The Cure
Aún estaba atontada con las palabras de Emma.
¡Cielos! Ya no tenía dudas de nada, la quiero para siempre, y con todos los hijos que ella quiera. Digo que sí a lo que sea.
—¿Quieres casarte conmigo?—pregunté
Ella, sorprendida, abrió la boca, pero pegó sus labios a los míos y salpicó mis mejillas de besos.
—Pues claro que sí, mi amor.
Acaricié su rostro, sonriendo ante la enorme felicidad que me embargaba.
Tendremos los hijos que quieras
No quiero que lo hagas solo porque lo desee yo.
Negué con la cabeza.
—He tenido que casi morir para entender lo importante que es lo que tenemos, tendremos varios Swan-Mills en nuestra casa.
—¿Swan-Mills?— asentí —Me encanta la idea —Sus labios se unieron a los míos de forma suave, y le devolví el beso.
Algunos golpes en la puerta provocaron que nos separásemos.
La doctora que se encargaba de mí apareció para la visita de rutina y para examinarme, y me dio la mala notica de que al menos me tendría que quedar cinco días ingresada, debió a que había pasado por una cirugía para extraerme la bala que, según ella, se alojó en un sitio delicado.
¿Saben el momento en que su humor se va por la alcantarilla? Pues así fue conmigo en ese exacto momento.
Quería protestar y decir que estaba bien, pero apenas me enderecé en la cama, mi abdomen latió, provocando que aguantara la respiración para no gemir de dolor.
Emma acompañó a la doctora hasta la puerta y volvió acompañada de mi hermana.
—Deja ver si adivino…¿Nada de sexo? ¿Por eso esa cara larga?
Mi prometida se echó a reír y yo fusilé a las dos con la mirada.
—Solo le darán el alta dentro de cinco días, pero aún no es seguro, quizás la retengan más tiempo—explicó Emma
—¡Jesús! ¡Calma, hermanita! Al menos tenderás la compañía de tu rubia sexy.
Reviré los ojos.
—¿Ya acabaste, Zelena?
—No, aún no, quizás encuentres una posición no tan dolorosa, como con Ruby fue solo en la pierna, fue fácil improvisar algo y…
—Zelena, no queremos saber qué posiciones usáis las dos, por favor— la interrumpí
Aunque insistí para no escucharla hablar del tema, acabamos escuchando sin elección alguna; pero no solo en este día, todos los días que estuve en ese hospital, volvía a repetirlo.
De tanto mi hermana llenándome la cabeza hablando se sexo, a mí me estaba dando un ataque por tener que respetar las condiciones impuestas por los médicos cuando me dieron el alta tras una semana en ese sitio.
En casa me dieron una magnífica recepción, incluyendo a mis suegros y a la madre de Ruby. Me sentía feliz de que nadie mencionara el asunto de Cora, no quería pensar en ella, de momento no.
Cuando terminé de bañarme, me puse la bata. Encontré a Emma en la cama, sentada con la espalda apoyada en el cabecero de la cama, leyendo un periódico, totalmente concentrada. Forcé la vista para ver qué estaba leyendo, era un periódico centrado en búsqueda de empleo, pero ¿por qué estaba ella leyendo eso?
—¿Sucedió algo en UP!?— pregunté mientras me echaba algo de crema en las manos y la extendía por los brazos.
—Aún no, pero no está de más estar preparada, ¿no? Después de todo lo ocurrido, no dudo de que miles de personas incluida yo seamos despedidas.
Me eché algo más de crema, apoyé mi pierna en el borde de la cama y la unté, repitiendo el proceso en la otra.
Cuando la miré, sus ojos estaban fijos en el movimiento que hacía yo con las manos, se había olvidado completamente del periódico.
—Ya te he dicho que no tienes que preocuparte por el trabajo, puedo meter mano en eso— dije fingiendo que no me daba cuenta del efecto que estaba produciendo en ella.
—Ya tuvimos esa conversación, Regina, y sigue siendo un no— dobló el periódico y lo dejó en la mesilla de noche —Me estás provocando mucho mientras te estás poniendo esa crema.
Sonreí sarcástica, cogí el frasco de crema y se lo di a ella.
—Aún no he acabado— deshice el lazo de la bata, deslizándola por mis brazos, quedándome completamente desnuda frente a ella.
—Regina— murmuró Emma comiéndome literalmente con los ojos —¿Qué dijo la doctora esta mañana?
—Que estoy libre siempre y cuando no haga esfuerzos— acerqué mi cara a la suya —Así que, mi amor, ya puedes poner esos brazos a trabajar e incluso también sirve tu lengua— agarré su rostro cuando intentó besarme —Termina antes de ayudarme con la crema, amor
Sus ojos depredadores acompañaban mi movimiento hasta que me eché a su lado, boca arriba.
Emma se echó algo de crema en sus manos, se arrodilló entre mis piernas y empezó a pasarlas lentamente por mi barriga, masajeando con cuidado, sin quebrar el contacto visual conmigo. Sus manos se deslizaron hacia mis pechos, rodeándolos con suaves movimientos, y a veces pellizcaba los pezones ya erectos.
Yo había echado tanto de menos sus toques que ya estaba lista para ella. Mordía mi labio inferior cada vez que apretaba mis pechos, para que no se escapara ningún gemido.
Se echó sobre mi cuerpo, apoyando el peso sobre los codos, y capturando mis labios. Amaba ser besada por ella, amaba la forma en que nuestros labios parecían conocer los movimientos de la otra y cómo nuestras lenguas terminaban con la añoranza que nos había acompañado durante tanto tiempo.
Su cintura bajó, provocando que sus vaqueros rozaran en mi intimidad, comenzó a moverse lentamente, hasta que consiguió que emitiera un gemido. Descendió su boca por mi cuello dejando suaves lamidas y besos demorados que luego fue bajando un poco más hasta llegar a mis pechos que succionó con deseo. Rozaba sus dientes en mis pezones sensibles, haciéndome arquear la espalda ante el intenso placer que me dominaba.
Podía ver su rostro de victoria cada vez que yo gemía alto, pero no podía hacer nada, mi cuerpo le pertenecía a ella, con todas las letras.
Casi grité cuando su boca llegó a mi vagina.
Mis manos se agarraban a las sábanas, aún más cuando su lengua comenzó a juguetear con mi punto sensible y su dedo a deslizarse por mi entrada, sin penetrarme.
Sus ojos estaban clavados en mi reacción, le gustaba observar el efecto que causaba en mí.
—Por…favor, Em-ma— dije entrecortadamente debido a mi respiración agitada.
Deslizó dos dedos en mi interior; dejé escapar un alto gemido en cuanto comenzó a moverse con rapidez y su lengua trabajaba en sincronía excepcional.
En cuanto mi interior comenzó a apretar sus dedos, Emma pegó sus labios a los míos, sin disminuir el ritmo.
Ahogó mi gemido con su beso cuando alcancé el clímax.
Se recostó a mi lado, atrayéndome hacia sus brazos, calmando los espasmos de mi cuerpo debido al reciente orgasmo.
Nos rendimos al sueño acariciándonos la una a la otra.
Algunos días pasaron y puedo afirmar con todas las palabras que estábamos en paz.
Emma y yo fuimos a consultar con el mismo médico de la clínica donde yo me había hecho la inseminación, y nos hicimos todos los exámenes necesarios para llevarlos la próxima semana.
Ah, y la boda, decidimos celebrar una boda doble, nos casaremos junto con mi hermana y Ruby; pero nada de público, solo la familia y nuestra casa de campo. La hemos marcado de aquí a dos meses. Ansiosa era la palabra que me definía.
Era un sábado tranquilo y estábamos en la sala charlando mientras Henry y Anna jugaban en la gran alfombra del centro.
El timbre sonó.
Señalé que yo iba a atender.
Al abrir la puerta me encontré con un señor de cabellos canos vistiendo un traje caro, con una carpeta debajo del brazo y una sonrisa forzada en los labios.
—¿Sí?
—¿Regina Mills?— asentí —Me gustaría hablar con usted en un sitio privado, soy el abogado de Robert Gold, tengo algo que entregarle.
Yo quería recusar, sencillamente decirle que se fuera, pero la curiosidad habló más alto.
Me aparté para darle paso.
—Dennos un minuto— le dije a mi familia. No tenía que repetir lo que él había dicho, todos lo habían escuchado —Acompáñeme
Lo guié hasta el despacho, cerré a puerta al entrar, le señalé la silla en la que podía sentarse y yo rodeé la mesa, sentándome en la mía.
—Entonces, ¿señor…?
—Gomes
—Gomes— repetí —¿Vamos directos al grano?
Él cogió la carpeta y me la entregó.
—He recibido órdenes de Gold de que solo cuando lo hubiesen juzgado tendría permiso para entregarle esto.
—¿Qué es?
—Abra
Por unos segundos sentí recelo, pero obedecí.
Era su testamento.
Lo leí atentamente y no podía creer lo que estaba leyendo.
Volví al inicio de la lectura, y leí una vez más.
—¿Esto qué quiere decir?
—Quiere decir, señorita Mills, que Robert Gold ha pasado 40% de las acciones de UP! a su nombre, y que cuando Anna tenga la edad y las aptitudes para poder asumir tal responsabilidad, y con su aprobación, claro, ella podrá hacer uso del 60% restante que le ha sido dado.
Me pasé las manos por el pelo, intentando procesar todo aquello.
—El testamento no es para ser leído cuando…
Me interrumpió
—Gold, Belle, Robin y Killian han sido condenados a 65 años de cárcel. Gold ya tiene esa edad, no saldrá vivo de la cárcel, así que ese es el motivo de que el testamento ya esté siendo puesto en marcha.
—No puedo aceptar eso. No soy nada de él…Yo…
Una vez más me interrumpió.
—Si usted no acepta, Srta. Mills, UP! cerrará sus puertas, mucha gente se quedará sin empleo por su causa, sin contar que su sobrina no merece heredar un edificio vacío y lleno de deudas que aparecerán hasta que ella tenga edad para administrarlo, y nada habría sido culpa de Anna.
Resoplé y asentí con la cabeza.
—Quiero hablar con él, ¿puede conseguirme eso?
—Claro, Srta. Mills. ¿Firmará los papeles de aceptación después de esa conversación?— asentí —Bien, este es mi número— me entregó una tarjeta —Me pondré en contacto con usted para avisarla de cuándo podemos ir a la penitenciaría.
—Gracias, Sr. Gomes
Lo acompañé hasta la salida y me encontré con muchas miradas curiosas encarándome.
Y para ser sincera, no sabía por dónde comenzar ni qué decir.
