Epílogo

Seis meses después

-¿Estás nerviosa? Hoy es el gran día.

Lanie tira los guantes de látex a la basura y la acompaño hasta su despacho, donde nos sentamos. Saca de su nevera personal una caja de bombones y abriéndolos me ofrece uno. –Comer bombones en un laboratorio forense no es ilegal –dice, guiñándome un ojo. Divertida lo acepto y antes de que cierre la caja cojo otro por mi cuenta. Ummmm, chocolate y avellanas. Y chocolate blanco y frambuesas.

-No estoy nerviosa. Creo.

-Yo lo estaría. Es el día más especial de vuestras vidas, ¿no?

-Gracias Lanie, tienes razón, estoy nerviosa.

-Bueno, al menos será algo muy íntimo.

-Sí, mucho –coincido, mirando mi reloj. Quedan pocas horas. En… espera, ¿por qué mi reloj no se mueve? -¿Qué hora es?

-Las cuatro y media…

-¡Joder! Tengo que irme, te veo esta noche, a las…

-Siete, puntual como un reloj. Bueno como el tuyo no.

-Muy graciosa –replico, antes de salir. Pero de repente Lanie me frena y me da un abrazo, que me deja sorprendida y conmovida.

-Me alegro mucho por ti, Kate.

-Gracias –sonrío -. Y gracias por aceptar la invitación, no podría hacerlo sin ti.

-No me lo perdería por nada del mundo. Aunque… no sé si después de esto voy a poder verte de la misma forma.

-Dijimos que nada de comentarios –replico, divertida, antes de marcharme.

Saltándome al menos veinte normas de tráfico llego justo a tiempo al club. Nerviosa y emocionada, muy emocionada, atravieso el pasillo hasta llegar al ascensor e introduzco mi llave –mi llave personal, obsequio de Pam como regalo de la ceremonia. Así no tendrás que depender de que Rick venga para pasarte por el club, dijo no sin antes mirar con cierto nerviosismo a mi amo, como si estuviera haciendo alguna travesura-. Cuento mentalmente las puertas de las habitaciones y al llegar a la 4 entro sin llamar. No hay nadie allí y el lugar no tiene el aspecto que me imaginaba. Ni aparatos para jugar, ni la gran cama, ni el armario que encierra los juguetes sexuales. Allí hay una bonita bañera de aspecto antigua, llena de agua con pétalos de rosas de varios colores. El vapor empaña un espejo que hay en la pared, a mi derecha. La gran cama ha sido sustituida por una más pequeña, cubierta con suaves sábanas de seda, de color rojo. Y junto a ésta, una mesita de noche con unos pocos instrumentos: una paleta de azotes, dorada con las iniciales R.C.; unos peines; una preciosa pulsera de plata; unas pinzas para pezones con forma de flor, también de plata y con cristalitos de colores que forman los pétalos y van a juego con una joya anal; algunos botes con perfumes, geles y demás productos para un baño digno de un spa; un vestido blanco, muy corto y de una tela suave y transparente; una venda y por último, una nota. Cogí esta última.

Mi querida Kate, no puedo decirte lo que me provoca el que hayas aceptado mi propuesta. Quiero que este sea el día más feliz de nuestras vidas. Aquí tienes todo lo necesario para prepararte para la ceremonia de esta noche. Ahora, ponte la venda y deja que él te cuide y te guie. Piensa que sus manos serán las mías.

Te quiere, tu amo.

¿Él te cuide y te guie? Antes me hubiera sentado a pensar y la incertidumbre se habría apoderado de mí, pero ahora no tengo miedo ni necesidad de desobedecer. La ceremonia de esta noche significará nuestra unión como amo y sumisa y con ello le entrego toda mi confianza al único merecedor de tal regalo. Con una sonrisa me pongo la venda, suave como me imaginaba y me tapo los ojos con ella. Luego digo a nadie en particular "Estoy lista".

La puerta se abre y unos pasos seguros se acercan a mí. El calor y el no saber quién va a tocarme aumentan mi excitación. Una mano masculina y caliente, que no es la de Rick, me acaricia la mejilla. Después va hasta el borde de mi camiseta y tira hacia arriba, hasta quitármela, en completo silencio. Se arrodilla delante de mí, puedo sentirlo y desabrocha el botón de mis vaqueros. Primero me quita los tacones, después desliza los pantalones por mis piernas y oigo como caen a un lado. Estoy en ropa interior ante un desconocido, indefensa y a la vez, protegida por la decisión del amo. Las manos del hombre me acarician el cuerpo, despacio, provocándome un agradable escalofrío. En mi espalda desabrocha el sujetador y éste cae al suelo. Y luego es el turno de mis bragas. Entonces estoy completamente desnuda.

-Preciosa –creo oírle decir. Me toma de la mano y me hace acostarme sobre la cama, bocabajo, con un cojín colocado de forma que mis nalgas se ofrecen para él. Respiro hondo, Rick no me contó nada sobre la preparación para la ceremonia, no dijo nada de azotes de un desconocido, pero estoy bien. Puedo manejarlo. Él cuida de mí.

El extraño pasea la paleta dorada por mi espalda, bajándola hasta llegar a mi culo y repite el proceso, una y otra vez, antes de centrarse sólo en mis nalgas, acariciándolas con la madera, pasando el instrumento por la hendidura, separando mis piernas para rozarme los labios con ella. Estoy mojada. Gimo cuando la paleta se aleja y entonces cae sobre mí, sin demasiada fuerza, pero con el suficiente arrojo para que la sienta y me caliente todo el cuerpo. Se siente muy bien…

Lentamente los golpes van cayendo, uno tras otro, no los cuento, no me importa cuántos sean, la sensación es exquisita. Pero de repente para y sustituye la madera por el tacto de su mano, que me acaricia todo el trasero, aumentando el calor. Oigo como deja la paleta a un lado y se agacha, dándome un único beso en mi hombro. Me retuerzo. Besos no.

-Tranquila, no volveré a besarte –dice tiernamente, ayudándome a levantarme. Me hace rodear la mesita, acercándome a la fuente de calor. Ahora estoy alerta, no quiero que este extraño me bese y le daré un puñetazo si vuelve a intentarlo. Los azotes me excitaban y supongo que me preparaban para lo que quiera que ocurra esta noche, pero los besos son innecesarios. No quiero besos de un extraño, sólo quiero los suyos. –Con cuidado –me indica, ayudándome a entrar en la bañera. Un extraño… tal vez, pero su voz me resulta muy familiar. Excitante, irritante y divertida.

No puedo creerlo, es él, ha vuelto.

-Ma…

-Shhh –me regaña, pinzando mis labios, con suavidad -. Llámame "señor". Siéntate, ¿el agua está demasiado caliente? ¿Fría?

-No, está perfecta –suspiro, totalmente relajada.

-Disfruta del baño –dice -. Yo me encargaré de todo, tú sólo relájate. Dice, entregándome una copa. Bebo un poco, encantada. Es nuestro vino. Me he hecho adicta a él.

-¿Cuándo has vuelto? –pregunto, sin poder evitarlo. Él no responde, empieza a lavarme el pelo, haciéndome un masaje. Bebo otro sorbo, cierro los ojos debajo de la venda, el placer me atrapa. Pero quiero que me responda. Lo hemos echado mucho de menos. Ha pasado tanto tiempo… -Ma… -me da un suave pero firme tirón de pelo, advirtiéndome –Señor –me apresuro a corregirme. -¿Cuándo has vuelto?

-Hace unos días –responde, antes de retomar su trabajo.

-¿Por qué no habías avisado?

-Quería darte una sorpresa. Tu amo me dijo que al fin teníais fecha para la ceremonia y no quería faltar. Me alegro mucho por ti, Kate. Por vosotros.

-¿Por eso me preparas?

-Rick quería alguien en quien confiase plenamente. –Después de lo que pasó hace casi un año se ha vuelto paranoico con respecto a mi seguridad, hemos llegado a tener graves discusiones sobre mi trabajo, pero ha tenido que entenderlo. Soy policía y cambiar eso sería cambiarme a mí. Entiendo que le haya pedido a él que se ocupe de la preparación, supongo que es la única persona en el mundo en quien confiaría algo tan importante. Aunque sigo sin entender por qué no me prepara él mismo. –Para tu amo es como la tradición de no ver a la novia antes de la boda –me explica, leyéndome el pensamiento. -Rick es muy especial sobre sus gustos –como si no lo supiera- no conozco a muchos amos que hagan esto antes de la ceremonia. Cada persona es un mundo… te diré que me alegro de la parte que me ha tocado.

-Yo… me alegro de que seas tú.

-Echa la cabeza hacia atrás –ordena, enjuagándome el pelo, antes de frotar sobre él algo que huele maravillosamente bien. Como a cerezas. –A tu señor le vuelve loco el olor a cerezas –comenta -. ¿Me pregunto por qué será?

Divertida lo salpico con un poco de agua, él suelta un gruñido y me responde pellizcándome un pezón, pero no duele. Es juguetón. Sigue acariciándolo mientras con la otra mano me aparta el pelo de la cara. Siento como se me endurece, gimo. -¿Vas a ponerme pinzas?

-Sí. También el plug, tu amo quiere que estés preparada.

-¿Sabes que tiene preparado para la ceremonia? –pregunto.

-No voy a decírtelo –responde -. Destrozaría la sorpresa.

-Aguafiestas –murmuro. Él se ríe y empieza a lavarme el cuerpo, frotando con ligereza por todos los rincones, sin olvidar nada. Me pide que me ponga de pie y continúa, hasta que una capa de jabón cubre toda mi piel. Satisfecho vuelve a colocarse detrás y me pasa un cepillo por el pelo, desenredando cada mechón con esmero.

-Serías un buen peluquero –sonrío. No responde, continúa y cuando termina lo oigo ponerse en pie.

-Disfruta un rato más del baño, avísame cuando el agua empiece a enfriarse.

Pensaba que iba a alejarse pero se queda a mi lado y se dedica a excitarme, acariciándome, dándome minutos de relajación y abandono para luego volver a continuar. Toca mis labios, me roza entre las piernas, pellizca mis pezones… y así continúa hasta dejarme en un estado de intensa necesidad. Pero no quiero que él me lleve al auténtico placer, ese derecho es sólo para… Espera. De repente me incorporo, él grita.

-¿Pero qué haces?

-¡No habrá una sumisa haciendo esto mismo con él, ¿verdad?!

Voy a quitarme la venda de un tirón, pero me frena, sujetándome y, sorprendentemente suelta una carcajada. –Ya decía yo que la calma no podía durar mucho contigo. Claro que no, Kate, Rick sabe que le pegarías un tiro si alguien le tocase.

-¿Seguro? –pregunto, no muy convencida. Siento su mano en mi mejilla pero la aparto de un manotazo. Su voz se vuelve grave, dura.

-Rick te respeta y te es fiel. Si no me crees dímelo y me largo, no voy a seguir perdiendo el tiempo.

Sin verlo sé que está cruzado de brazos, esperando una respuesta, su mandíbula apretada por la indignación. Pienso en Rick, en todos estos meses nunca me ha dado un solo motivo para desconfiar de él, pero no puedo evitarlo. Soy celosa. Suspirando me arrodillo como puedo en la bañera. –Lo siento, señor. –Lo oigo suspirar.

-Está bien, nena, lo entiendo. Vamos, ven –me ayuda a incorporarme y me deja de pie, completamente empapada. Se aleja y vuelve con una toalla, esponjosa y empieza a secarme. Cuando sus manos van a parar a mi entrepierna no puedo evitar respingar. A pesar de los últimos minutos el baño me ha dejado muy relajada y sensible.

-Listo –anuncia -. Ahora… sí, tenemos tiempo de sobra. –Me pregunto que toca ahora.

-¿Puedo quitarme la venda?

-No, nena. No lo estropees –me pide -. No voy a decirte que voy a hacer, no necesitas saberlo. Sólo avísame si te hago daño y entonces pararé, ¿de acuerdo?

-Está bien –susurro, no quiero volver a estropearlo. De repente frunzo el ceño. -¿Me has llamado nena? –pongo las manos en las caderas, haciéndolo reír.

-Te azoto el culo, te desnudo como si fueras una muñeca pero a ti sólo te molesta que te llame nena. Rick no sabe lo que hace tomándote –comenta y recibe de mi parte otro manotazo que creo va a parar a su pecho. El señor suelta un gruñido. –Creo que vamos a atar esas manos para evitar más problemas.

Dicho y hecho, en un minuto tengo las manos atadas a la espalda y algo frío al tacto enroscándose en mi pezón. La pinza. Ah… Le da una vuelta al tornillo, dos, tres… aprieta más y más hasta que empieza a doler de verdad. Aprieto los puños. Entonces para. –Aguántalo un minuto –dice y tomo aire, asintiendo, contando mentalmente los segundos. Y cuando pasan, él afloja la pinza, sólo una vuelta, pero lo suficiente para que sea mucho más soportable… aunque lo siga sintiendo a cada respiración. –Siguiente pezón –Y repite el proceso.

Siento los pechos llenos, tensos y cargados, me duelen y cada chispa de dolor va a hasta mi clítoris y mi vagina. Él los manosea y tira de las pinzas, no me da tregua, hasta que todo mi cuerpo suplica por sexo. –Bien –murmura -. Ya casi estás.

Me lleva hasta la cama y con delicadeza me hace arrodillarme, casi pierdo el equilibrio por culpa de mis manos atadas. –Voy a desatarte –dice -. Si me pegas otra vez, te ato las manos al pelo –añade.

-Empezabas a gustarme –espeto. Pero no le ofende ni quiero hacerlo. Él sabe que lo aprecio. Mucho. A pesar de que no esté de acuerdo con lo que ha hecho.

Cuando me suelta me hace agachar los hombros, hasta que estos tocan la seda y tengo que apoyar la mejilla en la cama. Las pinzas me dan pellizcos y protesto, pero él me recoloca con cuidado. -¿Mejor?

-Sí, gracias. –Un segundo. Silencio. Dos segundos… -señor –añado.

No responde, acaricia mis labios con algo frío, metálico. El dilatador. Abro la boca y lo lubrico con mi saliva, él me hace lamerlo, jugar con el plug entre mis labios, con mi lengua. Eso hace que sea aún más consciente de las pinzas en mis pezones. Gimo y se aleja.

Ahora la joya anal recorre la línea que separa mis nalgas, una, dos, tres veces, hasta detenerla justo sobre mi ano. Matt separa las mejillas y empuja unos milímetros la punta del tapón. Me tenso. Esto sólo lo he hecho con Rick.

-Mis manos son las suyas –dice en voz baja, calmándome. Con una sigue empujando despacio el plug mientras que con la otra me acaricia la zona azotada con la pala. El vino, la venda, la sensualidad de este momento me relajan y disfruto muchísimo cuando la joya queda en su sitio. Suspiro. Él me da una palmada juguetona y me dice que me eche de lado. Siento su peso junto a mí y después algo presiona sobre mi boca. Una fresa. –Abre –dice.

Obedezco y muerdo la fruta. Me encantan las fresas, forman parte de muchos de nuestros juegos desde aquella vez en el restaurante. Matt me alimenta, alternando las fresas con mousse de chocolate y más vino. Entonces siento como deja caer unas gotas de vino sobre mi pezón y se inclina para lamerlas. Mis pechos ya están muy sensibles por las pinzas y eso me hace sollozar. Ríe sobre mi pecho y me acaricia, antes de apartarse.

-Rick es afortunado –murmura.

-Pam también lo sería… si tú se lo permitieses –respondo.

-Ya hemos hablado de eso.

-Ma…

-Kate, no me obligues a amordazarte –me avisa y cierro la boca, pero de mala gana. Él trata de apaciguarme –Hoy es tu día, disfrútalo.

-Está bien… pero no voy a olvidar el tema.

-Lo sé –suspira.

No sé cuánto tiempo hemos estado aquí, pero al poco tiempo, después de más caricias y más vino, me hace levantarme y me pone el fino vestido, quitándome primero el plug y después, con cuidado las pinzas. Aprieto las manos, aún no me he acostumbrado al dolor inicial que dejan tras quitarse. Luego me pone la pulsera. –Muy bien –murmura, rozando mis pechos con suavidad. Estás preciosa. ¿Lista para verte?

Asiento, ansiosa y él me quita la venda. Me lleva de la mano hasta un espejo y disfruto del resultado. Ligeramente ruborizada por el vino y el calor del baño y sus caricias y con ese precioso vestido que lo insinúa todo, me siento como una sacerdotisa egipcia. De la pulsera cuelgan dos letras, una R y una K. Es su regalo para la ceremonia, espero que a él le guste el mío. Matt me ha dejado el cabello suelto y estoy descalza. Con una barra de labios me da el último toque, sin ponerme ni una gota más de maquillaje. –Es la hora –me dice -¿Preparada?

-Sí.

Me toma de la mano y caminamos despacio por los pasillos del club, hasta llegar a una puerta cerrada. Oigo murmullos y risas en el interior. Matt me acaricia la mejilla, me siento temblar por la anticipación: -¿Vamos allá?

Tomo aire y lo suelto lentamente, antes de clavar mis ojos en los suyos -Vamos.

La sala es sencillamente preciosa. Tenuemente iluminada con velas blancas y rojas, huele a cuero y a mar. El aroma me transporta a nuestra noche en Los Hamptons. Agradezco esos pequeños detalles que me recuerdan nuestros días. Es sorprendente como ni siquiera ha pasado un año desde que nos conocimos y aun así estamos aquí, listos para declararnos como una pareja formal de amo y sumisa. Matt me lleva lentamente hasta el centro de la sala. Los murmullos han desaparecido. Nerviosa, pero radiante en la cara miro hacia nuestros escasos invitados: Lanie y Pam, que me miran con una sonrisa idéntica, Ryan que parece a punto de desmayarse y Victoria Gates, que está vestida con un traje negro de cuero y me mira con diversión, como si dijera ¡ya te lo dije! No hemos invitado a Esposito, ni Rick ni yo creíamos que fuera una buena idea y lo hablé con él. Javier prácticamente me abrazó, aliviado de no tener que acudir a esto. Así que solo son cinco invitados.

Y en el centro, esperando con los brazos en la espalda, sin camisa y sólo con unos pantalones negros, elegantes y sexis, está él. Mi amo. Excitada por lo guapo que está y por lo que estamos a punto de hacer, me centro en su rostro. Está feliz. Como nunca antes lo había visto. Y orgulloso.

Matt me deja con él y se echa a un lado, colocándose junto a Ryan. Pam aprieta los labios, pero no dice nada. Sé que esto es difícil para ella. Para los dos. Pero se ha comprometido a ignorarlo y no estropearnos el día.

Rick me acaricia, mirándome de arriba abajo.

-Estás preciosa. Eres preciosa.

-Gracias –sonrío. Él entrecierra los ojos; suelto una risita –Amo –añado. A nuestro alrededor los demás ríen, salvo Ryan que sé que quiere salir de ahí corriendo. Esto debe ser tan incómodo… Rick lo mira y de buen humor comenta:

-Ryan… ¿por qué no subes y te tomas unas copas? Te avisaremos cuando acabe la ceremonia y empiece la fiesta.

-¿De verdad? ¿No os importa? –Me mira a mí, quien señalo la puerta con la cabeza:

-Anda, vete.

-Gracias –y se larga, sin pensarlo un segundo. Mi amo me entrelaza sus dedos con los míos y me dirige hacia unas columnas con cadenas. Despacio, me rodea, dándome un beso en la nuca, antes de volver a quedar frente a mí.

-¿Estás lista para someterte a mí delante de nuestros amigos?

-Sí, amo.

Sonríe y ladea la cabeza, mirando a nuestros invitados. -¿Lanie? ¿Seguro que quieres quedarte?

-Alguien tendrá que matarte si te pasas de la raya.

Pam y Gates sueltan una carcajada. Rick entrecierra los ojos, pero no dice nada, vuelve a centrarse en mí.

Lleva sus manos hasta el final de mi vestido y despacio lo desliza por mil, hasta quitármelo. Aspira y cierra los ojos, disfrutando del aroma. –No creo que pueda cansarme nunca de tu perfume –dice en voz baja, sólo para mí.

Ahora estoy completamente desnuda. Todos permanecen en silencio. Las manos del amo adoran mi cuerpo, lentas, acariciando cada centímetro de piel. Mis pezones, sensibles después de los cuidados de Matt, se endurecen bajo sus dedos. Un delicioso escalofrío me recorre cuando acuna mi sexo, rozando el clítoris con el pulgar. Entreabro mis labios, un sonido bajo y sexy invade la habitación. –Alza los brazos –me ordena. Los ata por encima de mi cabeza, el suave plumón me hace cosquillas en las muñecas. Estoy de espaldas al resto. Ahora sus dedos bajan por mi espalda, erizándome la piel; al llegar a mi trasero aprieta mis nalgas; me entrego a sus manos.

Pero algo cambia. Ya no me acaricia él, sino que lo hacen unas tiras de cuero muy suaves. Y entonces las tiras se separan de mí y vuelven, rápidas, empezando a caer una y otra vez por mi espalda, mi culo y mis muslos. Primero es suave pero poco a poco el ritmo crece y empieza a doler. Doler en serio. Él nota mi incomodidad y aligera:

-Déjate llevar, pequeña. Entrégate a las sensaciones.

Y continúa. Sé lo que quiere. Llevarme de nuevo al subspace. Ese lugar en el que soy totalmente libre, dónde sólo hay placer. Me abandono al ritmo de los golpes, el dolor de nuevo aumentando, pero ahora sólo tengo que aceptarlo.

-Eso es –me anima -. No luches. Siéntelo.

No lucho y todo se hace diferente. La vista se me nubla y sólo soy consciente del flogger acariciando mi piel, del calor que deja y sobre todo, de su voz.

-Kate.

El cuero deja paso a sus dedos de nuevo. Noto sus labios pegados a mi piel, me sujeta por la cintura, con una mano, mientras la otra baja hasta mis muslos. –Lo estás haciendo muy bien –dice, admirado -. Gracias por confiarme tu dolor y tu placer. –Lento un dedo me penetra por detrás, luego dos.

-Amo…

Se aparta un momento y lo oigo desnudarse. Noto su erección entre mis nalgas

-Mía -susurra antes de penetrarme, lento. Ambos gemimos y todo a mí alrededor desaparece. No soy consciente de quien está allí, de quienes miran este acto tan íntimo. Sólo puedo pensar en él empujando dentro de mí, en mi calor envolviéndolo. Volviéndolo loco.

-Mía… -repite –mía…

Es como un cántico. Y tiene razón. Me siento suya. Fui suya en el momento en el que me sujetó de la muñeca en la sala de interrogatorios. El día en que lloré cuando me puso sobre sus rodillas y me sentí incapaz de complacerlo. El día en que follamos por primera vez y el primer día que hicimos el amor. Suya el día en que aquel loco quiso destruirme y no se lo permití. Soy suya ahora mientras dejo que me posea delante de nuestros amigos. Soy suya. Porque sé que él, es mío. Siempre.

-Dame todo tu placer –dice en mi oído, empujándose contra mí. Y esta vez no se mueve. Se queda quieto, mientras el orgasmo nos atrapa. Mi nombre vuelve a escapar de sus labios, mientras su miembro se vacía, dentro de mí. Nadie habla. Su respiración y la mía son el único sonido que se oye en la habitación. –Eres única –murmura antes de separarse de mí. Suelto un gemido de descontento al sentirme vacía sin él. Lo oigo reír.

Me suelta y me lleva en brazos hasta un sillón. Alguien le tiende una manta y me envuelve en ella, la piel me hormiguea. –Bebé –ordena, acercando una taza a mis labios. Chocolate caliente.

Oigo a los demás hablar, mientras Rick me atiende. –Están esperando –digo, tras un rato. Él se encoge de hombros.

-No hay prisas.

-Quiero hacerlo ahora –respondo sobre su pecho. Él acepta y me ayuda a ponerme en pie. Nos reunimos con los otros, Lanie y Matt levan dos cajitas en las manos. Mi amiga tiene lágrimas en los ojos y está ligeramente ruborizada.

El amo me mira y habla, sus ojos también humedecidos:

-Kate, cuando te conocí sólo quería someterte, disfrutar de tu cuerpo, tu belleza, ser sólo tu amo y tu amigo. Pero me atrapaste. No esperaba volver a enamorarme, creía que sólo hay un verdadero amor para cada persona… y me equivoqué. Te conocí a fondo, en todos los sentidos –añade, con humor, haciéndome reír –y me cautivaste. Por tu valentía, tu fuerza y la magia que encierras. Me has atrapado y quiero ser tuyo. Ser tu amigo, tu amo y también tu amante. Tu refugio. Prometo cuidarte y empujar tus límites respetando tus miedos. Prometo ponerte siempre por delante de todo. Prometo no rendirme nunca y darte fuerzas si alguna vez pierdes las tuyas. Prometo estar aquí para ti, amarte y hacerte feliz de la manera que los dos queremos. Creciendo juntos, como pareja y como amo y sumisa. ¿Quieres llevar mi collar?

Aunque tengo los ojos llenos de lágrimas, consigo que mi voz suene estable:

-Amo… Rick –añado –no quería aceptar lo que sentía, ni lo que era. Tenía miedo y podrías haberme presionado, pero me diste el tiempo que necesitaba para aceptarme tal como soy. Y entonces lo entendí. Entendí que soy tuya porque quiero serlo. Me entrego completamente a ti, para cuidarte, hacerte feliz y… desobedecer tus órdenes mil veces… -ahora es su turno de reírse- crecer contigo como mujer y como sumisa. Confío en ti y prometo entregarte mi confianza, mi cuerpo y mi amor cada día. Quiero llevar tu collar. Siempre.

Rick echa mi cabello a un lado y me coloca el collar. No puedo reprimir mis ganas de tocarlo, emocionada. Él me mira, feliz y me echo a sus brazos. –Te quiero –digo sólo para él y me aprieta aún más fuerte entre sus brazos.

Nuestros amigos aplauden y sonríen. Matt reparte copas de champán y Pam me entrega mi vestido, para cubrirme antes de que entre Ryan. Niego, volviéndome hacia mi amo, que me mira con curiosidad.

-Gracias por la pulsera, es preciosa.

-De nada –responde.

-Yo también tengo un regalo para ti –añado. Lanie se acerca, con la cajita. De allí saco un bolígrafo, con sus iniciales en dorado. Rick arquea una ceja. – ¿Quieres escribir sobre mi piel? -le digo seductora y a la vez enigmática. No sé si lo recuerda, pero él asiente, con entusiasmo. Mientras los demás hablan, alegres, Rick se arrodilla detrás de mí y escribe en la parte más baja de mi espalda. Sólo una palabra. Luego posa un beso allí y se levanta.

-¿Qué has escrito? –pregunto y él niega.

-Adivínalo. Y si fallas… -no termina la frase, sólo arquea las cejas, haciéndome una invitación.

-Ummm –murmuro, rodeando su cuello con mis brazos -… a lo mejor no quiero acertar.

-Ummm, ¿un misterio que la inspectora Beckett no quiere descubrir?

-Tengo toda la vida para descubrirlo.

-Y yo toda la vida para escribirte.

FIN


Gracias por seguir esta historia, por halagarla, por criticarla, por disfrutarla... Gracias.
PD: recuerdo que no ha acabado del todo... Pam y Matt siguen por ahí y estos dos, también.
Besos a todos :)