Laberintos
"La perversidad del laberinto consiste en que traiciona la esencia del camino: éste ya no es para ir de un punto a otro, sino para no poder ir. Hay algo insano en conseguir que el camino no sea camino, en armar un camino que nos pierda."
La Libertad de ser Distinto, Óscar de la Borbolla.
Las calles cercanas al departamento donde se alojaba el Escudo Rojo, eran un caos total. La policía y las ambulancias había llegado con el llamado de emergencia que decía, con inocente y sincero pánico, que una chica acababa de saltar del edificio de departamentos, en un aparente intento de suicido, y no sólo eso, sino que al parecer había sobrevivido, con heridas eso sí, pero cuando la policía y los equipos de emergencias llegaron al lugar, no encontraron a ninguna chica trastornada y herida, sólo el cadáver del hombre que había llamado, transformando aquello en un intento de suicido a un aparente homicidio.
Decir que la policía estaba confundida era poco, porque con sólo ver el cuerpo se dieron cuenta de que el hombre que había llamado había sido salvajemente mordido en el cuello y que le habían succionado la sangre. Todo eso tenía demasiad similitudes con los asesinatos de la dichosa Vampiresa de Nueva York, que ya tenía un tiempo que no se aparecía, aunque el caso seguía abierto, en ardua investigación y lo peor de todo, sin pistas nuevas o concretas, eso sin contar el asedio de la prensa y la inconformidad de los familiares de las victimas.
Sin embargo este suceso venía a dar un giro inesperado a la investigación, quizá hasta un súbito avance. Era curioso que, supuestamente, en la escena debiera estar una chica malherida, pero no había nada parecido más que un camino de sangre; cosa demasiada rara, porque la principal sospechosa "suicida" precisamente era una mujer, como sospechosa era la perversa asesina.
La policía había cerrado la calle y los conductores de sus autos no paraban de tocar el claxon frente al tráfico, mientras maldecían entre dientes a los oficiales que los desviaban de su camino. Los transeúntes intentaban, llenos de morbo, acercarse a la escena y alcanzar a ver alguna mancha de sangre o algo por el estilo, pero la barricada se los impedía y tumultos de gente que habían llegado antes ya se estaban amontonados alrededor de ellas mientras la policía les ordenaba retirarse. Lo peor eran los medios de comunicación, que como si se tratasen de adivinos tras una suculenta historia, dieron rápidamente con el lugar y ahora se encontraban tomando fotos lo más cerca posible de la escena y grabando la noticia, mientras la policía intentaba impedírselos o por lo menos alejarlos.
La policía de Nueva York sería la nueva comidilla de la ciudad.
Dentro del departamento del Escudo Rojo, también era todo un caos. Kai estaba como loco. Al principio, después de despertar, sufrió un ataque de ansiedad, exigiendo una explicación al por qué demonios seguía vivo. Cuando sus dudas comenzaron a disiparse hasta conducirlo a lo más obvio, sintió como si se le cayera el cielo encima. Entre Lewis y Julia tuvieron que calmarlo, afortunadamente David no se encontraba cerca, porque había salido como alma que lleva el diablo a buscar a Saya, pero lo que encontró sólo fue el cadáver del hombre y la gente que comenzaba a acumularse horrorizada ante el grotesco espectáculo. David entonces supo que la policía no tardaría en llegar y que, ya que estaban tan cerca de la escena, lo mejor que se podía hacer ahora era fingir que nadie ahí sabía ni había visto nada. Para cuando regresó, Julia estaba en aras de decirle a Kai que ahora era un Caballero. Después de la sorpresa inicial y el shock, Kai pudo reaccionar, pero no de la mejor manera.
—¡¿Pero cómo? ¡¿A qué maldita hora pasó?— gritó histérico, mientras David entraba al departamento —¡¿Qué demonios pasó?— vociferó, acercándose a Julia amenazadoramente, cosa que asustó un poco a la doctora, ya que conocía bien la fuerza que podían tener los Caballeros, especialmente cuando perdían el control, y resultaba aun más peligroso si se trataba de un chico confundido que no sabía lo que le estaba pasando y cada vez más fuera de sus cabales.
—Pasa que te atacaron— dijo David con firmeza, mirando duramente a Kai y evitando cualquier posible daño a Julia. Ante la afirmación, viniendo de la clásica y severa voz del militar, Kai se calmó un poco e intentó hacer memoria, tratando de recordar cómo había sucedido, pero los sucesos y los recuerdos dentro de su mente eran confusos y nebulosos. David pareció darse cuenta, porque obligó a Kai a sentarse y le narró lo ocurrido, al menos lo que Saya y Mao habían contado.
—Saya y Mao te encontraron medio muerto en un callejón cercano al club al que fueron anoche— dijo David, pero no le sorprendió que Kai de inmediato lo interrumpiera, aunque no por eso resultaba poco molesto.
—¡¿Saya?—
—¡Déjame hablar, Kai!— gritó David, exasperado, sobresaltando a todos los presentes. Kai pareció calmarse y se volvió a sentar. El agente ya bastante tenía con el pequeño zafarrancho que había montado Saya abajo, como para encima tener que aguantar a Kai —Estabas apunto de morir, así que Saya te dio de su sangre—
—Ya se le está haciendo costumbre…— murmuró Mao, sorprendentemente sin pizca de celos en la voz o rechazo alguno, más bien como una manera de tranquilizarse a si misma. Aun estaba conmocionada por todos los eventos ocurridos y un poco de humor no le caería mal.
—Te trajimos aquí, y para cuando llegaste ya estabas sanando. Es obvio que ahora eres un Caballero de Saya— dijo David con el tono serio y firme que lo caracterizaba, aunque ya esperaba la reacción de Kai: caótica y visceral.
—¡¿Caballero? ¡¿Y yo qué sé de ser un Caballero? ¡¿Y quién demonios me atacó? ¡¿Y dónde está Saya?— el chico se levantó, gritando el nombre de Saya y buscándola por todo el departamento. Mao fue tras él hasta alcanzarlo y traerlo de vuelta.
—Saya no está. Se fue. Y no sabemos quién te atacó. Cuando te encontramos estabas herido, como si algo te hubiese atravesado— le explicó la joven, pero sus palabras poco sirvieron para calmar al chico.
—¿Cómo que se fue? ¿A dónde?—
—No lo sabemos. Ella estaba contigo, y cuando despertaste, ya no estaba. Supongo que saltó del balcón— comentó Lewis. El hecho de saber que Saya había estado con ellos le dio a Kai cierta esperanza de que en cualquier momento su hermana volvería, pero el asunto de que saliera huyendo no lo convencía demasiado.
Al menos la había encontrado.
—Ahora, gracias a eso, abajo está lleno de policías— dijo David con gesto irritado.
—¿Por qué?— inquirió Julia.
—Al parecer Saya tenía hambre—
Cuando Hagi salió de la habitación y comenzó a recorrer los pasillos de la mansión se sorprendió un poco del poco movimiento que parecía haber en ella. Si lo pensaba bien, la mansión era muy grande, y como había pocos habitantes (muy ocupados, por cierto) generalmente el lugar podía encontrarse bastante vacío.
¿Cuándo había sido la última vez que había visto por ahí a Amshel? Bueno, tampoco es como si quisiera topárselo. Tampoco había rastros de Solomon (tampoco quería verlo ni en pintura), y Nathan tampoco parecía estar por el lugar. Le daba la sensación de que había otro Caballero por ahí, pero no podía ser. Karl estaba muerto y James también, así que atribuyó esa idea a pura paranoia.
Y paranoico como estaba, sabía que tenía que despejar su mente o se volvería loco (o cometería alguna estupidez, en todo caso, que por cierto ya se le estaba haciendo costumbre), así que a pesar de que la mansión estaba en completo silencio y aquello era un poco tétrico, Hagi se dirigió a la biblioteca. No tenía pensado leer ningún libro, no tenía ánimos, sólo quería estar solo y pensar (o no pensar) las cosas lo más aisladamente posible que pudiera, sin tener que dejar completamente sola a Saya, además, la visión de los opacos lomos de los libros acomodados con pulcritud en estantes y el aroma de las hojas siempre resultaba algo reconfortante. Al menos quería tener la sensación de orden a su alrededor.
Mientras recorría uno de los pasillos, el sonido de las ventanas siendo continuamente golpeadas lo distrajo. Los cristales estaban siendo azotados por un potente viento y parecía que iban a romperse en cualquier instante. Tan inmerso estaba en su cabeza que había comenzado a llover desde hacia rato y él ni se había percatado. Se acercó a una de las ventanas y miró hacia el cielo. Las nubes atiborraban toda la vista y a pesar de que apenas era poco más de medio día, parecía como si estuviera apunto de anochecer.
Se alejó de la ventana y retomó su camino, y para su sorpresa, se encontró con Diva, caminando en la dirección contraria a él. Parecía muy relajada e incluso feliz, y para su alivio no le mandaba miradas coquetas ni nada por estilo. Sólo mantenía una sonrisa despreocupada, infantil, pero en cierta forma sutil, como si no hubiera pasado nada.
Hagi tampoco se acobardó y siguió su camino aunque fuera, en algún momento, a tener que pasar lado a un lado de la chica, y no tenía pensado darse la media vuelta como un cobarde o sacarle la vuelta, y claro, como él tenía la costumbre de caminar rápido, no tardó mucho tiempo en pasar a un lado de ella. Por un momento pensó que casi lo deseaba.
Terrible idea para sus nervios al punto del desgarre.
—Qué lluvia, ¿no?— le dijo Diva cuando pasó junto a él, como si fuera cualquier desconocido que se le cruzara en la calle, sin embargo también lo miró de una manera extraña que Hagi no quiso ni supo interpretar. Pensó que sólo estaba jugando. Él no le contestó y ambos siguieron su camino, aunque el Caballero se sorprendió de que la chica no… insistiera, en cualquiera cosa, o se burlara, ¡o algo! Fue una completa –y hasta amable- indiferencia. No sabía si eso lo dejaba tranquilo o más bien algo perturbado, tal vez hasta ofendido.
Parecía que Diva poseía un don natural para matar de la incertidumbre a las personas y moldearlas a su gusto… o tal vez lo hacia a propósito, sólo para, muchas veces, no hacer nada al final. De todas formas el Caballero pudo respirar aliviado cuando estuvo a unos metros de distancia, y entre tanto, le fue inevitable voltear hacia atrás esperando ver a Diva de espaldas, aun caminando hacia el lado contrario, pero ya no estaba; tal vez se había metido a alguna habitación o en algún otro corredor. Le restó importancia y se apresuró a llegar a la biblioteca.
Una vez que estuvo ahí fue y se tiró en uno de los sillones, respirando entrecortadamente, como si estuviese llegando de una ardua carrera. Apenas se dio cuenta de que había disminuido su respiración desde que se encontró con Diva en el pasillo. Se preguntó por qué lo hizo (no era la gran cosa) pero le restó importancia y a los pocos instantes se recuperó, se levantó del sillón y comenzó a recorrer los estantes sin ningún interés de leer en ese momento, pero se encontró con que sentía una súbita curiosidad por saber qué libros pudiera haber ahí, aunque le parecería más posible encontrarse con un pasadizo secreto o alguna cosa así. Al final no encontró nada de eso, era una simple biblioteca, bastante grande y lo que debían ser paredes, estaban tapizadas desde el piso hasta el techo por estantes de madera finamente trabajados, atiborrados de libros. Muchos de ellos eran enciclopedias de medicina, fisiología, biología, anatomía, zoología, historia y economía. Como era de esperarse, todos los libros estaban acomodados por categoría y orden alfabético. También había varios estantes reservado para la literatura.
Por lo que Hagi vio rápidamente en los títulos de los lomos, se trataban de novelas clásicas en su mayoría, casi no había best sellers y casi nada de literatura contemporánea. También había libros en distintos idiomas. Francés e inglés en su mayoría, y en menor medida en alemán y ruso.
Pero había algo fuera de lugar. Leyendo los títulos sólo por encima, se encontró en medio de las enciclopedias de zoología un libro bastante delgado, imposible de que se tratase de un libro especializado. Hagi, frunciendo el ceño, lo tomó lleno de curiosidad, porque además, si se trataba de una novela, no parecía ser clásica, y por lo que vio en el lomo el libro, estaba escrito en español, y no fue defraudado porque cuando vio el titulo en la tapa y lo abrió pudo comprobar que todo el libro estaba escrito en ese idioma.
Antes de volver a hojearlo leyó el nombre del autor, pero antes de eso su atención se centró en la portada; era un paisaje gris y ligeramente nublado, y hacia la mitad de la imagen estaba la fotografía de una masa apretada de paraguas negros, con un paraguas mucho más grande, de color rojo, abarcando casi todo el ancho de la tapa y sobresaliendo muy por encima de sus oscuros hermanos. El nombre del autor, "Óscar de la Borbolla", estaba escrito en lo alto de la tapa, en letras pequeñas y amarillas sobre el titulo, este ultimo en letras más grandes y blancas, y guiándose por el poco conocimiento que tenía del español y la ventaja de que era muy parecido al inglés, pudo traducir que el libro se llamaba "La libertad de ser distinto", o algo así. Nunca había escuchado nada sobre ese escritor ni mucho menos de ese libro, pero su primera impresión fue que se trataba de alguna cosa relacionada con filosofía, o tal vez sólo era una novela de rebeldía.
Abrió el libro y se encontró con la fotografía a color del autor. Era un hombre más o menos grande que llevaba con dignidad el paso de los años; aun no tenía demasiadas canas en su cabello y barba, sin embargo ya sufría los estragos de la calvicie. Usaba unos lentes grandes y parecía muy cómodo en su lugar, con una sonrisa despreocupada en el rostro, como si no se hubiera percatado de que le habían tomado la fotografía en ese instante. Hagi se preguntó cómo se habría visto él mismo si hubiese podido llegar a esa edad.
Por lo que pudo entender de la descripción bajo la fotografía, el autor era mexicano y ya había escrito varios libros de filosofía en forma de narrativa o algo parecido. Le dio la impresión de que su estilo era tal vez un poco extravagante y que recurría mucho al humor negro, que explicaba las cosas sin patetismos; era de esperarse, no sabía por qué, quizá por su cara o la sonrisa de despreocupación en su rostro. Si supiera leer bien el español, probablemente le gustaría, o tal vez no, quizá porque sentiría que un completo desconocido le estaba echando en cara su propio patetismo y autocompasión con cosas tan diminutas y cotidianas como significativas, como si hubiese un montón de espías a su alrededor.
Hagi sacudió un poco la cabeza y comenzó a hojear el libro, y contrario a lo que él había creído, no se trataba de filosofía, o tal vez sí, no podía estar seguro ni fiarse de su pobre conocimiento del idioma, pero al parecer el autor había separado en distintas categorías cosas e historias que suelen pasar en la vida cotidiana, en su mayoría a modo de experiencias propias, relacionándolas con conceptos como "ventanas", "espejos" y "laberintos". No sabía con qué fin, y aunque a primera vista aquellos conceptos parecían cosas sin relevancia, para Hagi, quien había tenido tiempo de sobra para observar no sólo el mundo sino también sus detalles, sabía que hasta la más minima e insignificante cosa podía tener una historia que contar.
El Caballero eligió una categoría al azar, y cayó en la de los laberintos; intentó leer lo primero con lo que se topó, en la pagina 21, cuya anécdota estaba clasificada con el numero siete. El esfuerzo que le estaba costando traducir mentalmente lo mejor posible el idioma había hecho que se olvidara de los asuntos que lo habían abrumado todo el día. Desafortunadamente no tenía un diccionario español-inglés cerca.
"Una vez me senté en la banca de un parque —como Augusto Pérez, el personaje de Unamuno—"
La primera oración y al leer el nombre de Augusto Pérez y Unamuno, Hagi recordó que esa novela (o nivola, como la llamaba personalmente el autor), si bien no la había leído, sí sabía de qué iba. Si mal no recordaba, a principios del siglo pasado, la novela se presentaba como una alternativa a la novela realista, y trataba sobre un personaje de ficción, Augusto Pérez, que se rebela contra su autor, el mismo Miguel de Unamuno, a que este lo trate como un títere incapaz de manejar su vida a su antojo, como un simple ente de ficción. Al final, tratándose de alguien que lucha contra el determinismo divino pero que acaba aceptando el destino que se le ha marcado.
"Una vez me senté en la banca de un parque —como Augusto Pérez, el personaje de Unamuno— a esperar a que pasara un perro para irme tras él; estaba decidido a seguirlo sin importar que fuese hacia la izquierda o hacia la derecha: quería ver lo que me deparaba el azar. Al cabo de una hora me sentí aburrido, no había pasado ningún perro y para colmo comenzó a llover. Sin pensarlo, corrí a guarecerme debajo de un alero al que también llegó una mujer cuyo rostro me resultó atractivo y familiar; nuestras sonrisas se cruzaron. Qué lluvia, dijo ella, y yo asentí. ¿No conocemos?, le pregunté, y me miró tratando de reconocerme. Creo que sí, pero no recuerdo de cuándo, dijo, y en un instante me cruzó por la cabeza toda una vida de desgracias con ella. Yo sí me acuerdo, respondí con un tono cortante: nos conocemos pero no del pasado, sino del futuro y, hasta donde pude ver, más vale que no nos metamos en este laberinto. Ella me miró extrañada y yo, dándole la espalda, me entregué a la lluvia sin despedirme siquiera. Fue una premonición o un disparate, no lo sé; de lo que estoy seguro es de que el azar me había tendido una trampa y de que, al menos esa vez, conseguí liberarme."
Decir que Hagi entendió poco, se quedaba corto. Estaba seguro que no era algo incomprensible, pero al parecer sabía menos español del que creía y después de todo no era tan similar al inglés como se decía. Siempre sí existían muchas diferencias entre las palabras, a pesar de ser los mismos caracteres, a excepción de unas cuantas palabras que podían adivinarse por lógica su significado al inglés. Dentro de todo, Hagi creyó que había entendido más o menos, muy poco la verdad, el tema que trataba el pequeño escrito, pero sin una traducción decente le fue imposible saber qué decía exactamente… aunque tenía la sensación de que había algo entre sus líneas que realmente le interesaría y que además era importante, aunque no sabía qué podría ser ni por qué sentía aquello.
Tenía que confesar que mientras intentaba leerlo y cada que lograba adivinar el significado de alguna palabra, un escalofrío lo recorría, como si lo estuviesen amenazando o… dándole una advertencia.
—Debo estar paranoico— pensó una vez más el Caballero, atribuyendo nuevamente sus pensamientos a los recientes eventos a los cuales le era imposible ser indiferente. Demasiadas cosas para un solo día. Hasta él tenía un límite, y ese límite estaba siendo superado desde hacia tiempo.
De todas maneras se preguntó qué haría en esa biblioteca un libro en español, si ninguno de sus habitantes lo hablaba, al menos no que él supiera. Casi de manera automática (tenía esa costumbre) fue a fijarse en los detalles sobre el libro, y su sorpresa no fue poca cuando se encontró con el dato de que la impresión del libro había sido en agosto del año 2010.
Frunció el ceño, sumamente confundido. Casi se le cae el libro de las manos. A menos que de pronto hubiese perdido la orientación del tiempo, él estaba seguro de que estaban en el año 2007. Faltaban tres años para el 2010. Imposible que apareciera un libro con una fecha de impresión del futuro, claro, a menos que se tratase de una especie de señal… pero la idea de inmediato le pareció absurda. Él no era un hombre que recurriera a exóticas teorías poco objetivas ni concretas, o sin una explicación lógica. Seguramente se trataba de un error de impresión o algo por el estilo. Hasta la cosa más rara podía tener una explicación.
Además, si se trataba de una señal del futuro, era bastante absurda, e incluso un poco tramposa y cínica, porque ni siquiera podía leer correctamente lo que ahí decía, pensó restándose culpa, aunque al hacer eso un sentimiento de desconfianza y cosquilleante angustia le hizo sentir el estomago agujerado.
Quién quiera que estuviera mandándole esas advertencias o avisos, era un tramposo y abusivo, y seguramente se estaba burlando de él. En fin, que se fuera al diablo, después de todo aquello sólo era un disparate de su cabeza.
Hagi tuvo la tentación de dejar el libro en su lugar, pero la curiosidad lo picaba, en parte porque hasta ahora era lo que más había logrado alejarlo de sus problemas, decisiones y pocas o nulas opciones. Luego se encargaría de traducirlo y saber qué demonios decía. La idea absurda de que se trataba de una señal no dejaba de darle vueltas en la cabeza. Después de todo estaba en Nueva York. Podía conseguir en cualquier biblioteca un libro español-inglés o pedirle ayuda a alguien que hablase ambos idiomas. Al final de cuentas había muchos inmigrantes de países de habla hispana que podían darle una traducción más rápida y probablemente más correcta que buscar palabra por palabra en un diccionario y tratar de acomodarlas en oraciones lógicas.
Se guardó el libro dentro del saco y ahí se quedó, pero nunca se acordó de buscar un traductor hasta que fue demasiado tarde.
Ugh, soy un asco. Sí, sé que tardé mucho en actualizar, pero esta vez no fue por hacerme pendeja con arreglar el capitulo. Me tuve que salir de la universidad (aunque regresaré el próximo enero) así que creo me deprimí un poco. Me afectó más de lo que esperaba pero ya me estoy recuperando, y como parte de esa "recuperación" viene también el echarle más ganas a mis fics.
Pero no los voy a aburrir con mi vida personal. Vayamos al capitulo. Lo más importante que aclarar, la escena de Hagi y el libro. Sé que suena un poco extraño y que pareciera que le ando haciendo publicidad a México xD (y no se crean, en estos días no estoy nada orgullosa de mi país, con eso de que ganó el candidato a presidente más idiota y rata de todos). Como sea, Óscar de la Borbolla es un filosofo, ensayista, poeta y escritor mexicano, para mi, uno de los mejores que tiene México, que no hace mucho tiempo escribió este libro del que hablo "La libertad de ser distinto". Cuando lo leí y vi precisamente el fragmento de la categoría de "Laberintos", no pude pensar en otra cosa más que en la situación de Diva y Hagi y me pareció perfecta, no sólo para ellos, sino para algo muy importante que sucederá al final de esta historia y que, no sólo eso, me incluye un poco. Digamos que ahora sí me voy a poner narcisista y omnipotente pero sin ser tan pesada y odiosa xD (eso sí, no me crean capaz de ser tan idiota como para incluir una Mary Sue o un OC, que tengo mi dignidad, joder).
Ya, la cosa es que es que esa parte del libro de Óscar de la Borbolla que incluí en el capitulo, trata sobre los distintos laberintos en los que nos perdemos a lo largo de nuestras vidas, ya sea un laberinto con una persona o el laberinto de vivir en una ciudad monstruosamente grande como la Ciudad de México, en pocas palabras habla de la perversidad de los laberintos; la cosa es que el texto en cuestión habla de un hombre que movido por el puro azar voluntario, se encuentra con esta mujer extrañamente familiar, y en un destello ya sea a causa de un disparate o una premonición, imagina toda una vida de desgracias con esa mujer con la cual se encuentra y a la que conoce, pero del futuro; el destino, que sabemos es caprichoso y perverso, le tiende una trampa con el afán de hacerlo entrar a ese laberinto, sin embargo el protagonista se da cuenta a tiempo de eso y lo evita. Algo parecido sucede con Hagi hacia Diva.
Ya lo había dicho antes, en una historia, el autor es el único Dios, y a veces hasta el Diablo de la historia que se va formando entre sus manos, y al mismo tiempo se convierte en el destino omnipotente y autoritario de los desvalidos personajes que no pueden hacer nada. Otra semejanza con lo que quiero explicar es con la novela de Unamuno, "Niebla" que cita el personaje de Óscar, donde Augusto Pérez se ve forzado a aceptar el destino que le tiene preparado Unamuno. Lo mismo hago yo con Hagi y compañía. Por otro lado, yo, como soy tan buena gente y al mismo tiempo cuando quiero, una perra, lo que hago con Hagi al incluir este libro y precisamente ese texto en el capitulo, es mandarle una "señal" o advertencia de lo que le pasará si no se pone las pilas, aunque de todas maneras no puede hacer nada y con eso reafirmo su nula cantidad de opciones para salir del lío en el que se ha metido.
¿Por qué razón es un libro, precisamente, de un escritor mexicano, en español y además impreso de una fecha del futuro? Eso porque yo ya tengo la historia terminada en mi cabeza, sé bien lo que haré con Hagi y los demás personajes y no tienen escapatoria a menos que yo cambié de opinión (que eso NO pasará). En mi egolatría, yo soy el destino al cual responden los personajes y también soy la arquitecta de su destino o de su desgracia, así que le mando esta advertencia del futuro, esta analogía entre él y Diva y el hombre del texto y la mujer de la lluvia, esta advertencia a Hagi de que es mejor no meterse en ese laberinto, pero como también soy tramposa, se lo mando todo de manera absurda, cínica, burlona, por supuesto, para que no entienda nada y no pueda evitar su destino, pero al mismo tiempo para culparlo por sus propias y malas decisiones y no ser solamente yo la perra de esta historia, sino, en pocas palabras, también dejarlo a él como un idiota (porque lo amo).
Lo que yo considero como la mayor analogía, es el hecho de que el protagonista de Óscar conoce a esta mujer pero del futuro; lo mismo sucede, pero indirectamente, con Hagi y Diva. Hagi conoce a Saya desde niño, la gemela de Diva, y sin darse cuenta, es así como también la conoce a ella. En cierto modo Hagi, através de Saya, "conoce" a Diva, pero en el futuro, y es gracias a su automática relación con las gemelas cuando su destino es marcado y entonces sí, cae en la perversidad del laberinto. En fin, todo es una analogía entre la relación de Diva y Hagi y lo que haré con ellos, y con lo que sucede en el texto de Óscar de la Borbolla y lo que pudo no haber sucedido, y lo que pudo haberse evitado, y finalmente la dinámica a la que recurre Unamuno en su novela "Niebla". Es una especie de triangulo. Espero haberme explicado bien, mis ideas suelen ser un poco caóticas pero ya saben, cualquier duda o pregunta, sólo mándenme un review y yo con gusto les contesto a detalle.
Con respecto a lo demás, no tengo nada más que aclarar, la policía se metió un poco, por ahora no será tan importante, pero sí lo será un poco más al final.
Y por cierto, si tienen la oportunidad de leer a Óscar de la Borbolla, se los recomiendo muchísimo. Estoy segura de que les va a encantar; yo, entre tanto, espero que Óscar JAMÁS se encuentre con esto por Internet, me moriría de la vergüenza.
Gracias a todos los que me han leído y aguantado hasta estas alturas, a quienes me mandan reviews, a los nuevos lectores y a los que aun me insisten con seguir la historia. ¡Muchísimas gracias, gracias a ustedes ya llegué a los 402 reviews!
Me despido
Agatha Romaniev.
