Nota: Este capie no tiene lemon pero tiene las secuelas del mismo. Además es cursi y no aporta nada a la historia. Si son de mentes sensibles a estos temas, pueden saltárselo sin ningún problema.
Capítulo 50: Praotes (Terneza)
Poco a poco recuperó la conciencia.
Durante unos segundos todo pareció normal. Aquella era una madrugada más en el Santuario.
Desafortunadamente, al estirar los músculos de su cuello para despertarlos, un punzante dolor cruzó de su espalda baja hasta su nuca, provocándole escalofríos. Maldijo en voz alta y, cuando cambió de posición esperando aminorar el malestar, lo único que consiguió fue empeorar la situación.
Abrió los ojos y lo primero que reconoció fue la cabeza de Kanon recostada sobre su abdomen.
Quiso insultarle pero no se atrevió a abrir la boca, temiendo que cualquier movimiento le provocara una nueva oleada de dolor.
Se planteó el quedarse en esa posición hasta que su cuerpo se recuperara pero con el paso de los minutos se dio cuenta de que eso no sería posible. Su estómago comenzó a hacer ruidos extraños y para la media hora se dio cuenta de que ya había comenzado a digerirse a sí mismo.
El cuerpo le dolía horrores pero de ningún modo podría evitar el hambre que llevaba arrastrando desde la noche anterior.
Se tomó unos segundos para mentalizarse y, una vez que se armó de suficiente valor, se quitó a Kanon de encima y puso un pie fuera de la cama.
El mayor alcanzó a murmurar algo entre sueños pero Milo no le prestó atención. Estaba demasiado ocupado estrellándose contra el suelo. Su temerario pie derecho se resbaló en el frío suelo de piedra y sus debilitadas rodillas fallaron en mantenerse lo suficientemente firmes como para evitar que todo su peso se rindiera ante la gravedad.
Por unos segundos, mientras una extraña sustancia escurría entre sus muslos, Milo creyó que se desmayaría.
-"Dhuine!"- Susurró con el poco aire que quedaba en sus pulmones.
Una vez más el deseo de quedarse ahí por el resto de la mañana asaltó su mente pero, de nuevo, su estómago gruñó y le obligó a ponerse de pie.
Recargándose entre el colchón y las paredes, logró encontrar su ropa interior y sus pantalones y, después de batallar con ellos por un rato, estuvo lo suficientemente decente como para entrar a la cocina.
Al llegar ahí se dirigió inmediatamente a la alacena y sacó un bote con avena. La sirvió en el primer plato limpio que encontró y después buscó el mostrador en el que dejaban la leche.
-"No… ¿esto también?"
Sintió su párpado inferior temblar por el estrés. ¡Kanon se había terminado la leche!
¡Otra vez!
Frustrado, tomó un vaso y una pesada jarra de agua simple y, renuente a buscar otra solución al problema de su hambre, comenzó a tragar enormes cucharadas de avena cruda que alcanzaba a pasarse con largos sorbos de agua.
Le preocupó el hecho de que el sabor no le pareciera tan malo pero era demasiado tarde para eso. Tal vez dentro de un par de horas vomitaría la forzada mezcla pero al menos serviría para calmar sus entrañas por un rato.
Comenzaba a sentirse satisfecho cuando Kanon le alcanzó en el comedor. Éste le observó desde la puerta de la cocina por un buen rato. Milo no alzó la vista. De haberlo hecho se hubiera reído por la cara de desconcierto del recién llegado.
-"Hay latas de sopa en la alacena."
Declaró con desagrado pero Milo sólo se alzó de hombros, aún encontrando cierto gusto en su desayuno (comenzaba a preguntarse por qué se molestó en cocer la avena por tantos años).
-"Tenía demasiada hambre."
-"Sí. Ya vi."- Se rascó la cabeza y se sentó a su lado. –"¿Todo bien?"
-"¡Por supuesto!"- Exclamó. –"Me encanta sentirme como si me hubieran partido en dos."
-"Ya…"- Movió su silla para acercársele hasta que pudo recargar su frente en su hombro. –"Cada vez duele menos."
Milo rió con nerviosismo trenzado con incredulidad.
-"Estás pendejo si crees que va a volver a pasar."- Sus palabras fueron pronunciadas mientras le daba una última cucharada a su plato por lo que Kanon no las entendió. No había diferencia. De cualquier forma no le hubiera creído.
El mismo Milo no lo hizo.
-"Te va a doler la panza."
-"Créeme que esa va a ser la menor de mis preocupaciones."- Bajó la mirada. –"Mi trasero está todo pegajoso."
-"Si…"- Sonrió mientras miraba hacia arriba. –"Tenemos que recordar no regresar ese aceite a la cocina."
-"Descuida, estoy sospechando que nunca más volveré a comer aceite de oliva."
-"Está bien."- Declaró, besándole en la cabeza. –"Podemos comprar de maíz."
-"Encima de que me traumas de por vida, todavía te atreves a hacerte el gracioso."
-"Eres un exagerado."- Se cruzó de brazos. –"Dices que no eres mujer pero te quejas más que una."- Milo quiso comentar que al menos las mujeres tenían orificios diseñados para hacer lo que hicieron la noche anterior pero no consideró que fuese un buen tema de sobremesa. –"Anda, mejor vete a bañar. Te sentirás mejor."
-"En un rato."- Dejó caer su cabeza en la mesa y cerró los ojos. –"Creo que volveré a dormir."
Kanon sonrió, esperando aquella respuesta. Se puso de pie y tomó al menor entre sus brazos, alzándolo de su asiento mientras éste comenzaba a gritar cosas inteligibles en un tono extremadamente agudo.
-"¿Ves? Hasta gritas como nena. Debería de comprarte un vestido."
Milo siguió reclamándole y exigiéndole que lo dejara en el piso pero Kanon sólo reía mientras repetía una y otra vez "¿Qué dices? No entiendo una sola palabra."
Para cuando llegaron al baño, Milo estaba tan cansado que permitió que le dejaran sobre uno de los bancos de la habitación.
Kanon caminó hacia a pileta de agua caliente y abrió la llave. Usualmente eran las doncellas las que preparaban el baño pero era demasiado temprano para sus visitas diarias. Esperó con paciencia en el borde de la artesa a que ésta se llenara pero Milo no compartió su tranquilidad.
-"Abre la fría también. Deja que se mezclen. Ya te he dicho que tienes que abrir las dos."
-"Y yo ya te he dicho que me gusta bañarme con agua caliente. Es bueno para relajarse."
Milo puso los ojos en blanco y exhaló mientras echaba su espalda hacia atrás.
-"Esa no es agua caliente. Es agua hirviendo. Un día te vas a cocer y todos de comeremos en estofado."
-"Les daré indigestión entonces."- Entrecerró los ojos pero aceptó darle la victoria a Milo. Tenía que aceptar que lo mejor para los músculos inflamados era el agua fría así que, renuente, abrió la segunda llave y permitió que se mezclaran en la tercera tinaja. Cuando estuvo satisfecho con la temperatura miró al otro con expectativa pero éste no parecía tener muchas ganas de meterse al agua. –"¿Qué? ¿No te querías bañar?"
El menor, carente de confianza, se puso de pie y sumergió uno de sus dedos en el agua. Hizo una mueca de desagrado pero sólo por el afán de molestar a su compañero pues en realidad la halló lo suficientemente confortable como para permitirle quitarse la ropa y sumergirse hasta el pecho.
La sensación no fue precisamente gratificante. Sentía el agua tibia clavársele en sus músculos y sobrecalentando áreas de su cuerpo que, sospechaba, tenían quemaduras de fricción. Tanto le costó acostumbrarse al cálido ambiente que no se dio cuenta de cuándo Kanon se tomó la libertad de acompañarle en su baño.
Se tensó al sentir sus manos alrededor de su pecho pero no se atrevió a hacer nada para evitarlo.
Estaba demasiado adolorido, insistía.
Para nada tenía que ver que el contacto era demasiado agradable como para rechazarlo.
Como para interrumpirlo con algún reproche.
O para alejarlo en ese instante o en muchos otros más.
Milo se regodeó en el silencio. Se sentía cómodo y mucho más relajado de lo que se había sentido en años. Nunca se imaginó que algún día podría experimentar algo así a lado de mayor.
Nunca creyó que ambos tuviesen la capacidad de cerrar la boca por más de diez minutos.
Pero nada dura siempre.
-"¿Y? ¿Ya te cansaste de lloriquear?"- Preguntó el gemelo en voz baja, con más afán de saciar una curiosidad que de enojar al otro.
-"Quisiera verte en mi lugar. Seguro que no hubieras podido ni bajarte de la cama."
Kanon rió, el sonido difundiéndose por el oído de Milo y haciéndole inclinarse un poco hacia el lado opuesto.
-"¿En serio crees que me estoy creyendo todo esto?"
-"¿Esto qué?"
-"Que sufres tanto."- No tuvo que mirarle para saber que arqueó la ceja. –"Serás un ratoncito inútil pero sigues siendo un Caballero Dorado, ¿no? Has acabado más adolorido de los entrenamientos que de lo que pasó ayer."
-"O estuviste en otro cuarto anoche o nunca me has visto entrenar."- Comentó con toda sinceridad. –"No entiendo lo que dices."
-"Vale, digamos que todavía estás sufriendo."- Accedió, acentuando con exceso el 'digamos'. –"Eres demasiado orgulloso como para decirlo en voz alta."- El silencio de Milo le dio la razón. –"Tu brazo podría convertirse en un jirón de carne y aún así no dirías nada porque el Gran Escorpión Dorado es demasiado poderoso como para sucumbir ante algo así."
-"Esto es diferente."
-"Claro que lo es. Lo que pasa es que quieres hacerme sentir mal para que te consienta."
Milo emitió un sonido extraño: como una mezcla de sorpresa con risa e indignación. Giró su cuerpo lo suficiente como para tener al mayor frente a frente, retándolo con la mirada a que repitiera aquellas últimas palabras.
-"¿Disculpa?"
-"Ya oíste. Estás haciendo todo esto a propósito."
-"Si ese es el caso, creo que las cosas no me están saliendo nada bien. ¡Si así es como me consientes prefiero que me ignores por completo!"
-"Por favor, Milo. Tú preferirías que te golpearan en la nariz a que te ignoraran."
Atrapado en ese argumento, el menor prefirió tomar otro camino.
-"Yo no necesito que me consientan."
-"Ya…"- Sacó su mano derecha del agua y la posó en la cabeza del otro. –"A todos nos gusta que nos consientan de cuando en cuando."- Deslizó sus dedos por su cabello, pasando por su oreja izquierda y deteniéndose en la firme línea que separaba su mandíbula del cuello. –"Sobre todo a ti que te encanta ser el centro de atención."
Milo cerró los ojos y, demasiado cansado como para seguir con la discusión, se acercó a él y se recargó en su pecho.
-"No es que me guste. Ser el centro de atención es sólo una consecuencia natural de mis arrebatadores encantos."
-"¿Quién sabe?"- Se cuestionó Kanon, relajando su cabeza hacia atrás. –"Tal vez sea cierto."
Pudo sentir la sonrisa de Milo dibujándose en su rostro. No estaba seguro de por qué el ratoncito disfrutaba tanto de los elogios. Después de todo, él mismo podía decirse todos los que necesitaba; pero imaginaba a su ego como un pozo sin fondo, hambriento de cualquier palabra que le ayudara a acercarse al desbordamiento.
Milo era un hombre verdaderamente extraño.
Pero Kanon lo era todavía más.
Sólo eso explicaría por qué terminó encariñándose con una cosa que dejaba comida para los Leprechauns en las esquinas de su sala o que disfrutaba de juzgar a sus oponentes como si él tuviese alguna ventaja moral en el asunto.
A veces se detenía a pensar en qué era lo que estaba haciendo. Se cuestionaba sobre el futuro de ambos y le inquietaba el pensar que tal vez Saga sí tenía razón y todo eso terminaría mal.
De momentos llegaba a alguna conclusión pero no servía de nada: horas más tarde llegaría a una completamente diferente.
Así pues, Kanon prefería no pensar. No quería molestarse con preocupaciones innecesarias. Además, no importaba a qué apabullante realización llegara. No importaba cuántas veces hallara la aguja en el pajar ni cuántos enigmas resolviera.
Todo se iba al carajo cada que lo veía.
Un par de pestañeos, una ceja arqueada y una palabra eran suficientes para que todo lo demás se le olvidara.
Y si había algo que le hacía olvidar todas sus preocupaciones, sería estúpido el preocuparse precisamente por ese algo.
Aquella noche, aunque fuese por sólo unos minutos, finalmente tuvo algo plenamente suyo. No hubo dudas y todo se desenvolvió con tanta facilidad y naturalidad que sentía que no podía haber sido de otro modo.
Por primera vez en toda su vida Kanon supo que las cosas eran precisamente como tenían que ser.
Si acaso, tal vez le faltaba un poco de apapacho.
-"Acabo de recordar. Tú me debes una ida al cine."
-"Te dije que te olvidaras de ella."
-"Pero eso fue antes. Las cosas cambiaron, ¿no? ¿O qué? ¿No tienes palabra de honor?"
Milo calló por unos segundos hasta que se alzó de hombros y suspiró.
-"¿Qué más da? Si tanto quieres ir, vamos."
Satisfecho, Kanon cerró los ojos y recargó su barbilla en la frente del menor.
Ahora sí que estaba seguro: una vez que aplastara a ese horrible bicho que se escabullía por el Octavo Templo podría ser completa y plenamente feliz.
Comentario de la Autora: Antes que nada, una enorme disculpa por la tardanza. Como algunos de ustedes ya saben tuve problemas con mi página web y no quise escribir hasta que se solucionaran. Pueden revisar el nuevo link en mi profile.
Sobre el capie, esto es para que vean que yo también puedo ser cursi. Me divertí mucho haciendo este capie. No es relevante. No es bueno. Sólo fue necesario. Aún así, me divertí. Jeje.
Fue inspirado de un dj 8059 de Hitman Reborn en el que Yamamuchis descubre que Gokudera se la pasa quejándose sólo para que lo consienta. Son tan lindus.
Sobre la avena... yo hago eso. Cuando me da mucha hambre en las noches y me da demasiada flojera hacer algo, me como puñados de avena con agua. Sirve para matarte el hambre y no sabe tan horrible como suena. Si acaso, es muy difícil de tragar. XD
Mmm... y yap. Espero no lo hayan odiado!
