A las que aparecen, a las que desaparecen, a las vacacionistas y las que se quedan. A las de duro trabajo y a las de ocio interminable. A las de cuerpo enfermo y a las de vigor. A las que sufren y a las que nada las toca. A mis bellas cortesanas de siempre. No sé cuántas son, ¿son un buen número? ¿Son un mal número? Jajajaj… son personas, eso son: personas. ¿Puedo pedir un favor? ¿Escribirían su nombre? No necesito que me digan algo sobre la historia, no soy adepta a recibir halagos, ya se sabe. Nada más quiero leer nombres, así que no se hagan tanto las duras.

Vamos con otro capítulo, más corto esta vez. Ya se van cayendo las máscaras poco a poco; lo que no me gustaría es que se infarten o desestabilicen: falta tanta pasión que deben estar preparadas.

Me encanta que me cuenten cosas, ¿de qué trabajas, Ikuga? (si te afecta el corazón, ¡dejalo!)

MaraJ, sentí tus palabras como ese viento refrescante que aparece al final de un día húmedo y caluroso. ¿No se siente alivio bajo las ropas? ¿No se siente bien? Ah… me encantaría hablar tantas cosas con ustedes, pero sé que no me van a responder…

¿Qué importa que no seas buena con las palabras, Mara? No tenés que serlo, yo no tengo varas juzgadoras, y las pocas que tuve las quemé hace mucho tiempo. ¡Se consumieron en un santiamén!

Otra cosa es lo que importa, otras sensaciones y deseos.

Te devuelvo el abrazo con fuerza, y si no tenés tiempo, yo igual sigo acá. No digo que esta historia va a ser eterna, porque sería imposible, pero siempre voy a estar por ahí con mis palabras escritas.

Fuegos de verano, fuegos de chicharras.


New York, cinco años atrás

—Apresúrate, ¿sí? —jadeaba Rachel, toqueteando ansiosa el brazo de Kurt.

El chico se giró para mirarla furioso y rápidamente regresó la vista a la calle.

—¡Ya deja de golpearme el brazo! ¡Estoy conduciendo!

—¡Y yo estoy histérica, Kurt! ¡Qué quieres que haga!

Aquél movió la cabeza, apesadumbrado. Desde el día anterior había hecho un trabajo minucioso en atemperar el ánimo de su amiga, al tiempo que se mentalizaba que esa mañana sería el que la llevaría, por varias razones: Rachel lo necesitaba, no podría conducir, porque estaría con los nervios de punta, y representaba al grupo. Él se había designado como acompañante y había pedido el día libre en su trabajo.

Sin dudas las que más lo sobrellevaban eran Shelby y su hija mayor, pero sus amigos lo sentían por igual, y por esa razón se cargaron la responsabilidad de contener a Rachel durante esas dos largas semanas concluyentes.

Por otro lado, bajo el punto de vista de Kurt, que también era el general, apoyado por la calma resolutiva de Shelby, lo que acontecía no merecía tal carga sentimental por parte de Rachel. Sin embargo ella era así, tan dramática y expresiva como la misma existencia. Y él la comprendía, para eso era su amigo.

—Ya muñeca. Tranquilízate, por favor. Todo estará bien —murmuró él suavemente.

Rachel asintió calladamente, y bajó del todo la ventanilla de su Volvo. El viento de esa mañana soleada le dio de lleno en el rostro húmedo; cerró los ojos y se recostó en el asiento.

Kurt había insistido en llevarla, como si ella fuera una inútil que no pudiera valerse por sí misma… y en realidad así se sentía. Estaban camino al kínder de Beth: allí la estarían esperando su madre y el maestro de su hermana para la última reunión antes de las vacaciones de verano. Esa mañana era de trascendental importancia, porque se esperaba un diagnóstico decisivo para la pequeña, respecto de una dificultad persistente en la asimilación de contenidos que comenzó a revelarse durante la mitad de ese año.

Estaban en el siglo XXI, con avances asombrosos en el campo de la medicina y técnicas de aprendizaje, no era el fin del mundo. Beth era absolutamente normal… pero incluso sabiéndolo le costaba aceptarlo. Y esa negación no ayudaba en nada a la relación con su madre, obstaculizando el progreso conseguido en aquellos meses. Las dos adultas parecían ir por carriles diferentes.

Rachel resopló con fuerza.

—Tendrías que haberlos escuchado —murmuraba con la voz entrecortada—. Hablando de diferentes test, de futuros estudios neurológicos para descartar otros trastornos más severos, de integradoras, tratamientos, de psicopedagogas… y la maldita institución nos deja solas. ¡No se hace cargo de nada! ¡Infames!

Kurt dibujó una mueca y se secó el sudor de la frente. La calle comenzaba a ser un horno, y dentro de ese cacharro se asaban lentamente.

—Es lógico, Rachel. Podrá haber adelantos en la educación, pero los presupuestos se los gastan en pornografía y prostitutas —dijo duramente, mordiéndose la lengua después—. De todos modos no tienes que ahogarte en un vaso con agua. Los estudios de los que hablas son normales, cariño. Beth es pura luz y está perfecta. Yo lo sé, tú lo sabes. Punto.

Que su amigo la apoyara en su incipiente lucha contra el sistema educativo, la tranquilizaba un poco. Si se lo planteaba a su madre, las dos terminaban trenzándose en una discusión que no tenía fin, porque Rachel lo único que deseaba era tirar abajo la puerta de cualquier alcalde, senador o quien fuera para exponer la problemática que se les venía encima.

Con un gruñido frustrado, se acomodó atrás del cinturón de seguridad y elevó las piernas sobre la butaca.

—Lo más probable es que Beth tenga dislexia… y tengo miedo —masculló como hablando para ella misma. No obstante el otro la escuchó, y rápidamente atrapó una de sus manos y la entrelazó con la suya.

—Levanta la cabeza, estrella. Su madre, su hermana y abuelos van a garantizarle todo lo que necesite, y nosotros estaremos ahí para ustedes, como siempre ha sido.

Rachel suspiró y apretó esa mano hermana. A Beth no le faltaría nada, jamás.


Ese miércoles algo nublado y bastante frío, bien entrada la mañana, Quinn se sonreía desde su lugar al lado de Rachel en el asiento del copiloto. No tenía idea dónde se dirigían, no lo había preguntado y no le importaba realmente, solo quería estar con ella y se lo había dejado claro. Sí admitía que la hora la había sorprendido; no pensó en que ya desde temprano tendría a esa mujer solo para ella, antes que el mentecato de Peals.

¿Qué pasaba con los ensayos?

Rachel también sonreía aunque no lo quisiera admitir. No veía sus ojos ocultos por las gafas oscuras, pero sí sus apetecibles labios, y ellos le decían muchas cosas. Esa boca junto a sus hermosas pupilas, el día anterior habían hecho el mejor dúo cada vez que mencionaba sus tatuajes. Aquéllos le imprimían una intensa curiosidad.

No le pidió volver a verlos, por supuesto, pero la sola mención de su espalda la dejaba en un apriete y le pintaba el rostro entero de un delicioso rubor. Sus expresiones no dejaban de fascinarla. Era adorable.

Si bien Quinn había estado dispuesta a compartir pieles, también la había respetado en su determinación. A ella tampoco le hacía muy bien sentir que había cosas qué resolver mientras daba rienda suelta a sus pasiones… entonces había hablado: le había contado de sus últimos días en Tokio, de su tristeza y decisiones.

Estampar en el cuerpo todas las imágenes que había guardado su alma era imposible, así que se había llevado una simbología única y representativa en un watatsumi, el magnífico dragón dios de los océanos, que tenía la capacidad de convertirse en humano a su antojo, haciendo una analogía de ella misma transformada, convertida para siempre en esas tierras.

La concepción de ese dibujo había terminado de ser tan controversial como su estadía. El tradicional artista la obligaba a permanecer más tiempo del que tenía, así que prácticamente había rogado para que realizara todo el lineado del dibujo y se dedicara únicamente al arte de la cabeza. Sus días ya estaban contados.

Nunca supo en verdad cómo había logrado convencer el fuerte temperamento del japonés, pero así había sido. Con esa excepcional guía de lujo lo había completado bastante tiempo después, en California. Tardó mucho en elegir quién lo continuaría; no iba a entregarse a cualquiera... En definitiva, todo lo que comenzó allí, se vio fuertemente obligada, por convicción, a seguirlo en la parte del mundo al que pertenecía, más allá del vacío que la embargó los primeros tiempos.

Y Rachel había suspirado soñadora al escucharla, y a Rachel le habían brillado los ojos y la había mirado como mira ella, tan intensamente, tan tímidamente que cautivaba. Ah… pero ahora no se veían sus ojos oscuros, protegidos por gruesas pestañas.

Sin quitar su sonrisa maliciosa, se acomodó mejor de lado para observarla.

—Deja de mirarme así —murmuró Rachel, mordiéndose el labio inferior.

—¿Cómo te miro? —Quinn se hizo la desentendida, pero cargó su voz de una sugestiva cadencia.

—Así… con esa mirada que tienes —bufó.

La otra se quitó sus gafas y le sonrió ampliamente.

—Está bien, ¿prefieres que te mire así?

Dedicándole un breve y severo gesto, Rachel negó con la cabeza.

—No, es peor.

—Bueno, lo lamento. Te observo como se debe observar a Rachel Berry. Estás hermosa.

—Por favor, no seas así —rogó aquélla, moviendo los hombros para relajarse. Quinn se lo complicaba y nada más requería de un par de palabras.

—¿No me dirás nada a mi? —bromeó, acariciándose la lana del sweater negro que llevaba.

—No…

—Qué pena, porque me estoy esforzando para no sentir que estoy haciendo bobadas de adolescente por Rachel Berry.

Una ola de calor invadió el pecho de la que conducía y la divisó colgarse las gafas del cuello en v de su prenda. Ella también se veía hermosa, relajada, radiante… ¿esos sentimientos despertaba en Quinn? Era sorprendente, y por ello inmediatamente se hizo cargo de sus palabras: Rachel estaba a punto de cometer un acto que quizás le costara caro.

—Nunca maduraste, Fabray. Y yo… no estoy diferente —confesó en un murmullo.

—Me alegra saberlo —respondió de igual manera ella, decidiendo elevar una mano para rozarle algunos mechones de cabello que caían por su hombro.

Rachel emitió un chasquido y Quinn retiró sus dedos con un resoplido.

—Qué odiosa eres.

La actriz finalmente lanzó una pequeña carcajada, y con un ademán atrapó esa mano y la llevó a su muslo para que descansara allí, en tanto la acariciaba con la suya.

La intimidad las envolvió a ambas rápidamente.

—No soy odiosa, simplemente me distraes.

Más conforme, Quinn abrió la palma e intentó sentir la piel debajo de la tela del jean. Ese lugar era mejor que su hombro.

Rachel no logró reprimir una mueca preocupada. Su destino se acercaba y Quinn continuaba indiferente al final de ese recorrido.

—¿No me preguntarás dónde vamos, ni por qué no voy al teatro?

—¿Por qué debería hacerlo? No hace falta y ya me lo dirás. Donde me lleves estará bien —contestó simplemente, cerrando los ojos ante las caricias.

—Solo espero que no me odies —expresó Rachel con un nudo en el estómago.

—Eso sería imposible —espetó extrañada—. En este momento lo único que quiero hacer es volver a besarte.

Instantáneamente, los dedos de Rachel cesaron las caricias y tomaron con más firmeza el volante.

—Eres una aprovechadora.

Quinn abrió sus párpados para disfrutar de la visión nerviosa a su lado. Con una risa juguetona también decidió liberar su muslo; no quería distraerla más.

—Ha pasado mucho tiempo, no me juzgues.

—Diantres, Quinn, ¡basta de hablar así! —balbuceó.

Quinn sonrió y fijó la vista en el exterior.

—Son tus labios, no soy yo —reafirmó.

Rachel se quejó y le iba a responder, pero el sonido de su móvil lo evitó: tenía que atender. Nunca lo hacía conduciendo, mas ese día era la excepción. Podría ser importante. Lo agarró de arriba de la guantera y se fijó quién era.

—¿Qué haces? —empezaba a amonestarla su copiloto.

—Atiende y pon el altavoz, por favor —pidió con una media sonrisa, arrojándole el móvil.

Con un poco de torpeza Quinn hizo lo que le pedía y lo elevó.

—Fran, buenos días.

Hola Rach, ¿cómo estás?

—Conduciendo y no puedo detenerme.

Ah… lo siento, pero es urgente.

—Descuida, estás en altavoz.

Bien, hablaré rápido. Ha surgido algo fuera de agenda: mañana a las cuatro tienen que hacer una breve participación con Paolo en Dancing with the stars.

—¡Qué! —soltó Rachel con una mueca—. Dime que bromeas...

No, y ya está todo arreglado. No puedes decir que no. Un poco de juego con el presentador y ya. El programa será grabado.

—Televisión no, por favor. ¡No es mi ambiente!

Lo sé, pero es lo mejor que te puede pasar ahora. Recuerda los rumores de que te estás yendo del off. Aparte me atreví a llamar a Paolo y le encanta.

Rachel largó el aire con un resoplido.

—Argentino traicionero —masculló colérica—. Me estoy yendo, ¿eh? ¡Quién lo ha dicho!

Bueno, no podemos hacer nada con los chismes. Convocarán a los principales de los futuros estrenos de comedia musical durante las próximas dos semanas.

—¿Y no podemos ir la semana entrante? —sugirió esperanzada; al día siguiente tendría que ver a Matthew, y su jornada se convertiría en un endemoniado estrés.

Me temo que no. De hecho, hoy por la tarde tendrás que reunirte con los productores.

Quinn escuchaba muy interesada la conversación, alejando y acercando el móvil según lo movimientos de la conductora, que si volvía a hacer una brusca cabeceada estaba dispuesta a concluir esa llamada.

—¡Ya, está bien! —claudicó—. Imagino que habrás arreglado con Michel.

También está complacido.

—¡Desde cuándo tan interesado en esas cosas! Bastardo farandulero —exclamó, causando la risa de su representante—. Ayer nos atrapó para una entrevista gráfica.

Lo sé. Eso se llama negocios, y tú allí no entras. ¿Cuento contigo?

—Sí —afirmó rezongando.

Bien. Estamos en contacto, cariño. Adiós.

Rachel casi ni se despidió que Quinn ya devolvía el aparato a su lugar. ¿Qué decirle? La enorgullecía, pero no conseguía obviar aquello que sucedería después.

—Es bueno para la obra y para ti. Tiene razón tu representante —expresó aquélla.

—Sí, es solo que… ¡Diablos! —susurró Rachel, aminorando la velocidad para aparcar. Se tomó unos minutos para controlar su respiración y sostuvo la mirada absorta de la mujer a su lado.

—Parece que mañana es el día.

—No —contradijo vacilante la actriz, desajustándose el cinturón para girar levemente y elevar una mano a la mejilla de Quinn—. El día es hoy.

Los ojos verdes se agrandaron, confusos.

—Tu palma está helada y húmeda. ¿Qué pasa?

—Bajemos —exigió la otra rápidamente, tomando el bolso del asiento trasero. Bajó antes que Quinn y al hacerlo, aun a esa distancia, el establecimiento frente a ella pareció crecer exorbitantemente, hasta cernírsele sobre su cabeza. Los padres ya estaban aglomerándose en la entrada.

Consciente del estado de Rachel, Quinn bajó veloz. Ambas cruzaron la calle y se detuvieron un poco alejadas de la pequeña multitud reunida en la acera de una escuela. ¿Qué hacían en una escuela? La escrutó impaciente. Demonios, quería ver sus ojos pero se dejaba puestas las gafas.

—¿Me dirás por qué de pronto estás así? Si es por lo de mañana…

—No, no es por mañana —negó categóricamente ella, despejando su rostro por fin. Una borrasca se formaba en sus profundidades—. Mañana se puede ir al infierno.

—Bien, mañana se va al infierno, ¿pero qué te pasa hoy? —exasperada se cruzó de brazos, frunciendo el ceño.

—¿No me odiarás?

—¡No te odiaré por nada del mundo! ¡No seas chiquilla!

Rachel tragó saliva visiblemente.

—Este edificio… —señaló con la cabeza— es la preparatoria de Beth.

Las mandíbulas de Quinn cayeron dramáticamente, levantó la vista y quedó perpleja…