51
-Necesito que te hagas pasar por mi mujer.
-¿Por qué?
-No te estoy pidiendo un favor. Es una orden.
-No he dicho ni que sí ni que no. He preguntado por qué.
-No seas tocapelotas, Masters. El viernes tienes que acompañarme a Charlotte.
-¿A qué?
-Voy a hacerme pruebas de fertilidad en la clínica esa tan famosa.
-¿London Clinic? ¿Y para qué?
-Ya te lo he dicho. Quiero hacerme pruebas de fertilidad.
-¿Y para qué me necesitas?
-Para que me cuelen. No tengo cita hasta las cinco de la tarde y le prometí a Cuddy que iríamos a cenar a Sandfor a las ocho. Teniendo en cuenta que no van a llamarme a las cinco ni en mis mejores sueños y que el camino de vuelta es largo, no voy a llegar a tiempo ni de coña.
-Cancela la cita.
-¿Con la clínica o con mi mujer?
-¿Lo de la clínica es importante?
-Sí.
-Pues pospón lo de Cuddy.
-No puedo hacerlo. Hay un espectáculo de música y fuegos artificiales y he reservado mesa en la terraza del mejor restaurante para poder verlo en primera línea. No se vuelve a repetir hasta el año que viene y ella lleva semanas esperando este día.
-Pues llama a la clínica y cambia la cita.
-La cita la pedí hace un mes y medio. Si la cancelo, no sé cuándo me darán la siguiente.
-Pues lo tienes complicado, entonces.
-No, si tú me acompañas.
-¿Qué pinto yo en todo esto?
-Necesito que vengas conmigo y que te hagas pasar por mi mujer. Llegamos a la clínica sobre la una o las dos. Esperamos un rato prudente leyendo una revista y, de repente, finges un terrible soponcio y caes al suelo con convulsiones y espasmos.
-¿Estás loco?
-Yo le ruego a la enfermera que me deje pasar rápido a la consulta mientras a ti te atienden para después poder llevarte al hospital. Y mientras a mí me hacen las pruebas, tú esperas en alguna sala tomando zumo de naranja y haciéndote la medio muerta.
-Sabes que no lo voy a hacer.
-Te repito que no te estoy pidiendo un favor.
-Que vaya Cuddy y haga ella el ridículo. No veo por qué tengo que fingir que soy tu mujer cuando ya tienes una.
-Porque no quiero que ella se entere de que voy a ese sitio. Que parece mentira que seas una lumbrera. Le he dicho que voy a Charlotte a echar una solicitud para atender un seminario en la universidad.
-¿Y te ha creído?
-Le ha sonado raro pero no le ha quedado más remedio que tragárselo.
-¿Bueno y para qué quieres hacerte pruebas de fertilidad?
-Para saber si soy fértil.
-¿Habéis hablado de tener hijos?
-No pero, tal y como lo hacemos, a estas alturas ya se tendría que haber quedado preñada.
-¿Cómo lo hacéis?
-Como un par de monos en celo. Se nos ha olvidado tomar precauciones muchas veces y nunca hemos tenido ningún susto. Empiezo a dudar de mis capacidades reproductivas.
-¿Estás seguro de que ella no utiliza nada?
-Segurísimo.
-¿Pero quieres tener hijos? ¿A parte de todos los que ya tenéis?
-No se trata de tener hijos o no. Se trata de que quiero saber si puedo tenerlos. Lo mismo soy estéril.
-Así que es una cuestión de ego masculino.
-Sí.
-¿Y que pasará si descubres que, en efecto, la naturaleza ha sido sabia y te ha programado erróneamente para que no puedas reproducirte?
-Me dará mucho coraje.
-¿Pero te supondría un trauma?
-Por su puesto. Sería un atentado contra las fuerzas del universo que alguien como yo no pudiese dejar descendencia. Hasta gente como Cuddy puede.
-¿Y si te dicen que sí puedes tener hijos, que harás?
-Pues no lo sé. Procuraré tomar más precauciones.
-Esto es absurdo. No quieres tener hijos pero necesitas saber que puedes tenerlos. No cuentes conmigo para esto.
-¡No puedo contar con Wilson!-gritó House mientras Masters se alejaba por el pasillo.
El jueves por la tarde, House se sentó en el sofá del salón al lado de Cuddy y de Robert. La mujer ayudaba al niño a construir un rompecabezas, aunque el chaval no parecía necesitar ayuda.
-Deberías dejarlo solo. Es un chico inteligente-dijo House tomando la mano de su mujer y apartándola del juguete.
-No lo hago para ayudarle, ¿verdad Rob? Lo hago porque me gustan los rompecabezas.
-¿Así que la cuestión es compartir?
-¿Te parece mal? Disfruto haciendo algo con mi hijo. ¿Qué tiene de malo?
-Me parece que lo utilizas como excusa para sentirte mejor contigo misma.
-Vete a la mierda, House-Cuddy se levantó, tomó a su hijo de la mano y se lo llevó al primer piso.
Al cabo de unos minutos, House decidió subir a ver que hacían. Los encontró en el cuarto de los juguetes, revolviendo las piezas de un puzzle.
-Esto es un momento privado, ¿lo sabes? A Robert y a mí nos gusta estar solos de vez en cuando.
-No voy a molestar. Sólo quiero mirar.
-No me apetece que me analicen mientras juego con mi hijo, ¿sabes?. Esto no es un documental de mamás y cachorros. Si te apetece estar rodeado de sangre joven, abajo están Rachel y Mike. Quédate con ellos y que Alice se vaya a dar una vuelta.
-No son mis hijos, no me apetece cuidarlos.
-¿Qué? Dijiste que los querías adoptar.
-Pues no es tan fácil como yo creía. Puedo adoptar a Rachel, que es huérfana y a Mike, porque no tiene padre reconocido. Pero Henry aún vive y sigue siendo el padre legal de Robert y Laura. Claro que a Laura no tengo intención de adoptarla.
Cuddy lo miró fijamente. House creyó que quería decirle algo pero en seguida bajó la mirada y siguió jugando con su hijo. Había momentos en los que deseaba poder leerle la mente. Ahora mismo no sabía si había visto temor, enfado o indiferencia en su mirada y eso lo sacaba de quicio. Necesitaba saber.
-Pues si no puedes adoptarlos a todos prefiero que no adoptes a ninguno-dijo ella sin volver a mirarlo.
-Me limitaré a hacer testamento y a dejártelo todo a ti.
-Ponlos a ellos como herederos. Yo no quiero nada.
-Vamos, estás a la defensiva. Son todos menores de edad, sabes la clase de complicaciones que eso te traería. Te voy a poner a ti como única heredera. Después tú puedes hacer lo que quieras.
-Hablas como si ya estuvieses muerto.
-Dado tu estado mental, puedo darme por muerto cualquier día.
Nada más terminar la frase, House se arrepintió de haber abierto la boca. Cuddy seguía concentrada en el juego pero él pudo observar como enrojecía visiblemente y apretaba los labios.
-Mi estado mental es mejor de lo que el tuyo...
-No he querido decir eso. Me he expresado mal. Lo siento.
-¿Y qué has querido decir entonces?-dijo ella girando la cabeza y mirándolo a los ojos desde el suelo.
-Quizá deberíamos hablar del tema pero no creo que éste sea el momento adecuado.
-Déjame que le dé la cena a los niños y los acueste. Después será el momento adecuado.
Cuando Cuddy entró en la habitación, House ya estaba sentado en la cama. La mujer lo ignoró y entró en el cuarto de baño a darse una ducha. Cuando salió se lo encontró exactamente en la misma postura, esperándola.
-No quiero que te lo tomes a mal.
-Quiero que me dejes en paz, ¿entiendes?
-Ni si quiera hemos empezado a hablar.
-Es que no quiero hablar. No quiero que saques el tema. No quiero que vuelvas a decirme algo así.
-Pero reconoces que hay algo...
-No reconozco nada. Estoy perfectamente.
-Lo reconociste aquel día en tu despacho. Sabes que algo no funciona.
-Todo el mundo reacciona mal cuando lo sacan de sus casillas.
-Tú reaccionas con violencia.
-Lo que equivale a reaccionar mal.
-Puede llegar a resultar peligroso.
-¿Por qué no lo dices de otra manera? Puedo llegar a resultar peligrosa.
-Pues sí. Si quieres que lo diga así, así lo voy a decir. Tengo miedo de que un día puedas suponer un peligro para alguien, sobre todo para ti misma. O para tus hijos.
-Por favor. Nunca he representado un peligro para mis hijos. Sois los hombres los únicos que merecéis que os abran la cabeza.
-¿Odias a los hombres?
-No. Odio a algunos hombres. No me habéis traído más que miseria.
-¿Yo también?
-Me hiciste desgraciada mientras trabajamos juntos en el Princeton.
-Creo que lo he compensado bastante.
-Nunca se compensa bastante un daño ya causado. Empieza por no causarlo y entonces hablamos.
-No te traté tan mal.
-Me hiciste odiar mi trabajo día sí y día también. Y aún así siempre eché de menos tus malas maneras.
-¿En qué quedamos entonces? ¿Era un grano en el culo o no lo era?
-Lo eras.
-Creí que te gustó trabajar conmigo en aquel entonces.
-Me gustó.
-Que me digas en qué quedamos.
-También lo odié.
-Estás loca.
-Por suerte para ti, un hijo de puta más grande se encargó de mandarlo todo a la mierda y de echar a perder mi carrera.
-¿Te refieres al que saboteó tu conferencia?
-¿A quién si no?
-¿Qué harías si te lo encontrases un día de frente?
-¿Qué haría? Lo mataría, sin duda alguna. Por su culpa todo se derrumbó a mi alrededor.
-Gracias a él tienes a Mike y a Rachel. Quizá incluso a Robert.
-No me arrepiento de haber tenido a mis hijos pero, si no hubiesen nacido, no tendría la oportunidad de echarlos de menos.
-¿Así que todo está mal en tu vida porque a un idiota se le ocurrió gastarte una broma? Lo que te hizo tu ex marido, lo que ocurrió mientras trabajabas en el Pacific General...
-¡No empieces con eso!
-Tranquila, no te voy a preguntar qué pasó. No me interesa. La manera en la que te ha tratado Jackson, tu ruina económica...de todo eso tiene culpa ese desgraciado, ¿verdad?
-Sí.
-Vale.
House se levantó y caminó hasta la puerta que daba a su salón privado.
-Esta noche voy a dormir en el sofá. Te voy a decir esto una vez nada más. Si sientes que necesitas ayuda, dímelo. Me encargaré de buscar a los mejores especialistas. Y si estás dispuesta a escuchar mi consejo...
-Vete a la mierda, cariño.
-Como quieras. Buenas noches, mi amor.
House se levantó temprano para ir a Charlotte. No había encontrado a nadie que quisiese acompañarle así que fue sólo. En realidad sólo se lo había preguntado a Masters. Había estado a punto de pedírselo a Alice pero sabía que Cuddy se acabaría enterando.
Había discutido con su mujer y no sabía si esa noche irían a cenar o no, así que decidió que se tomaría las cosas con calma y esperaría sentado a que llegase su turno. Se haría unos cuantos análisis y pruebas y volvería a casa. Le habían prometido que le remitirían los resultados por correo electrónico en menos de una semana.
Estaba saliendo del parking para entrar en la clínica cuando se topó de frente con Lucas Douglas, su antiguo detective privado.
-Hey, House. ¿Cómo va todo tío?
-Tirando.
-¿Vienes a la clínica? Creo que son expertos en desatascar cañerías.
-Vengo a recogerle los resultados de unas pruebas a mi amigo Wilson. Cree que es estéril y eso le está provocando impotencia psicológica.
-Claro. A mí también me pasaría.
-Bueno, tengo que irme. Sabes que me agrada tu presencia pero tu ausencia me agrada aún más.
-Oye, ¿qué pasó con la pajarraca esa que andabas buscando? ¿Diste con ella?
-Estamos casados.
-Guau. Quién lo diría. Bueno, aquí te dejo de nuevo mi tarjeta, por si la has perdido.
Tras librarse de Lucas, House entró en el recibidor de la clínica. No había llegado hasta el mostrador de la recepcionista cuando su teléfono empezó a sonar. Era Cuddy.
-Estoy ocupado.
-¿Vamos a ir esta noche a cenar a Sandfor?
-No creo. No voy a llegar a tiempo.
-¿Dónde estás?
-En Charlotte. Llegando a la universidad.
-Necesito que vengas.
-Llegaré esta noche.
-Necesito que vengas ahora.
-Cuddy, tenemos toda la vida por delante para reconciliarnos...
-No quiero que vengas para que nos reconciliemos. Ni si quiera quiero que vengas. Necesito que vengas.
-¿No puedes esperar unas horas?
-¡No pienso pasar por esto sola!
-¿De qué hablas? ¿Qué ha pasado?
-Ven a casa, House. Te aseguro que estoy muy nerviosa. No hagas que me ponga peor.
-Sabes que tardaré unas horas en llegar.
-No me importa. Tienes que salir ya.
-Espero que sea importante.
House estaba realmente enfadado y conducía casi sin fijarse en la carretera. En momentos como aquellos se preguntaba si se había casado con una mujer o con una niña caprichosa. Pero el verdadero caprichoso era el destino. House se había pasado la vida siendo un inmaduro irresponsable, dependiendo de los demás para que el fino hilo de su estabilidad emocional no se quebrase. Y ahora se veía cuidando de alguien con una situación mental aún más precaria que la suya. Siempre había necesitado que los demás se dedicasen a él y en estos momentos se encontraba compartiendo su vida con una persona que necesitaba su dedicación completa.
Cuddy era responsable y casi siempre madura pero lo necesitaba desesperadamente a su lado. A veces se preguntaba si había hecho bien en hacerse tan indispensable para ella. Antes de que él llegase, la mujer no dependía de nadie y se buscaba la vida como podía. Ahora él era su único punto de apoyo, tanto emocional como económico. Le daba pánico pensar qué sería de ella el día que él no pudiese correr a su lado.
Era consciente de que ahora mismo, legalmente, no le correspondía nada. Si a él le pasaba algo, era muy probable que se quedase en la calle. Sabía que tenía que arreglar las cosas cuanto antes, pero un testamento legal requería tiempo y tiempo era precisamente lo que le faltaba. Y el poco tiempo libre que tenía lo quería pasar al lado de ella, no en aburridas reuniones interminables con notarios y abogados. Aún así, sabía que tenía que ponerse las pilas y dejar atados todos los cabos.
Llegó a Leeverfield con tiempo suficiente para cambiarse, esperar a que ella se cambiase e irse a ver el espectáculo en Sandfor.
Ella estaba callada pero podía ver la expresión de fatiga en su rostro y sabía que había llorado. Mientras conducía hacia el pueblo vecino, la tomó de la mano. Durante su viaje de vuelta desde Charlotte, se había jurado a sí mismo que si no se trataba de algo serio, tendrían una buena bronca pero ahora deseaba que no hubiese ocurrido nada importante.
-Tenemos que darnos prisa con esto o los fuegos empezarán antes de que hayamos terminado la cena-dijo señalando el plato que el camarero acababa de depositar delante de ella.
-No tengo hambre.
-¿Qué te pasa, cariño?
-Estoy embarazada.
-¿De mí o de Chase?
Pese a que el estómago le acababa de dar un vuelco, House intentó bromear con el tema para intentar que todo resultase más fácil. Ella se limitó a mirarlo con expresión vacía.
-¿Cuándo lo has sabido?
-Esta mañana. Llevo casi diez días de retraso y me he hecho la prueba en la clínica.
-Sueles tener retrasos. ¿Por qué te has preocupado esta vez?
-No me he preocupado. Lo he hecho por simple curiosidad. No esperaba el resultado.
-Seamos sinceros, Cuddy. Ambos sabíamos que esto podía ocurrir tarde o temprano. Ninguno de los dos hemos puesto demasiado de nuestra parte...
-¡Claro que hemos puesto!
-¿Cómo? ¿Haciendo la marcha atrás cuándo se nos olvidaba el preservativo? No serás médico pero has estudiado medicina...
-¡No tengo veinte años!
-Sigues estando en edad fértil. A veces pienso que vives en un mundo de fantasía, Cuddy.
-¿Me estás culpando?
-La culpa es de los dos. Tendríamos que haber pensado un poco más con la cabeza y un poco menos con la entrepierna. Pero qué le vamos a hacer. Lo hecho, hecho está. ¿De cuántas semanas crees que estás?
-Cuatro como mucho.
-Le diré mañana a Masters que cancele la primera cita que tenga y te vea.
-No quiero que me vea Masters.
-Es mujer, os lleváis bien y es nuestra única ginecóloga.
-Ya tengo cita.
-¿Dónde?
-En Charlotte. En Garden Clinic.
-Es una clínica de terminación.
-No quiero tenerlo.
-A lo mejor deberíamos hablar del tema con más calma.
-No.
-¿Me estás diciendo que mi opinión no cuenta?
-Te estoy diciendo que no me siento con fuerzas para llevar adelante otro embarazo y para criar otro niño.
-Puedes tirarte en la cama nueve meses si quieres. Te pondré doscientas enfermeras alrededor para que no tengas que mover ni un dedo.
-House, no...
-Contrataré a quince millones de niñeras para que te ayuden con el bebé. Cuddy, no puedes tomar una decisión así en unas horas.
-Si no la tomo en unas horas, no la tomo nunca.
-Por favor. Por favor, piénsalo un poco más.
-No.
-Te lo ruego.
-El miércoles a las cinco tengo que estar allí. Si no quieres acompañarme, iré sola.
House se levantó de la silla y abandonó el local. Ella sabía que se había marchado y terminó la cena sumida en sus pensamientos. Cuando el espectáculo de luz y música hubo terminado, volvió a casa en taxi.
Nada más entrar al salón supo dónde se encontraba su marido. De la puerta cerrada del sótano salían unas notas de piano cuidadosamente elegidas. Descendió la escalera y entró en el apartamento de House. El hombre siguió tocando pero giró la cabeza al oírla entrar. Era la primera vez que lo veía llorando.
Él desvió la mirada y volvió a concentrarse en el piano. Una botella de whisky casi vacía reposaba sobre la superficie brillante.
-Te voy a odiar si lo haces, Lisa. No sabes cuanto te voy a odiar.
-Puedo irme cuando quieras-dijo ella llegando a su lado y poniendo una mano sobre su hombro.-Sólo necesito un par de maletas para meter todo lo que es mío y un taxi para llevarme a mis hijos.
-¿Tus hijos? Los hijos de cualquier otro pero no el mío. ¿Qué tengo que hacer para que me quieras de verdad?
-Esta no es una cuestión de amor, House. Sólo pretendo ser práctica.
-¿Cómo puedes ser práctica con algo así?
-¿Desde cuándo te importa tanto?
-Desde que me has dicho que estás embarazada. Desde que sé que es una realidad y no una especie de sueño abstracto.
-En unos días dejará de ser una realidad. No te involucres emocionalmente.
-Ya lo he hecho. Y lo único que deseo ahora mismo es tenerlo ya entre mis brazos y poder huir con él a un lugar donde sólo estemos nosotros dos. Mi hijo y yo.
-Qué lugar más triste.
House la tomó de la muñeca y acercó su cara al cuerpo de la mujer. Después apoyó la cabeza en su vientre y se quedó así, unido a ella, sin respirar. Cuddy podía sentir las cálidas lágrimas del hombre al que amaba a través de su blusa. Y en su corazón podía escuchar la voz de alguien desconocido pidiendo a gritos una oportunidad.
Y ese corazón que escuchaba el eco silencioso de aquellos amores que aún estaban por venir se rompió en mil pedazos. Y en cada uno de esos pedazos había un poquito de amor para ese hombre que tanto la quería, para cada uno de sus hijos, para ese hijo que aún no era nada.
Cuddy rompió a llorar y se dejó caer en el regazo de su hombre. Él la abrazó y la sujetó fuertemente contra su cuerpo.
-Yo también quiero estar en ese lugar-dijo ella, intentando secarse las lagrimas en el pecho de su marido.-Solos tú y yo. Y los niños. Todos los niños.
Aquella noche durmieron en el sótano, en la antigua guarida del viejo House. Él no fue capaz de separar sus manos del vientre plano de su esposa ni un momento y se durmió pensando que nunca había visto tanta luz dentro de su oscura cueva.
