boca con las manos para no romper en sollozos el tranquilo silencio, roto levemente por el piano que todavía sonaba. ¿Qué quería decir todo esto? ¿Qué todavía me amaba? Esa pequeña posibilidad aceleró mi corazón, y al mismo tiempo creció la angustia. ¿Qué demonios crecía en mi pecho? ¿Qué cosa malvada podría sucederme?
Toqué inconscientemente el bultito pequeño de mi vientre, a mí hijo nadie podía tocarlo, antes yo moría con él. Era lo único que me quedaba del amor de Edward, no quería perder nada más, de lo contrario me hundiría en las profundidades del dolor. ¿Y si le sucedía algo a Edward? No. ¡No!
Lavé mi rostro con el agua que salía del grifo, a pesar de todo seguía con los ojos rojos de tanta lágrima. Respiré hondo, luego exhalé. Salí del baño, hasta toparme con toda la gente bailando al ritmo de la música. Estaba todo oscuro, con luces que parpadeaban constantemente y brillaban sobre los rostros de los demás. Trastabillé un par de veces y choqué con algunas personas en busca de alguien que se me hiciese familiar. Alguien tomó mi mano y me escabulló entre la masa de gente que bailaba al son de la música. Me apegó a su cuerpo y enseguida noté el aroma masculino.
—¿Qué mierda planeas, Edward? —gruñí, saliendo de su agarré.
—No planeo nada, solo quiero divertirme —me respondió.
—¿Divertirte? Eso lo puedes hacer con cualquier mujer, yo no soy un juguete.
Quité sus manos de mi cuerpo con demasiada brusquedad, pero la irritabilidad que esto me producía era estresante. Se acercó lo suficiente para observarme con atención, lo suficiente para volverme loca.
—Estuviste llorando —afirmó.
—¡¿Y qué demonios te importa?! —le grité a la defensiva—. Deja de acercarte a mí, solo me haces daño.
Dio un paso atrás, asombrado por mis palabras.
—No es mi intención hacerte daño, Bella.
—Oh claro, ¡pero eso haces! Edward, entiéndeme, esto acabó hace mucho, el periodo de amor se fue a los mil demonios cuando me dijiste aquello.
Su rostro se crispó de dolor, y al mismo tiempo yo di marcha hacia atrás, para largarme de aquí, para no verlo más. Pero sus brazos se agarraron con fuerza de mi vientre, acariciando la leve protuberancia que ahí se alojaba. Por primera vez sentía sus manos ahí, en donde vivía nuestro hijo, pero él no sabía de su existencia, todavía no sabía que en mí crecía una parte de él, viva y con el corazón fuerte como el de nosotros. Mis ojos se llenaron de lágrimas, acrecentando la necesidad de apegarme a él.
Acercó sus labios a mi oído para murmurar unas simples palabras que me dejaron sin aliento.
—Baila conmigo, aunque sea esta última vez.
Asentí, todavía sin darme la vuelta. Toda mi visión era borrosa por las lágrimas agrupadas en mis ojos. Parpadeé para que éstas cayeran y así pudiese limpiarlas. Me giré y le planté frente al hombre de ojos verdes que me miraban ansiosos, con la mordida tensa al observar mis manos limpiando los vestigios de mi tristeza. Agarré su mano, su suave mano que daba suaves caricias, mientras él agarraba mi cintura para acercarme a su torso.
—¿Por qué tocaste aquella canción? —inquirí luego de un suave giro.
—Porque significa mucho para mí. Te vi irte hacia el baño… Lo siento —murmuró, apegando su barbilla a mi coronilla.
La música ya no era ni vals, ni electrónica, ni movediza. Ahora era romanticismo puro, generado por el puto destino de la discordia. Nos ameritó un acercamiento tan potente, tan duro, hasta el punto que nuestros corazones se podían sentir. Edward tragaba con dificultad, la manzana alojada en su garganta se movió fuertemente, sus ojos no se despegaban de los míos.
—¿Has sido feliz este último tiempo? —pregunté, bajando mi mirada hacia mis tacones.
Su risa tensa me confirmaba muchas cosas.
—Tu pregunta ha sido demasiado cruel.
Levantó mi barbilla con sus dedos para que me fijara en él, me dio una sonrisa cómplice que no pude evitar devolver. Con timidez descansé mi cabeza en su pecho, y él no hizo nada por evitarlo, es más, su corazón palpitó aún más fuerte de lo que creí.
Nos seguimos moviendo al son de la música, mandando a la mierda todo aquel rastro de odio entre nosotros. Sabía que todo esto estaba mal, muy mal, pero no podía evitarlo, su cercanía me era demasiado tentadora. Más cuando lo había extrañado más de lo que yo necesitaba soportar.
—Te ves tan hermosa esta noche —murmuró.
Restregué mi mejilla en su chaqueta, sintiendo su calor, inhalando su aroma. Sentí sus dedos hábiles sobre mi cabello, luego descendiendo por mi espalda hasta llegar a un punto culmine.
—Tú te ves diferente hoy —le dije, separándome un poco para observarlo.
—Quizá es porque no estás conmigo.
Me di cuenta que mi respiración no se estaba realizando correctamente, que la salida de aire acababa espesa y pesada. Saboreé mis labios secos, e instintivamente miré los suyos, tan mojados y rosados, coquetos, hermosos…
Sentí el aroma de su respiración acompasada cada vez más cerca, el cálido hálito que chocaba con mi rostro. Cerré los ojos fuertemente, con mis manos ligeramente presionadas en su pecho, mientras él, amarrado con fuerza en mi cintura, me acercaba a él con delicadeza. Sentí el leve roce de sus labios junto a los míos, el contacto de su piel, el éxtasis de tener al fin uno de sus besos, esperando a ser compartido.
El vibrar de mi celular me sacó de mi ensoñación, abrí mis ojos, con mi boca decepcionada al no poder besarlo. Maldije internamente al ver que el identificador era de un número desconocido. Contesté con los dedos temblorosos, con Edward todavía firmemente agarrado de mi cintura. Tenía el ceño fruncido, impaciente por probar de mis labios. Murmuró un par de groserías, irritado.
—¿Aló? —exclamé al interlocutor.
—Bella, mi hermosa Bella —habló una voz masculina, gruesa y pedante.
—¿Quién es? —gemí, temiendo una respuesta.
—¿Ya te olvidaste de mí, cariño? —gruñó, riendo sin parar—. Tu hermoso ex novio, claro está.
—¿Qué quieres?
Mis dedos sujetaban con debilidad el teléfono, mientras Edward se separaba lo suficiente de mí para sentirme otra vez desprotegida. Me hacía gestos con la mano para que le explicara, pero yo solo negaba con la cabeza.
—¿Creías que te dejaría tranquila? Supuse que todo ese romántico cuento de hadas con el hijo de puta de Edward ya había acabado…
—¡¿Cómo lo supiste?! —vociferé con los ojos llenos de lágrimas.
—Oh, tranquila, Bella, que todavía queda la mejor parte —se hizo una pausa, lo suficiente para que comenzara a correr lejos de Edward.
—¡Bella! ¡Espera! —me gritaba, corriendo detrás de mí.
—Las cosas van a cambiar. Tú no puedes estar con él. A no ser de que quieras exponer al peligro a la gente que quieres —y cortó.
Con la respiración acelerada acrecenté mi camino por entre la gente, buscando a Alice con desesperación. Tenía que salir de aquí lo más rápido posible, Damian podía estar cerca y hacerle algo a Edward, o a mis padres… ¡No! Dios, no podía exponer a la gente que quería, tal cual lo dijo, había muchas cosas en su poder, ¡él mismo había logrado dañar a Edward cuando ni siquiera éramos novios! Había logrado acercarse a Newton, a mi familia entera…
Vi a Alice desde lejos, caminé un poco hasta agarrarla del brazo.
—¡Bella! ¿En dónde estabas? —frunció el ceño mediante hablaba, mirándome inquisitivamente—. Estuviste llorando.
—No, Alice, eso no es importante —murmuré, quitándole importancia—. Tengo que irme. Lo lamento, no me siento muy bien y…
El rostro de Alice se tornó algo triste, provocando así un sentimiento de culpa en mi interior. Pero ya había aguantado bastante, no podía seguir quitándole atención a los demás con mi soledad, todos estaban felices con sus parejas y yo solo estaba molestando. Además, yo solo era un peligro para ellos, y mi hijo no podía ser expuesto.
—No, no te vayas —dijo—, sé que Edward la cagó, pero…
—Alice, aquí Edward no es el culpable —exclamé en tono cansino.
—No quiero que te vayas —insistió.
—¡Lo siento! De verdad, lo siento mucho, tengo que irme. —Le di un corto beso en la mejilla y salí corriendo hacia la salida del salón.
No reparé en cómo mi nombre se oía a gritos detrás de mí, solo seguí mi rumbo para tomar un taxi e irme a casa. Choqué un par de veces con la gente hasta sentir el aire frío e invernal de Nueva York. Todo estaba desierto, la acera estaba congelada y mis pies tambaleaban con el hielo al ir tan acelerada en busca de la maldita locomoción.
Me metí en los callejones por si pasaban en la otra esquina. Sentí las pisadas de alguien más contra el concreto y enseguida mi corazón comenzó a dar tumbos en el tórax. Corrí más rápido, pero los tacos no me4 ayudaban, caí contra el cemento, golpeando mi trasero.
—¡Demonios! —gemí.
Cuando logré pararme, un hombre estaba frente a mí. Por instinto me puse a gritar, imaginándome los peores escenarios, creyendo que Damian podía atraparme.
—¡Bella, ya, deja de gritar! —me regañó Edward.
Mi respiración se calmó en automático, llevé mis manos al rostro y comencé a llorar desenfrenadamente.
—¿Qué diab…? Ya, shh… —me acercó a él para abrazarme fuertemente. Me apreté con fuerza en su pecho, llorando con fuerza y manchando su bello traje.
No quería hacerle más daño, no a él… Dolía no poder ser feliz, pero era peor saber que si estaba conmigo él solo podría ser víctima de los infortunios. ¡Todo gracias a Damian! Hijo de puta, ¡ya estaba harta de él y toda su mierda!
—¿Estás mejor? —preguntó cuando acabé de sollozar.
—No —dije.
Suspiró. Llevó sus labios a mi frente, la cual besó con delicadeza. Eso solo sirvió para que volviese a sollozar con fuerza.
Me sentía tan débil entre sus brazos, como si fuese hecha de un montón de cartas que, con un leve soplido, se derrumbarían.
—Te fuiste tan repentinamente… ¿Qué sucede?
Sorbí por la nariz, me separé un poco de él y lo quedé mirando un largo rato. Sus ojos verdes me miraban tan curiosos, dándole el aspecto más inocente que había visto en mi vida. También se notaba preocupado, herido…
—Tengo que irme a casa —murmuré, pasando por su lado y caminando con dificultad hacia la avenida.
—¡Bella! Son las 1 de la madrugada, ¿cómo planeas irte así como así? Es peligroso —gritó, corriendo a mi encuentro.
Estaba en lo correcto, no podía exponer así a mi hijo. Me di la vuelta y me paré frente a él, limpiando mis lágrimas rápidamente.
—Llévame a mi departamento —le pedí.
Asintió lentamente y me señaló hacia la izquierda, justo ahí se veía su Camaro brillando con la luz de los focos y la luna. Me acerqué rápidamente a la puerta del copiloto, hasta que él la abrió para que pudiese entrar. El interior era cálido y seguía conservando el aroma de Edward. Menta, perfume y a él. Se sentó a mi lado, dudó un momento en encender el auto, pero cuando lo hizo partió con gran velocidad.
No me di ni cuenta cuando vi el edificio a mi lado, los pensamientos pesimistas solo terminaban por consumirme al completo. Edward respiró profundamente, sin sacar la llave del auto todavía. Los seguros estaban puestos, intenté abrir la puerta pero no pude.
—Ábrela —ordené.
—No hasta que me escuches.
No. No. No. Ahora no, por favor. Lo que menos necesitaba era que se pusiese a decir cuánto me amaba, no ahora que no podía soportar verlo en peligro gracias a Damian. No ahora que no podía volver con él.
—No quiero escucharte —susurré.
Las puertas seguían con aquel maldito seguro, evitándome la libertad de hacer mi cometido. Miré de reojo a Edward, pero él estaba mirándome a mí. Moví un par de veces la manilla de la puerta intentando forzosamente abrirla, pero —claramente— no surtió efecto.
—¡Abre la maldita puerta, carajo! —grité desesperada.
De un movimiento apretó el botón para que éstas pudiesen liberarme, entonces yo salí rauda del auto, pasando por alto el saludo adormilado del conserje. Me metí al ascensor y apreté el botón del último piso, pero cuando éstas iban a cerrarse, se metió entre las puertas y entró conmigo en aquel espacio reducido.
—¡Deja de huir de mí! —chilló, por lo cual pegué un salto.
El ambiente lleno de tensión me tenía trastornada.
—¿No lo entiendes? No quiero escucharte, vete de aquí, ¡ya! —gemí.
Cuando el ascensor paró y se abrió, me dirigí a mi puerta con un paso torpe mientras sacaba las llaves de la maldita cartera. En cuanto la abrí, Edward se metió conmigo. Caminé velozmente hacia el centro de la sala con la garganta apretada y la respiración acompasada. El corazón me palpitaba a mil por hora, los pies me dolían y la cabeza me palpitaba con ganas.
—Vete, Edward, por favor, déjame sola —lloré, afirmándome del sofá.
—No. No lo haré, ya no puedo hacerlo más. No puedo seguir dejándote sola.
Me giré solo un poco, y ese poco hizo trizas mi corazón. Un hilillo de tristeza caía por su mejilla, y yo solo caí rendida a sus pies. Estaba a metros de mí, solo a metros…
—¡Ya no puedo más! —grité.
Corrí hacia él, me agarré de su cuello y junté mis labios con los suyos.
Buenas noches. Estoy algo tensionada por el capítulo, la verdad, la tristeza se me hace inmensa a pesar de todo... En fin, espero les haya gustado, pues me ha sido uno de los más difíciles que me ha tocado. Mi loca cabeza no para de dar ideas y espero no se vayan por los crímenes que puedo cometer ¬¬ Bueno, terminando con mi leve discurso, doy las gracias por los rr y por las nuevas lectoras que se toman el tiempo en dejarme un comentario en cada uno de los caps porque es muy sacrificado. Los caps siguen, por lo menos unos 5 más, quién haya creido que lo acabaría aqui está equivocado.
Besos y abrazos...
