Cuando me despierto, acosada por la molesta luz que entra a través de las cortinas, estoy sola, no hay nadie más en la cama. Ignoro por qué esperaba despertarme abrazada a Peeta, pero supongo que quería vivir uno de esos episodios románticos que no tienen cabida en la vida real. Katniss, tus pensamientos son demasiado amargos, deberías empezar a aceptar que Peeta no es solo tu amigo.

Me levanto, algo malhumorada por no tener mi despertar de cuento de hadas, me aseo un poco y bajo a la planta inferior, consciente de que Peeta se habrá levantado antes del amanecer y la mesa estará llena de repostería. Acierto, está repleta, aunque él sigue en la cocina.

- Buenos días.- elevo el tono para hacerle saber que estoy allí. "Hubieran sido más buenos si nos hubiéramos despertado al mismo tiempo, abrazados", me digo a mí misma, malhumorada. ¿Desde cuándo soy tan romántica?

- ¡Katniss, buenos días, no te había oído bajar!- asoma su adorable rostro por el marco de la puerta y no puedo reprimir una sonrisa cuando lo veo cubierto de harina, como siempre.- ¿Has dormido bien?- se sienta frente a mí y me cede una taza (creo que es té).

- Sí, bastante bien.- tengo demasiada hambre para ser empática y preguntarle. Oigo la voz de Haymitch: "No es suficiente preciosa, tienes que ser más dulce". Maldito Haymitch.

- Espero no haberte despertado.

- No he oído nada.

- ¿Preparada para posar? - hace caso omiso a mi mal humor, probablemente porque está acostumbrado a mí.- Tu ropa está lavándose. Cuando se seque, podemos seguir.

Emito una suerte de gruñido (se suponía que era un "sí") y Peeta se ríe sin disimular.

- Te has levantado con el pie izquierdo hoy, ¿no?- sigue riéndose.

- ¿Por qué lo dices?- me quejo, ocultando mi ánimo bastante pésimamente. "Es tu culpa, imbécil", pienso, maldiciendo lo atractivo que está.

- Por nada, por nada.- se ríe.- Iba a salir a regar las flores, ¿te unes?

- Prefiero darme una ducha antes.

- Vale, supongo que la ropa estará seca cuando termines. Estás en tu casa.

Intenta sacarme conversación durante el desayuno, pero yo no estoy muy por la labor. Se va afuera para darles sus cuidados diarios a las prímulas y yo me quedo comiendo un poco más. Estoy de mal humor, así que mi estómago parece un agujero negro. Me doy una ducha y tardo más de diez minutos en encontrar dónde está tendida mi ropa. Está aún un poco húmeda, pero prefiero vestirme antes de que Peeta entra y pueda verme en toalla. Como no lo hace durante todo ese tiempo, me asomo por la ventana y lo diviso varios metros más lejos, allanando el terreno con una especie de azada. Para mí mente es un dato bastante sustancial el hecho de que va sin camiseta, pero decido suprimirlo. No entiendo cómo puede ir sin camiseta con esta brisa tan traicionera.

Jugueteo con el piano hasta que él termina y entra con su habitual sonrisa (lleva la camiseta puesta). Tenemos que trabajar. Subimos a la buhardilla y yo intento colocarme en la misma posición que tomé el día anterior. Al cabo de pocos segundos, él está tan absorto en su creación que ni siquiera un terremoto lo alarmaría. Me siento celosa sin saber por qué; quiero que me preste atención, que no deje de mirarme, y me asusto. Tierra llamando a Katniss.

Para más inri, cuando ya llevamos varias horas, recibimos al ser más agradable y piadoso de toda Panem: Haytmich. Según él, como no le habíamos visitado desde el día del incidente de la alacena, pensaba que nos habíamos matado a cuchilladas. Peeta intenta disimular con todo su ímpetu que no existe un cuadro, ni que hemos dormido juntos, ni que yo estuve borracha, pero Haymitch es demasiado suspicaz.

- ¿Qué haces aquí, preciosa? Pensaba que lo odiabas.- ya se ha sentado en el sofá, como si estuviera en su casa.

- ¿Por qué te has sentado? Nadie te ha invitado.

- Peeta, ¿me traes un vaso?- me sonríe.- Por cierto, ¿por qué estás manchado de pintura?, ¿qué tramáis?- no necesita ningún dato, sabe de sobra que estamos en "paz", aunque sea por unas horas.

- Qué agradable visita.- le sonrío irónicamente, sentándome a su lado.

- Eres la persona más simpática que conozco.- empieza a beber de su botella antes de que Peeta haya vuelto con el vaso. Ver ese maldito licor blanco me produce arcadas.- Bueno, ¿qué os contáis?

- ¿En serio has venido por eso?

- Pero…- Peeta se queda con el vaso entre las manos, mirando a Haymitch sin entender su impaciencia.- Ni siquiera has esperado a que te trajera el vaso.- se ríe.

- Os veo más animados.- sigue intentando averiguar a qué se debe el cambio de humor entre nosotros.

- Hemos aclarado algunas cosas.- responde Peeta, que se ha sentado en el suelo, frente a nosotros.

- ¿Qué cosas?

- No son asunto tuyo.- le golpeo.

- Bah.- se encoje de hombros.- Esperaba tu presencia en la boda de Gale.

- Pues creo que solo la esperabas tú.- le miro con dureza.

- Vale, vale, chica en llamas.- se echa hacia atrás entre risas.- He captado que es mejor no hablar de ese tema. ¿Tienes tú algo que ver?- se dirige a Peeta.

- ¿Yo? No.

- No le respondas, solo está haciéndote la puñeta.-suspiro, exasperada.

- Las mujeres tenéis demasiado temperamento.- inspira.- ¿No me invitáis a comer?

- No.- hablo por Peeta.

- No me hables así, me he acordado de tu cumpleaños.- saca una pequeña caja de su bolsillo.

- ¿De mi cumpleaños?- abro la boca, pero Peeta es el único culpable.- ¡Peeta!

- No es mi culpa que haya querido venir expresamente a felicitarte, ¡qué desgracia!

- ¿Qué es esto?- analizo la caja.

- Ábrelo.- sonríe.

Lo hago y descubro un pasador de pelo de tono esmeralda.

- Qué bonito.- cotillea Peeta.

- Era de mi prometida, pensé que te quedaría bien.- bebe, pero sé que le cuesta decirlo.- Nunca has sido muy femenina, pero supongo que ahora que te maquillas este puede ser el siguiente paso.

- ¡Haymitch!- le golpeo, pero al segundo le doy un tímido abrazo, profundamente agradecida por el detalle. Quizá Peeta tenga razón: tengo familia.

- No te embales.- me aparta entre risas.- ¿Me permites quedarme a comer ahora?

Los tres comemos sin dejar de hablar, riéndonos escandalosamente por las ocurrencias extravagantes de nuestro mentor, pero nos mira con esos ojos avizores que dan por hecho que nos hemos puesto cariñosos. He admitido desde que entró por la puerta que sabía que habíamos dormido juntos, tiene una intuición innata.

La casa se queda muy vacía cuando él desaparece, casi a la hora de cenar, y yo me propongo un nuevo reto: cocinar para Peeta. No quiero que se dé cuenta de que intento parecer menos ruda, más mujer, para él, pero sus risas al decirle que no quiero su ayuda para cocinar me ponen más nerviosa.

- ¿Desde cuándo haces estas cosas?- se sienta a pocos metros, justo en diagonal, por lo que puede observar todos mis movimientos.

- Hoy te he dado mucho la lata mientras pintabas, no estaba de humor.- busco una excusa creíble.

- Vaya, increíble.- se ríe.

- Calla.- me quejo, aunque me guste que note el cambio.

Conforme voy cocinando, su mirada fija en mí es el menor de mis problemas: las dotes culinarias no son una cualidad que posea. Corto las verduras como si fueran ardillas y se me pasan los tiempos de cocción.

- No vengas a ayudarme, puedo sola.- intento pararle cuando lo veo levantarse y venir hacia a mí.

- No puedes cortar la zanahoria como si fuera un mutante.- se ríe.

Me altero cuando vuelve a ponerse detrás de mí y me toma de las manos para indicarme cómo debo de cortar la maldita zanahoria. Su cuerpo se pega a mi espalda cada vez más y puedo sentir su piel junto a la mía sin necesidad de quitarnos la ropa. La manera que tiene de acariciarme, aunque esté enseñándose a manera el cuchillo, me está diciendo claramente que sigue perdidamente enamorado de mí.

- Tienes que ser más delicada.- dice, pero su voz roza mi nuca y me produce escalofríos.- Con más dulzura.- el cuchillo ha dejado de ser una excusa, ha entrelazado sus manos totalmente con las suyas, apoyando la barbilla sobre mi hombro.- ¿Seguro que no quieres que te ayude?

¿Por qué me hace esto? Me pone tan nerviosa que no puedo pensar, ni respirar, ni actuar con coherencia. Me aparto bruscamente y suelto el cuchillo de mala gana. Quiero sonar enfadada para hacerle saber que me "molestan" esos acercamientos (tú sigue mintiéndote Katniss, vas por un estupendo camino), pero mi voz suena tan asustadiza que parezco una niña perdida.

- No quiero que me ayudes. Voy a dar una vuelta.

- ¿Ahora?- frunce el ceño, sorprendido por mi reacción, pero yo parezco un robot tenso. ¿De verdad puedo ser tan ridícula?

- Necesito que me dé el aire.- no sueno para nada amenazante y veo cómo se aguanta la risa.

- Bien, bien, haz lo que quieras.

- Adiós.- gruño.

Salgo de mala gana de allí y me siento en las escaleras de la entrada, permitiendo que el fresco aire primaveral me surque el rostro. Aún estoy temblando.