Ranma ½ no me pertenece.

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Advertencia: Errar es humano, perdonar es divino, repetir es de asnos. ¿Quién es peor, el que comete el error, o el que insiste en cometerlo con alevosía? Desde que el mundo es mundo que el humano ha venido inspirándose en la naturaleza y sus propias acciones para crear historias que le permita inmortalizar aquellas impresiones que dejaron cicatrices en su alma, y que para bien o para mal, se convirtieron en parte de su ser y de toda una comunidad que aprendió y creció de las experiencias del pasado. Ahora, todo esto está muy bonito, ¿pero hasta cuándo se seguirán inspirando como dicen en obras de otros, copiándolas línea por línea, idea por idea, para después adjudicarse el crédito sin siquiera tener la molestia de explicar que su único trabajo fue cambiar un nombre aquí o el orden de un suceso allá?

Tanto se ha hablado de los plagios, y de que inspirarse de una telenovela, transcribiendo todo lo que sucede y solo cambiando los nombres, e incluso, usando la definición de OoC como si fuera una etiqueta común, cuando en realidad tener personajes OoC debiera ser una crítica negativa en sí misma, porque siquiera lo intentaron o directamente copiaron personajes a los que les pusieron una máscara (y una pésima de esas de goma comprada a los chinos) de Ranma y Akane, es algo malo.

Malo, pésimo, poco honesto, flojo y… sí, como no escarmientan, son asnos.

¿Sabían que en mi país un parlamentario pagó millones del fisco por una supuesta asesoría que resultó ser seis páginas, portada incluida, y copiada de una página escolar de monografías?

Lo siento, pero no hay nada que moleste más a los escritores, que sangran y se matan por crear algo original y divertido, que la existencia de susodichos autores que se adjudican el crédito de algo que no fue ni su idea, ni su trabajo, ni siquiera su edición, que siendo plagio y todo, ni el trabajo de colocar un condenado tilde se molestan.

No sean asnos. Sí, me dirijo a los asnos. Y sí, los asnos que leen esto y se sienten identificado. E insisto, los asnos sabrán que son asnos, porque nadie plagia por accidente.

Al resto, gracias por leer hasta aquí y espero disfruten del capítulo de hoy.

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Fantasy Fiction Estudios presenta:

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¿Qué es el ser humano?... Apenas un manojo de hierbas arrancado y arrojado al viento.

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S & S Detectives

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Por el futuro de una nación

Parte 36

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La mano de Ranma apretó la katana hasta que la empuñadura crujió, sus dientes chirriaron, no encontrando palabras que pudieran expresar sus sentimientos. Más allá de las palabras y sus sentimientos, dos guerreros que se entendieron a través de sus espadas. Ellos eran las armas, los kusanagi, las katanas afiladas de los primigenios.

Sus cuerpos nacieron con las alteraciones genéticas creadas por el primigenio Susanoo, usando las células del cadáver de la serpiente de las muchas cabezas, Yig, padre de las serpientes, o como fue conocido en la mitología japonesa, el temido Yamata-no-Orochi. Haciéndolos más rápidos, más fuertes, más astutos, más diestros, más resistentes, más útiles para la batalla y programados para cumplir únicamente su misión.

Porque los dioses no eran tales, sino criaturas primigenias que luchaban por el control, en una batalla milenaria en la que usaban a sus juguetes los humanos solo por necesidad, ya que de otra manera los considerarían menos que simples bacterias. Estos seres fueron sellados por una fuerza arcana ya olvidada, un poder que los desafió y derrotó parcialmente, y por ello no podían en la actualidad influir directamente en la Tierra ni destruirla a su antojo. Este planeta era su dominio pero también su prisión, siendo aislados del resto del cosmos y condenados a dormitar, hasta que pudieran encontrar un final a la eternidad.

Mientras, los que sufrían eran los humanos, los actuales y todas las anteriores iteraciones de humanidades que hubieron existido en los millones de años de historia de este planeta prisión. Desde los tiempos de las primeras bestias gigantes, las que ya fueron usadas para luchar entre sí por el capricho de los primigenios, que todavía encadenados y con sus abominables cuerpos dormidos, seguían usando sus artes superiores para dominar, conquistar y luchar egoístamente entre ellos por cada fracción de este mundo, buscando cada uno por separado una manera de liberarse del sello arcano, trazando planes indescriptibles a lo largo de miles de eras. Nuestro mayor peligro, porque el pleno despertar de tan solo uno de ellos podría significar la destrucción completa de este mundo.

Tarde o temprano sucedería, no había que engañarse creyéndonos capaces de detenerlos, esta humanidad acabaría como muchas otras antes. El despertar de un primigenio era un hecho que podría suceder ahora, en un año, en diez, en cien, o en un par de milenios.

El momento del fin era una cuestión del azar…

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En la batalla de los pacientes primigenios, usando a los insignificantes humanos para expandir su dominio sobre los otros, muchos grupos secretos fueron levantados, otros destruidos, como piezas del juego que eran fácilmente sacrificables para ganar espacio en el tablero de la partida eterna. Algunos grupos conocían la verdad, otros fueron engañados, unos los veneraban, otros los despreciaban y luchaban en su contra, sin saber que inútilmente servían a otro de los primigenios en la batalla.

¿Qué es la vida del ser humano?... Apenas un manojo de hierbas cortado y arrastrado por el viento, perdido y olvidado en la inmensidad de una tormenta.

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—Ya lo sabes —dijo Takamori Saigo, de pie ante Ranma con el agua corriendo entre sus rodillas—. Es lo que eres, lo que somos, no importa lo que hagamos por navegar contra el destino, solo conseguiremos ser aplastado por sus furiosas olas, y por el capricho vengativo de los señores del cosmos, dueños de este mundo.

—Debe ser una maldita broma…

Ranma desvió la mirada cerrando los labios. Takamori alzó el rostro mirando hacia el cielo, imaginando que más allá de la inmensidad azul esperaba una eternidad oscura y fría, llena de los horrores más inimaginables y colosales, capaces de destruir su consciencia con solo intentar comprenderlos, o con tan solo conocer sus nombres impronunciables. Verdades que eran mejor guardarse, para no contagiar a otros con la inestabilidad de la mente contra la que su voluntad a duras penas conseguía luchar.

—Lo mismo me dije mucho tiempo atrás —suspiró dejando caer los hombros—. Pero la única verdad es que ahora somos enemigos. Yo soy el traidor, para una o para la otra diosa, a ambas les di la espalda creyendo hacer mi propia voluntad. He asesinado a sus seguidores, he alterado sus planes, creía que acabándolos a todos ya no tendrían herramientas para influenciar en nuestra nación… Fui tan ingenuo, tan estúpido, que mi orgullo duele. No comprendía entonces la verdadera escala de este conflicto y lo insignificante que era en la batalla. Mis acciones no tendrán ningún valor y la historia me olvidará para siempre. Tarde o temprano no solo Japón, toda la humanidad perecerá como un simple peón en el tablero, sin importancia, la pieza con el mínimo poder en todo el juego. ¿Habré ganado diez o cien años de vida para los seres humanos? Al final, es el único consuelo que me queda, creer que he demorado lo inevitable. No, quizás no he conseguido nada. Ahora, enfrento mi suerte ante ti, Ranma Saotome, kusanagi de Amaterasu, mi destino.

—Yo… no… —Ranma dudó—. ¡Maldición! No me importa nada de eso del destino o de ser un kusanagi.

Saigo hizo una triste sonrisa.

—Tus sentimientos no importan, Ranma. Lo comprendí ese día, hace años, cuando tuve el deber de asesinar a tu madre y a ti. ¿Sabes por qué no lo hice?

Ranma guardó silencio. Se le revolvía el estómago de solo pensar en su madre… y ese sujeto, que algo hubo entre ellos y por eso él seguía con vida. No quería deberle nada, menos tenerlo cerca de su madre, ¡no al maldito que intentó asesinar a Akane!

—Tú… —tragó con dificultad, pero ya no era un niño para tapar el sol con un dedo—, ¿tú la amabas? ¿A…? ¿A mi…?

—Sí —respondió, firme, seguro y con una mirada altiva, llena de orgullo—. Yo la amé, no, aún amo a esa tonta mujer. Pero esa no fue la razón por la que les perdoné la vida.

Ranma sintió que su estómago se revolvía otra vez ante la idea de que su madre estuviera enamorada de un hombre distinto a su padre… Aunque imaginarla enamorada de su padre también le era desagradable. Sacudió la cabeza, eso no era lo importante.

—¿Por qué lo hiciste entonces? —preguntó Ranma, respirando agitado igual que su rival, tratando de usar ese momento para reponer las fuerzas—. ¿Ahora resulta que tú eres el bueno en esta estúpida historia?

Takamori contuvo su agitada respiración y estalló en una oscura carcajada, una risa larga llena de ironía, desahogando el dolor y la frustración acumulada durante su vida miserable.

—¿Bueno? —repitió la palabra con una pregunta, pasándose la mano por el rostro, limpiándose un poco la sangre y el lodo de sus labios y rostro—. Eres demasiado ingenuo para tu propio bien. La bondad no es un rasgo que debe poseer un kusanagi. ¡Somos armas, nada más que espadas!... Katanas malditas por la eternidad.

—No lo entiendo, ¿por qué? —insistió Ranma, confundido a la vez que impaciente por tratar de comprender a ese demente—. ¿Por qué no me mataste entonces?

—Para mantener el equilibrio, para prorrogar lo inevitable, ¿para rebelarme quizás? —respondió Saigo—, No, nada de eso, la verdad es más cruda de lo que yo mismo pude soportar. Creí obedecer Amaterasu y destruí a los Okami. Luego obedeciéndola, siguiendo sus caprichosas maquinaciones, me infiltré en las filas del Ishin Shishi, el que se suponía era el nuevo juguete de Izanami. Antes eran hombres con ideales, ahora solo son un grupo político con aires místicos, que terminaron creyendo que el enaltecimiento de Japón pasaba por eliminar la influencia de Amaterasu sobre nosotros. Creyeron una verdad a medias, que es tan o más dañino que creer en una mentira. Mi objetivo era ganar su confianza como asesino, el trabajo de encontrar a Happosai por el que acompañé a Nodoka siguiendo la pista de tu padre, fue el que me hizo conseguir escalar puestos en el interior hasta convertirme en lo que soy ahora, el jefe máximo de las operaciones tácticas del grupo. Hay otros por encima de mí, políticos sin nombre, generales en las sombras, hombres de negocios que mueven económicamente los recursos del Ishin Shishi desde la era Meiji. Una maquinaria que ganó poder e influencias, como siempre sucede cuando son el juguete predilecto de una diosa. Como lo fueron los Okami una vez antes de caer en desgracia.

—Te infiltraste para destruirlos, pero han pasado los años y ellos existen y tú los sigues liderando —dijo Ranma, confundido, forzando una sonrisa burlesca—. No me digas, ¿también traicionaste a Amaterasu y te uniste finalmente a ellos?

—No, no me he unido a nadie —dijo Saigo—. Durante el viaje con Nodoka no sabía lo que ella realmente era. La señora Jimbo lo descubrió primero, después, mucho después, lo resolví. La señora Jimbo lo ocultó porque trataba de protegerla… de mí, del asesino de los Okami. Ahora que sabes lo que era tu madre y lo que tú eres, comprenderás que ella era mi objetivo desde antes del Ishin Shishi.

—Y nos perdonaste la vida.

—¡Era una maldita trampa! —exclamó Saigo—. Todo era un juego, todo sobre la guerra de las diosas… Porque no hay tales diosas.

—Pero, dijiste que… ¿Ahora no hay diosas? —Ranma bufó—. ¡Decídete de una maldita vez!

La risa de Takamori era demencial, cubriéndose el rostro con una mano echó la cabeza atrás, las carcajadas parecían ser el anuncio del último fragmento de su mente racional estrellándose contra un piso, despedazándose como un frágil cristal.

—¡Todo fue para nada!

Ranma sintió repentinamente un escalofrío recorrer su cuerpo, como si algo frío reptara por el interior de sus venas y se aferrara con uñas y dientes a su alma, lastimándolo. Sus piernas flaquearon y cayó sobre una rodilla, hundiéndose en el agua hasta la cintura, aferrado con ambas manos de la katana. Era una voz, autoritaria y que lastimaba su cerebro, le hacía doler la cabeza y parecía bullir de cada célula de su cuerpo.

Mátalo, ¡mátalo ahora, mi fiel kusanagi! Es un traidor, no es un auténtico kusanagi. Es hijo de los Okami, debe ser destruido.

—¿Qué demonios?

Yo te hice, eres mi obra, ¡yo te hice y debes obedecerme!

—Argh… ¡No! ¡Cállate!

Ranma soltó la katana y se cogió la cabeza con ambas manos. Escuchaba una voz, pero lo más extraño es que sentía que no estaba dirigida hacia él. Como si por accidente pudiera escucharla también.

¡Mátalo! ¡La muerte es el regalo para mis enemigos! Te daré una oportunidad más en mi infinita misericordia, ¡mata a la hija de los Okami y a su bastardo, el kusanagi! O te reemplazaré, ya tengo a tu ejecutor si no me obedeces, a muchos más después de ti. ¡Mata ya al hijo de la Okami! Sé mi kataba, sé mi mano de muerte sobre mi enemigo.

—¿La muerte? —preguntó el joven Ranma al escuchar la voz.

Lo entendió, lo comprendió todo, esa voz que nunca cesaba de hablar, que enloquecía hasta perder el alma, no era para él. Esa voz estaba dirigida a Takamori Saigo. Y algo en la cabeza de Ranma se abrió, como si hubiera tenido acceso a un recuerdo olvidado.

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Como un resplandor su mente revivió uno a uno los fragmentos de lo sucedido durante su vida. Desde los primeros recuerdos entrenando con su padre, la aparición de su madre, las dulces palabras de la señora Jimbo y el acoso constante de sus tías de la okiya, su entrenamiento viajando por Japón junto a su madre, los diferentes maestros que le enseñaron el arte, su estancia en China y el estricto entrenamiento de la anciana Cologne, el reencuentro con su padre Genma tiempo después de volver a Japón y sus días aprendiendo los secretos del maestro Happosai, soportando sus locuras hasta terminar desafiándolo a un duelo que por gracia de la fortuna consiguió superar, quedando oficialmente libre de ser el heredero del clan de criminales para siempre. Luego por consejo de su madre entró en la JSDF donde conoció a Ryoga. También recordó el momento en que ambos se toparon con una tímida y algo romántica chica llamada Akari y todo lo que tuvo que hacer, hasta la locura, para que Ryoga y Akari se declararan sus sentimientos… Pero en cada uno de sus recuerdos las mismas palabras se repetían como una clave, dichas por alguien más. No importando los años o lugar que los distanciara, todas las palabras formaban un todo, un compendio cuya información hizo que la jaqueca le arrancara lágrimas de dolor. Luego vinieron otras imágenes, de otros tiempos, guerreros, espadachines, lanceros, pistoleros, señores o campesinos convertidos en héroes o asesinos, todos ellos cumpliendo un único propósito, el de matar. Formando entre todos las leyes que los guiaban, el deseo de combatir y la ansiedad por despedazar al enemigo, que no se podía interpretar con sus propias palabras, pero sí comprender solo por él, solo por una espada creada genéticamente por el arte de Susanoo. Era la verdad de la que tanto hablaba Saigo, la que siempre estuvo escrita como un código en sus células, en sus genes.

La verdad de lo que ellos eran, no lo que creían ser. El significado y la realidad de ser un kusanagi, y de lo que realmente era Takamori Saigo.

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Ranma parpadeó. No fueron más que unos segundos, pero para él fue un viaje que duró una eternidad. Al alzar el rostro, Saigo terminaba recién de reír. Al mirarse, ambos comprendieron que ya todo estaba dicho. Ambos sabían la verdad.

La verdad que podría enloquecer al más racional de los hombres.

—Ahora lo comprendes —dijo Saigo—. Está escrito en nuestras células, en nuestras neuronas, como un código programado antes del primer recuerdo de nuestras mentes, acumulando el conocimiento de todos los kusanagi del pasado. Estoy seguro que no es algo que la diosa planeó que supiéramos, pero que de alguna manera era imposible de ocultar al crearnos como somos: mutantes, humanos alterados genéticamente para cumplir con un propósito.

—Lo que soy, un kusanagi —repitió Ranma poniéndose de pie—. Es una maldita pesadilla.

—Lo sé —dijo Saigo—. ¿Cuántas generaciones habrán pasado, reuniendo un trozo de información a la vez, acumulándolo, para que nosotros armáramos hoy el rompecabezas? Ahora lo sabes, y también comprendes la razón por la que te perdoné la vida a ti y a tu tonta madre ese día. Porque ese día lo entendí al verte. Eras tú el único capaz de entenderme.

—Todo era una mentira —repitió Ranma—, una estúpida mentira.

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Continuará

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Nota de autor:

Hoy estoy corto de tiempo, pero no puedo dejar de agradecerles a todos por leer hasta aquí, muy en especial a Rokumon, Denisse, mi linda esposita Randuril, Paulayjoaqui, y Jessica.

Nos leemos mañana con más impactantes revelaciones que lo cambiarán todo.

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Noham Theonaus

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