Volvió a sentir el fuego en su interior, señal inequívoca de que había retornado a esa vida que no quería soltarlo. Su llama brillaba ahora, incesante.

-¿Eres tú, Thoros? –Preguntó el señor, con la boca llena de sangre y fuego. Sintió la mano cálida del sacerdote posándose en su hombro desnudo. La corriente de la vida se deslizaba ahora por sus venas muertas, impregnanndo sus músculos de movilidad. Respirar no le era importante, sin embargo tomó una bocanada de aire, llenándose de aquel regalo que R'hllor le había dado.

Su sacerdote asintió y lo ayudó a ponerse en pie con manos que eran suaves y solícitas al mismo tiempo. La preocupación se le notaba en el rostro arrugado y a pesar de que la herida en el ojo le seguía palpitando, Dondarrion sonrió. Lord Beric hubo sido arrogante, jactancioso, un señor como todos en su vida pasada, pero en el Vado del Titiritero, además de la muerte, había encontrado el camino a la bondad. Se encontró a sí mismo.

El señor de los cadáveres, le decían algunos. El señor del relámpago, murmuraban otros. Beric decía solo que era un guerrero, un hombre que la espada blandía y el escudo tomaba por lo que creía conveniente.

En eso no se parecía a los demás señores y caballeros, que luchaban por oro, riquezas y gloria. Lord Beric Dondarrion ansiaba únicamente la justicia. La Mano del rey le había encomendado apresar a Gregor Clegane. Así había comenzado la guerra, y así terminaría.

Lord Beric el defensor del pueblo, se plantó enfrente de su ejército. Una mezcla entre apicultores, herreros, zapateros, los más afectados por la guerra. Sonrió.

-eh aquí mi tropa –Pensó. –Por los que vale la pena volver a morir.