High School DxD no me pertenece, pertenece a su respectivo autor. Yo hago esto sin ánimo de lucro, solo para pasar el rato.
Breack: si, gocé bastante al escribirlo jajajaja.
RedSS: siempre los tomo en cuenta ! Aunque bueno, tú y yo hablamos de eso en su momento jajaja. Todo gracias a tu ayuda, como siempre colega.
UzuShiro: este fic finalizará cuando se llegue al momento actual. En ese momento se iniciará la continuación de este fic, pues ya no habrá más historia, sino solo las consecuencias de lo que está por venir. El de El Ciclo Pendragón es jodidamente difícil de superar jajaja, pero es lo que pasa cuando tienes una base jajajaja.
ByAlex111: un mes, no es tanto tiempo Jejeje.
Krystyam091: pues veamos… este… el siguiente… el siguiente… y el último… pues sí, cuatro arcos quedan, y uno ya escrito. Gracias tío, aunque si eso te hizo llorar, me conozco otros fics con mejores momentos que ese jajajaja.
carlos trujillo: buenas tío, pues temo decir que no me gustó como iba la cosa, por lo que decidí cortarlo de raíz, lamento si te ha desilusionado.
Este fic contiene/contendrá violencia, palabrotas, lemon mas o menos fuerte y demás cosas. Leedlo bajo vuestra responsabilidad, que yo ya lo he puesto en categoría M.
-comentarios.
-*hablando por teléfono, comunicador, etc.*
Os invito a leer mis demás historias, buscadlas en mi perfil
Capítulo 43:
ERA DE LAS REVOLUCIONES – PARTE 01
En verdad no me había dado cuenta de lo mucho que había cambiado el mundo mientras yo me dedicaba a la piratería. Cuando volví a Europa, solo pude maravillarme por haberme vuelto a encontrar a gente iluminada, grandes filósofos, matemáticos, científicos, que llevaron luz a una Europa que veía en la oscuridad desde hacía muchos siglos.
Por lo que pude descubrir, esto comenzó a principios del siglo pasado, cuando un puñado de burgueses intelectuales del corazón de Europa decidieron que ya estaban hartos del sistema establecido por el Antiguo Régimen, denominado también Régimen Absolutista, donde todo el poder político y la vida social estaba regida por un ley que se erigía por "elección divina". Con esa lógica supe que estos hombres iban por buen camino.
Muchos pensaban que todo esto nació en Inglaterra, pero luego de investigar, pude saber a ciencia cierta que fue en Francia donde este pensamiento empezó a sentar sus bases con intelectuales como Voltaire, Rousseau o Montesquieu entre otros, fundando lo que sería el enciclopedismo.
El Enciclopedismo, como así se llamaba, fue el movimiento filosófico y pedagógico expresado a través de la L'Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers, o La Enciclopedia o, diccionario razonado de las artes, las ciencias y los oficios, una enciclopedia francesa editada entre los años cincuenta y uno y setenta y dos en Francia bajo la dirección de Denis Diderot y Jean d'Alembert. En la Enciclopedia se incluían tanto textos científicos como dibujos de las nuevas máquinas. Es un libro escrito con los pensamientos de los ilustrados de Inglaterra y Francia.
Sus proposiciones eran: divulgar el saber de su tiempo, con fines de desarrollo social y económico de los seres humanos, divulgar y promocionar las ideas republicanas y democráticas, exponer los vicios del orden existente, erradicar la superstición, la ignorancia y la tiranía, luchar por el restablecimiento de la libertad natural del hombre, exponer un conjunto de ideas para combatir el feudalismo y absolutismo, exponer en suma la filosofía del Racionalismo y ayudar a la población a tener un mejor conocimiento y razonamiento, uno de los lemas del enciclopedismo.
Este nuevo pensar iluminado era un movimiento de carácter filosófico, literario, científico y, por último, político. El principal mantra era acabar con el statu quo impuesto por las arcaicas y caducas estructuras de los reinados europeos, dirigidos básicamente por la religión e instituciones eclesiásticas. Era resultado del progreso y desarrollo de las nuevas ideas, basadas principalmente en el raciocinio y la libertad individual.
Este movimiento iluminado tenía como características principales el racionalismo, creencia en la bondad del ser humano, el laicismo y el optimismo; este último desde un punto de vista más humanístico. Regía la idea de la razón por encima de la Revelación y mandatos teológicos, oponiéndose firmemente contra el tradicionalismo.
Racionalismo, así es como fue conocido este movimiento, una metáfora para expresar la iluminación que desprende la inteligencia y lógica para guiar al mundo lleno de ignorancia. La razón debía ser el elemento por el cual el hombre tenía la capacidad de comprenderlo todo mediante su inteligencia, evitando supersticiones y teorías extraterrenales. "Aquello que no sea racional, debía ser tachado de falso", defendían los ilustrados.
La razón era el único camino para conocer la verdad. La ciencia influirá en esta premisa, donde todo aquello que sea objeto de discusión o debate intelectual, tiene que contar con evidencias: se intenta evitar el dogmatismo propio de las religiones. Fue René Descartes quien inspiró a los ilustradores con sus ideas de la "duda metódica". Voltaire fue otro crítico del fanatismo teológico y de los valores conservadores que impedían la sacudida de la ignorancia.
Otro elemento a tener en cuenta es la finalidad última, que no fue otra que ayudar a alcanzar la felicidad y bienestarpara los ciudadanos, mediante el progreso, la propiedad privada, la libertad y la igualdad. Para alcanzar la felicidad, la política tiene que ser el medio para conseguirla para toda la sociedad donde rige un contrato social entre pueblo y gobernantes.
El viejo continente me había vuelto a enamorar como así lo hicieron la antigua Grecia y Roma en tiempos pasados. Durante mi estancia en Europa pude conocer a grandes ilustrados con los que compartir largas reuniones llenas de gran saber, reuniones que traían la nostalgia a mi persona, donde volvía a ver brillar aquel antiguo saber que retornaba de la oscuridad en la cual la religión y el feudalismo creían haberla atrapado.
Como he mencionado con anterioridad los principales padres de este movimiento fueron Montesquieu, Rousseau y Voltaire, pero al mismo tiempo estaría cometiendo un grave error al no reconocer a otros grandes ilustrados: Kant, Buffon, Gresset, Marivaux, Marmontel, Vien, Choiseul, Bouchardon, el Conde de Caylus, Felice, el barón de Aulne, Émile de Châtelet, la condesa de Houdetot, Floridablanca, Smith, Jussieu o Daubenton.
No veía a tanta gente pensadora, a tanto iluminado, desde tiempos muy antiguos. Fue curioso ver como viejas ideas resurgían del pozo de oscuridad a través de estas grandes personas. Sófocles, Cicerón, Diógenes, Séneca, Aristóteles, Sócrates o Platón, todos ellos llorarían de alegría al ver lo recuperado luego de un periodo tan oscuro.
Pero claro, no solo fueron las ciencias y el pensar lo que volvió a brillar. La música, el mayor de los inventos jamás creado, brilló mucho más que cualquier estrella, ya fuera nuestro propio astro o las luces de la noche que iluminaban el firmamento. Las ideas de los ilustrados también repercutieron en la música: los artistas reniegan de la superstición y abrazan una visión racionalista del universo que, sin embargo, no estará desprovista de emoción. Las artes no escaparon, sin embargo, a un cierto grado de antirracionalismo, como bien demuestran los movimientos Empfindsamkeit, Sensibilidad, en lo musical y el literario Sturm und Drang, Tormenta y Empuje, que buscaron intensificar la respuesta emocional del espectador.
Vivaldi, Telemann, Bach, Haëndel, Haydn, Mozart… muchos y grandes fueron los artistas que llenaron nuestros oídos, mentes y corazones con melodías tan hermosas que me faltaban palabras para poder describirlas como era menester.
El piano ganó gran importancia. La creación musical se diversificó al nacer formas nuevas: ópera cómica, concierto, sinfonía… Junto a estas aportaciones específicas, pude ser testigo de un gran cambio. Lo mismo que sucede con la pintura o la literatura, la música se convirtió en un potencial cultural conscientemente aceptado. Su conocimiento se hizo signo externo de educación desarrollada; su audición sale de la esfera privada del palacio, la iglesia, la casa noble, o del tiempo concreto de las fiestas populares para hacerse pública, doméstica. Los gobernantes construyeron grandes teatros para oírla.
Pero el Racionalismo no solo se quedó en Europa, sino que atravesó el océano hasta llegar a las trece colonias británicas en las Américas del Norte. Los británicos habían mantenido tradicionalmente buenas relaciones con las Trece Colonia que habían formado en la costa atlántica de América del Norte. Unas fueron fundadas directamente por la Corona o explotadas por empresas que comerciaban con productos tropicales; otras nacieron tras el establecimiento de colonos exiliados de la metrópoli por motivos políticos o religiosos.
En las colonias se había configurado una sociedad distinta, más plural y abierta que la de la metrópoli, con unas élites influidas por las ideas del Racionalismo: igualdad entre los hombres, separación de poderes en el Estado, etc, y un deseo de tener una amplia autonomía política y económica para resolver sus propios intereses.
Fue así que comenzó una revolución sin precedentes hasta este momento. Había visto revoluciones, muchas, durante toda mi vida, pero nunca una como esta. No pude evitar perderme este acontecimiento, por lo que marché hasta las colonias británicas, pues no quería que Draugh pasara un mal rato en un barco, donde contemplé aquel importante momento.
XXXXX
La época revolucionaria se inició en mil setecientos sesenta y tres, cuando llegó a su fin la amenaza militar francesa sobre las colonias británicas de las Américas del Norte; y quedaron frustradas las expectativas tanto de los minutemen y milicianos de a pie como de los colonos más ambiciosos que, habiendo demostrado en la guerra su capacidad y liderazgo, no tenían posibilidades de hacer carrera política o militar frente a los procedentes de la metrópoli, que acaparaban todos los cargos. El incremento de los costes de mantenimiento del Imperio llevó al gobierno británico a adoptar una política altamente impopular: las colonias debían pagar una parte sustancial de ello, para lo cual se subieron o crearon impuestos.
El creciente descontento se evidenció en la creación de grupos opositores, la reunión de un congreso de representantes de nueve legislaturas coloniales, que emitió una Declaration of Rights and Grievances, Declaración de derechos y agravios; en incidentes violentos espontáneos, y finalmente en movilizaciones populares de protesta.
La reacción del gobierno británico fue ocupar militarmente Boston y la del Parlamento de Londres promulgar un conjunto de leyes que recortaban las competencias de las instituciones autónomas y aumentaban las de los funcionarios y militares británicos. Al carecer las colonias de representación elegida en el Parlamento, muchos colonos consideraban ilegítimos tales impuestos y leyes, por suponer una violación de sus derechos como ingleses. La sensación de trato injusto se incrementó aún más por comparación al trato favorable que la Quebec Act daba simultáneamente a los colonos franceses de Quebec.
Ya desde mil setecientos setenta y dos, grupos de "patriotas" se venían organizando en "comités de correspondencia", un gobierno secreto o "en la sombra" que daría lugar a la creación de instituciones alternativas de poder en cada una de la mayoría de las colonias. En el curso de dos años, los congresos provinciales o sus equivalentes sustituyeron eficazmente al aparato de gobierno británico en las hasta entonces colonias, lo que culminó con la unificación de todos ellos en el Primer Congreso Continental. En realidad no era la primera reunión semejante, pero sí la más numerosa de las celebradas hasta entonces: acudieron representantes de doce colonias, pues faltó Georgia.
Entre los colonos las posturas no eran unánimes: Joseph Galloway, representante de Pensilvania, y en otras cuestiones muy cercano a Franklin, era partidario de mantener el vínculo con la metrópoli, mientras que los partidarios de la ruptura se agruparon en torno a un texto denominado Suffolk Resolves . El Congreso emitió una "Petición al Rey" que no fue atendida; y se estableció un boicot comercial a los productos británicos.
Al tiempo en que entraba en su fase militar, el conflicto tuvo alguna oportunidad de solución negociada, o al menos eso parecían buscar ambos bandos en sendos documentos de mil setecientos setenta y cinco: la "Resolución conciliatoria" presentada por el primer ministro Lord North, y la "Petición de la rama de olivo" del Segundo Congreso Continental; pero la resolución británica se entendió como una maniobra para dividir a las colonias, ignorando la existencia del Congreso, y la petición americana perdió toda eficacia al realizarse al mismo tiempo que la "Declaración de alzamiento en armas".
XXXXX
El diecinueve de abril del año mil setecientos setenta y cinco, soldados ingleses salieron de Boston para impedir la rebelión de los ahora también conocido como revolucionarios mediante la toma de un depósito de armas de estos últimos en la vecina ciudad de Concord. En el poblado de Lexington se enfrentaron a setenta milicianos. Nadie sabe quién abrió fuego y comenzó de este modo la guerra de independencia. Los ingleses tomaron Lexington y Concord, pero en su regreso hacia Boston fueron hostigados por cientos de voluntarios de Massachusetts. Se producen las primeras bajas de la contienda, ocho soldados revolucionarios. Para junio, diez mil soldados coloniales estaban sitiando Boston.
En mayo del setenta y cinco, un Segundo Congreso Continental se reunió en Filadelfia y empezó a asumir las funciones de gobierno nacional. Nombró catorce generales, autorizó la invasión de Canadá y organizó un ejército de campaña bajo el mando de George Washington, un hacendado virginiano y veterano de la guerra franco-india. Consciente de que las colonias sureñas desconfiaban del fanatismo de Massachusetts, John Adams presionó para que se eligiera a este coronel de la milicia virginiana, que tenía cuarenta y tres años como comandante en jefe. Fue una elección inspirada. Washington, que asistía al Congreso de uniforme, tenía el aspecto adecuado; era alto y sereno, con un digno aire militar que inspiraba confianza. Como dijo un congresista: «No era un tipo que actuara alocadamente, que despotricara y jurara, sino alguien sobrio, firme y calmado».
Se empezaron a reclutar soldados de entre todas las partes de las colonias. Muchos de ellos eran agricultores o cazadores, bravucones y poco entrenados en el combate. En las primeras luchas contra los británicos, George Washington llegó a decir: «hemos reclutado un ejército de generales, no obedecen a nadie».
XXXXX
El diez de mayo de, los coroneles Ethan Allen y Benedict Arnold sorprendieron y capturaron a una pequeña guarnición británica en el Fuerte Ticonderoga.
Aun antes del inicio de las hostilidades de la guerra, los revolucionarios estaban preocupados por el Fuerte Ticonderoga. El fuerte era un lugar valioso por varias razones. En primer lugar, disponía de un buen número de cañones y artillería pesada, algo de lo que los americanos prácticamente carecían. En segundo lugar, el fuerte estaba en el valle del lago Champlain, la ruta entre las Trece Colonias rebeldes y las provincias canadienses controladas por los británicos. Tras el inicio de la guerra en la Batalla de Lexington y Concord el diecinueve de abril , los revolucionarios decidieron tomar el fuerte antes de que pudiera ser reforzado por los británicos, que podrían usarlo para lanzar ataques a la retaguardia americana.
Se organizaron dos expediciones diferentes para capturar Ticonderoga: una desde Massachusetts y otra desde Connecticut. En Cambridge, Benedict Arnold informó al Comité de Seguridad de Massachusetts acerca de los cañones y otros suministros militares en el fuerte, que se encontraba pobremente defendido. El tres de mayo , el Comité nombró coronel a Arnold y le dio el mando de la misión secreta para capturar el fuerte.
Mientras Tanto, en Hartford, Silas Deane y otros habían organizado una expedición por su propia cuenta. Ethan Allen reclutó a unos cien de sus Green Mountain Boys, mientras que otros cincuenta fueron reclutados por James Easton en Pittsfield, y otros veinte hombres de Connecticut se ofrecieron como voluntarios. Esta fuerza de cerca de ciento setenta hombres hombres se reunió el siete de mayo en Castleton. Ethan Allen fue elegido coronel, con Easton y Seth Warner como sus lugartenientes. Samuel Herrick fue enviado a Skenesboro y Asa Douglas a Pantón con destacamentos para conseguir botes. Mientras tanto, el Capitán Noah Phelps reconoció el fuerte disfrazado como buhonero. Observó que los muros del fuerte estaban en un estado deplorable y supo por el comandante de la guarnición del fuerte que la pólvora de los soldados británicos estaba mojada. Regresó e informó de estos hechos a Ethan Allen.
El nueve de mayo, Benedict Arnold llegó a Castleton e insistió en tomar el mando de la operación, basándose en sus órdenes y en el mandato del Comité de Seguridad de Massachusetts. Muchos de los Green Mountain Boys se opusieron, insistiendo en que preferían regresar a sus casas si tenían que servir a las órdenes de alguien que no fuera Ethan Allen. Arnold y Allen llegaron a un acuerdo, pero ningún documento evidencia cuáles fueron los términos del mismo. Según Arnold, se le entregó el mando conjunto de la operación. Algunos historiadores han apoyado a Arnold, mientras que otros sugieren que simplemente se le dio el derecho de marchar junto a Allen.
Llegados al fuerte, un guardia intentó detener a los invasores disparando una vez. El único herido de la operación fue un americano, que recibió una pequeña herida de bayoneta.
Jeff Warner marchó con un destacamento por la costa del lago y capturó el cercano Fuerte Crown Point, resguardado sólo por nueve hombres. El doce de mayo, Allen envió a los prisioneros al Gobernador de Connecticut, Jonathan Trumbull, con una nota que decía: "Te mando de regalo un Mayor, un Capitán y dos Tenientes del Establecimiento Regular de Jorge III".
Arnold embarcó en una pequeña goleta y partió junto con varios botes desde Skenesboro hacia el norte con cincuenta voluntarios. El dieciocho de mayo tomaron otra guarnición en el Fuerte St. Johns, así como el Enterprise, una balandra de setenta toneladas. Consciente de que varias compañías británicas estaban estacionadas a diecinueve kilómetros río arriba, en Chambly, cargaron los suministros más valiosos y los cañones, quemaron los botes que no podían llevar y regresaron a Crown Point.
Ethan Allen y sus hombres regresaron a sus casas. Benedict Arnold se quedó junto con algunos reemplazos de Connecticut en el fuerte Ticonderoga. Al principio el Congreso Continental quería que los hombres y los fuertes fueran devueltos a los británicos, pero el treinta y uno de mayo cedieron ante la presión de Massachusetts y Connecticut y aceptaron quedárselos. Connecticut mandó un regimiento al mando del Coronel Benjamin Hinman para defender Ticonderoga. Cuando Arnold supo que estaba bajo el mando de Hinman, renunció al mando otorgado por Connecticut y regresó a su hogar.
Aunque el Fuerte Ticonderoga no era un puesto militar importante, su captura sí tuvo resultados relevantes. Puesto que el control rebelde del área significaba que las comunicaciones por tierra entre las fuerzas británicas en Quebec y en Boston estaban cortadas, los estrategas de Londres reformaron su estructura de mando. El mando de las fuerzas británicas en América del Norte, anteriormente bajo un solo comandante, fue dividido en dos. A Sir Guy Carleton se le dio el mando independiente de las fuerzas en Quebec, mientras que el General William Howe fue nombrado comandante en jefe de las fuerzas a lo largo de la costa Atlántica. Esta solución ya había funcionado bien durante la Guerra de los Siete Años.
XXXXX
Al principio, la guerra fue desfavorable para los colonos. En junio del setenta y cinco ambos ejércitos se encontraron en Bunker Hill, frente a Boston. Los revolucionarios se habían atrincherado en la colina y, pese a que los británicos asaltaron las posiciones continentales con violencia, los colonos consiguieron aguantar el ataque durante bastante tiempo; cuando los últimos asaltantes logran llegar a la cima las bajas británicas son de ochocientos. Es una victoria pírrica para los ingleses. Los insurgentes, además, hicieron circular su versión de los hechos, que no era otra sino que se habían retirado simplemente por la falta de munición y no por el empuje de los casacas rojas. Después de dejar la colina Bunker Hill, los revolucionarios se centraron en fortificar la otra colina, Dorchester Heights, que lo consiguieron gracias a los cañones que capturaron en el fuerte Ticonderoga, y que trajo en una compleja operación desde allí el joven coronel Henry Knox. El general británico William Howe, al ver esta fortificación, decidió rendirse y evacuar la ciudad de Boston el diecisiete de marzo del setenta y seis.
El dos de julio, el Congreso finalmente resolvió que: «estas Colonias Unidas son, y por derecho deben ser, estados libres y soberanos». El cuatro de julio de se reunieron cincuenta y seis congresistas para aprobar la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, que Thomas Jefferson redactó con la ayuda de otros ciudadanos de Virginia. Se imprimió papel moneda y se iniciaron relaciones diplomáticas con potencias extranjeras. De los cincuenta y seis congresistas, catorce murieron durante la guerra. Benjamin Franklin se convirtió así en el primer embajador y jefe de los servicios secretos.
La unidad se extendió entonces por las Trece Colonias para luchar contra los británicos. La declaración presentó una defensa pública de la guerra de Independencia, incluida una larga lista de quejas contra el soberano inglés Jorge III. Pero sobre todo, explicó la filosofía que sustentaba la independencia, proclamando que todos los hombres nacen iguales y poseen ciertos derechos inalienables, entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que los gobiernos pueden gobernar solo con el consentimiento de los gobernados; que cualquier gobierno puede ser disuelto cuando deja de proteger los derechos del pueblo. Esta teoría política tuvo su origen en el filósofo inglés John Locke, y ocupa un lugar prominente en la tradición política anglosajona.
Estos hechos convencieron al gobierno británico de que no se enfrentaba simplemente a una revuelta local de Nueva Inglaterra. Pronto se asumió que el Reino Unido estaba envuelto en una guerra, y no en una simple rebelión, por lo que se adoptaron decisiones de política militar dieciochesca convencional, consistente en maniobras y batallas entre ejércitos organizados.
Este cambio de estrategia forzó a los británicos a evacuar Boston en marzo del setenta y seis y transferir sus principales fuerzas a Nueva York, cuya población se presumía más favorable a la Corona, con un puerto más amplio y una posición central. En consecuencia, en el verano de ese mismo año, sir William Howe, que sustituyó a Gage como comandante en jefe del ejército británico en Norteamérica, llegó al puerto de Nueva York con una fuerza de más de treinta mil hombres. Howe tenía intención de aislar Nueva Inglaterra de los otros colonos y derrotar al ejército de Washington en una batalla decisiva. Iba a pasar los dos años siguientes tratando de llevar a cabo este plan.
Según todas las apariencias, un enfrentamiento militar parecía muy ventajoso para Gran Bretaña, una de las potencias mundiales más poderosas, con una población de unos once millones, frente a los dos millones y medio de colonos, un quinto de los cuales eran esclavos negros. La armada británica era la mayor del mundo y casi la mitad de sus buques participaron inicialmente en el conflicto con los nacientes Estados Unidos. El ejército era una fuerza profesional bien entrenada y muy numerosa.
Para enfrentarse a ese poder militar, los revolucionarios tenían que empezar de la nada. El Ejército Continental contaba con menos de cinco mil efectivos permanentes, complementados por unidades de las milicias estatales de diferentes tamaños. En la mayoría de los casos estaban mandados por oficiales inexpertos y no profesionales. George Washington, el comandante en jefe, por ejemplo, solo había sido coronel de regimiento en la frontera virginiana y tenía poca experiencia en combate. No sabía nada de mover grandes masas de soldados y nunca había dirigido un asedio a una posición fortificada. Muchos de sus oficiales habían salido de las capas medias de la sociedad: había posaderos convertidos en capitanes y zapateros en coroneles, como exclamó, asombrado, un oficial francés. Es más, «sucede con frecuencia que los revolucionarios preguntan a los oficiales franceses qué oficio tienen en Francia». No es de extrañar, pues, que la mayoría de los oficiales británicos pensara que el ejército insurgente no era «más que una banda despreciable de vagabundos, desertores y ladrones» incapaces de rivalizar con los casacas rojas de su Majestad. Un general británico llegó a alardear que con mil granaderos podía «ir de un extremo a otro de Norteamérica y castrar a todos los hombres, en parte por la fuerza y en parte con un poco de persuasión».
Sin embargo, estos contrastes eran engañosos, porque las desventajas británicas eran inmensas desde el principio del conflicto. Gran Bretaña tenía que conducir la guerra desde el otro lado del Atlántico, a cinco mil kilómetros de distancia, con los consiguientes problemas de comunicaciones y logística; incluso alimentar adecuadamente era un problema casi insalvable. Al mismo tiempo, tenía que hacer una guerra absolutamente diferente a la que cualquier país hubiera librado en lo que llevábamos de siglo. La propia Norteamérica era inconquistable. La enorme extensión del territorio hacía que las maniobras y operaciones convencionales fueran difíciles y engorrosas. El carácter local y fragmentario de la autoridad en Norteamérica inhibía cualquier acción decisiva por parte de los británicos. No había ningún centro neurálgico con cuya captura se pudiera lograr aplastar la rebelión. Los generales británicos acabaron por decidir que su principal objetivo debía ser enfrentarse al ejército de Washington en una batalla, pero, como dijo el comandante en jefe británico, no sabían como hacerlo, «ya que el enemigo se mueve con mucha más celeridad de la que nosotros somos capaces».
Uno de los principales problemas para los revolucionarios era la baja calidad de sus mosquetes, ya anticuados y que solo podían disparar a pocos metros para obtener precisión. Esto llevó a que se creara un nuevo tipo de arma más eficaz, que fue el fusil modelo Pennsylvania, de gran precisión desde más de ochenta metros. Los colonos en estos primeros combates lucharon en forma de guerrillas.
George Washington, por su parte, comprendió desde el principio que, por el lado estadounidense, la guerra tenía que ser defensiva. «En todas las ocasiones debemos evitar una acción general -dijo ante el Congreso en septiembre del setenta y seis- o arriesgar nada, a menos que nos veamos obligados por una necesidad a la cual no deberíamos vernos arrastrados». Aunque nunca actuó como cabecilla guerrillero y se concentró todo el tiempo en crear un ejército profesional, con el cual pretendía batir a los británicos en una batalla abierta, en realidad, sus tropas pasaban buena parte del tiempo librando escaramuzas con el enemigo, acosándolo y privándole de comida y avituallamiento siempre que era posible, una guerra de guerrillas. En esas circunstancias, la dependencia de los revolucionarios de unas fuerzas de la milicia no profesionales y la debilidad de su ejército organizado los convertían, como dijo un oficial suizo, en más peligrosos que «si tuvieran un ejército regular». Los británicos no comprendieron nunca a qué se enfrentaban; esto es, a una verdadera revolución que contaba con un apoyo generalizado de la población. Por ello, continuamente subestimaron el aguante de los colonos y sobreestimaron la fuerza de los leales a la Corona. Al final, la independencia acabó significando más para los revolucionarios que la reconquista o conservación de las Trece Colonias para los ingleses.
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En diciembre del setenta y seis, mientras las tropas británicas y alemanas invernaban en sus cuarteles, el general John Burgoyne viajó a Londres para reunirse con George Germain, Secretario de Estado para las Colonias y responsable oficial del gobierno para la guerra, para discutir los planes de campaña del año siguiente. En aquel momento, había dos ejércitos principales en Norteamérica con los que poder trabajar: el ejército de Quebec, comandado por el General Guy Carleton, que había conseguido repeler la invasión americana de Canadá el año anterior, y el del General William Howe, que había logrado expulsar al Ejército Continental de George Washington de la zona de Nueva York.
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El treinta de noviembre, Howe, Comandante en jefe para Norteamérica, escribió a Lord Germain presentando un ambicioso plan para la campaña del setenta y siete. Afirmaba que, con sustanciales refuerzos, se podrían lanzar varias ofensivas, incluyendo el envío de diez mil hombres Hudson arriba para tomar Albany. Después, Howe volvería a unir sus tropas para ocupar la capital colona, Filadelfia. Howe, sin embargo, cambió pronto de opinión: algunos de los refuerzos llegarían demasiado tarde y la retirada de los continentales en el invierno hacían de Filadelfia un objetivo vulnerable. Decidió entonces que primero se intentaría tomar Filadelfia antes de enviar tropas a Albany. Howe envió a Germain el plan revisado, recibido por el Secretario el veintitres de febrero del setenta y siete.
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Burgoyne, tratando de hacerse con un puesto de mando para la siguiente campaña, presentó un plan que había sido discutido por el alto mando desde el setenta y cinco: invadir las Trece Colonias desde Quebec, dividiendo así el territorio colono. Esto ya había sido intentado por Carleton en el setenta y seis, aunque no había procedido con una invasión a gran escala por lo avanzado de la estación. Carleton fue muy criticado en Londres por no aprovechar la retirada americana de Quebec, decisión que desagradó profundamente a Germain. Esto, combinado con el fracaso de Henry Clinton en su ataque a Charleston en Carolina del Sur, permitió a Burgoyne situarse en una posición inmejorable para hacerse con el mando de la Campaña del Norte.
Cuando se le solicitó la presentación de un plan, Burgoyne diseñó varias estrategias en un documento titulado "Ideas para dirigir la guerra desde Canadá", y se lo envió a Lord Germain en febrero de setenta y siete. Germain aprobó su plan con algunas modificaciones menores y dio a Burgoyne el mando de la expedición. Burgoyne estaba tan seguro de su éxito que apostó cincuenta guineas, la moneda de oro que se utilizaba en Gran Bretaña, con un amigo a que regresaría victorioso antes de un año.
El plan de Burgoyne comprendía dos movimientos: mandaría la fuerza principal de ocho mil hombres a lo largo del Lago Champlain hacia Albany, mientras una segunda columna de unos dos mil hombres, descendería por el valle del Mohawk en una maniobra de distracción. Ambas expediciones convergerían en Albany, donde enlazarían con las tropas de Howe, que habrían remontado el Hudson. El control de la ruta de Canadá a Nueva York a través de Lago Champlain-Lago George-Río Hudson aislaría a Nueva Inglaterra del resto de las colonias americanas.
La última parte de la propuesta de Burgoyne, el avance de Howe Hudson arriba desde Nueva York, se mostró como la parte más controvertida de la campaña. Germain aprobó el plan de Burgoyne tras haber recibido una carta de Howe en la que informaba de que no podría apoyar al ejército del norte hasta finales de año tras la conclusión de su campaña. No está claro si Germain informó a Burgoyne, que estaba aún en Londres por aquel entonces, acerca del cambio de planes de Howe: mientras que algunas fuentes afirman que así lo hizo, otras afirman que Burgoyne no fue informado de esos cambios hasta bien avanzada la campaña. Tampoco está claro si Germain, Howe y Burgoyne tenían las mismas expectativas acerca del grado en que Howe debía apoyar la invasión desde Quebec. Algunos han afirmado que Howe decidió no seguir las instrucciones y, básicamente, abandonó a su suerte a Burgoyne; otros sugieren que fue Burgoyne el que fracasó y trató de culpar a Howe y Clinton. Lo que parece claro es que Germain no coordinó adecuadamente a sus generales en la estrategia global de aquel año. Esta incertidumbre queda subrayada por la carta enviada por Germain a Howe el dos de abril del setenta y siete, en la que aprobaba el plan del general para Filadelfia, pero poniendo énfasis en que "será ejecutado a tiempo para que coopere con el ejército al que se le ha ordenado actuar desde Canadá y ponerse a sus órdenes".
Burgoyne regresó a Quebec el seis de mayo, portando una carta de Lord Germain que presentaba el plan, pero omitía algunos detalles. Esto dio lugar a otro de los enfrentamientos internos habituales en el bando británico durante la guerra. El Teniente General Burgoyne tenía mayor rango que el General Guy Carleton, pero Carleton seguía siendo gobernador de Quebec. Las instrucciones de Germain limitaban la autoridad de Carleton a las operaciones en Quebec. Este menoscabo a Carleton, junto con la concesión del mando a Burgoyne, llevaron a la dimisión del primero ese mismo año y a su negativa a aportar tropas de los regimientos de Quebec para guardar los fuertes de Crown Point y Ticonderoga tras su captura por los hombres de Burgoyne.
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George Washington, cuyo ejército había acampado en Morristown, Nueva Jersey y el mando militar americano no tenían una idea clara de los planes británicos para el año setenta y siete. La principal preocupación de Washington y sus generales Horatio Gates y Philip Schuyler -ambos responsables de la Sección Norte del Ejército Continental y la defensa del Hudson- eran los movimientos del ejército de Howe. Desconocían los planes de las fuerzas de Quebec, pese a que Burgoyne se quejaba de que todo el mundo en Montreal conocía sus propósitos. Los tres generales disentían acerca de los movimientos probables de Burgoyne, y el Congreso fue de la opinión de que el movimiento más probable de Burgoyne era desplazarse a Nueva York por mar.
Como resultado de esta indecisión, y del hecho de que quedaría aislado de sus suministros si Howe se movía hacia el norte, las guarniciones del Fuerte Ticonderoga y del resto de las fuerzas en los valles del Mohawk y del Hudson no fueron reforzadas. Schuyler decidió en abril del setenta y siete enviar un regimiento a las órdenes de Peter Gansevoort para reocupar el Fuerte Stanwix en el valle alto del Mohawk como paso para defenderse de los movimientos británicos. Washington ordenó igualmente a cuatro regimientos que permanecieran en Peekskill para poder responder a los movimientos británicos.
Las tropas americanas se situaron en la zona de Nueva York en junio. Sobre mil quinientos hombres ocuparon puestos a lo largo del Mohawk, otros tres mil estaban en las zonas altas del Hudson a las órdenes de Israel Putnam y Schuyler mandaba otro grupo de cuatro mil hombres, entre los que se incluían milicianos y las guarniciones de Ticonderoga bajo St. Clair.
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Ya desde la Guerra de los Siete Años, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia, encabezado por Choiseul, había sido de la opinión de que la independencia de las colonias británicas de Norteamérica sería favorable para Francia. Cuando estalló la guerra en el setenta y cinco, el Conde de Vergennes, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores, diseñó una serie de propuestas para la colaboración secreta de Francia y España con los movimientos colonos e inició algunos preparativos ante una eventual entrada en la guerra, incluyendo la expansión de su armada. Vegennes no consideraba entrar abiertamente en guerra hasta que los rebeledes demostraran ser capaces de lograr victorias militares por sí mismos.
Con vistas a la participación de Francia, Vergennes empezó a seguir las comunicaciones entre Norteamérica y Londres y trató de eliminar los posibles impedimentos para la participación española en la guerra. Llegó a proponer la entrada de Francia en la guerra en agosto del setenta y seis al Rey Luis XVI, pero las noticias de la toma de Nueva York por el general Howe retrasó esta decisión.
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La mayor parte del ejército de Burgoyne había llegado a Quebec en la primavera del setenta y seis y consiguió expulsar al Ejército Continental de la provincia. Además de regulares británicos, las tropas de Quebec incluían varios regimientos procedentes de los principados germanos de Hesse-Hanau y Brunswick, bajo el mando del Barón Friedrich Adolph Riedesel. De estos efectivos, doscientos regulares británicos y entre trescientos y cuatro cientos alemanes fueron asignados a St. Leger para su expedición por el valle del Mohawk, y en torno a tres mil quinientos permanecieron en Quebec para proteger la provincia. El resto fueron asignados a Burgoyen para su expedición a Albany. Teóricamente, estas fuerzas se verían incrementadas por dos mil milicianos reclutados en Quebec; en junio, Carleton sólo había conseguido reclutar tres pequeñas compañías. Burgoyne también había contado con mil indios para apoyar la expedición, pero sólo quinientos se unieron a los británicos entre Montreal y Crown Point.
El ejército de Burgoyne pronto se encontró con problemas de logística antes de abandonar Quebec, algo que, aparentemente, no había sido previsto ni por Burgoyne ni por Carleton. Como se había previsto que la principal parte del trayecto se realizara por cursos de agua, había pocos carros y animales de tiro disponibles para transportar la enorme impedimenta durante las etapas terrestres del viaje. Sólo a principios de junio Carleton dio las órdenes pertinentes para conseguir los carros suficientes para mover al ejército. Como consecuencia, estos carros eran de construcción mediocre y a base de madera verde, y los grupos estaban conducidos por civiles, que presentaban un alto riesgo de deserción.
El trece de junio, Burgoyne y Carleton revisaron las fuerzas reunidas en St. John, a orillas del Richelieu al norte del Lago Champlain, y se entregó oficialmente el mando a Burgoyne. Además de los cinco barcos acabados el año anterior, se había construido otro buque durante ese año y se habían capturado tres embarcaciones tras la Batalla de Valcour Island. Esto facilitó el transporte y la cobertura militar para la gran flota de barcos de transporte que desplazarían el ejército al sur del lago.
El ejército con el que partió Burgoyne hacia el día siguiente estaba formado por unos siete mil hombres y ciento treinta piezas de artillería que variaban desde morteros ligeros hasta cañones de veinticuatro libras. Sus regulares estaban organizados en un cuerpo de vanguardia dirigido por el Brigadier General Simon Fraser y dos divisiones. El Mayor General William Philips lideraba los tres mil novecientos regulares británicos del ala derecha, mientras que el Baron Riedesel mandaba un grupo de tres mil cien mercenarios alemanes procedentes de Brunswick y Hanau en la izquierda. La mayoría de estos hombres se hallaban en buena condición pero algunos, especialmente algunos Dragones alemanes, estaban mal equipados para la lucha en los territorios por los que cruzarían.
La expedición del Coronel St. Leger también quedó lista a mediados de junio. Su fuerza, una compañía mixta de regulares británicos, lealistas, mercenarios hessianos y rangers del departamento indio, sumando un total de setecientos cincuenta hombres, partió de Lachine, cerca de Montreal, el veintitres de junio.
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El ejército de Burgoyne remontó el lago y ocupó el abandonado Fuerte de Crown Point el treinta de junio. Los exploradores indios de Burgoyne realizaron un gran trabajo impidiendo que los americanos supieran de los movimientos británicos. El General Arthur St. Clair, al que se había enviado a Ticonderoga con una guarnición de tres mil hombres, desconocía totalmente la fuerza de Burgoyne, que se encontraba a apenas siete kilómetros del fuerte. St. Clair había recibido órdenes del general Schuyler de resistir tanto como fuera posible y había diseñado dos posibles planes de retirada.
Las escaramuzas comenzaron en las defensas exteriores del fuerte el dos de julio. El día cuatro, la mayoría de las tropas continentales estaba en Ticonderoga o en el cercano Fuerte Independencia, en Vermont. La retirada americana de las defensas exteriores despejaba el camino para que los británicos situaran su artillería en lo alto de la colina conocida como Sugar Loaf, desde donde se podía alcanzar el fuerte. St. Clair abandonó el fuerte la noche después de divisar los cañones británico, y los hombres de Burgoyne ocuparon las posiciones de Mount Independence el seis de julio. La rendición sin oposición del supuestamente inexpugnable fuerte causó una profunda conmoción en el público y en la clase política. Aunque investigaciones posteriores exoneraron totalmente a Schuyler y St. Clair de cualquier responsabilidad, el Congreso Continental decidió en agosto sustituir a Schuyler por Horatio Gates como comandante del Departamento Norte del Ejército Continental.
Burgoyne envió tropas de su ejército principal en persecución del ejército en retirada, que St. Clair había dispersado hacia el sur a través de dos diferentes rutas. El general Fraser y tropas del Barón Riedesel tuvieron que vencer cierta resistencia en Hubbardton el siete de julio, y ese mismo día se produjo otra escaramuza en Skenesboro. Estos episodios fueron seguidos por la batalla de Fort Anne el ocho de julio, en la que una compañía de vanguardia británica resultó casi diezmada. Estas acciones costaron a los americanos casi un cincuenta por ciento más de bajas que a los británicos y demostraron al alto mando británico que el Ejército Continental era capaz de oponer una fuerte resistencia. Burgoyne tuvo que prescindir de mil quinientos hombres como consecuencia del ataque a Ticonderoga. Dejó a cuatro cientos soldados para defender Crown Point y otros novecientos para defender Ticonderoga, sufriendo un total de doscientas bajas en las operaciones posteriores.
El grueso del ejército de St. Clair se retiró a través del actual Vermont. St. Clair solicitó el apoyo de los estados para la milicia y logró que una gran parte del ganado y suministros de la zona fueran enviados al Fuerte Edwuard, a orillas del Hudson, donde se reagruparía el ejército. St. Clair alcanzó el Fuerte Edward el doce de julio. Algunas de las fuerzas que habían sido dispersadas tras Hubbardton se reincorporaron, pero Seth Warner y restos de su regimiento se quedaron en Mánchester, en los Grants.
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Burgoyne se alojó en la casa del lealista Philip Skene mientras su ejército se reagrupaba y él reflexionaba sobre los siguientes pasos. Escribió cartas describiendo el triunfo británico, básicamente para el consumo del público. Cuando estas noticias llegaron a Europa, Jorge III quedó muy satisfecho; no así el Conde de Vergennes, ya que la derrota colona posponía la entrada de Francia en la guerra. La diplomacia británica incrementó su presión sobre franceses y españoles, exigiendo el cierre de sus puertos al tráfico americano. Como se negaran, la tensión entre los tres países se incrementó. Las noticias también fueron negativamente recibidas por el Congreso y la opinión pública americana.
El diez de julio, Burgoyne ordenó nuevos movimientos. La mayor parte del ejército tomaría el áspero camino entre Skenesboro y el Fuerte Edward pasando por el Fuerte Anne, mientras que la artillería pesada sería transportada por el Lago George. Las tropas de Riedesel fueron enviadas hacia Castleton, como una diversión que pretendía sugerir que se encaminaban hacia el río Connecticut. La decisión de Burgoyne de trasladar a su ejército por tierra hasta el Fuerte Anne fue curiosa, ya que contradecía sus propios comentarios durante la planificación de la campaña, en la que observaba que los defensores podrían bloquear fácilmente la ruta. Su decisión parece haber estado motivada por dos factores: en primer lugar, la percepción de que transportar al ejército por vía fluvial requeriría un retroceso que podría percibirse como una retirada; y en segundo lugar, la influencia de Skene, cuya propiedad se vería revalorizada por la carretera que tendría que construir Burgoyne.
El General Schuyler, que se encontraba en Albany cuando conoció la caída de Ticonderoga, se dirigió inmediatamente al Fuerte Edward, donde había una guarnición formada por setecientos regulares y mil cuatrocientos milicianos. Decidió complicar el paso de Burgoyne tanto como fuera posible, talando gran cantidad de árboles en el camino del enemigo. Esto agotó a los hombres de Burgoyne, que escribió el once de julio a Lord Germain contándole que los americanos talaban sistemáticamente árboles, destruían puentes y desviaban la corriente a lo largo de la carretera. Schuyler empleó también tácticas de tierra quemada para evitar que los británicos pudieran aprovisionarse durante la marcha. Pese a la inmovilidad de Burgoyne, sus espías estaban activos; algunas de las partidas de Schuyler fueron atacadas.
Las tácticas de Schuyler obligaron a Burgoyne a construir una carretera para armamento y tropas, lo que le llevó dos semanas. Partieron de Skenesboro el veinticuatro de julio y llegaron al Fuerte Edward el veintinueve, descubriendo que Schuyler ya había abandonado el fuerte, retirándose hasta Stillwater, en Nueva York. Antes de partir de Skenesboro, se le unió un grupo de quinientos indios procedentes de las tribus Ottawa, Fox, Mississauga, Ojibwa, Chippewa e iroqueses de la región de los Grandes Lagos bajo el mando de Luc de la Corne y Charles Michel de Langlade.
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El Teniente Coronel St. Leger remontó el río San Lorenzo y cruzó el Lago Ontario para llegar a Oswego sin incidentes. Contaban con trescientos regulares reforzados por seiscientos cincuenta canadienses y milicianos lealistas, a los que se sumarían unos mil indios encabezados por el pionero John Butler y los jefes iroqueses Joseph Brant, Sayenqueraghta y Cornplanter. Tras abandonar Oswego el veinticinco de julio, marcharon hacia el Fuerte Stanwix, a orillas del río Mohawk, e iniciaron el asedio el dos de agosto. Unos ochocientos milicianos de Tryon County y sus aliados indios trataron de aliviar el sitio, pero los británicos y sus aliados consiguieron emboscarlos en la batalla de Oriskany, en la que los americanos tuvieron que retirarse a consecuencia de las bajas sufridas, incluyendo su General Nicholas Herkimer. Los guerreros iroqueses lucharon en ambos bandos, marcando el inicio de una guerra civil en la Confederación Iroquesa. Durante el combate en Oriskany, los americanos sitiados intentaron hacer una salida y asaltaron un cercano campamento indio. Junto a las elevadas bajas de la batalla, esto fue un importante golpe para la moral india.
El diez de agosto, Benedict Arnold partió de Stillwater hacia el Fuerte Stanwix con ochocientos hombres del Departamento de Schuyler. Esperaba poder reclutar a micilianos de Tryon County cuando llegó al Fuerte Dayton el veintiuno de agosto, pero sólo pudo contratar unos cien, ya que muchos de los hombres que habían estado en Oriskany no tenían intenciones de alistarse. Ante su inferioridad numérica, decidió recurrir a la astucia: preparó la huida de un cautivo lealista, que convencería a St. Leger de que Arnold se aproximaba con una fuerza muy superior a la real. Ante estas noticias, Joseph Brant y el resto de los indios de St. Leger se retiraron, llevándose con ellos sus suministros, lo que obligó a los británicos a levantar el sitio y regresar a Quebec. Arnold envió un grupo justo detrás de ellos y dirigió al resto de las tropas al este para reunirse con las fuerzas americanas en Saratoga. Los hombres de St. Leger llegaron a Ticonderoga el veintisiete de septiembre, tarde para ayudar a Burgoyne, cuyo ejército se encontraba cada vez más acosado por las fuerzas americanas que le rodeaban.
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El avance del ejército de Burgoyne hacia el Fuerte Edward fue precedido por oleadas de indios que empujaban hacia atrás a los pequeños contingentes dejados por Schuyler. Estos aliados se impacientaban e iniciaban ataques indiscriminados contra los revolucionarios asentados en las fronteras, lo que redujo el apoyo local. La muerte a manos indias de la joven lealista Jane McCrea fue ampliamente difundida y sirvió como catalizador de apoyo a los revolucionarios, ya que la decisión de Burgoyne de no castigar a los culpables fue vista como incapacidad o desinterés en controlar a los indios.
Aunque el grueso del ejército sólo tardó cinco días en llegar desde Skenesboro hasta el Fuerte Edward, la falta de medios adecuados motivó un nuevo retraso, ya que la falta de animales de tiro, carros y carretas adecuados al terreno ralentizó la marcha de la impedimenta.
El tres de agosto, mensajeros de Howe consiguieron cruzar las líneas americanas para alcanzar a Burgoyne en el Fuerte Edward. Los mensajeros no traían buenas noticias. El diecisiete de julio, Howe escribía que se preparaba para partir por mar hacia Filadelfia y que el General Clinton, responsable de la defensa de Nueva York, "procedería según las circunstancias". Burgoyne decidió no divulgar el contenido del mensaje con sus subordinados.
Dándose cuenta de que ahora tenía graves problemas de abastecimiento, Burgoyne decidió actuar según la sugerencia que Riedesel le había hecho en julio. Riedesel, que había estado estacionado en Castleton durante un tiempo, había observado que había numerosos animales de tiro y caballos que podrían ser usados por el ejército. Burgoyne envió el nueve de agosto al Coronel Friedrich Baum hacia el oeste de Massachusetts y los Grants de New Hampsire, junto con algunos de los dragones de Brunswick. La mayoría de los hombres de Baum nunca regresaron, y los refuerzos que envió en su búsqueda fueron derrotados el dieciseis de agosto en la Batalla de Bennington, lo que privó a Burgoyne de casi mil hombres y de los tan necesitados suministros.
La muerte de Jane McCrea y la batalla de Bennington, además de los saqueos, tuvieron otro importante efecto. Burgoyne culpó a sus aliados indios y canadieses de la muerte de McCrea e, incluso después de que ochenta indios cayeran en Bennington, Burgoyne no les demostró gratitud. Como consecuencia, Langlade, La Corne y la mayoría de los indios abandonaron las filas británicas, dejando a Burgoyne con menos de cien espías indios y desprotegido ante los ataques de rangers americanos en los bosques. Burgoyne culparía posteriormente a La Corne por desertar, mientras que La Corne contaba que Burgoyne nunca respetó a los indios. En el Parlamento Británico, Lord Germain se puso del lado de La Corne.
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Mientras la táctica de retrasar a los británicos funcionaba sobre el terreno, el resultado para el Congreso Continental era muy diferente. El General Gates estaba en Filadelfia durante las discusiones que siguieron a la caída de Ticonderoga, y parecía más que ansioso por repartir culpas. Algunos miembros del Congreso se mostraban impacientes ante la actuación de Washington, exigiendo un enfrentamiento directo que pudiera expulsar a las fuerzas de ocupación, pero que Washington temía que significara la derrota definitiva. John Adams, presidente del Comité de Guerra, alabó la actuación de Gates y remarcó que "nosotros nunca plantaremos un poste hasta que disparemos a un general. Acerca de las objeciones presentadas por la delegación de Nueva York, el Congreso envió a Gates para hacerse cargo del Departamento Norte el diez de agosto. También ordenó a los estados de Pennsilvania a Massachusetts que convocaran sus milicias. El diecinueve de agosto, Gates llegó a Albany para asumir el mando. Frío y arrogante, excluyó a Schuyler del primer consejo. Schuyler partió hacia Filadelfia poco después, privando a Gates de sus conocimientos del terreno.
A lo largo de agosto, y hasta entrado septiembre, los grupos de milicianos fueron llegando a los campamentos continentales a orillas del Hudson. Se vieron reforzadas por las tropas que Washington enviara al norte como parte de la operación de Arnold para aliviar Stanwix, que llegaron a finales de agosto, y que incluían a los francotiradores de Daniel Morgan. Las noticias de los éxitos americanos en Bennington y Fort Stanwix, junto con la cólera popular causada por la muerte de Jane McCrea reforzaron el apoyo hacia los continentales, que contaba con seis mil hombres entre oficiales y tropa. Esta cifra no incluiría al pequeño ejército de Stark, que se había visto reducido por la enfermedad y la partida de algunas compañías, aunque varios cientos de soldados reclutados por Benjamin Lincoln lo habían reforzado.
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La batalla de Saratoga fue sin duda alguna uno de los enfrentamientos bélicos más importantes librados durante el transcurso de la guerra de Independencia de Estados Unidos. Esta batalla tuvo lugar entre el diecinueve de septiembre y el diecisiete de octubre del setenta y siete, en Saratoga, una región ubicada entre Boston y la zona de los Grandes Lagos, en las proximidades del río Hudson. El general británico John Burgoyne pretendía aislar a Nueva Inglaterra del resto de las colonias del norte y causar la mayor cantidad de bajas posibles entre las filas del ejército colono. En lugar de concentrar todas sus fuerzas en un único frente, los efectivos británicos quedaron dispersos a lo largo de más de mil doscientos kilómetros de territorio hostil, cayendo en un clásico error de división de fuerzas: Burgoyne en Canadá, Howe en Chesapeake y Clinton en Nueva York. Washington acudió, desde sus cuarteles de invierno en Morristown, con su precario ejército a cubrir Filadelfia para intentar contener el avance de Howe y su columna de cerca de catorce mil hombres. Las tropas coloniales contaban con prácticamente la misma cantidad de efectivos, pero acabaron disgregándose ante la implacable embestida británica, y Washington se vio obligado a emprender la retirada.
Mientras tanto, Burgoyne descendió de los bosques canadienses y avanzó hacia el sur con la intención de reunirse con las tropas británicas asentadas en Nueva York, a la espera de que Howe hiciera lo mismo después de atacar Filadelfia. Reagrupando a las tropas en un único ejército contra George Washington, la victoria británica parecía un hecho. Pese a ello, Howe prefirió seguir avanzando hacia el sur e incluso reclamó refuerzos de la guarnición de Clinton.
Burgoyne, hostigado incesantemente por las milicias de colonos, fue incapaz de llegar hasta Nueva York y no pudo obtener refuerzos de Clinton porque éste no disponía de suficientes efectivos para asistirlo. Finalmente quedó aislado en Nueva Inglaterra, con graves problemas de abastecimiento y cercado por un ejército muy superior en número. El diecisiete de octubre tuvo que rendirse al comandante estadounidense Horatio Gates y fue hecho prisionero junto a su ejército hasta que se firmó la paz.
Las tropas inglesas, que constaban de casi ocho mil militares regulares, mercenarios alemanes y milicianos, no fueron capaces de soportar el contraataque de catorce mil regulares y milicianos revolucionarios al mando de George Washington obtenidos voluntariamente tras una leva de voluntarios que hizo dos años atrás. Hubo ochocientos revolucionarios muertos y mil seiscientas bajas inglesas, así como seis mil ingleses prisioneros.
Las armas usadas fueron principalmente mosquetes y más tarde, ya casi acabada la batalla, se empezaron a usar fusiles de corto alcance.
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Las tropas británicas se retiraron de Ticonderoga y Crown Point en noviembre, y del Lago Champlain a principios de diciembre. Los americanos, por su parte, aún tenían trabajo. Alertados por las incursiones de Clinton en la zona del Hudson, la mayor parte del ejército marchó hacia Albany, mientras el resto acompañaba al "Ejército de la Convención" hacia el este. Burgoyne y Riedesel fueron invitados por el General Schuyler, que había llegado desde Albany para asistir a la rendición. Se permitió a Burgoyne regresar a Inglaterra bajo palabra en mayo del setenta y ocho, donde permanecería durante dos años defendiendo su actuación ante el Parlamento y la opinión pública. Finalmente fue intercambiado por mil prisioneros americanos.
Tras la rendición de Burgoyne, el Congreso declaró el dieciocho de diciembre del setenta y siete como día de solemne celebración por el éxito en Saratoga.
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Según los términos del acuerdo, el ejército de Burgoyne debería dirigirse a Boston, donde embarcaría rumbo a Inglaterra a condición de que sus integrantes no participaran en el conflicto hasta que fueran formalmente intercambiados. El Congreso exigió que Burgoyne proporcionara una lista de las tropas de modo que se pudiera hacer cumplir el acuerdo en futuros combates. Ante su negativa, el Congreso decidió no cumplir su parte y retuvo cautivos a los soldados, repartiéndolos entre varios campos de prisioneros de Nueva Inglaterra. Aunque los oficiales fueron intercambiados, la gran mayoría de la tropa se dirigió finalmente a Virginia, donde permanecieron varios años en calidad de prisioneros. Durante el periodo de cautividad, un gran número de hombres escaparon y desertaron, asentándose en los Estados Unidos.
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El cuatro de diciembre las noticias de la rendición de Burgoyne y de la captura de Filadelfia fueron recibidas por Benjamin Franklin en Versailles. Dos días después, Luis XVI abría negociaciones con los rebeledes para una alianza. El Tratado de Alianza se firmó el seis de febrero del setenta y ocho, por el que Francia declaraba la guerra a Gran Bretaña un mes después, iniciando las escaramuzas navales en Ushant en el mes de junio. España entraría en la guerra en setenta y nueve, cuando, como aliado de Francia, firmara el Tratado de Aranjuez. Los movimientos diplomáticos de Vergennes influyeron también para conseguir que la República Holandesa entrara en la guerra y la declaración de neutralidad del resto de las potencias europeas, como Rusia.
El gobierno británico recibió severas críticas por la rendición de Burgoyne. De Lord Germain se dijo que "el secretario es incapaz de dirigir una guerra". Lord North hizo una propuesta de paz que no incluía la independencia; cuando fue entregada al Congreso Americano por la Comisión Carlisle fue rechazada.
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Alentados por la victoria de Saratoga, Francia y España veían la oportunidad como una ocasión de oro para lograr la revancha del desastroso Tratado de París del sesenta y tres, con el que concluyó la guerra de los Siete Años. Así, Francia tras unos meses de cierta vacilación, entró abiertamente en la guerra firmando una alianza en febrero del setenta y ocho con los revolucionarios. Pese a sus escasas provisiones y limitado adiestramiento, las tropas coloniales pelearon bien en general, pero podrían haber perdido la guerra si no hubieran recibido ayuda del erario francés, de la poderosa marina francesa y de las tropas enviadas por Francia.
Por su parte, España, aunque enseguida ayudó a los colonos con dinero, armas y municiones, se mostró reacia a la intervención directa, debido al temor de Floridablanca a las consecuencias de un conflicto armado; incluso aspiró a algo que, de momento, resultaba una verdadera utopía: la mediación entre los contendientes. Los objetivos españoles en América eran expulsar a los británicos tanto del golfo de México como de las orillas del Misisipi y conseguir la desaparición de sus asentamientos en la América Central. La ayuda española, en todo caso, fue limitada, y más interesada en obtener las metas territoriales fijadas que en favorecer la independencia de las Trece Colonias.
Después del setenta y ocho, la lucha se trasladó al sur y el conflicto ya había adquirido un cariz internacional con la entrada de Francia. Un año más tarde la realidad se impuso y España declaró la guerra a Inglaterra, pensando incluso en la posibilidad de invadir Gran Bretaña mediante el concurso de una armada franco-española, plan que resultó inviable. Para su entrada abierta en el conflicto, el Gobierno español había firmado el llamado Tratado de Aranjuez, acuerdo secreto con Francia sellado en Aranjuez el doce de abril del setenta y nueve, por el cual España conseguía una serie de concesiones a cambio de unirse a Francia en la guerra. Esta prometió su ayuda en la recuperación de Menorca, la Mobila, Panzacola, la bahía de Honduras y la costa de Campeche y aseguró que no concluiría paz alguna que no supusiera la devolución de Gibraltar a España. Esto provocó que los británicos tuvieran que desviar a Gibraltar tropas destinadas en un principio a las colonias.
Los puertos de Tolón y Brest, en Francia, que estaban bloqueados por los británicos, fueron desbloqueados por la falta de efectivos de los británicos. Con los puertos atlánticos abiertos, los franceses pudieron llevar tropas a América al mando de La Fayette y de Rochambeau, siendo esta ayuda de gran importancia para los colonos, como se señaló más arriba.
Más tarde Holanda también se unirá a la coalición formada por España y Francia, con ambiciones de ganar posiciones por el dominio de los mares, aunque a diferencia de sus aliadas, ella no aporto tropas, tan solo provisiones, armas, vestimenta, divisas y algunos buques de guerra.
En mil setecientos ochenta y uno, ocho mil soldados británicos al mando del general Charles Cornwallis fueron rodeados en Virginia, el último reducto, por una flota francesa y un ejército combinado franco-estadounidense a las órdenes de George Washington de dieciséis mil hombres. Tras el sitio de Yorktown, Cornwallis se rindió, y el gobierno británico propuso la paz. En la batalla cayeron ciento cincuenta y seis británicos, cincuenta y dos franceses y veinte independentistas, siendo los últimos muertos en combate durante la Guerra de la Independencia.
En los restantes frentes entre el setenta y nueve y el ocheta y uno, España sitió Gibraltar, una vez más infructuosamente, y lanzó varias campañas contra distintos puntos estratégicos del golfo de México en manos británicas, la mayor parte coronadas por el éxito. Por otro lado, una exitosa expedición a Menorca permitió la recuperación de la isla en febrero del ochenta y dos. El Tratado de París o Tratado de Versalles se firmó el tres de septiembre del ochenta y tres entre Gran Bretaña y Estados Unidos y puso término a la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. El hecho de que Gran Bretaña perdiese todas las posesiones en el continente americano al sur de Canadá y al norte de Florida, hacía imposible un desenlace militar favorable para los británicos, solicitando estos el cese de las hostilidades.
Reconocía la independencia de Estados Unidos de América y otorgó a la nueva nación todo el territorio al norte de Florida, al sur del Canadá y al este del río Misisipi. El paralelo treinta y dos se fijaba como frontera norte. Gran Bretaña renunció, asimismo al valle del Ohio y dio a Estados Unidos plenos poderes sobre la explotación pesquera de Terranova.
España mantenía los territorios recuperados de Menorca y la Florida oriental y occidental. Por otro lado recuperaba las costas de Nicaragua, Honduras y Campeche. Se reconocía la soberanía española sobre la colonia de Providencia y la inglesa sobre Bahamas. Sin embargo, Gran Bretaña conservaba la estratégica posición de Gibraltar. Londres se mostró inflexible, ya que el control del Mediterráneo era impracticable sin la fortaleza de la Roca.
Francia recuperaba la mayoría de sus islas en las Antillas, además de las plazas del río Senegal en África.
Holanda recibía Sumatra, estando obligada a entregar Negapatam, en la India, a Gran Bretaña y a reconocer a los ingleses el derecho de navegar libremente por el Índico.
Gran Bretaña mantenía a Canadá bajo su Imperio, a pesar de que los revolucionarios trataron de exportar a tierras canadienses su revolución.
Finalmente, se acordó el intercambio de prisioneros.
La independencia provocó el éxodo de cerca de casi setenta mil lealistas que se refugiaron mayoritariamente en Canadá, dando a Canadá su marcado carácter lealista y probritánico.
En general los logros alcanzados pueden juzgarse como favorables para España y en menor medida para Francia a pesar del elevado coste bélico y las pérdidas ocasionadas por la casi paralización del comercio con las Américas, un pesado lastre que gravitaría sobre la posterior situación económica francesa.
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Una vez conquistada la independencia resultó muy complicado poner de acuerdo a todas las antiguas colonias. En mil setecientos ochenta y siete, cincuenta y cinco representantes de las antiguas colonias se reunieron en Filadelfia con el fin de redactar una constitución. Se creaba así un único gobierno federal, con un presidente de la república y dos cámaras legislativas, Cámara de Representantes y Senado. Esta constitución estaba inspirada en los principios de igualdad y libertad que defendían los ilustrados franceses y se configuró como la primera carta magna que recogía los principios del liberalismo político estableciendo un régimen republicano y democrático. La independencia y democracia estadounidense causó un notable impacto en la opinión y la política de Europa.
Bueeeno, pues aquí empezamos el arco de las revoluciones, pues así es como se le llama a este periodo. La independencia de los EEUU, la revolución francesa, Napoleón y la independencia de las colonias españolas en América. Fueron unos años bastante animados jajaja.
Siiiiiii, lo seeeeee, este ha sido un capítulo puramente histórico, pero oye, el arco anterior fue todo "nuevo", sin redacciones sobre historia… bueno, quizás alguna muy pequeña jajaja.
En verdad al principio solo iba a colocar la guerra de independencia de los EEUU, pero entonces me acordé de un periodo sumamente importante… la Ilustración (Racionalismo en aquella época).
Como habéis podido comprobar, Issei ha preferido estar entre iluminados a luchar en el campo de batalla estadounidense, por lo que actualmente se encuentra en Europa… cofcofguillotinacofcof jajajaja. Ahora que los iluminados han vuelto, desde el periodo de Grecia y Roma, Issei está más a gusto con ellos que en el campo de batalla, pero él no suele estar muy lejos de la guerra.
Y nuevamente gracias a mi colega RedSS por su corrección del capítulo.
Por último, este capítulo ha sido atrasado debido a que he estado actualizando varios fics que tengo en conjunto con otros escritores (Heroes del Multiverso y Piratas Danza Dorada), por si alguno quiere echar un vistazo.
Nos leemos !
