Yuri Plisetsky no leyó la nota que el estúpido niño del cabello largo que parecía todo menos ruso y para colmo con el cual compartía nombre le había dejado hasta llegar a casa. Después de saludar a su abuelito con un beso en la mejilla, preguntar si acaso su madre estaba en casa y solo decepcionarse un poco al obtener una respuesta negativa, ir a su habitación a dejar su mochila–tenía que ajustar el parche, o en cualquier momento volvería a salirse– y luego de tomar un corto baño para no gastar ni luz ni agua en exceso, vertió todo el contenido de su mochila sobre su cama, su mirada jade inmediatamente clavándose en el papel con la caligrafía demasiado femenina que sin duda pertenecía a Nikiforov y tomándolo con una sonrisa ladeada.

Abriendo mucho los ojos, repasó el escrito una, dos y diez veces.

—¿¡Hah!?

¿¡Un duelo de baile!?, ¿¡qué "arma" estúpida era esa!?

Apretando la mandíbula, Yuri bufó.

¡Nikiforov iba a caer!

Dejó la nota sobre su escritorio y salió para el trabajo, su abuelo acomodándole como era debido el cuello de la camisa, como hacía siempre.