(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)

Capitulo 44.

El rey. A Candy el corazón le dio un vuelco y luego se le encogió. Sintió molestias en cada una de las pequeñas cicatrices que tenia en la mano. De complexión descomunal, el soberano caminaba hacia ellos a grandes zancadas por un pasillo que se empequeñecía por momentos. Sus ojos se encontraron, y a la muchacha la recorrió un escalofrió. Albert se detuvo en seco e hizo una profunda reverencia.

Despacio, temerosa de acabar colgando de una soga a pesar d todo, Candy se inclino a su vez. El rey la miro con sus ojos férreos. A la muchacha se le erizo el vello. Comprendió que la estaba escudriñando, que buscaba en su interior. Sabia que algo iba mal, que algo se cocía en el castillo… y que ese algo guardaba relación con ella. Candy y Candy se irguieron y se hicieron a un lado.

El rey se volvió a mirarla cuando paso por su lado. ¿Podía leerle el pensamiento? ¿Sabia que Neil era capaz de abrir puertas, portales reales, a otros mundos? ¿Era consiente de que, aunque la magia estaba prohibida, las marcas del Wyrd poseían la suya propia? Cuan inmenso seria el poder del rey i aprendiera a invocar demonios con el ridderak.

Los ojos del soberano albergaban una oscuridad fría y extraña, como materia interestelar. ¿Podía un solo hombre destruir todo un mundo? ¿Tan insaciable era su ambición? Candy casi alcanzaba a oír el fragor de la batalla. El rey volvió a mirar el pasillo que se extendía ante el.

Algo peligroso se agazapaba en el interior del monarca. Desprendía el mismo aliento de muerte que había notado frente al vacío negro invocado por Neil. Era el hedor de otro mundo, un mundo muerto. ¿Qué se proponía Elena al pedirle que se acercara a el?

Candy consiguió reanudar la marcha, un paso y luego otro, cada vez mas lejos del rey. Su mirada se había perdido en la distancia, y aunque no miro a Albert, noto que la estaba observando. Afortunadamente, el capitán no pronuncio palabra. Era agradable estar con alguien que te comprendía.

Albert tampoco dijo nada cuando Candy se mantuvo pegada a el durante el resto del trayecto.

El capitán de la guardia se paseaba por su habitación, concluida la lección de Candy y la comida posterior. Estaba libre hasta la hora del entrenamiento vespertino con los otros capeones. Releyó el informe que había encontrado a su llegada, en el que se detallaban los pormenores del viaje del rey, y lo estrujo. ¿Por qué el rey había regresado solo? Y, aun mas importante, ¿Cómo era posible que toda una compañía hubiera muerto? El informe no aclaraba adonde había ido. Había mencionado las montañas Colmillo Blanco, pero… ¿Por qué todos habían perdido la vida?

El rey había dado a entender que unos rebeldes habían envenenado las provisiones, pro el relato había sido lo bastante vago como para pensar que la verdad se ocultaba en otra parte. Quizá se había ahorrado los detalles para no preocupar a la reina Eleonor. Ahora bien, Albert era el capitán de la guardia. Si el soberano no confiaba en el…

El reloj dio las horas. Pobre Candy. ¿Se habría dado cuenta de que se comportaba como un animalillo asustado en presencia del rey? Albert había estado a punto de darle unas palmaditas en la espalda. Y el efecto que el rey le provocaba s había prolongado mucho después del encuentro. Durante la comida, aun seguía distante.

Era una campeona fantástica, tan rápida que a el mismo le costaba estar a su altura. Escalaba muros con facilidad e incluso había trepado el balcón de sus aposentos con las manos desnudas. Sus habilidades lo torturaban, sobre todo cuando recordaba que solo tenía dieciocho años. Se pregunto si ya habría sido así antes de su paso por Endovier. Cuando se enfrentaban a duelo, jamás titubeaba, aunque parecía retirarse a los más profundo de si misma, donde cabían la calma y el hielo, pero también la rabia y el fuego. Era capaz de matar a cualquiera, Neil incluido, en cuestión de segundos.

Ahora bien, si llegaba a ser campeona, ¿Cómo iban a dejarla en libertad por Erilea? Albert le tenía cariño, pero no creía que pudiera volver a dormir tranquilo sabiendo que había entrenado y liberado a la asesina mas peligrosa del mundo. Si ganaba, tendría que quedarse cuatro años allí.

¿Qué habría pensado el rey cuando los había visto juntos, bromeando? No creía que hubiera sido eso lo que le había llevado a ocultarle la verdad acerca de los que sucedió a sus hombres. No; el rey no concedía importancia a ese tipo de cosas, máxime cuando Candy podía convertirse muy pronto en su campeona.

Albert se froto el hombro. Parecía tan pequeña cuando se había cruzado con el rey…

El monarca no había vuelto cambiado del viaje; se mostraba tan brusco con el capitán de su guardia como de costumbre. Sin embargo, su súbita desaparición, su regreso completamente solo… algo se estaba cociendo y el soberano había viajado para remover el caldero. De algún modo, Candy también lo había advertido.

El capitán de la guardia se apoyo en la pared y se quedo mirando al techo. No debería inmiscuirse en los asuntos del rey. En aquellos momentos, debía centrarse en resolver el asesinato de los campeones y asegurarse de que Candy ganara el torneo. No solo estaba en juego el orgullo de Terry; la muchacha no sobreviviría otro año en Endovier.

Albert sonrió con desgana. La asesina había suscitado infinidad de habladurías en los pocos meses que llevaban en el castillo. No podía ni imaginar lo que sucedería a lo largo de los cuatro años siguientes.