Capítulo 52

"El Adoratorio de Atena"

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Talina miró impotente el derrumbamiento de la torre a la distancia y se preguntó atormentada si Eudoxia y las demás lo habrían logrado.

Se aproximó presurosa hasta Nahír y los soldados gemelos, encargándoles llevar a sus compañeros a los cuarteles del adoratorio para tratar sus heridas y algunos traumas que pudieran tener en el cuello producto del estrangulamiento. Por último, se ocupó de los pequeños Santos que habían venido de polizones, Aioros había conseguido reanimar a Shura con ayuda del anciano doctor del adoratorio, antiguo guerrero de la Orden, que ahora se dedicaba a cuidar de sus compañeros y sus más pequeñas dolencias; a pesar de su mal carácter.

Cuando la amazona se colocó junto a ellos, el galeno estaba en medio de uno de sus relatos, escuchado distraídamente por Aioros a quien solo le preocupaba las enormes cantidades de agua que el hombre vertía en empapadas compresas sobre la frente de Shura, quien parecía haberse metido a una ducha, sus cortos cabellos color verde bosque se pegaban a su frente.

-Entonces la abuela de aquel infeliz sufrió un infarto, y le tuve que revisar el corazón- relataba el viejecillo con voz aguda, sin prestar atención alguna al niño al que atendía, totalmente hecho una sopa.

-¿Latía?- inquirió Aioros educadamente.

-La tía no idiota, ¡la abuela!- contestó exasperado el anciano médico.

-Quise decir que si el corazón de la abuela aún latía

-¿Eh? Oh no. La muy cascarrabias ya se había ido al otro barrio. Sin duda que deseaba hacerlo… Sí, señor. Con esos diablos por familia, claro que ni siquiera les importó…- el sujeto decidió que Shura estaba lo suficientemente mojado y guardó las compresas en un pequeño bote de cristal que guardó en su maletín, del que extrajo un estetoscopio que se acomodó al cuello, incorporándose farfulló- … Todo el asunto fue tan frustrante hijo, que cuando regresé aquí; en el reporte final indiqué que desperdiciar tiempo y soldados en ésa misión había sido tan inútil como dispararle a un muerto- concluyó malhumorado, y se retiró para tratar a los guerreros griegos a los que estaban transportando en camillas con rumbo al adoratorio.

Aioros ayudó a Shura a levantarse, al chiquillo le escurría agua por las orejas. Dándose cuenta de la proximidad de Talina, ambos se le quedaron viendo.

-Iré a ver qué ha sucedido con los demás, ruega a Atena porque ése torbellino de Géminis esté allí también- avisó.

-Claro. No te preocupes- Aioros exprimía los cabellos de Shura, quien se enjugaba la frente y la cara con su camisita. –Nosotros iremos al adoratorio. Ten cuidado y suerte- le deseó a la guerrera.

Ella asintió, y echando una ojeada a la plaza, llena de muertos, heridos y flores regadas por los derribados carros alegóricos; Talina aligeró el paso, y subiéndose a los tejados, arrancó a correr rumbo al lugar en donde antes se alzaba la torre de Azím.

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Vittoria se rebulló debajo de Eudoxia y haciendo un enorme esfuerzo salió de debajo de su cuerpo, su máscara ocultaba su semblante pero evidentemente, estaba inconsciente.

-¡EUDOXIA! ¡EUDOXIA!

Mirtha dio con ellas en medio de aquella polvareda y escombros, el niño en sus brazos se rebatió para bajar; la amazona se lo permitió ya que ansiaba comprobar los signos vitales de su compañera.

El niño llegó junto a Vittoria y la abrazó angustiado, el rostro de ella, totalmente cubierto por el polvo color arena aún brillaba gracias a sus inmensos ojos grises. Su compañero rió divertido ante la cara espolvoreada de su amiga.

Poco después llegó Saga y con él, el resto de las amazonas con los niños.

El Santo de Géminis se arrodilló juntó a la pequeña encarnación de Niké y, con el reverso de su camisa, le limpió la cara y le desempolvó el lustroso cabello, cuyo resplandor granate volvió a ser el de siempre.

-¿Est-? ¿Está…?- las guerreras querían y no querían preguntar a Mirtha como se encontraba su amiga.

Mirtha las miró sonriente, y para transmitir su sensación de alivio, suspiró.

-Solo está inconsciente y tiene algunos raspones, pero está bien.

Todas dejaron escapar sonoras respiraciones de alivio, Saga acarició las cabezas de sus dos nuevos compañeros.

-Bien, iremos enseguida al adoratorio. Seguramente los demás nos estarán aguardando allí. Obviamente nos llevaremos a la niña pelirroja y al niño moreno con nosotras, pero los demás-

Mirtha se interrumpió consternada y las demás también prestaron atención a aquel extraño sonido.

Exclamaciones ahogadas y jadeos de dolor se escuchaban del otro lado de la calle, invisible en aquel momento debido a la apretada nube de polvo que todavía inundaba los escombros. Las amazonas bajaron a los pequeños y los colocaron detrás de ellas. Saga se posicionó protectoramente frente a Vittoria y al futuro Aldebarán.

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La silueta oscura de un hombre reclinado no tardó en recortarse contra el polvo, y se hizo evidente la figura de otro sujeto sobre el piso, luchando desesperadamente por incorporarse.

Mirtha y otra amazona se aproximaron lentamente, sin bajar la guardia.

El polvo poco a poco se fue difuminando hasta que reveló a alguien que de un modo u otro, conocían.

-¡Azím!- vociferó Saga, en su voz sólo el horror era más grande que el asombro, pues el apuesto traficante tenía acogotado al posadero del "Dragón Azul", y era claro que no tenía intención alguna de aflojar su mortal agarre. A su lado, yacía una de las mujeres más bonitas que Saga había visto nunca, su larga mata de pelo negro desparramada por las piedras semejaba un desordenado río de ónice que corría pintorescamente por la calle; pero lo que más impresionó a Saga fue su inalterable expresión de paz, dibujada en su rostro manchado de sangre.

Azím en cambio, tenía fuertemente agarrado al posadero mientras ardientes lágrimas corrían por sus morenas y curtidas mejillas, perdiéndose en su espesa y bien recortada barba; a su lado descansaban destrozados dos instrumentos musicales que Saga jamás había visto.

Mirtha se vio obligada a intervenir cuando el rostro de Yusuf se estaba poniendo del mismo tono azulino del mar Negro, corrió hacia Azím y con un florete de sus expertas manos, retiró las del mercader del cuello de su enemigo

-Quítate mujer.

-Lo haría, éste hombre me desagrada tanto como a ti- Mirtha empezó a sospechar que la detención de sus compañeros en la posada no había sido cosa casual, igual que la explosión de la torre, cuyos escombros los rodeaban en montículos de roca y demás desechos de construcción.- Pero no puedo permitir un homicidio en mi presencia, y si eres de ésta ciudad, seguro lo comprendes.

Azím miró su plateada máscara como si fuera a escupirle de un momento a otro.

La otra amazona se acercó a él y procuró susurrarle amablemente, pues era indudable que el joven turco estaba pasando por un traumático momento, ni siquiera traía turbante. Sus cabellos cortos, del color del ala del cuervo, estaban despeinados y cubiertos de polvo.

-Tenemos que llevarte a ti y a éste individuo al adoratorio. Me gustaría que no te resistieras.

-Quisiera ocuparme de ella antes- señaló a la mujer, tendida sin vida, a su lado. Su tono de voz era tan bajo que Saga tuvo que hacer un esfuerzo para poder escucharlo, y tan lastimero que humedeció los ojos de Vittoria y Aldebarán

-¿Qué garantía tengo de que no escaparás?

-Ninguna mujer, solamente puedo darte mi palabra.

-Lo siento. No es suficiente.

-¿Es suficiente decirte que ésta mujer a mi lado lo era todo para mí? ¿y que con ella en la otra vida ya no hay nada que me impulse a escapar de la sentencia por mis actos?

-Déjalo Mirtha- intervino Saga, Aldebarán caminaba a su lado, su mirada afable y cristalina se trabó un momento en las delicadas pestañas de la difunta.- Le creo.

-Yo no puedo Saga- le contestó ella con su voz musical. Al mirar el gesto apesumbrado y desesperanzado de Azím, modificó su veredicto.- Pero si lo deseas tanto, yo y tres de mis hermanas te acompañaremos en su sepultura. Luego vendrás con nosotras.

Azím asintió sin siquiera levantar la mirada, tomó a Yazmina con delicadeza del suelo y echó a andar con lentitud por una de las calles.

Mirtha hizo señal al resto de sus compañeras para que también se llevasen a Yusuf, y se marchó con las otras, siguiendo a Azím.

Alegres pero cabizbajas, las amazonas cargaron a Eudoxia y se llevaron a los niños de allí, todos rumbo al adoratorio, cerca de Santa Sofía.

No pasó mucho tiempo hasta que se toparon con Talina y le contaron lo sucedido, ella accedió a volver con ellos, caminando por las calles y embelesada, como todos, por la chiquilla de ojos grises y cabello rojo. La amazona la llevaba de la mano mientras hablaba con Saga, contándose mutuamente sus impresiones.

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-¿Crees que haya expiación? Para Azím, quiero decir.

-Si él quiere Saga, tal vez Atena se lo conceda. Ya sabes que con nadie es a la fuerza.

-Sí entiendo, como la historia de la mujer y las monedas ¿no?

-¿Qué historia?

-Su Santidad nos la contó a Aioros y a mí una vez en el patio de juegos.

-Oh…-Talina casi nunca visitaba ése patio, ella no era guardiana de un Santo. Le alegraban el día más triste y los conocía; pero no tenía ninguna razón para ir demasiado seguido a aquel patio.

-Te cuento, te cuento- Saga casi saltó, pues las historias del patriarca eran una de las pocas cosas a las que invertía toda su atención en memorizar. El papa les había contado pese relato sentado bajo la sombra de una higuera mientras el bebé Sin Nombre dormía en su regazo.

-¿Qué mujer que tenga 10 monedas y llega a perder una sola, no enciende un candil y barre la casa, y busca con cuidado hasta que la halla?

Y cuando la ha encontrado ¿no convoca a los amigos y las vecinas y les dice: -Alegraos conmigo porque he encontrado la moneda que había perdido- ? Os digo que la misma alegría reina en el corazón de nuestra diosa por un solo culpable de injuriar a otros, que se arrepiente.

¡Fin de la historia!

-Eso no me sonó a historia Saga- replicó Talina.

-¿Entonces qué es?

-Solamente una enseñanza.

-Como sea, ahora que la has oído ¿qué piensas de Azím?

-Mmm- la guerrera se lo pensó un momento antes de responder con otra enseñanza, sacada de los gruesos pergaminos de la biblioteca en el Santuario, donde ella misma había pasado largas horas en su adolescencia, cuando era una joven amazona.- Afortunado aquel que soporta la tentación y la adversidad, porque una vez probado recibirá la corona del cosmo eterno.

-¿Y eso qué significa?

-Mi respuesta.

-¡Talina!

-Cuando crezcas un poco más, la entenderás Saga. Te lo prometo.

Saga dejó de imprecar cuando divisaron el adoratorio.

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Donde los miembros de la Orden guerrera y amazona en Estambul vivían era en realidad una serie de edificios que ocupaban toda la cuadra, y en lugar de seguir la arquitectura de villa griega como la vivienda del Patriarca en el Santuario, con sus patios exteriores, los suelos de mármol pulido, los muebles al aire libre para que el viento corriera entre las enormes columnas; el adoratorio era más como una villa romana. Es decir, tenía un gran patio central con una enorme fuente que representaba la efigie de su diosa y de cuyas sandalias fluía el agua hasta el estanque lleno de lirios y demás plantas acuáticas, en cuyo fondo descansaban blancos y brillantes guijarros que otorgaba argentina luminosidad a las aguas; alrededor del patio estaban las habitaciones, el comedor, la cocina, el umbral hacia el gimnasio, otro que conducía al huerto y sobretodo, se alzaba el decorado marco de cantera tallada a mano hacia el verdadero Adoratorio de Atena.

Los Adoratorios de cada ciudad se caracterizaban por tres cosas: tenían dos entradas, una para el público y otra que venía desde los cuarteles. La segunda es que estaban atestados de cosas, la mayoría adornos propios de la región que los mismos lugareños colocaban allí como forma de alabanza a su diosa; y la última era que, guardados en inmensos arcones griegos estaban los pergaminos que guardaban los registros de cada ciudad desde que la Orden llegó allí. Junto con las historias de las antiguas generaciones y cantatas de longevos Santos que habían logrado plasmar alguna que otra enseñanza en los amarillentos pergaminos, barnizados constantemente para que aguantasen el peso de los años.

El Adoratorio en Estambul estaba atiborrado de lujosos tapices de Persia y alfombrillas de hilos dorados que marcaban el camino central hasta la estatua principal, una réplica de unos 3 metros de la Gran Estatua de Piedra de Atena en el Santuario de Grecia. Su expresión seguía siendo tan hermosa como los guerreros griegos recordaban, y la sentían incluso más cercana que la monumental estatua a la que oraban cada noche de vuelta en casa. Sin embargo, sin saber porqué, seguían prefiriendo la original; como si su desmesurado tamaño hiciese parecer a su diosa aún más radiante y tal vez porque, la primera vez que se dieron cuenta de la grandeza de la Diosa de la Guerra y la Sabiduría, fue cuando miraron aquella imponente estatua desde la lejanía en el día y su protectora sombra en la noche.

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Después de presentar sus respetos en el adoratorio, el médico se llevó a los heridos a las habitaciones y Nahír y el resto de sus compañeros ofrecieron a sus invitados un lugar en el patio.

Estaban en esto cuando Saga, Vittoria y el futuro Aldebarán se encontraron con Aioros y Shura.